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Últimamente, Vi se pregunta muchas cosas y casi todas están relacionadas con Caitlyn.
Todo había empezado en prisión, cuando la vio por primera vez entre los barrotes de su celda con los ojos azules brillantes de determinación. «¿Quién es esta?», se había preguntado, apenas una milésima de segundo antes de decidir que no importaba. Tendrían la misma edad, pero Caitlyn no parecía demasiado fuerte. Y bajo toda aquella capa de seriedad y autoridad que le llenaba la expresión, Vi sabía que se ocultaba la inexperiencia. Aunque era consciente que no debía subestimar a los Vigilantes de Piltover, en aquel momento pensó que no sería muy difícil deshacerse de ella y escapar si era tan incauta como para acercarse demasiado a los barrotes. Ya estaba calculando cuánto tardaría en dejarla inconsciente y robarle las llaves cuando Caitlyn la sorprendió liberándola.
Aquello le hizo hacerse la segunda pregunta: «¿Por qué?».
Después de aquellas dos primeras, han venido muchas más. Al principio le molestaba, porque después de tantos años en la prisión de Stillwater, Vi había aprendido a usar los puños primero y preguntar después. A veces le parecía que aquellas preguntas eran como puñetazos encadenados en su mente, uno detrás de otro. Estaba más que acostumbrada a detener golpes, pero aquellos eran tan rápidos y certeros y la pillaban siempre tan desprevenida, que no era capaz de encajarlos. Y con cada uno, se abría un nuevo espacio para más y más preguntas.
Sin embargo, su naturaleza zaunita estaba acostumbrada a los imprevistos y era experta en amoldarse a los cambios para sobrevivir. En apenas unos días, había conseguido que aquella voz de su mente que preguntaba sobre Caitlyn sin parar se convirtiera en un murmullo lejano fácil de ignorar. Era lo que tenía que hacer para poder llevar a término la misión que cumplían juntas sin más inconvenientes de los necesarios.
Eso era la mayoría de las veces.
En otras ocasiones, aquellas preguntas eran gritos y no había manera de silenciarlos. O tal vez si que la había, pero Vi no había tenido el arrojo suficiente como para intentarlo.
«¿Le gustan los hombres? ¿Las mujeres? ¿Todo?»
«¿Se ha deshecho de su rifle… para salvarme?»
«¿Estaba dispuesta a quedarse con los chicos de Ekko sólo para protegerme?»
Y ahora, mientras aún siente el rastro cálido que los dedos de Caitlyn han dejado sobre su mejilla, se hace otra pregunta: «¿Cuándo fue la última vez que alguien me tocó así?».
Con esa suavidad, con ese cuidado. Como si fuera a romperse si ejerce más presión de la cuenta sobre su piel. El tacto de los dedos de Caitlyn se le queda tan tatuado como la tinta que le adorna la cara, el cuello y la espalda. Vi le atrapa la mano antes de que la aparte del todo y se miran. Siente que se le forma un nudo en la garganta, aunque no está segura de si se trata de ganas de llorar o de un millón de palabras queriendo abrirse paso hasta su boca. No se atreve a decir nada, de todas formas. Tiene miedo de que, si habla, Caitlyn deje de mirarla del modo en el que lo está haciendo («¿Siempre ha tenido los ojos tan azules?») y se levante de la cama, rompiendo la especie de burbuja en la que están inmersas.
Están tan cerca que el aliento de Caitlyn le hace cosquillas en la cara. Ni siquiera se ha dado cuenta de cuándo se han aproximado tanto la una a la otra, pero no puede evitar recordar el momento en el que la acorraló contra la pared de aquel burdel. Había sido medio en broma, medio en serio, pero le había gustado ver la sorpresa en sus ojos, la forma en la que se había ruborizado y cómo sus labios se habían entreabierto para dejar escapar una exclamación ahogada. Había disfrutado de la tensión, de la electricidad, de aquel breve juego en el que ella tenía el control y ahora, sobre aquella cama impregnada con el aroma dulce de ella, se da cuenta de que los roles se han invertido y que, lo que sea que hay entre ambas, ya no es absoluto un juego.
En el burdel y a su merced, Caitlyn se había mostrado vulnerable y Vi no imaginaba que ella misma no tardaría en estar en la misma situación. Porque cuando ha querido darse cuenta se había sacado el alma del pecho y estaba hablando de su infancia con Powder y del pensamiento que aún la aterroriza cuando cierra los ojos: la certeza de haberla abandonado.
