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Prohibido prohibir. El primer mensaje apareció un miércoles en la fachada de la escuela. La paradoja yacía pintada con aerosol negro, haciendo un bonito contraste con el desgastado color marfil del edificio. Era una letra horrible pero no tanto como para que fuese imposible entenderla.
Había un par de alumnos viéndolo con interés, Xiao Xingchen incluido. Sus zapatos perfectamente lustrados se ensuciaron con la tierra que el clima airoso paseó por toda la calle mientras escuchaba cómo la mamá de alguien, del perdedor —o del único chico afortunado, según como lo vieras— al que su progenitora todavía llevaba a la universidad en automóvil estaba haciendo un divertido escándalo.
La subdirectora trataba, entre nervios y enojo, de explicar algo que no tenía explicación y llamó de inmediato al pobre conserje, cuyo turno laboral recién comenzaba y ya se le había asignado la tarea de borrar el grafiti, lo más pronto posible. Xingchen pensó por un segundo que él también podría ayudar a limpiar. Y sin dudarlo se ofrecería, pero las palabras nunca salieron y entonces notó que, de hecho, no quería que desapareciera.
—Prohibir las prohibiciones no tiene sentido, es una contradicción. O quizá se me está escapando el chiste del mensaje —comentó Song Lan, que ocupaba el puesto de mejor amigo de Xiao Xingchen desde hace años, y el único con quien se sentía lo suficientemente cómodo como para expresar todas sus opiniones en voz alta (incluso las más tontas).
—Pero... ¿Por qué querrían prohibir todo? ¿Las prohibiciones no pueden ser buenas? Como por ejemplo: prohibido fumar, prohibido tirar basura... ¿Prohibido matar? —Lo último sonó a un mandamiento religioso, más que a un artículo del Código Penal, pero Xingchen lo dijo de todos modos.
El almuerzo de ambos se enfriaba mientras seguían debatiendo sobre el juego de palabras. Sus demás compañeros también lanzaron un par de comentarios serios y muchas bromas. Parecía que a los profesores se les prohibió hablar del tema porque ninguno pronunció una sola sílaba en sus materias. Al finalizar el horario escolar la pintura cubría casi por completo el mensaje y éste se desvanecía de la pared pero decidió quedarse en la mente de Xingchen por mucho, mucho tiempo.
El viernes, cuando las capas de pintura habían logrado enterrar el grafiti en su totalidad, como si jamás hubiera ocurrido, otro mensaje se presentó, exactamente en el mismo lugar, burlándose de aquel intento de silenciamiento. Esta vez decía: Rompe las reglas.
A Xiao Xingchen le hizo gracia. A Song Lan no tanto. Y lo que pudo ser un caso aislado entonces se convirtió en el comienzo de algo grande. O al menos eso era lo que un chico fanático de las novelas baratas de misterio y ahogado en la monotonía que traía consigo vivir donde nunca pasaba nada —como Xingchen— quería creer.
La furia de los administrativos subió hasta el cielo y la curiosidad del alumnado también. Era una universidad medio prestigiosa ubicada en un pueblo conservador con normas estrictas. En toda su historia, nunca nadie se había atrevido a manchar el pulcro edificio… hasta ahora.
Hubo un par de interrogatorios, estudiantes como Wei Wuxian (que era el tipo más rebelde y genial que Xingchen conocía, ese con la mirada soñadora y los pantalones rotos, arremangados) fueron los principales sospechosos, pero no podían incriminar a alguien sin pruebas así que lo dejaron ir.
Aprovecharon el fin de semana para limpiar la fachada y el lunes a primera hora Xingchen le sonrió al muro del que se hubiera decepcionado si se encontraba en blanco.
En esta ocasión era un mensaje más largo, un poco poético, con palabras que rimaban con libertad y le alborotaron su cabello en capas que había dejado crecer debajo de los hombros. La primera letra A estaba encerrada en un círculo y Xiao Xingchen no sabía qué significa pero pensó que se veía lindo, de una manera original.
En el tercer período el director y los profesores convocaron a una junta urgente, donde se les habló del orden, el respeto a la propiedad privada y la sana convivencia. También dejaron muy en claro que ejecutar o encubrir actos de criminalidad era incorrecto (la clase de incorrecto que hacía que te expulsaran de la escuela y terminaras en la calle solo, marginado, sin sueños ni futuro). Xingchen volteó a ver a los asientos ocupados en el auditorio, preguntándose si el responsable de los grafitis se encontraba entre ellos y si estaba haciendo todo lo humanamente posible por aguantarse la risa.
No supo si a su mejor amigo le habían lavado el seso con ese sermón mal estructurado (o quizá debió suponerlo, que alguien como Song Lan no estaría a favor de que ensuciaran su lugar de estudio), pero a la hora del almuerzo Song Lan dejó en claro su postura: Una vez era una travesura, dos era vandalismo y tres era delincuencia. Xingchen no estaba de acuerdo y eso le molestaba más de lo que debería porque, era Song Lan, ¡por el amor de Dios! Eran el dúo inseparable, era su otra mitad, habían pasado más tiempo juntos que sin el otro. Incluso cuando era un niño llegó a pensar que compartían el mismo cerebro. Era tonto, era raro y egoísta, Xingchen era consciente de ello, así que reprimió ese piquetito de traición que se extendió por todo su esófago y se repitió que estaba bien, que tener opiniones distintas era lo más natural del mundo.
La buena noticia era que a pesar de que Song Lan reprobaba la técnica, aún se permitía debatir con Xingchen sobre los mensajes.
Se despidieron al mediodía, Song Lan tenía práctica deportiva y Xingchen se quedó hasta tarde en la biblioteca haciendo un ensayo para la clase de Ética. Él era de los pocos a los que les gustaba hacer sus tareas con tiempo, al pie de la letra y siempre esforzándose al máximo. Él era el que tomaba apuntes impecables con marcadores de colores y siempre participaba en clases mitad porque le gustaba, mitad porque de esa manera hacía sentir bien a sus maestros (tú sabes, que no estaban desperdiciando su vida enseñándoles algo a unos jóvenes a los que no les importaba nada).
En la puesta de sol, cuando los últimos rayos de luz bañaban los estantes polvosos y el ruido de los demás alumnos era nulo, siendo el tictac del enorme reloj lo único que se oía, Xingchen divagó sobre qué se sentiría ser la persona de los grafitis, armada con un aerosol negro y un corazón reacio que tallaba sus deseos en una pared; la que no seguía las reglas y aspiraba con vivir en una sociedad donde nadie le dijera qué hacer.
Xingchen estaba lejos de ser así, y tampoco quería ser el sujeto extraño que notaba los errores ortográficos en pintas, pero en el fondo sí que lo era, de modo que buscó entre sus pertenencias un gis color azul y ya de noche, cuando salió de la biblioteca y se aseguró de que no hubiera ojos chismosos, corrigió, con mucho esfuerzo, el grafiti.
…
La escuela afirmó que su junta contra el vandalismo dio frutos cuando ni al siguiente día, ni en el resto de la semana hubo nuevos mensajes.
Era una ciudad pequeña —o un pueblo grande, como dirían algunos—. El asunto con los grafitis ganó gran popularidad (fue primera plana en el periódico local y los encabezados hasta apodaron al criminal) pero al no tener material reciente pronto se olvidaron de ello cuando otro escándalo se presentó: el alcalde quería prohibir la feria anual de la cerveza y la gente no estaba contenta.
Los alumnos también dejaron de hablar de paredes rayadas y se centraron en el típico chisme juvenil: las fiestas que estaban por venir, la pareja de toda la vida que terminó, y la chica que “salió del clóset”… Xiao Xingchen les seguía la corriente pero en el fondo, mientras miraba por la ventana del segundo piso de la vieja universidad, continuó preguntándose si volvería a leer aquellos pensamientos de aerosol.
Xingchen admitió, con un poquito de pena, que su vida debía de ser bastante aburrida si lo más emocionante que le había pasado en el año eran un montón de grafitis. La profesora hablaba sobre la Guerra de Algo, su voz se volvió distante y empezó a sonar como ruido blanco. Xingchen escribió en la esquina de la hoja con rayas de su cuaderno ocre prohibido prohibir. Deseaba tener al “delincuente” cara a cara. Anhelaba entablar una conversación profunda con él, o una estúpida. Que le dijera un secreto suyo, el más gracioso, y a cambio Xingchen le diría qué tipo de canciones le ponían los ojos llorosos.
Cuando la maestra salió del aula y Xingchen, quizá por primera vez en toda su vida, no había tomado apuntes de cada oración que pronunció, se dio cuenta de que ya no era sólo el mensaje lo que le interesaba, sino también el mensajero. Y eso no estaría mal si no fuera porque estaba ocupando tanto espacio en su cabeza.
…
Era lunes, era semana de exámenes parciales, y casi como si el grafitero lo supiera, apareció un Cuestiónatelo todo. Y Xingchen, quien había decidido que las paredes podían ser excelentes consejeras, se lo tomó de manera literal.
Pero cuestionárselo todo en las pruebas de todas sus materias resultó un maldito dolor de cabeza. Estaba seguro de que sus perfectas calificaciones estaban tambaleándose. Y para distraerse de sus manos sudorosas y sus compañeros quejándose de la escuela y de lo crueles que podían llegar a ser los maestros, optó por cuestionarse una cosa más y rayó al lado del grafiti (con gis, que era mucho más amigable, inofensivo y fácil de borrar) un ¿Quién eres?
A la mañana siguiente no apareció una respuesta (está bien, no era como si Xingchen hubiera creído que la obtendría. Bueno, quizá sí), sino otra pregunta. Una que no estaba dirigida a Xingchen pero que la recibió de cualquier manera.
¿A esto le llaman libertad?
La escuela no se había molestado en borrar el grafiti anterior. Parecía que el presupuesto para "reparar actos de vandalismo" se les había acabado y no había dinero como para contratar a un guardia nocturno, ni pintura color marfil #059 suficiente como para callar la rabia de esta persona.
—Esto se está saliendo de control —mencionó Song Lan. Su ceño, que siempre trataba de mantener estoico, lo traicionó y ahora lucía fruncido, arrugas aparecieron en su frente.
