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No es una cita

Summary:

Uno de los pacientes de Patroclo le invita a desayunar. Por supuesto, no es una cita, sino un encuentro casual. ¿Qué hay más casual que desayunar con un paciente? Y, además, ¿por qué iba a fijarse en él alguien tan guapo?

Notes:

Tenía este one-shot guardado por ahí y ya que empecé el AU en twitter basado en esta idea me apetecía publicarlo en otro sitio.

Work Text:

Patroclo tomó a Cerbero en brazos y dejó —o no puedo evitar, más bien— que le lamiera la cara mientras se quitaba las botas, las tiraba despreocupadamente en la entrada y entraba al salón. Briseida ya había cenado y estaba tirada en el sofá, intentando dividir su atención entre Caso Cerrado y lo que sea que estuviese viendo en el móvil.

—¿Has sacado a Cerbero a pasear? —le preguntó, dejando caer sobre su regazo kilo y medio de chihuahua.

—Sí, padre —respondió, fastidiada—. Adivina qué. Menelao y Helena han roto otra vez. Roto o discutido, a esa chica le encanta hacer drama por un pellizquito de atención.
—La atención que tú le estás dando.

Briseida hizo un mohín, pero siguió pasando historias sin tomarse a pecho el comentario. Oh, cómo le gustaría ver a Helena tirándose de los peros con Menelao en Caso Cerrado. Si Helena estaba feliz con la atención, Briseida estaba feliz con el entretenimiento. Salían ganando las dos.

Patroclo cogió de la nevera un bol de ensalada de pasta que había sobrado del día anterior y se sentó en el sofá, apartando los pies de Briseida. Cambió de canal; los gritos sobreactuados le enervaban y después del turno de tarde necesitaba tranquilidad. No quería irse a dormir con los martillazos de la Doctora Polo retumbándole en las sienes.
Se terminó el bol de ensalada, lo dejó en la pila para fregarlo al día siguiente y fue a recoger a su Cerbero. Normalmente se habría quedado un par de horas con Briseida viendo la tele, charlando o simplemente leyendo mientras ella seguía con el móvil; por eso la chica se aferró al perro cuando Patroclo fue a recogerlo.

—¿Ya te vas a dormir? Qué arisco estás hoy.

—Mañana madrugo, y si no recupero las horas de sueño que alguien me ha robado esta semana porque “quería ver esa maldita telenovela turca conmigo” se me van a caer los ojos de las ojeras que voy a tener el resto del mes.

—¿Madrugar para qué? No me digas que te has dejado convencer para trabajar también mañana. No me digas que es eso porque te vas a tragar las botas.

—No es eso —refunfuñó Patroclo. Tenía sueño y quería irse ya a dormir, pero se tuvo que sentar. Briseida no le dejaría en paz hasta que saciara su curiosidad—. Me han invitado a desayunar.

—Uy.

Patroclo conocía ese uy tan bien como ella anticipaba el escalofrío que le cruzaba el cuerpo cuando lo escuchaba. La chica se incorporó tan apresuradamente que Cerbero casi conoce el suelo. Apoyó la barbilla en la palma de la mano y se acercó tanto que Patroclo la tuvo que apartar empujándole la frente con el dedo.

—Uy nada, es un paciente.

—Claro, como todos esos pacientes con los que has desayunado últimamente.

—Es que el otro día me trajo un café, de los de la cafetería del hospital ¿sabes? Y le sentó fatal que supiera tan mal, entonces me invitó a desayunar —le explicó Patroclo, y al momento supo que, en vez de disuadirla, la había emocionado más. Pronto nació esa sonrisilla pícara, acompañada por una ceja inquisitiva, y su cara se volvió roja como un tomate maduro—. No me mires así. Es un atleta; ha tenido una fractura fea en el tendón del pie y necesita rehabilitación.

—¿Y es guapo?

Ni siquiera le avergonzó reconocerlo. Era guapo, no solo guapo, sino que era algo más. Poseía una belleza inefable, de la que no se puede explicar, y todo él rezumaba un aura de luz, de belleza, de gracia, de carisma… Habría que ser un necio para negar lo guapo que era. Si hasta un ciego sabría verlo, de alguna forma.
—Mucho.

—¿Cómo se llama? Que te lo busco en insta en un momento. —Ni siquiera se molestó en reprocharle no tener él Instagram. Iba en serio.

—Aquiles Pelida.

—Aquiles… Me suena de algo. —Sus dedos volaron sobre el teclado del móvil. No tardaron en darle caza al atleta rubio y tardaron menos en escudriñar cada foto que tenía—. Patroclo, eres tontísimo. Con razón me sonaba; ¿el rubio guapísimo de las últimas olimpiadas? Ganador de la carrera de 800 metros y plata en lanzamiento de jabalina.

—Yo qué sé, Briseida, yo no veo las Olimpiadas.

—Pues deberías.

Le dio una colleja a Patroclo, procurando seguir a quien esperaba que fuese su nuevo cuñado antes de dejar el móvil sobre la mesa. Patroclo no se inmutó; se merecía la mayoría de las collejas que le daban.

