Work Text:
Christmas Gift
— I —
Niki Shiina no era un cobarde. No era temerario tampoco. No era estúpido (o algo así). Estar al lado de Rinne durante tantos años lo había curtido en diferentes maneras. Aprendió a cuidar de otros y a ser más responsable, por ejemplo, porque a saber dónde habrían terminado de no haberle puesto una neurona funcional a las ideas de Rinne. Pero si bien aquellos años de convivencia le habían nutrido de muchas virtudes, no estaba seguro de que la sobreadaptación fuera considerada una de ellas.
Porque Niki había aprendido muchas cosas con Rinne, sí, pero principalmente por el hecho de que no le quedó más remedio que hacerlo. Y a esa sobreadaptación le siguió cierto conformismo.
La vida con Rinne solía poner su calma patas arriba, pero en aquella rebeldía ciega se sentía seguro y protegido. Porque sabía, por Dios que lo sabía, que Rinne utilizaría cada pizca de insensatez para defenderlo con uñas y dientes si alguien llegaba a dañarlo de alguna manera.
Y quizás todo aquello por separado no presentara un problema, ¿por qué lo haría?
Niki sintió ganas de llorar y de reírse a la vez de pura frustración, y en su lugar se giró en el colchón para ahogar en la almohada un grito que nunca llegó. No era algo que él haría después de todo.
—Ya déjame pasar. —Oyó de nuevo y todo su cuerpo le gritaba para que corriera a la puerta de su cuarto y destrabara el pestillo— Maldita seas, Niki, me estoy congelando aquí, sé que estás despierto.
—Como si no fuera a estarlo después de esos golpes a la puerta —murmuró. Y cuando volvió a oírlos sólo fue capaz de lanzar su almohada contra la misma, el sonido seco aparentemente siendo suficiente para que los golpes cesaran— ¡Tienes tu cuarto y mantas, déjame dormir!
Apenas un segundo después de decir aquello se arrepintió. Nunca le había hablado así a Rinne a menos que tuviera hambre. Y en aquellas ocasiones Rinne sólo se reía y corría a buscarle algo para comer. O hacía algún comentario completamente inapropiado, según el humor en el que estuviera. Pero esta vez sólo hubo silencio y, un momento después, los pies alejándose por el pasillo y el clic de una puerta cerrándose.
Esta vez sus ojos sí llegaron a empañarse y la molestia de tener que levantarse a buscar su almohada no ayudaba. Y es que todo lo que estaba sintiendo amenazaba con hacerlo explotar de un momento a otro.
No, Niki no era tonto. Y ser la cabeza pensante de los dos le había impedido dejarse llevar tan descuidadamente y sin pensar en las consecuencias como a Rinne le encantaba hacer. Y sabía que estaba completamente sobreadaptado a él, y que su compañía y protección (y el que muchas veces lo consintiera, aunque de extrañas maneras) le había vuelto débil. Pero siempre había aceptado con normalidad situaciones que no debían suceder, ¿no es cierto? No era su culpa que no pudiera hacer algo distinto ahora.
Rinne siempre jugaba (claro que era un experto en eso). Pero en algún momento, en cada juego en que insinuaba de alguna manera en que eran una pareja, ese tipo de pareja, el corazón de Niki había comenzado a bombear distinto y sus rodillas a sostenerlo con menos firmeza. Y eventualmente su corazón había comenzado a doler distinto también. Porque Rinne jugaba, sí. Sus compañeros de Crazy:B lo sabían. Todos lo sabían. Sólo quedaba que él mismo lo recordara nuevamente. Pero Rinne lo hacía tan, tan difícil.
Recordó ese caluroso y fatídico día de verano en que, preso de la euforia y delante de todos, gritó a Rinne un ambiguo «¡Te amo, te amo tanto! ¿Puedo besarte?». Aunque aquello sólo se le había escapado en medio del estado en que estaba, eso sólo Niki lo sabía. Y él también podía jugar como Rinne sin que nadie se sintiera alertado, ¿verdad?
Pero Rinne, de tantos improperios con los que pudo aprovecharse aquello, incluso, quizás, seguirle la corriente, sólo le respondió con una burla y aquellas palabras que no lo habían abandonado aún ahora.
¿Qué?
¿Nada de besos hasta el matrimonio? ¿Y qué había de «nada-de-ver-porno-con-tu-mejor-amigo-y-terminar-con-las-manos-en-los-pantalones-del-otro antes del matrimonio?»
