Work Text:
Villa La Angostura, Neuquén, Argentina. Tres semanas después de la Hora Cero
El sonido de unas voces susurradas muy bien conocidas por ella comenzaron a sacarla del profundo sueño en el que había estado perdida. Raquel se giró en la cama, todavía con los ojos cerrados, en dirección a los culpables.
—Sh, no hagas ruido, Paula, que la vamos a despertar.
Suspiró, todavía haciéndose la dormida e intentando con todas sus fuerzas mantener un semblante relajado ante lo que las otras dos personas decían.
—Pero quiero que se despierte. —Su hija, a diferencia de Sergio, no era tan buena controlando el volumen de su voz, razón por la que él volvió a chistar, aunque en vano, porque ella lo ignoró—. Quiero darle la noticia.
«¿Qué noticia?», pensó Raquel, de repente muy intrigada.
—Ven aquí —le escuchó decir a Sergio—. Te contaré el plan.
Con mucho cuidado como para no ser descubierta, abrió uno de sus ojos, lo suficiente para poder espiarlos, pero no tanto como para demorar más de un microsegundo en volver a cerrarlo en caso de que alguno llegase a mirarla.
Y la visión que la esperaba logró que su corazón se saltara una palpitación.
Su hija estaba acostada al lado de Sergio, con esta al borde de la cama y el brazo de él rodeando su pequeño cuerpo, ayudándola a mantener el equilibrio para que no se cayera. Paula tenía la cabeza apoyada en su hombro, mirándolo con el brillo en los ojos que tiene cada niño y cada niña cuando observan atentamente a alguien a quien admiran.
—Ve a ver si tu abuela se ha despertado.
No era su padre biológico, pero Raquel sabía que aquellos dos tenían más amor por el otro del que cualquier lazo sanguíneo pudiera darles. Agradeció, una vez más, a la que hubiera sido esa fuerza que cruzó a Sergio en su camino, que los había juntado hacía ya tres años y que los había reencontrado de nuevo hacía dos para formar la familia que ella, su madre y su hija se merecían.
Vio a Paula asentir y eso la devolvió al presente. Él continuó.
—Si está despierta, la ayudas a cambiarse y a preparar el desayuno.
Su hija sonrió con los ojos demasiado abiertos, emocionada.
—¿Y si sigue dormida?
—Si duerme, puedes despertarla —susurró Sergio y, al ver la ansiedad evidente en la cara de la niña, agregó—: con delicadeza, por favor.
Raquel logró camuflar su risa en una especie de tos ahogada que supo que no habría pasado inadvertida por ninguno de los dos. Cerró su ojo rápidamente al ver que ambos giraban sus cabezas para mirarla.
—Ups —se lamentó Paula.
—Hala, ve a por tu abuela. —El movimiento en la cama le confirmó que su hija se había levantado y los sonidos de sus pasos le hicieron saber que se dirigía hacia la puerta—. Yo vigilo a tu madre. Cuando se despierte, tú le das la noticia —agregó por lo bajo.
La puerta de la habitación se cerró y fue entonces que sintió el cuerpo de Sergio acercándose al suyo.
—Sé que estás despierta.
Finalmente, Raquel no se contuvo y dejó que una sonrisa invadiera su rostro.
—¿Cómo lo has sabido? —preguntó mientras abría los ojos, encontrando los de él ya fijos en ella.
—Porque cuando duermes se te forma una pequeña arruguita… —La mano de Sergio subió hacia su rostro y acarició su entrecejo con la yema del dedo índice—, justo aquí.
Raquel rio, cogiendo su brazo y alejándolo de su cara.
—¿Me estás llamando vieja? —preguntó con una indignación fingida, aunque las comisuras de sus labios curvadas hacia arriba dejasen entrever que no hablaba en serio.
Sergio le siguió el juego, divertido.
—Jamás haría eso. —Cerró los ojos cuando sintió los labios de él posándose en el mismo espacio que hacía unos segundos había acariciado.
Volvieron a mirarse, ambos con una sonrisa en sus rostros. Raquel suspiró, el contacto de los dedos de Sergio mientras le acomodaban algunos mechones de pelo detrás de su oreja transmitiéndole calma. Agradeció el silencio que los invadió y aprovechó ese momento para contentarse con la tranquilidad de la nueva vida que estaban teniendo. Al haber fingido sus muertes, habían ganado la libertad que necesitaban para encontrar un nuevo lugar al que llamar hogar. Volver al continente asiático no les había parecido la mejor idea y Europa estaba totalmente descartada. Entonces, con un poco de insistencia por parte de Martín, que había decidido volver a su país natal con Mirko, Raquel y Sergio habían optado por instalarse en el sur de Argentina, a unos kilómetros de donde vivía la otra pareja. Aunque debieran mantener un perfil bajo durante el próximo tiempo, poco a poco estaban empezando a recuperar la rutina que habían abandonado en Filipinas.
Sus caras estaban en las noticias y el anuncio de sus muertes seguía siendo primicia en todos los medios; sin embargo, sabían que tarde o temprano aquello decantaría y, finalmente, podrían comenzar a vivir una vida normal.
O lo más normal que se puede al estar supuestamente muertos.
—¿Nos estabas espiando?
La voz de Sergio llamó su atención.
—Me encanta verte con ella —dijo sonriendo. Su mano que no estaba reposando debajo de la almohada fue directa al rostro de él, acariciándolo—. Me encanta ver cómo te mira.
Con esas palabras, Sergio se levantó, apoyando su codo al lado de la cabeza de ella y manteniéndose levemente erguido con la ayuda de su antebrazo.
—¿Y cómo me mira?
Su mano libre pasó a acunar el rostro de Raquel, su pulgar trazando el contorno de su mandíbula. Ella sonrió, enternecida.
—Con adoración.
