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Lovefooled

Summary:

Steve Rogers aún ama a Peggy Carter, es lo que Dean concluyó al ver su brújula, así que ahora deberá buscar su camino. Hay mucho peces en el mar, después de todo. Tread con el poderosísimo Mermelada de Uva.

Notes:

Avertencia bbs: se hace mención del uso de sustancias con fines criminales.

Work Text:

Tal vez si no hubiera sido tan curioso… dicen que el respeto al derecho ajeno es la paz o una cosa así, pero que la confianza es el pilar de toda relación… ¿qué relación? ¿Unas cuantas salidas y ya estábamos emparejados? Por favor… ¿me quedé en su casa unas noches? Sí, y también el señor Barnes, y creo alguna vez hasta Sam… aunque creo que ellos durmieron en el sofá… Bien, ¿qué más da? Lo hecho, hecho está. Lo he arruinado todo. O tal vez, solo me arruiné a mí mismo y a mis sueños tontos.

Los hombres como él son muy sinceros, incluso cuando no es su intención gritarte la verdad a la cara. Esa brújula era su forma de ser sincero, porque era fácil al verlo que… algunas cosas en su interior no habían cambiado tras setenta años bajo el hielo, y yo tenía que aceptarlo.

Quiero decir, ¿quién no podría sentirte atraído por una mujer de carácter férreo, voluntad fogosa y porte único? La agente Carter estaba fuera de la liga en los años cuarentas para cualquiera, menos para él. Para mi Steve… no, para el señor Rogers.

Porque no es mío. Nunca fue mío y no creo que lo sea nunca.

Nadie me vio llorar en la torre, Steve tampoco me vio cuando estábamos a solas en nuestros paseos rutinarios, lo que sí debió notar era que yo intentaba alejarme porque, de pronto, se ponía más insistente en salir a menudo; yo no podía más, verlo a la cara me estaba provocando un dolor desagradable, uno de esos dolores sordos que te quedan después de un golpe especialmente duro, que te punza de vez en cuando, como una cicatriz mal cerrada.

“¿Dean?”

Me miró por encima de su ya casi extinta banana split. No, no quería verlo a los ojos, porque sabría que no iba a resistir mucho más mi falsa cara de distanciamiento.

“Perdón, ¿me decías?” pregunté, picoteando los restos de mi helado.

“No, yo… ¿te encuentras bien? Pareces distraído…” Steve se mordía el labio inferior, no era un gesto que soliera hacer delante de sus colegas, era algo más… íntimo. Privado. “Perdón, no quiero incomodarte…”

“Estoy bien, es que…” inventé algo sobre la marcha, una justificación que me ayudara a salir de ahí con la frente en alto “Me llamaron para un trabajo… es desde casa, claro, pero… es uno de esos proyectos largos, de varias semanas, y me ocuparía mucho tiempo si lo acepto.”

Alguna vez la chica Nina me dijo algo así como que Steve era demasiado bondadoso para obligar a otros a hacer lo que él deseaba, incluso si eso le hería por dentro. Me imaginé que mis palabras formaban un cuchillo imaginario, listo para clavarse entre las costillas del Capitán en cuanto estuviera lo suficientemente cerca de la mentira.

“Suena maravilloso” dijo él por fin, mirándome con una sonrisa bien entrenada. “¿Lo tomarás?”

Estaba tan cerca que la punta del cuchillo estaba en contacto con su persona. Apreté el mango de la cuchara.

“Si lo hago…” murmuré, mirándolo de reojo “no podremos vernos en… un largo rato.”

Tal vez esquivaría mi golpe, tal vez se pondría firme por una vez, posesivo incluso (pero ¿qué no ese comportamiento se da hacia alguien a quien quieres contigo? Y ya tenía claro que no era mi caso…), pero entonces tomó un bocado de su postre, casi como para hacer algo, y respondió:

“Dean, deberías hacerlo… es decir, si tú quieres…”

“De acuerdo” salté, poniéndome de pie. Los restos del helado formaban un charquito irregular en mi copa. “Debo irme, para responderle al… bueno, para decirles que sí acepto el proyecto.”