Xingchen no respondió. No hacía falta. Estaba claro que él hace tiempo que había dejado de verlo como vandalización y había empezado a apreciarlo como una pequeña acción revolucionaria.
Más tarde unos compañeros (los del club de debate y los que tenían pinta de que jugaban golf los domingos) pegaron un cartel que decía: «Por favor, deja de rayar nuestra escuela» y una carita triste. Al siguiente día el “criminal” les respondió con un «Okay» de tamaño enorme y una carita feliz.
Xiao Xingchen se río de buena gana y se permitió analizar el grafiti con ojo técnico aunque no lo consiguió. Había algo en esa caligrafía apresurada, mal hecha, que lo atraía de forma peligrosa y lo único que pudo conjeturar era que este ser humano poseía un buen sentido del humor… y que tratar de pedirle sus apuntes para copiarlos sería una pésima idea (si es que siquiera tomaba apuntes).
…
Pasó otra semana para que un nuevo mensaje hiciera acto de presencia. En esta ocasión, en inglés: Fuck the police. Xingchen ya lo había visto antes, en otras paredes, escuchado de gente de todas las edades, incluso en películas, aunque era la primera vez que se esforzaba por comprenderlo. Con la esperanza de que esta persona respondiera, pegó una hoja de su cuaderno (previamente usada) y escribió con un plumón rosa: ¿cómo?
Trató de mantener las expectativas bajas y al final falló. No era que quisiera una respuesta, era que la necesitaba. Las ganas de conocer al grafitero rayaban casi en la obsesión y Xingchen se recordó a sí mismo inhalar y exhalar, y ocupar su cerebro en otras cosas. Sin embargo, era una tarea difícil. La emoción que le solía causar la escuela se había reducido y el apetito por saber más sobre los mensajes se volvió apenas soportable.
A veces Song Lan le hablaba sobre temas que vieron en clases y Xingchen fingía que estaba de acuerdo. A veces Wei Wuxian soltaba una broma sobre gatos y el gobierno y un arma nuclear (¿o era una nave especial?) y Xingchen se reía aunque no la entendiera.
En su casa, su pequeña casa, intentar distraerse era tiempo perdido. Se trataba de una vivienda lejos de la escuela y cerca del vertedero hidráulico. La única herencia, junto con el dinero depositado en una cuenta bancaria, que sus padres le dejaron al morir. Vivió ahí con su tío durante casi toda su vida hasta que él, alcohólico y enamorado, decidió abandonarlo hace un par de meses. Xingchen estaba mejor sin él, aunque en la mayoría de las noches todavía rezaba esperando que su tío, estuviera donde estuviera, se encontrara bien.
Estar solo en casa significaba que invertía una gran parte del día pensando en esa peculiar caligrafía y cuestionándose cómo podría joder a la policía.
¿Quieres que te enseñe? ;)
La respuesta entregada un lunes le sorprendió. Era la primera vez que se dirigía a él. Eso lo hizo sentir especial, especial como cuando estando sudoroso y ronco en el concierto de tu banda favorita, el guitarrista decidía, de entre miles de personas en la multitud, darte a ti su plectro.
Aunque la idea de usar las paredes a modo de correspondencia le resultó fascinante, un poco romántica en un sentido insurgente, Xingchen estaba harto de pasarse las mañanas, tardes y hasta madrugadas tratando de ponerle un rostro a ese artista anónimo, así que decidió sacudirse la timidez y la indecisión, y optar por medidas más radicales que rozaban en el acecho.
Pasó la noche frente al parque de la escuela, medio oculto. La patrulla se paseó una sola vez (Xingchen escuchó que el departamento de policía también estaba corto de dinero y las pocas unidades que poseían no tenían como prioridad vigilar la universidad). Estaba esperando a que se presentara el vándalo, pero debió de haberlo sabido mejor: él no tenía un horario fijo, no era ningún asesino serial con un patrón: algunos días rayaba, otros no. Cuando finalmente decidió volver a casa notó, fatigado, que tan sólo le quedaba tiempo suficiente para ducharse y desayunar, antes de regresar a la escuela. Pocas veces se había sentido así de vacío.
—¿Estás bien? —preguntó Song Lan. Era una interrogante real, con auténtica preocupación.
—Sí, sólo tengo un poco de sueño. —Eso no era una mentira, las ojeras que resaltaban demasiado en una piel tan pálida como la suya eran la prueba. Sobre por qué no durmió… bueno, Xingchen prefirió guardarse el detalle.
Song Lan le dio esa mirada, la de las cejas bajas y los ojos apagados, la mirada que le dirigías a tu amigo que estaba jodiendo su vida pedazo por pedazo y tú no podías hacer nada para evitarlo; la que tenía la capacidad de romper su corazón en seis.
Xingchen lo ignoró, él no creía que estuviera tan mal. Sí, seguro que sus calificaciones bajaron un poquito, se había desvelado tanto que ya hasta se convirtió en uno con la luna, y había empezado a ver las cosas de otra manera (lo que antes era abajo ahora era arriba y lo que estaba bien tal vez estaba incorrecto), pero no era como si estuviera en etapa terminal.
Así que siguió con su plan de descubrir a la persona que grafiteaba la escuela y aquella noche al fin lo logró.
Era la 1:42 a.m. Era un miércoles (miércoles como la fecha en que rayó por primera vez, recordó Xingchen, y pensó que tal vez los miércoles eran su día de suerte). Alguien vestido todo de negro sacó su aerosol y Xingchen lo observó con culpa voyerista. No se le acercó de inmediato, él esperó a que terminara porque quería leer el mensaje, porque quería verlo haciéndolo, haciendo ese acto que todos habían estado repitiendo era horrible, ilegal, prohibido.
Se sintieron como horas, similar a ver una escena dramática de tu telenovela favorita en cámara lenta, pero en realidad tardó segundos, por supuesto que tenía el tiempo contado en caso de que alguien le atrapara. Ya estaba escapando de la zona cuando Xingchen decidió alzar la voz:
—¡Alto ahí!
Y seguro no fue la cosa más inteligente para decir porque esta persona le gritó mientras huía.
—¡Vete a la mierda! No me atraparás, ¡no voy a volver ahí! —Le arrojó la lata de aerosol y Xingchen ni siquiera registró el dolor en su frente donde quizá sí o quizá no dejaría un pequeño moretón.
—No, espera. No soy un policía. Sólo soy un chico regular —jadeó y trata de soltar la voz más tierna e inocente que poseía (esa que usaría para conseguir todo lo que deseara si fuera esa clase de sujeto).
Pareció que funcionó porque el artista callejero se detuvo.
Ahora estaban cara a cara, en teoría. Esta persona llevaba un pasamontañas. Era irreconocible —era también mucho más bajita que Xingchen—. Era de madrugada y no había ningún alma cerca, lo único que les iluminaba era un farol de luz blanca medio descompuesto que parpadeaba cada siete segundos. Xingchen sintió cómo se le puso la piel de gallina a pesar de que sabía que no era una persona peligrosa (¿realmente lo sabía o sólo estaba pecando de ingenuo? Bien podrían acuchillarlo y drenarle toda la sangre justo ahí y nadie se enteraría).
—Tú definitivamente no te ves como un chico regular. —Su tono era acusatorio pero en un sentido juguetón.
Xiao Xingchen bajó la mirada para auto inspeccionarse. Traía puesta su vestimenta escolar: La camisa blanca de manga larga y botones era obligatoria, la corbata opcional, y los pantalones negros a juego eran mero capricho.
—Sí, bueno, soy estudiante de esta escuela.
—¿Así que viniste a defender el honor de las paredes?
—No, en realidad vine porque quería conocerte —explicó y se sintió estúpido, como un groupie, diciéndolo en voz alta.
—¿Oh? —Era difícil leer su expresión debido al pasamontañas pero Xingchen pudo sentir cómo enarcó una ceja con interés.
—Soy yo quien te preguntó quién eras y cómo podíamos joder a la policía.
—Ah, eres ese. —Lo vio relajar su postura y Xingchen, al contrario, bien pudo estar temblando con la misma intensidad con la que su corazón latía.
—Sí. Soy un gran fan de tu trabajo.
La persona se burló, un deje de incredulidad adornó sus palabras.
—Gracias, lo haces parecer como si fuera un artista famoso.
—¡Lo eres! —Se apresuró a contestar/gritar Xingchen, y agregó—: Eres un artista de las paredes.
—Me gusta cómo suena eso. —Asintió con la cabeza, lento y degustando el nuevo sobrenombre adquirido. Entonces se interrumpió, dándose cuenta de algo—: ¿Así que tú simplemente te la pasaste espiándome detrás de un arbusto?
—Más o menos. —A pesar de que la verdad era vergonzosa, no había necesidad de mentir.
—Correcto…
Se hundieron en un silencio incómodo. Xingchen se regañó, con la vista fija en sus zapatos, y agradeció no haber optado por estudiar periodismo porque sería un pésimo entrevistador. Debió de haber planeado esto mejor, repasar la conversación en su cabeza, tener un par de preguntas bajo la manga, algo interesante para decir (¿aunque qué de interesante podría decirle un sujeto que planchaba su ropa por gusto y se levantaba temprano hasta en fines de semana, a alguien que amaba romper las reglas?)
—¿Y a qué debo el honor? —Fue el desconocido quien quebró el hielo, gracias a Dios.
—Yo… no lo sé. —Xingchen creyó que después de esto el otro chico se iría, lejos, y jamás volverían a cruzar caminos. No había nada que lo atara a ese lugar y Xingchen estaba demostrando sus pobres habilidades sociales. Pero este individuo sólo se quedó ahí, con los brazos cruzados, esperando nada en particular, como si no fueran casi las dos de la mañana de un maldito miércoles de luna creciente.
—Así que… ¿tienes nombre o prefieres que simplemente te llame el chico que raya las paredes? —Ese fue su pobre intento de salvar la conversación. Xingchen lo escuchó resoplar.
—¿Quieres mi nombre? Gánatelo.
