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¿Por qué iban camino a la costa?
Todo comenzó en la mañana. Tal vez, comenzó mucho antes, pero Giorno sabía que el viaje estaba motivado por su incapacidad para levantarse de la cama. Su mente sabía que debía hacerlo, que necesitaba poner un pie en el suelo y luego el otro, que debía cumplir con sus obligaciones, pero su cuerpo no respondía. Él, siempre tan madrugador, miró a su izquierda y derecha, hallando ambos espacios vacíos. Sólo las siluetas de quienes debían estar a sus costados permanecían marcadas en la cama.
—¡Giorno! ¡Por fin despiertas!
—¿Mista? ¿Por qué no me despertaron?
—Ya sabes que Fugo es muy consentidor y dijo que lo mejor era dejarte descansar, estabas muy dormido. ¿Te sientes bien?
No, no se sentía bien. Le costó sentarse en la cama. Le pesaba el cuerpo. La cabeza, principalmente. Dolía sentir que no era capaz de hacer lo que su mente tenía tan claro que debía hacer. Pero aun así asintió, sin querer preocupar a Mista más de la cuenta, aunque al verlo sentarse a su lado supo que no consiguió su objetivo.
—Giorno, te ves muy agotado.
—Estoy bien, Mista, sólo un poco somnoliento.
—Yo no diría que sólo estás somnoliento.
La voz de Fugo irrumpió en la amplia habitación. De un momento a otro, Giorno también tuvo a Fugo a su lado, dirigiéndole una mirada tan seria que resultaba graciosa. Aunque a Giorno, últimamente, pocas cosas le resultaban graciosas, y siempre que lo hacían eran gracias cargadas con un toque de ironía y negativo conformismo.
—Adelanté gran parte del trabajo de hoy y lo demás se puede hacer mañana. Necesitas tener un día libre.
—Estoy de acuerdo con Fugo, Giorno. Hagamos algo que disfrutes, lo que quieras. Además, con esa cara no inspiras respeto, sólo lástima.
Lástima, ¿eh? Giorno suspiró con pesadez. Intentó negarse. Más bien, se negó, unas tres veces, pero las insistencias de Fugo y Mista lo derrotaron. El problema era que ni siquiera estaba seguro de lo que deseaba hacer. Quería estar junto a Mista y Fugo, pero responder con tanta simpleza sería vago. Entonces, la palabra “playa” surgió de sus labios y tanto Mista como Fugo entendieron lo que deseaba, sin necesidad de que hablara más de la cuenta.
Giorno se desentendió de las preparaciones para el viaje. Se limitó a subir en el asiento trasero del lujoso vehículo conducido por Fugo y con Mista como copiloto. Su mirada se concentró en el paisaje y, después, aprovechó de dormir un poco más, hasta que el vehículo frenó en una colina con vistas al mar, pero alejada de la playa.
Compraron flores. Coronas funerarias, tres cada uno, elegidas al gusto de cada cual. En silencio, caminaron hacia la zona donde estaban las tres tumbas que buscaban. Bruno Bucciarati, Leone Abbacchio y Narancia Ghirga. Los tres fallecidos demasiado pronto, demasiado jóvenes. Tres fallecimientos necesarios para cimentar el camino de Giorno en favor de un sueño que no estaba seguro de que valiera tales muertes. Sí, quejarse ahora era una hipocresía, estaba consciente de que luego de seis años como Don no tenía sentido lamentar los fallecimientos de sus compañeros, pero la culpa… La culpar era un tema aparte. La culpa había impedido que esa mañana se levantara de la cama. La culpa crecía con el tiempo, asfixiándolo, impregnando hasta las actividades y detalles que solía apreciar. Era un peso inexplicable, como si Bucciarati, Abbacchio y Narancia jalaran de su cuerpo para sumergirlo bajo tierra.
—Llevamos mucho tiempo sin venir —comentó Mista, luego de que acomodaran las flores en las tumbas de sus compañeros.
—Unos cinco meses, si no recuerdo mal. Por suerte están bien mantenidas —señaló Fugo, reparando en que las tumbas lucían flores recientes.
—Seguro que fue Trish. Ya sabes, anda en sus giras, pero cada vez que puede viene a dejar flores.
—Es cierto. Su carrera como cantante no ha impedido que recuerde a quienes la salvaron.
—Siempre he pensado que deberíamos traer comida a la tumba de Narancia. ¿Te imaginas su reacción si viera que le damos flores? Seguro se las comería, las escupiría y diría que para la próxima mejor le regaláramos algo para comer.
—Es lo más probable. Bucciarati las agradecería y atesoraría, y Abbacchio seguro las recibiría sin ánimos, pero las cuidaría de todos modos.
—¡Creo lo mismo! ¿Tú qué piensas, Giorno?