—Va, a dormir, que mañana tienes una cita con el chico más guapo del mundo.

—No es una… —intentó protestar, pero se calló de golpe al ver en los ojos de su amiga la amenaza de otra colleja—. ¿No es muy pronto para una cita? Esas se tienen, no sé, a la hora de comer, no a las 8 de la mañana.

—Nunca es tarde si la dicha es buena. O pronto, en este caso.

Briseida le puso a Cerbero en el regazo y prácticamente le echó del sofá. No sabía que a las 7 de la mañana la tendría encendiéndole la luz, arrancándole las sábanas y hurgando en su armario en busca de algo decente a lo que llevar a “su primera cita en años”.

 

 

Cuando Patroclo llegó a la ubicación que le había mandado, Aquiles ya estaba allí. No importó que Patroclo hubiese llegado media hora antes solo para prepararse mentalmente y recordarse a sí mismo cómo respirar conscientemente, porque el rubio ya le estaba esperando y su sonrisa le cortó la respiración. Durante las primeras sesiones de rehabilitación le había parecido un hombre hosco, taciturno y con el que no había intentado hablar demasiado porque suponía que de solo intentarlo desencadenaría una situación incómoda. Bastaron dos o tres sesiones más para comprobar que esa aspereza era fruto de la amargura de un atleta con los sueños rotos y que tras ella se escondía un muchacho risueño, encantador y con una ternura que le anegaba el corazón. Sin embargo, nunca había visto esa sonrisa tan sincera, sin sombra alguna de amargura.

Se acercó a él cojeando, con la mano en alto como si temiese que no le hubiese reconocido. Cómo no hacerlo. Lo hubiese reconocido incluso disfrazado y escondido en medio de la niebla. Entonces lo que le había estado molestando durante toda la noche anterior volvió a golpearle por la espalda, súbitamente y a traición: qué hacía alguien como Aquiles con un hombre tan mediocre, tan vulgar, tan… anodino como él.

—¡Patroclo! Qué bien te sienta ir sin la bata del hospital —exclamó, aunque el trabajo de Briseida había sido relegado a un segundo plano de menos interés.

Aquiles apenas había prestado atención a la ropa de su acompañante; estaba demasiado ocupado mirándole a la cara. Era del tipo de persona que te impelía al contacto visual si no querías que te atravesara con la mirada. Afortunadamente para Patroclo, esos ojos verdes eran difíciles de ignorar.

—Tu pie ha mejorado —apuntó Patroclo para evitar señalar lo guapo que iba Aquiles. Muy pronto para algo así. De todas formas, el propio Aquiles sabía lo guapo que iba siempre.

—Gracias a ti. Ven, vamos a sentarnos. —Aquiles le tomó de la mano y siguió hablando con toda la naturalidad del mundo. Nada en él era fingido; todo era espontaneidad. Si estaba nervioso lo sabía disimular muy bien—. Esta chocolatería lleva abierta desde que mis padres eran pequeños. También sirven café, no te preocupes.

Se sentaron en una mesita frente a la ventana. A pesar de que era verano por las mañanas corría aire frío, así que ambos se sintieron aliviados del recibimiento cálido del interior del local. Aún no había nadie. Aquiles le habló de lo famosa que era ese lugar y de la suerte que habían tenido de venir tan temprano. Después habría sido imposible encontrar mesa, y así lo pudieron comprobar ambos cuando apenas una hora después el lugar se abarrotó.

Un hombre vino a pedirles nota. Patroclo buscó desesperadamente la mirada de Aquiles, que ya se había desviado hacia la del camarero. Habían estado hablando y se había olvidado de leer la carta. Ahora le daba vergüenza reconocer que no sabía qué pedir.

Estuvo a punto de intervenir, pero Aquiles se le adelantó.

—Un zumo de naranja para mí, un café bien cargado para él y para los dos un tazón de esos bien grandes de chocolate caliente y una tanda de doce churros.

Cuando llegó la comida agradeció que Aquiles hubiese pedido por los dos. No mentía cuando le dijo que sabía un sitio donde desayunar bien. Patroclo cogió un churro y removió el espeso chocolate mientras una duda le arrugaba el ceño. La sopesó durante un momento antes de echarse el dulce a la boca y hacerlo desparecer.

Antes de que pudiese siquiera reaccionar, el rubio se aventuró a limpiarle la comisura de la boca con una servilleta. El gesto lo dejó conmocionado durante unos segundos y cuando recuperó la compostura Aquiles ya se estaba riendo con una inocencia que le encandilaba el rostro. Patroclo se quiso fundir con la silla y desaparecer. No podía asimilar tanta candidez sin acordarse de cómo respirar, tragar y ejercer las funciones vitales básicas para la supervivencia. Lo supo con certeza: ese rubio lo iba a matar.

—Dime, Aquiles. —Respiró hondo. No podía evitar sacar el tema mucho más tiempo—. ¿Qué es esto, exactamente?

No se atrevió a mencionar la palabra cita. Habría sido funesto para él reproducir verbalmente las pocas ilusiones con las que se había armado antes de llegar. De haberlo hecho se abrían desecho como papel mojado y triste.