El semblante de Sergio cambió al escuchar aquella declaración y ella clavó los dientes en su propio labio inferior, hipnotizada con la reacción que él tenía cada vez que escuchaba de su boca el afecto que su hija le tenía. Parecía como si le costase creerlo, como si no fuese él quien, desde hacía casi tres años, cuidaba a Paula como si fuese suya. Como si no fuese él quien le leía cuentos todas las noches, quien secaba sus lágrimas cuando la pequeña estaba triste
Como si no hubiese sido él quien, desde que había llegado a Palawan con la niña, hubiese ocupado el rol de padre.
—Pero te advierto de que esa no será ladrona —agregó después de unos segundos, sonriendo.
Raquel se acomodó boca arriba y Sergio aprovechó aquel cambio de postura para posicionarse sobre su cuerpo, manteniendo su propio peso sobre los antebrazos que descansaban a ambos lados de la cabeza de ella.
—Claro, claro —asintió él. Se mostraba impasible a pesar de que sus siguientes palabras tuvieran un dejo de tristeza—, olvidaba que tiene padres policías.
En ese momento, Raquel lo miró y, aunque en sus ojos no pudiese adivinar nada fuera de lo común, sabía que aquel enunciado le pesaba más de lo que dejaba entrever.
—No lo decía por eso.
Porque aunque no los uniera ningún lazo sanguíneo, aquel hombre había sido mucho mejor padre para Paula que quien la había engendrado.
Llevó ambas manos a los costados de su rostro, obligándolo a mirarla.
—Padre es el que cría, Sergio —murmuró con convicción—. Lo sabes, ¿verdad?
La observó en silencio durante unos segundos. Parecía estar procesando las palabras que acababa de escuchar. Poco a poco, sintió cómo el cuerpo de Sergio comenzaba a relajarse, cómo su semblante iba volviendo a la normalidad. Cualquier mención de su exmarido, fuera directa o indirectamente, siempre lograba ensombrecer el clima entre ellos. Era un recuerdo que Raquel deseaba borrar con todas sus fuerzas, aunque supiera que jamás podría hacerlo del todo.
Como tampoco podría eliminar por completo las marcas que había dejado en ella; y no solo las que quedaban todavía en su piel.
Sabía que a Sergio el nombre de aquel hombre le ponía los pelos de punta, al igual que a Raquel, por lo que trataban de dejarlo lejos de sus vidas cada vez que podían. Y, para su suerte, eso era seguido. Eran pocas las veces en las que alguien, por lo general Paula, lo traía a la conversación.
—¿Estás nerviosa?
La pregunta de Sergio la tomó desprevenida y tuvo que tomarse unos segundos para procesarla, hasta que el rostro de él, iluminándose, la hizo comprender de qué hablaba.
Soltó una carcajada mientras negaba con la cabeza, enternecida.
—Sergio, llevo más de la mitad de mi vida visitando ginecólogos.
Durante el viaje a Argentina habían retomado las conversaciones que, dentro del Banco de España, les habían quedado un tanto inconclusas. Lo primero que hablaron fue de la propuesta de matrimonio, que Sergio confesó haber tenido en mente desde hacía tiempo, pero que no había juntado el valor suficiente para decírselo hasta que, en un acto digno de su personalidad, se atrevió a hacerlo justo en el momento en el que Raquel le estaba abriendo los ojos, diciéndole que era hora de que aceptase quien era realmente.
Después de todo, ambos sabían que nunca era más Sergio Marquina que cuando estaba con ella a su lado.
Sin embargo, el segundo tema pendiente era el que a ella más le intrigaba. «Espero algún día ser padre de ladrón», le había dicho, y ese comentario Raquel no lo había tomado a la ligera. Al cuestionarle sobre aquella frase un par de días después, Sergio la había mirado fijamente, confesándole algo que jamás había creído que podría escuchar de su boca.
—Llevo un par de meses pensándolo —había murmurado, aparentemente un tanto avergonzado—; en el monasterio, cuando te vi jugando tantas tardes con Cincinnati, lo supe.
Recordaba haber contenido el aliento, atenta a sus palabras y con miedo a perderse cualquier detalle de lo que estaba aconteciendo. Haberlo tenido frente a ella tan vulnerable no era algo propio de Sergio, y no había querido desaprovechar un solo segundo.
—Quiero tener un hijo contigo, Raquel. —Y habían sido esas palabras las que le llenaron los ojos de lágrimas, inundándola de una emoción que había logrado desbordarla—. O una hija, lo que sea que nos toque.
Rio en ese momento al recordar aquella noche, al recordar los planes que habían empezado a hacer desde antes de haber puesto un pie en el continente americano. Acordaron que, cuando recuperasen un poco de paz, dejarían de lado todos los métodos anticonceptivos y empezarían la búsqueda. Prometieron no presionarse ni ponerse ansiosos; sabían que ya no eran tan jóvenes y que un embarazo a esa edad podía tener más complicaciones.
Así que bajo el mantra que impuso Sergio de que «si llega, llega, y si no, no pasa nada», Raquel averiguó sobre algún ginecólogo que pudiera atenderla en aquel pueblo, decidida a retirarse el DIU que llevaba años usando como método anticonceptivo y, tranquilos y sin apuro, empezarían la búsqueda.
Sin embargo, la verdad era que, en el fondo, ambos lo deseaban demasiado.
—Además —dijo Raquel, después de haber estado unos minutos perdida dentro de su propia cabeza—, molesta más cuando lo ponen que cuando lo quitan. Serán solo unos minutos.
Sergio la observó con detenimiento, como si se estuviese cerciorando de que lo que le decía era, efectivamente, la verdad. Como si quisiera estar seguro de que el procedimiento no le fuese a ser doloroso.
—Y, después, habrá que ponerse a ello —agregó Raquel al ver los ojos de él nublados con preocupación, queriendo sacarlo de allí.
Pero con aquellas palabras pareció relajarse.
—Estoy nervioso. —La sonrisa de Sergio la hizo reír.
Raquel alzó una ceja, divertida.
—¿Acostarte conmigo te pone nervioso? —dijo a modo de broma—. ¿Todavía?
