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Luciano siempre ha sido bueno para las matemáticas. No es que se la pase estudiando o activamente haga un esfuerzo - la realidad está más que lejos de eso. La verdad es todo lo contrario, este don es lo que a Luciano le permite ser haragán y apenas esforzarse en las clases que involucran números y cálculos y aún así aprobar con notas decentes. Su mente tiene una facilidad natural con los números, que parecen ordenarse por sí solos frente a sus ojos.
Tal vez es por ese motivo que, sin realmente proponérselo, Luciano se encuentra contando besos.
Luciano intenta convencerse a sí mismo que no es extraño, que él no es el bicho raro aquí. Después de todo, no es él quien está fuera de regla, sino Martín.
Y es que Martín tiene la costumbre de saludar a Luciano con un beso en la mejilla.
Bueno, no solo a Luciano. Martín tiene la costumbre de saludar a todo el mundo con un beso en la mejilla. Ya sean hombres y mujeres, no discrimina, y he aquí el problema: así no es como se hacen las cosas en Brasil.
“Choque cultural”, así lo había llamado un compañero de Cálculo de Luciano. Martín viene de Argentina a través de un programa de intercambio que la universidad de Luciano tiene con una en Buenos Aires. Es el único argentino en la clase, y todavía tiene muchas cosas a las que acostumbrarse. Tal vez en Argentina sea moneda corriente que un hombre salude con un beso a otro, pero aquí en Brasil los hombres sólo saludan a las mujeres de esa forma.
Martín le da a Luciano el primer beso ni bien se conocen. Unos compañeros en común los presentan mientras esperan a que el profesor, que viene retrasado, llegue a la clase. Luciano sonríe y extiende su mano, pero Martín la ignora y en vez acerca su rostro al de Luciano y le da un beso en la mejilla. Luciano permanece inmóvil, anonadado, mientras su cerebro intenta procesar lo que acaba de suceder. Si Martín nota que Luciano acaba de entrar en cortocircuito, no dice nada. Solo sonríe, y saluda al resto del grupo con un beso.
Luciano y Martín coinciden en varias clases, por lo que se ven seguido. Sin falta, todas las mañanas Martín le sonríe y besa su mejilla deseándole un buen día, y cada vez Luciano se tensa y no sabe bien cómo proceder. Luciano sigue encontrándolo de lo más extraño (no es ninguna chica bonita que amerite un beso en la mejilla de buenos días), pero no se atreve a decir nada por temor a ofender o avergonzar a Martín.
Es al décimo beso que Luciano deja de entrar en cortocircuito. Ya sabe lo que viene, y se resigna a su destino por más extraño que aún se sienta. Cuando la mejilla de Martín se encuentra con la suya, un rubor le sube al rostro por las miradas curiosas que despierta a su alrededor el gesto tan poco común entre hombres.
Es después del beso número veinticuatro que Luciano siente que hay confianza suficiente para traer el tema a discusión.
- Usualmente, los hombres no se saludan con un beso en Brasil - dice con gentileza.
Nadie debe haberle informado a Martín que las cosas se hacen de forma diferente. Es un error honesto que nadie se ha molestado en corregir, y Luciano intenta hacerlo con el mayor tacto posible para ahorrarle el bochorno a Martín.
- Ya sé - Martín replica para sorpresa de Luciano. Lo mira de reojo, entrecerrando los ojos con algo de desdén, y pregunta: - ¿Qué? ¿Te incomoda?
Martín lo mira con fijeza, estudiando su reacción. Si Luciano le dice que le incomoda y le pide que deje de hacerlo, sabe que Martín parará; pero Luciano también sabe que perderá cualquier sea la prueba a la que Martín lo está sometiendo con esa pregunta. Luciano no está seguro qué es lo que está en juego con esa pregunta, pero lo cierto es que no le molesta - no del todo, por lo menos.
Además, Luciano no es de los que se amedrentan frente a una provocación.
- No, para nada - responde Luciano.
