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Como de año en año

Summary:

La forma en la que la mirada de Zulema se posaba sobre ella anulaba cualquier otro sentido. Tanto, que ni siquiera pensó demasiado cuando decidió besarla mientras esperaban en el frío banco de mármol.

Zulema la correspondió.

#Feliz2022!

Notes:

¡Feliz año a todos!

Se suponía que iban a ser solo 500 palabras y... se me fue de las manos. Espero que mantenga algo de conexión.

Work Text:

Conoció a Zulema en la facultad. No técnicamente, pero sí que fue durante los años que Macarena pasó estudiando contabilidad. Realmente, fue culpa de Rizos. Ella y Macarena habían salido juntas unos meses durante el instituto, mientras Macarena cursaba bachillerato y Rizos decidía que quería ser actriz de doblaje. Nunca llegó a apuntarse a la academia, pero seguía invitando a Macarena a cada una de sus fiestas locas.

Y, en cada ocasión, su novia era una chica distinta. Macarena no la juzgaba. Lo había hecho cuando era más joven, pero Rizos era demasiado inquieta y estaba demasiado perdida respecto al rumbo que le quería dar a su vida como para asentarse con una persona.

Lo cierto era que Saray no estaba en su lista de favoritas. La gitana era demasiado intensa, demasiado pasional. Demasiado diferente a Macarena. Fue la propia Rizos la que las obligó a dejar de discutir.

Media hora más tarde, a ambas se les había olvidado que casi se tiraban de los pelos.

-Tu amiga… no me acuerdo como se llama. No para de mirarme -comentó en voz alta mientras le mantenía la mirada por encima de su cerveza. Sin embargo, para cuando Saray se giró, su amiga volvía a prestar atención a las personas con las que conversaba.

-¿Quién? ¿Zulema?

La carcajada ofendió a Macarena. No le gustaba que la tratasen como si estuviese loca. Estuvo tentada a lanzarle un puñado de frutos secos a la cara.

-A Zulema no le gustan los coños. Si te está mirando es porque está planeando siete formas diferentes de matarte.

Por supuesto, Saray bromeaba. Con la segunda parte, no con la primera. Pero a Macarena no le hacía gracia la forma en la que Saray la trataba, así que se levantó y fue a buscar a alguien más agradable con quien hablar que no fuese su ex y la idiota de su nueva novia.

Macarena no pensó más en el comentario de Saray, ni siquiera cuando, en algún punto de la noche, terminó hablando con esa tal Zulema durante un rato. Pero sí que se acordó cuando quiso irse y Zulema también lo hacía.

Caminaron juntas. Macarena la observó encender un cigarro en el portal del piso de Rizos mientras se subía la chaqueta. Cuando le ofreció uno, lo aceptó. El sabor de aquella primera calada era el sabor que debía tener Zulema. Estaba convencida de ello.

Se pararon en el exterior de la boca de metro para terminar de fumar.

Aquella noche, Macarena descubrió que Zulema tenía cinco años más que ella, y que estaba terminado el bachillerato para adultos. Mientras, trabajaba limpiando coches en una gasolinera.

-¿Te gusta conducir?

-¿En Madrid? No. El tráfico me agobia. Pero en la autovía… eso es otra cosa.

Zulema sonrió antes de tirar la colilla al suelo y aplastarla con la punta de sus botas negras. A Macarena le pareció que era de aquellas personas que disfrutaban de la libertad y el aire libre.

Bajaron las escaleras en silencio. Sus tarjetas pitaron al canjear el viaje y la frase de Saray volvió a cruzarle la mente mientras se reunían al otro lado del paso. Pero la forma en la que la mirada de Zulema se posaba sobre ella anulaba cualquier otro sentido. Tanto, que ni siquiera pensó demasiado cuando decidió besarla mientras esperaban en el frío banco de mármol.

Zulema la correspondió.

 

Su móvil vibraba más que nunca. A veces, era incapaz de mantenerse lejos de él lo que duraba la clase y lo miraba por debajo de la mesa. Sabía que Zulema hacía lo mismo durante sus tardes. Excepto cuando tenía un examen y lo apagaba durante todo el día.

Los viernes por la noche, Macarena esperaba en la puerta del instituto a que diesen las nueve. Cuando veía a Zulema abandonar el edificio, se separaba de la pared y apagaba la música de sus auriculares.

Cada una de las veces, la mirada de Zulema escondía un atisbo de sorpresa. Si Macarena se hubiese parado a pensar más en ello, igual se había dado cuenta de que esperaba que un día dejase de aparecer sin dar más explicaciones.

-Chino. Aunque ya debe estar frío. -Macarena alzó la bolsa que colgaba de sus dedos cuando estuvieron lo suficientemente cerca.

Lo recalentaban en el microondas del piso de Zulema. Dios, qué piso tan pequeño. Pero allí tenían todo el tiempo del mundo para hacer lo que quisieran, para hablar de lo que no hablaban con los demás, para susurrarse secretos entre el humo del tabaco y las dos cervezas vacías.

Así fue como Macarena confesó que durante el verano del último curso del instituto se estuvo viendo con uno de sus profesores. Y como descubrió que Zulema tuvo un embarazo adolescente fruto de la violación de un miembro de su propia familia. Tuvo el bebé en sus brazos durante los dos días que estuvo en cama después de parir. Al tercero, ya no estaba cuando se despertó. Al séptimo, se fugó de casa y nunca regresó. Habían sido malos años, pero conocer a Saray la encaminó, por loco que pareciese, y ahora quería estudiar derecho para poder recuperar a su hija.

Por eso, Macarena no se quejó cuando no pudo disfrutar de vacaciones de verano con Zulema porque había gastado los últimos días libres que le quedaban en preparase selectividad. Celebraron su plaza con alcohol y amigos, y Macarena volvió a dormir en aquella incómoda cama de nuevo.

Los muelles estaban reventados y las persianas podridas por el sol y el agua, pero la luz de la mañana que se colaba en la habitación iluminaba el cuerpo desnudo de Macarena haciendo brillar su piel. Zulema prefería eso a las vistas del mejor hotel de Ibiza.

 

-¿Y qué quieres hacer ahora, rubia?

Macarena tenía mil planes en la cabeza. Algunos alocados, otros más sensatos. Había compartido sus dudas con Zulema durante todo el curso de su último año. Ahora, con el resguardo del título de graduada en la mano, Zulema le recordaba que tenía que tomar una decisión.

-Pues me apuntaré a la academia y me pondré a estudiar las oposiciones -suspiró mientras guiaba a Zulema hacia el bar más cercano y pedían dos cervezas.

-¿Y ese máster que te gustaba?

Macarena fue la primera en elegir asiento en la mesa alta y dejó la pregunta suspendida en el aire mientras peleaba por guardar la carpeta en el bolso.

-Es muy caro. Inglaterra es muy cara. Se va a fundir todos mis ahorros y posiblemente no me termine sirviendo para nada.

El muchacho plantó ambos botellines sobre la mesa y se los abrió allí mismo. Solo cuando por fin se fue, Zulema le tiró de la tela del pantalón.

-Maca, no seas tonta. Juégatela si crees que te la tienes que jugar.

Al final, Macarena se la jugó.

 

Las relaciones a distancia son una mierda. Sus voces cansadas al final del día en ocasiones preferían dormir. Cuadrar la disponibilidad para cada llamada se volvía más complicado conforme el tiempo pasaba y Macarena dejaba de estar sola en un país extranjero. El día no tenía suficientes horas para una Zulema que compaginaba la necesidad de un sueldo y la exigencia de la universidad.

Los viernes, la cama se sentía fría.

Las expectativas del regreso de Macarena a Madrid por Navidad las mantenía vivas. Solo que los días pasaron demasiado deprisa y la simple noche que pasaron juntas en el piso cutre de Zulema fue un bocado indigesto. Demasiado corto para saborearlo. Demasiado anhelado para ser satisfactorio.