El rubio continuó en su postura rígida, observando las tumbas. Ni siquiera las flores y el privilegiado sitio con vistas al mar restaban frialdad a las lápidas. Luchar por una causa justa y terminar con tu nombre tallado en una piedra era como un chiste de humor negro.
—Creo que los tres preferirían poder comer antes que recibir flores.
El peso del silencio cayó sobre los tres.
* * * * * *
—¿Les parece si comemos en la playa?
La propuesta de Fugo tomó a Giorno por sorpresa. Sus últimas comidas fuera de casa habían sido todas en restaurantes lujosos y, por lo mismo, la idea de comer en la playa, a la vista de cualquiera, le resultó tentadora y liberadora. Como si por un día se le permitiera dejar de ser un Don.
—A mí me parece una excelente idea. ¿Qué dices, Giorno?
Sopesó la propuesta, visualizó más contras que pros, pero los pros tuvieron más fuerza, porque acabó aceptando, anhelando un momento de paz junto a las dos personas más queridas de su vida.
Fugo se encargó de hacer las compras necesarias en el supermercado de la zona y cuando todo estuvo listo, no tardaron en estacionar frente a la playa. Giorno por fin prestó atención a todo lo que habían cargado en el maletero y, por primera vez en el día, rio ante la visión de una sombrilla con franjas azules y blancas, toallas blancas con lunares azules y un mantel de cuadrados blancos y celestes. En su momentánea distracción, ni siquiera sopesó la idea de que Mista y Fugo tuvieran todo calculado, que supieran que aceptaría pasar esa tarde comiendo en la playa.
Con una sonrisa renovada, el Don ayudó a los otros dos a acomodar todo en una zona que les permitiría apreciar el mar en su esplendor, pero donde el agua no los alcanzaría. Mista preparó sándwiches diversos con lo que tenía a mano y Fugo descorchó una botella de vino tinto que, por su calidad, estaba claro que la había traído desde casa. Ver chocolates y pudín impresionó a Giorno, porque lo hizo caer en cuenta de hasta qué punto habían planificado todo si hasta sus comidas favoritas estaban incluidas en el menú.
—Lo siento. Sé que he estado comportándome insoportable hoy.
—Está bien, está bien —dijo Mista, negando con una mano, con una copa de vino en la otra, sentado al lado de Giorno—. Fugo siempre es insoportable y nunca se disculpa.
—¿Ah? ¿A qué viene ese ataque gratuito? Tú eres muchísimo más insoportable que yo, Mista.
La risa de Giorno detuvo lo que parecía ser el comienzo de una pelea de lo más infantil, habitual entre aquellos dos. El Don bebió un sorbo del vino luego de llevar un chocolate a sus labios. Saboreó lentamente, sintiendo que todo sabía mejor por estar en un ambiente diferente, con Mista a un lado y Fugo al otro.
—Giorno —llamó Fugo, con suavidad—. Tienes que dejar de culparte. Han pasado seis años.
—Lo sé, Fugo. Sé que han pasado seis años y que mis lamentos no los traerán de vuelta, pero estoy donde estoy gracias a sus sacrificios. ¿Cómo puedo evadir mi responsabilidad en sus muertes?
—Pero estás siendo injusto contigo y también con ellos —reclamó Mista, frunciendo el ceño—. Piénsalo bien, todos elegimos seguirte libremente. Si te culpas por lo que ocurrió es como si invalidaras las decisiones que ellos tomaron.
—Estoy de acuerdo con Mista. Yo también me arrepiento, Giorno. Me arrepiento de haberlos dejado cuando más me necesitaban y busco expiar mis culpas estando a tu lado, pero no tiene sentido dejar que la culpa te carcoma.
Giorno dejó la copa vacía sobre el mantel frente a él. Con su mano derecha tomó la mano izquierda de Fugo y con su zurda tomó la diestra de Mista. Presionó ambas manos, con cariño. Las manos de Mista eran más ásperas, pero increíblemente cálidas, mientras que las de Fugo siempre mantenían una temperatura más baja, pero a su vez eran más tersas.
—Lo sé. Sé que tienen razón. Mis lamentos no los traerán de vuelta. Sólo puedo honrarlos.
Giorno acercó ambas manos hasta sus labios y besó tres veces cada una, preguntándose qué sería de él sin tan maravillosos novios a su lado.
* * * * * *
Fue la culpa lo que arrastró a Giorno hasta las camas de Mista y Fugo. Bueno, no sólo la culpa, también el deseo, el afecto y el temor. Temor a perderlos, como si al mantener relaciones con ambos los amarrara a su lado y les diera una razón más para seguir con vida.