La vigilante no ha dicho nada, pero aquella caricia sutil en su mejilla ha sido lo único que ha necesitado para hacerle entender a Vi que no piensa marcharse de su lado.
Si alguien se lo hubiera dicho hace unos días, en la prisión, Vi se hubiera reído para inmediatamente después romperle la nariz al imbécil que se había atrevido a intentar burlarse de ella.
Vi rompe el contacto entre sus dedos entrelazados para imitar su gesto. Los posa sobre la mejilla de Caitlyn, apenas un roce, y los desliza hacia su cuello. Allí, justo bajo la mandíbula, el pulso de Caitlyn late desbocado. El suyo hace lo mismo cuando se da cuenta de que ella es la causa. Le dedica a la muchacha una sonrisa ladeada.
—¿Te pongo nerviosa, pastelito?
Ah, sí, chincharla un poco la distraerá de los fuegos artificiales que le explotan en el pecho, siguiendo el ritmo del corazón de Caitlyn. Ella acepta la broma y le devuelve la sonrisa.
—La palabra a la que realmente te refieres es “furiosa”, Vi —Casi convincente, si no fuera por el modo en el que la voz le tiembla al decir su nombre y por lo encendidas que tiene las mejillas—. Pero estoy trabajando en ello, y ya puedo decir que me eres tolerable.
La carcajada le sale de la garganta y se queda entre sus dientes. Caitlyn no hace nada por apartarle los dedos de su cuello, así que comienza a trazar formas invisibles sobre él. Puede notar en las yemas cómo su piel se eriza mientras se estremece con cada roce.
—¿Pretendes que me crea eso? ¿Desde cuándo eres una mentirosa?
Los ojos azules se entrecierran, divertidos.
—Desde que tengo que hacerle de niñera a una malhablada de la Ciudad Subterránea. Es una influencia terrible.
—Vaya, qué lástima —replica, siguiendo con la ¿broma? ¿flirteo? ¿ambas cosas? —. ¿La conozco?
La mano de Caitlyn se posa sobre la suya y, durante un espantoso segundo, Vi cree que la ha molestado de verdad y que va a apartarla. Sin embargo, lo único que hace es presionar su palma contra la curva de su cuello, maximizando el contacto entre ellas. Luego sus dedos emprenden una danza lenta por su brazo, acariciándolo con la misma ternura con la que le ha acariciado la mejilla.
—Depende —responde Caitlyn, tras lo que parece una eternidad. Los ojos grises de Vi se quedan enganchados en los suyos, que de pronto vuelven a mirarla de esa forma que consigue que se sienta débil y todopoderosa al mismo tiempo—. La mayoría de las veces no deja que nadie lo haga. Creo que es un privilegio. Y un honor.
Vi se queda sin palabras. Vuelve a sentir ese nudo oprimirle la garganta y traga saliva para deshacerlo, en vano. Caitlyn también guarda silencio y Vi pierde la noción del tiempo. No sabe cuánto permanecen así, contemplándose con intensidad mientras el pulso de Caitlyn se va relajando bajo su mano. La luz anaranjada del sol se cuela por la ventana de la habitación y se desparrama sobre la cama y la silueta de la vigilante, haciéndola brillar.
«Es precioso», piensa, aunque no sabe si se refiere al efecto de la luz o a su cuerpo.
La respiración se le corta, maravillada. Algo debe de reflejarse en su expresión, porque Caitlyn no tarda en preguntarle, en un susurro:
—¿En qué piensas?
Podría decir “Si te lo dijera no me dejarías estar en esta cama contigo, pastelito” y seguir con el flirteo de antes. Podría volver a chincharla con “En que la mierda carísima con la que los ricos de aquí arriba laváis las sábanas me está dando urticaria”. Pero la forma en la que Caitlyn la mira y la toca le dice que, en ese momento, no hay espacio nada más que para la honestidad más explícita y suicida.
«A la mierda»
—En ti —Pero siente que eso no es suficiente para abarcar toda la verdad, así que añade:—. En nosotras.
Vi nota cómo la respiración de Caitlyn se entrecorta. Tarda un poco en responder, no más de cinco segundos, pero en ese tiempo a Vi le da tiempo a tener todo tipo de pensamientos catastrofistas. Le asusta pensar en lo mucho que le importa lo que Caitlyn vaya a decir a continuación. Le asusta porque se da cuenta de que, junto a no llegar a recuperar a Powder, su rechazo es una de las cosas que más podrían llegar a destrozarla.