…
La forma de ganárselo resultó ser comprándole un helado. Xingchen lo había invitado a la cafetería que quedaba a diez minutos de la universidad. Era un local pequeño con paredes blancas, un póster de dos zombis besándose, y muchos letreros neón, que presumía estar abierto 24/7. Xingchen jamás consideró que fuera un modelo de negocio del todo exitoso, sin embargo, sus compañeros de escuela y él solían visitar ese lugar desde que tenían diez años. Allí fue la fiesta de cumpleaños número doce de Wen Qing (en la que Nie Huaisang perdió un diente) y los rumores decían que Lan Wangji y Wei Wuxian tuvieron su primer beso en la mesa del fondo. Luego todos crecieron y dejaron de frecuentar aquel espacio, reemplazándolo por salas de cine, mesas de billar que olían a tabaco y fiestas en casas ajenas.
Estaba sonando una canción, lejana, de la estación de radio que siempre pasaba rock. El pasamontañas se había ido y ahora Xingchen trataba de observarlo estilo casual. Jamás quiso ponerle un rostro ni género a esta persona así que no sabría decir si se parecía al sujeto amorfo con el que tantas veces soñó despierto, pero no iba a negar que era lindo. Tenía un piercing septum donde le cabía toda su actitud rebelde, y su cabello largo, oscuro como el aerosol con el que siempre pintaba paredes, estaban provocando que su pie se moviera de arriba abajo, de arriba abajo, y sus mejillas se sonrojaran.
Él no asistía a su universidad, concluyó, porque era bueno recordando gente y el individuo que tenía enfrente no se veía como alguien que hubiera observado antes.
—Soy Xiao Xingchen, por cierto. —Se presentó, poniendo el ejemplo, mientras esperaban a que el mesero llevara sus órdenes.
—Xue Yang —respondió, y aunque no sabía si era verídico, el nombre se le quedó grabado como un primer tatuaje.
El mesero dejó los vasos en la mesa y no parecía tener ningún interés en dos muchachos consumiendo edulcorantes en la madrugada. Xue Yang pidió un sabor de helado con leche de avena y nombre gracioso (el más dulce de todo el menú), Xingchen un té de árnica.
Era una escena surreal. Xue Yang lamía su postre, disfrutándolo tanto que era por cerca obsceno. La bebida de Xingchen se enfriaba mientras pensaba en un millón de cosas por decir y que al final no dijo nada.
Había un locutor (Xingchen no estaba consciente de que hubiera locutores en la madrugada), que les mandó saludos a todos los cuerpos que seguían despiertos, a los trabajadores nocturnos, a los que sufrían de insomnio y a los que lo gozaban. Sólo entonces Xingchen registró que no sentía ni una pizca de sueño.
Xue Yang no hablaba mucho y las pocas cosas que decía eran sarcásticas. Eso estaba bien, Xingchen no esperaba que le contara su historia de vida de inmediato, tampoco planeaba preguntarle en su primera cita —sí, Xingchen acababa de llamarlo cita— por qué rayaba paredes. Sin embargo, cuando ya estaba por acabarse su taza de té, se le escapó un:
—Te extrañé.
—¿Qué? —Lo vio alzar una ceja. Su postura se volvió más tensa, haciéndose pequeño en su asiento, demostrando la desconfianza que posiblemente sentía al estar cenando con un completo desconocido que lo había atrapado en la escena del crimen minutos antes.
—Todos los días que llegaba a la escuela y no veía ningún mensaje tuyo. Los extrañaba. —Eso sonó muy cursi y Xingchen quería morderse la lengua y esconderse debajo de la mesa y no salir jamás. Xue Yang no le prestó mucha atención, estaba demasiado concentrado en su segundo helado (la velocidad con la que consumía postres era sorprendente), con extra chispas de colores y sabor choco-vainilla con banana.
Pasaron unos segundos antes de que el chico vestido de negro se decidiera a darle una respuesta:
—Sí, a veces me quedo sin dinero para comprar aerosol. O no tengo tiempo para ir a rayar paredes. Tú sabes cómo es la vida. —Se encogió de hombros y ahora lucía un poquito más cómodo. El mesero estaba limpiando los baños, afuera era un desierto, no había contaminación acústica ni grillos que alegraran la noche con sus cantos. Estaban ellos dos solos en su propio universo.
—Oh, entiendo —mintió, porque en efecto no entendía una mierda. Ellos parecían llevar vidas opuestas, y aun así —o quizá, justo por eso— Xingchen deseaba tanto conocerlo.
Xue Yang estaba terminándose su segundo helado y bien podría pedir un tercero, o bien podría irse justo después. Xiao Xingchen no pensaba correr el riesgo y soltó un comentario tonto (porque un comentario tonto era mejor que ningún comentario, al menos en esa ocasión).
—Así que… ¿De dónde sacas tus frases? ¿Consignas punk para rayar en paredes?
Xue Yang le dio una media sonrisa, una burlona, pero sonrisa a fin de cuentas. Xingchen se sintió débil (le echó la culpa a su privación de sueño) y concluyó que todas las cosas geniales pasaban de noche.
—Casi. De Cuentos anarquistas para dormir.
Xingchen se río y Xue Yang también aunque en realidad no había sido para nada gracioso. Lo que sí resultaba gracioso era haber terminado invitándole un helado al que podría ser el criminal más buscado por la junta directiva de la escuela.
Cuando la madrugada se volvió más amanecer que noche, Xingchen pagó y dejó una generosa propina porque trabajar a esas horas debía de ser una verdadera mierda.
Afuera de la cafetería se despidieron. Xingchen aún tenía que volver a casa y luego ir a la universidad. Xue Yang… bueno, Xingchen no sabía cuáles eran sus planes, no sabía si estudiaba, si trabajaba, si pasaba sus días en la calle tratando de ganarse la vida con una guitarra (Xue Yang no había mencionado nada sobre una guitarra, pero Xingchen imaginó que el papel podría quedarle).
—¿Nos volveremos a ver?
—Por supuesto, cuando vuelva a grafitear las paredes de tu horrenda escuela. —Xue Yang le sonrío de lado y se marchó, dejando a un Xingchen desvelado y flotando en una atmósfera de helados dulces y semi-desobediencia noctívaga.
…
Llegó a la universidad y contempló la fachada con un aroma a nostalgia. El último grafiti que pintó (el mismo que pudo ver en vivo), rezaba: La rebeldía es la vida; la sumisión es la muerte. El aerosol negro opacaba por completo el color marfil de las paredes (aún nadie se había molestado en limpiarlas) y Xingchen pensó que la escuela nunca se había visto tan bonita.
…
Era viernes, Xiao Xingchen por fin había dormido, sintiéndose como una nueva versión de él mismo, mucho más agradable y feliz. Estaba despidiéndose de sus amistades, con la melancolía que significaba que no los vería hasta el lunes, que le esperaba un fin de semana aburrido en casa, encerrado en su habitación, haciendo nada más que los deberes. Pensó que tal vez podría pasar por el refugio de perros para llevarles alimento —hace tiempo que no se daba una vuelta—, cuando lo vio a él.
Xue Yang estaba frente al edificio, observando sus propios grafitis, similar al asesino que regresaba al lugar del crimen. Xiao Xingchen abrió los ojos como si estuviera viendo un espejismo.
—Oye, tú —dijo finalmente Xue Yang, sus manos metidas en los bolsillos de su gastado pantalón cargo. Llevaba puesto un gorro tipo beanie. Era la segunda vez que se encontraban y la primera que lo hacían bajo la luz del sol. Ahora podía estudiar los rasgos de Xue Yang con mayor claridad. Su mandíbula bien definida, sus cejas más gruesas que el promedio, y sus labios delgados de un rosa pálido.
—Hola, qué agradable sorpresa encontrarte aquí. —Y lo era.
Xue Yang se encogió de hombros.
—Sólo pasaba para asegurarme de que mis obras maestras siguieran intactas.
—Por fortuna lo están. —Xiao Xingchen le dio una sonrisa y luego de un silencio incómodo ambos acordaron ir a comer pizza vegetariana al lugar que tenía las papas fritas al 2x1.
Xingchen no estaba seguro de por qué volvió, por qué le estaba dirigiendo la palabra, por qué parecían estar iniciando una amistad. Xingchen no pensaba preguntar.
Tuvieron una grata velada. Xiao Xingchen estaba menos nervioso y más entusiasmado así que la conversación fluyó y las bromas se dispararon. Contaron un par de historias personales (no de las trágicas, sino de las graciosas, las banales que no revelaban información comprometedora), Xue Yang, con un ceño fruncido, se quejó/le habló de las mil y cinco injusticias que azotaban este mundo. Xingchen dejó que Xue Yang se comiera la última rebanada de pizza.
Más tarde pasaron al refugio de perros (y gatos, al parecer ahora también rescataban gatos) y Xue Yang se encariñó de inmediato con un gatito negro.
—Me gustan los gatos. Algunas personas estúpidas dicen que son malvados o egoístas, pero sólo son animales que aman dormir, comer, y tienen espíritus libres e independientes, que demuestran su cariño de forma diferente.
—Y son lindos —agregó Xingchen mientras acariciaba una gata carey que ronroneaba sin descanso. A Xingchen iba a dolerle mucho cuando se marcharan y los animales se quedaran ahí, en jaulas, aguardando ser adoptados sin saber cuándo.
—Sí, eso también.
Se despidieron a las 8:53 p.m. Xingchen pensó que no le importaría convertir esto en su rutina, pasar el rato con él, reírse en voz alta de sus bromas —eran buenas, eran simples, a veces un poquito crueles—, hablarle sobre las pequeñas cosas que hacía en la universidad y que a nadie le importaban; pero Xue Yang no parecía ser un chico que siguiera hábitos así que no fijaron ninguna fecha ni hora para volver a verse, a Xingchen sólo le quedó esperar que fuera pronto.
…
La semana inició y un nuevo grafiti hizo acto de presencia: Otro mundo es posible.
Esa tarde Xue Yang fue de nuevo por él a la salida, cuando el resto de sus compañeros se habían ido, ahora con su bicicleta decorada con miles de pegatinas (había mencionado algo sobre ¡muerte a los coches!, y la contaminación que provocaban, y cómo no podía permitirse uno de todos modos, maldita economía), y juntos fueron al parque que parecía tener más basura que árboles.