Mista siempre estuvo a su lado. La atracción entre ambos fue palpable desde que estrecharon sus lazos viajando como parte del grupo de Bucciarati. Pero en ese viaje no existía espacio para intimar, porque todo se centraba en sobrevivir para alcanzar un objetivo mayor. Giorno sólo pudo dar rienda suelta a sus sentimientos por Mista luego de convertirse en Don, cuando el pistolero se convirtió en su mano derecha, como una sombra extra que velaba por su seguridad a cada paso. Bastó que una noche bebieran más de la cuenta para que acabaran enredados entre las sábanas, con demasiada naturalidad como para que reflexionaran sobre lo sucedido.
Fugo fue el hijo pródigo. Regresó junto a ellos lleno de remordimientos, pero Giorno sólo sintió felicidad al tenerlo de vuelta. El vacío dejado por Fugo fue notorio y, frente a su retorno, no quedó más camino que la felicidad. La lealtad ciega que Fugo le ofreció desde entonces se convirtió en una bebida que Giorno deseó beber cada vez más y más. Bebía la sangre que manaba de la herida de Fugo, porque era una herida compartida, la tan honda que deja una gran culpa. Con Fugo no hizo falta la noche, sólo un viaje a solas, una reunión terminada antes de tiempo y una charla sobre pesares en el hotel, más concretamente en la habitación, donde se consolaron mutuamente por medio del placer carnal.
Giorno nunca ocultó que se acostaba con ambos. No a los implicados, al menos. Pero tampoco tuvo una charla extensa al respecto, sólo lo mencionó, casi de pasada, a ambos al mismo tiempo. Fugo y Mista no se opusieron, pero Giorno no tardó en notar que las relaciones entre ambos se tornaron tirantes. Parecían competir por su atención, por medio de acciones, sin llegar a verbalizar tan tediosa rivalidad. Giorno, como si aquello fuera un merecido castigo, soportó la tirantez entre ambos y buscó sus propios medios para no dejar de lado a uno u otro. Era una situación estresante. Ya no sólo debía lidiar con sus deberes en la mafia, sino que también con un par de amantes que buscaban su aprobación desde la mañana hasta la noche. Todo se había convertido en una exasperante competencia, desde quién lo iba a buscar a la habitación en la mañana hasta quién era el encargado de acompañarlo en sus deberes diarios. Mientras comían, no faltaban los comentarios insidiosos ni las poco disimuladas preguntas para entrever con quién disfrutaba más en la cama. ¿Giorno tenía derecho a quejarse? No, porque, otra vez, era su responsabilidad que llegaran hasta ese punto. Pero, ¿qué podía hacer?
Los deseaba a ambos.
Mista era más tímido en la cama. O, mejor dicho, tenía más prejuicios respecto a acostarse con otro hombre, al menos en un comienzo, porque con el tiempo no dudó en entregarse libremente a los placeres que le ofrecía Giorno. Mantener relaciones con Mista era divertido. El pistolero podía ser apasionado, pero también muy romántico. Le gustaba probar nuevas posturas y juegos, como también le gustaba compartir abrazos y caricias más íntimas en medio de la pasión. Mista era más dado a ceder el control e incluso durante el sexo decía disparates que hacían reír a Giorno a carcajadas.
Fugo era mucho más dominante. No era muy dado a platicar en medio del sexo, le gustaba tener el control y sólo lo cedía si el placer que le provocaba Giorno nublaba lo suficiente a su mente. Giorno debía admitir que no le importaba ceder el control a Fugo, porque a pesar de su actitud dominante era un amante paciente y minucioso que, sin palabras, sólo por medio de caricias, era capaz de descubrir los puntos más débiles del Don. A Giorno le gustaba no tener la necesidad de pensar cuando compartía con Fugo, porque le bastaba con dejarse llevar por sus habilidades para derretirse de placer.
Los amaba a ambos.
Amaba a Mista, con sus charlas animadas, su sonrisa ancha y su poco sentido del ridículo. Amaba su capacidad para hacerlo sonreír y la lealtad desmesurada que le demostraba. Amaba su autenticidad, su actitud sencilla y hasta sus paranoias. Amaba su capacidad para disfrutar de la vida con positivismo y sin mirar atrás, como si el pasado no fuera más que un aprendizaje para el futuro.
Amaba a Fugo, con sus comentarios acertados, sus charlas inteligentes y su corta paciencia. Amaba su capacidad para aconsejarlo de la manera más adecuada y el empeño que demostraba para compensar sus errores. Amaba su actitud realista y directa, y egoístamente también amaba que compartieran similitudes en sus heridas.
Entonces, ¿cómo podía ser tan canalla de querer estar con ambos cuando era evidente que ni Mista ni Fugo deseaban ser un trío? Giorno sumó una culpa nueva a su interminable lista de culpas. No quería dañarlos. Quería estar con ambos, los necesitaba y necesitaba saber que estarían bien y que no acabarían convertidos en frías lápidas sobre las cuales depositar flores. Pero era menester liberarlos si deseaba que fueran felices.
