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LUCES DE SAMHAIN
El sonido estridente de sirenas y gritos incompresibles a su alrededor le obligaron a reaccionar… De repente y sin realmente comprender cómo había llegado hasta ese punto, Otabek Altin se encontró a sí mismo en medio de una confusión de luces oscilantes, llantos y balbuceos histéricos.
El castaño cerró los ojos momentáneamente y llevó sus manos a la cabeza. Las punzadas en su sien amenazaban con volverlo loco. Masajeó lentamente el área con sus dedos, antes de volver a abrir los ojos…
Ante él se presentó la peor de las pesadillas… una escena dantesca de escombros, fuego y muerte. A pocos metros de donde él se encontraba, un enorme amasijo de metal y fierros fundidos ardía envuelto en una vorágine de hambrientas llamas.
Como si de una película de terror se tratara, las imágenes de lo sucedido desfilaron por su mente, dándole un sentido macabro al triste escenario en torno a él: un derrape… un fallo en el sistema de los frenos… y el gran camión de combustible arrastró a quince autos y a sus respectivos pasajeros a las fauces de aquel infierno.
Lo que Otabek no lograba explicarse era porqué él se encontraba, perdido y desorientado, en medio de aquel caos.
Por algún motivo que él no lograba recordar, había dejado su motocicleta abandonada en algún lugar a la mitad de aquel desastre. Tal vez fue por el impulso de ayudar y rescatar a los heridos… o quizás la conmoción del momento que le hizo actuar por instinto y tratar de alejarse lo más pronto posible… cualquiera que fuese la causa probable, había sido lo suficientemente impactante como para bloquear su mente y sumirlo en un estado de absoluta confusión.
La realidad volvió a golpearlo con violencia. Los alaridos de desesperación taladraron sus oídos; el olor a caucho quemado, gasolina y sangre entró de lleno por sus fosas nasales, perforando su garganta y dejando un sabor acre en su boca. Un dolor agudo se asestó en la boca de su estómago provocándole una sensación parecida a la de un tizón ardiendo. Sintiéndose muy débil para seguir de pie, Otabek se dejó caer lentamente hasta quedar de rodillas y con los brazos apoyados sobre el pavimento.
En medio de su ataque de ansiedad, el joven kazajo pensó en su esposo y en lo preocupado que éste debía de estar. Había hablado con Yuri alrededor de las 9:30 de la noche, diciéndole que no tardaría más de quince minutos en salir de la oficina, en lo que terminaba el informe para la Junta de la próxima semana y dejaba listos todos los pendientes para poder tomar los siguientes cuatro días de vacaciones, tal y como lo habían planeado.
Pero esos quince minutos se convirtieron en poco más de dos horas…
No debió tomar esa llamada… no debió escuchar al idiota de Chris ni sus ideas descabelladas… no debió regresar por la computadora ni acceder a esa reunión de última hora… no debió enviar ese simple mensaje a su Yura, avisándole que iba a tardar un poco más de lo previsto, pero que estaría en casa antes de medianoche para cumplir la promesa que se hicieron mutuamente, desde que iniciaron su vida en pareja: la de recibir cada nuevo año de vida juntos…
Su amado Yura… Otabek sabía lo entusiasmado que estaba su joven omega con la idea de ese pequeño viaje… hacía tanto tiempo que no lo veía tan radiante y feliz, que accedió a cumplirle el capricho y dejarle carta abierta para organizar la celebración de su cumpleaños, con una excursión a esquiar a las montañas, acompañados por un grupo de sus mejores amigos… algo que fue casi imposible de hacer en los últimos tres años.
Tres años… Habían pasado exactamente tres años…. Tres años desde que festejó por última vez esa fecha… tres años desde que la vida les dio un revés mostrando su cara más despiadada… tres años y el recuerdo desgarrador de su esposo aferrado a un bulto de mantas de hospital, aún lo atormentaba en sus pesadillas… tres años en los que había luchado junto a Yuri para superar el dolor de la pérdida…
Tres años desde que perdieron a su cachorro… y el día de su cumpleaños jamás volvería a ser igual…
Aquel 31 de octubre habían ido a la revisión médica mensual, muy emocionados porque confirmarían el sexo de su bebé, aunque ellos estaban absolutamente seguros de lo que les diría el doctor: sería un varón, y se llamaría Жарық…. Jariq… su pequeña luz.
