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Español
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Published:
2021-11-07
Words:
3,540
Chapters:
1/1
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29
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139
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974

Caperucita en la cerradura

Summary:

Hermione está a punto de aprender que hay que ir al bosque para ver más allá de las apariencias. Hay que adentrarse en la guarida del lobo y oler el perfume de las cosas escondidas. 

Notes:

Esta historia se publicó originalmente en 2008 en Livejournal y la publico ahora editada y con alguna pequeña corrección de estilo. Si eres lectora o lector del Marauder Crack, puedes interpretar esta historia en el mismo universo, pero se trata de una pieza autónoma. Ocurre en Grimmauld Place número 12, en algún momento de "La Orden del Fénix".

El poema que se cita es "Correspondencias", de "Las flores del mal", de Charles Baudelaire. 

La Natura es un templo donde vividos pilares
Dejan, a veces, brotar confusas palabras;
El hombre pasa a través de bosques de símbolos
que lo observan con miradas familiares.

Como prolongados ecos que de lejos se confunden
En una tenebrosa y profunda unidad,
Vasta como la noche y como la claridad,
Los perfumes, los colores y los sonidos se responden.

Hay perfumes frescos como carnes de niños,
Suaves cual los oboes, verdes como las praderas,
Y otros, corrompidos, ricos y triunfantes,

Que tienen la expansión de cosas infinitas,
Como el ámbar, el almizcle, el benjuí y el incienso,
Que cantan los transportes del espíritu y de los sentidos.

Work Text:

Son tan distintos. Incluso sus nombres. Porque Hermione siempre ha pensado en Remus como el Profesor Lupin. Libros antiguos, la frase correcta en el momento justo, un punto suelto en la manga del jersey, té caliente. 

[Neville se aterrorizaba con Snape, pero el profesor Lupin le hizo reírse de sus miedos, le dijo “espléndido, Longbottom” y si le preguntaran a Hermione diría que aquel fue el momento en el que un niño nervioso empezó a convertirse en un héroe]. 

Ah, sí, Remus siempre será el profesor Lupin, caligrafía larga y poética y esa forma nasal de decir “excelente trabajo, Hermione”. 

              [“Eres una bruja de singular talento” le dijo un día y ningún cumplido antes la había hecho sonrojarse de aquel modo, todavía una cría y en tercero]

Sirius, sin embargo y en su mente, siempre será Sirius Black. Un nombre de eco maldito, el de un asesino. Oía “Sirius Black ha escapado de Azkaban” y pensaba en el peligro que corría Harry, en los seguidores de Lord Voldemort sumando poder en la sombra, en el hombre que traicionó a los Potter, en el dedo arrancado de Peter Pettigrew y su asesino riendo como un loco, a mandíbula batiente y cubierto de sangre. Sabe que es mentira, que todo es mentira, pero era el nombre perfecto e incluso ahora, en Grimmauld Place, parece adecuado para él.

Después de todo, Sirius ocupa las habitaciones aunque solo las mire desde el umbral. Pelo largo canino y respuestas siempre afiladas. Asiste a las reuniones de la Orden emitiendo desaprobación con esa mirada que es todo gris intensidad. Su nombre está borrado a fuego del tapiz de la pared, pero el hueco sigue diciendo “eres un Black” y, cuando su madre grita “no mereces ni una gota de mi sangre”, Sirius contesta “me lo sacaría gota a gota si eso te hiciera feliz, madre” y Hermione siente escalofríos porque en aquellos carteles que decían “SE BUSCA” este hombre que cuestiona a Dumbledore y parece agobiar a Harry parecía y aún parece violento. Ni siquiera intenta evitarlo. Sutil pero abiertamente, Hermione Granger desconfía de Sirius Black.

Y por más que lo intenta no lo entiende. 