Me detuve a su lado un momento, y rebusqué entre mis bolsillos. Me sentía como si, finalmente, el cuchillo hubiera atravesado los músculos más superficiales y se abriera paso hasta el delicado músculo palpitante que tanto relacionábamos con los sentimientos.

“Espera… pagaré mi parte…” dije, buscando mi billetera.

Si hubiera levantado la vista entonces… Dean habría visto que esas palabras fueron mucho más crueles que todas las demás. El cuchillo ahora se hundía hasta el mango, y Steve solo estaba resistiendo la hemorragia.

“No, por favor…” habló él.

“Insisto…”

“Yo te invité…”

“No me parece justo…”

“Acéptalo, por favor…”

Sentí su mano rozando mi antebrazo. Tuve que mirarlo, pero seguí manteniendo la distancia tanto como podía. Se veía… apenado. Lentamente guardé de vuelta mi billetera.

“Te deseo suerte” me dijo, sonriendo de nuevo. Esa sonrisa encantadora y dulce que casi me hizo sentir culpable, pero de nuevo la imagen de la antigua fotografía me mantuvo en mis cinco.

“Gracias, Cap” repuse como despedida, y salí del local con la sensación de escozor en los ojos.

…

Incluso mis amigas parecían ya haber perdido el interés en perseguir mi vida amorosa. Cuando regresaba de una de las poquísimas citas que lograba concretar en la vida real, ya no me esperaban con una sonrisita de complicidad a la espera de oír los pormenores, si no que parecían angustiadas, decepcionadas incluso, aunque no fueran ellas quienes tenían que pasar de fiasco tras fiasco como yo.

El último había sido triste, por decir lo menos, uno de esos hombres que viven por y para su imagen, atractivo pero de una manera bien estudiada, y hacía todo como si lo estuvieran persiguiendo diez cámaras listas para tomarlo por todos los ángulos y no deseara verse mal; en resumen, era como ver un video de alguien famosillo de internet a quien le has tenido que donar unos dólares para recibir su atención.

“…Y… ¿estuvo buena la comida?” escuché a Kassi desde la sala de estar.

“Fuimos a una barra de ensaladas” contesté.

“Dean…” Kassi me dio alcance “¿Por qué no vas y dejas esto de las… citas por un rato?”

Sacudí la cabeza y, como autómata, contesté:

“No pasa nada, he hecho buenos amigos también…”

No era cierto pero ella no tenía por qué saberlo. Noté que iba a decir algo más, así que me encaminé al baño para no tener que escucharla, porque… ella tenía razón. Tal vez estaba forzándome de más con eso de salir con otros chicos, de hecho nunca pasaba de la primera cita, fuera porque yo me sentía agobiado o porque ellos decidían que no era su tipo.

Sentado sobre la tapa, pasaba perfil tras perfil, obsesivo, esperando encontrar a alguien interesante en una de mis largas horas de inspección de cierta app para citas. Ahí estaba uno que le gustaban los perros, otro que hacía ciclismo extremo, otro que le gustaban las hamburguesas tamaño extra… altos, delgados, robustos, de todas edades y profesiones, pero eran como paja, y yo insistía en encontrar entre ellos una aguja.

Tal vez ese era el problema, que me concentraba no en ellos (me daba mucho igual su aspecto y hasta sus pasatiempos de tal modo que, por suerte, no terminé aceptando la salida de un chiflado que vivía literalmente en el sótano de su madre y escuchaba post-punk todo el día) sino en… algo que fuera como él. Aunque vagamente. Alguien que me recordara un ápice de su calidez, su amabilidad, su… todo lo bueno que tenía, que era mucho, y que ninguno de ellos, a mis ojos, lograba tener.

