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Language:
Español
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Published:
2022-01-06
Words:
2,249
Chapters:
1/1
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2
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44
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269

La belleza bermellón no va contigo

Summary:

—Les presento a mi novia —dijo Sang-woo, con la más pequeña de las sonrisas. Y el bocadillo de Gi-hun cayó al suelo (lo cual no fue una pérdida tan dolorosa). Y la mosca en la habitación guardó silencio y la palabra «asombro» les quedó corta.

¿Novia? ¿Desde cuándo?

Notes:

Holii. Esta historia ha sido escrita con mucho cariño para Naty.

La temática es: la primera novia de Sang-woo y la reacción de Gi-hun.

Naty: De igual manera me disculpo por la tardanza de tu regalo. Agradezco enormemente que te hayas apuntado a la actividad del Amix Invisible, y especialmente que lo hicieras con un fanart sangihun tan lindo (jamás lo voy a superar adkskd). Espero sigas dibujando en un futuro y nos compartas tu bellísimo artee.
Yy también espero hayas pasado unas lindas fiestas y ojalá en este año todos tus deseos se cumplan, que la vida te sorprenda con puras cosas buenas y la paz y la felicidad estén a tu lado. Quizá no hemos hablado mucho, pero si algún día necesitas algo, puedes contar con esta sangihun shipper.

Ahora sí, espero te guste tu fic:

Work Text:

Sang-woo siempre había sido alguien brillante. Su mamá solía decirlo mucho, pero no contaba realmente porque, bueno, era su mamá. Sin embargo Gi-hun también sabía, desde pequeños, que su mejor amigo tenía grabado «éxito» en ambas muñecas y llegaría más alto que las estrellas que observaban desde su balcón cuando eran dos adolescentes medio perdidos en el camino de la vida.

Excepto que Sang-woo logró encontrar su rumbo y no se extravió en lo absoluto: Ingresó a la Universidad Nacional de Seúl y se tituló con honores y su madre lloró en su graduación (y Gi-hun también lo hizo, un poquito. Sus lágrimas cayeron en el ramo blanco que compraron).

Eso había sucedido hace tres años y ahora el orgullo de Ssangmun-dong trabajaba para una empresa importante haciendo algo que Gi-hun jamás lograría entender (aunque tenía que ver con inversiones, dinero, hombres vistiendo trajes todo el tiempo y asistiendo a reuniones a las 7:00 am cada lunes).

Gi-hun no podía estar más feliz por Sang-woo: Tenía un excelente sueldo, apartamento y auto propio, mantenía su lindo y sedoso cabello gracias a la genética. Vaya, que había logrado todo lo que deseaba antes de los treinta. O al menos eso creía él. Pero entonces organizó una reunión, sencilla, por la noche, con bocadillos tan malos como costosos, y sus amigos más cercanos.

—Les presento a mi novia —dijo, con la más pequeña de las sonrisas (pero una sonrisa, sin duda). Y el bocadillo de Gi-hun cayó al suelo ( lo cual no fue una pérdida tan dolorosa). Y la mosca en la habitación guardó silencio y la palabra «asombro» les quedó corta.

¿Novia? ¿Desde cuándo?

No quería sonar grosero (así que mejor permaneció callado), pero él ya se había hecho la idea de que su Sang-woo permanecería soltero durante, más o menos, aproximadamente, toda su vida. No porque tuviera problemas para conseguir pareja, sino porque él era demasiado para el resto de simples mortales. (¿Ya había mencionado lo genial que era su cabellera y que fue el mejor de su clase?).

Pero no, ahí estaba ahora con una extraña de cuello largo y vestido bermellón colgando de su brazo y Gi-hun no pudo evitar preguntarse si lo merecía.