Los meses de invierno pesaban y el frío, de alguna forma, las alejaba. Un billete de avión en temporada baja de una compañía low-cost fue un capricho que Zulema se permitió a sí misma. Madrugó, durmió lo que duró el trayecto y bostezó mientras esperaba en su asiento a poder bajar. La mochila descansaba lista en sus rodillas, una muda de ropa para pasar aquel fin de semana.

Macarena la esperaba entre todo ese barullo de gente y beso en los labios supo amargo. Fingieron que no lo habían notado y caminaron hacia el autobús. Solo cuando por fin se sentaron y el paisaje anglosajón se extendía al otro lado de la ventanilla, la mano de Macarena se encontró con la suya. Inconscientemente, Zulema se relajó.

 

El estilo de vida de Macarena siempre había estado un tanto alejado del de Zulema. Las circunstancias que las envolvían eran diferentes, pero la forma en la que se habían relacionado había hecho que nunca lo notasen demasiado.

Por eso, fue tal bofetada cuando se dieron cuenta de que, efectivamente, existía. Y que eso separaba sus vidas. Bueno, eso y…

-¿Te has enamorado?

La habitación de Macarena se sentía claustrofóbica, y el cielo gris que se vislumbraba por la ventana no era de gran ayuda.

-Zulema…

Zulema apartó la mano antes de que Macarena tuviese tiempo a rozarla. La falta de tacto se sintió como un vacío.

-Contéstame, Maca.

Sin embargo, lo único que Macarena hacía era mirarla con su mano aun flotando entre ellas. Su falta de respuesta dolía más que una afirmación rotunda.

La cama protestó cuando Zulema se levantó con brusquedad. La estructura bailó un poco y los muelles chirriaron, pero no lo suficiente como para temer que pudiese ceder bajo el peso de Macarena.

Los pasos arriba y abajo se amortiguaban por el aire pesado de la habitación. Al otro lado de la puerta, se podía escuchar la televisión que las compañeras de piso de Macarena se habían reunido para ver en el salón.

-Podrías habérmelo dicho antes de que desperdiciase mis ahorros en venir a verte -masculló, presionando la palma contra el frío cristal de la ventana. Si la abriese y sacase la cabeza, podría ver el autobús de línea pasar en lugar de solo oírlo.

Macarena pareció volver a recuperar el sentido del habla. Giró su cuerpo, sin llegar a levantarse, sin llegar a subir la rodilla al colchón.

-Prefería decírtelo en persona.

Eso solo hizo que Zulema soltase una risa amarga y presionase más fuerte, sintiendo la tensión en la muñeca.

-Yo prefería que no se te hubiera antojado tirarte a tu profesor.

Apretó la mandíbula. Decirlo ella misma en voz alta lo hacía más real que cuando Macarena le había confesado que había comenzado a mantener una relación con uno de los docentes, suficientemente mayor para ser su padre.

Además, parecía que la elección de palabras la había molestado.

-No es solo un calentón, Zulema. Ya te lo he dicho, hemos conectado y… ha surgido algo especial. Tenemos planteado un proyecto y vamos a…

-Es decir, que te has enamorado -la interrumpió. En parte, porque había escuchado suficiente. En parte, porque necesitaba irse de allí teniendo razón en algo, aunque fuera en esa mierda.

Esa vez, sin embargo, Macarena no se quedó callada.

-Sí, creo que sí -alzó la barbilla y sus ojos se exigieron a sí mismos mostrar seguridad cuando Zulema se giró en busca de ellos.

Asintió despacio, como si el mundo se hubiese detenido y los segundos transcurriesen más lentos. Ese instante desapareció y la velocidad regresó en el momento que Zulema encogió uno de sus hombros e hizo una mueca de desdén con el rostro. Su pulgar recorrió su labio inferior mientras su miraba buscaba su maleta.

-Pues vale. -Cerró la cremallera y se la echó al hombro. Si se dejaba algo detrás Macarena se lo podía meter por el culo-. Eres libre de hacer lo que quieras. A mí me da igual.

Estaba a punto de salir de la habitación cuando los muelles indicaron que Macarena por fin había abandonado la cama.

-¿Dónde vas? Todavía quedan seis horas para tu vuelo. Puedo prepararte algo para que almuerces aquí.

Zulema cerró con un portazo. Macarena necesitó cinco meses para entender que el dolor en aquella última mirada.

 

-Es una zorra. Esa tía nunca me ha gustado.

Pero Zulema no quería oír la opinión de Saray al respecto. Prefería que su vida sin horas la absorbiera hasta que el tiempo borrase la tristeza.

-Cállate, ¿quieres? E invítame a otras de las cervezas asquerosas de estas.

Empujó el tercio vacío en su dirección, dejando un rastro de agua sobre la superficie de la mesa.

-Son artesanas, que no te enteras -murmuró por lo bajo, más molesta por haber sido silenciada que por el insulto, mientras recogía la botella y se perdía en la cocina en busca de otro.

 

El teléfono móvil de Zulema vibró con la llamada entrante. Igual le hubiese pasado desapercibido si no fuese porque tenía los auriculares conectados a él, provocando que la música se interrumpiera.

Desde su posición en esa silla que no era del todo cómoda podía ver el reloj de la cocina que marcaba la una de la mañana. Demasiado tarde para ser spam. Así que tiró del cable para recuperar el dispositivo de entre los montones de folios subrayados que la rodeaban.

Iba a dejar la llamada morir. Sin embargo, su dedo tomó su propia decisión y descolgó.

Rápidamente, desenchufó los auriculares y se los arrancó de las orejas para poder apoyar el dispositivo en una de ellas.

Silencio al otro lado, pero los segundos seguían corriendo.

-¿Vas a hablar? -fue seca, podía permitírselo en ese momento en el que todavía no había escuchado la voz de Macarena.

Las primeras palabras llegaron sin confianza, con un tinte de algo que Zulema no supo reconocer en ese momento.

-Creía que no me lo ibas a coger. Yo… pensé que estarías durmiendo o algo.

-Estoy estudiando -respondió antes de que su mente crease una respuesta mejor como “¿para qué me llamas si no esperabas hablar conmigo?”

De nuevo, Macarena tropezaba con las palabras en su intento de preguntarle si le iba bien mientras el llanto se le agolpaban en la garganta y su labio temblaba en su dormitorio a oscuras, del que llevaba dos días sin querer salir.

-Macarena… ¿Por qué me has llamado?

Uno, dos, tres… cinco segundos hasta que de los ojos cansado de Macarena volviesen a caer lágrimas sin control y sus palabras se viesen interrumpidas por el llanto.

Zulema la dejó llorar al otro lado del teléfono, con el tema doce apoyado frente a ella y el bolígrafo de propaganda esperándola junto al esquema. Lo recuperó para terminar la palabra que se había quedado a media, y terminó repasando el trazo hasta que quedó mucho más oscuras que las demás.

-He perdido a mi bebé.

La confesión cogió a Zulema desprevenida.

-¿Tu bebé? -repitió.

-He tenido un aborto. -La manga de la camiseta sucia de Macarena trataba una vez más de despejar su cara húmeda, aunque las palabras aún le saliesen pesadas-. Espontáneo. Iba a tener un niño y… ya no.

En eso consisten los abortos.

-¿Por qué me cuentas esto?

Porque la necesitaba. Porque Macarena se sentía sola y pequeña en aquel país que no era el suyo después de sentir la mayor pérdida que había experimentado en su vida. Porque Zulema era la única que pensaba que la podía entender, la única que había pasado por algo así.

-No tengo ni puta idea de lo que es. A mí me arrancaron a mi hija de los brazos. Lloraba mientras se la llevaban. Yo no sé cómo te sientes. Para ser sincera, ya ni siquiera me incumbe, Macarena. Llama a tu novio para que te consuele. No a mí.

La respuesta de Zulema fue tan brusca, tan real, que golpearon a Macarena como un martillo y el trabajo de su manga empapada fue en vano.