Estar con Xue Yang era extraño, era diferente de una buena manera. Era ver una película navideña en una calurosa tarde de verano, era ganar la lotería sin haber comprado un boleto.
Él no era como nadie que hubiera conocido. El pensamiento de que se parecía a un personaje irreverente de caricatura le cruzó por la cabeza. O quizá era como un protagonista de una novela juvenil (si las novelas juveniles estuvieran empeñadas en criticar el capitalismo), una romántica, una cliché (a Xingchen le gustaban las cosas cliché).
Se acostaron en el césped y trataron de jugar a encontrarle formas a las nubes pero Xue Yang no tenía la paciencia para eso así que empezaron a vagar, dando vueltas.
Xue Yang caminaba muy rápido, algunas veces sospechaba que nunca lo iba a alcanzar. Xiao Xingchen, mientras lo veía riendo y corriendo, el no-me-importa-una-mierda bombeando por sus venas, por un momento se encontró cansado, obsoleto. Alguien de su edad no debería sentirse así de viejo, él lo sabía, no obstante, era una sensación que lo acompañaba desde siempre. Desde que sus papás fallecieron y tuvo que quedarse al cuidado de un tío irresponsable que prefería las cervezas en vez de las sopas de verduras. Desde que se quedó con sus libros y sus tazas de té y rechazó la mayoría de las fiestas con amigos y las bebidas alcohólicas.
—…Y así fue como me arrestaron por primera vez.
Cuando estaba al lado de Xue Yang, sus inseguridades, su aburrimiento, sus zapatos lustrados, quedaban de lado. Allí todo era juventud y vida y tomar riesgos.
…
Xingchen había enterrado al chico que sacaba sólo cien. A sus compañeros pareció escandalizarles más que a él y se consoló con que al menos ya no tenía un tío al cual decepcionar.
No era desobediente, no iba en contra de la ley, no se había perforado la nariz —aunque la idea la había contemplado—. Había encontrado otros pasatiempos. Ahora tenía mejores libros que leer, un par de ojos afilados en los que pensar.
—Yo también quiero un mundo nuevo, quiero libertad y justicia, lo entiendo… pero alguien debería de limpiar estas paredes —mencionó Song Lan en una mañana húmeda. Las nubes en el cielo gris trataban de imitar el humo de una fábrica. Los dos amigos estaban parados en la entrada del edificio, con un Nie Huaisang, que, en medio de ellos, se veía mucho más bajito de lo que en realidad era.
—No lo sé, como que me gustan más así —admitió Nie Huaisang, inocente y simple, rascándose la barbilla. A Xiao Xingchen siempre le agradó Nie Huaisang.
…
Era viernes por la noche. Xue Yang lo invitó a una reunión en un basurero, lo cual sonaba más genial que asqueroso. Un par de sus amigos iban a juntarse, comerían algo, y recaudarán víveres para un campamento de refugiados.
Xingchen iba siempre con su uniforme planchado de camisa blanca, Xue Yang vestido de negro, lo cual era una decisión tanto de moda como política.
No había suficiente gente como para llamarlo una fiesta. Hacía frío e iniciaron una fogata y la gente cantó, sin pena, la alegría se les escapaba de la garganta. Las sombras se reflejaron en la pared de ladrillos con distintas tonalidades de naranja y marrón, creando un interesante espectáculo.
Xue Yang, quien estaba al tanto de lo tímido que podía llegar a ser Xingchen —y quien tampoco era la persona más social del planeta—, no se separó de él en toda la velada.
Le presentó a sus amigos y a Xingchen se le quedaron guardados todos los nombres. Ellos eran amables y debatían sobre cosas inteligentes (esa inteligencia lejana de la academia, que no necesitaba de palabras rebuscadas ni referencias en formato APA para justificarse), algunos con un cigarrillo herbal en la mano (Xingchen suprimió las ganas de tomar apuntes de lo que decían) y luego soltaban uno o dos chistes, Xingchen riéndose bajito.
—Me gusta tu vestuario —comentó A-Qing, la menor del grupo. Era una chica divertida y curiosa, de apariencia ruda, peinado original, quien había mostrado especial interés en Xingchen desde que llegó. Llevaba sus ojos maquillados con brillantina morada.
—Gracias, en realidad es sólo mi uniforme —contestó Xingchen, sin saber si estaba siendo sarcástica o no.
—Oh, ¿así que eres uno de esos universitarios?
—Sí, estudio en la universidad pública del estado —respondió. Los tres estaban sentados en botes de basura volteados. Xingchen en medio y Xue Yang a su izquierda. Podía sentir su mirada ocasional.
—¿El lugar favorito de Xue Yang para grafitear?
—El mismo.
—Ah. —Fue lo único que ofreció A-Qing, y cuando parecía que no iba a decir nada más, agregó—: No me gusta la escuela.
Xue Yang levantó su bebida (algo sin alcohol y de colores, con mucha azúcar) en su dirección y lo tomó como su señal para entrar en la plática:
—Concuerdo con A-Qing en esto. La escuela no es para mí. Está llena de idiotas. Los maestros se creen los poseedores de la verdad absoluta. Te enseñan una mierda o dos sobre negocios para que puedas seguir sirviéndole al Estado y al final terminas siendo una máquina de producción, compitiendo con el resto de tus compañeros para ver quién gana más o quién es el que no se muere de hambre. —Lo dijo sin vacilar, semejante a un discurso que llevaba tiempo guardado en su mente.
—Entiendo que hay materias cuyo propósito es alentarnos a que sigamos participando en la economía, pero en la universidad hay profesores diferentes, profesores buenos, que te invitan a pensar y cuestionarte las cosas. Además, la educación es necesaria, es la forma en la que podemos cambiar al mundo —respondió Xingchen, con toda la seguridad, aunque tardando un par de segundos en encontrar las palabras adecuadas. No creía en esa estupidez de «estudia para que seas alguien en la vida». Sí creía que el objetivo de tener una profesión era que con ella podías ayudar a la humanidad.
—Sí, pero la educación no tienes que obtenerla de un aula de clases con alguien al frente que te diga qué pensar y te deje estúpidas tareas que no sirven para nada, con un horario y un uniforme obligatorios. Seamos honestos, en esa institución desde pequeños se nos enseña a obedecer, a guardar silencio, a leer los mismos libros, a memorizar cosas sin sentido. A todos se les evalúa de manera estandarizada cuando es obvio que tenemos habilidades distintas. Y entonces la gente termina esforzándose por una tonta calificación bajo la excusa de que así tendrán un mejor futuro, cuando un título ni siquiera es garantía de ello. —Xue Yang contraatacó y Xingchen no era una persona empeñada en tener siempre la razón, así que absorbió lo que le dijeron y lo combinó con sus convicciones previas.
Justo terminaba una canción. Era música alegre, extraña, que Xingchen no conocía pero le agradó porque no estaba tan alta como para tener que gritar para ser escuchado. La mayoría estaba bailando y divirtiéndose alrededor de la fogata. Se veían tan independientes, almas que nunca se apagaban. Era un cuadro hermoso, como un aquelarre. Xingchen lamentó no tener una cámara en ese instante para inmortalizar el momento, aunque nunca fue un buen fotógrafo de cualquier manera.
Xingchen tampoco bailaba —usualmente—, pero lo hizo cuando Xue Yang lo invitó. Podría ser una especie de tregua, excepto que Xiao Xingchen no consideraba sus debates con Xue Yang como peleas.
Se pararon de sus asientos improvisados y se sacudieron la tierra. Con sus cuerpos juntos fue más notaria la diferencia de estatura. Xue Yang era el experto, más o menos, y Xiao Xingchen le siguió el ritmo, con cuidado de no pisarlo, y se perdió en esas manos que eran frías como la Antártida y su media sonrisa que era calurosa como el Sahara. El suelo parecía evaporarse con cada paso que daban.
La reunión murió minutos después con el sonido de una patrulla que se acercaba.
…
Borrón y cuenta nueva, dijo la escuela. Habían purgado las paredes y le entregaron sin querer un lienzo en blanco a Xue Yang.
Song Lan estaba feliz —por dentro— y Xiao Xingchen se sintió bien por su amigo, a pesar de que extrañaría los viejos mensajes de Xue Yang.
En la clase de Ética —la preferida de Xiao Xingchen— la maestra apuntó en el pizarrón ¿Cómo se mide la pobreza? Y ese fue el prólogo de una sesión que Xingchen escuchó con mucha atención. Hubo un par de comentarios, unos para cuestionar, otros para demostrar su desacuerdo. Xingchen alzó la mano una vez y la maestra agradeció su participación. A Xingchen le gustaba esa materia porque la profesora les hablaba de cosas que de verdad importaban, y no de una forma soberbia como algunos de sus colegas. Además, era el tipo de maestra que no querías ver enojada, créeme, así que los alumnos guardaban silencio y se ahorraban sus comentarios “graciosos” fuera de lugar.
—Zichen —llamó a su amigo cuando la clase terminó, dejándolo con un sabor amargo—, ¿crees que vivimos en un mundo justo?
—No —respondió Song Lan, quien también se veía afectado y abatido por las palabras de la maestra.
—¿Y qué podemos hacer para cambiarlo?
—No lo sé —dijo después de pensarlo por un rato. Xingchen lo acompañó en su desconocimiento. Aunque ese parecía ser un problema común: la gente no estaba satisfecha, la gente sabía que las cosas estaban mal, pero sólo pocos se atrevían a hacer algo o a buscar una solución.
…
Regresaron a la famosa cafetería 24/7 donde comieron la madrugada que cruzaron caminos por primera vez, sólo que ahora en un horario mucho más aceptable —y concurrido— para estar comprando té y helado.
Xue Yang le afirmó que la colecta de víveres fue un éxito y le agradeció su ayuda. También le enseñó el nuevo piercing que el primo de un amigo le hizo para practicar: estaba en el centro de su lengua y tenía que hacer una mueca para dejarlo a la vista. Xingchen lo contempló casi hipnotizado más tiempo del que debería. Recordó que una vez leyó en una revista juvenil que el piercing del ombligo y el de la lengua eran las perforaciones más sexis, y bueno… ¿quién era Xingchen para contradecirlo?
