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Tsukishima se contuvo para no bufar por enésima vez. Aquello, todo aquello, era estúpido, pero al parecer era el único que podía verlo y todos sus compañeros se habían aliado para asegurarse de que no se escaqueara.
―¡Que es para hoy! ―le apuró Hinata, que seguía con un dedo apuntando dramáticamente en su dirección. Tuvo que morderse la lengua para no responder de mala manera y Yamaguchi, a su lado, debió de notarlo, porque le dio un suave empujón con el hombro.
Bufó. No pudo aguantarse más.
―Reto.
El barullo que comenzaron a hacer todos a su alrededor (palmadas contra el suelo en el que se habían sentado en círculo, ovaciones burlonas y cuchicheos) le sacó un poco de quicio, pero no se retractó; no quería elegir «verdad». Si de algo se enorgullecía Tsukishima era de ser un tío con reservas: quienes estaban allí con él aquella maldita última noche antes de las vacaciones de Navidad eran sus compañeros de equipo, ni más ni menos. Y sí, puede que estuviese empezando a ver que aquello implicaba más que ir a los entrenamientos y jugar los partidos, que estaban, por cursi y molesto que le resultase, conectados de cierta manera, pero su vida seguía sin ser asunto de ninguno de ellos. Especialmente de Hinata y Kageyama que, de manera más obvia el primero y más sutil el segundo, estaban esperando su momento para lanzarse a meterse donde no les llamaban.
Tsukishima no sabría decir por qué lo notaba, pero juraría que los dos habían estado impacientes porque le llegase el turno a él. Tenían una energía similar a la de los partidos, ansiosa y obsesiva, pero al menos jugando servía para que marcasen puntos. En ese momento solo servía para ponerle de los nervios.
Hinata se inclinó sobre Kageyama a toda prisa y le susurró algo al oído y el colocador sonrió, con esa sonrisa estirada e inquietante que tenía. No sabía sonreír, era así de simple, pero Tsukishima se olía que, detrás de aquella sonrisa en concreto, sí había ciertas malas intenciones.
―A ver, qué. ―Quería acabar con la estupidez que le mandasen hacer cuanto antes.
Sabía que iban a obligarle a hacer el ridículo y estaba preparado para negarse a casi cualquier cosa o, al menos, a negociarla para dejar su dignidad lo más intacta posible.
―¿Ya lo tenéis? ―Tanaka se estiró un poco para lanzar una mirada cómplice a los dos que cuchicheaban―. Porque si no a mí se me ha ocurrido algo gracioso.
―¡No, no, déjanos a nosotros! ―Tsukishima no había visto a Kageyama tan divertido en su vida y le lanzó una mirada amenazadora. Si la notó, no le hizo caso.
Fue Hinata el que habló finalmente:
―Te retamos a que beses a… ―hizo una pausa dramática y Tsukishima clavó los dedos en el suelo para contenerse y no usar la fuerza bruta para evitar que hablase más.
Le martilleaba un pensamiento en la cabeza: A Yamaguchi no. A Yamaguchi no. A Yamaguchi no.
Iba a negarse a besar a cualquiera, estaba claro, pero si decían el nombre de su amigo tal vez no fuese capaz de controlar del todo su gesto. Le enrojecerían las mejillas, estaba seguro. Iban a notarlo todos.
Notaba las miraditas que volaban por la habitación. Joder, hasta Daichi, que solía ser el más sereno, parecía estar aguantando una sonrisa. Asahi se había tapado la boca con las manos y Suga la tenía muy abierta y negaba con la cabeza como si no se creyese que Hinata fuese a atreverse a decirlo.
Esos malditos segundos de pausa estaban durando una puñetera eternidad, pero el pelirrojo acabó por hablar. Por supuesto.
―Yamaguchi.
Lo proclamó casi triunfante y de nuevo, empezó el ruido por todo el círculo. Nishinoya gritó un «ole».
Yachi parecía petrificada y miraba a Yamaguchi con los ojos muy abiertos. Tsukishima también estaba un poco petrificado, pero no se atrevía a mirar a su amigo. Cogió aire por la nariz, cuidadoso, y con técnica practicada alzó una ceja y forzó un gesto aburrido.
―Sí, claro ―dijo, con una risa irónica, agradeciendo que su voz no temblase. ¿Estaba colorado? ¿Lo estarían notando todos? Parecían estar esperando que el elegido fuese Yamaguchi… ¿ya lo sabían, acaso? No, no. «Relájate», se dijo. Yamaguchi era su mejor amigo, estaban siempre juntos, era el blanco fácil. Por eso le habían escogido a él.