-Hace varias semanas que no estamos juntos -murmuró, existiendo la posibilidad de que las palabras no alcanzasen a Zulema al otro lado del mar. Pero lo hicieron. El problema es que no significaron nada.

-Nosotras tampoco.

Y la llamada murió.

 

El máster resultó abrirle las puertas. Fue contratada en la misma empresa donde realizó las prácticas y para antes de Navidad ya había sido ascendida. Le encantaba su trabajo, le encantaba Londres y disfrutaba de la vida que llevaba. Nunca en casa el tiempo suficiente como para darse cuenta lo sola que esa se llegaba a sentir.

Cambió de empresa a los dos años. Volvió a ascender. Empezó a salir con uno de sus compañeros de trabajo. Era danés y pasó con él la mejor semana de vacaciones de su vida en un pequeño pueblo al sur del país. Estaban a punto de mudarse juntos cuando cortaron. Su madre ya pensaba en los nietitos rubios que iba a tener y que nunca llegaron.

Estaba a punto de cumplir los treintas cuando recibió una llamada de su hermano.

-Es papá.

Pasó una semana en Madrid después del infarto de su padre. Y allí, en la casa en la que se había criado y en el calor de la familia, se planteó por primera vez cuánto tiempo más iba a pasar lejos de la gente a la que de verdad quería. O, más bien, cuánto de ese tiempo existía.

A los treinta y uno se había instalado en un piso en la capital y se peleaba por recordar cómo se redactaba correctamente en su idioma materno. Ahora comía los domingos con los suyos y dejaba que Rizos la volviese a arrastrar a sus planes extravagantes como cuando Macarena iba a la universidad. En todos esos años, su amiga no había cambiado ni un poco. Igual de loca, igual de apasionada.

Incluso se volvieron a acostar juntas una vez. Cuando abrió los ojos y encontró a su amiga desnuda en su cama, empezó a reír. Sus carcajadas despertaron a Rizos, y pronto la acompañó. Eso fue todo. Que te quiero, rubia, y un beso sonoro en los labios antes de saltar por encima de ella para bajar de la cama mientras le proponía bajar a desayunar churros. Para la resaca, fue su excusa.

En todas esas ocasiones que pasaban juntas, Macarena temía que Saray asistiese, o que surgiese en la conversación. Sabía que la gitana la odiaba por cómo había terminado con Zulema. Se lo había dejado muy claro la primera vez que volvió a verla cuando todavía vivía en Reino Unido, con las mandíbulas apretadas y a medio centímetro del rostro de Macarena. Le había tentado darle un cabezazo. En lugar de ello, fue pacífica y la apartó de un empujón de su espacio vital.

-Qué haces metiéndote en la vida de los demás, desgraciada. A mí no me amenaces.

Aun así, se ganó una maldición que Saray selló con beso sobre el pulgar que recogía su puño y un escupitajo en los pies de Macarena.

-Gilipollas.

La verdad es que se alegró cuando Rizos le contó por videollamada que habían cortado, años atrás mientras todavía disfrutaba del esnobismo de Reino Unido. Estaba bastante segura de que no había podido disimular su expresión. No le hizo tanta gracia cuando se enteró de que seguían siendo amigas cercanas.

Pero no necesitó de Saray. Supo inmediatamente que era ella en cuanto oyó la risa a su espalda.

Se quedó paralizada, su mano enganchada a las asas del bolso mientras las escaleras mecánicas la sacaban del subsuelo del metro.

Podría haber continuado inmóvil hasta el final de la cinta, continuar andando, canjear su billete y salir al exterior. El momento se diluiría como ellas entre la gente. Caminaría hasta el Zara sin sacársela de la cabeza, cambiaría el impermeable por otra talla y, cuando saliese de la tienda ya no se acordaría de lo que acababa de pasar.

Sin embargo, se giró.

-¿Zulema?

La conversación en árabe se cortó cuando la mujer un escalón por debajo de ella se volvió al escuchar su nombre. Su hombro rozó la parte baja del abrigo de Macarena, y sus ojos la recorrieron conforme la escalera llegaba a su fin y las ponían al mismo nivel.

Macarena dio un paso atrás y la multitud le hizo esquivar la mirada de Zulema justo cuando se iban a encontrar.

La mano en su codo la indicó que no huyese.

-Maca…

El sonido de su nombre, susurrado por esos labios, le hizo sentir un pellizco en el estómago que hacía mucho que no experimentaba.

Igual tendría que haber seguido hacia delante. Así no tendría los ojos verdes de Zulema recorriendo cada fracción de su rostro, analizando cada pequeño detalle que era diferente desde la última vez que se vieron.

Quería que parase y, a la vez, que nunca volviese a dejar de mirarla.

El barullo de gente terminó de pasar detrás de ellas. Se estaría tranquilo durante los siguientes tres minutos.

-Estás… -La frase inacabada hizo que la atención de Macarena saltase a los labios rojos frente a ella. El final nunca llegó, como si la propia Zulema no tuviese demasiado claro qué era lo que quería decir-. ¿Has venido de visita?

Macarena negó, y de repente se preguntó si Saray le había contado a Zulema sobre ella. No habían vuelto a hablar desde aquella noche en la que la vida le vino grande.

-No, hace ya un par de años que volví a Madrid. -Levantó la bolsa de papel, demasiado ocupada en reconocer a esa Zulema diferente cuya voz sonaba exactamente igual, y cuya mirada parecía desnudarle el alma-. Me tenía que acercar a hacer unas compras.

Zulema apenas le prestó atención a la bolsa, y solo cuando la nueva oleada de pasajeros les alcanzó, Macarena sintió como la mano de Zulema por fin abandonaba su codo.

Siguieron a la muchedumbre. Con ellas caminaban los dos acompañantes que habían hecho reír a Zulema. Un muchacho con unos cinco o seis años menos que Macarena, y una chica adolescente.

El tipo la miraba con curiosidad. Macarena estaba convencida de que le preguntaría a Zulema quién era ella en cuanto se separasen. La chica, sin embargo, estaba demasiado ocupada tecleando en su móvil mientras caminaba.

Su tarjeta multiviaje pitó y las puertas se abrieron. Podía sentir a Zulema un paso por detrás. Quizás, si cerrase los ojos su cerebro pudiese recrear su olor.

Por fin, el cielo de Madrid las volvió a recibir y Macarena se paró para… despedirse, suponía. No lo tenía del todo claro. No sabía quiénes eran esas personas para Zulema. No había vuelto a saber nada de ella.

Aun así, no podía parar de mirar a la chiquilla por encima del hombro una Zulema que rescataba un paquete de tabaco del bolsillo de su chaqueta.

-¿Es…? -Le dio miedo terminar la frase, en caso de que se estuviese equivocando. El brillo en los ojos de Zulema le contestó antes que sus palabras.

-Es mi hija -murmuró, como si le diese miedo a decirlo más alto y que se volviese un sueño.

Una sonrisa sincera se extendió por los labios de Macarena a la vez que el pellizco en su estómago se acrecentaba. Podría vomitar, y ni siquiera sabía qué era lo que la hacía sentirse así. ¿Orgullo? ¿Satisfacción? ¿Melancolía por habérselo perdido?

-Dios mío, Zulema… ¡Eso es increíble!

Todo ese esfuerzo, todas esas noches sin dormir, toda esa soledad y frustración…

Acarició la parte superior del brazo de Zulema y apretó su bíceps en lo que era el fantasma de un abrazo.

Entonces se dio cuenta que lo que no había sabido reconocer en Zulema desde que puso la mirada sobre ella apenas diez minutos antes era felicidad. Zulema era feliz. Simple y llanamente. Y el sentimiento manaba de ella, formando una aureola a su alrededor.

-Me alegro por ti, de verdad.

Zulema le sonrió y le ofreció un cigarro. Lo aceptó, incluso si hacía meses que no tocaba el tabaco.

-Gracias, rubia.