Estaba intentando reemplazar la idea de Steve Rogers con un montón de desconocidos en una aplicación. No era lo más saludable, pero parecía lo mejor, porque a veces, los clavos sacan otros clavos.

Y entonces lo vi. Tenía un puñado de fotos suyas en las que lucía muy natural, simpático, tenía el cabello castaño claro y corto, en una de sus imágenes se veía sosteniendo, orgulloso, una maceta con unas pequeñas lavandas, sonriendo orgulloso a pesar de la tierra en su ropa, y sus ojos… azules y vivarachos. Se llamaba David, y según su perfil, vivía a media hora del Times Square.

No tenía nada de malo, podía presionar el botón de corazón y no esperar nada especial, no estaba lanzándome de cabeza a un intento más de relación, era posible que ni me contestara, así que…

“It’s a match!”

La alarma sonó con este mensaje cerca de media hora más tarde, y entonces el chat saltó con un amable:

“Hola, Dean, no pude evitar echar un vistazo a tu perfil” seguido por una carita sonriente.

Y a partir de entonces, no había día que no habláramos por mensaje al menos por un par de horas. Empezaba a contar el tiempo para conectarme y seguir charlando, a veces incluso en el medio de algo importante como cocinar. David parecía ser, finalmente, lo que estaba buscando.

“Hola Dean” me escribió una tarde “¿Tienes libre este fin de semana?”

Sentí un vuelco en el corazón. Intentando mantenerme relajado, contesté:

“Tal vez… ¿tienes algún plan?”

Los tres puntos suspensivos me parecieron eternos.

“Me gustaría verte”

Sonreí. Mis manos comenzaron a temblar, y tuve que hacer un esfuerzo para que el celular no saliera volando de ellas.

“¿Qué tal a las seis en el Ducky’s?”

No pude evitar contestarle de inmediato, emocionado.

“¿En el Ducky’s? ¡Por supuesto!”

“Nos vemos este viernes entonces” y agregó una carita guiñando.

“Hey… Tierra llamando a Dean” una mano pasó frente a mi cara y me topé con Damian. “¿Te has quedado mirando a la hipnorana o qué?”

“No… no” aún tenía la sonrisa de oreja a oreja “Tengo una cita…”

Le mostré la pantalla del celular en una de las fotografías de David. Mi amigo hizo una sonrisa algo torcida, como si algo no terminara de cuadrarle, pero en ese momento no podía importarme menos.

“Es… parece un tipo agradable” dijo por fin. “¿Y cuándo dices que se verán?”

“Este viernes”

“¡Oh! Suena muy… pronto…” agregó en un susurro que no alcancé a escuchar. Mi mente ya estaba en otro sitio, soñando con la cita perfecta, como si de nuevo fuera yo un adolescente listo para su primera salida; sí, eso me aseguraba que David podría ser el indicado, esa sensación de debilidad en las rodillas y nervios infantiles que no había provocado en mí nadie a excepción de…

Mi garganta se cerró. Ahí estaba otra vez, pensando en quien menos debía pensar; sacudí la cabeza como si eso fuera a ayudarme a sacarlo de ahí y continué con mis labores. Tenía que concentrarme en mi propio futuro, y si David estaba en él, seguro sería un futuro maravilloso.

…

“No te veo”

“Estoy junto a la barra”

“¿Qué ropa llevas?”

“Un jersey amarillo… ¿tú?”

“Un saco… lo siento, ¿muy formal?”

“Creo que te veo”

Giré la cabeza como veleta, el Ducky’s era uno de esos bares de ambiente tranquilo que se caracterizaba, como decía su nombre, por el decorado de patos que dominaba todo el lugar; había de todo, desde los patitos de hule clásicos hasta obras complejas que, por otra parte, parecían haber sido creadas por alguien que consumió algo ilegal.

“¿Dean?”