Aquiles se tomó su tiempo para pensar. Le dio tiempo de comerse dos churros antes de responder.

—No lo sé —respondió, escuetamente. Parecía que iba a dejar la explicación ahí, pero Patroclo lo estaba mirando como si su salud mental pendiera de un hilo y tuvo que seguir hablando—. Una oportunidad de hablar contigo fuera del trabajo, ¿no? Con eso me vale. No necesita ser nada más. La gente a la que le he gustado siempre tiende a pasarse de la raya conmigo. El exceso de atención me abruma, ¿sabes? Así que huyo de estas cosas, sea lo que sea esto. Sin embargo, tú…, tú no me sofocas. Me gustas, te gusto; por cómo me miras, espero gustarte.

Le gustaba. No, no le gustaba, no había sido esa la expresión. Espero gustarte, ahí radicaba el latido que su corazón se saltó antes de redoblar el paso hasta niveles que debían ser peligrosos. Todo su cuerpo reaccionó a ese estímulo inocente: las manos le sudaban, las piernas le temblaban y por mucho que luchara para romper el contacto visual, aquellos ojos de esmeralda lo mantenían cautivo.

Aquiles aguardaba una respuesta, un gesto, algo que confirmase sus sospechas o las desmintiera. Patroclo no podía hablar, tenía los nervios atascados en la garganta y apretaba los labios para no dejarlos huir. Puede que lo entendiera, que decidiera dejarle tiempo para pensar, porque apoyó la mejilla en la palma de la mano y siguió comiendo tranquilamente.

—Claro que me gustas —atajó Patroclo, aún incrédulo—. Pero, ¿yo a ti? No entiendo cómo.

—Ya lo entenderás —respondió, y enmarcó una sonrisa pícara. Era consciente del efecto que causaba en él y aun así nada parecía intencional en lo que decía—. Se te están enfriando los churros. ¿Qué pasa? ¿Acaso quieres que te dé yo de comer?

—¿No soy yo quien tiene que cuidar de ti y no al revés?

Patroclo se sentía algo más tranquilo después de la explicación; incluso se aventuró a seguirle el juego en vez de quedarse petrificado como hasta ahora. Ahí delante no tenía a un desconocido; estaba Aquiles, el mismo Aquiles con el que había estado hablado durante el último mes, al que sabía y podía encajarle bromas durante la terapia. No tenía sentido seguir comportándose como un adolescente con él, y aunque el corazón seguía bamboleándose inquieto dentro del pecho, lo agradable de la compañía mitigaba un poco sus nervios.

Cogió un churro, lo hundió en el chocolate y ante la mirada divertida del rubio se lo ofreció. Luego él hizo lo propio, y así pasaron el resto del desayuno, recuperando y transformando una nueva normalidad entre ellos.

Cuando salieron del establecimiento, Aquiles se enganchó coquetamente a su brazo y así se mantuvieron un buen rato. El tiempo se había calmado, y la brisa cálida les hacía sudar. Dentro de poco el clima se haría insoportable, pero de momento a ninguno de los dos parecía importarle. Paseando sin rumbo, cobijados en la sombra, hasta que el río apareció ante ellos con su mansa inmensidad. Patroclo recordó lo mucho que le gustaba a Cerbero pasear por la orilla estos días de calor y sintió una punzada de culpabilidad; apenas pasaba tiempo con él por el trabajo, los días libres eran para él.

—¿Quieres conocer a alguien? —le preguntó de golpe.

—¿A quién? —respondió Aquiles, sin esconder su entusiasmo.

—Es una sorpresa.

—Me encantan las sorpresas.

Desde luego que le encantaban. Lo podía decir por su reacción casi infantil y por el agarre en su brazo, que se hizo sutilmente más fuerte. Se dejó guiar como un niño por las callejuelas de la ciudad, sin detener ni su paso ni su lengua, que no dejaba de formular preguntas para tratar de adivinar quién sería el misterioso alguien. ¿Un familiar? Nunca. ¿Un compañero de piso? Si tenían suerte, aún no. ¿Compañero del trabajo? Ya los conocía. ¿Un amigo? Algo así, sí; un amigo.

Llegaron a la casa de Patroclo, en una urbanización un poco alejada del centro. Un lugar tranquilo donde nunca pasaba nada, ideal para su carácter tranquilo y demasiado tranquilo para la espontaneidad de su compañera de piso. Un vecino le saludó, y Aquiles se apresuró a devolverle el saludo con más entusiasmo del que procedía. Cómo culparle, estaba extasiado: había roto por fin la fuerte muralla de la relación profesional entre médico y paciente; mejor dicho, le había abierto un hueco en ella para poder traspasarla.

—Aquí es. —Patroclo señaló un portal, decorado por un par de potus que se mantenían sanos e hidratados incluso en los peores veranos. Briseida había hecho un buen trabajo con ellos—. ¿Te ayudo con las escaleras?

Aquiles se dejó hacer.