Dejó que se le encendiera y el sabor que le llenó la boca la transportó a diez años atrás, a aquella primera noche en la que se conocieron y fumaron en la puerta del metro. El sabor a Zulema.

-¿Y tú? ¿Te va bien?

Macarena le devolvió la sonrisa, pintando con ella la proyección de su vida.

-Sí, estoy muy bien -respondió sin tener del todo claro si era verdad. Esperaba que no se pudiese ver entre el humo que escapaba de los labios de Zulema.

Ella nunca había tenido un objetivo tan fijo en la vida como Zulema, para bien o para mal. En ese momento, le dio un poco igual. Bajo la mirada de Zulema se sentía especial mientras hablaban y los cigarros se consumían. Se sentía a sí misma volviendo a hipnotizarse por ella.

Pero llegó el turno de que las colillas cayeran al suelo. Macarena no esperaba la caricia en su rostro ni el suspiro de Zulema.

-Joder, rubia… Lo enamorada que estuve de ti.

Las mejillas de Macarena se encendieron mientras que las de Zulema dibujaron la mueca de nostalgia.

Tal como llegó su tacto, desapareció, y Macarena se quedó sola. Las últimas palabras resonaban en su cabeza mientras la veía alejarse de la mano de aquel tipo.

La nicotina todavía la llevaba pegada a la boca cuando regresó a casa. Su olor y su confesión la persiguieron durante semanas hasta quedar diluida en el tiempo y en el estrés.

No volverían a verse en otros cinco años.

 

Macarena no se creía eso de que te puedes morir de corazón roto. Eso fue antes de perder a sus padres. Había visto como la luz se había ido apagando en los ojos de su padre hasta que un día dejaron de abrirse. Fue su hermano quien le encontró sin vida en el sillón del comedor con el pijama puesto y la televisión encendida. Para cuando Macarena llegó a la casa, el coche de la morgue estaba aparcado en el vado del garaje.

Se abrazó a Román y le dejó llorar en su hombro, como él había hecho con ella dos meses antes, cuando fue testigo de cómo atropellaban a su madre.

-Hija mía, espérate. Un día te van a llevar para delante.

Encarna la había parado segundos antes cuando Macarena había tenido intención del saltarse el semáforo. Así que esperaron a que la luz se pusiera verde mientras se asomaban a las bolsas de ropa de bebé que acababan de comprar. Lo último que hizo su madre fue acariciarle la barriga. Se le adelantó en el paso de peatones y ya no volvió a hablar.

Macarena se recordaba a sí misma gritando. Gritando mientras el tiempo se ralentizaba, las piernas se le aflojaban y una señora la sostenía mientras le murmuraba palabras de consuelo. Fue ella la que terminó ingresada esa noche por culpa de las contracciones. Durante algunas horas, pensó que había perdido a su madre y a otro hijo más.

Ahora, era una huérfana que no sabía cómo iba a criar a su hija sin la ayuda de sus padres.

Apretó la mano de su hermano, la misma que no había soltado durante todo el funeral y le susurró que volvía enseguida. La ansiedad le subía por el pecho y el médico le había dicho que tenía que mantenerse relajada para evitar otro susto.

Ojalá fuera tan fácil.

Sus mocasines negros se saltaron el camino para pisar el prohibido césped verde, brillante en aquella preciosa mañana de invierno. Una vez alcanzado el banco de piedra, se sentó con las piernas más separadas de lo que sería correcto, pero que acomodaban mejor a su bebé. Podía sentir el frío de la muerte allí donde su vestido terminaba y su muslo solo quedaba protegido por la media que le apretaba su cuerpo hinchado.

Se saltó la barrera de su abrigo para poder colar las manos más cerca de su piel, sobre el costado de su barriga. Allí dibujó círculos con las manos que la calmaban. Susurró palabras a su bebé para no escuchar los llantos que le llegaban desde lo lejos.

Sin embargo, había uno que se acercaba por el camino que reconoció, de la misma manera que había reconocido la risa en las escaleras del metro.

Se puso de pie, recordando volver a colgar el bolso en su hombro, y dio unos pasos en su dirección. Fue Saray, con el brazo sobre el hombro de la amiga que era como su hermana, la primera en verla y anunciarle su presencia en el oído a Zulema.

Lo primero que le llamó la atención a Macarena fue el rastro de máscara de pestañas que le ensuciaba las mejillas y que parecía haberse ido acumulando sin nadie que se preocupase en borrarlo.

Macarena se planteó irse por donde había venido mientras las dos mujeres mantenían una conversación con los ojos que terminó con Saray dejando ir los hombros de Zulema, y Zulema recorriendo la distancia que faltaba hasta Macarena.

El nudo atado en el vientre y que la había hecho escapar de su familia durante un rato se retorció en cuanto se encontró con los ojos vidriosos de Zulema. La felicidad que tan alegremente había saltado de ellos la última vez ya no existía. Ni volvería.

Estando frente a frente, Macarena no sabía qué decir.

-Lo siento -murmuró.

Zulema asintió, con las pestañas húmedas y los ojos rojos. Quizás, por la forma en la que Zulema la miraba, ella no debería presentar mucho mejor aspecto.

Su mano soltó el asa del bolso, cayendo despacio como todo a su alrededor últimamente, en busca de los dedos de escapaban de la manga de la cazadora de Zulema. Sin embargo, nunca llegaron a tocarlos.

-Enhorabuena. -La voz áspera y rota de Zulema la rasgó. En parte, le recordó a aquellas noches de juventud en la que despertaban en el colchón de muelles oxidados de Zulema después de mucho alcohol y acostarse a las seis de la mañana. Por otro lado, no tenía absolutamente nada que ver.

Corrigió la dirección de su mano y la posó sobre su bebé.

-Gracias. -Bajó la mirada hasta la caricia de su propio pulgar-. Ha sido un regalo. -La alzó de nuevo-. Aunque ya nunca conocerá a sus abuelos.

-Sí, es una pena. -Zulema se secó la mejilla derecha con el dorso de la mano antes de sorberse la nariz-. De todas formas, los niños son para que los críen sus padres.

Y, con eso, buscó a Saray y desaparecieron por el camino de grava.

Macarena deseó poder irse a casa también.

 

Fue Rizos la que le contó, semanas más tarde, que la hija y el novio de Zulema habían muerto en una explosión de gas en el edificio donde vivían. Ellos y otros cuatro vecinos. Zulema estaba trabajando cuando sucedió.

Todo por lo que tanto había luchado quemado a la misma velocidad que una hoja de papel.

Macarena pensó en llamarla. Luego imaginó que habría cambiado de número. De todas formas, tampoco sabía qué era lo que quería decirle.

Aun así, volvieron a coincidir. Era inevitable, teniendo en cuenta que sus respectivas amigas hacían todo lo posible por evitar que se quedaran en casa, viviendo con los fantasmas. Macarena estaba a punto de cumplir y ya no le hacía ilusión pasear por boutiques infantiles. No sin ver a su madre perdiendo la vida cada vez que apartaba los ojos del escaparate. Prefería tumbarse en el sofá y ver la televisión mientras ignoraba los mensajes de Rizos.

Al final, lo pasó bien en el cumpleaños de su amiga. Era divertido contemplar a la gente borracha y sus ocurrencias, y la comida estaba rica. La multitud la distraía, pero los ojos tristes de Zulema al otro lado de la habitación le hacían recordar.

Bebió su agua con limón mientras sentía a su hija agitarse en su interior. Se sentía cansada todo el tiempo y la interacción social la agotaba todavía más.

-¿Cuándo das a luz? -levantó la mirada hasta Zulema y su cerveza de treinta y tres centilitros.

-En una semana, se supone. -Frotó la mano allí donde la niña había golpeado y deseó un masaje en la espalda baja.

Zulema se sentó en una de las diez mil sillas plegables que Rizos guardaba en el armario del pasillo cuando no tenía invitados. No era la más cómoda, pero era mejor que nada.

-Macarenita Ferreiro -murmuró Zulema en señal de aprobación mientras cruzaba una pierna sobre la rodilla-. Saray me ha dicho que es una niña.