—Qué curioso —dice Caitlyn al fin. Hace una pausa para mordisquearse el labio inferior, visiblemente nerviosa—, yo estaba pensando justo en lo mismo.
Vi toma una bocanada de aire. No era consciente de haber estado conteniendo la respiración, del mismo modo que no era consciente hasta qué punto le pesaban sobre los hombros las palabras que ha pronunciado hasta ahora, que se siente tan ligera que cree que podría levitar sobre la cama.
Pero no puede recrearse en eso, no cuando Caitlyn está esperando una respuesta por su parte. Se acerca un poco más a ella, sin dejar de mirarla a los ojos, hasta que apenas quedan un par de centímetros entre sus rostros. Ahí está de nuevo esa tensión, esa electricidad estática entre las dos que le eriza todo el vello del cuerpo. Es una sensación que se tambalea en la línea que separa lo doloroso de lo placentero, en una tierra de nadie que ahora parece ser solo de ellas.
—Vas a tener que ser un poco más explícita —le dice, con la voz cargada de promesas— para que podamos comprobar que de verdad estamos pensando en lo mismo.
Los dedos de Caitlyn vuelven a buscar su mejilla, pero esta vez no es una caricia. Ahora se pierden entre los mechones de pelo rosa, se enredan en su nuca y Vi tiene el pálpito de que una bomba está a punto de estallar.
Cuando Caitlyn vuelve a hablar, su voz es apenas un quejido ronco.
—Vi, por favor…
—Por favor qué.
La última palabra se pierde en la boca de Caitlyn cuando se encarga de fundir en un beso la escasa distancia que las separa. «Por fin», piensa, mientras el alivio le recorre las venas tan rápido como su propia sangre. ¿Cuánto tiempo lleva queriendo esto? ¿Desde el burdel? «No, no, desde antes. O no. Qué más da», se dice, mientras Caitlyn se pega más a ella. Todo da igual porque lo único que existe son los dedos de Caitlyn en su nuca, los suyos enredándose en el pelo de ella, deshaciéndole la coleta al igual que la chica la está deshaciendo con ese beso.
No es el primero que recibe. En prisión hubo más mujeres. Con algunas sólo compartió besos a oscuras, empañados con la rabia que ensucia las paredes de aquel lugar, y con otras algo más, a escondidas como las criminales que eran. Pero ninguna de ellas la había besado tan lento, tan suave, tan profundo, como si ni siquiera les hiciera falta respirar porque el beso que comparten es todo lo que necesitan. Ninguna la había acariciado con tanto cuidado y ella nunca se había aferrado a una cintura como lo está haciendo con la de Caitlyn: como si fuera un salvavidas en mitad de un mar embravecido.
Caitlyn se separa entonces, lo justo para recuperar el aliento y volver a mirarse a los ojos. En los de la Guardiana arde la misma determinación que el día en el que la conoció. Le parece que ha pasado una eternidad desde entonces.
—¿He sido lo suficientemente explícita?
El pulso le late con tanta fuerza en los oídos que está segura de que Caitlyn puede escucharlo.
—Yo puedo serlo todavía más —responde, y esboza una sonrisa ladeada cuando la respiración de ella renquea mientras desliza la mano, sobre la ropa, hacia su estómago—. Si quieres, claro.
—¿Voy a tener que volver a ser explícita?
—Absolutamente.
Caitlyn se llena los pulmones de aire antes de contestar.
—Bien.
Y se besan de nuevo. Esta vez es más intenso, más urgente, y Vi se marea cuando Caitlyn comienza a tirar de su chaqueta para quitársela. Hace calor, hace mucho calor y parece que los labios de Caitlyn son un oasis en mitad de un desierto abrasador. Se coloca con cuidado sobre ella, entre sus piernas, para tratar de no aplastarla con su peso, y Caitlyn aprovecha el movimiento para deshacerse del todo de su chaqueta. La oyen resbalar de la colcha al suelo y el susurro de la tela al caer les arranca a las dos una risa nerviosa.
—¿Estás bien? —le pregunta a Caitlyn, mientras le acuna la cara con una mano. Ella deja caer la mejilla contra su palma y Vi nota el tacto de su sonrisa atravesar las vendas que le cubren la mano y clavarse en su piel.