―Sí, claro ―repitió Hinata, sin el tono irónico, cruzándose de brazos.
―¡Es el juego, Tsukki! ―le apoyó Noya. Odiaba que le llamasen Tsukki. Odiaba que otros le llamasen Tsukki, e intuía que lo había hecho a propósito.
―No voy a hacerlo.
―Tienes que hacerlo.
―¡No! No tienes que hacerlo, Tsukki… si no quieres…
Se volvió hacia Yamaguchi por primera vez, pero no consiguió mirarle a los ojos porque su mirada daba vueltas por todas partes excepto cerca de su cara. Estaba rojo como un tomate. Como una fresa. Se mordía el labio inferior, ansioso, y Tsukishima no pudo evitar pensar en cómo sería mordérselo él, lo que seguramente fuese el peor pensamiento que podría tener en ese momento. Si no había enrojecido antes, ahora sin duda lo habría hecho. Yamaguchi parecía dispuesto a decir algo más, porque el silencio estaba durando más de cinco segundos y Tsukishima sabía que tendía a hablar demasiado cuando le podían los nervios. Antes de que llegase a decir nada, Tanaka le mandó callar diciendo, entre risas, que él no tenía ni voz ni voto.
―¡Eso, eso! ―Tsukki se volvió hacia Yachi para fulminarla con la mirada. Ella perdió su repentino ímpetu y se encogió un poco bajo su mirada―. Es un juego… son las normas.
―Pues es un juego estúpido y unas normas estúpidas.
Empezaba a estar enfadado. Todos seguían hablando y hablando y hablando, diciéndole lo que tenía que hacer, y la risa de Suga de fondo le taladraba los oídos. Yamaguchi era el único que defendía que no tenían que hacerlo y, aunque sabía que era lo mismo que estaba diciendo él, aquello también le molestaba y le entristecía un poco. ¿Tan horrible le resultaría besarle? Mientras seguía diciéndoles a unos y a otros que no iba a hacerlo, pensó que ojalá Yamaguchi le mirase y le pidiese que le diese aquel maldito beso. Si Yamaguchi lo hiciese, le besaría. Allí mismo, delante de todos. No sería capaz de no hacerlo.
Pero Yamaguchi estaba incómodo y aquella discusión no avanzaba en absoluto. Ellos decían que no y todos los demás que sí, y Tsukishima, desde luego, no estaba dispuesto a ceder.
―¡Hazlo de una vez, Tsukishima! ―gritó Hinata, que incluso se había puesto en pie―. ¡Es solo un beso!
Pero no lo era. Besar a Yamaguchi no sería solo un beso.
No podía más.
―Estoy harto de esto ―dijo, aún con fingida calma. Se levantó y se fue, haciendo oídos sordos a todos los gritos de sus compañeros. Estaba chafando la fiesta, lo sabía, y no le importaba lo más mínimo.
Quería alejarse y gritar, aunque fuese con las manos apretadas contra la boca.
―¡Tsukki!
A él no le hizo oídos sordos. Estaban ya fuera, alejados del barullo de la habitación llena de globos y confeti que los del equipo habían decorado para la ocasión, y se paró en seco. Le habría gustado contenerse, pero ya había perdido los estribos.
―¡¿Qué?! ―Se volvió hacia su amigo, exasperado―. ¿Qué demonios quieres?
Yamaguchi frenó su carrerita y apretó el gesto, aunque forzó una sonrisilla conciliadora. Hacía un frío horrible y el aire le salía de la boca en nubecillas blancas.
―No te vayas, Tsukki. Ha sido un reto estúpido, pero solo es un juego… no tenemos que hacerlo, pero no te pongas así. Vamos adentro, venga.
―No quiero volver ahí ―escupió él.
―Venga ―insistió Yamaguchi, acercándose para agarrarle del brazo y darle un suave tirón―. Es un juego.
Si escuchaba aquello una vez más, se volvería loco. Un juego, un juego, un juego, un juego. A todo el mundo parecía divertirle mucho aquello, como si fuese una broma, como si a él la idea de besar a Yamaguchi no le quemase el pecho desde dentro y le apretase todos los músculos para después soltarlos y dejarle con las piernas temblando.