—Y el tipo dijo que comiera cosas blandas. Lo que se traduce como… helado —finalizó Xue Yang con una sonrisa infantil. Xingchen lo miró con cariño y pensó en preguntarle si planeaba comer helado toda la semana, aunque en el fondo sabía que Xue Yang sí era capaz de hacerlo—. También dijo que nada de besos por un rato, lo cual es una pena. —Había algo en la forma en la que sus cejas se movieron, traviesas, cuando lo dijo, y sus ojos oscuros que se clavaron en el rostro de Xingchen. No pudo evitar el calor que se extendió por su cuello y tal vez sólo se estaba poniendo nervioso por algo mínimo, leyendo señales donde no había nada. Tal vez…
El mesero les entregó sus órdenes y con ello su pequeño momento terminó. Xue Yang cambió de tema:
—A A-Qing le caíste bien, por cierto, y a ella no le cae bien cualquiera.
—¿De verdad? —cuestionó ingenuo. Por supuesto que recordaba a A-Qing. Aquella noche ella le hizo muchas preguntas y, a cambio, fiel defensora de la reciprocidad, también le compartió un montón de detalles sobre su vida, las cosas que disfrutaba hacer como ir al cine y robar billeteras.
—Sí, ni siquiera yo le caigo tan bien —dijo con un bufido mientras disfrutaba su helado.
Xiao Xingchen le sonrío y le dio un sorbo a su té. Xue Yang siempre se quejaba de que el té era para gente mayor, una bebida aburrida (al parecer la comida podía ser divertida) que sabía a agua contaminada. Sin embargo, a Xingchen le gustaba. Le gustaba la sensación cálida y reconfortante que sólo una taza humeante podía ofrecer.
—Oye —Le llamó Xue Yang—, ya conociste a mis amigos. ¿Cuándo conoceré a los tuyos?
El póster de dos zombis en la opaca pared blanca se volvió el objeto más interesante del planeta y Xingchen tuvo que pensar la respuesta. Todo este tiempo habían estado encontrándose “a escondidas”, en horarios después de clases. Sus compañeros ignoraban por completo la existencia de Xue Yang y Xiao Xingchen no estaba seguro de por qué había mantenido esta relación oculta.
Dentro de él se produjo una batalla entre su parte egoísta, la ligeramente posesiva que no le mostraba al mundo porque, bueno, estaba mal y esas cosas. La parte que le dijo que Xue Yang era un ser humano increíble (y encontrar seres humanos increíbles en una ciudad como esta era por poco un milagro) y que no sería muy fanático de compartirlo. Su otra parte —la correcta— lo regañó y le afirmó que el mundo sería un mejor lugar si todos tuvieran un poco de la desobediencia de Xue Yang en sus vidas.
—No lo sé —respondió, jugando la carta del titubeo—, ¿pronto?
—¿Oh? ¿No quieres que tus amigos sepan de mí? ¿Es este nuestro pequeño secreto? —Lo que debería ser una acusación sonó más a una broma.
Xiao Xingchen no buscaba que Xue Yang creyera que estaba avergonzado de él o conceptos similares, así que elaboró su respuesta:
—Es sólo que… Probablemente te entregarían al director de la universidad. Quiero decir, no todos…
—Entiendo. Bastante justo —concedió, concluyendo el asunto y relajó su cuerpo (aún más) en la silla. Luego de examinarlo durante un par de segundos, soltó—: Es tan raro verte sin tu uniforme.
Esta vez se habían visto más tarde de lo usual y le había dado tiempo a Xingchen de cambiar su típica vestimenta escolar por ropa “normal”. Llevaba un suéter cuello de tortuga color lila y pantalones blancos que la mayoría de las personas odiaban porque se ensuciaban con excesiva facilidad.
—¿Raro bueno?
—Es la única clase de raro que conozco.
—¿Te gusta? —preguntó, jugueteando con sus propias manos, sin atreverse a levantar la mirada.
—Tanto como me gustan las cosas dulces. —Y Xue Yang se terminó de comer su helado con una media sonrisa, pausado y con calma, como para remarcar su punto.
Cuando estaban por irse, Xingchen reparó en una mancha de comida que se había quedado en la comisura de los labios de Xue Yang. Sin aviso previo se acercó y lo limpió con la manga de un suéter de segunda mano.
…
Espero que un día te animes a destruirlo todo.
Fue el mensaje con el que estrenó los muros recién pintados. Xingchen le sonrío y dijo, en voz alta, para que aquellos que pasaran por la entrada de la universidad fueran testigos (que más que testigos, eran personas que miraban raro al chico que le hablaba a las paredes):
—Yo también.
No había vuelto a verlo grafitear en vivo desde la madrugada en que se conocieron. Eso estaba bien para Xingchen. Así las notas de aerosol se convertían en una sorpresa de las mañanas escolares. Y aunque los mensajes no estaban dirigidos en exclusiva a él, le gustaba creer que al menos pensaba, en medio de la adrenalina, el olor a pintura, y el temor por ser atrapado, por un instante, en Xingchen cuando los escribía.
…
La casa de Xingchen no estaba entre sus lugares favoritos. Xue Yang era un hombre enamorado de las calles y las maravillas que tenían para ofrecer los muros de concreto. Sin embargo, era una tarde fría, nublada. Incluso los insumisos debían descansar y tomar una siesta de vez en cuando.
Habían sido días ocupados. Xingchen tenía un montón de proyectos de la universidad y ahora también había empezado a trabajar. El dinero en la cuenta del banco se estaba agotando, y a pesar de que una tía lejana le mandaba dinero cada mes, pronto no sería suficiente para pagar las cuentas. Había escuchado en la radio que aumentarían los costos de los servicios básicos (y por consecuente todo subiría, menos los salarios).
Así que Xue Yang y él laboraban por las tardes. Xue Yang le había enseñado a reparar y vender cosas. No eran malos oficios, y hacerlo al lado de él lo volvía todo más ameno. Por supuesto, entre trabajar, estudiar, estar pensando en Xue Yang y su bonita sonrisa, y realizar los quehaceres de la casa, al final quedaba agotado.
Ambos se encontraban en la cama tamaño matrimonial. Había suficiente espacio para dos personas y pese a eso Xue Yang se acercó lo necesario como para que Xiao Xingchen pudiera inhalar su esencia (dulce, por supuesto) y escuchar con claridad su respiración, la cual mantenía un ritmo casi tranquilizador, que se fundía con la propia de Xingchen, creando una melodía suave indicadora de que pronto estarían en el mundo de los sueños.
Xiao Xingchen consideraba que poco a poco habían logrado derrumbar sus respectivas barreras. No siempre hablaban de temas serios (aunque la filosofía de vida de Xue Yang se le escapaba hasta en la forma de caminar), a veces ni siquiera conversaban y sólo hallaban comodidad en un silencio que se extendía.
Como aquel día, que dejaron caer sus párpados, se sacudieron las preocupaciones terrenales y durmieron sin poner una alarma —y un acto tan ínfimo como ese les supo a gloria—.
Xue Yang no tenía familia, vivía con un amigo, y antes de eso pasaba las noches en un refugio. No pertenecía a ninguna parte, o al menos eso había dicho. No existía nadie que lo esperara en casa para cenar o que lo reprendiera por llegar tarde. Xingchen entendía el sentimiento.
…
—Una cita en el cementerio, eso es tan oscuro. ¡Me encanta! ¿A quién estamos visitando?
Era fin de semana. Xiao Xingchen lo había invitado al panteón que quedaba al norte de la ciudad. Se trataba de un espacio tan grande como descuidado. Subieron una colina de maleza y pasaron por un montón de tumbas adornadas con flores marchitas y rehiletes clavados en la tierra que se esmeraban por darle vida a ese lugar.
—Mis padres —respondió Xingchen cuando llegaron a donde estaban enterrados—. Acostumbro a venir todos los años.
—Mierda, lo siento. ¿Los extrañas mucho? —Pudo ser una pregunta tonta, excepto que la respuesta no era la obvia.
—Ni siquiera los recuerdo. —Xue Yang asintió y se quedó a su lado sin decir palabra. Él no recordaba a sus padres, pero recordaba el ruido del teléfono y las luces de la patrulla, o quizá eran de la ambulancia. No recordaba el sonido de sus voces, pero recordaba a la perfección el tono de misericordia mezclado con incomodidad con el que su tío le dijo que sus padres habían fallecido, que sufrieron un accidente automovilístico del que no pudieron salvarse y que ya no iban a regresar.
Las lápidas con un epitafio genérico que no decía nada sobre sus padres, sobre las personas que eran, se habían roto y sabía que nadie iba a molestarse en repararlas.
Xue Yang le tomó de la mano. Un gesto gentil, más o menos cohibido, como si dudara en hacerlo porque no sabía cómo iba a reaccionar Xingchen. Vestía de negro, lo cual era usual, y ahora la frase «vestido para un funeral» era casi apropiada. El viento soplaba fuerte, haciendo girar infinitamente los rehiletes.
Él se veía bien de negro, reflexionó observando su gabardina barata de hilos sueltos y manchas que el tiempo había dejado. Sus manos eran suaves y Xingchen tenía miedo de que le sudaran las suyas a pesar del clima frío.
Sí, estaban en un cementerio y todo en lo que podía pensar (o todo en lo que quería pensar) era en Xue Yang. En la lengua de Xue Yang. En el piercing en medio de la lengua de Xue Yang. Porque pensar en él era mejor que preguntarse dónde estaban las almas de sus padres, si se sentirían orgullosos de la persona que era Xiao Xingchen, qué tan distinta hubiera sido su vida si no hubiesen muerto...
Se fueron al cabo de unos minutos. Nunca había demasiadas actividades para hacer en un panteón a menos que te dedicaras a leer epitafios o a robar tumbas (lo cual no era el caso).
