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Corte por Corte

Summary:

Luciana puede arreglar su cabello, pero no su vida amorosa. Martina no será ni la primera ni la última chica que vuelve con un ex que no se la merece. Es un destino más común de lo que el género femenino se merece.

Notes:

Characters belong to the Latin Hetalia community and their respective creators ♥

Fem!Argentina: Martina Hernández.
Fem!Brazil: Luciana Da Silva.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Es una tarde pesada, lluviosa, de esas que solo son buenas para quedarse en casa, en la cama con una taza calentita entre las manos. El clima ha estado así todo el día - horrible, pesado, con unos nubarrones grises y densos cubriendo el cielo y una llovizna molesta y blanquecina como neblina. Luciana no puede esperar a irse a su casa a darse una ducha, ponerse ropa cómoda, tirarse en el sofá, y ver su novela de las nueve. 

Ya no queda nadie en la peluquería de Luciana. El último cliente se fue hace aproximadamente una hora, y tras haber ordenado todo y dejado el negocio impecable para mañana, está lista para volverse a casa y tener un merecido descanso después de horas de pie lavando, cortando, tiñendo y peinando cabello de todos los colores, largos y tipos.

Luciana está asegurándose que todo este en orden por última vez, de puro hábito, cuando alguien toca la puerta.

Luciana frunce el ceño. Todavía hay luces encendidas en el local, pero está segura que colgó el cartel de “CERRADO” en la puerta. Sea quien sea que esté afuera, vuelve a tocar, y Luciana aprieta los labios con desaprobación.

Hay un círculo en el infierno especial dedicado exclusivamente a los clientes de última hora que se presentan cuando el negocio está cerrando.

Pero Luciana es una profesional - sacude la cabeza intentando deshacerse del mal humor, intenta poner buena cara, y abre la puerta con la mejor sonrisa que logra esbozar luego de un largo día.

Parada en la puerta hay una muchacha joven, alta y esbelta. Está como encorvada, con el rostro escondido bajo la capucha del buzo que lleva, tres tallas demasiado grande para su figura. Cuando Luciana abre, levanta el rostro y Luciana nota que sus ojos verdes - grandes y bien bonitos - están enrojecidos al igual que su nariz.

Mojada por la llovizna e iluminada por las nubes grises, tiene una apariencia algo deprimente.

- ¿Está Micaela? - pregunta con voz pastosa.

Luciana intenta no apretar los labios con disgusto. Ni un "hola", que modales.

- No, ya se retiró - responde. Micaela es una de las peluqueras de Luciana, una de sus mejores, y está muchacha debe ser una de sus clientes. Luciana suspira por dentro, y con gentileza y paciencia dice: - Mi nombre es Luciana, soy la dueña del negocio. ¿En qué puedo ayudarte?

El rostro de la chica se contrae como si Luciana acabase de decirle que atropelló a su perro, y Luciana observa con horror como sus ojos verdes se llenan de lágrimas y hunde su rostro entre sus manos para romper en un llanto desconsolado. A Luciana le toma unos segundos poder reaccionar, totalmente descolocada por la respuesta.

- Oh, ¡Oh, no llores! - pide, y la hace pasar con prisa.

Luciana la guía hasta el sofá de la sala de espera donde los clientes suelen leer revistas de chimentos y pasarse chismes mientras aguardan ser atendidos. La chica deja que Luciana la arrastre hasta el sillón y la siente, con lagrimones recorriéndole el ruborizado rostro, y Luciana sale corriendo a buscar un poco de agua.

La chica levanta el rostro y se sorbe la nariz dramáticamente cuando Luciana se acerca y le ofrece un vaso.

- Gracias - dice con voz pastosa.

Luciana intenta sonreírle, y se sienta a su lado. Frota su espalda con paciencia, haciendo amplios círculos, y retira el vaso vacío una vez que la chica se bebe el agua. La chica vuelve a sorberse la nariz, y se limpia los lagrimones del rostro con el puño de su buzo, enrojeciendo aún más su rostro. Entonces, se saca la capucha y Luciana apenas contiene un suspiro horrorizado.

Cuando Luciana era niña, su padre había contraído segundas nupcias con un hombre que tenía de mascota un pastor inglés llamado Bailey. Habiendo encontrado su vocación de estilista a temprana edad durante una tarde de ocio e inspiración, Luciana agarró un par de tijeras y decidió que Bailey necesitaba un cambio de apariencia. El desastre que los torpes e inexperimentados dedos de una niña de siete años habían hecho con Bailey es un mejor trabajo que lo que la pobre chica sentada frente a Luciana tiene en la cabeza.