Se había imaginado aquel escenario cientos de veces, si no miles. Había pensado en todas las maneras posibles en las que podría besar a su amigo por primera vez y por segunda y por tercera. Cada vez que estudiaban juntos se imaginaba que se estiraba por encima de la mesa y le robaba un pico. Cada vez que volvían juntos a casa después de un entrenamiento se imaginaba que le cogía los dedos helados y tiraba de su mano para acercarle a él y juntar sus labios, soltando respiraciones de vaho sobre su boca. Cada noche se lo imaginaba acurrucado en la cama a su lado, con una mano en su cintura y otra en su mejilla y decenas de besos alrededor de todas sus pecas.
La mera imagen en su mente le robaba el aire, pero no importaba, porque era un juego. Si besase a Yamaguchi, sería un simple juego, para todos menos para él. Y aquello también le quemaba desde dentro, pero de una forma mucho más dolorosa.
Yamaguchi tiró de su brazo y, al ver que el otro no se movía, dio un nuevo tirón, juguetón, y se rio.
―Vamos, vamos ―le decía, divertido.
Pero Tsukishima no veía nada de aquello como algo divertido, ni quería volver adentro. Estaba rabioso y quería irse a casa, así que actuó sin pensar.
Se liberó del agarre de su amigo sacudiendo el brazo, avanzó un paso en su dirección y le estrechó la cara entre las manos. Solo alcanzó a ver la mirada confusa de Yamaguchi un segundo antes de inclinarse sobre él para besarlo. Pegó sus labios a los de él sin apenas cuidado, brusco, apretado como sus cejas, pero Yamaguchi entreabrió la boca de todas formas y Tsukishima recolocó sus labios sobre los de él, encajándolos con más cuidado ahora, solo por un instante, lo que tardó en ser consciente de lo que estaba haciendo y apartarse. No se demoró mucho, pero aun así notó la respiración de Yamaguchi mezclarse con la suya; ese era el aire que quería respirar siempre.
Pero aquello, se obligó a recordar, ya no formaba parte del juego.
―Ahí tienes tu puto beso ―le dijo, con la voz alterada y todo el cuerpo temblando―. ¿Estás contento? Ahora vuelve adentro a jugar y déjame irme en paz.
Empezaba a sospechar que el nudo de su garganta no era rabia, sino ganas de llorar atravesadas, y se volvió para irse antes de tener la ocasión de comprobarlo. No esperaba que Yamaguchi dijese nada más, que tuviese palabras para responder a aquello, pero se equivocaba:
―No vuelvas a hacer eso.
Tsukishima se detuvo, pero no se atrevió a volverse. Tragó saliva como pudo.
―¿El qué? ―Forzó el desinterés y eligió ser cauto. «¿Besarte?», quería preguntar, pero sabía que se le quebraría la voz. De todas las reacciones que Yamaguchi podría haber tenido, dudaba que ninguna pudiese hacerle tanto daño como aquella.
―Actuar como si me estuvieses haciendo un favor. Yo no te he pedido nada de esto.
Fue Tsukishima el que se quedó sin palabras. Yamaguchi no sabía hablar como si las cosas no le importasen: sin necesidad de verlo, Tsukishima pudo imaginar sus puños apretados y los ojos al borde de las lágrimas. Le aterraba girarse a mirarlo y volver a perder los estribos.
«Pues pídemelo, Yamaguchi, porque me muero por dártelo». ¿Sería capaz de decirlo? ¿Sería capaz de no decirlo? No sabía qué opción le asustaba más.
No llegó a descubrirlo porque antes de decidirse oyó los pasos de Yamaguchi alejándose y él también se marchó.
***
Yachi había pegado estrellitas fosforescentes al techo de su habitación y a medida que atardecía y se iba la luz que entraba por la ventana, iban brillando cada vez más. Yamaguchi las miró en silencio, tumbado sobre la cama de su amiga, que estaba sentada a su lado, en silencio, esperando a que dijese algo.
Pero Yamaguchi no sabía qué decir. Es decir, sí lo sabía. Sabía perfectamente por qué había ido a casa de Yachi: estaba desesperado por entender qué había sucedido en la fiesta de Navidad y necesitaba ayuda porque él no había sido capaz de encontrarle sentido durante toda la noche. Y eso que había dormido muy muy poco. Se había plantado en casa de Yachi poco después de comer con una excusa vaga que ella desde luego no se había creído, pero fingió que sí y vieron juntos The Holiday por enésima vez. Ahora, sin embargo, parecía estar empezando a perder la paciencia.