Xue Yang lo invitó a cenar y terminaron comiendo pizza grasienta de queso de papa sentados en la acera. Pasaron la velada entre chistes e historias trágicas. Xue Yang le contó cómo perdió su meñique: él era un niño pequeño, huérfano, hambriento que se vio obligado a tener que trabajar para sobrevivir. El otro era un maldito burgués que contrataba mano barata para su fábrica (¿y qué era más barato que niños muriéndose de hambre?).
Un montón de maquinaria y explotación infantil sin supervisión de un adulto se convirtieron durante una mañana de mayo en un accidente catastrófico (para Xue Yang, para su jefe tan sólo fueron gajes del oficio ¿y qué se le va a hacer? Que contrataran a otro niño y ya está).
La mirada de Xingchen se dirigió sin poder evitarlo a su dedo. Un dedo que la vida de mierda le había quitado. No, no la vida. Un hombre. Un hombre inhumano poseedor de bastante dinero y mirada altanera que no le importó en lo más mínimo la sangre que se unía con las lágrimas derramadas en el piso gris de su edificio, la herida infectada y el poco corazón que le quedaba y que se le iba partiendo en pedazos a un pobre infante.
—Así que sin dedo, sin indemnización. ¿Qué iba a saber yo sobre demandas, sobre derechos laborales, derechos humanos incluso? Traté de buscarlo ya que crecí. Quería vengarme, no era justo que siguiera haciendo eso con niños. Pero el maldito es imposible de rastrear, nunca usó su nombre real. —Hubo una pausa, se escucharon gatos maullando en la lejanía—. ¿Sabes qué? a la mierda con él, a la mierda con ellos.
—A la mierda con ellos —concordó Xiao Xingchen, saboreando cada sílaba. Y ahora fue su turno de tomarlo de la mano. Sintió sus ojos llorosos a pesar de que no fue él quien perdió un dedo.
El día se volvió noche. Se podían contemplar las solitarias dos, tres estrellas que adornaban el firmamento. Parecía ser una de esas ocasiones especiales en las que ambos se desprendían de la vergüenza, timidez, o cualquiera que fuera esa sensación en la garganta que producía que los humanos, especie siempre tan complicada, no pudieran decir en voz alta todo lo que estaban pensando. Así que Xingchen aprovechó para preguntar:
—¿Por qué, de todos los lugares de la ciudad, decidiste grafitear en la universidad?
—No todo en esta vida tiene un porqué —respondió con una simpleza característica y Xingchen, que pensó en las mil cosas a las que no podía encontrarles una explicación, tomó el comentario como verdadero.
—Ya veo…
—Sin embargo, escogí tu escuela porque tu director es una mierda —agregó, y entonces el director se sumó a la lista interminable de personas infames. No le sorprendía, aunque decidió indagar:
—¿Lo es?
—Sí. Hace tiempo me enteré de que se robó parte de los recursos destinados a la universidad para comprarse una nueva casa o algo.
—¿¡Es en serio?! ¿Pero cómo fue eso posible? ¿Cómo el gobierno lo permitió? Jamás vi que anunciaran esto en las noticias o se hablara de ello.
—Bueno, los políticos son iguales, son corruptos y la TV miente. Bienvenido al mundo real.
Ahora que lo mencionaba, tenía sentido. Recordó los baños de la universidad donde a veces el jabón y el papel escaseaban. Alguna vez escuchó a dos de sus profesores quejarse sobre el atraso de sus pagos y cómo la junta prometió nuevo equipo que nunca llegó.
—Apesta.
…
Song Lan era un tipo apuesto, incluso con sus cejas casi juntas por la molestia y las tres arrugas en su frente.
—Me pregunto cuándo va a parar este delincuente. Estoy cansado de ver las paredes rayadas.
Era la hora del almuerzo y estaban en la cafetería interna porque el clima afuera no era el más agradable.
—Él no es un delincuente. Ni siquiera es una mala persona —contestó Xingchen en automático. Song Lan se le quedó observando perplejo con la cuchara a mitad del camino de su boca.
—¿Él? ¿Lo conoces?
Xiao Xingchen suspiró, sabía que ya no había marcha atrás y quizá era hora de sincerarse.
—Sí, es mi amigo.
Le dio un sorbo a su jugo mientras Song Lan enarcó una ceja. Sabía que contenía un montón de preguntas aunque era probable que no exigiera ninguna explicación. En cambio, después de un silencio que se prolongó más de lo usual, dijo:
—Xingchen… ¿te hiciste amigo del delincuente? Porque si es así, tienes que notificarle a la junta, para que puedan procesarlo debidamente.
—¿Qué?
—No puede seguir grafiteando paredes como si nada. Existen reglas, Xingchen. —Su tono era calmado pero eso no hizo nada por tranquilizar la indignación de Xingchen.
Pensó en la risa de Xue Yang, tan contagiosa como poderosa. Pensó también en su dedo perdido. Él no era un muchacho enfadado que grafiteaba la universidad pública sólo porque sí, él quería cambiar al mundo, cambiarlo para bien. Xue Yang era un chico con un pasado lo suficientemente mierda que convertiría a cualquiera, y con justa razón, en el peor de los villanos. Pero no. Contrario a lo que los directivos de la universidad querían hacerles creer, pintar paredes no contaba como un acto pernicioso que te compraba un boleto directo al infierno.
Ya había pasado su época ideal de rebeldía: la adolescencia (de acuerdo con las películas que transmitían por televisión abierta y que veía con sus amigos), el período en el que tenía permitido llorar, gritar, y ser un idiota más de lo normal, pero si algo le había enseñado Xue Yang fue que nunca era demasiado tarde como para querer mandarlo todo a la mierda. Y Xingchen ni una sola vez le había levantado la voz a su amigo (ni a nadie). Pero Xingchen estaba un poquito cansado de seguir haciendo todo igual, todo lo que siempre le decían, así que resopló y lo que externó a continuación sorprendió a todos los presentes y hasta a él mismo:
—Por favor, ¿realmente vamos a defender paredes mientras la gente es asesinada en las calles, los medios de comunicación mienten, la universidad desvía recursos, y el gobierno encubre? Empecemos a ser empáticos, para variar. Abramos los ojos y luchemos por problemas reales, por cosas vivas, que nos perjudican y nos duelen a nosotros y a otros. Preocupémonos por eso y no por un estúpido muro cuyo valor es nulo. —Su voz, aunque temblorosa, se alzó más de lo esperado, incluso él se puso de pie y en algún punto dejó de dirigirse a Song Lang para hablarle al público en general.
La cafetería lo miró con una mezcla entre diversión y extrañeza. La sala se había hundido en un silencio mortal y lo único que se oyó al cabo de un par de segundos, fueron los aplausos, solitarios y medio tristes (pero reales a fin de cuentas) de Luo Qingyang y Wei Wuxian.
—¡Eso, bien, Xingchen! —gritó Wei Wuxian, animándolo, y Xiao Xingchen salió por las enormes puertas azules, hacia el pasillo vacío de la universidad y se recargó en una de las paredes, recuperando el aliento.
Su mirada estaba fija en el techo, su rostro rojo por la vergüenza y su corazón acelerado. Sin embargo, no se arrepentía de nada.
Escuchó unos pasos que se acercaban y supuso que se trataba de Song Lan, pero se asombró al encontrarse con el rostro de Luo Qingyang, o Mianmian, como era conocida por la mayoría. Ellos no habían hablado mucho y lo poco que sabía de ella era que le gustaba fumar mentolados tanto como le gustaba besar chicas.
—Realmente disfruté tu monólogo improvisado.
—Gracias, creo que fuiste la única.
Mianmian le dio una sonrisa, no de lástima, sino medio divertida, que parecía decir «eres un desastre pero no te estoy juzgando». Al contrario, fue en los ojos de aquella compañera lejana, donde logró encontrar una chispa de entendimiento.
Se quedaron hablando, de la escuela, y ahí saltaron a charlar sobre la televisión, las celebridades, y ella le preguntó su signo zodiacal, hasta que inició su próxima clase.
…
Xue Yang se rio, con esa carcajada semi-histérica que poseía y hacía eco en la mente de Xingchen.
—Mierda, me hubiera gustado estar ahí.
—No fue tan bonito. Ahora todos piensan que estoy loco.
—Antes loco que indiferente —dijo, limpiándose una diminuta lágrima traicionera de diversión.
Xue Yang estaba feliz, por consiguiente, Xiao Xingchen también lo estaba. Era así de simple.
Él le comentó que un buen discurso político catalizaba una buena revolución. Xiao Xingchen ni siquiera llamaría “discurso” a su patética escena en la cafetería, pero no iba a ser él quien le matara la emoción.
Esa misma tarde fueron a la imprenta local y crearon un montón de carteles fotocopiados en hojas fucsia con consignas subversivas. Y fue así como empezó su movimiento social de dos.
…
Xue Yang pegó propaganda afuera de la universidad e incluso trató de conversar con el alumnado. Pero ellos siempre pasaban de largo, demasiado ocupados con la tarea o enfermos de desinterés. Y él era apasionando, con un temperamento fuerte aunque limitada tolerancia a la frustración, por lo que cuando alguien se acercaba con intención de burlarse o atacar, Xue Yang reaccionaba a la defensiva, más que listo para iniciar una pelea física a la mínima provocación, que sólo era interrumpida por Xiao Xingchen, quien se convirtió en un Guardián de la Paz (a pesar de las quejas de Xue Yang).
El momento inevitable llegó y Song Lan y Xue Yang se conocieron a la salida de la escuela. Zichen estaba cruzado de brazos y Xue Yang apenas le dirigió la palabra. Como era de esperar, no se simpatizaron y ninguno hizo el esfuerzo por disimularlo.
—No puedo creer que seas amigo de alguien como él. Es un completo imbécil —mencionó Xue Yang, en una noche que compartieron en la casa de Xiao Xingchen.
Estaban en su habitación: Xue Yang acostado en la orilla de la cama y Xingchen en el helado piso. Su intento de revolución inició hace una semana y no había dado frutos. La escuela había tirado sus carteles a la basura, pero tampoco había dado mayor señal de que los considerara una amenaza.