Macarena asintió y soñó con lo cómodo que sería que Zulema la llevase a casa y se metiese con ella en la cama. Quizás, la sensación de alguien más en la habitación, en la casa, la ayudase a dormir.

-Aún no he decidido cómo voy a llamarla. Quería que fuera como mi madre, pero suena demasiado… antiguo.

No hubo ninguna opinión al respecto. Zulema se quedó allí, sentada con ella en silencio mientras bebía su cerveza y alternaba la atención entre el infinito del resto de la gente y el vientre de Macarena.

De repente, se echó sobre sus rodillas de modo que quedaba mucho más cerca de ella. Macarena, por un momento, pensó que querría acariciar al bebé. Era algo que a todo el mundo le gustaba hacer. Estaba a punto de ofrecérselo cuando Zulema levantó la mirada y no supo distinguir lo que encontró en sus ojos. Pérdida, melancolía… quizás, anhelo de un pasado que podía haber sido y ya nunca volvería.

Antes de que Macarena pudiese decir nada, se levantó y se fue como había venido. Aunque pudo distinguir su mano limpiándose la mejilla.

 

Fue culpa de Saray que Zulema subiera a su piso esa tarde de principios de marzo. Tendría que haber venido ella a recogerlo. Qué cojones, tendría que haber sido Rizos la que no se lo hubiese olvidado en el piso. Sin embargo, allí estaban, con las botas de Zulema subiendo a pie los cuatro pisos y despertando a los vecinos de la siesta, y unas contracciones que llamaban la atención de Macarena y que empezaban a preocuparla. Al menos tenía la certeza de que su hermano se dirigiría hacia allá en cuanto saliese del trabajo.

-¿Rubia?

Zulema empujó la puerta entreabierta de la casa y se permitió a sí misma entrar. Macarena había desaparecido.

Cerró a su espalda mientras reconocía la estructura de la casa. El agua del grifo se escuchaba al fondo del pasillo y Zulema esperó en el salón, recorriendo con la mirada la decoración, pero sin llegar a pisar la alfombra frente al sofá.

Aprovechó para responder a los mensajes en su teléfono y aún podía escuchar el agua.

¿Cuánto puede tardar alguien en lavarse las manos?

Dio un paso indeciso en dirección al pasillo. Incluso descansó la mano sobre el dintel de la puerta antes de volver a llamar a Macarena.

Solo entonces, el grifo se apagó y Zulema oyó su nombre pronunciado en voz temblorosa, asustada.

Recorrió el pasillo, llamó a la puerta con la luz encendida por debajo y le respondió un gruñido y un jadeo.

Cuando entró, olía a vómito y había un charco de agua a los pies de Macarena.

 

En su primer embarazo, Macarena fantaseó con el rostro de Zulema junto a ella cuando diese a luz. En el segundo, sabía que su hermano estaría a su lado, porque era la única persona de su sangre que le quedaba. Sin embargo, cuando abrió los ojos en la cama de hospital, Zulema estaba de pie junto a la cuna de su bebé mientras Román le arreglaba la manta.

-Joder, hermanita, no sabía que querías el premio Guinness al parto más rápido.

Su burla la hizo sonreír y los ojos de Zulema encontrarse en casa. Pero, diez minutos después, ya habrían desaparecido y su hija sabría sentarse sola para cuando se volviesen a encontrar.

 

Su hija era una muñeca. Una muñeca perfecta que Macarena temía romper si la abrazaba demasiado fuerte, o si el viento rozaba demasiado su piel de terciopelo. Su risa la hacía feliz, y el peso de su cuerpecito sobre ella le aligeraba el alma.

No había nada que disfrutase más que esos domingos por la mañana tiradas en la cama y jugando entre las sábanas.

Pero también la hacía llorar en el pasillo a las tres de la mañana cuando por fin se dormía. Todas las inseguridades, todos esos miedos que la hacían dudar.

-Lo estás haciendo genial, Maca. Mamá estaría orgullosa -le aseguraba Román tras subirle la compra y sentarse un rato en el sofá a tomar café y a ver a la niña jugar sobre la alfombra.

-Pero, rubia, si mírala… -Rizos levantaba a Marta, a quién había sentado sobre sus piernas en el momento que Macarena había aparcado el carrito junto a la mesa de la cafetería-. Si es lo más bonito que de este mundo. -Y jugaba a darle falsos mordiscos en la barriga provocando que agitase los pies en el aire.

Quiso pensar que tenían razón.

-Por cierto, que no se te olvide traer el tiramisú o te mato.

En la primera navidad sin sus padres, Macarena había aceptado la invitación de Rizos para pasar el fin de año en su casa. Casi le dijo que no a dos días de la celebración. Igual sería mejor quedarse en casa con la pequeña. Sin embargo, la niña fue la mayor atracción de la noche. Pasó de brazo en brazo entre todos los invitados. Estrellita también quería, y Maca sufrió los cinco minutos que la chiquilla de ocho años tuvo a su hija en brazos. Pero la niña de Saray tenía un temperamento más calmado que su madre. Incluso se asustó cuando el bebé tosió y lo devolvió antes de que nadie le echase la culpa por estropearlo.

-Lo has hecho muy bien -le sonrió a la niña, quién pareció sentirse lo suficientemente satisfecha con ella misma como para ir a sentarse sobre las piernas de Zulema y contárselo.

Pese al barullo y la música, Macarena sabía que hablaban de su bebé por como Estrella señalaba en su dirección. No era la primera vez que Zulema apartaba la atención de los adultos para dársela a la hija de su mejor amiga. Ya la había observado interactuar con ella antes, peinándole los pelos que se escapaban del interior de la trenza, pero hablándole como a un adulto.

Macarena estaba segura de que Zulema habría sido la mejor madre para su hija, si la vida le hubiese dejado disfrutarla como correspondía. Estaba dibujado en la tristeza de su rostro, en la paciencia de su voz, en la ternura de sus ojos cuando se posaban en el bebé de la mujer de la que estuvo tan enamorada.

Soledad también lo vio. Le ofreció a la niña que Zulema miraba, pero no tocaba.

-No… -Se resistió mientras extendía los brazos-. Yo no tengo ni idea de niños.

Su falta de confianza se notaba en sus gestos inseguros. Marta no tuvo inconveniente el cambio de adulto. Es más, posó la planta de sus pies que aún no sabían caminar por sí mismos sobre los muslos de Zulema y rebotó sobre ellos con aquella falta de miedo característica de la juventud. De repente, se aburrió, dejó de hacer esfuerzo y quedó colgando de las manos de Zulema.

-Eres una kamikaze -le murmuró mientras la recolocaba para que quedase sentada. No la perdió de vista un solo segundo mientras jugaba a morderse sus propios dedos y hacerse un lío con las manos. Y, sin previo aviso, comenzó a llorar.

Macarena cruzó la habitación en menos de tres segundos y tomó sitio junto a Zulema.

-No te preocupes, es solo que tiene hambre -la tranquilizó a la vez que traía a la niña a su propio regazo-. Hoy está saltándose todos los horarios.

Su tono suave era nuevo para Zulema. No era como si no hubiese tenido uno antes, simplemente, este era diferente. Más maternal. Más hogareño.

Zulema se preguntó cómo sería ir a casa con Macarena.

-¿Te importa que le dé el pecho aquí?

El jersey de Macarena era perfecto, con un cuello escotado sobre una camisa blanca que podía desabrocharse lo suficiente para exponer su seno.

-No, claro que no.

Zulema hizo el ademán de tomar su cerveza y dejarle intimidad, pero la presión breve de la palma de Macarena la mantuvo en el hueco del sofá de dos plazas.

-Puedes quedarte, no pretendía echarte.

Así que Zulema se quedó, hipnotizada por el ansia de la pequeña cuando supo que la comida estaba cerca y su calma tras los dos primeros tragos. Si no hubiese sido por la carcajada en la esquina, Zulema podría haber podido oír el suspiro de satisfacción.