Giorno decidió hablar con ambos, para aclarar que no estaba jugando con ellos, que eso estaba muy lejos de su verdadero objetivo. Pero cayó enfermo antes de conseguirlo. Fiebre repentina y un agotamiento que lo mantuvo anclado a la cama un par de días. El médico dio un rápido veredicto: estrés. Demasiado trabajo, demasiadas responsabilidades y cargas emocionales. Aconsejó reposo absoluto que, de no ser por Mista y Fugo, habría omitido.
No obstante, el repentino malestar tuvo su lado positivo, porque al despertar de un largo, pero no tan reparador sueño, encontró a Mista y Fugo sentados en la cama, uno a cada lado de su cuerpo. Lo llenaron de preguntas sobre su salud, lo obligaron a beber agua y a permanecer en cama, pero Giorno intuyó que no estaban allí sólo para cuidar de su salud. Fugo fue quien rompió la tensión y se adelantó a las preguntas de Giorno.
—Tenemos que hablar sobre lo que está ocurriendo entre nosotros tres.
—Lo sé. Quería hablar con ustedes, pero ocurrió esto —dijo Giorno, con pesadez—. Lamento si los he hecho sentir mal.
—No es tu culpa, hombre. Nosotros sabíamos que estabas con ambos y en lugar de hablar como adultos huimos del tema —expresó Mista, claramente avergonzado de sí mismo.
—Mista tiene razón. Esto ha sido complicado para los tres, porque no lo hemos hablado como deberíamos —secundó Fugo, antes de hacer una pausa larga—. ¿Nos quieres a ambos, Giorno?
—Los amo a ambos.
La respuesta tan firme del Don hizo que Mista y Fugo se miraran sin saber si aquello los tomaba o no por sorpresa. Porque no dudaban de los sentimientos de Giorno, pero tampoco esperaban que su respuesta fuera tan directa.
—¿De verdad? ¿No tienes preferencia por uno de nosotros?
—No, Mista. Amo a ambos por igual. De maneras diferentes, porque son personas diferentes, pero con la misma intensidad.
—Lo sabíamos.
Esta vez, fue Giorno quien miró a ambos con extrañeza. ¿A qué se debía esa resolución de parte de Fugo y la mirada cómplice de Mista?
—¿A qué se refieren?
—Sabíamos que estabas enamorado de ambos al mismo nivel —respondió Fugo, sonriendo ligeramente—. Al principio creímos que preferirías a alguno de los dos, pero con el pasar de los días nos resultó más sencillo creer que no podrías escoger, aunque te lo pidiéramos.
—Con Fugo tratamos de ver si hacías alguna diferencia, pero no encontramos ninguna. Incluso nos dedicabas la misma cantidad de tiempo —añadió Mista, rascándose la nuca, una señal típica de cuando estaba avergonzado—. Debe haber sido una mierda para ti tener que dividirte y soportar tanta tensión a tu alrededor.
—Yo también me disculpo. En lugar de hablar contigo, decidí buscar una manera de culparte por jugar con nosotros. Quería culparte y, al mismo tiempo, no quería que me dejaras, quería ser algo así como tu favorito… Fue muy infantil de mi parte, lo siento mucho.
Giorno no pudo evitar la sorpresa. Todo ese tiempo, mientras se esforzaba por ser justo con ambos y que no creyeran que jugaba con ellos, había estado siendo puesto a prueba. Juzgado. Todo por no tener el valor de hablar las cosas de frente. Pero eso ya no importaba. Giorno era incapaz de juzgar negativamente el actuar de sus amantes, porque los comprendía y sabía que los tres eran culpables de que tanta tensión se prolongara más de lo necesario.
—Yo también me disculpo. Debí ser claro con ustedes desde el comienzo. Sabía que estaban sufriendo con la situación y no fui capaz de hablar, porque no quería perderlos. Fui muy egoísta y cobarde.
Antes de que Mista y Fugo hablaran, Giorno tomó una mano de cada uno y las presionó afectuosamente.
—Mista, Fugo. Quiero estar con los dos. Los amo a los dos.
Mista y Fugo se miraron como si estuvieran esperando ese momento. Giorno entendió con sólo mirarlos que ambos habían charlado sobre el tema con anterioridad y que tenían preparada una respuesta en caso de que se presentara la actual situación.
—Tenemos algunas condiciones, Giorno —anunció Fugo, sorprendiendo a Giorno.
—En primer lugar, no puedes enamorarte de alguien más. Si somos cuatro ocurrirá un desastre —advirtió Mista, con su característica efusividad cuando hablaba sobre las desgracias que traía el número cuatro.
—No tengo problema en cumplir ese requisito —aceptó Giorno, sonriendo con cariño, seguro de que sería imposible para él amar a una tercera persona como amaba a Mista y Fugo.