El brillo desafiante no desaparece de los ojos verdes de Martín, pero ahora una sonrisa divertida le surca los labios. Luciano pasó la prueba.
Para el beso cuarenta, Luciano ya está en su salsa con los besos de Martín. Ya los tiene naturalizados, y apenas les presta atención. Se vuelve una especie de broma interna entre su grupo de amigos. Ver a Martín llegar a la clase es hacerle una fiesta, arremolinarse a su alrededor y tomarle la cara entre las manos para darle un efusivo beso en cada mejilla entre exclamaciones de júbilo, como si en vez de universitarios fuesen un grupo de amigas chismosas de la tercera edad que se ven por primera vez después de años sin hablarse. La broma muta con el tiempo, y ya no es solo Martin la única víctima de un besuqueo jocoso. Pronto todos comienzan a saludarse con un beso y a llamarse por nombres de mujer alzando la voz a un nivel chillon en un ridículo intento de imitar una voz femenina. Martín se ríe y revolea los ojos. Por fortuna, no se lo toma a pecho.
Eventualmente, para el beso número sesenta y tres, la broma pasa de moda y todo vuelve a la normalidad. Martín sigue saludando a hombres y mujeres por igual con un beso, pero el resto de sus amigos vuelven a lo que es la norma social del Brasil. Todos excepto por Luciano, quien continúa saludando a Martín con un beso en la mejilla por motus propio y con total seriedad y naturalidad.
Al inicio lo hacía por orgullo, para probarle a Martín lo que fuese que Martín quería que le probara. Pero ahora ya lo ha incorporado, y la verdad es que no ve motivo para dejar de hacerlo.
Martín no tiene objeción alguna - de hecho todo lo contrario, parece encantado que sea Luciano quien lo bese a él. Su sonrisa se vuelve más ancha y sus ojos centellean brillantes cuando es Luciano quien se inclina y une sus mejillas.
Luciano mentiría si dijera que la forma en la que Martín lo mira no le arranca una sonrisa y despierta mariposas en su estómago.
Es durante el beso ochenta y siete que Luciano nota que esa sonrisa le despierta algo cálido en el pecho. Luciano comienza a pensar cómo sería besar los labios de Martín en vez de su mejilla. Sus labios, su frente, sus ojos. Su cuello, su pecho, su abdomen, y todo el resto de Martín. La idea mantiene a Luciano despierto en la noche, mirando el techo de su habitación con un rubor en las mejillas.
Es el beso ciento setenta y nueve que el sueño de Luciano se cumple y finalmente prueba el sabor de los labios de Martín. Es durante una fiesta de final de semestre en la casa de un compañero, durante una noche de otoño; la brisa fresca de la noche se lleva hojas secas y anuncia la inminente llegada del invierno. Martín sabe a alcohol, y aún así es lo más dulce que Luciano ha probado en su vida. El beso es lento, suave, casi tímido. Cuando se separan, se sonríen, borrachos y enamorados, y se van juntos de la mano de la fiesta.
Hacen el amor en la cama de Luciano es misma noche. Luciano besa cada rincón de Martín como viene soñando hace semanas, y Martín hace lo propio. Luciano explora su piel con fascinación y besa sus labios, bebe de sus gemidos.
Es difícil llevar la cuenta de los besos de Martín después de esa noche. Es una hazaña intentarlo, con la cantidad de besos que Martín le roba. Se duplican, triplican, cuadruplican, quintuplican. Luciano no está seguro de estar llevando bien los números, pero está lejos de importarle, mientras siga recibiendo los besos de Martín.
El último beso que Martín le da es el que Luciano calcula sin mucha certeza como su beso número ochocientos noventa y seis, en el aeropuerto de São Paulo. El año académico ha llegado a su fin, y Martín se vuelve para Buenos Aires. Unen sus labios una última vez - es un beso de despedida, pero también es una promesa de volverse a ver pronto.
Martín aborda su vuelo y deja Brasil. Luciano pone su contador de besos en hiato, pero sabe que no será por mucho. Después de todo, tiene pasajes para ir a Argentina en enero.