Xiao Xingchen pensó que si alguien tan carismático como Xue Yang no podía persuadir al resto de estudiantes, entonces estaban condenados al fracaso.
—Song Lan es buena persona… sólo piensa un poco distinto.
Xue Yang lanzó un resoplido de incredulidad.
—Sólo piensa un poco idiota.
…
Ellos continuaron repartiendo, ahora folletos, en lugares cercanos a la universidad, con la esperanza de sumar corazones ácratas a su causa. Curiosamente los ancianos eran quienes más los escuchaban, y aunque pocas veces coincidían sus ideales, a cambio de aceptar su propaganda impresa, les regalaban una o dos anécdotas: «En mis tiempos esto pasaba así…», y Xue Yang y Xiao Xingchen escuchaban con atención.
Había algunas tardes donde se olvidaban de esparcir sus ideas y simplemente conversaban y bromeaban entre ellos, sentados en los columpios viejos de un parque, viendo a las palomas volar a quién sabe dónde. No estaban comenzando una rebelión colectiva que terminaría con todo el maldito sistema establecido, pero estar al lado de Xue Yang se sentía igual de bien.
…
—¿Cuándo comenzará el eclipse?
—Pronto.
—No tienes ni puta idea, ¿verdad?
Xiao Xingchen suspiró. Ambos veían al cielo con nubes traicioneras que ocultaban la belleza de la luna llena. Estaban en el jardín de Xingchen, sentados en viejas sillas de madera.
—No, pero qué importa. Ver el cielo nocturno es igual de mágico.
—Son solo nubes, Xingchen —dijo, ligeramente impaciente, pero sin quitar la mirada de dichas nubes. Tenía los brazos cruzados descansando en su abdomen.
Aprovecharon la quietud, el misticismo y la infrecuencia de un eclipse para hablar de lo que había pasado en las últimas semanas, Xingchen divagó un poco sobre lo bien que se sentía al estar a su lado, y sobre cómo aprendió que dos sujetos y un par de carteles, por más geniales que fueran, no eran suficientes para iniciar una revolución. Al menos no hoy, al menos no aquel día.
—Te aseguro que no será la última vez que te decepciones del mundo, pero al menos aquí tenemos eclipses, ¿no? Digo, si es que se deja ver. —Las nubes poco a poco habían desaparecido y la luna se volvió un palo blanco.
Un mosquito le picó a Xingchen en la pierna. Xue Yang y su cabello negro se veían hermosos bajo el encanto del eclipse. Sus ojos, sus piercings (hace poco había agregado uno a su ceja derecha) y las estrellas brillaban y Xiao Xingchen pudo perderse toda la vida en esas tres cosas.
Xue Yang estaba tan concentrado en el cielo, tranquilo, pensando quién sabe en qué. Xingchen sintió una urgencia de abrazarlo, de decirle que estaba y estaría ahí para él.
Y cuando la luna dejó de ser luna y cambió de color, ambos guardaron silencio. Xingchen pensó en todos los fenómenos astronómicos que había visto hasta la fecha, solo. Luego de ello conversaron sobre alienígenas, y la llegada de los blancos a la luna: mito o verdad, y se preguntaron qué tenía el espacio que volvía a la gente tan entusiasta, tan poeta y reflexiva.
…
—Voy a irme.
—¿Cuándo? —Fue lo primero que preguntó Xingchen. No adónde ni por qué, quizá porque en el fondo siempre supo que se terminaría marchando, que todo llegaba a su final e incluso el sol moriría algún día.
—En dos semanas. Tomaré un tren que me llevará al sur. —Xiao Xingchen no le pidió ninguna explicación, y aun así, Xue Yang se la dio—: Un amigo me escribió. Necesita voluntarios en su santuario de animales.
Xiao Xingchen asintió. No lo dijo pero estaba implícito: Xue Yang no iría de viaje: era una mudanza, un adiós definitivo. Dolió como un golpe de una pelota en llamas viajando a toda velocidad, estrellándose contra su cara. Y tuvo que morderse la lengua para no suplicarle, egoístamente, que se quedara. Xue Yang, el rebelde, cuya ciudadanía era el mundo entero y su corazón ardía de noche y madrugada, tampoco le iba a pedir que lo acompañara.
—Entonces hagamos que estos últimos días valgan la pena —dijo, y se obligó a pensar en el lado bueno, en los animales rescatados que habían sufrido más de lo que él pudiera imaginar y que por supuesto se merecían una segunda oportunidad, una mejor vida. Pensó también en los ojos oscuros desafiantes de Xue Yang que estarían lejos pronto pero que recordaría cada vez que viera un grafiti. Y en su cerebro buscó una respuesta al cómo hacer que dos semanas duraran más tiempo.
Xue Yang le respondió con una media sonrisa.
…
Parecía una obligación moral que su despedida fuera en el mismo lugar al que acudieron la noche en que se conocieron: la cafetería 24/7, excepto que en esta ocasión pidieron su comida para llevar.
Afuera el cielo se llenó de esa tonalidad única que te quitaba el aliento y por un momento se sintió afortunado de vivir en aquel lugar donde los atardeceres se pintaban de rosa.
—Siempre admiré tu perseverancia. Volvías a poner un grafiti en el mismo lugar donde la Universidad lo tapaba, una y otra vez.
—Por supuesto, un bote de pintura no iba a callarme.
—Quiero hacer lo mismo.
—¿Qué, grafitear? ¿El niño bueno Xingchen? ¿Qué van a decir de mí? Pensarán que te corrompí… —mencionó, dramático.
Él no usaría la palabra “corromper”, pero definitivamente algo cambió. Xue Yang fue un hito que marcó su post-adolescencia y así lo nombraría siempre.
—Me gustaría intentarlo. —Xingchen se encogió de hombros.
—De acuerdo, no digas que no te lo advertí. Si alguien nos atrapa y terminas tras las rejas, no me culpes.
Xiao Xingchen rodó los ojos, más por diversión que por malicia, y Xue Yang lo tomó de la mano, indicándole que se dirigieran a su casa.
…
Con un par de pedazos de cartón y navajas elaboraron sus plantillas. Xue Yang le dijo que pensara en una frase, en una imagen, un símbolo, algo que quisiera gritarle al mundo.
—Sé feliz.
—No me digas qué hacer.
—No, me refiero a que esa es la frase que quiero poner —explicó Xingchen con una sonrisa. Estaban en la sala, sentados en el piso con los materiales a su alrededor y una mosca ruidosa haciéndoles compañía.
—De acuerdo. Muy optimista, muy hippie de tu parte, pero quién soy yo para juzgarte. —Xiao Xingchen le dio un codazo y comenzó a realizar su esténcil, siguiendo las instrucciones de Xue Yang.
…
Salieron al anochecer, cuando la mayoría de la ciudad dormía, y antes de conocer a Xue Yang, Xiao Xingchen no había notado cuánto le gustaban las noches y sus lunas.
Tenía la lata de pintura en su mano, era una calle solitaria, no había ningún testigo… pero no pudo realizarlo.
—¿Qué sucede? No tienes que hacerlo si no estás seguro —dijo Xue Yang, despreocupado como siempre. Ni un solo indicio de presión o decepción en su voz.
—Es que sí quiero hacerlo —respondió, viendo la pared blanca, sucia, imponente y enorme; parecía estarlo retando.
—¿Entonces?
—Entonces… no sé —contestó apenado. Xue Yang lo miró y durante un minuto nadie dijo nada. Xiao Xingchen empezaba a creer que regresarían a casa, que su salida de madrugada con Xue Yang se había arruinado y aquella velada inolvidable que tenía planeada, se convertiría en un fiasco más.
—¿Cuántas veces te has quedado con las ganas? ¿Una? ¿dos? ¿tres?
—Son tantas que he perdido la cuenta.
Xue Yang le dio una palmadita en el hombro, como consolándolo, pero Xiao Xingchen no quería eso. Xiao Xingchen quería grabar un simple “sé feliz”, quería empezar a toser por el penetrante olor de la pintura, y luego salir corriendo aunque nadie los estuviera persiguiendo.
Así que con su temblorosa muñeca derecha, y apoyándose de su plantilla, grafiteó por primera vez.
Sé feliz.
—Ah, estoy tan orgulloso de ti —comentó Xue Yang, con un tono exagerado, pero mirando el grafiti, retrocediendo un poco, tomándose su tiempo para contemplarlo como si fuera un maldito Remedios Varo.
Xiao Xingchen también lo vio. La caligrafía goteó. Hacía frío y no podía creerlo.
Una vez que comenzó, no hubo marcha atrás. Se dedicaron a grafitear las paredes de callejones, o bardas sin dueño. (Xiao Xingchen se negó a rayar en casas o locales).
Y fue más divertido de lo que había imaginado. Una risa absurda se le escapó al ver su mensaje plasmado por tercera vez. Xue Yang le indicó que bajara la voz, que alguien podría oírlos, no obstante al final se unió a su ataque de carcajada sinsentido y juntos hicieron eco.
Quizá no era lo correcto, quizá si le contara a sus amigos, a sus familiares cercanos, incluso a un desconocido, lo mirarían con desaprobación. Que si una patrulla los fuera a ver, los detendría, y su expediente y reputación de chico bueno quedarían manchados por siempre, eso era cierto. ¿Pero cómo era posible que un mensaje tan bonito causara tanta indignación?
Cada vez que presionaba la lata de aerosol lo sentía. Esa adrenalina y la taquicardia que le indicaban que estaba viviendo el momento, el presente, que estaba haciendo lo que quería y no lo que los demás esperaban de él. Y Xue Yang estaba a su lado para acompañarlo.
—Muy bien, mi compañero de crimen. Mucha diversión por hoy. Vayamos a casa.
…
Era el final del semestre y de alguna forma Xiao Xingchen se las había arreglado para continuar en el top 3 de mejores estudiantes. Después de entregar su proyecto de Ética (que pudo haber sido mejor, y la profesora Baoshan Sanren se encargó de hacérselo saber), ella también le pidió que se quedara al final de la clase.
El resto de sus compañeros salió y Xingchen se acercó al escritorio. La profesora tenía un suéter color avellana y el frío y el viento entraban por la enorme ventana, despeinando un poco el mullet de Xingchen.