El profesor Lupin y Sirius Black son demasiado diferentes. Y Hermione se pregunta, ¿no podría Sirius ser más parecido a Lupin? Más sensato, más calmado, más... pero es inútil. Lo piensa de todos los hombres. ¿No podría aprender Harry del ejemplo de su mejor profesor, en lugar de acoger la tutela poco edificante de su padrino? ¿Y Ron? Santo Merlín Bien Hallado, ¿no podría Ron ser menos obtuso e infantil, más perspicaz y...?

Bah, tonterías. Por cada Lupin del mundo hay media docena de hombres.

En opinión de Hermione, así va el mundo.

Lo que no se explica es por qué, siendo tan distintos, pasan tanto tiempo juntos. Cuando el gobierno de la casa o las urgencias de la Orden dejan tiempo, si alguien pregunta, “¿Lupin?” alguien responde “con Sirius” y si la pregunta es “¿Sirius?” alguien dirá, inevitablemente, “con Lupin”.

Nadie excepto Hermione parece extrañarse.

-¿Ron?

-¡No he hecho nada!

-No te estoy –suspira-, es igual.

Pero no es igual y en medio de las tareas de limpieza, insiste de nuevo.

-Ron...

-¡Ni siquiera he tocado la cristalería!

A saber qué habrá hecho esta vez. A Hermione no podría importarle menos la cristalería.

-No es eso. Solo... me preguntaba si no te extraña que el profesor Lupin y Sirius sean tan buenos amigos.

Arruga la nariz y se le llena la expresión de pecas.

-Qué cosas tan raras se te ocurren. Incluso Lupin debe tener amigos. Supongo.

Santo Dios, cómo puede alguien ser tan cerril. Y tener tantas pecas.

-No lo digo por Lupin, obviamente. Es que Sirius no... le pega mucho. No me los imagino juntos en el colegio, siendo amigos.

-Qué dices. Sirius debía ser el más guay del colegio. ¡Tenía una moto voladora, Hermione! Quién no querría ser su amigo.

Estupendo.

-Es inestimable tu visión de la compleja psicología humana, Ronald. Ha sido muy enriquecedor, muchas gracias.

Pone una sonrisa satisfecha que podría ser adorable si no fuera... bueno, RON.

-No se merecen.

Por más esfuerzos que haga, Hermione no se imagina al profesor Lupin volando en moto. O remotamente interesado en nada volador. Se lo imagina como ahora. Leyendo a Yeats en el sillón de orejas, anotando en una libreta, escuchando atentamente, arbitrando en los momentos de tensión con la frase exacta. Porque la diplomacia también es magia y Remus Lupin conoce todos sus hechizos.

              [Molly y Sirius discutían sobre Harry y él parecía cada vez más ansioso. Lupin solo dijo “Sirius, basta” y esa rabia latente de perro fiero se calmó como si hubiera oído un encantamiento. Solo una palabra pero, su voz, ¿quién no se calmaría con el tono de su voz?]

Hermione supone que debe haber algo en Sirius Black, más allá de lo que se ve. Más allá de la belleza casi maligna que descoloca cada vez como la primera vez.

             [Era delgado y daba miedo cuando lo vio en la Casa de los Gritos, pero es guapo ahora, la clase de guapo que distrae un poco. Tiene esa virilidad magnética, misteriosa y casi amenazante, y hay algo hipnótico en sus maneras, mitad perro rabioso, mitad aristócrata. Su forma de echarse el pelo atrás con un golpe seco, cómo apoya las piernas en la mesa o mira de abajo arriba. A Hermione solía gustarle Gilderoy Lockhart y con los años ha aprendido que era ridícula toda aquella pompa, todo aquel brillo. Era guapo, pero la clase de guapo que impresiona solo a las niñas. Sirius es todo lo contrario, la clase de hombre atractivo que es casi demasiado para sus escasos dieciséis años]

Pero no es eso. Tiene que haber algo más que belleza porque, ¿qué podría importarle eso al profesor Lupin? Eso que hace Sirius de bajar las escaleras una a una, alumbrado con un farol en la mano, sombras en la cara y voz grave como un secreto imperdonable.