―¿De verdad no vas a decirme qué te pasa?
―No sé… no sé cómo explicarlo. Es que ha pasado algo muy… raro ―titubeó, a falta de una palabra mejor.
―¿Con Tsukishima? ―tanteó ella, y Yamaguchi se volvió a mirarla con cierta sorpresa―. Llevas con esa cara desde que se fue de la fiesta ayer. ¿Habéis discutido?
Yamaguchi asintió con la cabeza e inspiró hondo. Le iba a tocar decirlo. Por mucho que Yachi intuyese por dónde iban los tiros, no adivinaría aquello, así que si quería consejo no le quedaría más remedio que decirlo.
―Me besó.
Había pensado tanto en ello que pronunciar la palabra se le antojó extraño, como si la hubiese repetido tantas veces que la hubiese dejado sin significado. Pero claro que tenía significado.
Yachi se incorporó de un salto y se le quedó mirando atónita.
―¿Te besó? ¡Te besó!
Parecía a punto de ponerse a dar saltos allí mismo y Yamaguchi, que se sentó al borde de la cama, pensó que así habría reaccionado él si el contexto hubiese sido otro. Ella debió de notárselo en la cara, porque le cambió la expresión y le lanzó una mirada compasiva, invitándole a hablar. Así que Yamaguchi le contó lo que había sucedido.
―Creo que si no hubiese estado tan enfadado me habría echado a llorar delante de todos. ―Se apretó la cara con las manos―. Siento que… que se ha estado riendo de mí. ¿Sabes cuando alguien es tan pesado con algo que acabas haciendo lo que quiere solo para que se calle? Esa es la actitud que tenía él. Como si llevase mucho tiempo sabiendo que me gusta y estuviese harto de aguantarlo. ―La voz se le quebró y Yachi le apretó la mano con cuidado―. Ha sido el ridículo más espantoso de mi vida.
No fue capaz ni de decir en voz alta lo mucho que le asustaba pensar en cómo serían las cosas a partir de ese momento. Pensar en Tsukki le enfadaba y le hacía ahogarse con la vergüenza, pero sobre todo le destrozaba la pena de saber que su amistad se había echado a perder. La había echado a perder él por su estúpido enamoramiento.
Por la ventana ya solo entraba la luz débil de la farola de la calle. Las estrellitas de plástico brillaban, pero la habitación seguía en penumbra. A Yamaguchi no le avergonzaba llorar delante de Yachi, pero aun así agradeció la oscuridad.
Cuando un par de días más tarde Hinata escribió al grupo que tenían los cinco de primero para proponer que quedasen, Yachi mandó un mensaje a Yamaguchi antes incluso de que él tuviese tiempo a pensar en sus dudas.
«Vendrás, no?»
«No sé
Y si va él qué hago???»
«Si queréis hablarlo, lo habláis, y si no pues estamos todos y puedes pasar de él. Yo estaré contigo todo el tiempo»
Yamaguchi miró la pantalla de su móvil con indecisión, sin saber qué responder. Yachi le mandó otro mensaje:
«Tú no has hecho nada mal, si alguien tiene que quedarse en casa por vergüenza es él»
Yamaguchi tenía bastante claro que él sería el que más vergüenza pasaría si se encontrase con Tsukki, pero Yachi tenía parte de razón. A él le encantaba ir a ver los mercadillos de Navidad que había en la ciudad por esas fechas y no era justo que tuviese que renunciar a ello porque Tsukki se hubiese portado como un imbécil con él.
Y, para que mentir, no dejaba de tener la esperanza de que su amigo se disculpase con él si se veían, por improbable que fuese. No era de la clase de personas que admitía sus errores con facilidad, pero Yamaguchi era consciente de que con él siempre había sido un poco diferente. A Tsukki le importaba su amistad, aunque su forma de demostrarlo fuese sutil. Con suerte, le importaría más que el hecho de que Yamaguchi sintiese algo distinto por él. Con suerte, ambos serían capaces de ignorarlo y seguir siendo amigos.
«En caso contrario ―pensó Yamaguchi mientras mandaba un mensaje al grupo confirmando que él iría― tal vez no merezca ser mi amigo». Y, aunque aquello pretendía ser un consuelo, le dio unas ganas tremendas de llorar.