Su cabello rubio es un completo desastre. Tiene las mechas cortadas todas disparejas; algunas largas hasta su cintura, otras apenas tocándole los hombros, y ni hablar de su flequillo. Es una monstruosidad completamente asimétrica e irregular, como si hubiesen intentado cortarle el cabello con una tijera oxidada sin filo. 

- ¿Quién te hizo esto? - Luciana susurra horrorizada.

La muchacha se sorbe la nariz ruidosamente y se limpia con la empuñadura de su buzo sin demasiada elegancia.

- Yo lo hice - dice, miserable.

Luciana no necesita ver ni escuchar más. Se pone de pie y cierra las cortinas de la peluquería con decisión. Es contra su regla personal atender fuera de horario, pero esto es una emergencia.

- Lo vamos a arreglar - Luciana promete tomándole las manos con una sonrisa - Ya verás.

La chica asiente y vuelve a sorberse la nariz ruidosamente.

Luciana es buena en lo que hace, siempre da lo mejor de si misma - no por nada sus clientes son fieles, y quien entra una vez a su peluquería siempre vuelve. Pero este es un caso especial que necesita de un trato especial, y eso es exactamente lo que Luciana hace. Le lava el pelo con paciencia, tomándose más tiempo del necesario para masajear el cuero cabelludo de su clienta de último momento. Lo hace sin apuro, deshaciendo nudos y pasando sus uñas sobre su cráneo, arrancándole un suspiro profundo y trémulo. De a poco, Luciana consigue que la chica se relaja bajo sus dedos mágicos. Sonríe complacida, y enjuaga la espuma de su cabello con la misma paciencia y devoción. Pasan a la silla frente al espejo, y tras ponerle un delantal, Luciana la peina. No hay muchos nudos que deshacer, no con el trabajo que Luciana se tomo el trabajo durante el lavado, pero aun así se toma su tiempo, como si Luciana fuese la que disfrutara de la atención.

Ahora que su cabello está húmedo y peinado, Luciana puede ver la gravedad del desastre.

- Hacé lo que quieras - pide la muchacha con resignación, mirando la monstruosidad que tiene en la cabeza en su reflejo con ojos tristes - Solo no me afeités la cabeza.

Luciana intenta devolverle una sonrisa, y le da un apretoncito en los hombros.

- Con un pelo tan bonito, no me atrevería - dice, y por primera vez desde que entró en la peluquería, los ojos de la chica se iluminan un poco ante el cumplido - Ya verás que bonito te va a quedar, confía en mí.

Luciana toma un peine y unas tijeras, y tras un breve análisis, empieza a cortar.

Poco a poco, el suelo a su alrededor se llena de mechones rubios. La muchacha baja la mirada, incapaz de ver como lo que antes era una cabellera larga se vuelve cada vez más y más corta con cada click de la tijera de Luciana.

Luciana siente pena, pero confía en sus habilidades. Si alguien puede arreglar este corte de cabello, es ella. Escucha a la muchacha volver a sorberse la nariz, y antes de vuelva a largarse a llorar, Luciana la distrae con algo de conversación.

Aprende que el nombre de la muchacha es Martina, y es cliente habitual de Micaela. Viene seguido, lo que es extraño. Luciana está segura que recordaría una cara y cabello así de bonitos.

- Suelo venir los fines de semana temprano - responde Martina, y eso lo explica. Luciana dirige diligentemente la peluquería de lunes a viernes, pero los sábados por la mañana se los toma libre.

Martina le cuenta que cortó con su novio. O tal vez es más adecuado decir que encontró en su celular unos mensajes y fotos bastante comprometedores que le hicieron encararlo exigiendo respuestas y que llevaron a una pelea fea entre los dos. Luciana escucha en silencio, nada sorprendida - si tuviera una moneda cada vez que una chica viene a su peluquería tras mutilarse el cabello por un desamor, podría abrir otra peluquería. Lo de Martina no es nada nuevo, pero sí está entre los peores casos que Luciana ha visto.

Aun así, no es nada que Luciana no pueda solucionar.

Una vez que termina y está satisfecha con el corte, Luciana deja las tijeras a un costado y busca el secador de cabello. Se asegura de peinar a Martina, dándole forma a su cabello con la meticulosidad de un escultor dándole los toques finales a su obra maestra. Luciana deja el peina y el secador de lado, y sonríe y saca el pecho orgullosa con el resultado final.

Por la forma en la que Martina observa su reflejo embobada, también parece gustarle.

- Nunca tuve el pelo tan corto - Martina murmura mientras hunde una tímida mano en su cabello con curiosidad. Luciana ha cortado su cabello a la altura de su mentón, y lo ha peinado de forma que se ondule juvenilmente alrededor de su rostro - No pensé que me iba a quedar tan bien.