Patroclo abrió la puerta de casa y el perrillo cruzó el salón como una bala en cuanto escuchó el sonido de la puerta abrirse. De haber sido más grande lo hubiese derribado; al ser tan pequeño lo único que pudo hacer fue arañarle las piernas a su amo y gimotear para que lo tomara en brazos. Si notó la presencia del otro humano, no le prestó demasiada atención hasta que su dueño le colmó de mimos y besos.´

Cuando estuvo satisfecho se tomó la molestia de olisquear al invitado, le lamió cautelosamente la mano —para alivio del propio humano— y se dejó acariciar también por él. Era un olor totalmente nuevo, agradable en comparación el olor a gel desinfectante y a hospital que emanaba su dueño cada vez que llegaba a casa.
—¿Y tú cómo te llamas?

—Cerbero.

—¿Cerbero? ¿Un perrito tan pequeño? Sí eres pequeñito, ¿a que sí? Claro que sí.

Las revoluciones por segundo del movimiento de la cola del animal se duplicaron en un segundo. Del ansia tuvo que saltar de los brazos que le sujetaban, salvando la distancia al suelo como si no supusiera un problema para su corta estatura, y cruzó el salón tres veces a toda velocidad hasta aterrizar con la misma energía en el sofá.
Entonces ocurrió lo que Patroclo había rezado a todos los dioses para que no sucediera. Se abrió la puerta del dormitorio de Briseida para mostrarla en toda su plenitud y esplendor: con un moño despeinado, en bragas y una camiseta que le había robado a su compañero hacía ya demasiados años como para seguir cuestionando su pertenencia. A la sorpresa inicial le precedió un reclamo latente que no necesitó escuchar para interpretar: deberías haber avisado.

—No pasa nada, soy gay —soltó de repente Aquiles. La situación aún podía empeorar.

Briseida miró a Aquiles fijamente.

—Me he dado cuenta —murmuró Briseida, petrificada en el marco de la puerta. Estaba roja de vergüenza o de ira; Patroclo esperaba que fuese de vergüenza. —No esperaba a nadie en casa.

—Patroclo me quería presentar al perro.

—Al perro.

Patroclo aguantó la respiración, cogió a Aquiles del hombro y lo empujó suavemente hacia la salida. Briseida se habría adelantado de no estar paralizada en el marco de la puerta, asumiendo cosas y planeando otras tantas.

—Siento no haber avisado, creía que no estarías en casa. De todas formas, ya nos vamos —le dijo a Aquiles, y trató de ignorar el gesto de decepción que se formó en su hermoso rostro—. Te llevo a casa, ¿vale? No deberías andar tanto.

Briseida, que era mucho más intuitiva de lo que llegaría a ser Patroclo en su vida, leyó el ambiente en un momento. Se apoyó en la puerta, mirando al invitado, que a su vez se había girado a mirarla con cara de súplica. Si ella no empujaba la vida sentimental de su amigo en la dirección correcta o aquello tardaría años en cuajar o se desbordaría del límite de su paciencia. Decidió improvisar. Pero primero decidió ponerse unos pantalones.

Le indicó a Patroclo que esperase un momento, se encerró en su cuarto y tras hacer un par de llamadas regresó al comedor vestida decentemente. Criseida les había salvado a los tres y esos dos no tontos no lo sabían.

—Había quedado con Criseida para salir a comer, así que ya que estáis aprovechad para pasar la tarde juntos. —Reprimió una sonrisa al ver a Aquiles girar el cuello hacia Patroclo tan rápido como un perro al escuchar el crujir de una bolsa de patatas. Ese chico estaba pilladísimo por su amigo, cuanto menos—. Sed buenos.

—Lo seremos —terció Aquiles, agarrando con fuerza la mano de Patroclo.

Briseida sonrió con ternura. Supo en aquel momento que iba a querer a rabiar a ese bonachón, de la misma forma que supo que no sería la última vez que lo vería rondar por casa. Tenía la corazonada de que ese era el primer paso de una historia que duraría mucho tiempo, de las que solo aparecen en los libros y raramente en la vida real. O quizá era solo su corazón entusiasta anhelando lo mejor para su más querido amigo. Ambas cosas le servían, porque Patroclo miraba a ese chico como si fuese el caballero de un cuento infantil. Lo idolatraba.

—Me llamo Briseida, por cierto —mencionó, estrechándole la mano.

—Aquiles.

—Ya nos veremos.

Se despidió de Patroclo con un levantamiento de cejas y se marchó, dejándolos solos. Solos. Patroclo sabía que acabarían quedándose solos y agradecía el hecho de estarlo, pero no se había parado a pensar en las connotaciones que tenía aquello. Se había visto en muchas otras ocasiones solo con Aquiles. En la consulta no había esa tensión palpable entre ellos y el aire no parecía pesar tanto en los pulmones.