Incluso Macarena parecía más relajada al tener a la niña de nuevo en sus brazos.

Y esa tranquilidad parecía haber formado una burbuja alrededor de ellos en la que Macarena le había permitido permanecer.

-Se os ve bien.

Zulema no podía despegar los ojos de madre e hija, aunque fuese políticamente incorrecto observarlas con tanta atención. Pero ya no se atrevía a volver a tocar, pese a que los piececitos de la cría casi rozaran su brazo. Parecía que si lo hacía ensuciaría ese momento tan puro.

-Bueno… Lo intentamos.

La cabeza baja de Macarena provocaba que su melena rubia cayese sobre uno de sus hombros y crease una cortina que parecía protegerlas del exterior. Sin embargo, lateral que quedaba junto a Zulema no había resbalado. Eso hacía a Zulema sentirse invitada a recorrer con la mirada los rasgos de Macarena como se merecían. Durante toda la noche, sus labios rojos y el exceso de Rimmel en sus pestañas había captado su atención como si fuera una luz brillante.

-Claro que sí -asintió, de alguna forma, acercando más el rostro de lo que ya estaba, pero sin invadirlas-. Estás más preciosa que nunca. Eso es que eres feliz.

La sinceridad es el mejor de los halagos. La mano de su hija sobre su pecho tendría que estar sintiendo el latido errático de su corazón. El comentario de Zulema la había cogido con la guardia baja.

No sabía de dónde salieron las palabras con las que le respondió.

-Todavía te echo de menos, Zulema.

La mujer retrocedió la distancia y puso recta su columna vertebral, aunque sus codos seguían descansando sobre sus rodillas.

-Fuiste tú quien me dejaste, Macarena -le recordó, como si acaso alguna de las dos hubiese podido olvidarlo. Sin embargo, el rencor que una vez sintió se había diluido con el paso de los años y de otros amores.

Pero sus palabras no achantaron a Macarena. No la hicieron retroceder y fingir que la confesión no había escapado de sus labios.

-Te echo de menos -repitió. Pudo observar perfectamente a Zulema tragar antes de que rompiera el contacto visual y recorriese su propio labio inferior con el índice para luego pellizcarlo con el pulgar.

Los hombros de Zulema se agitaron al reír y respiró fuerte al volver a girar la cabeza en su dirección.

-Cállate, rubia.

Y, oh, Macarena deseó hacer justo lo contrario.

 

Macarena se perdió las campanadas dando vueltas por la habitación de invitados de Rizos, cantando nanas y meciendo a un bebé que no había cumplido un año en sus brazos.

Cuando por fin salió, Rizos tiró de su brazo y le sirvió una copa de champán hasta arriba pese a los para, para, que hace mucho que no bebo, ¡para! Brindó con ella y le dio un beso en los labios. Bailaron hasta que a Macarena se le pasó las ganas de irse a casa y el alcohol la hizo marearse un poco.

Serían las tres de la mañana cuando se quedó dormida en el hombro de Zulema.

 

Rizos era muy buena niñera. Con lo cafre que era, ponía toda su responsabilidad en cuidar a los niños que quedaban a su cargo. Macarena le pagaba las horas que cuidaba de su hija mientras trabajaba y, aunque no era un sueldo en condiciones, le suponía un extra para lo poco que ganaba poniendo copas.

Pero, si pudiese elegir de verdad, lo que más le gustaba era dejar a Marta con Zulema.

Las primeras veces fue por necesidad urgente. La sacó de un apuro y le dio las gracias diez veces antes de cerrar la puerta.

La verdad es que era cierto que Zulema no tenía ni idea de niños. Se hacía un lío para cambiarle el pañal y no era capaz de calentar el biberón bien a la primera. A Rizos se le daba mejor todo eso. Pero la forma en la que Zulema sentaba a la niña sobre sus piernas y le susurraba con complicidad hacía que Macarena buscase razones para volver a verse.

Cada vez, se sorprendía cuando Zulema aceptaba sus planes.

O casi siempre. En ocasiones Macarena sentía que la rehuía, y se preguntaba si la incomodaba poniéndola en situaciones que ni la propia Macarena tenía claro qué significaban. Pero luego volvía, y su perfume a tabaco la embriagaba y ya no volvía a querer preguntarle hasta que volvía a suceder.

Sin embargo, la respuesta llegó sola en forma de lágrimas que escaparon silenciosas por las mejillas de Zulema mientras jugaban con la niña después de haber ido a comprar bebidas para la barbacoa de Saray de inicios de verano.

Cuando Macarena levantó la vista de su hija, con el brazo de la niña aun en su mano mientras la ayudaba a encajar las piezas según la forma, y encontró la tristeza manchándole el rostro, le faltaron las palabras. En su lugar, gateó hasta el otro lado de la alfombra y, de rodillas en el suelo del salón, rodeó a Zulema con los brazos.

-Lo siento tanto, Zulema -murmuró con los labios en su pelo mientras las lágrimas calaban en la tela de su camiseta. Tuvieron que pasar unos minutos antes de que unos puños se aferrasen a ella y su rostro se escondiese más cerca de su corazón.

Cuando le susurró que se quedase a cenar, Zulema negó. Se limpió la cara con las mangas, acarició la cabeza de la niña y murmuró que sería mejor que se fuera.

Quédate, le gritó con la mirada.

No, rozó su mejilla antes de irse, y Macarena la echó de menos en la barbacoa ese fin de semana. Así se lo dejó saber al día siguiente mientras esperaba los dos minutos que el microondas tardaba en calentarle el agua para el desayuno.

Su teléfono no vibró hasta la hora del almuerzo, y otra vez más mientras bañaba a la niña antes de acostarla. Fue en la cama, con la ventana abierta y la mosquitera bajada, cuando Macarena pudo volver a responderle.

Un mensaje por la noche en la habitación a oscura, el siguiente con el café. Y así, hilaban una conversación eterna en esas semanas donde la vida no las empujaba a encontrarse.

La distancia exacta que necesitaban.

Macarena no esperaba que se le saliese el corazón por la boca cuando la encontró comprándole caramelos a la hija de Saray a varios metros de la terraza en la que Rizos ya la esperaba.

-No me habías dicho que Zulema venía -le murmuró en el oído cuando nadie más miraba.

-No me habías dicho que te importaba.

Por lo visto, así era. Y cuando los dedos de Zulema rozaron con los suyos al pasarle una cerveza, Macarena decidió disfrutar la atención de su mirada y del calor en el vientre.

 

La noche de fin de año estaba nublada. Parecía que iba a llover pero no lo llegó a hacer. Aun así, quedaba una atmósfera de humedad en el ambiente que te pegaba la ropa al cuerpo sin que te dieras cuenta. Los cientos de españoles acumulados en la Puerta del Sol lo preferían a tener que cargar el paraguas.

A Macarena le daba igual. Las ventanas del apartamento de Rizos estaban cerradas para evitar que se colase el frío de diciembre, pero no eran lo suficientemente insonoras como para aislarles de los petardos que los chavales prendían en la calle.

El último año había estado bien, y Macarena tenía un buen presentimiento por el siguiente. Igual tenía que ver con que en esa ocasión si tenía ganas de fiesta. Había vestido a la niña con un jersey de renos a conjunto con el suyo, y había dejado que Tere le cambiase la diadema de astas por el sombrero de navidad nada la vio.

Como la última vez, la niña no quiso acostarse temprano. Prefería ir en brazos de su madre y lanzar confeti hacia el suelo en lugar de hacia el techo. O dejar que el marido de Tere la cogiese por las piernas como un saco de patatas y reírse por el cosquilleo que le producía la sangre en la cabeza. Además, Estrella ya no tenía miedo de ella, si no que la hacía correr por todo el pasillo detrás de un cochecito de bomberos.

-¿Y mi sobrina favorita? -gritaba Rizos cada vez que la veía aparecer, y la besuqueaba hasta que la niña gritaba en señal de descontento.