Ante aquella acusación, Sergio puso los ojos en blanco, acariciándole el contorno de la mandíbula con el dorso de su dedo índice.
—Sabes de lo que hablo —contestó—. ¿Y a qué te refieres con ese «todavía»?
Pudo ver que la carcajada que emanó de su garganta hizo que la boca de Sergio se contrajera, como si estuviera conteniendo su propia risa.
—Es broma. —Raquel habló con una sonrisa iluminando su cara, mientras sus dedos se enredaban en el pelo de él, obligándolo a bajar su cabeza para unir sus labios—. Solo lo has estado las primeras veces —musitó contra su boca, haciendo que este soltara un gruñido y volviera a besarla.
Intercambiaron algunos besos durante un par de minutos, sin apuros, sin segundas intenciones más que el simple hecho de sentir al otro.
—De todas formas —fue Raquel la que, de repente, interrumpió—, prometimos que nos lo tomaríamos con calma. Sin nervios, sin ansiedades.
Separaron sus rostros lo estrictamente necesario para poder mirarse a los ojos, y pudo ver en los de Sergio lo difícil que le estaba siendo aceptar aquellas condiciones que él mismo había propuesto hacía poco tiempo. Cuando le confesó que aquel pensamiento venía rondando su mente desde hacía un par de meses, fue como si varias piezas comenzaran a encajar en la cabeza de Raquel. Las preguntas sobre Paula siendo una recién nacida, los momentos en los que lo había visto con Cincinnati, cada vez que el niño había llorado por algo y él le había preguntado a los padres cómo podían saber qué hacer en cada momento…
Sergio llevaba tiempo queriendo tener un hijo y, si tenía que ser sincera, aquel pensamiento había aparecido en su cabeza más de una vez también.
—Lo sé, lo sé —asintió él, mirándola a los ojos—. Será lo que tenga que ser.
Volvieron a unir sus labios y Raquel sintió una de las manos de Sergio bajando por su costado, deteniéndose a la altura de su cadera mientras enredaba los dedos de la otra en su pelo, ladeándole ligeramente la cabeza para profundizar el beso, al que ella respondía con efusividad.
Se perdieron en el otro durante unos minutos, entre suspiros y jadeos y algunas sonrisas, intercambiando un par de besos y caricias, pero sin ir más allá. Fue cuando Sergio descendió su boca hacia el cuello de Raquel que esta recuperó el habla:
—Igualmente —dijo en un susurro, cerrando los ojos y deleitándose con la sensación de la barba áspera de él rozando la fina piel de su clavícula—, hoy hablaré con el médico. Así aclaramos algunas dudas.
Sergio levantó la cabeza para mirarla. La falta de contacto de su boca hizo que Raquel abriese los ojos para encontrar los suyos, ya atentos y fijos en ella.
—¿Estás segura de que no quieres que te acompañe?
Negó con la cabeza, ofreciéndole una sonrisa.
—Quiero ir sola, de verdad.
Aunque no se mostró muy convencido, Sergio no volvió a insistir. Sabía que respetaba sus límites e ir al ginecólogo sola y tranquila era uno de ellos. Era un simple chequeo, nada del otro mundo. Lo había hecho cientos de veces. Se había enfrentado a cosas peores, y lo había hecho ella sola.
—Oye —dijo de repente, recordando qué era lo que la había despertado esa mañana—, ¿y qué es esa sorpresa de la que hablabais Paula y tú?
Sergio rio.
—Ah, no, no puedo faltar a mi palabra —dijo, levantando su cuerpo para salir de encima de Raquel, poniéndose de pie y yendo a buscar sus gafas—. Te lo tendrá que contar ella.
Dos horas más tarde, Raquel estaba esperando fuera de la clínica que se encontraba justo en el centro del pueblo. Villa La Angostura estaba ubicada en la Patagonia argentina, rodeada de lagos, montañas y bosques. Si bien a veces extrañaba la playa, la realidad era que ese cambio de aire le estaba haciendo tremendamente bien y, aunque todavía tenían que moverse con cuidado, habían tenido oportunidades para recorrer algunos cerros cercanos. La naturaleza le daba vitalidad y fue por eso que decidieron que la casa en la que vivirían estaría frente a un pequeño lago. Levantarse por las mañanas y poder meterse directamente en el agua fue un lujo que no quisieron perder, aunque en esa época del año el clima no fuese el más ideal para hacerlo.
Paula solo le había dicho que, una vez saliera de su turno médico, los esperara fuera y que pasarían a recogerla para llevarla a un lugar. Si bien hacía unas horas había estado intrigada, en ese momento, la impaciencia y la ansiedad no la dejaban quedarse quieta.
Y ya no era por culpa de la misteriosa sorpresa.
El sonido de un coche aparcando junto a ella llamó su atención. Se giró justo a tiempo para ver a Sergio cerrando la puerta del conductor y a Paula saliendo por la del asiento trasero.
—¡Hola, mamá! —Su hija corrió hacia ella y Raquel puso su mejor sonrisa, dejando de lado sus preocupaciones. Ese había sido uno de los aprendizajes que tuvo que hacer cuando fue madre, lograr mostrar su mejor cara a Paula para que no notase cuando algo andaba mal.
Lo había aprendido cuando se convirtió en madre y lo había puesto en práctica cada día durante sus últimos años de matrimonio, cuando tenía que aparentar que no le dolían los golpes recibidos hacía algunas horas ni tampoco los maltratos verbales que su marido podía soltar frente a la niña. Raquel había creado una máscara de felicidad que había usado en todas esas ocasiones, y fue recién en Palawan, con Sergio, que había empezado a quitársela poco a poco. Había entendido que no había nada de malo en que su hija supiese que había días en los que su madre podía estar mal o triste. Que ese era un peso con el que no siempre tenía que cargar.
—¿Habéis venido a recogerme? —Pero ese día era ella misma la que necesitaba esa máscara.
Al menos, hasta que pudiera hablar a solas con Sergio.