—El tiempo que compartas con nosotros debe seguir siendo tan equitativo como hasta ahora —dijo Fugo, que no dudó en proseguir al ver que Giorno asentía con la cabeza—. Y si se llega a producir alguna disputa entre nosotros tres, tenemos que hablar al respecto entre los tres, sin importar que sólo dos sean los involucrados. Eso evitará que se produzcan tensiones innecesarias o que nuestros espacios contigo se vean perjudicados.
—Estoy de acuerdo. Acepto esas condiciones —dijo Giorno, sin dudar, meditando lo mucho que Fugo y Mista parecían haber conversado respecto al tema—. ¿Tienen alguna otra condición?
—Sólo una más —respondió Fugo—. No pueden existir las jerarquías. Tanto Mista como yo debemos ser considerados a un mismo nivel en todo lo que concierna a esta relación.
—No pensaba que fuera de otro modo —aceptó Giorno, con firmeza—. ¿Algo más?
—No —respondió Mista, pensativo—. ¿Qué hay de ti? ¿Tienes alguna condición, Giorno?
—Sí, tengo una. Sé que en nuestro caso lo laboral y lo personal está muy relacionado, pero me gustaría que tuvieran claro que mis decisiones como Don son y serán estrictamente profesionales. El tiempo que pase con ustedes en lo laboral no está relacionado al que comparto con ustedes en el ámbito personal.
—Lo entiendo —aceptó Fugo—. Sé que cuando se trata de trabajo nos debes encargar tareas acordes a nuestras habilidades.
—Pienso lo mismo que Fugo —selló Mista, antes de mirar a Giorno con curiosidad—. Si uno de nosotros tres decide no continuar, ¿qué sucederá?
—Esto se acaba —respondió Giorno, con tanta rapidez que sorprendió a sus amantes—. Esto sólo puede resultar si estamos los tres. Ya lo dije, los amo a los dos, ninguno puede reemplazar al otro.
—Entonces todo me parece bien —dijo Fugo.
—A mí también —secundó Mista.
—De ser así, necesito una respuesta —señaló Giorno, sonriendo cálidamente—. ¿Quieren ser mis novios?
La palabra “novios” pareció cohibir tanto a Mista como a Fugo, que se miraron entre ilusionados y abochornados antes de aceptar, con rotundidad, decididos a ser los novios de tan especial y peculiar Don.
* * * * * *
Cinco años de relación. Al tomar las manos de sus novios en la playa, Giorno reparó en que llevaba cinco años de relación con ambos. Decidió besarlos, como un silencioso agradecimiento por todos esos años. Dos besos, superficiales y cariñosos en los labios. Primero a Mista, que correspondió con ternura y un poco de timidez. Y luego a Fugo, que suspiró al finalizar, como hacía cada vez que deseaba ir más allá y debía reprimirse.
—Gracias por estar a mi lado. Los amo.
—No es necesario que agradezcas —dijo Mista, con sus mejillas levemente ruborizadas—. Es lo que hacen los novios, ¿no? Apoyarse y estar juntos y esas cosas…
—Mista tiene razón —secundó Fugo, con cierto tono pedagógico muy característico en él—. Si estamos a tu lado y no velamos por tu bienestar, ¿qué clase de novios seríamos?
Giorno sonrió al escucharlos y ver que también se tomaban de las manos. Muchas cosas habían cambiado desde el día en que formalizó aquella relación poliamorosa, pero una de las más significativas era que el afecto y la atracción entre Mista y Fugo terminó por desarrollarse de una manera que volvía todo más sencillo. Se gustaban y, muchas veces, aceptaban mantener relaciones sexuales entre los tres. No se amaban como amaban a Giorno ni se deseaban como deseaban a Giorno, por lo que si estaban solos no compartían intimidad física, pero junto a Giorno se permitían algunas muestras de afecto si la situación lo ameritaba. A Giorno eso le permitía no sólo disfrutar más tiempo con ambos, sino que hacerlo de una mejor manera, con más libertad.
—Trajeron los chocolates que me gustan. Tenían todo planificado, ¿eh?
—Con Fugo notamos que llevabas varios días muy disperso y conversamos sobre tener un picnic en algún lugar a tu elección. No esperábamos que acabaras enfermando, pero al menos eso nos dio la oportunidad de cumplir con lo que planeamos.
—Claro que habría preferido un picnic en el campo, porque en la playa… Estamos luchando para que la comida no se llene de arena.
—Eres muy quisquilloso, Fugo, no le ha llegado arena a la comida, sólo el mantel tiene un poco de arena.
—¿Quisquilloso yo? ¿Te recuerdo quién fue el que se puso a contar los chocolates para que no trajéramos una cantidad que se pudiera dividir por cuatro?