Pero cuando el médico deslizó el transductor del ecógrafo sobre el vientre del rubio, el aparato no transmitió los conocidos sonidos del corazón de su bebé devuelta…
Muerte fetal intrauterina… ese fue el nombre que le dieron los médicos por estar sobre las veinte semanas de embarazo. Nadie pudo explicarles las causas ni decirles el por qué… simplemente el corazón de su pequeño había dejado de latir… era algo que sucedía al menos al 1% de los omegas embarazados, según las estadísticas médicas en su país.
Cuando el pequeño cuerpo les fue entregado envuelto en aquellas mantas, les confirmaron que había sido un varón… su pequeña luz se había extinguido mucho antes de mostrar su brillo real al mundo.
¿A quién le interesa las estadísticas cuando para tu pena no existe el consuelo?
Fueron tres años que sobre los hombros de la pequeña familia Altin-Plisetsky pesaron como si fueran tres siglos. Y a pesar del desgaste de sus cuerpos por las largas noches de insomnio y los días de mal comer; más allá del dolor lacerante que perforaba sus almas haciéndolas trizas; pese al silencio compartido y la impotencia desquiciante… aun así lograron encontrar la forma de superar su desdicha seguir adelante juntos… y más que nunca unidos…
Juntos se refugiaron en la misma pena, y se curaron las heridas mutuamente, y aprendieron a vivir con el dolor y la ausencia… Y juntos lograron reír otra vez, volvieron a disfrutar de la vida y su matrimonio, y hallaron la manera de continuar su camino con serenidad y fe…
Porque si bien Yuri era su pilar, Otabek era el cimiento de su esposo… era un sentimiento de pertenencia que iba más allá de una marca de enlace… desde el primer momento en que sus miradas se cruzaron, lo supieron… eran almas gemelas, las dos caras de una misma moneda que nada ni nadie podría jamás separar…
Una repentina opresión en su pecho obligó al kazajo a sentarse contra la puerta trasera de uno de los vehículos accidentados. Conteniendo las arcadas, trató de llamar la atención de alguno de los paramédicos que atendían a las víctimas de la tragedia, pero fue inútil… el ataque de ansiedad que estaba sufriendo no le permitía emitir palabra alguna, y por más aspavientos que tratara de hacer con sus manos, nadie parecía percatarse de su presencia. Intentó entonces enviar un mensaje a su esposo, pero por más que buscó no encontró el celular en sus bolsillos…
Desesperado por no poder contactar a Yuri, miró la hora… la esfera azulada del reloj estaba rajada y las manecillas se habían detenido, en lo que parecía una especie de burla… Veinte minutos habían transcurrido desde que salió de la oficina. Ahora el reloj marcaba las 12:01 a.m… oficialmente era su cumpleaños y él se encontraba en medio de un accidente, desfalleciendo contra el chasis de un auto y sin poder comunicarse con su esposo… vaya manera de recibir un nuevo año de vida…
Decidido a no dejarse sobrepasar por sus emociones, el castaño se fue incorporando con lentitud hasta quedar nuevamente de pie. Aún lucía bastante desorientado; el constante martillar en su cabeza y la sensación de inmensas tenazas comprimiendo su torso le producían más náuseas, pero necesitaba buscar su motocicleta y salir de ese lugar. Su Gatito de seguro estaría al borde de la desesperación, llamando sin parar a un celular que nadie contestaría… debía llegar cuanto antes con su esposo y cumplir su promesa, aunque ya estuviera atrasado por un minuto…
Apenas había dado un par de pasos, cuando una pequeña ráfaga de tintes dorados cruzó por su izquierda y el roce gélido de unos dedos sobre su mano alertó sus sentidos. Un extraño estremecimiento recorrió todo el cuerpo del moreno, provocando un escalofrío aterrador que le enchinó toda la piel. Con una calma que estaba muy lejos de sentir, Otabek giró su rostro esperando encontrarse de frente con el dueño de aquel desconcertante y frío toque, pero solo alcanzó a distinguir unos tenues destellos de luz como el oro, que se perdieron entre la multitud que corría frenética.