Tsukishima no dijo nada por el grupo y, cuando se juntaron esa tarde, no se presentó. Yamaguchi fracasó estrepitosamente en ocultar su decepción y cuando Hinata y Kageyama empezaron a preguntar por el otro chico, no pudo contenerse.
―No sé por que no ha venido, ¿vale? ―respondió crispado cuando no pudo dar más largas sobre el tema―. Creo… creo que no nos hablamos. El día de la fiesta discutimos.
Los dos chicos parecieron tener problemas para entender lo que acababa de decir, como si Yamaguchi y Tsukishima fuesen un pack indivisible.
―¿Por lo del reto? ―preguntó Hinata. Para lo ruidoso que solía ser, aquello lo dijo con la boca pequeña, como oliéndose que la culpa era, en parte, suya.
Yamaguchi suspiró y, haciendo un esfuerzo para no venirse abajo esta vez, volvió a contar la historia. Le resultó un poco más fácil esta vez. Tal vez fuese porque ya sabía cómo elegir las palabras o porque Yachi le echaba un cable cuando se bloqueaba. O tal vez fuese porque a Kageyama y Hinata no se le daba tan bien escuchar como a su amiga y no dejaban de interrumpirle para increpar a Tsukishima, con comentarios que, en el fondo, le hacían cierta gracia.
Fuese por lo que fuese, una vez zanjado el tema, se aseguró de que no volviese a salir, ni aquella tarde ni ninguna de las demás en las que quedaron. Tsukishima no apareció ningún día. A Yamaguchi seguía doliéndole, pero notarse arropado por sus amigos le hacía sentirse seguro. Durante mucho tiempo habían sido solo Tsukki y él y, aunque había algo de aquello que le cautivaba, pasear con Yachi y ver las discusiones constantes de Hinata y Kageyama le hacía ser consciente de que, incluso sin Tsukki, no estaba solo.
***
Apenas había pasado una semana y, aun así, Tsukishima no conseguía recordar cuándo había sido la última vez que había pasado tanto tiempo sin hablar con Yamaguchi. Había entrado a su chat todos los días desde el de la discusión (y el beso), pero nunca se había atrevido a decir nada y mucho menos a ir a ninguna de las quedadas con sus amigos. Todavía tenía su regalo de Navidad (un jersey horrible con estampado de ranas que sabía que Yamaguchi adoraba y que él había comprado mucho antes de que todo aquello sucediese) envuelto en un cajón. Pero no podía dárselo. ¿Qué iba a decirle? ¿Cómo iba a mirarle a la cara?
Le había dicho que no fingiese hacerlo por él y eso solo podía significar que lo sabía, ¿no? Sabía que lo había hecho por sí mismo, porque llevaba meses, puede que años, muriendo por besarle. Por eso había parecido tan incómodo cuando Hinata propuso que se besasen. Le había puesto en un compromiso e, intentando arreglarlo, lo había zanjado de la peor manera posible.
Se le secó la garganta. Por dios, era un idiota.
Cuando fue a la cocina a por un vaso de agua, se encontró a Akiteru con el delantal puesto y mil trastos desperdigados sobre la encimera. Rodó los ojos. De alguna manera la comida le salía rica, pero era un maldito desastre.
―Estoy probando cosas para no meter la pata mañana, ¿vale? ―se defendió su hermano al notar su mirada acusadora―. Vamos a tener que preparar un montón de cosas para fin de año.
―Vale ―se limitó a responder él, esquivando el desorden para llenarse el vaso.
―He hecho una tarta de chocolate de las que le gustan a Tadashi, ¿por qué no le invitas a merendar para que la pruebe? He cambiado un poco la receta.
Tsukishima apretó los labios un momento y luego dio un sorbo a su vaso. Le costaba tragar.
―No creo que pueda hoy.
Akiteru se limpió las manos al delantal y le miró en silencio unos segundos, con el ceño fruncido. Odiaba que hiciese eso, así que no dijo nada, aunque sabía que su hermano estaba esperando. Cuando dejó el vaso en el fregadero y se dio la vuelta para irse, Akiteru soltó un suspiro.
―¿Ha pasado algo? Hace mucho que no viene por casa… y tú tampoco has salido demasiado en lo que llevas de vacaciones.
―No ha pasado nada ―mintió, porque ¿qué iba a hacer? No podía decirle a su hermano que la había cagado tan estrepitosamente.
Y justo entonces sonó el timbre.