Un hombre avanzó hacia mí. Tenía el cabello castaño claro y los ojos azules… pero también unas entradas que parecían prematuras en un rostro abotagado y con cicatrices de la adolescencia; un jersey amarillo mostaza se ajustaba con dificultad a una figura que no tenía ningún parecido con el de las imágenes que yo estuve viendo como en espiral por semanas.

“¿Sí?” pregunté, aprensivo.

“Soy David” el hombre me tendió una mano, sonriendo (¿a dónde se había ido la sonrisa perfecta?”). Respondí al gesto en automático, aunque por dentro mi estómago se apretaba.

Maldita sea, me habían hecho catfish.

“Qué gusto, David” dije, intentando hacer como que no estaba deseando correr en dirección contraria. No era solo que entre sus fotografías y su yo real hubiera una diferencia importante, era que… se veía más como un burócrata rancio que como el animado y simpático hombre con quien estuve conversando. Suspiré, no era justo juzgar a alguien por su apariencia, así que cuando me indicó con un gesto que tomáramos asiento, acepté con una sonrisa fingida.

Unas mesas más allá…

“Ese tipo… uff, ¿el chico será su sobrino o algo?” preguntó Sam, asqueado. “Se ve demasiado joven”.

“Deja a las personas vivir” gruñó Bucky, que apretaba su coctel con más fuerza de la necesaria. No quería admitir delante de sus colegas que el exceso de patos a su alrededor lo ponían extrañamente nervioso.

“Un adulto no debe salir con un niño, estamos de acuerdo, ¿verdad?”

“Sí, es verdad, pero si entró aquí es porque es adulto…”

“Espera… ¿qué no es…?” Sam entornó los ojos en las dos figuras charlando, aunque lo cierto era que el tipo con el feo jersey parecía ser el único que hablaba. “Steve… oye, Steve…”

El rubio estaba atento a su celular. Revisaba la última conversación que había tenido poco más de un mes atrás con…

“¡Steve!” insistió el hombre “¿No te parece familiar esa cabeza?”

El aludido no tuvo más remedio que levantar la mirada y fijarla donde Sam señalaba. Y sintió que el alma se le iba a los pies.

“Pide las alitas, te van a encantar” insistía David. Sus manos temblaban al sostener el menú… y sudaban, de hecho.

“De acuerdo” cedí. “La verdad nunca había venido aquí…”

“Yo vengo todo el tiempo, mi trabajo está a dos manzanas” continuó el hombre, pasándose una mano por el cabello. “¿Sí te conté de mi trabajo?”

“Eh… sí, claro, algunas veces”

“No es de lo más divertido, pero… oye, no te estoy agobiando, ¿verdad?”

“La verdad me quiero ir a mi casa” pensé.

“¡No, no! Para nada” grazné, moviendo las manos como si en serio no me importara.

“¡Ah! Me alegro… Mis amigos dicen que hablo mucho y que por eso espanto a los chicos… pero tú eres un chico muy amable, me… alegra que no salieras corriendo al verme o algo así…”

“…” No supe qué decirle, y me limité a tomar un sorbo de agua.

“Es… por el estrés, ¿sabes? Cuando era niño comía mucho si me sentía mal…” balbuceaba como buscando excusarse. Lo escuchaba a medias, sabía de antemano que estaba mintiendo, pero si esa mentira lo hacía sentirse menos culpable… ¿qué debía hacer yo?

(Pero entonces, ¿en qué más había mentido?)

A los minutos llegó una fuente de alitas, decoradas alrededor con trocitos de apio y zanahoria. David sonrió, fascinado, e hizo un gesto con la mano.

“Sírvete, Dean…”

“Gracias, eh… Pensaba que traerían órdenes separadas” comenté.

“¡Ah! Sí, le indiqué al mesero que fuera una orden doble para…” carraspeó “para parejas… ¡o amigos! Los amigos comen del mismo plato, je je, has oído esa expresión, ¿verdad?”

“Creo que está a punto de desmayarse” Sam seguía la historia desde su posición, orgulloso de su aguda vista. Bucky, muy a su pesar, también estaba intrigado.