-Deja de hacerla rabiar -le reñía Macarena, aunque bien sabía que no le haría ningún caso. Rizos estaba feliz y un poco borracha. Todos lo estaban y a nadie le importaba lo más mínimo.

Las copas de vino de la cena aligeraban la vergüenza, y a Macarena dejó de importarle que Zulema la sorprendiese mirándola.

-¿Sabes? -Zulema masticaba un trozo de turrón mientras los demás discutían sobre en qué canal verían ese año las campanadas. Uno de los hijos de Tere se había quedado dormido en el sofá y el otro jugaba a la consola sentado en el suelo con la espalda contra el mueble. Marta no paraba de bostezar y buscaba con la mirada a su madre de vez en cuando, pero Estrella sabía cómo captar su atención.

Macarena levantó la mirada de su hija para fijarlos en los labios de Zulema en lugar de en sus ojos.

-Cada vez que las miro no puedo evitar ver a Fátima con Estrella cuando era pequeña. Aunque Fátima era mayor.

Pudo olor el alcohol en su aliento y se preguntó cuántas otras veces pensaría sobre su hija y no lo diría en voz alta.

La vida había sido tan injusta con ella.

Antes de que Macarena tuviese tiempo a abrir la boca como una idiota y no tener nada que decir, se vieron empujadas frente al televisor.

Se llevó a su hija con ella y consiguió sitio apretujada en el sofá, la cría sobre las rodillas y el muslo de Zulema sobre el brazo del sillón rozando su biceps cada vez que se movían.

-¿Quién diablos ha comprado estas uvas tan grandes?

Todos chitaron a Saray colectivamente y Rizos le dio un guantazo en el brazo para que se callara cuando siguió protestando. Los cuartos resonaban y todos sostenían la primera uva en la mano, listos para llevársela a la boca.

Lo único que se escuchaba era las campanadas del reloj de la Puerta del Sol marcando la medianoche. Y con cada golpe, una uva más a la boca, sin poder respirar y sin tiempo a tragar, notando las semillas crujir bajo las muelas. Una tos en alguna parte del salón. Macarena alejando más el cuenco para evitar que tener que estar robándola de los puños de su hija.

El final de los doce segundos y, por fin, un “feliz año, carajo” con la boca llena.

Miró hacia detrás y empujó el brazo de Zulema para guiar la uva que no le había dado tiempo a meterse en la boca a su interior. Fue apartada de un codazo y rio, notando que le jugo le subía por la nariz de una forma poca agradable. Luchó por tragar y, cuando lo consiguió, gritó feliz año.

A su lado, Sole tiró de ella para besarle repetidamente la mejilla. Macarena agitó juguetonamente a su hija y alguien descorchó el cava haciendo despegar el corcho. En el exterior, se escucharon los primeros petardos.

Demasiado ruido, demasiado movimiento. Marta rompió a llorar y las voces una por encima de la otra tratando de tranquilizarla solo lo empeoraron.

Por lo tanto, la copa de Macarena tuvo que esperar. Escapó con la niña en brazos al otro lado del piso, cerrando puertas detrás de ella y murmurando palabras de consuelo en su oído. Pero en la calle se seguía escuchando ruido. Sumando al cansancio del día, no le fue fácil calmarla. La durmió sobre su pecho y el efecto depresivo del alcohol empezó a hacer efecto sobre ella también. Le pareció dar una cabezada, pero no estaba segura. Simplemente, dejó a la niña acostada en la cama plegable que Rizos le había ofrecido para pasar la noche y se frotó los ojos mientras abandonaba la habitación.

Fue en el baño cuando se dio cuenta que se había corrido el lápiz de ojo. Lo arregló con el dedo y un poco de papel higiénico.

Se le olvidó que su intención de rescatar el lápiz de su bolso para retocárselo cuando regresó al salón y la mesa donde habían cenado había sido retirada contra la pared para convertir la estancia en una pista de baile.

Como si la hubiese sentido, Zulema se giró, sus miradas chocaron y Macarena sonrió. Cuando Zulema le hizo un gesto para que se uniera al centro, Macarena no necesitó que se lo repitiera dos veces.

 

La habitación giraba un poco y el sudor le resbalaba por la sien, pegándole el pelo a la piel. Tenía la boca seca y la botella de cava estaba vacía. Sintió la presencia de Zulema en la parte posterior de su cuerpo, casi rozándola, y el aliento agitando el cabello que le cubría el oído.

-Feliz año, rubia.

Cerró los ojos y se lamió los labios, disfrutando de lo etéreo del momento.

De nuevo, al girarse, su atención pasó primero por los labios de Zulema antes de subir a la intensidad de su mirada.

-Ven -susurró, buscando su mano y tirando de ella cuando la encontró.

La cocina estaba vacía y llena de restos de comida y botellas de cristal. Incluso había un biberón de Marta sobre el microondas. Se notaba el cambio de temperatura. La ventana había estado abierta durante toda la noche y Macarena podía notar el sudor enfriándosele.

Dejó ir la mano de Zulema y se agachó para buscar en la balda baja del frigorífico una nueva botella.

Al girarse, Zulema la observaba apoyada en la encimera. No hacía falta ser un genio para saber que ella también había tomado más de la cuenta. ¿A quién le importaba?

Ahora necesitaba una copa limpia porque la suya había quedado atrás en el salón y parecía que volver a por ella era una opción no válida.

-Venga, vamos a bebernos una a nuestra salud.

Encontró una copa de vino fregada y a Macarena le valió.

-Espero que no te importe compartir.

Apoyó la botella en la encimera junto a Zulema y se peleó con el alambre mientras era observada con diversión. Zulema fue lo suficientemente inteligente para retirarse ligeramente porque las manos de Macarena estaban demasiado torpes como para sujetar el corcho. Escapó y golpeó en la pared rebotando para perderse en algún punto indeterminado del suelo. Ya lo recogerían por la mañana. De todas formas, el suelo ya estaba pringoso, al igual que la mano de Macarena que sujetaba el cuello de la botella cuando la espuma rebosó.

Su primer instinto fue lamerla. Estaba dulce y las burbujas estallaron bajo su lengua al mismo ritmo que las pupilas de Zulema se dilataron. Quizás, en otra situación, la habría escuchado tragar.

-Dios, es que mira que desastre estoy haciendo -se rio de sí misma al servir. Casi se le vuelve a salir la espuma.

Fue Zulema la que la frenó con el índice en el borde de la copa. Tan solo un hilo escapó y creó una marca alrededor de la base del cristal. Esa vez, fue Zulema la que se llevó el dedo a la boca.

Tal como la espuma subió, desapareció, dejando la copa solo a la mitad.

-Vale, ¿alguna petición para el brindis?

En qué momento sus caderas habían empezado a rozar, ninguna de las dos lo recordaba.

Zulema negó y Macarena se dio cuenta de que su maquillaje también había sido castigado por la noche. Era demasiado tarde para estar despiertas.

-Por ti y por mí -dijo simplemente. Macarena asintió con vehemencia y levantó la copa un poco demasiado alto, haciendo que el líquido bailara en su interior peligrosamente cerca del borde. Zulema buscó la botella, fría por el frigorífico y húmeda por la condensación de las gotas, que pesaba demasiado para levantar con una mano pero que lo hizo igualmente.

-Por ti y por mí -repitió mientras los envases chocaban sin hacer ruido.

Todo lo que cayó entre los labios de Zulema fue gas que le hizo fruncir la nariz por las cosquillas, y se frotó con la manga de su chaleco para eliminar la sensación que parecía colársele por los ojos.

Cuando Macarena posó la copa, su cuerpo se dejó llevar ligeramente por la gravedad hacia delante. En realidad, estaba cansada y notaba el cerebro entumecido por la música de fondo al otro lado de la puerta de la cocina, cuyo volumen había disminuido conforme avanzaba la noche y el ruido podía perturbar el sueño vecino.