Sin siquiera ser consciente de lo que hacía, Otabek se vio impulsado a seguir el mismo camino por donde se habían desvanecido aquellas luces, olvidándose por un momento de su decisión, de su promesa y de su Yuri. Era algo que sobrepasaba toda posible comprensión; una terrible inquietud que se apropió por completo de su razón, instándole a olvidar todo indicio de cordura.
El castaño no podía determinar cuánto tiempo estuvo caminado, hasta que cayó en cuenta de un detalle perturbador… ya no lograba reconocer el ruido de la muchedumbre, ni el sonido de las ambulancias, ni el calor de los autos incendiados, ni el olor a caucho quemado, gasolina y sangre… Ahora todo el lugar estaba sumido en una especie de niebla humeante y silenciosa, y que parecía demasiado irreal.
Una risita traviesa resonó a sus espaldas, y otra vez el toque helado de unos dedos se cernió sobre su brazo, deslizándose muy despacio hasta aprisionar su mano. Entre las brumas de aquella niebla, Otabek logró distinguir la silueta desdibujada de un niño pequeño, quizás de tres años, que lo sujetaba con fuerza… Aunque no lograba visualizar las facciones de su rostro, el kazajo estaba seguro de que el niño sonreía.
– No tengas miedo, Otabek Altin… he venido para ayudarte a encontrar tu camino a casa –
Un nuevo estremecimiento recorrió el cuerpo del kazajo, y un dolor lacerante apretó nuevamente ese punto entre su diafragma y las costillas, provocando que la molesta sensación de arcadas regresara. Otabek tuvo la necesidad de soltarse del agarre del pequeño, para cubrir sus labios e impedir que la sustancia contenida en su garganta fuera expulsada por su boca…
Pero fue inútil… los restos viscosos y oscuros en la mano del moreno reflejaban exactamente lo que acababa de vomitar con dolorosa fuerza.
Sangre…
El temor y la desesperación se apoderaron del alma del castaño. Estaba a punto de volver sobre sus pasos y regresar al mismo punto donde se encontraba al inicio… buscar su motocicleta donde sea que la hubiese dejado, salir inmediatamente de aquel sitio de desolación y muerte, cumplir su promesa y celebrar su cumpleaños junto a su esposo… A como diera lugar debía regresar con Yuri… su Yura… su amado Gatito lo estaba esperando…
El gélido agarre sobre su muñeca le impidió dar un solo paso.
– No sueltes mi mano, Otabek Altin… si lo haces puedes perderte, y no podrás regresar con tu Yura –
La sola mención del nombre de su amado omega le sobrecogió por completo. Otabek no entendía lo que estaba pasando ni por qué sucedía, pero una fuerza misteriosa le instaba a confiar en su pequeño e improvisado compañero.
– ¿Qué es todo esto, pequeño… en dónde estamos? –
Las caricias infantiles de una manos menudas y heladas delinearon todo su rostro, pasando las palmas por encima de sus ojos, como si tratara de quitar una venda. Un agujero de difusa luminosidad se abrió a través de la espesura de la niebla, al final del cual Otabek pudo divisar los restos dispersos de varios vehículos y lo que parecía el cuerpo de un hombre atrapado entre los escombros.
Un grito de horror quedó atascado en la garganta del kazajo. La imagen que vio lo dejó inmóvil, con la mente atribulada e incapaz de articular una sola palabra. Era él… era su cuerpo el que yacía sobre el pavimento de aquel puente. Tenía una herida profunda en su frente que sangraba profusamente. Una de sus piernas estaba aprisionada contra el muro de contención por la defensa de uno de los autos, mientras que la llanta trasera de su motocicleta se hundía sobre su pecho.