-Buenas noches, Hermione, ¿te has perdido?

-No.

Pero por algún motivo siente que invade territorio que no le pertenece, sin permiso de su legítimo dueño, vagabundeando por la mansión pasada la medianoche. Le gustaría llevar algo más que un pantalón de pijama y un jersey raído que, de todas formas, a Ron le quedaba pequeño y a ella le resulta cómodo.

-No podía dormir. Lo siento, no quería...

-Nada que sentir –le corta Sirius. No brusco, solo... bueno, Sirius-. Es un milagro que alguien pueda dormir en esta casa. Es un monumento al espanto.

-Intimida un poco –admite Hermione.

Y no solo la casa, querría decir, sino el heredero.

-Yo tampoco duermo mucho, ¿te acompaño a tu cuarto?

-En realidad, –duda si confesarlo-, iba a la biblioteca. Pensé que algo para leer podría distraerme.

Al pie de las escaleras, Sirius le sonríe. Y no puede ser la primera vez que ha visto esa sonrisa de gamberro vocacional al que se le acaba de ocurrir una idea terrible, pero tiene que ser la primera vez que se la ofrece a ella. No a una audiencia, sino solo a ella. Odia – odia- confesarlo pero tiene que hacer un esfuerzo para no sentirse vulnerable de un modo casi hasta demasiado femenino.

-No sé si esta guarida de fieras tiene lecturas de las que no quitan el sueño, pero vamos a preguntarle al guardián de los libros.

La arrastra sin empujarla, misteriosamente, con un movimiento majestuoso y su voz, sin apenas tocarle la espalda, guiñando un ojo y murmurando “vamos a preguntarle al lobo, Caperucita”.

-Si ibas a la biblioteca, íbamos al mismo sitio.

Es una extraña noche de insomnio y encuentros inesperados. Y Hermione no sabe cómo llega exactamente hasta la biblioteca de los Black, cobijada en el farol de Sirius, pasando entre parientes y cabezas de elfos.

-A veces, resulta difícil distinguir entre unos y otros, me temo. Mira el abuelo Leónidas, qué orejas de bicho malo tenía.

El cuadro murmura “malnacido, desviado” y antes de que Hermione se pregunte qué quiere decir exactamente Sirius gruñe “calla, anciano” y están en la biblioteca, al pie de la estantería cargada de libros. Sirius abre la puerta y están dentro.

-A del castillo, Lunático. –Finge exagerada teatralidad-. Mira quién me he encontrado merodeando cerca de tu territorio buscando que le des un libro.

Es totalmente –totalmente- irracional, pero Hermione siente que la han arrastrado a una guarida secreta y quiere salir corriendo. Sentado en el sofá de orejas, leyendo algo voluminoso, el profesor Lupin levanta la mirada hacia ella y a la luz de ese nombre que le pone Sirius – Lunático-, parece claramente un hombre lobo, atormentado por la falta de sueño, ojeroso y animal. Lobuno.

-Solo buscaba un libro –se explica-. Sirius ha sido tan amable de acompañarme, pero no hace falta que se moleste en...

-No es molestia. Pero aunque lo fuera, si Sirius se ha esforzado nada menos que en ser amable, la ocasión requiere todas las molestias que sean precisas.

-¿Has visto, Hermione? –Hace una larga pausa que roza la maldad y luego añade- Remus es gracioso.

Hermione se ríe sin pensarlo. Una pequeña risa espontánea. Cuando se da cuenta de lo que ha pasado –durante un momento Sirius Black ha traspasado sus muy sensatas barreras defensivas-, se siente descolocada. Busca la mirada de Lupin por instinto y se le queda ahí, atrapada entre el pecho y el suelo, la siguiente bocanada de aire. Porque el profesor Lupin también sonríe, pero no como ella, no como siempre. Sonríe como alguien totalmente nuevo, cargado de juventud, alto como un muro, dedos ágiles de pianista, malas ideas agolpándose, travesuras pasadas como para llenar una enciclopedia y algo, una vivacidad en la mirada que se parece extraordinariamente a la alegría.