—Sí, pero no volveremos a casa —dijo Paula con una sonrisa.
—Ah, ¿no? —Raquel la miraba mientras observaba su rostro y acariciaba sus mejillas—. ¿Y a dónde vamos?
El grito de su hija le causó un sobresalto.
—¡A Barileche!
—Bariloche —corrigió Sergio, caminando hacia ellas.
Paula puso los ojos en blanco e hizo que ambos adultos rieran de su exasperación.
—Eso. —A veces, a Raquel le costaba trabajo pensar que su hija tenía diez años cuando había momentos en los que parecía una adolescente de quince.
Miró a su marido y buscó algún tipo de confirmación.
—Martín y Mirko han terminado de reformar la casa. Quieren que vayamos a verla. —Sergio se acercó a ambas, apoyando una de sus manos sobre la cabeza de Paula de manera cariñosa, mientras la miraba—. Me pareció que podía ser una buena salida familiar.
Raquel le sonrió. Llevó una de sus manos, que descansaba sobre los hombros de su hija, hacia la mejilla de Sergio y acarició su barba, esperando a que encontrara su mirada.
—¿Y mi madre? —le preguntó una vez que sus ojos se posaron en ella.
—En el coche.
En ese momento, Paula les avisó de que iría con ella y que los esperaría dentro. Sergio aprovechó la oportunidad para acercarse a Raquel y acomodó ambas manos a los costados de su cuello, levantándole ligeramente el mentón con sus pulgares para que lo mirara.
—¿Te ha ido bien? —La preocupación en su voz sonaba tan honesta que pudo sentir su propio corazón expandiéndose en tamaño.
—Mhm. —Raquel asintió, con sus manos en las costillas de Sergio—. Sí.
—¿Ha podido quitarlo sin problema?
—Sí —repitió, esta vez con mayor seguridad—. Todo ha estado bien. Le he hecho varias preguntas. En casa te cuento.
La realidad era que tenían varias cosas de las que hablar una vez que estuvieran solos y, si tenía que ser sincera, la idea de ir a Bariloche a pasar el día de repente se había convertido en un obstáculo más que en un plan divertido. Pero su hija estaba ilusionada y Raquel tenía la certeza de que unas horas con sus amigos la ayudarían a despejarse.
La voz de Sergio la hizo reaccionar.
—Entonces, ¿vamos?
—Y afuera nos queda terminar la pileta. Con eso ya estaríamos. —La voz de Martín hacía eco en la habitación recién pintada. La excentricidad de su amigo estaba reflejada en cada rincón de aquella mansión de tres pisos que había pertenecido a uno de sus bisabuelos y que, en menos de dos semanas, había modernizado al punto de que parecía recién comprada.
—El hidromasaje… —intervino Mirko, que apareció detrás de Palermo y caminó hacia ellos.
El serbio había estado en el jardín con Mariví hasta ese momento en el que entró por el enorme ventanal que conectaba la habitación principal con el inmenso verde que se encontraba en el lado trasero de la casa. Paula miraba boquiabierta a su alrededor, dando vueltas por el dormitorio y admirando los distintos cuadros que colgaban de las paredes. Por su parte, Sergio y Raquel estaban parados unos al lado del otro, pero, mientras la atención de él estaba enfocada en lo que contaba el argentino, la de ella estaba lejos de allí.
—Sí, gordo —Martín puso los ojos en blanco—, pero ese lo metemos en la habitación. No tengo ganas de que los vecinos me escuchen cogien…
—Martín —advirtió Sergio con firmeza, haciendo que todos se sobresaltasen. Raquel pudo verlo justo en el momento en el que señalaba a Paula con su mirada.
—¿Qué te pasa? —preguntó el argentino, divertido con el movimiento ocular del Profesor—. ¿Te entró algo en el ojo?
—La niña. —La aclaración de Sergio hizo que Raquel mordiera la parte interna de sus mejillas en un intento por ocultar la sonrisa que amenazaba con invadir su rostro. Sentía cómo su corazón latía más fuerte cada vez que lo veía en aquel papel tan protector para con su hija.
Fue el bufido de Palermo, sumado a los pasos que dio en dirección a Paula, lo que hizo que regresara su atención a aquel intercambio.
—Nena —preguntó Martín, en esa manera tan suya y algo despectiva que tenía—, ¿cuántos años tenés vos?
Paula miró de arriba abajo al hombre que, en ese momento, estaba de pie frente a ella, con el tronco ligeramente encorvado hacia adelante para quedar a su altura.
—Diez.
El aludido sonrió cínico y volvió a pararse erguido, desviando sus ojos de la niña, que seguía mirándolo interesada, hacia sus padres, que lo observaban impacientes.
—Tiene diez años, muchachos. —La risa que soltó a continuación indicaba que lo que fuera a decirles sería problemático—. ¿No les parece que es hora de tener la charlita?
Ni Raquel ni Sergio se sorprendieron con sus palabras. Ambos pusieron los ojos en blanco y, mientras ella resoplaba y se giraba para inspeccionar una de las lámparas que decoraba la habitación y que tenía el diseño más extraño que había visto en su vida, notó que él se quedaba atento a su amigo.
—¿Qué tenéis que coger del hidromasaje?
Hasta que la voz de Paula, tan inocente, seguida por el inicio de la respuesta que iba a ofrecer Martín, hizo que todos devolvieran su atención a ellos.
—Nena, en Argentina, coger es…
—¡Martín! —Raquel y Sergio exclamaron a la vez, mientras Mirko, por su parte, le daba un golpe en la nuca para callarlo.
—Paula sabe lo que tiene que saber —dijo ella, su voz menos firme de lo que le hubiese gustado—, no creo que sea necesario ahondar en detalles en este momento.