Sus dedos aún estaban entrelazados. Aprovechó para acariciarle suavemente el dorso de la mano con el pulgar. El agarre se hizo un poco más estrecho de repente y, cuando se giró a mirarle, Aquiles tenía la vista clavada en él con la mirada ansiosa. Ni siquiera él era tan tonto para no entender lo que le estaba pidiendo. Quería que fuese él quien tomara la iniciativa, probablemente para librarse de los últimos vestigios de duda de que aquello no era solo una relación profesional. De que la palabra cita, esa que tanto había temido pensar, era una realidad tan certera como que Aquiles estaba ahí, con él, en el salón de su casa, esperando un beso suyo.
Así que lo hizo. Le apartó un mechón de pelo detrás de la oreja y acercó el rostro al suyo, despacio, guiando su cuerpo poco a poco hacia atrás hasta que notó que la espalda contraria chocaba suavemente contra la pared. Aquiles le recorrió la espalda con las manos hasta dejarlas reposar en sus hombros. Cuando por fin se besaron, toda la tensión acumulada en sus hombros cedió y disfrutó mansamente del contacto, de los labios finos que presionaban los suyos, de los cuerpos que cada vez iban devorando la distancia entre ellos hasta ser uno solo, del enjambre de mariposas que atacó impiadoso su estómago. Se sentía torpe con él en sus brazos y eso, al contrario de molestarle, le agradó.
Cuando el beso terminó se fundieron en un largo abrazo que detuvo el mundo por unos instantes. Se dedicó a juguetear con los dorados cabellos de Aquiles mientras la incertidumbre se disolvía en aquel abrazo.

—Me gustas mucho —murmuró Patroclo, sin saber de dónde habían nacido esas palabras, pero ahí estaban y merecían ser pronunciadas más que cualquier otras.

—¿Si te pido salir me dirías que sí? —preguntó con timidez, formando las palabras con cuidado.

Patroclo dudó. La propuesta era precipitada. Por una parte, se conocían desde hace meses, desde que el atleta entró cojeando a su consulta, por lo que no podía decir que era un completo desconocido; por la otra, no se había planteado nunca tener una relación con nadie. Llevaba demasiados años solo y se había acostumbrado a la vida de un lobo solitario; tampoco podía decir que le desagradaba la idea de dejar de serlo.

—Probablemente —acabó respondiendo.

—Bien. —Aquiles le plantó un beso en la mejilla—. ¿Y si te pido que me lleves al sofá también me dirías que sí?

—Te diría que eres más caprichoso que un perro viejo.

Aun así lo cargó hasta el sofá y le comió a besos en el proceso.

Disfrutaron del resto de la mañana tirados en el sofá, acariciándose sin prisa y hablando de sus vidas, de lo insignificantes que sonaban todas sus anécdotas comparadas con aquel mágico momento. En algún momento Aquiles abordó el tema que nunca había querido sacar a relucir antes, el porqué de su amargura los primeros días de rehabilitación. Resultó que el atletismo había sido su vida desde pequeño porque su madre así lo había querido, pero que, en el fondo, no sabía si era el camino que quería seguir por mucho más tiempo. Ser campeón olímpico había sido una experiencia única y le había henchido de orgullo, le había hecho sentir más vivo que nunca y a la vez más vacío. Sus dos últimas medallas demostraban su valía y, a pesar de ello, las había desterrado a un cajón junto al resto de trofeos de su juventud para no volver a verlas jamás.
Al lesionarse creyó que su vida había terminado ahí. Desde niño había pasado más horas en el campo de atletismo que en el regazo de su padre escuchando sus maravillosas historias de guerreros antiguos; le habían robado la infancia y él mismo se había robado su futuro. Saber que la lesión no le impediría seguir compitiendo a largo plazo le pilló desprevenido. Su primera reacción fue la decepción; la segunda, la incertidumbre. Abandonar significaría extinguir una lucecita enterrada muy dentro de él, volver a competir sería condenarse a vivir a merced de esa maldita luz moribunda.

Lo explicó todo sin tapujos y sin esperar compasión a cambio. Patroclo lo entendió y se limitó a acariciarle el pelo mientras se desfogaba.

—Primero céntrate en que se te cure ese maldito tobillo —le aconsejó Patroclo—. Aún tienes tiempo para pensar en lo que quieres hacer.

—Hasta que me cure estoy en tus manos. No sé si me renta curarme, quizá deba alargar el tratamiento —farfulló socarronamente, trepando por su cuerpo hasta que ambas narices se rozaban.

—Quizá deba trasladar tu seguimiento a otro médico si tu curación no avanza —respondió, impostando la voz hasta casi parecer serio.

—No te atreverías —concluyó, y cerró la conversación con un beso más largo, más lánguido e íntimo que los anteriores.

Patroclo le siguió el juego hasta que su sangre fría se lo permitió. Tenía a Aquiles encima y lo estrechaba con avaricia contra él, como si se le fuera a escapar en cualquier momento. Qué equivocado estaba. En algún momento se debió dejar llevar demasiado, tentado por el sutil movimiento de una rodilla que le rozó la entrepierna. Buscó un hueco bajo la camiseta del atleta y acarició el mármol candente y húmedo de su piel a la vez que se le escapaba un gruñido de satisfacción. Aquiles respondía a sus caricias con la misma urgencia. Se dejaba llevar por la cómoda intimidad del encuentro. Su camiseta acabó tirada en alguna parte del suelo; Cerbero no tardó en adjudicarse la prenda como nueva cama improvisada.

