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Un día descubre que le gusta.
Ocurre sin querer, pasa sin carta de aviso, como ganar la lotería después de estar tres años comprando boleto en la misma esquina de siempre o un accidente de coche en la rotonda que ha memorizado desde que aprendió a cruzar el paso de cebra cuando el semáforo salta de bermellón a esmeralda.
Un día descubre que le gusta, y no es el café de por las mañanas, que está bien, ayuda a mejorar los lunes y la mayor parte del año, pero tampoco marca una diferencia existencial en su vida; no son los memes de Instagram que pasa a cinco amigos al tono de un clic; ni el cigarro que circula de boca en boca y que pone el punto final a una noche fuera de casa; o una noche sin hacer absolutamente nada, delante del televisor hasta que Netflix pregunta “¿quieres seguir viendo?”; ni si quiera se acerca a lo que siente al escuchar su canción favorita, y eso es hablar de asuntos mayores.
Qué va, esto va en serio, y lo sabe.
En el vértigo que se engancha a sus costillas y le obliga a inclinarse para ver el mundo desde una nueva perspectiva. En la cantidad de pensamientos por minuto que se le acumulan en la parte posterior de la cabeza. En las espontáneas ganas de querer comerse el mundo.
Porque está bien, joder, está bien que le guste. ¿Qué hay de malo en ello? Nada, ¿no? Solo que… ¿realmente puede permitírselo? ¿Será de esas personas que lo deja todo por algo nuevo o podrá equilibrarlo con el deber? ¿Qué pasa si no funciona? ¿Qué ocurre si no es suficiente? ¿Estará perdiendo el tiempo?
Un día descubre que le gusta, así que vuelca todo su corazón en la tinta, la adrenalina ralentiza la velocidad a la que el mundo gira y él, él se siente invencible.
Camina por las calles que ha recorrido cientos de veces, friega los platos, apunta las frases que su profesor ha decidido añadir al PowerPoint a último momento, hace lo de siempre aunque su mente está en otra parte y, poco a poco, cambia.
Hay algo que ocupa más espacio en su armario, en su cama, en su mesa y a su lado. Le dedica muchísimas horas; se empeña en conocer hasta la última gota, y se da cuenta de que eso es imposible porque tiene tantas caras que no le van a dar los años para lograrlo. Que hay otras personas que tienen ventaja y cuando piensa que está consiguiendo algo, lo mínimo, aparece alguien para demostrarle que lleva allí solo tres segundos.
Y llegan los cuatro jinetes del apocalipsis: la envidia, los celos, la avaricia y la culpa. No necesariamente en ese orden. Se le empañan los ojos y, ¿ese estertor en el pecho? Sí, duele, duele respirar. Le hace tanto daño coger aire como soltarlo. Los latidos del corazón trepan el esternón en sordos golpes que reverbera por el esqueleto y se le clavan en los oídos. Uno. Dos. Tres. Le tiembla el pulso, pero las líneas que traza su pincel se deslizan por el lienzo con una determinación que jamás había visto en sí mismo. Cuatro. Cinco. Seis. Porque por un instante, por un mísero momento, comprende que no es la estrella más brillante y que da igual, porque tiene poder en sus manos y puede hacer con ellas que los demás pongan su foco en él.
En su trabajo.
Un día descubre que le gusta pintar.
Como la mayoría de cosas buenas y malas, ni siquiera le da tiempo a decir “sí, sí, me gusta”; no puede procesarlo, porque ya lo está experimentando y, desgraciadamente, tiene el mismo mecanismo que una montaña rusa: una vez te subes y los vagones comienzan a moverse, no hay marcha atrás.
A la zaga, descubre que también le gusta Yotasuke.
Y el azul que baña el cielo justo antes de que la primera línea del sol inunde el horizonte desciende por el perfil de los rascacielos en Shibuya, por segunda vez.
