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El primer recuerdo que Satoru tenía de Suguru se remontaba al primer día de guardería, cuando el moreno encontró una piedra con forma de corazón y en vez de guardársela en el bolsillo como la mayoría de los niños y regalársela a su madre, decidió que quien debía tenerla fuese Satoru, el que se convertiría en su mejor amigo desde ese momento.
Desde aquel entonces no se habían separado ni un solo momento: habían ido al colegio juntos, donde conocieron a Shoko, la tercera del trío; también al instituto, en el cual se ganaron el récord de alumnos con mejores notas, pero también con mayor número de trastadas. Ahora, a punto de graduarse de la preparatoria, recordaban esas chiquilladas con una sonrisa y lo acompañaban de más anécdotas que tenían grabadas en la memoria.
Habían pasado los mejores momentos de su vida juntos, pues además de ser mejores amigos también eran vecinos. Vivían al lado, y las ventanas de las habitaciones de ambos estaban lo suficientemente cerca como para que pudiesen pasarse las noches de verano en el alfeizar jugando a la consola, o simplemente leyendo libros de astronomía y jugando a adivinar que constelación se veía cada noche, cuando el cielo estaba lo suficientemente brillante como para que se pudiesen ver las caras perfectamente tan solo gracias a la luz de la luna y las estrellas.
- ¿Te acuerdas de aquella vez en la que intenté saltar de mi ventana a la tuya con una cuerda que hicimos de sabanas? – preguntó Satoru. Suguru sonrió ante el recuerdo y asintió.
- Me acuerdo mejor del justo momento en el que te estampaste contra el cristal y te quedaste colgando del alfeizar. Después de ver la cara de horror de tu madre juré que nunca más iba a hacerte caso en nada de lo que me propusieses. – aclaró Suguru. – ¿Alguna vez has tomado una decisión que no implique posibles daños colaterales?
Satoru se encogió de hombros y pensó. Siempre que había tenido que tomar una decisión Suguru había estado ahí para ayudarle. Era su fiel consejero, era él quien le ayudaba a tomar todas las decisiones importantes de su vida: si elegía el club de teatro o de música, si se compraba un juego de la GameBoy u otro, si debiera tomar la vía fácil y potencialmente peligrosa de cualquier asunto, o replanteárselo y tratar de dar lo mejor de sí mismo, aunque le costase más y el resultado no fuese inmediato. Suguru era quien le mantenía los pies en la tierra, la persona que sabía todos y cada uno de sus secretos y problemas, y los trataba como si de él mismo se tratase. No se imaginaba un mundo en el que no pudiera contarle todo a Suguru. Todo, excepto una cosa.
El peliblanco había tratado de ignorar lo que sentía últimamente cuando se encontraba cerca de Suguru. Pensaba que, si no hacía caso de la presión que sentía en el pecho cada vez que el otro chico le pasaba el brazo por los hombros o le daba una palmada en el hombro, eventualmente ese sentimiento se esfumaría. Pero por mucho que lo intentase, esa posibilidad la veía cada vez más remota. Y eso le estaba volviendo loco.
Ahora, estaban los dos en la habitación de Suguru jugando a un videojuego al que Satoru no podía prestar atención teniendo al otro chico a escasos centímetros. Notaba los golpes de su brazo cuando movía las palancas del mando y el reverberar de su cuerpo cuando se reía. Suguru no parecía darse cuenta de nada de esas cosas, y seguía revolviéndole el pelo enérgicamente cada vez que ganaba, lo que provocaba que Satoru se sonrojase levemente. Estaba seguro de que, si escuchase atentamente, podría oír el sonido de su corazón latiendo sin ningún tipo de control. Y bien sabe el cielo que a Satoru no le importaba tener las cosas bajo control, pero odiaba no saber ordenar sus sentimientos.
Perdido en sus pensamientos, Satoru ignoró la pregunta de Suguru, quien le dio un rodillazo y le miró con una ceja enarcada esperando su respuesta.
- Bueno, supongo que he tomado decisiones muy cuestionables en la vida, pero hasta ahora no me ha ido mal. – respondió Satoru irónicamente, como siempre que quería restarle importancia a un asunto. Se estiró en su sitio y apoyó la cabeza en la cama de Suguru, contra la que estaban apoyados. – Además, te tengo a ti. Eres tú quien me hace ser racional.