—Sí. —responde Caitlyn, mientras imita su gesto y sus dedos se pasean de nuevo por su mejilla. Repasa el tatuaje de su nombre con algo muy parecido a la adoración y Vi siente que se derrite contra ella. Y cuando le acaricia la cicatriz del labio con el pulgar, Vi sabe que sería capaz de hacer cualquier cosa que le pidiera— ¿Y tú?
La pregunta le resulta incluso absurda, ahora que la puede contemplar desde arriba, con la melena índigo desparramada sobre la colcha y los labios enrojecidos por los besos. Le pareció preciosa la primera vez que la vio y ahora se lo parece más que nunca. Es imposible no sentirse bien teniendo su cuerpo arqueándose de deseo contra el suyo y sabiendo que la confianza ciega con la que la mira es sólo para ella.
—Mejor que en mucho tiempo.
Vi sabe lo que viene ahora. Lo ha hecho muchísimas veces, tantas que en las últimas ya no se trataba más que de una forma de que el tiempo pasase más rápido entre las cuatro paredes mohosas y malolientes que la apresaban en Stillwater. Pero en ese momento, entre las piernas de Caitlyn y con el cabello rosa revuelto por la impaciencia de sus dedos, se siente tan inexperta como la primera vez. Porque, al fin y al cabo, es la primera vez que va a hacerlo de una manera que desconoce.
Porque es la primera vez que va a significar algo.
Deja caer un beso suave sobre su mandíbula para después bajar poco a poco hacia el cuello. Los muslos de Caitlyn aprietan con fuerza sus caderas mientras estira el cuello para dejarle más espacio. La muchacha sisea cuando los dientes de Vi le rozan la yugular. Vi deja escapar una risa grave en respuesta y continúa descendiendo hasta la clavícula. Las uñas de Caitlyn se le clavan en todas partes, ansiosas, y Vi adivina que busca quitarle la camiseta, aunque no quiere que sus labios y su lengua se aparten ni un milímetro de donde están.
Las manos le tiemblan mientras desata las correas del corsé de Caitlyn, un signo de lo nerviosa que está. Aún así, Caitlyn no parece darse cuenta, demasiado perdida en el efecto que tienen sus boca contra su piel como para fijarse en nada más. Siente como si todo estuviera del revés y justo en el sitio indicado al mismo tiempo mientras sigue descendiendo hasta su escote y los dedos, por fin libres de la barrera del corsé, se cuelan bajo la tela de la camisa. Quiere saber si bajo todas aquellas capas de ropa su piel sigue siendo tan suave, si sigue oliendo tan bien y tan dulce como en su cuello. Tiene la nariz hundida en el escote de Caitlyn y está convencida de que podría emborracharse con su aroma. Sería la mejor borrachera de su vida, si ella le dejase. No le importaría que le doliera la cabeza al día siguiente si ella estuviera allí para aplacarle la resaca con besos.
Pronto sus manos se encuentran con su boca y tiene que detenerse, lo justo para desabotonar la ropa que tanto sobra en ese momento y volver a buscarle la piel expuesta con la lengua. Caitlyn exhala algo a medio camino entre un suspiro y un gemido y ese sonido hace que Vi sienta unas extrañas ganas de llorar.
Dios bendito, qué le está pasando.
«Qué me está haciendo».
«No me importa».
No le importa porque hace calor, el sudor las hace deslizarse con más facilidad, todo es suave e intenso a la vez y es Caitlyn la que le está hundiendo las manos en el pelo para animarla a seguir. No importa porque no quiere parar y porque siente que si Caitlyn dijera su nombre ahora mismo, con la voz quebrada por la falta de resuello y las ganas, podría morirse. El pulso le atrona en los oídos como golpes de sólo pensarlo. Por eso sigue descendiendo, debajo del ombligo, hasta llegar a la cinturilla de los pantalones. Aquella nueva barrera la hace gruñir de frustración, pero no se aparta. Le da igual cuánta ropa tenga que quitarle mientras pueda tener su nombre escapando de sus labios como recompensa.
Pero cuando Caitlyn vuelve a hablar, lo que escucha es lo último que esperaba en una situación así.
—¿Papá?