—¡Eso es diferente! Si traíamos cuatro de lo que fuera, sólo nos esperaría la desgracia. Además, somos tres, es mejor traer cantidades divisibles por tres.
Giorno rio, con ganas, como si su alma necesitara reír. Tal vez, lo más importante en su vida no eran los grandes momentos, los sacrificios y los instantes cruciales, sino esas pequeñas escenas cotidianas que conformaban el aspecto más íntimo de su existencia y se habían convertido en la principal razón para que decidiera levantarse una y otra vez.
—Mista, Fugo.
Sus amantes, que dejaron la discusión para sonreír ante la risa de Giorno, no dudaron en prestar atención al ser llamados. Giorno tomó dos chocolates, mordió la punta de uno y se inclinó hacia Fugo, con la gracilidad del gran león en el que se había convertido. Fugo recibió el chocolate en sus labios y la lamida que su Don le dio al finalizar erizó a su piel.
Sí, Giorno ya no era el jovencito que ambos habían conocido. Con el tiempo, se había convertido en un hombre corpulento, de aspecto tan bello como intimidante. Sus cabellos rubios, ondulados y frondosos, le llegaban hasta la cintura, acentuando su aspecto aleonado y salvaje. Tanto la sangre de los Joestar como la de Dio, impactaron positivamente en el aspecto de quien ahora era mucho más alto y robusto que Fugo y Mista, a pesar de que estos también lucían más altos y corpulentos que antaño. Fugo era el más bajo de los tres, pero poseía un cuerpo esbelto y elegante, y gustaba de amarrar sus cabellos en una coleta baja. Mista, un par de centímetros más alto que Fugo, llevaba un buen tiempo permitiendo que los vellos de su rostro crecieran hasta formar una barba corta y tupida, que le daba un aspecto mucho más maduro y atractivo.
Antes de que Mista pudiera reclamar, Giorno se inclinó hacia él, sostuvo el chocolate entre sus dedos y dejó que el pistolero lo comiera. El rubio delineó el labio inferior de su amante con el pulgar, lentamente, deleitándose al notar a Mista absorto en la caricia. En ese momento, cuando sus novios se notaban pendientes de él y sólo de él, como si fuera el sol de sus vidas, Giorno se sirvió más vino y bebió con marcada coquetería, engañando a las expectativas de quienes parecieron decepcionados.
—¿Qué ocurre? Tengo hambre.
Hambre. Giorno pronunció la palabra con lentitud, de manera deliciosa, antes de tomar un sándwich y morderlo con auténtico placer. Sí, tenía hambre. Deseaba devorar a Mista y Fugo, especialmente al notarlos tan dóciles y frustrados.
—Estás jugando con fuego, Giorno —lo acusó Mista, que también optó por tomar un sándwich.
—Estoy de acuerdo con Mista —secundó Fugo, antes de beber más vino.
—¿Por qué? Dije que deseaba pasar el día en la playa, pero nunca hablé de lo que deseaba hacer durante la noche.
Mista y Fugo cayeron. Cayeron como siempre lo hacían cuando se trataba de Giorno. Y Giorno, complacido al notar sus miradas a su merced, volvió a reír con ganas. No los estaba engañando, pero tampoco podría mentir y fingir que no le encantaba tener a ambos en su poder. Tal vez, era el más controlador y dominante de los tres. Tal vez, sus novios lo sabían. Tal vez, amaban ese aspecto de él.
Giorno sólo pudo aseverar que las expectativas sobre la noche parecieron animar todavía más el ambiente. Los tres comieron y bebieron con ganas. Giorno elogió las elecciones de chocolates y de pudín, porque eran sus favoritos, y también elogió las sabrosas combinaciones de los sándwiches, así como el vino escogido. Fugo y Mista se mostraron complacidos y atentos, y a Giorno lo satisfizo ver el modo animado en que comían y charlaban.
¿Cuándo había sido la última vez que pudo compartir tan libremente con sus dos amores? Desde que era Don, siempre contaba con guardaespaldas. No bastaba con la seguridad que le brindaba Golden Experience. Sus comidas solían ser en casa o en lugares de lujo, previamente reservados. Poder comer en la playa, con tanta libertad, era como un sueño y lo hizo comprender lo mucho que extrañaba esa clase de salidas y de intimidad. Por supuesto, cabía la posibilidad de que Fugo y Mista prepararan todo con tanta anticipación que hubiera un grupo de guardaespaldas infiltrados vigilándolos, pero de ser así, Giorno no quería saberlo. Quería pensar que las demás personas en la playa (muy pocas, sólo una pareja y dos familias) ignoraban su identidad, tan anhelada y difícil de obtener para sus enemigos.
—Vamos al mar.
Giorno dejó las risas junto a sus zapatos. Mejor dicho, sólo dejó los zapatos, porque sus risas continuaron cuando se vio a sí mismo jalando las manos de sus reticentes novios.