– La verdad es que tuviste mucha suerte, Otabek Altin… el golpe de aquel auto te desvió hacia el lado opuesto del puente, lejos del camión de combustible. El golpe en tu frente te lo hizo tu retrovisor al desprenderse–
– ¿A… acaso… yo…? –
– Todavía sigues con vida, Otabek Altin… y estoy aquí para asegurarme que así te mantengas –
Otabek estaba demasiado confundido como tratar de analizar la situación, por lo que optó por mantenerse aferrado a la mano de aquel niño, que en ese momento lo halaba con suavidad en dirección al sitio donde el portal permanecía abierto.
– ¿Quién o qué eres tú, pequeño amigo, y qué quieres de mí? –
El niño soltó una risa divertida y se abrazó a la pierna del moreno, que seguía sin entender lo que estaba pasando.
– Samhain…la fiesta de los espíritus… el inicio después del final… solo por hoy, todos los mundos se entrelazan y se nos permite coexistir por poco tiempo con aquellos que no existen en nuestro mismo plano astral –
– Espera un momento… yo… no creo estar entendiendo… ¿me estás queriendo decir que eres un fantasma? –
El pequeño volvió a reír alegremente y el corazón de Otabek retumbó fuerte en su pecho. El kazajo quedó de una pieza… no se había dado cuenta antes, pero en todo ese tiempo que estuvo deambulando entre los destrozos del accidente, no había sentido el latir de su corazón sino hasta ese preciso momento. Miró la escena delante de él y pudo observar un grupo de tres paramédicos alrededor de su cuerpo, que acercaban los extremos de dos cordones blancos con una plataforma de metal a su pecho…
Un desfibrilador…
Otabek miró sorprendido al pequeño niño. Las brumas a su alrededor empezaban a desvanecerse, y el kazajo volvió a percibir los sonidos de las sirenas y la gente corriendo por doquier. A pesar de que la claridad aumentaba su intensidad de a poco, el castaño no lograba definir las facciones del rostro de su menudo acompañante.
– No soy un fantasma, Otabek Altin… no estoy muerto, pero sí fallecí una vez… soy lo que podría llamarse un alma en tránsito, y en este momento estamos en el espacio intermedio que separa los distintos universos –
– Quiere decir que yo tampoco estoy muerto, pero también fallecí–
– Por un par de minutos, sí, así fue –
– Y porqué permanezco aquí todavía –
– Porque aún no has tomado la decisión de regresar realmente… todavía sientes algo de culpa por lo que sucedió hace tres años, y ese sentimiento te mantiene atado a este lugar –
Una nueva sacudida a lo interno de su pecho y las pulsaciones se aceleraron. Otabek pudo ver como su cuerpo era colocado sobre una camilla y llevado hasta las puertas de una ambulancia.
– Qué debo hacer entonces… no quiero estar más tiempo en esta especie de limbo transitorio de los no muertos que fallecieron alguna vez… –
Los brazos apretados alrededor de su pierna fueron lentamente perdiendo la fuerza, y Otabek pudo percibir como el niño se alejaba poco a poco de su lado. Una inexplicable sensación de vacío se alojó en su interior, haciendo que el moreno sintiera unas terribles ganas de llorar.
– No debes llorar más, Otabek Altin… solo tienes que liberar el peso de las culpas y dejarme ir… solo así mi misión estará cumplida y podrás regresar, Beka…–
– ¿Tu misión..? –
– Devolverte a donde perteneces… es hora de volver con tu Yura…–
Un grito destemplado clamando su nombre se escuchó con demasiada claridad en medio de la multitud. Otabek reconocería esa voz en cualquiera de los planos astrales que le tocara estar. Como si fuera una toma en cámara lenta, vio como un pálido e histérico Yuri corría desesperadamente hasta llegar a la camilla donde su cuerpo yacía.