Así que se acercó a la nueva pareja feliz y pidió, literalmente, todos los detalles. Ella respondió la mayoría de preguntas, medio desinteresada, y para su no sorpresa, no era una historia romántica digna de llevar a la pantalla grande: «Tan sólo nos conocimos en el trabajo y poco a poco nos enamoramos». Extraño, Sang-woo jamás la había mencionado, y tampoco era el tipo de persona que simplemente le hablaba a alguien, preguntaba su película favorita, le invitaba un café expreso y después oficializaban su relación.

Los desabridos bocadillos se terminaron, el resto de amigos se despidió (incluida la nueva novia) y se quedaron Gi-hun y Sang-woo recogiendo la cocina.

—¿Qué opinas de ella? —preguntó luego de un par de minutos de silencio.

Gi-hun evitó su mirada mientras lavaba vasos y platos de cerámica, tallando aunque ya no hubiese restos de comida, quizá demasiado enfocado en una tarea doméstica que afirmaba odiar.

—Oh, es linda.

Y no era una mentira. Pero no era la belleza que se veía bien al lado de Sang-woo. Era algo más elaborado, más de alfombra roja. Una chica que se esforzaba demasiado para lucir bien. La elegancia de Cho Sang-woo era mera naturaleza.

—¿Eso es todo?

Mientras observaba el agua fluyendo y desvaneciéndose por la tubería, deseando por un segundo seguir su ejemplo, concluyó que su molestia era injustificable, que era de esperar que en algún momento su mejor amigo consiguiera una chica bonita y eventualmente hasta se casara en una ceremonia modesta y tuviera bebés que, con suerte, heredarían su inteligencia y belleza.

Era lo que todos esperaban de él, era el ciclo de la estúpida vida y si alguien se iba a atrever a romperlo, definitivamente no sería Cho "lo más cercano a la perfección" Sang-woo.

—Es sólo que me tomó por sorpresa. ¿Desde hace cuánto la conoces?

Gi-hun se secó las manos y trató de sacudirse el trago amargo, sin escarbar demasiado en la insoportable cumbre que se instalaba en su pecho con poca familiaridad, mientras se convencía de que era un sentimiento natural, el de ser dejado atrás. Que a sus 26 la vida era un desastre y si la colocaba al lado de la de su mejor amigo, adquiría un nuevo nivel de patético.

Sin embargo, entre sus deudas, el trabajo mediocre, una adicción que no se atrevía a llamar alcoholismo pero parecido, había algo que permanecía a su lado, una constante, como el sol ocultándose cada día sin falta, alguien que creyó incondicional, y ahora lo sentía escurriéndose.

—Un par de meses.

Pero un par de meses no eran competencia para toda una vida, que una desconocida no le iba a quitar a su mejor amigo, ¿Verdad?

La segunda vez que se encontraron, Gi-hun no la soportaba. Hizo un sólo chiste, sobre política. Ali se rio, Sang-woo ni siquiera movió sus labios.

Ella no conocía el humor de su mejor amigo, por supuesto. Y Gi-hun sintió pena por Sang-woo, por el futuro sin carcajadas que le esperaba a su lado. Vaya relación aburrida. Sacó su cigarro y ella hizo una mueca de disgusto.

—Oh, lo lamento. ¿Te molesta que fume?

—Un poco, sí.

Gi-hun miró a Sang-woo, quien fumaba una cajetilla más a la semana que el mismo Gi-hun, pero sólo se encogió de hombros. Tuvo que salir al balcón para encender su cigarro, dejando atrás a sus amigos.

—¿Estás bien?

La voz de Ali, preocupada, lo sacó de sus pensamientos y trató de no girarse hacia el interior, para ahorrarse el tener que ver a la pareja feliz.

—Sí, es sólo que, ¿a ti te agrada ella?

—No creo que importe, a quien le debe de gustar es a Sang-woo.

Basura. Esa era una forma de reconocer que tampoco le simpatizaba, pero Ali era demasiado amable como para decirlo en voz alta.

—¿Qué es lo que no te gusta de ella? —preguntó el menor.