Patroclo nunca le había llegado a ver con el torso desnudo; tampoco se sorprendió al ver la bonita figura que tenía Aquiles. Sentado en su regazo, con las manos sujetándole las caderas y la sonrisa lasciva pintada en la cara era un espectáculo más disfrutable de lo habitual, que ya era mucho. Se echó la melena a un lado; tenía las mejillas ardiendo por el calor y por lo que no era el calor.

—¿Demasiado? —preguntó Patroclo.

“La gente a la que le he gustado siempre tiende a pasarse de la raya conmigo”; era lo que Aquiles le había dicho desayunando, y no quería ser ese tipo de gente que le sofocaba.
Aquiles parpadeó lentamente, confundido. Cuando comprendió se echó a reír.

—No, no —insistió, agarrándole de la mano para llevársela a los labios y plantarle un beso afectuoso—. Está bien; ven conmigo.

Le empujó a sentarse para estar cara a cara. Aquiles estaba guapísimo, especialmente guapo cuando lo tenía subido encima a horcajadas. Si antes se había llegado a sentir vulgar a su lado, ahora solo se sentía afortunado, bendecido por a saber qué caprichoso dios.

—¿Quieres seguir? —esta vez fue Aquiles el que se aseguró.

Patroclo asintió con la cabeza. No podía decir que no a aquello, mucho menos cuando Aquiles se inclinó para besarle el cuello. Aquel hombre era embriagador. Gastó el último ápice que le quedaba de sentido común para levantarse con él en brazos. Sus piernas esbeltas se ciñeron a la cintura mientras una ceja enarcada le interpelaba con curiosidad.

—Vamos a la cama.

Aquiles asintió satisfecho y siguió besándole el cuello, un breve anticipo de lo que vendría después.

 

 

A la mañana siguiente Macaón lo interpeló en su consulta. Patroclo había llegado más temprano de lo habitual porque le había costado horrores conciliar el sueño ante la expectativa de volver a ver a Aquiles, aunque solo fuera en un entorno profesional. Macaón siempre llegaba temprano para revisar y ordenar los informes, o eso es lo que decía a quien le preguntaba. En realidad, al viejo doctor le gustaba disfrutar de la calma de la sala de rehabilitación antes de que se llenara de pacientes, era una rutina sagrada antes de comenzar la jornada.

Mientras Patroclo se ponía la bata, Macaón no tardó en abordarle. Ojalá la edad le hubiese robado alguna que otra dioptría, pero no, el tiempo había sido clemente con sus ojos de lince.

—Buena noche pasaste ayer, tienes cara de no haber pegado ojo —apuntó el doctor.

Patroclo se miró brevemente en el espejo. Tenía razón, apenas había dormido. Cuando intentaba sosegarse los recuerdos de la tarde le asediaban y volvían a dominar su corazón inquieto. También advirtió otra cosa en su reflejo; marcas moradas en el cuello que no tendrían que estar ahí. Aquiles no se había contenido lo más mínimo.

Esperaba que no fueses lo suficientemente evidentes para que Macaón las viera.

—Mala noche, sí.

Vio el ademán sarcástico del viejo a través del espejo. Las había visto y no estaba dispuesto a dejarlo pasar. Patroclo no daba lugar a cotilleos ni anécdotas interesantes de las que hablar en el trabajo, al final de cuentas era un sujeto aburrido, lo admitía. Y ahora mismo era una jugosa presa que exprimir, una historia nueva en la que hurgar.

—Ya era hora de que encontraras a una muchacha —le picó Macaón, señalándose su propio cuello.

Muchacha.

La palabra se le clavó como un puñal de vergüenza en el estómago. Pensó en Aquiles, en su torso contorneado por el deporte y en muchas cosas más que le encendieron los mofletes al rojo vivo.

—Te estás equivocando —le espetó Patroclo sin pensar.

Ni quería negarse a sí mismo ni quería negar a Aquiles y lo que sentía con él, pero tampoco quería darse a conocer en ese momento. No había sido necesario hasta ahora. Tal vez en un futuro lo diría sin redaños; por ahora no le apetecía escuchar chismorreos sobre cómo él y un paciente se veían fuera de consulta.

Macaón abrió la boca para formular la siguiente pregunta. Un tímido toc toc en la puerta lo impidió. Era demasiado pronto para que viniera alguien.

—Adelante —invitó Patroclo a entrar al desconocido, ya que era su consulta. Macaón solo había venido a molestarle un poco.

La cabellera rubia de Aquiles se asomó cautelosamente por el hueco de la puerta, luego se dejaron ver sus ojos verdes y, finalmente, sus manos sujetando café y dulces. Murmuró una disculpa al ver a Macaón ahí dentro y se quedó esperando con una sonrisa dubitativa jugueteando en sus labios.

—¿Aquiles? —Ese idiota había venido a verlo antes de tiempo. Se esforzó en esconder lo feliz que estaba—. Aún queda media hora para tu turno.

—Perdón. Me venía bien tomar el autobús temprano y había pensado en traerte el desayuno. Por lo de ayer.

Macaón ató cabos rápidamente y mostró una sonrisa lobuna. Desde luego, de muchacha tenía poco. Miró a Patroclo de hito en hito antes de marcharse, apenas pudiendo reprimir una risilla pícara.