Puso los ojos en blanco al observar el drama que hacía Martín mientras masajeaba su nuca y se quejaba de que eso lo dejaría dolorido. Sergio llevó las manos hacia los hombros de Paula, girándola para sacarla de la habitación, lejos de aquel hombre que, seguramente, nunca antes había compartido tantos minutos seguidos con una niña. Mirko fue detrás de ambos y musitó unas disculpas en nombre del argentino después de informarles que iría nuevamente afuera para hacerle compañía a Mariví.
—¿De qué charlita hablaba el señor? —Fue lo último que Raquel le escuchó decir a su hija antes de que cerraran la puerta, dejándola sola en la habitación con Martín.
—¿Me dijo «señor»?
Raquel le sonrió y se encogió de hombros mientras caminaba hacia la cama. Se sentó en el borde y suspiró, en silencio. Sentía que la estaba observando, pero no encontraba la fuerza para devolverle la mirada. De todas formas, a esa altura no podía sorprenderle que su amigo la conociera como lo hacía.
—¿Qué te pasa? —Y fue con esa pregunta que confirmó lo que llevaba meses sabiendo.
Ese hombre tenía una especie de debilidad, una preferencia por ella sobre los otros miembros de la banda.
—¿Por qué lo preguntas? —Sus ojos estaban fijos en la pared blanca que estaba enfrente suyo, con su mirada allí perdida mientras podía sentir la de Martín quemándola.
—Estás demasiado callada. Acabo de hablar de sexo adelante de tu hija y no me decís nada. —se quejó él. Raquel escuchó la sonrisa en su rostro a la vez que enunciaba sus próximas palabras—. Cualquier otro día hubieses sido la primera en gritarme.
Y con eso finalmente lo miró, soltando una carcajada. Era cierto; en cualquier otra ocasión ella hubiese sido la primera en ponerle un freno a las casi declaraciones que había hecho en presencia de su hija pequeña. Pero aquel día su cabeza estaba lejos de allí y no tenía las energías suficientes para lidiar con ese tipo de drama.
—Estoy cansada —aclaró, sonriéndole y tratando de mostrarle que, efectivamente, eso era lo que le pasaba, aunque lejos estuviera de ser la verdad—, eso es todo.
Sabía que no le creía. Podía verlo en la manera en la que sus ojos analizaron cada facción de su rostro, mientras buscaban algo que la delatara. Sin embargo, soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo cuando Martín desvió la conversación. Y por eso le estaba muy agradecida.
—¿Te está gustando Argentina?
Raquel asintió y, esa vez, la sonrisa sí llegó a sus ojos. Estaba fascinada con el lugar que habían elegido como nuevo hogar y, aunque algunos días extrañaba la playa, la nueva naturaleza que la rodeaba le transmitía la misma paz que algún día lo había hecho el mar.
—Muchísimo. Es un país maravilloso.
—Sí… —Martín se quedó en silencio unos segundos, como si estuviera pensando en algo. Después, agregó—. La gente no tanto, igual. Andá con cuidado, que somos muy vivos nosotros.
Ante aquel comentario, Raquel no pudo evitar poner los ojos en blanco.
—Todos han sido muy amables —defendió ella—. La gente del pueblo es superacogedora, nos han…
—No, ¿ves? —Martín la interrumpió de repente e hizo que Raquel volviera a mirarlo—. Estás rarísima.
Frunció el ceño y esperó a que se explicara.
—Te digo que somos terribles y no te tomás el tiempo para responderme que «el único terrible aquí eres tú». —Si el contexto hubiese sido otro, le hubiese sido imposible contener la risa frente a aquel comentario y a la pobre imitación de acento español de su amigo. Parecía como si Martín quisiera que Raquel lo insultara, casi como si lo estuviera esperando, y eso le parecía divertidísimo—. Vos no estás bien. Decime qué te pasa.
Lo miró en silencio, pensando qué responder. Llevaba horas dándole vueltas a lo mismo y, aunque más tarde hablaría con Sergio, la realidad era que había algunas preocupaciones que todavía no sabía muy bien cómo encarar cuando le tocara contarle. Tal vez, confesarle a Palermo lo que le pesaba podría ayudarla a ordenar sus ideas, a encontrar las palabras justas para, después, expresarle a su marido todo lo que querría decirle.
—¿Raquel?
En el fondo sabía que abrirse con su amigo le sería de mucha ayuda. Lo conocía lo suficiente como para saber que, de hacerlo, este la calmaría y hasta le sacaría un poco de gravedad al asunto. Por lo tanto, Raquel tomó una decisión.
—Esta mañana he ido al ginecólogo.
Los nervios de antes la volvieron a invadir cuando dijo aquellas palabras en voz alta.
Entonces, le contó todo.
Horas más tarde, Sergio la esperaba en el porche, sentado en una de las sillas. Estaba encorvado hacia adelante, con los codos sobre las rodillas y un libro entre sus manos. Raquel apareció por detrás, sus dedos y uñas acariciándole la nuca y perdiéndose entre los mechones de pelo, más largo de lo que recordaba haberlo visto nunca.
—¿Ya están dormidas? —le preguntó una vez ella se sentó en la silla contigua, acompañándolo.
—Paula estaba agotada. Mi madre sigue viendo la película.
Raquel miró hacia el frente, hacia el lago que tenían a metros del jardín y al reflejo de la luna que podía verse en el agua. De repente, los nervios que había sentido durante el día se mezclaron con una paz que logró calmarla.
Hasta que Sergio volvió a hablar:
—Has estado rara todo el día.
Suspiró y se maldijo a sí misma por no haber disimulado un poco mejor. Sabía que había evitado su mirada varias veces, que sus respuestas habían sido bastante secas y estaba segura de que él había notado que, más de una vez, Raquel se había obligado a sí misma a sonreír.
—Es que tengo varias cosas que contarte.
Sergio se giró hacia ella. Pudo ver, por el rabillo del ojo, cómo cerraba el libro y lo dejaba sobre la mesa que se encontraba entre ambos, dándole así su total atención.
—Lo sé —le dijo, su tono de voz un poco más bajo de lo normal—. Tu visita al médico. No hemos tenido tiempo todavía.