Así, así era en el colegio. Así debía ser, por esto eran amigos.

Es una pequeña revelación, como ver la fotografía en el papel bajo el líquido por primera vez.

-Siempre he tenido un gran sentido del humor, Canuto. –Ese nombre, Canuto, una segunda revelación sobre la primera, otro Sirius, de pronto, revelándose ante sus ojos-. De lo contrario, no se explicaría que fuéramos amigos.

-¿Eso éramos? ¿Amigos?

Un, dos, tres revelaciones. Ese tono de voz, -¿eso éramos? - y esa palabra -¿amigos?- y en ese momento todo, incluso las cosas que ni siquiera era consciente de desconocer, todo aparece ante ella de manera tan evidente que se pregunta cómo no lo había visto. Cómo no tropezaba con la evidencia constantemente, si la evidencia estaba ahí, ni siquiera oculta, simplemente ahí. Al alcance de una mano.

Ignorando que Hermione trata de ordenar piezas en su mente sin esforzarse siquiera –caen como lluvia, una tras otra-, Remus Lupin se divierte porque Sirius Black juega a divertirle.

-Creo que el relato de nuestra amistad ha sido claramente exagerado, Lupin. Diría que te soportábamos para que nos hicieras los deberes. A cualquier cosa le llaman amigos. –Bufa y guiña un ojo en su dirección-. No hagas caso, Hermione. Yo estaba ocupado en el colegio siendo fabuloso, no tenía tiempo para relacionarme con futuros perdedores. Perdón, ¿he dicho perdedores? Quería decir profesores.

Finge un escalofrío infantil, como si “profesores” fuera una procacidad y sí, es cierto que la ha incluido en la conversación y se ha dirigido a ella, pero nada de lo que pasa en esa habitación –no hay que engañarse- tiene que ver con ella. Sirius y Remus están solos y tal vez ni siquiera en Grimmauld Place. Están juntos, en algún lugar –quizá en Escocia-. No en este sitio, sino en otro sitio (diferente, lejano, mejor). Bromeando, con un guiño en la mirada, bromas sin mala baba, a salvo del espanto, de las cabezas disecadas de los elfos, de la Orden del Fénix y de esta guerra silenciosa que les separó en el pasado y ahora les obliga a vivir atrincherados entre cuatro paredes.

-Ya ves que Sirius siempre ha tenido un alto concepto de sí mismo, Hermione. Contrastaba mucho con el pobre concepto que teníamos los demás.

No sé le ocurre qué podría contestar. Está casi segura de que no se espera que conteste.

-Yo... –estorba, está claro, en esta situación, en esta cosa solo de ellos, estorba-. Solo venía a por un libro, de hecho. Para dormir, o sea, no podía dormir.

Como si saliera de un trance, el profesor Lupin –y ese nombre ya solo parece el borde de un continente más amplio-, abandona la mirada de Sirius –que no le deja, que le persigue, como una celda, un ancla, un cepo, un mío mío mío-. La mira a ella, siempre tan desgarradoramente amable.

-Claro, naturalmente. Un libro.

El mundo está lleno de magia. Ahí, en todas partes. Los hechiceros no la crean, solo aprenden a convocarla –creación, magia blanca- o a perturbarla –violación, magia negra-. Remus Lupin la usa siempre sin esfuerzo aparente y con enorme nobleza. Tira de los hilos invisibles que forman las partículas mágicas con un chasquido de los dedos y atrae un tomo de tapas duras desde la estantería hasta su mano. Sirius se está lamiendo los colmillos mientras le mira y Hermione se debate entre querer quedarse ahí, atrapada en este juego de manos y miradas que se traen entre ellos o coger el libro y marcharse cuanto antes.

La portada del volumen dice “Las flores del mal”.

-Apenas hay nada muggle en este sitio.

-Me pregunto por qué –ironiza Sirius.