—Os dejo solos —dijo, y cerró la puerta.

Patroclo invitó a Aquiles a tomar asiento. No se podía decir que estuviese especialmente molesto, aún menos lo estuvo cuando se acercó para recibirle con un corto beso en los labios.

—Muy sutil —protestó Patroclo, empeñándose en parecer molesto. La cara de bobo enamorado lo delataba.

—Qué más da —exclamó, resuelto. Se dejó caer en una de las sillas y sacó una magdalena de chocolate de la bosa—. Tenía ganas de verte.

—Al menos haber avisado. —Se sentó en la silla de al lado. Aquiles le ofreció otra magdalena—. Si quieres que nos veamos, que sea fuera de aquí.

—¿Te avergüenza que te vean conmigo?

—¿Cómo me va a avergonzar que me vean contigo? —protestó Patroclo. Aquiles era la persona más atractiva, inteligente y cándida que había conocido en su vida; en todo caso se tendría que avergonzar él—. No es eso. Solo que no es profesional que me vean desayunando con un paciente aquí. Si quieres desayunamos fuera y venimos aquí juntos, ¿mejor?
Le acarició la mejilla. Aquiles asintió, conforme.

Por mucho que le gustase ese chico tenía que limitar bien el trabajo de su relación, sea cual fuera. Aunque pareció entenderlo temía ofenderle o dar a entender una idea equivocada.

—¿Quieres que hagamos algo esta noche?

—¿Quieres repetir lo de ayer?

Patroclo se atragantó con el café. Tosió hasta que pudo volver a respirar. Aquiles estalló en carcajadas.

—Es broma —terció, visiblemente divertido—, pero si quieres no es broma.

—¿Tú qué crees?

—¿Cómo voy yo a saberlo?

Aquiles se hacía el inocente. Sabía que le gustaba, en lo que pensaba cuando dejaba caer esos comentarios impúdicos, las ganas de tenía de subirle en su escritorio y hacer con él lo que le pidiera. Miró el reloj de la pared; faltaba poco para que empezasen a llegar el resto de los pacientes. No tenía suficiente tiempo para terminar nada, pero sí para ejecutar su pequeña venganza. Alguien tenía que bajarle los humos a su adonis.

El rubio seguía mordisqueando su magdalena sin entrever las intenciones de su compañero. No se hizo a la idea de lo que pretendía hasta que se encontró subido en el escritorio con las piernas abiertas y, entre ellas, a Patroclo con el gesto más decidido que le había visto nunca. Ese hombre siempre indeciso y cuidadoso le atacaba con una seguridad nacida de la nada.

—¿Qué ha…? —La pregunta murió en sus labios, arrastrada por un gemido airado, sorprendido.

—Responder a tu pregunta —respondió, tajante—. Dime, Aquiles, ¿tú qué crees?

Patroclo le pasó el brazo por los hombros para pegarse más a él. Aquiles, sediento por más, se dejó hacer cuando le agarró el mentón y dejó expuesto su cuello. Le llenó de besos en un camino ascendente hasta sus labios, apagando una nueva queja que surgía en ellos. Quiso seguir besándole, pero Patroclo se lo impidió tirándole del pelo para echar su cabeza hacia atrás.

—¿Tú qué crees? —repitió Patroclo, demandante.

Aquiles estaba abrumado por la necesidad de seguir besándole, tocándole.

—Que sí, que sí —insistió, casi gimoteando.

Patroclo lo empujó suavemente hasta tumbarlo en el escritorio y cuando creyó que haría algo más, se ajustó su bata y tomó el vaso del café para seguir dando sorbitos de él como si nada hubiera pasado. Aquiles no pudo reaccionar al momento. Había olvidado completamente dónde estaba, había olvidado lo que se suponía que debía estar haciendo ahí.

—¿Me vas a dejar así? —reclamó, más sorprendido que disgustado.

Se incorporó en el escritorio, no exento de esfuerzo. Patroclo se hacía el inocente, pero a Aquiles el brillo triunfante en sus ojos de zorro. En vez de responder señaló el reloj; quedaban apenas 5 minutos para el inicio de las citas. Al otro lado de la puerta se escuchaba el barullo de los primeros pacientes acomodándose en sus estaciones y del viejo Macaón dando las primeras indicaciones.

—Tienes cinco minutos para calmarte y empezamos con los estiramientos —declaró el doctor, adoptando ese tono de voz aséptico y rígido que usaba mientras hacían los ejercicios. No había forma mejor para fastidiar a Aquiles.

—Sí, doctor.

Hizo acopio de la poca dignidad que le quedaba para levantarse, ajustarse el pantalón y jurar por todos los dioses que esa noche le haría pagar el engaño. O quizá se dejaría hacer y se lo recompensaría; dependiendo de cómo fuese el resto del día.

Esa misma noche Patroclo se dejaría caer en la cama de Aquiles como un muerto, que a esa altura del día era prácticamente lo que era, se le abrazaría con fuerza y se quedaría profundamente dormido hasta que le despertara para cenar. Se colmaron de besos y caricias mientras veían una película a la que ninguno de los dos prestó especial atención hasta quedarse dormidos en el sofá, el uno junto al otro. Aquello no era la venganza que Aquiles había planeado; era una recompensa mucho más dulce a cualquier que hubiese anticipado.