Raquel tragó una bocanada de aire. Sabía que había una calma que solo Sergio podía transmitirle, pero no estaba segura de si, en esa ocasión y con lo que tenía que decirle, sería precisamente él quien se encargaría de apaciguar la situación.
—¿Ha pasado algo? —Su insistencia y la urgencia en su voz le hicieron dar cuenta de que debía llevar más tiempo en silencio del que hubiese querido—. ¿Algo malo?
Raquel pensó que, si bien aquello podía no entrar en la categoría de «algo malo», sí era algo que, definitivamente, no se había esperado.
—Me lo ha quitado sin problema.
El silencio de Sergio fue un claro indicio de que le estaba dando el tiempo necesario para que pudiera hablar. Raquel se giró y encontró sus ojos, que la miraban expectantes y algo preocupados.
—Empecé contándole por qué quería quitármelo, haciéndole varias preguntas sobre si un embarazo a esta edad sería de riesgo, qué cuidados debería tomar. —Lo veía analizar cada una de sus expresiones faciales, procesando las palabras que iba diciendo, el significado de cada una de ellas—. Si podría ser difícil conseguirlo.
—¿Y qué ha dicho? —preguntó, y Raquel no pudo ocultar la ternura que sintió al verlo contener la ansiedad que, si bien lograba disimular, no estaba reprimiendo del todo.
—Que no podía determinar nada de eso sin hacerme estudios previos, pero que, a pesar de que un embarazo a mis cuarenta no fuese a ser igual que el que tuve a los treinta, al tener los ciclos regulares y ser una mujer sana no debería haber mucho problema.
Ante aquello, pudo adivinar una pequeña sonrisa comenzando a formarse en el rostro de Sergio, así que Raquel siguió hablando.
—Entonces comenzó a hacerme preguntas de rutina, a pedirme algunas fechas, y…
—¿Fechas? —Sergio interrumpió.
—Última menstruación, por ejemplo.
—Ya.
Sergio asintió, ligeramente confundido, aunque con lo que Raquel le dijo a continuación no mostró sorpresa.
—Y luego me hizo una ecografía.
—Para ver la posición del DIU.
Raquel sonrió, segura de que, en algún momento y sin que ella lo supiera, su marido había investigado a fondo aquel procedimiento tan simple como lo era retirar ese dispositivo.
—Claro.
Volvió a instalarse un silencio entre ambos y se debatió en cómo podría poner en palabras lo que debía decirle. Todavía no había tenido tiempo para procesarlo; no quería imaginar la sorpresa que sería para él. Porque si alguien debió haberse dado cuenta de que algo andaba mal con su propio cuerpo, tendría que haber sido Raquel.
Pero no lo había hecho, y ahora tenía que enfrentarse a los cambios que aquel descubrimiento supondría en la vida de ambos.
—Y encontró algo.
La cara de Sergio se transformó de repente y Raquel automáticamente quiso golpearse a sí misma por la pésima elección de palabras. Estaba nerviosa, las palmas de sus manos transpiraban y su corazón latía a mil por hora. Lo último que quería era asustarlo, sobre todo teniendo en cuenta que, en verdad, no había nada de malo en lo que le había dicho el médico. Pero su intento de mostrarse impasible le había jugado en contra y aquella conversación no estaba saliendo como le hubiese gustado.
Entonces, se apresuró para explicar lo que el médico había descubierto en esa ecografía transvaginal:
—Encontró un embrión.
El silencio extenso no le sorprendió. Podía ver el rostro de Sergio contraído, su ceño fruncido mientras procesaba la información. Parecía que estuviese teniendo una especie de síncope.
—Eso… Eso quiere decir que… —Sus palabras salían entrecortadas, su mirada perdida en un punto fijo detrás de ella.
—Estoy embarazada.
Era la segunda vez que lo decía en voz alta aquel día, pero era la primera que podía hacerlo y sentir cierta calma a la vez. Horas atrás, cuando se lo había confesado a Martín, este había logrado tranquilizarla, le había asegurado que todo estaría bien y que, si bien no era como lo tenían planeado y esto cambiaba algunas cosas, iba a salir de maravilla.
De hecho, el argentino ya se había autonombrado el padrino de aquel bebé y Raquel no se había atrevido a contradecirlo; sabía que hubiese sido la primera opción de todas formas.
—Estás embarazada… —La voz de Sergio, visiblemente sorprendida, la devolvió al presente.
—Cinco semanas —aclaró, mientras analizaba cada una de las reacciones que podía encontrar en el rostro de su marido.
Y por eso fue que pudo ver el momento exacto en el que su mirada se nubló y encontró la suya, su entrecejo relajándose, pero no porque estuviera más tranquilo. Parecía como si se hubiera dado cuenta de algo.
—¿Cinco semanas? —preguntó, con un tono demasiado serio.
—¿Vas a repetir todo lo que digo?
La paciencia de Raquel se estaba agotando. Sergio siempre había sido un hombre difícil de leer y de interpretar y ella llevaba años estudiándolo; sin embargo, la reacción que estaba teniendo en aquel momento hacía que le fuese casi imposible adivinar lo que pasaba por su cabeza.
—Es que… Hace cinco semanas…
—En Italia, sí —lo interrumpió, creyendo que sus pensamientos estaban yendo por ese lado—. En el monasterio.
Y había estado tan preocupada con el futuro, tan estresada considerando cada cosa que podría salir mal en aquel atraco, en la huida, en su nueva vida, que no se había dado cuenta de que su ciclo se había atrasado un par de semanas hasta que, unas horas atrás, el médico le había preguntado cuándo había menstruado por última vez.
—No sé por qué nos sorprendemos tanto, la verdad —agregó, en un intento por aliviar un poco el clima que había entre ambos.
