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Estar con los pecados capitales era lo que lo mantenía con un cable a tierra. Con la muerte de Elaine, Ban creía haber perdido el rumbo hacia tiempo y aunque le había prometido que iba a revivirla, lo cierto es que no tenía idea de cómo empezar esa búsqueda. Ser parte de algo lo ayudó a salir, a levantarse del pozo en donde estaba y a concentrarse en su objetivo: vencer a la muerte. Aunque nadie lo sabía, nadie pensaría que aquel tipo alto y con ropa ajustada y de talla pequeña tenía una meta tan importante. Sólo lo veían como el borracho ladrón que podía ser un grano en el trasero.
King era el que más lo sufría al ser el más cercano a él. A pesar de que Ban lo molestaba y siempre le robaba su cómoda almohada o lo metía en algún problema del que luego tenía que hacerse cargo.
Ban solía ser molesto y juguetón, pero hacía un par de días que andaba perdido, sin fijarse mucho en los demás o en lo que sucedía a su alrededor. Salió al jardín, olvidándose de que Diane solía estar ahí y al verla, levantó la vista hacia ella, con las manos en los bolsillos y una expresión de aburrimiento increíble.
—Te ves triste.
—Sí —dijo Diane mirando a Ban con sorpresa.
—Vete, no quiero que me deprimas —soltó sin remordimiento alguno y se echó en el suelo y apenas su cabeza tocó el suelo, un puñetazo que le rompió todos los huesos lo dejó casi enterrado en la hierba del jardín.
—Eres un imbécil —le dijo enojada ella y se levantó y se fue, haciendo temblar el suelo por donde caminaba.
Ban tardó unos minutos en recuperarse por completo. No le importaba realmente. Desde que era inmortal, su seguridad personal había quedado olvidada. No se preocupaba en lo absoluto por ello, al punto que podían herirlo y él seguiría sin problemas. En parte, era gracias al factor curativo que le daba el no poder morir, pero arrastraba algo más consigo: él de verdad no quería vivir. No tenía motivos para hacerlo.
Antes era la fuente de la juventud la que podía darle aquello en su vida, pero al encontrarla, había conocido a la mujer que le había dado sentido a su existencia, sin ella, no quedaba nada.
—¿De qué sirve todo esto? —Se preguntó mirando hacia el cielo. Corrió los mechones de cabello de su frente y luego, se tapó los ojos con las manos.
¿De qué servía una vida inmortal si ella no podía compartirla a su lado?
No quería llorar, así que se puso de pie y decidió salir a caminar, cuando sintió la calidez de dos brazos en su cuello, rodeándolo. La fragancia dulce que hacia cosquillas en su nariz le recordó a ella: el albaricoque y el olor de la lluvia. Él cerró los ojos y apretó los dientes, llevando las manos hasta su cuello y acabando por tocar su propia piel: no estaba. Y tenía miedo de voltear y que su fantasma fuera sólo eso: un simple espectro de lo que ella había sido.
Apretó los dientes y se mordió los labios hasta hacerlos sangrar. Las marcas de sus colmillos pronto se disolvieron en el aire como si nunca hubieran estado, aunque los hilos de sangre iban manchando su boca y barbilla.
Sus ojos se llenaron de angustia que se desbordó por ellos y recorrió sus mejillas y cuello. El dolor iba como un cincel que daba golpes fuertes, certeros y duros, justo donde sabía que dolían.
Sólo estaba eso: la ingrata sensación, la estúpida certeza de que ella seguiría muerta.
La lluvia caería. Él se mojaría.
Y nada cambiaría.