Desde aquella dimensión donde su espíritu se encontraba, Otabek pudo sentir el calor del abrazo de su esposo y la humedad de sus lágrimas mojando su pecho. Quiso correr hacia el rubio y estrecharlo también entre sus brazos, sin embargo no pudo… algo lo retenía en ese lugar… una duda imperante se apoderó de todos sus resquicios mentales, instigándole a no avanzar más allá sin antes descubrir la verdad detrás de todo lo sucedido.
– ¿Qué te detiene ahora, Otabek Altin? –
Otabek desvió su vista hacia el pequeño. Ya la niebla había desaparecido completamente y se encontraba parado en el mismo sitio donde vio el primer destello dorado perderse entre los vestigios del accidente. Sentía la presencia del pequeño a su lado, pero aun así el rostro del niño se mantenía como un borrón difuminado ante sus ojos.
– ¿Quién eres y por qué no puedo ver tu cara? –
Una fresca brisa sopló de improviso trayendo un sutil aroma a jazmín y galletas recién horneadas. La visión de un creciente resplandor lo cegó temporalmente, y el sonido como gorjeos de un bebé llegó claramente a sus oídos.
– Soy tu pequeña luz… en algún momento de mi corta vida anterior tuve un nombre… pero ahora volveré a ti con otro nombre, otra apariencia, otra vida… me llamaste Jariq y ahora me llamarás Yelena… y esta vez sí lograré iluminar sus vidas… ¡Feliz Cumpleaños, Papá Beka! –
Un estallido de luz iluminó todo el lugar, llenado todos los espacios con una intensa calidez. Otabek se sintió rodeado de aquella extraña y placentera sensación y se dejó llevar, perdiéndose en los intricados vericuetos de la inconciencia.
Despertó en un cuarto que resplandecía de un blanco imposible, producto del reflejo de los rayos del sol que se colaban por la ventana. Otabek trató de moverse, pero el peso sobre su brazo se lo impidió. Un dulce aroma a azucenas y canela inundaba cada rincón de esa habitación, colmando su alma de una dicha infinita.
El castaño giró su cabeza con lentitud. El ligero cosquilleo de unas hebras desordenadas rozando su cara le hizo soltar una suave risa. El hermoso perfil de su esposo cubierto por una maraña de cabello rubio se desplegó ante sus ojos. Yuri dormía sentado sobre una silla, con su cabeza descansando en el hombro izquierdo de su marido y una de sus manos reposando justo donde se sentía el palpitar del corazón del kazajo. Los párpados del ruso lucían hinchados, y las huellas de las lágrimas vertidas durante la noche estaban todavía visibles en su rostro.
En ese momento, Otabek se dio cuenta… estaban en el hospital.
Sus dedos alcanzaron la mejilla de su ruso favorito y la acarició con el dorso. Yuri se removió y frunció el ceño, dejando escapar un sonido parecido a un ronroneo mientras comenzaba a parpadear con pesadez. Otabek volvió a reír ante aquel gesto. Tomó la mano que permanecía sobre su pecho y la llevó hasta sus labios para dejar un suave beso.
– ¡Buenos días, Gatito! –
Yuri abrió los ojos de golpe. De un salto quedó aferrado al cuerpo de su esposo, con su cabeza hundida contra su cuello, dejando fluir un llanto liberador. Un quejido salió de los labios del moreno, haciendo que el rubio aflojara un poco el apretado abrazo a su marido. El par de esmeraldas cristalizadas se clavaron en el alfa. Yuri sollozaba y suspiraba al mismo tiempo, sus hipidos mezclados con mocos lo hacían ver adorable a los ojos de Otabek.
