Chapter Text
Kageyama Tobio tiene miedo a la oscuridad.
A Hinata esto le divierte por infinidad de razones y eso que a él también le dan miedo unas cuantas cosas: las montañas rusas, Tsukishima cuando le conoció, las películas de terror, los exámenes finales, incluso el mismo Kageyama. Todo eso hace que su corazón palpite, con fuerza; que se sienta completamente sobrecogido por el pavor.
Excepto que, últimamente, Kageyama hace que el corazón de Hinata se acelere por otras razones. Le gustaría ignorarlas, pero las siente tan agradables en su pecho y están tan arraigadas en su interior que le parece demasiado complicado intentar ignorarlas. Hinata no puede sentirse molesto por ello. Y, además, las razones son suaves en los bordes. Son optimistas y abstractas.
Son de color rosa y se reflejan en las mejillas de Hinata cuando Kageyama lo mira fijamente durante demasiado tiempo o cuando se cambia de ropa frente a él con indiferencia, ajeno a cómo se siente Hinata: como si le estuvieran creciendo del pecho tantas flores que incluso pudiera toserlas. Al menos si hiciera eso, tendría la boca demasiado ocupada como para soltar cosas que probablemente no debería.
Cosas como: si estás tan asustado, ¿por qué no te vienes a la cama, conmigo?
―¿Hablas en serio? ―le pregunta Kageyama desde el suelo.
Hay una pausa inconfundible. Las palabras cuelgan en el aire, pero Hinata no puede simplemente extender la mano y retirarlas. Mira fijamente la línea de luz lunar que se proyecta en el techo de su habitación a través de una rendija que hay en las persianas. Sus ojos la siguen de un lado a otro, una y otra vez, hasta que se le ocurre qué responder.
―Sí, quizás. Quiero decir, ya que no tenemos un moisés aquí para ti…
―¿Un qué?
Hinata se levanta apoyándose en los codos y mira hacia abajo por el borde de la cama.
―Un moisés ―repite―. ¿No has visto nunca una de esas pequeñas cosas con volantes en las que se meten a los recién nacidos?
―Ah, sí ―dice Kageyama.
―¿No lo has pillado? Lo digo porque eres como un bebé grande.
―¡Idiota! ―exclama Kageyama y entonces lo repite más bajo cuando Hinata le chista―, idiota. No soy un bebé. Y no necesito un moi… un moi… una de esas cosas para recién nacidos. ¿i)Y por qué sabes tú qué es eso?
―Obvio. Tengo una hermana pequeña.
―¿Y no puedes encender una luz o algo así?
―Ya sabes cómo es mi madre con eso. No es mi culpa que se te haya olvidado traerte tu luz quitamiedos.
―Odio que la llames así.
―Ése es su nombre.
Kageyama suspira y se remueve en el futón. Unos segundos después, lo abandona y se sube a la cama, sin siquiera darle a Hinata la oportunidad de hacerle un hueco antes de colocar su almohada junto a la cabeza del pelirrojo y acomodarse. La forma en la que curva su cuerpo hace que sus caras estén exageradamente cerca.
De alguna forma Kageyama parece más delicado ahora, como si Hinata pudiera presionar las yemas de los dedos contra sus mejillas y las marcas fueran a permanecer después de apartarlos.
―Estoy mejor aquí ―murmura Kageyama con seriedad.
Golpea su rodilla izquierda contra la de Hinata cuando cambia de postura, y Hinata piensa que ha sido un accidente hasta que ve que Kageyama no se aparta. Hinata se mueve hasta que sus otras rodillas también se tocan. Se ilumina en la oscuridad de su habitación cuando Kageyama no retrocede.
―Sip, aquí no hay necesidad de preocuparse por los monstruos ―dice Hinata―, porque soy duro y fuerte. ¡Les estamparía una pelota de voleibol justo contra sus caras llenas de verrugas, antes incluso de que pudieran decir ‘bu’! ¿Verdad, Kageyama?
―Son los fantasmas los que dicen ‘bu’.
―Sí, pero no es algo exclusivo de ellos, ¿sabes?
―Supongo que no ―decide Kageyama mientras bosteza.
―De todas formas, ¿qué buscan los monstruos y los fantasmas cuando es de noche? Todo el mundo está durmiendo ―musita Hinata pensativo―, y eso es muy aburrido.
Kageyama se ríe, su aliento cálido acaricia el rostro de Hinata.
―No todo el mundo.
―Eres tan inmaduro, Kageyama.
―Lo que sea. Vamos a dormir.
―¿Qué otras cosas hace la gente en la oscuridad? ―pregunta Hinata, ignorándole―. Mmm. Cuentan historias de miedo mientras usan linternas como si fueran velas.
―Observan las estrellas ―contribuye Kageyama―, y se besan.
Hinata lo considera con el ceño fruncido. Claro, la gente se besa en la oscuridad, pero la gente también se besa a la luz del día. Probablemente más, de hecho. Hinata no está seguro y no sabe si hay algún tipo de estadísticas que determinen algo así, pero tal vez debería tomar nota mental y preguntarle a Tsukishima. De todas formas, aunque las hubiera, ¿por qué lo sabe Kageyama?
