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Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Language:
Español
Stats:
Published:
2021-12-14
Words:
742
Chapters:
1/1
Comments:
32
Kudos:
131
Bookmarks:
4
Hits:
882

Hoy es siempre todavía

Summary:

Esta historia es una versión editada de una igual de breve que publiqué hace años en Livejournal. La canción a la que se refiere es "The River", de Bruce Springsteen. El título es un aforismo del gran Antonio Machado.

Para los que juguéis en casa: Aunque se trata de una historia pensada para ser autónoma del universo del Marauder Crack, se puede interpretar en ese universo, como continuación de la primera parte e incluso como precuela del Vol2, que todavía estoy escribiendo.

Work Text:

Era 1980 y John cruzaba el parque. Fueron varios tiros, pero a Remus Lupin le hubiera bastado uno. Metió todos sus discos de los Beatles y los guardó en una caja que fue acumulando polvo año tras año, de mudanza en mudanza. Habría querido deshacerse de ella, pero no se veía tirando a la basura las casacas de colores chillones del Sgt Peppers, no estaba seguro de poder vivir para siempre tan lejos del paso de peatones de Abbey Road.

Sirius Black había sido condenado pasar el resto de su vida en Azkaban, acusado de los asesinatos de doce muggles y el triple homicidio de James Potter, Lily Evans y Peter Pettigrew, y a Remus Lupin le pareció que la música había dejado de tener sentido. 

No había nada que cantar y Remus enmudeció, convertido en una sombra de su sombra. Cerró las puertas interiores, bloqueó las ventanas, se quedó en silencio, de espaldas a su alma. 

Cuando caminaba por Londres, lo hacía al mismo ritmo de siempre, pero a donde quiera que fuera llegaba más rápido porque ya no se paraba nunca en los escaparates en las tiendas de discos. Dejó de entrar para echar un vistazo a las novedades.

El mundo entero lloraba a John Lennon y era un luto al que Remus no podía enfrentarse, así que dejó de escuchar también la radio, cerró los periódicos, necesitaba tanto silencio que no le bastaba con el suyo, quería que todo el mundo se quedara callado para él. Visitó el cementerio, pero en la tumba de James y Lilly Potter no había colas de fans entonando Imagine . Solo él, un ramo de flores marchitas y ese silencio que le impedía llorar, pero le salvaba de querer arrancarse el corazón. Sin música, sin la descorazonadora posibilidad de las emociones al desnudo podía sobrevivir. Sobrevivió, de hecho, con una dignidad que podía parecer estoicismo y no era más que ausencia del propio ser, durante meses que fueron siendo años.

En 1983 paseaba por una calle sin nombre en Manchester y se detuvo en el escaparate de una librería de viejo. Vendían discos, pero no se fijó en las portadas. Sonaba la música, pero no sabía quién cantaba, no quiso fijarse, no comprendió que eran notas musicales lo que después de tanto tiempo se estaba colando en su silencio interior por una fractura que no recordaba haber dejado abierta.

Sonó de pronto, aquella voz masculina. Austera, un poco triste. Vagamente dolorida. Más joven de lo que parecía. Y dijo aquella frase.

Volvemos al río. Aunque el río se secó hace tiempo.

Era 1983 y Remus Lupin se echó a temblar, sujeto a una estantería llena de poetas contemporáneos. Avanzó a pasos dudosos hasta los ensayos y se paró delante del mostrador. El dependiente le preguntó si podía ayudarle en algo.

-Me llevo lo que está sonando.

Se había resistido durante años y al principio odió a aquel americano del que había oído hablar vagamente porque las primeras notas le dolieron tanto que estuvo a punto de deshacerse en aquel mostrador rayado, repleto de libros, en el que el dependiente dejó aquel album azul y negro. No pudo odiarle durante mucho tiempo. 

En la soledad de un apartamento vacío, volvió por primera vez en años hasta el cauce seco de un río que había sido caudaloso y por primera vez en años lloró. Quizá en todas las canciones, quizá durante todo el disco. Fue un llanto largo. Un largo trance de llanto que le dejó exhausto físicamente y del que salió extrañamente descansado. La aguja del gramófono recorrió los surcos uno a uno y Remus dejó que las aguas retenidas de la memoria se abrieran paso por las grietas del tiempo y que le alcanzara el dolor que se había negado a sentir. Dejó de ofrecer resistencia, aceptando como aceptan la derrota los ejércitos honrados en esa hora triste en la que todo se ha perdido y a un hombre valiente solo le queda rendirse. 

Sobrevivir no le estaba dejando vivir. Vivía, en realidad, para no tener que vivir. Bruce Springsteen insistía en ello a golpe de armónica y su música no le dejó escapatoria: podía negarse a vivir, pero no podía dejar de sentirse vivo.

Mantuvo la caja de los Beatles cerrada. 

No se sentía preparado para John. 

Todavía, pensó. 

Una palabra en la que hacía tiempo que no pensaba y en la que, para su propia sorpresa y contra todo pronóstico, todavía creía.