“Dios, ¿habían visto a alguien meterse tantas alitas a la boca?” preguntó, asqueado.

“El chico seguirá así de flaco como ese tipo lo siga invitando a comer”

“Steve ¿tú sabías de esto?” el castaño miró de reojo a Steve. Éste parecía hecho de piedra, bien tieso en su asiento y mirando a Dean. Pobrecillo, podía percibir su incomodidad, deseaba ponerse de pie, acercarse y salvarlo de aquella situación… pero, ¿Dean querría eso? Le daba la impresión de que el muchacho había puesto tierra de por medio, por su trabajo o… por lo que fuera. Y él, Steve, por más que quisiera intervenir… no debía hacerlo.

“¡Creo que acaba de eructar!” Sam parecía dividido entre la diversión y el horror “Pobre Poodle-head.”

“No lo llames así” gruñó Bucky.

“Pero si tú le pusiste el apodo primero”

“Cállate, Sam”

“¡Es verdad! Lo dijiste la primera vez que lo viste, dijiste que tenía cabeza de Poodle… ¿lo sabías, Steve?” Sam giró la cabeza, sonriendo. Entonces notó la lucha interna de su amigo. “¿Steve?”

“Lo siento…” David rio, avergonzado. “A veces no me contengo.”

“No pasa nada… es algo… normal” y escudé mi espanto tomando mi bebida con los ojos fijos en el vaso.

“Oye… ¿te gustaría seguir la fiesta? Es temprano todavía” comentó el mayor, jugueteando con sus dedos manchados de salsa. “¿Sales a clubes? Conozco uno muy bueno por esta misma calle… por si quieres unas copas más fuertes o algo…”

“Pues…” pasé una servilleta por mi cara, quedaban un par de alitas en la fuente, pero mi apetito estaba más que muerto.

“Vamos, di que sí” David me sonreía, bonachón, pero sus ojos estaban dolorosamente fijos en mi cara. Me hizo pensar en un vendedor desesperado, solo que en este caso la mercancía era él mismo… y la estaba ofertando fatal.

“No sé… tengo algo de trabajo pendiente…” inquirí.

“Vamos, es viernes, un poco de fiesta no hace mal a nadie” insistió “¿Te gusta bailar? Yo fui el rey del baile en preparatoria” y guiñó el ojo de una manera que me hizo pensar en los guiños actuados de… otra persona.

Me sentía apresado de alguna manera, no solo porque él era más alto y ancho que yo, sino porque en cierto modo yo me había puesto en esa situación… Kassi diría que no era mi culpa y que si quería poner pies en polvorosa lo hiciera, pero no me atrevía. Nunca salí corriendo de un sitio, y no sabía si sería capaz de escaparme.

“Vuelvo en un momento” le dije y caminé hacia el baño. Necesitaba refrescarme y pensar en mi siguiente movimiento.

“¡Oye! Pediré una copa más, ¿te pido algo?” escuché a David a mis espaldas.

“No, gracias, solo me queda para el subterráneo…” mentí.

“¡Yo invito! ¿Quieres una soda de manzana verde?”

“Eh…”

“¡Una soda entonces!”

Mis pies se movieron a toda velocidad y ya estaba delante de un espejo en el baño de hombres. Me noté pálido, y supe que no iba a resistir mucho más; debía ser amable pero firme, y dejarle en claro que no habría una segunda cita. Qué suerte que él no sabía dónde vivía yo.

Los tres hombres observaban la espalda de David, quien parecía estar discutiendo en voz baja consigo mismo.

“Lo va a rechazar” concluyó Sam, entretenido como si fuera una telenovela.

“Obvio” secundó Bucky.

“Digo, ¿qué tipo sale a una cita con ese jersey horroroso? Tal vez tú, Barnes…”

“Vete al diablo”

“Es broma… oye, cuando saliste con la chica H, ¿te lavaste el cabello?” preguntó el hombre moreno, burlón.