―¿Se besan? ―repite Hinata.
La cama cruje cuando Kageyama asiente contra su almohada. Hinata inhala profunda y lentamente. Cuenta hasta tres y no piensa.
Apenas tiene que inclinarse para besar a Kageyama, juntando sus bocas, presionándolas de una forma extraña y rígida. Casi falla…, está oscuro y Kageyama estaba asintiendo, pero definitivamente le está besando. Y Kageyama no se retira.
Incluso se produce un suave sonido cuando Hinata se aparta, uno que ha escuchado en películas y cosas así, pero que nunca pensó que sonaría en la oscuridad de su habitación justo después de hablar sobre moisés para bebés y del vocabulario de fantasmas y monstruos.
Típico, piensa Hinata.
―¿Así? ―pregunta.
Kageyama se aclara la garganta.
―Eh. Sí ―responde brevemente.
Así que, entonces, acaba de pasar.
―xXx―
Incluso aunque los tres nuevos de primero no son increíbles, al menos son bastante entusiastas. Tsukishima se queja abiertamente de su falta de altura, Ennoshita parece imparcial y Nishinoya no les compra helados a ninguno como hizo con Hinata el año pasado. Pero son agradables.
Tal vez incluso demasiado, decide Hinata mientras observa al más alto de ellos pegarse a Kageyama durante todo el entrenamiento como si fuera una especie de tumor rubio. Hinata no puede evitar mostrar su descontento.
―¿Qué sucede contigo? ¡Parece como si estuvieras a punto de cagar un ladrillo! ―exclama Tanaka.
Nishinoya se acerca a ellos, pasando su brazo alrededor de los hombros de Hinata y golpeándose el pecho con la palma. Sigue la mirada de Hinata hasta donde está el de primer año zumbando alrededor de Kageyama.
―Es bastante bueno, ¿no?
―Sí ―refunfuña Hinata―, supongo que sí.
―No es un prodigio como Kageyama y tú, pero creo que promete ―comenta Tanaka―, y solo por el hecho de que esté tratando de practicar con Kageyama, muestra al menos algún tipo de dedicación al equipo, ¿sabes?
―Totalmente ―se ríe Nishinoya.
Hinata pone los ojos en blanco con tanta fuerza que tiene miedo de que se le salgan y rueden por el brillante suelo del gimnasio.
Claro, piensa con sarcasmo, dedicación al equipo.
―xXx―
―Al equipo formado por uno ―despotrica de camino a casa―, el equipo de Kageyama, tal vez.
―Hinata, probablemente sólo...
―Que le den a él y a su pelo rubio. Seguro que se lo tiene que lavar todos los días.
―¿Qué estás diciendo?
―Lo siento ―suspira Hinata―, es que me molesta, eso es todo.
Yamaguchi frunce el ceño. Choca su hombro contra el de Hinata de manera amigable.
―No hay nada de lo que debas preocuparte ―insiste.
Tsukishima está a su lado, sosteniendo en su pálida mano una manzana a la que sólo le ha dado un mordisco.
―Sí ―dice con monotonía―, es más probable que todos muramos envenenados por la radiación cuando llegue el fin de mundo, a que Kageyama encuentre a una persona que esté realmente dispuesta a estar cerca de él durante más de unos minutos seguidos.
―Madre mía, Tsukki ―protesta Yamaguchi.
Hinata suspira de nuevo.
―xXx―
Hinata hace rodar la bici entre ellos mientras Kageyama y él caminan juntos. Es un poco engorroso y tarda cuatro veces más en llegar a su destino, pero en realidad no le importa. No está seguro de cuándo empezó a hacerlo; no está seguro de cuándo en su cabeza el vete, vete, vete, se convirtió en quédate, quédate, quédate.
―No creo que les importe.
―¿Lo dices en serio? ―pregunta Hinata, boquiabierto.
―Sí. Apuesto a que simplemente se acostumbran. Como cuando las chicas usan collares.
Hinata asiente pensativo. La cremallera de su chaqueta tintinea contra el manillar metálico de la bicicleta mientras caminan y Kageyama mira al frente como siempre. Eso representa una metáfora maravillosa, pero Hinata es incapaz de verlo.
―Oye, Kageyama.
―¿Qué?
―¿Qué piensas de los nuevos de primero?
―No mucho ―dice Kageyama mientras se encoge de hombros.
―No piensas mucho en nada, ¿verdad? ―le dice Hinata con genuina curiosidad―. Y la comida no cuenta.
La mirada de reojo que Kageyama le dirige es rápida, sutil y directa, y Hinata se pregunta qué significa.
