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Mi siguiente pecador

Summary:

Cuando vi al nuevo padre llegar a la ciudad, sólo me bastó un vistazo para saber que tarde o temprano sería el próximo.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Los seres humanos me parecen tan fascinantes como aborrecibles.

Son una mezcolanza andante de contradicciones inentendibles. Interesantes para observar, pero insufribles para relacionarse con ellos más allá de lo profesional. La excepción a la regla son los silenciosos, los que nadie escucha, los que se sienten actores secundarios en su propia vida, pues con ellos siento una conexión tenue pero reconfortante. Es como si a pesar de no conocernos, compartiéramos una cultura en común en nuestros silencios. Sin embargo, esa conexión estaba destinada a ser efímera, ya sea porque me disgusta el apego excesivo o, como fue en el caso de mi amigo anterior, veían en mi un piadoso verdugo que los liberaba del peso de existir.

Cuando vi al nuevo padre llegar a la ciudad, sólo me bastó un vistazo para saber que tarde o temprano sería el próximo.

Tenía el perfil: vida trágica, baja autoestima, poco sociable, silencioso y sumiso a más no poder. Bastante similar al caso anterior, pero con una diferencia fundamental: fe. Victor tenía como razón de existir a su único amigo, su perro Wick, pero al fallecer este de vejez, acudió a mi para al fin callar su vida llena de culpas y secretos. El padre Andrew era diferente en ese sentido, su razón de existir estaba en la esperanza de recibir la gracia divina y que su propio creador lo compensara por el via crucis de su paso en la Tierra.

Me es incomprensible como él puede tener tanta devoción al mismo concepto que lo hace sufrir. Quizás porque al no ser tangible, como el perro, era inagotable, pero a la vez endeble. Pues por dentro, él pedía a gritos algo más concreto, o para ser más específicos, a alguien.

La partida de mi amigo fue la excusa perfecta para acercarme. Fui a al confesionario y sólo le dije que había cometido un gran pecado en contra de mi amigo. A pesar de no ver su reacción, se escuchaba alarmado, pero parecía dispuesto a perdonarme. Eso fue suficiente para saber que podía continuar con mi pequeño experimento.

Al principio, nuestros encuentros en el confesionario eran un juego de detectives, él trataba de adivinar cuál fue el gran pecado que cometí para darme una penitencia justa y yo lo distraía con conversaciones mundanas. Podía sentir la irritación en su voz por no obtener la respuesta que buscaba, pero a la vez se escuchaba más animado. Nuestras conversaciones eran amenas, hasta llegó a rendirse de adivinar mi pecado y aprovechaba el tiempo para hablar conmigo. Un día le pregunté si quería conocerme, calló un momento y después pude escucharlo murmurar desde el otro lado de la rejilla. Dudaba de mí, sólo conocía mi voz y que yo había cometido un gran pecado, pero termino por acceder, "es por una causa justa" le escuche susurrar.

¿Fue así, padre Kreiss? ¿o fue por una razón más egoísta?

Lo invité a que nos conociéramos en mi oficina en el cementerio en cuanto se desocupara de sus funciones. Al atardecer él ya estaba frente a la puerta y fuimos a caminar por los alrededores. Esa vez pude observarlo con más detalle. Era un joven albino de apariencia lánguida, a pesar de ser casi de mi misma altura, su postura encorvada era como si quisiera esconderse y vivir pidiéndole disculpas al mundo por existir. Su flequillo le cubría la mitad del rostro y sólo dejaba entrever la cicatriz en forma de cruz en su mejilla, y de vez en cuando uno de sus ojos carmesí.

Aún con esa actitud evasiva, no pudo lograr esconder lo que pasaba en su interior. Miraba para abajo cuando hablaba, pero se volteaba a examinar mi rostro cuando creía que estaba distraído, y cuando le devolvía la mirada se volvía a esconder. Estaba más cerca de una colegiala enamorada que de un padre casto.

El amor romántico era algo distante para mí, la idea de nacer incompletos y necesitar de otra persona para llenar ese vacío me parecía absurda. La gente parecía no entender que todo era un proceso químico de nuestro cuerpo para facilitar una relación ideal para procrear, o en el caso del inocente padre Kreiss, para satisfacer su sed de afecto.
Yo no sentía esa necesidad, al menos no con el apetito voraz que el resto, pero sí había algo atrayente en el control que ganabas sobre otra persona. Por más ridículo que me pareciera el amor romántico, la idea de tener a alguien sólo para ti era mi placer culpable.

Comencé así a practicar pequeños experimentos en el inocente padre durante el trayecto. Lo insté a que me mirara a los ojos cuando hablara y él obedeció con dificultad, su rostro lechoso estaba sonrojado y su tartamudez se hacía más evidente. Cada autoflagelación verbal que emitía, yo lo negaba con algún cumplido o una afirmación positiva, incluso me permitió rozar la cicatriz de su mejilla con el pulgar y sentí como se estremecía ante mi toque. Siendo él un hombre de fe, dudé que cualquier experimento más allá de ese límite fuera fructuoso, pero al verlo tan frágil ante mi presencia decidí arriesgarme.

Antes de despedirnos en el cementerio, le pedí que me acompañara a la capilla, pues al fin le confesaría cuál era mi gran pecado. Su único ojo visible brilló de emoción y accedió de inmediato.

A esa hora, el lugar estaba vacío. Era una capilla simple, con una humilde cruz de metal al centro, unas cuatro butacas y un par de pinturas clásicas de santos. Uno en particular llamó su atención, la de un joven semidesnudo atado de manos, con las costillas perforadas con flechas y la mirada suplicante hacia el cielo. Quedó tan embelesado por esa imagen que se olvidó por completo de la confesión y de mi presencia.

-Padre, ¿Qué opina de la homosexualidad?

El padre Kreiss despertó de su ensueño y se volteo a mirarme sorprendido, después desvió la mirada para pensar un buen rato.

-Pues...Dios es amor, mientras el amor sea puro, este será aceptado-fue la respuesta del padre, aunque no se escuchó muy convencido.

-Y usted, padre...-puse una mano bajo su mentón y lo obligué a mirarme- ¿aceptaría a un pecador como yo?

Sus labios temblaban en busca de una respuesta y desvió su mirada hacia la cruz. Aún sin palabras, pude sentir el conflicto dentro de él, y decidí presionarlo más acercándome de a poco a sus labios.

- ¿Lo haría...?-ni alcancé a mencionar su título cuando él terminó por cerrar la distancia en un beso casto y breve.

Su expresión se iluminó, cualquier rastro del temor anterior parecía evaporarse cada segundo que pasaba y fue él quien se acercó a repetir el beso. Se notaba que era un amante inexperto, así que decidí ayudarlo con algo más de movimiento. Subí la mano en su mentón para tomar su rostro y acariciar su cicatriz mientras exploraba sus labios, a la vez que él se abrazaba de mi cuello y se volvía cada vez más desinhibido en responder.

Se separó para recuperar el aire y al verlo poco quedaba del hombre casto. Tenía la respiración agitada y la cara casi tan colorada como sus ojos, cuyo color sólo era igualado por sus labios mordidos.

-Sí, acepto. - murmuró entre jadeos antes volver a atacar mis labios con un vigor renovado, y yo le correspondí esa energía.

Ahora él cerraba los ojos para saborear el momento, mientras que yo miraba de reojo a la cruz de metal que estaba de testigo.

Ahora uno de tus corderos es mío, y sólo tú sabes lo que haré con él.

Notes:

Mi primer fic que subo aquí y fue un regalo para un amigo. Gracias a él por pensar la historia <3