“Lo que yo haga en mi vida privada no te concierne”

“Te compré una buena colonia… hasta el bastardo de Zemo la habría aprobado, dime que la usaste…”

“Esperen” ordenó Steve con su característico tono de mando. Los dos callaron. David revolvía sus bolsillos con nerviosismo y entonces… apareció por un breve momento un diminuto sobre plástico con una cápsula en su interior. Las alarmas de los tres héroes se encendieron.

“Carajo, no es cierto…” gruñó Bucky.

“¿Qué, intervenimos?” propuso Sam.

El mesero llegó de nuevo junto a David, y el hombre bajó la mano con el sobre, recibiendo las dos bebidas con nerviosismo. Tres pares de ojos seguían sus movimientos como felinos listos para saltar.

“No se atreverá…”

“Claro que sí, esos idiotas hacen lo que sea…”

Steve tenía los puños apretados. David tomó la píldora en su mano y la abrió despacio, asustado; el soldado sospechó que era la primera vez que osaba hacer algo así, pero no lo hacía menos inocente a sus ojos. No iba a dejar que Dean saliera lastimado, ya no se trataba de su libre albedrío, sino de su vida…

“¿Alcanzas a ver algo?” preguntó Bucky a Sam. La ancha espalda del hombre no dejaba ver si estaba manipulando la píldora o no.

“Creo que deberíamos intervenir… Cap, estás de acuerdo conmigo, ¿no?”

Regresé, sintiéndome ansioso. Era hora de terminar con aquella cita de pesadilla. David me recibió, sonriendo y sudoroso, supuse que había temido que saliera huyendo.

“¡Dean! Perdona, te pedí la soda…” me señaló un vaso burbujeante con un líquido verde esmeralda horriblemente artificial.

“David…” tomé aire. Pude notar que su sonrisa flaqueaba. “Estuvo muy divertida la velada…”

“¿Verdad que sí? Me divertí mucho contigo también, Dean, eres un chico estupendo…”

“Pero… de verdad necesito volver a casa” Noté que el hombre dejada de sonreír y sus labios se movían como intentando formar alguna palabra. “Y… eres un buen hombre, David, solo que… siento que no deberíamos… salir otra vez…”

“Es por mi apariencia, ¿verdad?” graznó, desesperado “Lo siento, quería verme más… juvenil, cometí un grave error, es solo que es difícil… cuando pasas de los treintas…”

“Pasas mucho más de los treintas” me encontré pensando. Realmente me apenaba.

“…Está bien si no quieres que nos veamos otra vez, yo… lo entiendo, soy un adulto… Pero al menos… déjame invitarte un último trago, ¿sí?” suplicó, con los ojos casi llorosos.

“Yo…” balbuceé.

“Por favor, Dean…” me parecía que estaba a punto de arrodillarse y eso me puso incómodo. “Acéptala como una… una disculpa por esto…”

Miré a David y luego el vaso, alto y estrecho, que no dejaba de burbujear. Mi mano fue hacia él, apesadumbrado por la presión, pensando que daría un sorbito solo por amabilidad…

“¡Dean!”

Conocía esa voz, la había oído tantas veces que la podría reconocer en medio de una tormenta en el mar. Detrás de David apareció una figura realmente maravillosa, un cabello rubio bien peinado, unos ojos azules y sinceros… y tras él, un castaño malhumorado que ocultaba su brazo de metal bajo su chamarra de cuero y un moreno que parecía listo para partirle la cara a alguien. Me congelé con el vaso a medio camino.

“¿Steve?” susurré. Era la primera vez en muchas, muchas semanas que osaba decir su nombre en voz alta… y se sentía tan bien hacerlo…

David giró la cabeza, y sonrió de una forma extraña.

“¡Hola! Hola, eh… ¿son amigos de Dean?” preguntó con voz chirriante.

Bucky se adelantó y tomó mi vaso sin que yo intentara siquiera retenerlo. La olfateó y luego asintió a Sam, quien puso sus manos sobre los hombros de mi cada vez más asustada cita.