Los engranajes de su bicicleta dejan de sonar cuando llegan al lugar donde se divide la calle. Los ojos de Hinata recorren la pendiente del camino que serpentea sobre la montaña nevada. Cuando se da la vuelta, Kageyama lo está mirando. El naranja intenso del sol de la tarde se derrama generosamente sobre el azul frío de sus ojos y Hinata cree que el resultado crea un color completamente nuevo, una tonalidad impresionante y formidable.
Es injusto que Kageyama sea la única persona de ojos azules que Hinata conoce, mientras que Kageyama podría nombrar a un buen número de personas con los ojos marrones como él. Hinata vuelve a la realidad en cuanto Kageyama parpadea.
―¿Qué? ―gruñe Kageyama.
―Que ¿qué? ―pregunta Hinata.
―Me estabas mirando.
―¡Tú me estabas mirando primero!
―¡No!
―¡Sí!
Ambos se quedan en silencio, ninguno dispuesto a dar su brazo a torcer. Hinata patea el neumático delantero de la bicicleta con la punta de su zapatilla.
―Yo sólo... eh, no conozco a nadie que tenga los ojos azules. Aparte de ti, quiero decir.
―Ah ―responde Kageyama.
―Y, en cambio, muchas personas tienen ojos como yo.
―Ah ―dice de nuevo.
―Son marrones ―informa Hinata sin energía.
―Sí.
―Color caca.
―No son color caca, idiota ―dice Kageyama enfadado.
―Sí lo son.
―¿No se te ocurre nada mejor que decir sobre ellos?
―¿Y a ti? ―le desafía Hinata.
Después de un segundo, Kageyama resopla y le da la espalda.
―Tal vez sí. Tal vez no ―declara sin más―. ¿Quieres que lo haga?
―No lo sé ―responde Hinata.
―Muy bien.
―Muy bien ―repite.
Se sube a su bicicleta y aprieta las manos sobre el frío metal del manillar.
―¿Qué pasaría si dijera algo bonito de ellos?
Hinata se queda quieto. Se gira torpemente para mirar a Kageyama, sonrojándose bajo la puesta de sol. Kageyama se mueve incómodo y mira fijamente al suelo que se encuentra bajo sus pies. Hinata ladea la cabeza. Intentando mantener la calma, inhala el aire gélido que se encuentra entre ellos.
―Bueno ―dice lentamente―, supongo que me haría feliz.
Kageyama sigue sin levantar la vista.
―Entonces, tal vez lo haga ―le dice al suelo, después de deliberar un rato―. En algún momento.
Hinata esboza una enorme y brillante sonrisa.
―Está bien ―suelta en respuesta.
Se pone en marcha sobre la bici con un fuerte clank. Le sonríe a Kageyama una vez más antes de que su euforia y su adrenalina lo dirijan hacia la montaña, el aire frío congelándole los dientes que asoman a través de sus labios.
―xXx―
Para: yama tadashi
Asunto: ???
crees que a los perros les molesta llevar collar???
De: yama tadashi
Asunto: Re: ???
vaya, espero que no
De: yama tadashi
Asunto: Re: ???
sería taaaaan trágico que ni siquiera quiero pensar en eso :<
―xXx―
Para: mezquishima
Asunto: ???
crees que a los perros les molesta llevar collar todo el rato??
De: mezquishima
Asunto: Re: ???
Vete a dormir
―xXx―
Para: KENMA (^oᴥo^)
Asunto: kenmaaAAAAAA
crees que a los perros les molesta llevar collar??? crees que se dan cuenta??
De: KENMA (^oᴥo^)
Asunto: RE: kenmaaAAAAAA
Ey, shouyou. Lee esto. Supongo que no.
―xXx―
La mayoría de lo que sucede entre Hinata y Kageyama parece ser una mera coincidencia. Ya sea o no el caso, parecen ocurrir solo por simple casualidad. Es algo de lo que Hinata es consciente, pero no está realmente seguro de qué pensar al respecto.
A veces siente que pasan cosas entre ellos incluso antes de darse cuenta. Cree que si parpadea se las podría perder. Y eso le hace preguntarse cuántas cosas se ha perdido. Debería prestar más atención.
En ocasiones piensa que quiere algo como lo que Yamaguchi y Tsukishima pretender no tener: algo seguro e inevitable, algo que no pueden ignorar. Es como si los ojos de ambos brillaran tan intensamente que los cegara cuando se miran el uno al otro. Es como si no se dieran cuenta de que la casa en la que se encuentran está en llamas sólo porque se niegan a mirar hacia arriba. Es trágico, está vivo y es imparable. Hinata está bastante seguro de que eso es lo que tienen Yamaguchi y Tsukishima, y a veces piensa que él también quiere algo así.
Pero luego la mano de Kageyama y la suya se rozan mientras caminan y Hinata se la coge, entrelazando sus dedos y Kageyama no dice ni una palabra. Sólo se sonroja y se sonroja y se sonroja. Y es una reacción demasiado tierna para alguien como Kageyama. Cuando Hinata lo menciona, lo empuja con su mano libre y se sonroja un poco más.
De inmediato, Hinata se da cuenta de que lo que tienen los dos también es bastante bueno.