—¡Espera, Giorno, mis zapatos! ¡No me los he quitado!
—¿Al mar? ¿Ahora? ¿Estás borracho, Giorno?
No, Mista se equivocaba, no estaba borracho. Al menos, no a causa del vino. Estaba borracho de energías por vivir. Vivir, no sobrevivir, no pasar los días. Vivir. Tal vez, por eso arrastró a sus amantes hasta el mar y los obligó a sumergirse con él, sin preocuparse de los zapatos de Fugo ni de las ideas erradas de Mista. Tampoco de su propio y costoso traje, que en pocos minutos estuvo completamente mojado a causa de la salada agua del mar.
Entre incontenibles risas, Giorno arrojó agua a sus amantes, como si se hubiera convertido en un crío. Fugo y Mista reclamaron al comienzo, pero terminaron cediendo al improvisado juego, riendo a carcajadas, y en ese instante Giorno comprendió que no era el único que se sentía liberado en esos momentos. Mista y Fugo también llevaban mucho tiempo bajo presión. Vivían en un constante círculo entorno a su persona, no precisamente por ser sus amantes, sino por ser sus hombres de confianza en la mafia. Ambos velaban por su bienestar y por el de la mafia en general. Giorno no era el único en tener un gran peso sobre sus hombros y comprender tan importante punto lo hizo sentir culpable, sí, pero también agradecido y, en cierto aspecto, aliviado de tener a su lado a dos personas que lo comprendían más de lo que él mismo imaginaba.
Si lo pensaba detenidamente, la tristeza a causa de la culpa no afloró en sus primeros años como Don, porque durante los primeros años Giorno estuvo cargado de adrenalina. Vivía al límite, consciente de que cualquier error, por pequeño fuera, podía sepultarlo en lo más hondo del infierno. Porque, cuando se convirtiera en una lápida, tenía la certeza de que iría al infierno. Sin embargo, durante esos primeros años ni siquiera podía pensar con claridad lo que significaba la muerte. Sólo podía actuar. Fueron años repletos de distintos planes, de reuniones y de purgas dentro de la mafia. Limpiar y reconstruir los escalones de la organización que no cumplían con sus objetivos lo mantenía demasiado ocupado como para razonar sobre sus culpas. Su único desahogo durante esos años eran los momentos compartidos con Fugo y Mista.
La tristeza brotó luego de esos primeros años. Cuando la organización comenzó a marchar de la manera en que deseaba y la adrenalina menguó a causa de la rutina, su mente comenzó a desviar sus preocupaciones. ¿Merecía ser el Don? ¿Merecía tener a Mista y Fugo a su lado? ¿Merecía vivir? Aunque la palabra “merecer” tal vez era pretenciosa. Tal vez, lo que más le preocupaba era la palabra “querer”. ¿Quería ser un Don? ¿Quería tener a Mista y Fugo a su lado? ¿Quería vivir? A Mista y Fugo los quería a su lado. Esa fue su única certeza. Porque tanto ser un Don, como vivir, le comenzaron a parecer deberes cada vez más pesados de cargar. Por más que su mente supiera que debía continuar adelante, al mismo tiempo se nublaba ante tales ideas. La ansiedad no tardó en llegar. Un sentimiento de ahogo y mareo constante, de sentir que estaba pisando llamas ardientes que lo quemaban, aunque ya hubiese caminado sobre las mismas cientos de veces. Irritabilidad y tedio unidos. Porque la tristeza no era llorar. Giorno rara vez lloraba. La tristeza era una opresión constante en pecho, acompañada de cuestionamientos que sólo acentuaban la opresión.
Pero ahí estaban Mista y Fugo. Sus novios, capaces de atenuar la opresión con una palabra amable y una caricia. Y ahora, en el mar, jugando a arrojarse agua como si fueran unos críos, Giorno dejó de sentir la opresión. Estaba consciente de que la tristeza regresaría otro día, en otro momento, pero en ese preciso instante lo que sentía era alivio y felicidad. Era amor. Sentía que un grato egoísmo le indicaba que estaba bien vivir, incluso si para eso otros se habían sacrificado. Ganó su derecho a vivir, un derecho que estaba dispuesto a validar con sus esfuerzos diarios.
—Quiero vivir y ser feliz. Aunque sea por hoy, quiero vivir y ser feliz junto a ustedes.
La frase de Giorno obligó a Mista y Fugo a frenar los juegos. Sus amantes lo miraron, sorprendidos y graciosamente empapados desde la cabeza hasta los pies. Lo miraron con dulzura y una sensación de victoria que Giorno comprendió, porque también él se sintió victorioso al notar la dicha en sus miradas.