“¿Te importa si dejamos solos a nuestros amigos, compañero?” le preguntó, clavando un poco sus uñas en la fofa carne de David.

“Eh, yo… es que…” balbuceó. Bucky lo encaró.

“Salgamos un momento… y yo me quedo con esto…” añadió, mirándome “Es que… me encanta esta bebida.”

David fue prácticamente sacado a rastras por Sam, y Bucky caminaba tras ellos con una expresión que me hizo pensar en lo intimidante que podía ser incluso si ya no era el Soldado del Invierno. Steve y yo nos quedamos de pie delante de la mesa, y yo agaché la mirada.

“¿Estás bien?” me preguntó.

“Claro… que no” añadí. No podía mentirle otra vez. Me sentía un poco tonto, igual que… un adolescente asustado. Notaba sus ojos sobre mí, sus preciosos ojos azules rasgados de verde, como acusaba el Barón, algo imperfecto en un ser perfecto… “Steve…”

“No quería arruinarte la noche” aclaró el rubio. “Lo siento… pero créeme cuando te digo que ese sujeto no era bueno…”

“Ya… me había dado cuenta. Es un mentiroso.”

Steve acortó la distancia entre ambos y apoyó una mano sobre mi brazo, afectuoso. Yo sin embargo no me atrevía a verlo. Había fallado miserablemente intentando reemplazarlo, de pronto ese lugar lleno de patos ridículos me parecía Versalles con él delante.

“Si te encuentras bien, entonces…” su mano se alejó, y sentí un nudo en la garganta “ten una buena noche, Dean, cuidado al volver a casa…”

“¡…Espera!” mi mano se cerró alrededor de su muñeca. “Steve… lo siento mucho… Yo no quería verte porque… es que vi…”

Quería explicarle todo, que me sentía celoso de una mujer que ya había pasado a mejor vida, que sentía que nunca podría ocupar un sitio en su corazón, que lamentaba haber intentado reemplazarlo con cualquiera… Pero su mano sostuvo mi cara y me obligó a levantarla, suavemente, y me di cuenta que no estaba enfadado, todo lo contrario, su mirada era tan dulce como siempre.

“Dean, el motivo que hayas tenido para alejarte es completamente tuyo” aseguró “Yo no voy a obligarte a nada.”

Los ojos me empezaron a escocer. No quería llorar delante suyo.

“Steve, es que… realmente es una tontería… ojalá pudiera explicarte…”

Su mano se dirigió como por instinto a mi cabello, y sentí sus dedos enlazándose con mis rizos.

“Puedes contarme lo que quieras cuando quieras” aseguró.

Un peso enorme acababa de abandonarme. Me encontré sonriendo, esta vez con honestidad como nunca en toda la noche. Apoyé mi mano sobre la suya, deseoso de volver a percibir su calor en mi piel, y dije:

“Si conoces un lugar que no esté lleno de patos… hoy tengo tiempo.”

Steve me ofreció su brazo, como solía hacer en los últimos tiempos, y lo tomé sin pensar. Mientras caminábamos a la salida, dijo de pronto:

“Oye, si estás disponible para una cita el siguiente fin de semana… mi amigo Steve Grant está interesado en salir contigo…”

“¡Ah!” me quedé en blanco. Si era amigo de Steve no podía ser mala persona… “Bueno, suena… suena bien, eh, ¿qué le gusta a Grant?”

Steve empezó a reírse con ganas. Tardé varios segundos en entender la broma, y cuando lo hice mis mejillas ardieron.

“Eres increíble… Poodle-head” dijo Steve, inclinándose y besando mi mejilla.

“Yo… ¿cómo me llamaste?” pregunté, alzando las cejas.

“Ah, es una tontería… ¿sabías que Bucky te llamó así la primera vez que te vio?”

Y así, charlando, caminamos por las calles newyorkinas en medio del ocaso.