-Pero supongo que algún pariente de Sirius debió parecerle un gran título y acabó aquí. Tiene algunos subrayados, de hecho.

Lo coge de sus manos, encantada de tener algo que hacer con ellas. Lee en voz alta, “Las flores del mal, de Charles Baudelaire” y lo último que espera, lo último que espera en una larga lista de cosas que incluyen, posiblemente el segundo advenimiento de Cristo y la era de que las ranas críen pelo es lo que ocurre en ese momento.

-Gracias –dice, y el libro se abre con el soplido de Lupin.

-Poemas. –Su voz es una explicación didáctica, siempre, y una extraña canción de cuna para adultos-. Mejores que las novelas para dormir, creo que es por la métrica. La sonoridad de los versos y en Baudelaire hay...

Lo último, realmente es lo último que Hermione espera.

-...perfumes frescos como carne de niño, -la voz de Sirius recitando un poema de memoria-, dulces como los oboes, -casi contemplativo, casi perdido-, verdes como las praderas.

Ambos, Hermione y Lupin se quedan atrapados en el momento. Existe la magia muggle igual que existe la magia negra y blanca. Existen los hechizos de las palabras y Sirius la ha convocado, recitando de la nada un poema que está lleno de olores.

-Los subrayados del libro son míos –confiesa-. Remus tenía razón, me gustó el título.

              [Hermione no sabe cómo fue, pero pudo ser un día de verano en Londres. Nublado y nudoso, lleno de parches negruzcos en el cielo. Sirius tendría quince años, a punto de ser voluntariamente desheredado, cruzaría una calle con libros de viejo, vería la portada en el escaparate y pensaría “eso es lo que somos todos los Black, descarriados”. Flores del mal. Seguramente lo compró sin pensarlo dos veces y leyó a ratos muertos, perdido en la tormenta de sus propias inquietudes]

-Lo devolveré cuando lo lea –dice Hermione, sintiéndose decidida a verle con nuevos ojos. Más compasivos, más justos.

-No, quédatelo.

Sirius insiste, pero Hermione es tajante.

-No. De verdad. Prefiero devolverlo. Pero lo leeré.

Admitida la derrota, Sirius asiente, con esa majestuosidad suya. Hermione sujeta el libro como si pudiera echar a volar en cualquier momento, huyendo hacia el dueño al que obviamente pertenece. Se despide sin saber exactamente cómo. El profesor Lupin y Sirius se están mirando todo el tiempo, a veces fijamente, a veces por el rabillo del ojo y... ¿cómo se sale, exactamente, de la guarida de un lobo?

-Bueno –se aclara la voz-, muchas gracias.

-Te acomp-

Pero no le deja a Sirius terminar.

-No, gracias. Sé ir sola. De veras.

Da pasos hacia atrás, saliendo de la biblioteca con una sonrisa de cortesía y ganas de ordenar sus pensamientos.

-Buenas noches, Hermione –dice Lupin.

-Buenas noches. –Va a añadir “profesor”, como siempre, pero no es ese Lupin esta noche, así que no dice nada, excepto-. Buenas noches, Sirius.

Les deja con la puerta entreabierta, tal como la encontró. Los goznes chirrían en toda la casa y son puertas pesadas que despertarían a todo el mundo si las tocara. Oye solo restos perdidos de su conversación y vence la curiosidad de quedarse porque siente que ya ha visto más de lo que querían enseñar.

“No pongas esa cara de susto a veces leo, Lupin” / “...para seducir jovencitas” / “...tú el que tiene embrujadas a las mujeres de esta casa...” / “¿otra vez con eso?”