Luciana se ríe ante la poca modestia de su cliente. Martina parpadea, como si su risa la hubiera sacado de un trance y recién se percatara de su presencia.

- Gracias - susurra con tal honestidad que las mejillas de Luciana se encienden.

- De nada - responde.

Martina la está mirando con ojos grandes y embobados, como si Luciana fuese una visión angelical, su salvadora. El atisbo de una sonrisa se asoma en la comisura de los labios de Martina, y es como si algo golpeara el pecho de Luciana. Siente que quiere ver esa sonrisa entera, que quiere ver como ilumina sus ojos por completo. La quiere escuchar reír, quiere escuchar el asomo de dicha que ve en su mirada teñirla por completo. Algo cálido se anida en el pecho de Luciana, que no puede evitar devolver la sonrisa embobada.

Es el ringtone de un teléfono lo que rompe el trance en el que se encuentran sumidas. Martina baja la vista, y sus ojos se agrandan al ver al remitente.

- Es él - dice.

No necesita aclarar quien, Luciana lo sabe perfectamente.

Martina observa la pantalla, y Luciana quiere decirle que se olvide de ese patán, que conoce un café cerca que sirve unos scones deliciosos. Pero Martina se levanta y se lleva el teléfono a la oreja.

Luciana le da algo de privacidad; se pone a ordenar y barrer, fingiendo que no está escuchando la conversación. Martina apenas habla, escucha lo que Luciana está segura es una larga y patética serie de excusas y disculpas. Al cabo de un momento, Martina responde bajito con un "Te espero en casa para hablar", y el humor de Luciana se nubla como el cielo.

- Me tengo que ir - anuncia Martina.

Luciana asiente y le sonríe. La observa salir de la peluquería con amargura.

Bueno. Luciana puede arreglar su cabello, pero no su vida amorosa. Martina no será ni la primera ni la última chica que vuelve con un ex que no se la merece. Es un destino más común de lo que el género femenino se merece.

Un verdadero desperdicio.

Durante la noche cae una tormenta fatal, pero a la mañana siguiente sale el sol. Luciana abre la peluquería como todos los días, y mientras se preparan para recibir a sus primeros clientes, no puede evitar preguntarle a Micaela sobre Martina.

- Es una de mis clientes regulares desde hace un tiempo - responde Micaela, sorprendida por la pregunta - Suelo cortarle un poco las puntas y hacerle reflejos, nada muy elaborado. ¿Por qué?

- Puede que tengas una sorpresa la próxima vez que venga - Luciana suspira como quien no quiere la cosa.

El día pasa lento como cualquier otro, y cerca de la hora de cierre Luciana vuelve a tener nuevamente una visita inesperada.

Esta vez, Martina está arreglada, bien vestida con ropa de su talle y maquillada. Ya no se encorva, ni tiene lagrimas en los ojos - se para erguida, orgullosa. El peinado de Luciana le queda muy bien - la hace verse aún más alta, estiliza su cuello como si de un cisne se tratase.

Si era bonita cuando vino a Luciana llorando echa un desastre, ahora es tan hermosa que duele.

- Me di cuenta que ayer no te pague - dice Martina con bochorno y un leve rubor en las mejillas.

- Olvídalo - Luciana le resta importancia - Era una emergencia, no podía dejarte salir de mi peluquería con esas fachas. ¿Qué pensaría la gente de mi servicio?

Sonríe, invitando a Martina a hacer lo mismo, pero Martina frunce el ceño no conforme con la respuesta.

- Déjame invitarte un café entonces - insiste, testaruda - Acá cerquita hay un café que vende unos scones muy ricos.

Luciana la mira con curiosidad, con una sensación de deja-vú. Ladea la cabeza hacia un lado, y decide tomar esto como una señal del destino y aceptar la invitación de Martina.

Martina se sienta en el sofá de la sala de espera de la peluquería, y aguarda pacientemente a que Luciana termine de cerrar la peluquería. Una vez que están listas, se van caminando una junto a la otra.

- ¿Y las cosas con tu novio? - pregunta Luciana, intentando no sonar demasiado despechada.

Martina levanta el mentón orgullosa.

- Le corte - anuncia altiva, como si ayer no se hubiese echado a llorar desconsoladamente frente a Luciana, una completa desconocida.

Luciana tiene que reprimir con todas sus fuerzas la sonrisa que quiere curvarle los labios.

Bueno, si va a poder arreglar su vida amorosa después de todo.

Notes:

☑ Brarg Week - Día 2: Brarg Adultos con Brarg Niños COMODIN: Estilista

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