- Entonces sin mí estarías perdido, Toru. – dijo Suguru, que pausó la partida para dedicarle una sonrisa ladina al otro chico. Satoru se la devolvió y asintió.
- Sí, la verdad es que no sabría qué hacer sin ti.
Lo último que dijo Satoru provocó un silencio sepulcral en la habitación y la atmósfera cambió de repente. Ninguno de los dos chicos se atrevía a apartar la mirada del otro, como si de una competición se tratase. La mirada de Suguru era muy expresiva, siempre había pensado Satoru, que conocía hasta el más mínimo gesto de su amigo, pero en ese momento no era capaz de descifrar sus intenciones. Satoru se removió en su asiento, acercándose levemente a él y volvió a sonreír sarcásticamente.
Suguru conocía esa sonrisa mejor que nadie. Y oh, cuanto la adoraba. A pesar de conocer al peliblanco desde hace más de una década, aún no entendía como alguien humano, alguien que le había elegido como su mejor amigo, podía tener ese rostro. Satoru era guapo, y no de la forma en la que lo es alguien normal, no, era tan hermoso que Suguru pensó durante muchos años que los mismísimos dioses se habían tomado el tiempo suficiente para crearlo con mimo y precisión. Esas eran cosas que pensaba de crío, obviamente, pero a día de hoy seguía creyendo que la belleza de su mejor amigo era algo incomparable. También creía que la forma en la que se perdía en esos dos ojos cristalinos era algo normal, hasta que se dio cuenta, en un instante como ese en el que estaban a solas, que lo único que quería hacer era besarle.
- ¿Sabes? Yo tampoco, creo que mi vida sería un aburrimiento si no tuviese que estar vigilándote constantemente. Aunque creo que me merezco una recompensa por todos estos años de continua tensión. – dijo Suguru, que se acercó aún más al otro chico. Se rozaban los brazos y notaban el aliento del otro en la cara. Satoru enarcó una ceja.
- ¿Mmm? ¿Qué recompensa? Estoy sin blanca, Suguru. Salió hace una semana la figura de edición coleccionista de Agumon y me dejé todos mis ahorros. Ahora voy a tener que cuidar al crío de la vecina por las tardes para recuperarlo. – espetó Satoru con una cara de disgusto. Suguru soltó una carcajada y alzó una mano, que le pasó por el blanquecino pelo.
No estaba muy seguro de qué estaba haciendo, y probablemente se arrepentiría de ello posteriormente, pero ya se preocuparía de ello el Suguru del futuro. La reacción de Satoru fue inmediata, cuyo rostro que siempre estaba impoluto y parecía de la porcelana más cara del mundo, había adquirido un tono rojizo que Suguru encontraba bastante gracioso.
- Simplemente piensa en algo que crees que podría compensar en todos los líos en los que me he metido, algo que nunca hayas hecho antes… algo especial. – aclaró Suguru
- ¿Especial?
- Sí, ¿qué es lo más especial que tienes en el mundo? – preguntó el moreno, y antes de que el otro chico pudiese decir lo que ya sabía Suguru que iba a responder, alzó un dedo y se lo puso en los labios. – No me vale tu colección de Sailor Moon y de Digimon, Satoru.
- Vaya, entonces me dejas sin opciones. – respondió Satoru, poniendo los ojos en blanco. Suguru soltó una pequeña carcajada y bajó la mano que tenía en el pelo del chico a su cuello. Notó cómo se le aceleraba el pulso aún más ante el roce de la palma de la mano contra su piel. – Supongo que aparte de todo eso… una de las cosas más especiales que tengo es tu amistad, ¿no?
La palabra “amistad” nunca antes le había parecido tan inoportuna a Suguru. Frunció el ceño y suspiró desesperado, ¿cuánto iba a tardar el imbécil de Satoru en darse cuenta de que lo que había entre ellos había dejado de ser amistad hace mucho? El moreno acortó aún más la distancia y bajó la mirada. Satoru le siguió y se dio cuenta de que ya no le miraba directamente a los ojos, sino a los labios. Nervioso, se pasó la lengua por el labio inferior y notó como Suguru se tensaba. Tras haber captado finalmente la indirecta, Satoru decidió hablar:
- Si vas a besarme hazlo ya, esa puede ser tu recompensa.