Niki agradeció no haber tenido que presentarse en el escenario esa noche porque la euforia que había sentido burbujeando en sus venas se transformó en la molestia más punzante y no quería perjudicar a la unidad con su humor.
Todo el mundo podía ver que ellos se complementaban y él mismo lo sentía de esa manera, pero cuando para Rinne todo era un juego y para Niki todo terminaba siendo aceptable… No, no eran una buena combinación en ese aspecto.
Nada de besos hasta el matrimonio... Cretino.
— II —
Niki se había preparado para que la mañana fuera incómoda pero el pasillo lo recibió con aroma a café y la encimera de la cocina llena. No estaba seguro de que aquello contara como desayuno y mucho menos como uno saludable, pero ver a Rinne de espaldas moviéndose de un lado al otro mientras terminaba de preparar cosas cuyas sobras los acompañarían como mínimo hasta la noche, funcionó como un bálsamo cálido que lo bañó por entero. Y sus cejas se juntaron. No quería sentir eso; no cuando no era recíproco.
—¿Qué haces tan temprano? —Su voz sonó más dura de lo que había querido y fue entonces que se dio cuenta que tenía los brazos cruzados en el pecho.
Rinne saltó en su sitió y giró medio cuerpo para verlo. Su sonrisa enorme y sus ojos más dormidos que despiertos volvieron el bálsamo miel.
—No tenías que despertar aún —dijo y se volvió al frente—. Parece que la cagué anoche y sé que la manera más rápida de que me perdones es con comida, Niki.
Rinne rió y Niki no pudo evitar que una sonrisa empezara a formarse en sus labios también. Definitivamente era débil.
Suspiró la misma frustración que arrastraba hacía tiempo y arrastró los pies hasta la mesa, sentándose en una de las sillas. Vio a Rinne medio girarse para observarlo y formar aquella sonrisa engreída. Claro que Rinne sabía que no había muchas personas a las que Niki no les estaría encima si se trataba de la cocina. Y probablemente también sabía que no era que Niki confiara en sus habilidades culinarias sino que simplemente aceptaría lo que Rinne considerara bueno para él. Y Niki seguramente criticaría cada preparación, pero sin dejar de comer como si fuese lo más exquisito.
—Estás más callado que de costumbre. Puedes ir comiendo si sigues molesto. ¿Tienes frío? Podemos subir la calefacción.
—¿Y quién va a pagar eso?
No era que tuvieran problemas de dinero particularmente. Tampoco pasaban demasiado tiempo en su departamento a decir verdad, así que no los dejaría en números rojos subir la calefacción. De hecho, habían decidido volver a casa para Navidad ya que sus compañeros habían hecho sus propios planes para aquellas vacaciones. Cuando Rinne le dijo que una vez terminaran como Crazy:B con todas las actividades pertinentes a las fechas le apetecía pasar Navidad en casa (con él preferentemente) en lugar de de fiesta, Niki apenas tuvo la capacidad de reacción suficiente para mostrarse molesto y decirle que era típico de él el forzar los planes de los demás a su antojo. Mientras asentía sin siquiera dudarlo.
Ver a Rinne acercarse a la mesa con una bandeja y varios cuencos lo sacó de sus pensamientos pero no lo suficiente para que aquella sensación sobrecogedora del recuerdo lo abandonara. Y cuando Rinne pasó la mano desde la coronilla por su cabello suelto, como solía hacer cuando coincidían a la mañana, y le dijo que estaba despeinado antes de concentrarse en aquel mechón irregular que enmarcaba su rostro, inconscientemente su cuerpo se relajo y sus ojos se entrecerraron y su cuello se estiró hacia la dirección de Rinne como polilla atraída hacia la luz.
—No ruegues tanto por eso, Niki. Te dije que nada de besos hasta el matrimonio, ¿verdad?
Y su cara se sintió quemar cuando se dio cuenta de que había sido tan evidente y sus movimientos, tan involuntarios. Y fueron sólo la vergüenza y la frustración las que no le permitieron moverse de su sitió. Y quizás también un poco de su corazón roto. No había hecho el ridículo. Rinne estaba acostumbrado a aquellas escenas seguramente, a darse cuenta de sus inconscientes avances y a responder rápidamente con evasivas.