Luego solo “prima” y “niña” y Hermione acelera el paso para no oír más, nada más hasta llegar a las escaleras. Entonces ya no escucha, pero mira y a través de la barandilla, les ve. A menos de un paso de distancia, donde más sentido tiene todo y no caben las mentiras, el pasado y los nombres ridículos –profesor Lupin, Sirius Black, no significan nada-. Son solo Remus, sonrisa más en la mirada que los labios, larga nariz imposible y Sirius, mechones largos de pelo brillante, sonrisa canina. Cuando se besan es un beso robado a la miseria, Remus le aparta el pelo con los dedos y le sostiene la cabeza con más fuerza de la que uno sospecharía al verle siempre tan calmado. Se devoran y se dejan devorar un rato, beso de animales que se han besado bien y mucho, y Hermione, realmente, realmente, realmente no debería estar viendo esto. El gruñido suave de Sirius y eso que hacen de buscarse con el cuerpo por instinto, no debería.

Se marcha a su habitación sin mirar atrás.

Ver a Ron en el pasillo, de vuelta del baño, casi le provoca un infarto. Va en pijama y despeinado, rascándose la cabeza y con los ojos entrecerrados.

-Qué narices haces merodeando a estas horas y despierta.

-No se puede merodear dormida, Ronald.

Victor le besó. Pero no así. Está segura de que no fue así. Como derretirse y comer helado, masculino y fuerte pero lánguido y... ¿es así? Sería así si fuera Ron y-?

¡No pienses eso! Odia cuando su mente le traiciona y piensa eso. Estúpida mente. La única razón por la que lo piensa es por haberse encontrado con él. Y no porque al rascarse se le suba el pijama y eso que Hermione está viendo sea el final de su estómago. No.

-No, en serio, Hermione, de dónde rayos vienes.

De la biblioteca, del pasado, de los secretos, de gente que dice cosas pero son solo la superficie de otras conversaciones sin palabras, de la poesía, del roce del pelo contra la cara cuando te besan, de las revelaciones y los libros. Del bosque, de la guarida del lobo.

Sonríe.

-De casa de mi abuelita, Ron.

Le deja mascullando “qué narices...” y cierra la puerta de su cuarto, saltando a la cama con el libro, hecha una bola para entrar en calor. Lee entre las mantas hasta quedarse dormida, reconfortada de algún modo en el hecho de que alguien en esa casa espantosa y en medio de la guerra que se cierne saca un rato del insomnio para la lectura y los besos.

Algún día me besarán así y no es un deseo, más como una parte del futuro que se acerca a ella desde la distancia, con nitidez y sin prisa. Algún día.

Se duerme con el libro en las manos, la maraña de pelo sobre la almohada, el dedo metido entre las páginas de un poema maldito. Se le llenan los sueños de olores.

“Hay perfumes frescos como carne de niño, dulces como los oboes, verdes como las praderas”. Duerme pensando en largos campos perfumados y un mar verde que la acuna. Le encanta ese poema y cuando en el desayuno Sirius saluda “buenos días, Hermione” y se sirve el café hirviendo cree que le está viendo diferente y por primera vez. Tan de cerca, ahora que lo piensa, Sirius huele a Remus.

“Buenos días” contesta y pronto la cocina está llena de Weasleys y ruidos, Ron y mermelada, los gemelos y bromas, Molly y el ruido de los cacharros. Al rato baja Lupin –Remus- con jersey deshilachado y té caliente, saludando a todos.

-¿Te gustó el libro, Hermione?

Le contesta con entusiasmo.

-Mucho.

Su voz es templada, y no revela apenas nada, pero Hermione ha aprendido a leer entre las fracturas.

-Me alegro.

Cuando días después devuelve “Las flores del mal” a la biblioteca ha memorizado más de un poema, pero el que más le gusta sigue hablando de perfumes frescos y verdes y de esos otros “corrompidos, ricos y triunfantes...”

              [“...que tienen la expansión de las cosas infinitas, como el ámbar, el almizcle, el benjuí y el incienso, que cantan los transportes del espíritu y los sentidos”]

El libro se queda quieto en la estantería. Como un secreto que ahora entiende. Huele a perfumes distintos que se han mezclado hasta dar con el olor justo, necesario y perfecto. Tan distintos, pero parte de una misma cosa.

(fin)