El silencio de Sergio la estaba asustando, aunque sabía que, posiblemente, se debía a la dificultad que estaba teniendo en procesar aquello. Porque si bien lo habían hablado y considerado, no era lo mismo decidir tomarse el tiempo para buscar un bebé, el cual podía llegar en meses o años, e incluso nunca, que enfrentarse a la realidad de que, en menos de ocho meses, serían padres de nuevo. Si a ella le estaba costando trabajo hacerse a la idea, podía imaginar lo que debía estar siendo para alguien como él, tan metódico y organizado en todos los aspectos de su vida.
—Ha podido quitar el DIU sin problema. —Pero Raquel no lograba callarse. Ahora que había empezado a contarle la historia, quería llegar al final de la misma. Tal vez así podía darle un poco de paz—. Dijo que parecía haberse movido, que debería haber controlado que los hilos siguieran en su lugar, pero la realidad es que no sentí nada raro, ninguna molestia ni… —sonrió para sí misma al pensar en la locura que había sido su vida las últimas semanas—. Con todo lo que hemos pasado, la verdad es que si sentí algo, debí haberlo atribuido al estrés, a los nervios…
La poca reacción que estaba teniendo Sergio comenzó a asustarla. La miraba fijamente, sus ojos perdidos y llenos de un sentimiento que no lograba adivinar. No era enfado, tampoco parecía ser sorpresa. Raquel sentía que la observaba con preocupación, pero no entendía el porqué. Y, de repente, lo vio ponerse de pie, bajando las escaleras del porche y caminando en dirección al lago. Frunció el ceño, tan perdida ante la respuesta que estaba recibiendo de él que, por un momento, no supo si seguirlo o si darle unos minutos de soledad. Y se inclinó por la segunda opción cuando el pasado apareció para atormentarla, como cada una de las veces en las que, por alguna razón o por otra, la inseguridad lograba invadirla, trayendo consigo memorias que solía creer que estaban enterradas, pero que, en verdad, siempre estaban latentes.
Porque su embarazo con Paula también había sido repentino, sorpresa, sin ser buscado. Raquel había estado tan emocionada, tan ansiosa por contarle a Alberto que, cuando lo había hecho, su euforia no le había permitido ver que el rostro de su marido se había transformado. La había hecho sentir culpable por no haberse cuidado, por haber dejado que aquello pasara. Sí, habían hablado de tener hijos tarde o temprano. Sin embargo, en ese momento en el que las carreras de ambos habían estado en ascenso, fue evidente para ella que él hubiese deseado esperar. Y aunque horas más tarde Alberto había aparecido en la cama pidiéndole perdón, con su mejor cara de arrepentimiento y dos bolsas llenas de ropa de bebé, Raquel no había podido quitarse la sensación de que lo había hecho mal.
En ese momento, la inseguridad que sintió fue similar a la de aquel entonces.
Enfadada consigo misma al darse cuenta de que estaba comparando al violento de su exmarido con Sergio, Raquel se levantó de la silla, adentrándose en la casa y caminando hacia su habitación.
Pasó la siguiente hora ordenando la ropa que había lavado esa misma mañana y que había dejado doblada sobre la cama. Se duchó sin enjuagarse el pelo y se puso crema en el cuerpo y en la cara y, una vez que se puso el pijama, volvió al baño a lavarse los dientes.
Fue entonces que vio el reflejo de Sergio en el espejo que tenía delante de ella. Su camisa tenía los tres primeros botones desabrochados, las mangas de la misma subidas hasta la mitad de sus antebrazos y el abrigo en una de sus manos, arrugado, mientras con la otra sostenía las gafas. Su pelo estaba tan despeinado que pensó cuántas veces debió haber pasado los dedos por sus mechones para que quedaran de aquella manera.
Entró en la habitación y cerró la puerta detrás de él, dejando sus pertenencias sobre una silla y caminando en su dirección. Esa vez, Raquel no dijo nada. Terminó de enjuagarse la boca, se secó los labios y cerró el grifo. Después, se paró erguida. Encontró los ojos de él a través del reflejo, pero no se dio la vuelta.
Sergio no la tocó. Tenía ambos brazos extendidos a sus costados, el único contacto entre ambos era el de su pecho, todavía cubierto por la camisa, contra la espalda de ella, que se rozaban con cada inhalación profunda de sus pulmones. Sus miradas estaban fijas en la del otro, su cabeza asomando por encima de la de Raquel debido a la diferencia de altura. El silencio entre ambos se extendió durante lo que pareció una eternidad, hasta que pudo ver algo en los ojos de Sergio cambiar.
Finalmente, él habló:
—Hace menos de cuatro semanas escuchaba cómo Suárez te disparaba estando desarmada.
Raquel inspiró profundo. Esas palabras debieron haberles dolido por igual. Decirlas no podía ser fácil, pero escucharlas era difícil también. El rompecabezas que podía llegar a ser la mente de Sergio Marquina comenzaba a resolverse frente a sus ojos. Pudo imaginar hacia dónde se dirigía, pero no se atrevió a interrumpirlo.
Quería escucharlo, quería ver qué era lo que tan mal lo tenía.
—Hace menos de cuatro semanas llegué a creer que estabas muerta —agregó en un hilo de voz, roto, destrozado. Raquel estaba segura de que, de haber dicho algo más, Sergio se hubiera quebrado enfrente suyo.
Sin embargo, se quedó en silencio, mirándola. Su corazón se desarmó al ver el dolor en sus ojos.
—Pero no lo estoy… —murmuró. Quiso quitarle un poco de la angustia que sabía que estaba sintiendo, quiso sacarlo de ese lugar de culpa en el que sabía que se estaba perdiendo.
—Pero podrías estarlo. —Sin embargo, lo conocía lo suficiente como para saber que, cuando algo se metía en la cabeza de aquel hombre, no había manera de distraerlo. No era fácil lograrlo—. Cada segundo que pasaste allí dentro podría haber acabado contigo muerta.
Un nudo comenzó a formarse en su garganta al considerar las palabras que Sergio le decía, al considerar esa realidad paralela en la que podría no haber salido viva de allí. Y pudo entender qué fue lo que él pensó en el momento en el que Raquel le había dado la noticia.
