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Un Goteo…
Otro goteo…
Más goteos.
El aire en aquella cueva era húmedo y pesado, podía sentir la densidad en el oxígeno que sus pulmones necesitaban, las rocas liquean creando charcos en la tierra, creando de ella un suelo inestable y lodoso. Huele a petricor, afortunadamente no es tan malo como el aire del exterior.
Había estado días escondida en aquella cueva helada y comenzaba a sentirse paranoica, tenía la sensación de que algo la observaba siempre. Por ello rodeaba la fogata una y otra vez, avivando las llamas con su magia. Nunca había visto algo observando, ella estaba segura. Había lanzado un hechizo, una barrera la cual impedía que algún animal o persona entrase, ella inventó el hechizo solo ella podía desbloquearlo. Sin embargo alguien con más poderío podría romperla con facilidad.
Acercó su mano al fuego, sintiendo el calor abrazador en la yema de sus dedos, mientras se enfoca en el sonido molesto del goteo. A veces no podía dormir, ella creía que era por el goteo. Se concentraba muchísimo en aquel sonido, pero en realidad sus pensamientos iban mucho más lejos. Thedas. Las incontables muertes a las que tuvo que enfrentarse durante días largos. La sangre corriendo por el suelo, las casas siendo aplastadas por objetos voladores que salían del Velo. La destrucción masiva de Thedas, aún se preguntaba si quedaría alguien allá afuera con vida. Si pensaba demasiado en ello no dormía o comía. Y sus entrañas se revolcaban en cólera.
El suelo a veces se sacudía por segundos, y su corazón latía con fuerza, temor y dolor. Aquel temblor significaba la caída de algún otro objeto masivo y la muerte de probablemente alguien. Pobre de los niños, y los ancianos. Mujeres y hombres. Todos.
Los demonios deambulaban en busca de alguna víctima débil, no había ninguna armonía, todo era muerte. Violencia. Estaba cansada de vivir aquella vida.
El cielo ya no era azul brillante y el Sol no brillaba como antes, al contrario era verde y sucio, lleno de rocas gigantescas flotando y todo estaba oscuro. Extrañaba un día soleado. En las noches fantaseaba con aquel cielo azulado, fantaseaba con que todo era un mal sueño.
El suelo lodoso hace un sonido asqueroso al ser aplastado en sonidos pares. Ella no está sola. A Lavellan ni siquiera le interesa girarse, ella está al tanto de quién es su desagradable compañía.
"¿Qué haces aquí, Fen'Harel?" dice la mujer con desprecio, sus músculos tensos, deseando en lo profundo de su ser que no se acercará o la tocara. Pero el hombre elfo estaba detrás de ella, a una distancia prudente. Lavellan no lo podía ver, no podía ver qué su rostro estaba desgarrado de lágrimas y arrepentimiento. Él no responde, Solas puede escuchar sus dientes crujir, y ver su mandíbula apretarse.
La rabia acumulada en su interior durante años se había liberado, generando sobre ella una extraña sensación enérgica por todo su cuerpo, podía sentir la adrenalina correr por sus venas con precisión. Su respiración se alteraba y sus ojos comenzaban a nublarse. Escondió su mano temblorosa en un puño bajo su capa. Anhelando clavarle una daga en lo profundo de su alma.
"L-lo siento… Lo siento tanto,," susurró entre sollozos el dios del engaño, hecho pedazos derrumbándose al suelo, sus rodillas cubiertas por sus vestiduras doradas bañándose en lodo.
"Deberías," espeta ella con indiferencia, mientras sus ojos lo ven con indignación. Girándose lentamente encontró que su cabello estaba algo crecido y descuidado, podía ver los costados de su rostro agachado los rastros de su barba.
Apretó su puño y tragó saliva, quería asesinarlo, enterrar una daga afilada todas las veces posible. Dejarle en claro cuánto sufrió ella y todo Thedas por culpa de su estúpida arrogancia.
"Lo lamento tanto," gime cubriendo su rostro con su manos sucias avergonzado y culpable.
"Perdonate tú mismo," gruñe la mujer, alejándose del hombre. "Yo no tengo porque hacerlo".
Antes de poder continuar, Solas alcanza sus pies con sus manos e impide que siga alejándose. Humillado frente a la mujer, llevando su frente hasta la punta de sus botas sucias. Ya no importaba ensuciarse, ya no importaba nada más.
"Jamás debí irme de tu lado, Aenvheeran," dice él hombre sintiendo su propio aliento caliente chocar contra su bota.
Lavellan espantada aparta su pie de su cercanía, retrocediendo con su rostro indefinible. Perturbado pero resentido..
"Aún así tomaste tu decisión, y lo hiciste," dice ella más… suave. Mostrando algo de compasión. O quizás lástima. "Yo te amé, Solas. Te esperé, y sufrí demasiado," guardó silencio dubitativa. Ya no le importaba el peso de sus palabras. Él la había herido, y no solo a ella, sino a Thedas. "Lo que pides yo no te lo puedo dar, no puedo perdonarte Solas. Destruiste mi mundo, para traer al tuyo. Fuiste un egoísta, solo pensaste en tí. Tan siquiera te importó sacrificarme con tal de satisfacer tus deseos y jugar a ser dios…"
Volvió cerca de la fogata y se sentó sobre un tronco seco el cual crujió cuando sintió el peso de ella, Solas buscaba su rostro desesperado, sus ojos rojizos y sus párpados oscurecidos. Su cara hinchada por las lágrimas y rojiza. Él sabía a lo que se enfrentaba. Siempre lo hizo.
"¿Y si desapareciera todo el mal de este mundo?" dice Solas, rogando por qué sus ojos se pasen sobre el suyo desgraciado.
Entonces ella finalmente lo hace, lo ve directamente a los ojos. Y al encontrarla sabe que la ha perdido para siempre. Aquella joven ingenua que miraba sus ojos con amor profundo se ha desvanecido. El dolor, la ira, el abandono. La indiferencia en su expresión consumieron lo que era su maravilloso y raro espíritu.
Otra cosa que lamentar…
Ella se encoge de hombros, desviando suirada de nuevo al fuego. Iluminando las cicatrices que aquella destrucción cuando en su brazo y su rostro. Cruzando desde su oreja y deslizándose sobre su mandíbula.
"Ya no hay nada más que hacer, Solas," responde con su voz plana.