Gi-hun miró a su amigo. La verdadera pregunta era: ¿qué tendría que gustarle? Era aburrida, hacía comentarios clasistas mal disimulados y su voz era un insecto trepando por su ojo en medio de la noche.

Volvieron a cruzar caminos, tres veces en un período de siete semanas. Siempre en el apartamento de Sang-woo. Y en cada encuentro Gi-hun se sorprendía de encontrarle más defectos.

Hablaba mal de las personas ausentes, no le ponía azúcar a su limonada, y cuando estaban jugando «¿Qué prefieres?», ella respondió que el dinero antes que el amor. Y, de acuerdo, Gi-hun sabía que el amor no pagaba las apuestas ni la comida, y por supuesto hubiera contestado lo mismo, ¡pero no enfrente de su maldita pareja!

Sin embargo, el problema no era sólo ella. Era Sang-woo. Era la forma en la que sus hombros se tensaban cuando iban a besarse, era la falta de una risa, la monotonía con la que pronunciaba el nombre de su amante.

La siguiente reunión fue sólo de dos, gracias al cielo. Habían pasado tantas noches con el grupo de amigos (más la novia de Sang-woo), que el último por fin se dio cuenta de lo necesaria que era una cena con su vieja amistad de Ssangmun-dong.

—Terminé con ella —dijo, arrancando la costra, sin anestesia, de la misma manera en la que la había presentado.

Gi-hun estaba terminando de comer, y bien pudo haberse atragantado.

—Lo lamento mucho.

—¿De verdad? —Le dirigió una mirada incrédula—. Sé que no te simpatizaba.

Gi-hun tuvo el descaro de parecer ofendido, al menos por un momento. En su defensa, diría que había disimulado su desagrado bastante bien. Incluso le sonreía cuando por fin se marchaba.

—De acuerdo, me atrapaste. —Se encogió en su asiento—. Creo que eres demasiado para ella. Aun así lo lamento por ti.

Sang-woo bajó la mirada hacia su plato vacío. La culpa comenzó a subir por todo su esófago. ¿Qué clase de amigo de mierda se alegraba por algo así? Por supuesto, el orgullo de Ssangmun-dong no lucía ni una partícula de triste, pero Gi-hun sabía que tenía una Maestría en Negocios y otra en Ocultar sus sentimientos.

Antes de que pudiera preguntarle cómo se sentía, su mejor amigo lanzó una pregunta:

—¿Y para mí, quién crees que sí es suficiente?

Gi-hun aprovechó para tomar un trago de su bebida sin alcohol. Y fingió que no escuchó la pregunta, o bien, que no logró entenderla.

A las 8:33 estaban en el balcón, compartiendo un cigarro.

—¿Sabes? Extrañé mucho esto. —Y Gi-hun se rio un poco. No supo si se refería a fumar, o a estar los dos a solas. Quería creer que un poco de ambas.

Sang-woo tenía su brazo izquierdo recargado en la balaustrada, su espalda estaba semi-encorvada. Y lucía tan bien, tan hecho a la medida para esa lujosa terraza que se había ganado con todo su esfuerzo.

El balcón en el que existían ahora era tan distinto al de su modesta casa de algún rincón de Ssangmun-dong. La vista abajo era sin duda intimidante y admirable. La tecnología de los automóviles y el ruido de Seúl eran la mismísima prueba del acelerado paso de los años. Pero si miraba hacia arriba, lo saludaban la misma luna y las antiguas estrellas.

—Ni siquiera la amaba. No realmente. Y ella tampoco me amaba a mí.

Gi-hun centró toda su atención en su mejor amigo. Deseaba saber más, aunque tampoco quería presionarlo para que hablara.

Sang-woo sacó el séptimo cigarro de la noche. Gi-hun pensó que quizá sí era fumar lo que más extrañaba.

—Lamento escuchar eso, Sang-woo. ¿Cómo te sientes? —preguntó, inseguro y temeroso, como caminando por un puente de vidrio. Lo conocía de toda la vida, pero jamás había tenido que consolarlo por un corazón roto/finalización de noviazgo/cualquier cosa que fuera esto.