Si hubiera muerto, nunca se hubieran enterado.
—Y ese bebé…
Fue como si Sergio pudiese leerle la mente al poner en palabras aquella conclusión a la que ella misma acababa de llegar. Vio una lágrima cayendo por su mejilla y contuvo las ganas de atraparla con la yema de su pulgar. Sintió los brazos de él acercándose a sus caderas justo cuando lo escuchó murmurar:
—Raquel, jamás me lo hubiese perdonado.
Esperó a que la abrazara para girarse.
—Sergio.
Levantó el mentón para encontrar su mirada, los ojos de él rojos y llenos de lágrimas al igual que sabía que debían estar los suyos propios. Lo escuchó sorberse la nariz y llevó las manos a las mejillas de Sergio, acariciando su barba y buscando su atención.
—Estoy aquí —le dijo mientras se paraba de puntillas para rozar su boca, queriendo que sintiera el calor de su cuerpo y necesitando perderse en el de él también—. Estoy aquí, y tú estás aquí, y… —Hundió los dientes en la carne de su propio labio inferior, las comisuras del mismo curvadas levemente hacia arriba—. Y él o ella también está aquí.
Los brazos de Sergio le envolvieron la cintura y la atrajeron hacia él con fuerza a la vez que ella cruzaba los suyos por detrás de su nuca para acercarlo más. Lo escuchó respirar el olor de su pelo y Raquel escondió el rostro en el espacio entre su cuello y su hombro, inhalando ese aroma que ya relacionaba con estar en casa.
—Y estamos bien —susurró contra su piel.
Se quedaron así durante unos minutos, como si necesitaran cerciorarse de que lo que decían era verdad. Que, efectivamente, allí estaban. Que habían perdido mucho en España, pero que todavía seguían teniéndose el uno al otro. Cuando sintió que los músculos de Sergio estaban menos tensos, Raquel se separó. Volvió a apoyar las plantas de sus pies en el suelo, dándole de esta manera un descanso a sus gemelos, aunque sin alejarse de su abrazo.
—No tiene sentido que nos perdamos en lo que podría haber pasado. —Lo miró a los ojos, queriendo transmitirle la confianza y la tranquilidad necesarias para que pudiera dejar de lado aquellos pensamientos tristes—. No ahora, no cuando hemos salido de todo eso; cuando estamos empezando a rehacer nuestra vida.
Sergio dejó caer su frente contra la de ella y, por unos segundos, se dejaron invadir por el silencio mientras respiraban el mismo aire.
—Perdóname por haber reaccionado así —dijo él, su aliento rozando la cara de Raquel debido a la distancia casi inexistente que los separaba—, perdóname si te he hecho recordar algo del…
—Sergio. —Pero ella lo interrumpió. Comprendía por qué se había puesto de aquella manera y, aunque le hubiese dolido su reacción, sabía que estaba muy lejos de parecerse a su exmarido, a pesar de que, en ese momento, él mismo estuviese pensando lo contrario. Sergio era muy duro consigo mismo, más aún después de aquel segundo atraco, y no quería que siguiera culpándose todavía más. Lo único que quería era sacarlo del pozo en el que sabía que estaba empezando a hundirse—. Te conozco. Sé cómo eres.
Ante ese comentario, pudo verlo sonreír. Sí, claro que lo conocía. Lo conocía más de lo que él se conocía a sí mismo, y eso había quedado demostrado en la conversación que habían tenido justo antes de que él le propusiera matrimonio. Se miraron, probablemente recordando aquel momento, hasta que los ojos de Sergio bajaron hacia su vientre y su mano hizo el mismo camino. Su ceño volvió a fruncirse, pero Raquel supo que esa vez no era por preocupación. Pudo confirmarlo al ver las comisuras de sus labios curvadas hacia arriba mientras observaba el lugar en el que estaba empezando a crecer aquella persona, que sería mitad él y mitad ella.
—¿Qué más te ha dicho el médico? —preguntó en un susurro, como si no quisiera romper la burbuja de paz en la que en ese momento se encontraban—. ¿Estáis bien los dos?
Sentía la mano de Sergio acariciando la parte baja de su estómago, con los ojos de él fijos en ese movimiento mientras los de Raquel estaban enfocados en su rostro, en cada una de las expresiones que su marido hacía mientras asimilaba el hecho de que, para finales de ese año, serían padres por segunda vez.
—Faltan varios estudios y siempre hay que esperar hasta entrado el tercer mes para tener algunas certezas. —Sergio devolvió sus ojos hacia ella cuando la escuchó decir aquellas palabras, su mirada un tanto incierta, por lo que Raquel aclaró—: Pero sí. Me ha dicho que, por lo que ha podido ver, todo está bien.
Volvieron a sonreírse y la atención de ambos se desvió nuevamente hacia su vientre. La mano de Sergio, extendida, abarcaba la totalidad de su estómago, todavía plano. Tenían unos largos meses por delante, pero Raquel no podía esperar a vivir todo con él a su lado.
—Paula no se lo va a creer —dijo él, de repente, haciendo que ambos rieran.
Su hija llevaba un tiempo diciendo que quería un hermanito o una hermanita para poder jugar, aunque Raquel estaba segura de que a la primera que quisiera quitarle uno de sus juguetes, la niña iba a pedir una devolución que sería más que imposible.
—Esperemos un tiempo antes de contárselo. —La sonrisa que invadió su rostro igualó la que tenía Sergio, quien en ese momento la miró, enternecido—. Una vez que lo sepa, no se callará.
—Que sea algo nuestro, entonces.
Ambos asintieron. Las manos de Sergio acunaron su rostro y ladearon su cabeza para besar sus labios, las sonrisas de ambos desapareciendo a medida que se perdían en el contacto entre sus bocas.
Y el último pensamiento que Raquel tuvo, justo antes de dejarse llevar por la felicidad que estaba sintiendo, fue que iba a tener que pedirle a Martín que le guardara el secreto.