– Dijeron que tu corazón dejó de latir... que te moriste... ¡Maldición, Beka, por dos largos minutos me dejaste solo… me abandonaste! –
– Lo siento mucho, amor... –
– ¡Qué sea a última vez, Otabek Altin!... ¡No se te ocurra hacerme pasar por algo como esto otra vez, kazajo idiota! –
– Nunca más, Yura... te lo prometo... –
El castaño tomó a Yuri por la nuca y lo atrajo hacia él para sellar sus labios con un beso. La boca del rubio tenía un sabor distinto, entre salado y amargo a causa del llanto y la extenuante vigilia de la noche, pero para Otabek no existía nada más dulce que los labios de su esposo contra los suyos... eso y el aroma exquisito de su omega...
– Hueles delicioso, Yura... como para devorarte en este momento... –
– Pues si no hubieras hecho tu interpretación personal de Ghost Rider, en este instante estaríamos follando como conejos en una cabaña en medio de las montañas –
Una carcajada mezclada con un aullido de dolor resonó por toda la habitación. Yuri se acurrucó al lado de su esposo y empezó a acariciar con sumo cuidado el costado adolorido de su alfa. Otabek inhaló y exhaló varias veces, antes de sentirse ligeramente mejor y así dejar un beso sonoro sobre la sien del joven ruso.
– No me refería a eso Yuri... lo que quería decir es que tu olor se siente ahora más dulce… más intenso... y me encanta saber la razón que hay detrás de ese cambio –
– ¿De qué demonios estás hablando, Beka? –
– Será una niña, Gatito... y esta vez sí la tendremos con nosotros –
Yuri se levantó como si fuera un resorte, con sus ojos desorbitados fijos en la mirada café del kazajo. Otabek acarició el cabello dorado, despejando los mechones dispersos que cubrían parte de la preciosa cara de su omega.
– ¿Co... cómo te enteraste... acaso te diste cuenta solo por mi olor? –
– No te preocupes por eso, amor... mejor dime... ¿Cuándo pensabas decirme que estás embarazado, Yura? –
Un suspiro afligido brotó de la boca del menor. Yuri volvió a acurrucarse, pegándose lo más posible al torso de su alfa, ocultando su rostro en el hueco entre el hombro y el cuello del kazajo. Otabek cruzó su brazo libre por debajo de la espalda del rubio, atrayéndolo más cerca de él.
– Te lo iba decir esta noche, durante la cena por tu cumpleaños... iba a ser parte de tu regalo, Beka… –
– ¿Cuántos meses tienes, Yura? – Otabek sintió un pequeño temblor recorrer el cuerpo de su esposo – ¿Yura? –
– Estoy… estoy sobre la décima semana… el martes cumplo las once –
Los ojos almendrados se posaron sobre las trémulas lagunas verdeaqua que lo miraban con ansiedad. Otabek reconoció el torbellino de emociones contradictorias que inundaban esas gemas que adoraba... temor, alegría, esperanza, preocupación... Otabek besó la frente del rubio y lo estrechó lo más fuerte que pudo entre sus brazos. Un quedo sollozo se escuchó contra su cuello.
– Tengo miedo, Beka... de que algo pase... de que otra vez lo perdamos... –
– No te preocupes por nada, Gatito... nuestra cachorrita estará con nosotros y será muy hermosa... nuestra nueva pequeña luz, Yura –
– ¿Cómo puedes estar tan seguro de todo eso, Otabek? –
– Hoy es Samhain... y su nombre será Yelena... –
El rubio dejó escapar una suave risa entremezclada con las lágrimas que seguían cayendo. No tenía idea de que rayos era el Samhain ni por qué su Beka hablaba de eso ahora. Pero confiaba ciegamente en su alfa, y creería cualquier cosa que él le dijera. Y el nombre de Yelena le parecía precioso, pues también significaba luz... igual que el de su Jariq…
Yuri tomó la mano de Otabek y la llevó hasta su vientre, descubriéndose un poco para sentir el contacto directo sobre su piel. La apacible sensación de calor y el aroma a chocolate y menta que despedía su alfa, le reconfortó de inmediato. Depositó un suave beso sobre los labios de su esposo, y descansó su frente contra la mejilla del moreno.
– No tienes idea de cuánto te amo, Beka... Feliz cumpleaños, amor... –