Pero cuando Rinne decidía que estaba caliente no tenía problema en enterrar los labios en su cuello mientras se corría en su mano. De verdad, de verdad no quería pensar en las veces que Rinne se había arrodillado entre sus piernas antes de decirle que lucía muy tenso y que lo ayudaría. De verdad que no, porque tenía problemas para separar la molestia del calor que comenzaba a bajar por su columna hasta su bajo vientre; ¡pero el muy estúpido tenía el valor de seguir repitiendo que nada de besos! ¡Y es que nunca iban a casarse! ¿No era esa una manera muy impersonal, un mero pretexto para decirle que no podía esperar nada más de él que lo que ya le daba? Y el enojo que sentía de pronto se transformó en angustia. Rinne ya le daba demasiado. Había sido su culpa por haber pensado de más y haberse permitido empezar a sentir aquellas cosas.
Sobreadaptación y conformismo.
No. Sentir todo aquello no era sólo su culpa. No podía obligar a Rinne a quererlo más, pero sí podía obligarlo a tomar responsabilidad por sus actos; tomar la responsabilidad de decir claramente que no lo quería para que así Niki pudiera lamer sus heridas en paz y recuperarse lo suficiente para decirle a Rinne que no se creyera tan importante, que no era como si en algún momento hubiese estado por encima de su amor por la comida.
Ahora sólo quedaba planear la manera, y estaba aterrado.
— III —
La noche previa a Navidad había llegado. Rinne aún saltaba entre películas y de vez en cuando le leía algún título o descripción para ver si le interesaba. Pero Niki no podía estar menos presente. Los baldes de pollo frito estaban frente a ellos. También los tragos. Niki había corrido bajo la ducha caliente cuando volvieron del KFC y aunque el cabello ya seco se desparramaba por su cuello y el respaldo del sofá, sentía todas las extremidades heladas. Pero sabía que el clima sólo era algo secundario sobre lo que estaba sintiendo.
—Aguarda… —Su voz salió mucho más baja de lo que había esperado y fuera porque no lo había oído o porque ya estaba harto de seguir buscando, Rinne le dio play a la última película que le había mencionado. Y Niki supo que si no lo hacía ahora, no lo haría nunca. Por eso le quitó el mando de la mano, pausó lo que fuese que Rinne hubiese elegido y en un movimiento que a él mismo le sorprendió por su rapidez, se giró para quedar con una rodilla a cada lado de las piernas de Rinne, de cara a él.
Rinne lució sorprendido pero no dijo nada. Niki sintió como si su corazón estuviera tratando de escapar de su pecho y la verdad era que él mismo quería escapar de ahí. De lo tenso que estaba no se dio cuenta de que no había acabado de acomodarse y por eso veía a Rinne desde arriba. Trató de relajarse y dejó su peso acomodarse sobre las piernas ajenas, ahora sí quedando a una altura más equitativa, aunque procuró siempre mantener una distancia prudencial entre sus rostros.
Por lo general era Rinne quien comenzaba los juegos y Niki supuso que él mismo tampoco se estaba comportando como si quisiera que Rinne entendiera que quería jugar, así que comprendía que estuviera confundido. Y agradecía que le estuviera dando el tiempo para hablar, aunque cuando comenzó a temblar ligeramente habría preferido que no posara sus manos a los lados de su cadera.
Niki era bastante consciente de sí mismo, aunque ni él mismo lo supiera muchas veces. Y detrás de esa sobreadaptación y del conformismo estaba la base de atravesar cada situación generando el menor conflicto posible. Por eso mismo el enfrentar activamente situaciones que de antemano eran conflictivas no estaba en su accionar habitual. Mucho menos cuando podían salir tan mal. No quería estar solo. No quería estar sin Rinne. Y no quería ser el culpable de que eso sucediera.
Y a diferencia de lo que creía, quizás sí era un poco cobarde. Pero quizás, también, un poco temerario. Porque cuando vio los labios de Rinne moverse las palabras abandonaron solas los suyos:
—¿Qué somos? —murmuró. Nunca había encontrado tan interesante la cadena que colgaba del cuello pálido. Incluso con la semipenumbra en que estaban podía notar la diferencia entre sus tonos de piel y la blancura de Rinne le había hecho pensar más de una cosa que nunca saldría de sus labios por voluntad propia. Elevó una mano y rozó la cadena con la yema de los dedos, dejando sin querer también una caricia sobre la piel, a la que Rinne respondió con una risita y un resoplido de aire por la nariz. No lo sentía tenso.