Vi levanta la cabeza como si la hubieran pinchado, confusa. El peso líquido que se había instalado en su estómago y que prometía ir más allá se diluye por completo, dejándola tan helada que durante un instante ni siquiera es capaz de darse cuenta de que Caitlyn está tratando de apartarla a toda prisa, alarmada.
—¿Qué acabas de decir?
Como si quisiera responder a su pregunta, la voz del señor Kiramman le llega a través de la puerta cerrada, acompañada de unos golpes en la madera. Vi se lleva una mano a la frente al darse cuenta de que aquello que había tomado por su propio corazón latiendo desbocado eran las llamadas impacientes del padre de Caitlyn.
—¿Cariño? Tu… amiga y tú tendríais que estar ya listas para la audiencia con el Consejo. ¿Qué estáis haciendo?
¿La audiencia con el Consejo? ¿Ya? Ambas dirigen la mirada hacia la ventana, donde las primeras sombras de la noche ya comienzan a aparecer en el horizonte. ¿Cuánto tiempo llevan…?
Si no estuviera tan frustrada por la interrupción, aquella situación ridícula le habría arrancado una carcajada. No le ha pasado inadvertido el tono que el padre de Caitlyn ha empleado para referirse a ella. La chica aún está bajo su cuerpo, con todos los músculos en tensión y tratando de mirar hacia la puerta. Su expresión horrorizada ante la posibilidad de que su padre las encuentre así es tan cómica que Vi no puede resistir la tentación de tomarle un poco el pelo.
—Díselo, pastelito. —le ronronea en el oído, rozando con los labios el lóbulo de su oreja. Cuando le besa el cuello despacio, durante un glorioso segundo Caitlyn vuelve a convertirse en mantequilla entre sus brazos, suspirando— ¿Qué estamos haciendo?
—Caitlyn, hija, ¿va todo bien? Voy a entrar.
—¡NO! —Caitlyn empuja a Vi con tanta fuerza que casi la envía al otro lado de la cama. Sorprendida, cuando quiere darse cuenta Caitlyn ya se ha incorporado y está a medio camino de la puerta— No puedes pasar porque… ¡Me estoy cambiando de ropa! Para ver al Consejo. Eso es.
A Vi le hace muchísima gracia lo mal que miente. Es un espectáculo muy entretenido verla corretear de un lado a otro, a medio desnudar y con el rostro pálido por los nervios.
—¿Y la chica? —le pregunta su padre, extrañado— ¿Está contigo?
Caitlyn le lanza una mirada que se convierte en fulminante cuando la aludida, aún tendida sobre la cama, le dedica una sonrisa de fingida inocencia.
—Ha salido a dar un paseo —contesta Caitlyn, con intención y sin dejar de mirarla—. Me dijo que nos esperaría en la entrada de la mansión a la hora acordada.
Se hace un silencio que parece extenderse hasta el infinito.
—Está bien —concluye finalmente el señor Kiramman—. No tardes mucho, querida. Ser impuntuales no os favorecerá en absoluto.
—Claro, papá. No te preocupes.
Pasos que se alejan por el pasillo. Caitlyn sale disparada hacia el armario para recoger su uniforme de la policía de Piltover. Antes de empezar a ponérselo, se vuelve para mirar a Vi, todavía acomodada sobre la cama como si nada hubiera pasado.
—Si hubiera sido tu madre, nos habría metido un tiro a las dos. —comenta, mientras devuelve a su lugar un mechón rosado y rebelde.
—¿No me has oído? —le suelta Caitlyn, señalando la ventana por la que ha entrado por la mañana con un cabeceo. Vi sabe que su mal humor repentino se debe a que está tan fastidiada como ella por no haber podido terminar con lo que estaban haciendo, y porque su presencia allí, a sabiendas que es imposible continuar sin que las vuelvan a interrumpir, le crispa los nervios— Has salido a dar un paseo.
Vi se incorpora sobre la cama hasta quedar sentada sobre el borde, ignorándola con maestría. Señala el uniforme que Caitlyn sujeta en su brazo con un gesto vago de la mano.
—¿No quieres que te ayude con eso? Ya me estaba encargando de desnudarte, de todas formas.
Caitlyn resopla y pone los ojos en blanco. Vi espera que le dedique una frase cortante o que se limite a darse media vuelta para castigarla con su indeferencia, pero sucede justo lo contrario: comienza a caminar hacia ella con una lentitud deliberada, dejándola descolocada. La forma en la que la está mirando le seca la boca. ¿Es legal tener unas piernas tan largas?