Y antes de que Suguru pudiese reaccionar ante la propuesta del chico, Satoru tiró del cuello de su camisa y le besó. Durante un momento, ninguno de los dos supo qué hacer, se quedaron inmóviles rozándose los labios. Suguru fue el primero en apartarse y en mirar a Satoru, que tenía las mejillas rosadas, los labios entreabiertos y los ojos brillantes. Le cogió la cara entre las manos y depositó un ligero beso, casi un roce, en la comisura de sus labios. Notaba el olor dulzón de su colonia, que ya le había impregnado hasta lo más profundo de su ser. Volvió a darle otro beso en la mejilla y apoyó la frente contra la suya.
- ¿Puedo reclamar ya la recompensa verdadera o voy a tener que esperar otros 16 años? – dijo Suguru.
- No, es toda tuya. Tómala cuanto quieras. – respondió Satoru. – Yo tampoco quiero esperar otros 16 años a que me beses en condiciones.
Suguru soltó una carcajada y se abalanzó sobre los labios del chico. El primer beso había sido tierno y tranquilo, pero este había adquirido una ferocidad importante, fruto de todos los años que ambas partes habían mantenido sus sentimientos en secreto. Y sí, por mucho de que lo que sentían fuese correspondido, no habían sido pocas las dudas que les habían rondado por la cabeza en innumerables ocasiones. Ahora, con Satoru aferrándose a la camiseta de Suguru, besándole como si se fuese a acabar el mundo y sus últimas bocanadas de aire dependieran del otro chico; con Suguru pasándole las manos por los mechones blancos como hacía siempre, pero ahora con un motivo más qué suficiente como para que pudiese agarrarle y atraerle tanto que no existiese la más mínima distancia entre las bocas de ambos chicos. Satoru sabía a gloss de fresa y a tarta de vainilla, Suguru a café y cigarrillos baratos. Ambos pensaron que esa sería, a partir de ahora, su combinación de sabores favorita.
Perdieron la noción del tiempo, y cuando notaron los labios hinchados y un exceso de calor en el cuerpo, pensaron que era mejor parar por el momento. Se separaron lentamente, no sin antes compartir un último beso y se miraron. Soltaron una carcajada al unísono cuando se dieron cuenta de la pinta que tenían, con el pelo revuelto y pegado a la frente por el sudor, y los labios rojos e inflamados. Aún así, para ellos estaba siendo el momento perfecto.
- No me creo que después de todas las malditas señales que te he mandado haya tenido que besarte en la misma habitación en la que jugábamos a los LEGO hace 8 años, aquí de entre todos los sitios. Eres la persona menos intuitiva que conozco, Satoru. – dijo Suguru. Satoru hizo un puchero.
- Cierra la boca, ¿cómo iba a saber yo que te gustaba? Además, no quería joder nuestra amistad. – dijo Satoru. Pasó los brazos por los hombros de Suguru y entrelazó las manos en su nuca. – Aunque si te soy sincero, no iba a aguantar mucho más. Creo que estaba empezando a volverme loco.
Suguru sonrió suavemente y le dio un beso en la mejilla. Satoru soltó una risita nerviosa y le abrazó.
- Yo tampoco, ‘Toru. Supongo que por mucho que nos conozcamos siempre nos hemos ocultado una de las partes más importantes de nuestra relación.
- ¿Y qué propones para solucionar esto?- Que nunca más ocultemos lo que sentimos. Me encantas, Satoru Gojo.
- Idiota… - dijo Satoru. – Ahora que hemos caído en que somos dos imbéciles que han perdido el tiempo, ¿te importaría recuperarlo dándome un beso?
El moreno sonrió ante la petición del chico y asintió. Por su mente habían pasado muchas cosas en estos últimos momentos, pero una de las imágenes más nítidas que le rondaban por la cabeza era el momento en el que empezaron a ser amigos, y como una piedra con una dudosa forma de corazón había unido a dos personas para siempre. Suguru sonrió ante el recuerdo y se prometió no olvidar todo lo que acababa de pasar en la vida.
-Tus deseos son órdenes, Satoru.