—«¿Qué somos?» Niki y Rinne.
Claro que no estaba tenso, si no lo estaba tomando en serio.
—Ya no quiero seguir jugando…
—No estoy jugando. Somos Niki y Rinne. Eso es más que cualquier otra cosa, ¿no lo sabes? Nadie es como tu y yo. Tú eres perfecto para mí y yo soy perfecto para ti. Ya deberías saberlo, ¿verdad?
Sus manos le habían enmarcado el rostro y le obligaban a mirarlo. ¿Por qué seguía luciendo tan calmo cuando él sentía que se estaba deshaciendo? ¿Cómo podía decirle aquellas cosas sin sentir nada?
—¿Por qué no quieres besarme entonces? —Su voz salió como un hilo ahora.
Esta vez la respuesta de Rinne no llegó tan rápida como siempre en esos casos. Su sonrisa también fue extraña aunque no supo interpretarla.
—Eres tú el que sigue repitiendo esa mierda de que tus leyes no te permiten hacerlo y ya te lo dije: nada de—
Niki le puso una mano sobre los labios de manera algo brusca. No quería volver a escuchar aquello nunca. Al igual que durante el proyecto Hot Limit, agradecía que las palabras de Rinne hubieran reemplazado parte de sus emociones incontrolables por el enojo que era su cable a tierra. Aún así sintió la cara quemarle en parte por lo que estaba por hacer, en parte por esos ojos azules asomados por entre mechones oscurecidos por la baja iluminación que comenzaban a observarlo con la diversión habitual. Había confiado en que en algún momento Rinne lo esquivaría con aquella frase y no sabía si aquello le alegraba o le entristecía..
«Ahora o nunca, Niki», se repitió, tratando de infundirse ánimos. Porque estaba a punto de obligar a Rinne a que terminara con aquello: a enfrentar que no lo quería, a dejar de jugar y a que fuera él mismo quien tomara la decisión. Y en el fondo sentía que sólo le estaba facilitando las cosas y que al final el único herido sería él.
Se soltó del agarre en su rostro y con las manos temblando ligeramente y el corazón latiendo tan fuerte que estaba seguro de que se oía a la distancia, se inclinó hacia la mesita ubicada al costado del sofá en donde se encontraban y tomó un paquetito que él mismo había armado con los paños con motivos navideños que tenían en la cocina.
—Trata de no romperlos hasta que termine de hablar, me comí el resto. —Nuevamente su voz salió en un susurro, aunque nada más lejos de ser intencional. Quizás también las palabras iban para sí mismo y sus manos temblorosas. Con las mismas desarmó el improvisado paquetito y tras tomar una de las manos de Rinne deslizó por su dedo meñique un pretzel redondo y a continuación hizo lo mismo con un segundo en su propio dedo.
No se atrevió a alzar la mirada, pero nuevamente las palabras lo abandonaron solas. Esperaba que Rinne estuviera lo suficientemente atento porque no sabía si sería capaz de recordar lo que diría como para repetirlo.
—No dejas de repetir lo del matrimonio… Y aunque no siempre quieras moverte del lado de la ley y en tu cabeza parece funcionar un sistema de leyes muy distinto al de los demás, ya te he dicho que aquí eso no se puede. —Hizo una breve pausa para inhalar y rogó porque su voz ya no saliera temblorosa— Sé que no quieres lastimarme pero lo haces, porque se siente como si me dijeras «sigue tratando, Niki, el día que te salgan alas conseguirás tu recompensa», tú sabiendo que eso nunca sucederá. Sólo… sólo quiero que me digas que no y así podré comenzar a acostumbrarme a que seamos amigos como antes. —Una última pausa. Un último esfuerzo—. Este es todo el matrimonio que podías estar esperando —susurró y alzó levemente su mano— así que ya no tienes esa excusa… Va a ser la última vez que lo pregunte y te estoy dando la oportunidad de que seas honesto… ¿Por qué no quieres besarme?
Los segundos comenzaron a acumularse, silenciosos, y sólo el estar al borde de un ataque de nervios le impulsó a elevar la mirada al fin y vaya que no esperaba lo que encontró.