Separa las rodillas para recibirla cuando se agacha frente a ella y la electricidad entre ambas vuelve, chisporroteándole en la piel tatuada de los brazos. El rostro de Caitlyn está cada vez más cerca, hasta que sus alientos se entremezclan y juegan a tentarse, como un anticipo de lo que Vi está deseando que ocurra entre ellas. Ya está dispuesta a abalanzarse sobre su boca cuando algo le cae sobre la cabeza, cegándola por un momento confuso. Sin embargo, no tarda en reconocer el tacto de su propia chaqueta. Comprende que Caitlyn se la ha jugado antes de notar cómo se incorpora y le espeta:
—Fuera.
Vi ríe entre dientes mientras se pone la chaqueta. Caitlyn la observa hacerlo con los brazos cruzados en el pecho, cubriendo un poco la piel que Vi apenas había conseguido desnudar. Alza las manos, en una parodia de rendición, mientras se acerca a la ventana.
—Está bien, me voy. Tú ganas.
La sonrisa de Caitlyn es casi imperceptible, pero está ahí, tironeándole las comisuras de la boca.
—Como siempre.
—¿Es eso un reto? Porque estoy más que dispuesta a demostrarte que te equivocas.
¿Ahora están flirteando otra vez? La distancia que la separa de Caitlyn, apenas un par de pasos, duele cuando ella le sonríe abiertamente, con un tinte peligroso que Vi no sabe de dónde se ha sacado pero que espera con toda su alma que de ahora en adelante emplee más a menudo.
—Adelante. Aunque tengo que reconocer que es una lástima que tengamos que dejar esta conversación para más tarde.
No está hablando de ninguna conversación y lo sabe. El recuerdo del sabor de su cuello le asalta la mente antes de que pueda hacer nada por detenerlo.
«Joder».
Abre con rapidez la ventana para que el aire húmedo, que anuncia lluvia, la despeje un poco. Lo suficiente como para recomponerse y poder mirar a Caitlyn sin pensar en lo que podrían estar haciendo. Ya ni siquiera está angustiada por la audiencia, porque la sensación de ser capaz de todo si está con ella es tan abrumadora que no deja espacio para nada más.
Bueno, quizá para una sola cosa más.
—Así que conversación, ¿eh? Y yo que pensaba que estábamos a punto de follar.
Las mejillas de Caitlyn se tiñen de carmesí y resopla, aparentemente molesta. Aún así, Vi ha aprendido a detectar el brillo de diversión que destella en sus ojos cada vez que se enzarzan en esa especie de juego en el que no está muy claro quién es el ratón y quién el gato.
—Dios, eres insoportable.
Vi sonríe de lado, satisfecha. Se atreve a dar un pequeño paso hacia ella, tanteando el terreno. Cuando Caitlyn no hace nada por volver a alargar la distancia que acaba de acortar, da otro. Ahora están frente a frente, de nuevo tan cerca que sólo haría falta una suave brizna de viento para que volvieran a besarse y no hubiera marcha atrás.
Pero eso tendrá que ser más tarde.
—Tal vez —admite Vi—. Pero me he dado cuenta de que siempre he tenido razón en una cosa.
Espera que Caitlyn coja el anzuelo que acaba de lanzarle. La aludida alza una ceja, con escepticismo fingido, y Vi sabe que esa es la señal que le indica que ha decidido seguirle la corriente.
—¿Sí? Me pregunto qué cosa será.
Vi se acerca todavía más, para que su aliento le haga cosquillas en la mejilla cuando le susurra, tentándola:
—Que eres dulce, Caitlyn. Tanto como un pastelito.
Para demostrarle que no habla de su carácter, le deja un beso en la base del cuello. Se aparta antes de los brazos de Caitlyn puedan rodearla, antes de que la exclamación de sorpresa que ahoga sea demasiado irresistible. No hay despedida, pero puede captar de reojo su sonrisa antes de descolgarse por el alféizar de la ventana.
Cuando salta, descendiendo hasta el exterior, se siente más ligera que nunca, como si la certeza de tener el perfume de Caitlyn adherido a la piel y la promesa de un después fueran alas que la impulsasen a seguir hacia adelante.
Un trueno retumba en la lejanía, entre las nubes negras que oprimen el cielo. Se acerca una tormenta.