Se empezó a hacer a la idea que se estaba enamorando de ese hombre, si es que todavía no lo estaba.

 

 

Su lesión estaba casi recuperada por completo, en pocos días podría volver a entrenar. Había decidido darle otra oportunidad al atletismo, no podía negar que una parte de él añoraba correr por la pista y adelantar a sus oponentes uno tras otro sin dejarles soñar con la meta.

Lo que más le molestaba de ese asunto era que tendría que reducir las horas que pasaba al día con Patroclo. Aparte de los días libres que él tenía, solo podían verse en rehabilitación y algunas noches sueltas; y ahora que iba a volver a entrenar esos horarios se reducirían aún más. Qué hablar de las competiciones, las exhibiciones…, se malhumoraba de tan solo pensarlo.

Por suerte ya había encontrado la solución hacía tiempo.

—Vente a vivir conmigo —le propuso a Patroclo una mañana.

Estaba en la cama, desnudo, mascando sin ganas las sobras del desayuno mientras esperaba a que su novio se vistiera. Él lo miró, frunciendo el ceño. Como todas las cosas que proponía Aquiles, esta también era fruto de la impulsividad.

Parecía que se iba a negar o a poner algún impedimento. Contra todo pronóstico se sentó, le puso la mano en la zona baja de la espalda y sonrió con los labios apretados. Se conocían como el día a la noche, totalmente opuestos pero cortados por el mismo molde. Sabían qué se insinuaba tras los gestos del otro, y Aquiles comprendió que compartían el mismo deseo, solo que él era más atrevido de formularlo en voz alta.

—Yo también te echaría de menos —apuntó, con una nostalgia que aún no había tenido tiempo para gestarse.

Se acababan de duchar. Cuando se agachó para besarle la nuca, gotas heladas de agua se resbalaron por el largo de su espalda y le hicieron estremecer. Rodó en la cama hasta quedar boca arriba.

—¿Entonces?

En sus ojos titilaba un brillo impaciente que se prendía en sus mejillas y tensaban una sonrisa amplia, ilusionada. Extendió los brazos para atrapar el rostro de su novio y empujarlo hacia sí. Quería vivir con él, despertarse en su misma cama y ser lo último que viera al acostarse. Quería llegar del entrenamiento y dejarse caer encima de él en el sofá, quería verle llorar y escucharle reír, quería ser parte de su vida como él sería parte inherente de la suya. Con todo, lo quería todo para él, hacer de Patroclo su Patroclo y arrancarle promesas de amor infinito.

El amor había sido un enigma para él. Mujeres y hombres, y hombres y mujeres, jugando a quererse como niños juegan a salvar el mundo. Era una ficción bien ornamentada donde primaba la comodidad por encima del corazón. O así había sido para él hasta entonces. Se limitaba a besos desapasionados con personas de rostros y nombres que no le interesaban, una serie de anécdotas anodinas de años pasados que ya no le importaban a nadie. Eso era el amor, o había sido hasta conocerlo a él.

Le estaba esperando al final de su vida y le había dado un empellón al límite. Era todo verdad: en aquel momento Aquiles no quería vivir. Se movía en el mundo con la inercia de la supervivencia. Había dejado que sus impulsos lo movieran como un muñeco de trapo hasta que las cuerdas se rompieron todas a la vez. Estaba solo en el mundo, lo comprendió cuando estiró la pierna en la camilla del médico y le dijeron que posiblemente no podría volver a correr nunca. Y ya no le quedaba nada. Recuerdos difusos y humos.
Entonces vino él. Llegó como el agua mansa besando la orilla de la playa en una tarde sin viento. Sin molestar a nadie, silenciosamente, limitándose a hacer su trabajo y a seguirle el ritmo en sus conversaciones, que al principio eran cortas: asentimientos, preguntas, onomatopeyas; y luego llegaron las risas, los piques, las miradas extraviadas que se encontraban durante demasiado tiempo.

Patroclo era mucho más de lo que había esperado y de lo que prometía. Era vida en sí misma, era amor. Sí, ahora lo entendía, eso era amor. No era rutina ni una farsa, aquello no podía ser nada salvo verdad en estado puro.

—Déjame que hable con Briseida —respondió Patroclo, y eso fue suficiente para hacerlo el hombre más feliz del mundo. Había un sí escondido en sus ojos, un agradecimiento velado por la prudencia, pero no dejaba de ser un sí—. Hacemos la mudanza en mi próximo día libre.

Podría haber gritado de la emoción.

Podría habérsele echado encima y haberle besado hasta que le dolieran los labios.

Podría haber hecho tantas cosas, que al final solo pudo ponerse de rodillas sobre la cama y abrazarle.

La felicidad podría haber sido eterna en ese abrazo. No necesitaba más que eso, se dijo, el pelo mojado de Patroclo humedeciéndole las manos mientras sus dedos se enredaban entre los mechones sin peinar y su novio riéndose a su costa.