La expresión sumamente sorprendida de Rinne le hizo sospechar. ¿Acaso no había sido claro con sus palabras? ¿Había dicho algo distinto a lo que estaba en su cabeza? Rinne no solo estaba sorprendido, lucía… ¿Eran lágrimas el brillo en sus ojos? No, probablemente eran sus propios ojos expulsando la tensión acumulada por meses. ¿O no era sólo él?
La desconfianza se transformó en preocupación. ¡No debió haber dicho nada, lo sabía! Las cosas estaban bien hasta entonces, ¿por qué forzar aquella conversación? No podía ser egoísta y pedirle a Rinne que ignorara abiertamente sus sentimientos y que olvidara luego aquella conversación cuando, previamente, le había dicho que sabía que no quería herirlo. Pero a la vez quiso decirle, gritarle que era su culpa por repetir constantemente lo del matrimonio y todas las insinuaciones y los cuidados especiales que tenía para con él. Quiso desesperadamente enojarse con Rinne, pero sólo sentía dolor. Y a punto estuvo de usar todas sus fuerzas para levantarse de sus piernas y volverse a encerrar en su cuarto (contrario a toda la normalidad que había prometido tras un presunto rechazo) cuando los dedos de Rinne se enredaron entre los suyos.
—Si es que además de ser más difícil de entender que Merumeru tus palabras son duras como las de Kohaku-chan, Niki. Y yo soy la mala influencia...
Niki estaba muy quieto y hasta su respiración se había pausado. Y es que Rinne no lucía como él mismo. Se preguntó si quizás se estaba enfrentando a la primera conversación seria entre ambos, sin ninguno quitándole importancia con exageraciones de su comportamiento diario. Antes de preguntarle a qué se refería con lo de sus palabras, Rinne continuó:
—Sé que me quieres y que nunca encontraré a nadie tan leal. Y tú también sabes que te quiero y que nunca encontrarás a nadie tan leal. —No había habido arrogancia en aquel comentario y le siguieron varios segundos de silencio— Siempre estás marcando lo mucho que te molesto. Y sé que la mayoría del tiempo lo haces para tapar un poco lo mucho que me amas, —Oyo en el tono jocoso de siempre, pese a que los ojos de Rinne no acompañaban— pero no dejo de pensar que es sólo que estás acostumbrado a mí y que crees que soy lo único que tienes para aferrarte.
Niki se quedó callado y con las cejas fruncidas, dándose cuenta de que no tenía fundamentos para refutar las teorías de Rinne. Pero no podía ser tan simple y definitorio, ¿cierto? Sintió sus manos de nuevo acariciando su cabello y al ver sus ojos notó una expresión que parecía estar diciéndole «está bien, no pasa nada, ¿lo ves? Podemos seguir siendo los mismos ».
Y una mierda .
Se separó de su agarre una vez más y ahora su ceño estaba tan fruncido como cuando su estómago estaba completamente vacío.
—¿Y cuál es el problema? —preguntó y escuchó su propia voz furiosa y extrañamente demandante— ¿Cuál es el problema si te quiero porque pasamos juntos los últimos cinco años? Dices que te salvé pero tú me salvaste de quedarme solo… ¿Qué hay de malo si quiero estar contigo por eso? ¿Por qué no es suficiente? No puedo cambiar cómo nos conocimos y lo que pasó hasta ahora. Y tampoco quiero hacerlo…
En algún momento su voz alcanzó su pico de enojo y fue desinflándose a medida que las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas. ¡Estaba tan molesto! No quería llorar en ese momento cuando Rinne estaba dándole una nueva excusa. ¿Que lo dejaba acercarse pero no lo suficiente porque tenía miedo? Volvió a hablar antes de que Rinne lo hiciera.
—¡Pues yo también tengo miedo! —dijo, como si hubiera estado expresando sus pensamientos en voz alta—. Porque a veces me muestras que sientes lo mismo, y luego no, y me buscas pero acabas alejándome y… —Niki se dio cuenta de que podría seguir diciendo cosas con quizás poca coherencia pero sabía que todo se resumía a un solo concepto:—Sólo quiero estar contigo... Y el miedo de que diciendo todo esto te alejes es paralizante, pero aquí estoy…
Entre las lágrimas y la vergüenza no vio los brazos de Rinne moverse, pero lo próximo que supo era que éstos lo rodeaban y que su corazón no era el único que latía con fuerza. Niki nunca había sido muy despierto, pero con Rinne nunca tenía idea de lo que pasaría. No quería pensar si aquel era un abrazo de consuelo y sólo se relajó contra su pecho y ladeó el rostro para apoyarlo sobre su hombro. Probablemente estaría incomodando a Rinne, pero buscó pasar las manos entre el sofá y su espalda para rodearlo también. Entre ellos habían pasado cosas, pero nunca habían tenido la clase de intimidad que sentía ahora y no sabía que la había estado anhelando con tanta fuerza. ¿Por qué no se sentía como un momento feliz entonces? Notó que su propio corazón se estaba calmando sólo porque el de Rinne seguía latiendo con mucha fuerza.