—Como un idiota. —Fue su respuesta al cabo de largos segundos. Tenía la mirada fija en el pavimento. Gi-hun se preguntó por un momento si iba a saltar.

—¿Por qué dices eso?

Sang-woo sacudió las cenizas y dejó que el viento se las llevara de paseo por Seúl. Se rio, sin ganas.

—Porque parece que no importa lo que haga, una parte de mí siempre va a quererte.

Gi-hun se le acercó. Su boca permaneció abierta, a la expectativa de algo más.

—Me da gusto que lo menciones, porque yo también te quiero.

—No, no lo entiendes. Me quieres, por supuesto, pero yo te quiero como se supone que debía quererla a ella. —Hizo ese gesto con su mano, y el movimiento de su cuello posterior a una calada de cigarro, el que siempre le pareció atractivo a Gi-hun.

—¿Me quieres? —Fue una pregunta estúpida, pero necesitaba la confirmación.

—No. Te amo —corrigió, y por fin levantó la mirada. Parecía incómodo con él mismo.

Gi-hun lo miró como un devoto veía a un santo cuando le estaba pidiendo un vergonzoso milagro. Su corazón amenazaba con liberarse de su cuerpo. Y poco a poco se le fue formando una enorme sonrisa.

—Sang-woo, yo te amo. —Fue su respuesta, delicada, la confesión que jamás se atrevió a pronunciar en voz alta, el sentimiento que creía había enterrado años atrás.

Estaba enamorado, claro, cómo no iba a estarlo. Desde hace tiempo, desde siempre tal vez. No recordaba el momento exacto, pero recordaba cómo ocupaba todo el espacio en su mente, que se le encogía el corazón y su estómago cada vez que lograba hacerlo reír, que deseaba cuidarlo y besarlo en cada puesta de sol, que ni siquiera su propio y escaso éxito se sentía tan bien como un logro pequeño de Cho Sang-woo.

Su mejor amigo lo miró, el desconcierto estaba en su rostro, pero de una forma más discreta.

—Ven aquí —pidió Gi-hun, recuperando toda la energía como si le hubiesen inyectado algo (amor, probablemente).

Sang-woo acercó su rostro. Gi-hun acarició su mejilla izquierda. No quería que fuera a desaparecer, a desvanecerse como un hechizo de cuento de hadas que llegaba a su final.

Gi-hun unió sus labios, con ternura (no estaba en sus planes parecer demasiado ansioso). Pero entonces Sang-woo rodeó su cintura, acercándolo más, y entonces se olvidó del frío del balcón y su lengua entró en la abrasadora boca de su mejor amigo.

Y enterró sus dedos en su oscura cabellera, para confirmar si era tan suave como se la había imaginado. Pero no, era mucho mejor.

El beso sabor a adicción a cigarros, anhelo sepultado, y demasiadas emociones reprimidas como para contarlas, se rompió. Ambos tenían las respiraciones aceleradas y sus mejillas se colorearon de un agradable bermellón.

Gi-hun no podía creerlo. Quería tatuarse ese beso, escribirlo en su inexistente diario, quería gritarlo y guardar el secreto al mismo tiempo.

Pero más que nada, esperaba repetirlo. Hoy, esa noche, mañana en el atardecer, en el verano dentro de 30 años, y hasta donde la vida se los concediera.

—Te amo —dijo Gi-hun por segunda vez en la noche, sintiendo su cuerpo más ligero, libre, listo para entrelazar su mano con la de Sang-woo, volar juntos y perderse en el universo en cualquier momento.

Sang-woo sonrió, convirtiendo el corazón de su mejor amigo en un cataclismo.

Y le besó su barbilla, su frente, y ambas mejillas, provocando una leve risa en el orgullo de Ssangmun-dong.

—También te amo, Gi-hun. —Y le regresó la lluvia de pequeños besos, con menos efusividad, pero la misma calidez y cariño.