Igual no era buena idea seguir bebiendo. Quizás, no tendrían que haber abierto la botella.

Lo cierto era que no conseguía que le importase lo suficiente para sentirse mal. Parpadeó, despacio al igual que todo lo que parecía moverse a su alrededor, y tomó impulso en la encimera para separar su cuerpo del mueve y dar un par de pasos atrás.

Sin embargo, Zulema envolvió su muñeca y se dejó llevar de nuevo un paso hacia delante, justo con el pie entre las botas negras de Zulema.

El fluorescente de la cocina parpadeó. O, quizás, Macarena pestañeó demasiado lento. La mano de Zulema resbaló de su muñeca, cayendo por la palma de su mano hasta que el roce se perdió por la punta de sus dedos.

El rabillo del ojo de Zulema se había difuminado y su párpado inferior estaba manchado de kohl negro. Las arrugas incipientes de su piel y alrededor de sus ojos atraían los restos de maquillaje. El exterior de sus labios todavía tenía color, mientras que ahí donde más su humedecían habían perdido todo el carmín. Macarena observó cómo se separaban y, sólo cuando levantó la mirada de nuevo se dio cuenta de lo cerca que estaban sus rostros. Si giraba ligeramente el cuello hacia la izquierda, su nariz rozaría con la punta de la de Zulema.

Dios. Podía sentir el palpitar de su corazón contra su ropa. Quizás, Zulema lo estaría viendo en el costado de su cuello. Pero Macarena era capaz de prestar atención a sus labios y al olor tan propio de Zulema que sobrevivía escondido entre el calor del día.

Al aliento que se encontraba entremezclado con el suyo propio en el momento que los costados de sus frentes se encontraron y las comisuras de sus labios descansaban una sobre otra.

Le temblaban. Qué patético.

Quizás no lo era tanto si el pulgar de Zulema ahora acariciaba su mejilla y se atrevía a empujar ligeramente su mandíbula en su dirección. Solo un poco, como si ella también tuviese miedo a asumir cosas que no eran.

Su cuerpo cedió sin permiso, presionando contra los labios de Zulema en un beso suave. Su suspiro tembloroso le tuvo que golpear la mejilla, y sirvió para que Zulema rodease su cintura y la atrajese.

La falta de equilibrio hizo a Macarena avanzar otro paso más el pie entre los suyos. Su cadera descansó en la de Zulema y el placer que genera besar le hizo olvidar los pies de puntilla con los que se había acostumbrado a andar a su alrededor.

Reconocía el tacto, el sabor, la vibración que brotaba de Zulema. Era como si no hubiese pasado un solo día.

Ahora sí que Zulema tenía que estar sintiendo el latido de su corazón con la mano ascendiendo por su caja torácica, y cuando el beso se acabó y se convirtieron en dos mujeres entrelazadas en mitad de la cocina. Porque ese era el suyo, ¿verdad?

-Feliz año, Zulema -murmuró junto a su oído, allí donde tenía el rostro enterrado, tan flojito que no podía estar segura de sí la había oído o no.

 

El primer día del año siempre viene desacompasado. La madrugada está repleta de vida y la mañana de silencio. Casi sabía a tristeza. Un año que se va y no vuelve. La incertidumbre de lo que queda por delante. La inestabilidad del presente.

Desde el balcón del piso de Rizos, prácticamente no se veían coches pasar. Algunos chavales de recogida, demasiado agotados para dirigirse la palabra. Personas mayores despiertas desde temprano. Perros y sus dueños en un paseo corto y breve.

Zulema los observaba pasar a todos mientras disfrutaba del tóxico humo de un cigarro. A su espalda, una casa en silencio excepto por unos niños aun adormilados que veían el televisor con el mínimo volumen posible. Eso, y el barullo de la puerta del pasillo abrirse y cerrarse.

-Buenos días.

Zulema giró el cuello sin levantar los codos de la barandilla ante el saludo ronco de Macarena. La miró frotarse los ojos para apartar las lagañas negras de Rimmel que se le formaban tras cada bostezo, y exhaló el humo del tabaco. El viento de enero se lo llevó, aunque Macarena no tuvo ningún inconveniente en cruzar por el fantasma e imitar su posición.

Llevaba puestos los mismos vaqueros del día anterior y un canguro de Rizos con el nombre de alguna universidad estampado en el frente.

Persiguió su perfil con la mirada mientras imitaba su postura, y no ofreció resistencia cuando Macarena le tomó prestado sin permiso el cigarro que colgaba de sus dedos.

-¿Qué tal la resaca?

Susurró porque parecía herejía hablar más alto en una ciudad tan en silencio.

Macarena se pasó la palma de la mano por toda la cara en señal de dramatismo.

-Una mierda. -Su voz era una pena, acentuando su afirmación-. Pero sobreviviré. -Dio otra la calada antes de devolverle el cigarro-. ¿Qué tal tú? -preguntó con el humo guardado en los pulmones.

-Más de lo mismo. -Apartó la mirada cuando Macarena la posó en ella-. Nos estamos haciendo mayores, supongo.

Los años pasaban y días como aquellos era la prueba. Otras cosas, en cambio, parecían no cambiar nunca.

Zulema apagó el cigarro consumido en la barandilla y tiró la colilla a la calle. Posiblemente, se quedaría allí hasta el día siguiente. Los barrenderos también tenían derecho a descasar, y había zonas de Madrid que necesitaban su presencia mucho más que aquella calle.

-No sé si estoy preparada -murmuró mientras, bajo ellas, un hombre pasaba con un cartón de churros cuyo olor subió hasta el segundo piso. Zulema le vio perderse en la siguiente esquina mientras Macarena la miraba a ella-. Ya me rompiste el corazón una vez, Macarena. Además, estoy cansada de perder las cosas que me importan.

El pasado tan lejos y tan presente. Siempre agarrándose a las paredes de la vida.

Macarena se rascó bajo el párpado, cerca del lagrimal, dándose tiempo para responder.

-Siempre me he preguntado cómo habría sido nuestra vida si yo no hubiese sido así de gilipollas -confesó y se dio cuenta de que el esmalte de uñas de la mano derecha se le estaba descascarillando-. Me gustaría tanto prometerte que ya hemos pasado lo peor de nuestra relación, pero igual te mentiría. -La sinceridad dolía más que su garganta rasgada-. Y lo único que de verdad no quiero, es tener que mentirte.

Dejó de estropear más el esmalte y limpió los trozos despegados con el pulgar, consiguiendo que se le pegaran a la piel.

De repente, el hecho de que hubiese elegido no tomar contacto con su hombro le alegró. Ese pequeño espacio hacía el balcón menos asfixiante.

-Además… -continuó-. Creo que no hace falta que te aclare donde está mi prioridad ahora.

Fue el turno de Zulema de frenar el movimiento de su pulgar sobre la barandilla de hierro.

-Yo no puedo ser su madre.

Esa vez, la respuesta fue sencilla y Macarena no tuvo miedo de mirarla.

-Ni yo pedirte que asumas esa responsabilidad. No sería justo. Tú… No sería justo.

En absoluto. Y el hecho de que Macarena estuviese de acuerdo aliviaba parte del peso de los hombros de Zulema.

-Aun así, me gustaría volver a tener la oportunidad de caminar contigo, Zulema. Esa parte también es verdad. -Zulema, a la que había visto ser tan salvaje, la miraba con esos ojos asustados que querían confiar, pero no podían soportar más dolor-. Si tú también quisieras.

La duda saltaba como su mirada por el rostro de Macarena.

-No me tienes que responder ahora -sonrió, y Zulema se perdió de nuevo en la calle y el gato que se acomodaba encima de un banco en busca del mejor sol.

¿Qué prisa había? Habían pasado quince años y Macarena esperaba que pudiesen pasar, al menos, quince más.

-¿Rubia? -Macarena dejó escapar un murmullo para indicar que la estaba escuchando-. ¿Quieres que bajemos a por churros para todos?

Claro, claro que sí que quería.