—Sabes que lo que ves es lo que obtendrás conmigo, ¿verdad Niki?
¿Qué? ¿Qué era aquello? ¿Y qué era aquel tono tan lleno de dudas que no había oído desde hacía tanto tiempo cuando se conocieran?
—Como si quisiera algo más que eso. Idiota… —murmuró y apretó el fino suéter entre sus dedos, aunque no por mucho porque Rinne lo soltó y a continuación lo tomó por los brazos para que hicera lo mismo, justo antes de instarlo a que se separara a la distancia que habían estado momentos antes.
Sintiendo que el cuerpo había comenzado a temblarle ligeramente una vez más, Niki juntó valor para volver a mirar a Rinne a la cara y no pudo evitar el quedo jadeo que se escapó de sus labios. Y es que ya no había nada de esa expresión que pretendía transmitir una tranquilidad casi desvinculante. Sus cejas curvadas hacia arriba y sus ojos brillantes por las luminarias del exterior. No había arrogancia ahí. No había máscaras. Sólo ellos dos: Rinne y Niki. Y Rinne tenía razón, había algo especial en ser ellos.
—¿Quién habría dicho que el pequeño Niki se volvería tan valiente?
Quiso sentirse orgulloso y a la vez decirle que no se acostumbre. El miedo había sido lo que motivara todo aquello. Y no quería volver a sentirlo. Quería ser el Niki cobarde, a su lado. Rinne tomó la mano adornada por el anillo con la que tenía el suyo y lo vio observarlas unos segundos antes de soltarlo y quitarse el pretzel que adornaba su pálida piel. Y el nudo en su garganta amenazó con asfixiarlo por el segundo que tardó en oírlo hablar:
—Yo, Rinne Amagi, sostengo las promesas que te hice, Niki: voy a quedarme a tu lado y hacer lo que haga falta para que seas feliz y para que seas capaz de ver lo valioso que eres. Y quiero cuidarte y que me sigas cuidando como has hecho desde el principio. Quiero que te sientas orgulloso de mí y de estar a mi lado.
La voz de Rinne no había vacilado aunque era imposible no notar lo temblorosa que se oía. O quizás Niki habría sido capaz de notarlo si no hubiera estado tan absorto en todo él, en sus ojos, en sus palabras. Tanto que le descolocó verlo llevarse el pretzel a la boca y más aún el «está bueno» al que le siguió aquel intento de risita descontracturante. Quiso reír también pero temía que de realizar cualquier movimiento todo aquello terminara, fuera despertando o fuera por Rinne diciéndole que había caído en su broma. Pero esta vez fue su propio pretzel el que fue quitado de su dedo y los ojos de Rinne volvieron a atraerlo con la fuerza de un imán.
—Y tú, Niki Shiina, ¿prometes relajarte y dejarte consentir, pero también consentirme y no dejar que muera de hambre como has hecho hasta ahora? —Una sombra del Rinne de siempre se asomó con aquellos comentarios divertidos, pero aparentemente tan pronto apareció volvió a irse. «Sin máscaras», pareció decir aquel suspiro— ¿Prometes tratar de ser feliz y dejarte ayudar y querer cuando creas que no puedes tú solo, aunque sientas que no lo mereces?
Y a diferencia del momento en que había abrazado a Rinne, esta vez Niki pudo reconocer que pese al nudo en su garganta y a cuánto temblaban sus labios apretados, aquel era un momento feliz. Muy, muy feliz. Asintió despacito y enseguida tuvo el pretzel frente a los labios.
—Come. Anda, no llores.
Y Niki no tuvo que oírlo dos veces. Su cabeza se sentía nublada y aún no estaba del todo seguro de no estar soñando, pero cuando abrió la boca para hablar luego de tragar, Rinne le ganó de mano:
—¿Puedo besar al novio?
Y Niki sonrió como no recordó haberlo hecho nunca.