—Vive y sé feliz todos los días —pidió Mista, con dulzura—. Si un día sientes que no puedes vivir o ser feliz o las dos, aquí estaremos, obligándote a hacerlo.
—Tienes una responsabilidad con nosotros, Giorno —dijo Fugo, con cariñosa severidad—. Desde que nos pediste ser tus novios, estás obligado a vivir y ser feliz.
—Tienen razón. Estoy obligado a vivir y ser feliz, no sólo por mí, sino también por ustedes.
Giorno los besó a ambos. Por turnos, de manera apasionada, dejándose acariciar por las manos de sus amantes y por las olas que golpeaban a su cuerpo. Quiso detener el tiempo y perderse en ese momento, sumergirse en los besos y caricias de Mista y Fugo hasta la saciedad, pero una ola más alta que las otras les indicó a los tres que era momento de abandonar el mar. Aunque eso no significaba que Giorno estuviera dispuesto a renunciar a sus amantes ese día.
—¿Qué te gustaría hacer, Giorno? —preguntó Fugo—. Todavía es temprano.
Al salir del mar, los tres comenzaron a ordenar los implementos utilizados en el picnic. Bebieron hasta agotar el vino, comieron un poco más mientras ordenaban y prácticamente se desnudaron, para permitir que las toallas los ayudaran a secar sus cuerpos. El Don sentía arena en cada zona de su piel, pero incluso esa sensación le pareció placentera, como si implicara estar en contacto con la sencillez que tanto anhelaba en su día a día.
—Quiero ir a casa, a disfrutar con ustedes. Deseo pasar el resto del día disfrutando con ustedes.
La respuesta de Giorno fue tan firme como cariñosa y coqueta. No quería nada más. Compartir con sus dos amados entre las sábanas sería el cierre perfecto para tan encantador día. Fugo y Mista no pronunciaron palabras, pero las sonrisas en sus rostros eran toda la afirmación que Giorno necesitaba.
* * * * * *
Al despertar, Giorno sintió a sus músculos relajados y la cabeza despejada. Estaba agotado, pero de una manera placentera. Sus novios todavía dormían, desnudos, uno a cada lado. El Don los contempló en silencio. Delineó la nariz de Mista con su índice y contuvo una risa al verlo hacer un gracioso mohín entre sueños. Acomodó el cabello que cubría la frente de Fugo y sonrió enternecido al notarlo hundir más el rostro contra la almohada. Ambos eran demasiado guapos y Giorno agradeció la belleza de sus novios.
Tratando de hacer el mínimo ruido posible, Giorno abandonó la calidez de los cuerpos a sus costados. Todavía era temprano, pero estaba consciente de que no podría dormir más, por lo que decidió prepararse para el nuevo día. La ducha fue más placentera de lo habitual, porque se entretuvo observando las marcas en su cuerpo que delataban la pasión de la noche anterior, y al vestirse en la habitación fingió no notar las miradas sobre él, deleitándose en el hecho de ser observado en silencio por sus dos amores.
—No nos despertaste —dijo Fugo, rompiendo el silencio.
—Se veían lindos al dormir —explicó Giorno, con simpleza.
—Es temprano. Te adelantaste demasiado —comentó Mista, con voz somnolienta.
Giorno, ataviado con un traje refinado, digno de su puesto como Don, se acercó a ambos. Besó la frente de Fugo, que estaba sentado en la cama, y la de Mista, que todavía estaba acurrucado entre las mantas.
—Nos espera un día largo. Nuestra salida de ayer implica una carga extra para hoy —dijo Giorno, suavemente—. Esa debería ser mi razón para madrugar, pero estaría mintiendo. Me levanté antes porque quiero estar despierto. Quiero poder estar con ustedes.
Fugo lo miró con sorpresa y Mista hasta acabó sentado en la cama. Giorno lucía reluciente. Parecía brillar. Era una criatura dorada que los encandilaba con su mirada fiera y la sonrisa aterciopelada en sus carnosos labios. Por eso, Mista y Fugo decidieron jalarlo de los brazos, hasta obligarlo a caer en la cama. Lo derribaron porque necesitaban sentir que esa criatura era de carne y hueso, que era tan humano como ellos.
—¡Esperen! —Giorno tartamudeó la palabra a causa de la sorpresa—. ¿Qué hacen?
—Giorno, todavía es temprano, creo que alcanzamos a repetir un poco de lo de anoche —explicó Mista, con una sonrisa traviesa.
—¡Pero ya me bañé y estoy vestido!
—No importa, nos bañaremos juntos después y te ayudaremos con la ropa —argumentó Fugo.
Giorno rio con ganas y cedió a las caricias, rendido ante el repentino capricho de sus novios. Cedió tal y como, poco a poco, estaba cediendo a vivir sin culpas, abriéndose camino a la felicidad, de la mano de los dos amores de su vida.