—¿Cómo te encuentras, Xingchen? —Ahí estaba: la pregunta con más respuestas falsas en toda la historia de la humanidad. Y la cosa con los profesores era que no podías mentirles, quisieras o no. O al menos así funcionaban los valores de Xingchen.
—No lo sé —respondió, y sabía que ahí moriría la conversación porque Baoshan Sanren no era su psicóloga, no le gustaba entrometerse (tanto) en la vida de sus estudiantes, pero Xingchen sintió adecuado prolongar su encuentro aunque fuera un poco más—. Estas últimas semanas… creo que he cambiado.
—Oh, puedo decir que se nota. —Y Xingchen no supo si era algo bueno o no, sin embargo la pequeña sonrisa de ella le dio una pista.
—El problema es que ahora todo volverá a ser lo mismo. —Concluyó, mirando hacia la ventana mientras recordaba que Xue Yang pronto se iría y que la ciudad regresaría a ser el mismo sitio monótono y aburrido.
—Lo dudo. El universo siempre está cambiando y avanzando. Nunca nada vuelve a ser lo mismo que era incluso un minuto atrás —contestó la profesora mientras terminaba de acomodar sus cosas en su portafolio.
Xingchen sólo suspiró. No estaba de humor como para filosofar sobre el universo, tan sólo deseaba que Xue Yang se quedara.
La profesora Baoshan Sanren pareció notar su estado de ánimo.
—¿Deseas hablar sobre aquello que te molesta?
Xiao Xingchen le hizo un favor a ambos y negó con la cabeza.
—Muy bien. No tengo ni idea de qué es lo que te esté preocupando, pero es final de semestre, inicio de vacaciones. Tómate un tiempo para ti y haz lo que te haga sentir pleno. —La maestra de Ética se despidió, deseándole felices fiestas y salió del aula, dejándolo solo.
Xingchen no creía que los maestros tuvieran alumnos favoritos, pero si fuera el caso, él sería el elegido de ella.
Se echó su mochila al hombro y recordó que al inicio del semestre Baoshan Sanren les dijo a sus alumnos que la vida era muy corta y el mundo bastante grande.
Tenía razón en eso.
…
—Voy a irme.
—¿A qué te refieres?
—A que me iré de esta ciudad.
Estaban en la casa de Song Lan, en el sillón azul de la sala. Ahora que habían oficialmente terminado otro semestre, Xiao Xingchen le propuso que se juntaran para ver una película y en general pasar tiempo juntos.
—¿Qué? ¿Adónde? —Song Lan le miró extrañado y cambió de posición, indicándole que toda su atención estaba en él.
—No lo sé exactamente, al sur.
—Oh, no. No me digas que tiene que ver con ese sujeto. —Song Lan lo estaba regañando, lo sabía.
—Tal vez sí. —Xiao Xingchen evitó su mirada, prefiriendo enfocarse en el televisor que seguía mostrando los créditos de una de esas películas indie coming-of-age que empezaban a ponerse de moda. Dos o tres veces Xingchen llegó a sentirse como si viviera en una.
—¿Y cuándo volverás?
—No hay fecha exacta.
Song Lan hizo un ruido con su boca, de disgusto claramente.
—¿Y qué hay de la escuela? ¿de tu futuro?
—Supongo que será como tomarme un descanso de la escuela. Respecto al futuro… creo que ninguno tiene la respuesta sobre lo que pasará o no. —Era una respuesta tan simple, tan mediocre, como esas que solía odiar Song Lan.
—Ese es tu problema, Xingchen. Te dejas llevar por tus emociones y tomas decisiones sin pensar en las consecuencias. —Song Lan no sonaba molesto, y de alguna forma eso fue peor—. Estás arruinando tu futuro
—La cosa es —hizo una pausa y vio a los ojos de Song Lan directamente—, que yo no lo creo.
La música de los créditos finalizó y ambos se quedaron en silencio. Xiao Xingchen no quería terminar de esa manera.
—Eres mi mejor amigo, Song Lan. Siempre lo serás.
—¿Estás seguro?
—Por supuesto, me di cuenta de eso años atrás —dijo, y empezó a recordar su primera pijamada, cómo habían prometido quedarse hasta tarde despiertos y terminaron cayendo rendidos a las 10:15 pm.
Y todavía habitaba en él ese sentimiento de felicidad que lo acompañó tanto en su niñez como en su adolescencia, cuando encontró a alguien como Song Lan, con quien pudo compartir el chirrido de la tetera, novelas clásicas con portadas viejas y tardes de viernes en el jardín mirando insectos metálicos.
—No me refiero a eso. Quiero decir, ¿estás seguro de que quieres irte?
—Definitivamente.
Song Lan pudo ver la determinación en su mirada. O eso quería creer Xingchen.
El resto del día transcurrió normal, ninguno volvió a tocar el tema hasta la mañana siguiente, cuando Xiao Xingchen le expresó (quizá por última vez en un buen tiempo) todo lo que sentía, que quizá siempre había envidiado en secreto a los que se atrevían a salirse del molde, renunciando al cumplimiento de cualquier expectativa. Los que dejaron la ciudad que los vio crecer y tomaron un autobús hacia un destino donde no conocían a nadie. Los que renunciaron al trabajo de toda su vida para dedicarse a aquello que amaban. Los que se atrevieron a vivir.
Song Lan no estaba convencido, pero aun así le sonrió, un “ya qué” silencioso.
—Cuídate mucho, ¿sí? Sabes que en esta ciudad siempre tendrás un amigo.
Xiao Xingchen lo hubiera abrazado, pero a Song Lan no le gustaba el contacto físico, así que lo tradujo y simplificó todo en un «te quiero».
…
Es una ciudad tan mierda la que tienes aquí. ¿Te gustaría quemarla a mi lado?
Xiao Xingchen observó el último grafiti de Xue Yang. Era de noche y en su mano izquierda tenía una lata de aerosol que el menor le había regalado.
Sí, pintó, con un corazón al lado.
…
Xiao Xingchen, el muchacho que siempre esperaba a que pasara algo, que había estado tan desesperado por un evento dramático que cambiara su vida, conoció a Xue Yang tal vez no en el momento adecuado, pero sí en el momento justo. Fue un miércoles y ahora era un sábado helado que lo orilló a llevar un suéter y un abrigo encima. Xue Yang usaba una chamarra de mezclilla oscura deshilachada.
Estaban en la estación de trenes. Xingchen le había prometido que iría a despedirse de él.
A-Qing y Xue Yang se encontraban ahí cuando Xiao Xingchen llegó, con una enorme mochila. Al acercarse pudo notar que Xue Yang llevaba en sus brazos una transportadora donde descansaba el gato negro que conoció en el refugio tiempo atrás. Xiao Xingchen saludó a los tres.
—Xue Yang, ¿puedo acompañarte? —preguntó, sintiéndose avergonzado y pequeño. ¿Qué tal si él no quería su presencia? Bueno, en ese caso tomaría el tren en la dirección opuesta.
—¿Por qué querrías eso? —Sus cejas se movieron juguetonas y de su hombro colgaba despreocupado un bolso claramente menor que el equipaje de Xingchen.
—Me gustaría ayudar en el santuario. —Lo cual era cierto. No podía quedarse de brazos cruzados, en la comodidad de un sillón añejo, sabiendo que era capaz de hacer algo más, de ayudar, de cambiar el mundo aunque fuera por un instante.
—Muy bien, en ese caso, mientras más manos seamos, mejor.
—¡Espera! Hay algo más. Y es que estoy cansado de vivir aquí. Eso y… —Xiao Xingchen bajó la mirada. A-Qing se alejó para darles su espacio y las personas simplemente estaban esperando el tren.
—¿Y? ¿qué más? —Xue Yang lo animó a continuar, con su estúpida y linda sonrisa por la que había caído rendido. Su voz fingía sorpresa y exageraba la expectativa.
—Creo que ya sabes la respuesta.
—Dímela aun así.
Xiao Xingchen se le acercó, esperando una negativa, o una afirmación. Xue Yang elevó su rostro y Xingchen bajó el suyo para que sus bocas por fin pudieran encontrarse.
El gato negro de ojos amarillos que ahora se encontraba en el suelo maulló. Los labios de Xue Yang sabían a goma de mascar y revolución. Y cuando Xue Yang lo tomó de la cintura y sus cuerpos quedaron tan cerca, boom, el corazón de Xingchen y sus mejillas y todo él se encendieron como un cóctel molotov.
Xue Yang le había enseñado mucho; por ejemplo, le había enseñado a no callarse las cosas, así que lo gritó. Gritó al mundo que lo quería, que se había enamorado del chico de los grafitis.
Desde la punta de sus pies hasta su cabeza, desde su alma y su sonrisa. De sus bromas sin mucha gracia y de la forma en la que comía caramelos a cualquier hora del día. De su forma de pensar, de sus temores e inseguridades escondidos debajo de una apariencia del típico chico rudo, que, en realidad, sólo estaba luchando por una realidad menos jodida, o mínimo, una mejor jodida. Se enamoró de su ternura y de su rabia, y ambas podía probarlas y saborearlas y derretirlas en ese, su primer beso.
Cuando por fin se separaron A-Qing hizo un sonido de asco.
—Voy a fingir que soy ciega y no vi eso.
Xue Yang refunfuñó, rodando los ojos. Su rostro estaba sonrojado y Xiao Xingchen no pudo evitar sonreír.
—¿Qué, tienes doce años? No seas envidiosa, mocosa.
Una voz anunciando el próximo tren, el que los llevaría a su destino, interrumpió la pequeña riña.
Xingchen experimentó las burbujas en su estómago, como si estuviese a punto de saltar desde un acantilado. Pero esta vez no era miedo lo que sentía.
Se despidieron de A-Qing y Xiao Xingchen observó la vieja estación, con sus pilares de ladrillos y la gente que jamás conocería, lista para emprender su propio viaje.
—Cuídense. ¡Y no sean buenos chicos! —gritó A-Qing a todo volumen, agitando su brazo.
Y tomados de la mano, subieron al tren.