A Tsukishima se le apretó todo dentro del pecho. El corazón, los pulmones, las propias costillas. No conseguía ni hacer pasar el aire. Akiteru se lo notó, porque levantó una ceja y le animó a ir abrir, y él enrojeció un poco.
Ni siquiera sabía si sería Yamaguchi. En realidad, nada más que sus ganas de que lo fuese justificaban que pensase eso, pero no podía sacarse la posibilidad de la cabeza. No esperaban a nadie. Tal ve lo fuese. Ojalá lo fuese.
Abrió la puerta de la entrada.
Y la cerró inmediatamente.
Quería gritar y darle golpes a cualquier cosa. De todas las personas que podría haber allí, tenían que ser ni más ni menos que ellos. El timbre volvió a sonar y oyó que le llamaban desde fuera y, con los puños muy apretados, se dio media vuelta y se encaminó a su habitación.
Akiteru se asomó a la puerta de la cocina, cuando el timbre volvió a sonar una vez más.
―¿Quién es?
―Nadie.
―Obviamente alguien hay.
―Que no es nadie ―refunfuñó el más joven.
Pero Akiteru sacudió la cabeza y se encaminó a la entrada.
―¡No abras!
Tarde. En cuanto Akiteru giró el pomo, Hinata y Kageyama empujaron la puerta, se precipitaron dentro y, al ver que quien les había abierto era Akiteru, empezaron a llamar al otro a gritos. Tsukishima no podía creerse que aquello le tuviese que pasar a él y, cuando su hermano les indicó dónde estaba, estuvo a punto de salir y empezar a repartir golpes. Aunque la última vez que había intentado aquello con Akiteru no había salido muy bien parado.
―¡Tsukishima! ―Hinata abrió la puerta de su cuarto como si estuviese proclamando su llegada y Tsukishima solo fue capaz de responder con un gruñido exasperado. Kageyama entró justo después y, tras él, Akiteru, que no dejaba de preguntar qué estaba pasando.
―Fuera los tres.
―Hinata y yo tenemos algo que decirte ―contestó Kageyama, con un tono que hizo que Tsukishima sospechase que traía el discurso preparado de casa―: Te estás portando como un imbécil con Yamaguchi.
Ah, menos mal, palabras elegidas con cuidado.
―¡¿Yo?! ¿Yo soy el imbécil? ¿De quién fue la genial idea que empezó todo este marrón, eh?
Tsukishima se odió un poco por la facilidad con la que perdía la compostura últimamente, pero estaba muy enfadado. Enfadado consigo mismo, aunque le costase admitirlo, y enfado con ellos sin ningún reparo. Si no hubiesen propuesto aquel estúpido reto nada habría sucedido así. Él seguiría fingiendo que no sentía nada por Yamaguchi y seguirían siendo amigos como siempre lo habían sido. Pero ahora estaba solo y avergonzado y le echaba muchísimo de menos y era, en buena parte, culpa de ellos.
Hinata hinchó el pecho.
―Eso fue fallo nuestro, efectivamente. ―Tsukishima sintió ganas de volver a gritarle al ver el orgullo con el que lo decía―. Y por eso hemos venido a intentar arreglarlo un poco.
―¿Ahora? ―casi se rio, aunque aquello no le hacía ni pizca de gracia―. ¿Y no podíais haberlo pensado ante de soltar eso delante de todo el equipo? ¿Teníais que decir Yamaguchi?
―¿El qué? ―preguntó Akiteru desde la entrada.
―Estábamos jugando a verdad o reto y le retamos a besar a Yamaguchi ―explicó Hinata, como quien no quiere la cosa. Tsukishima no tuvo tiempo a protestar porque entonces Kageyama dijo:
―Bueno, ya lo sabía todo el mundo, así que tampoco importa mucho que estuviese todo el equipo.
―¡¿Qué lo saben todos?!
Tsukki creyó que iba a vomitar. Era imposible que todos estuviesen al tanto de que le gustaba Yamaguchi, lo había escondido bien. Tal vez Tadashi sí hubiese podido notarlo, con todo el tiempo que pasaban juntos… ¿era por eso? ¿Porque pasaban mucho tiempo juntos? Tal vez eso les hubiese hecho sospechar, sobre todo teniendo en cuenta que él apenas pasaba tiempo con nadie más. Pero eran amigos de la infancia, era lógico que pasasen tiempo juntos, ¿no? Eso no tenía que significar que…
―Creíamos que el único que no lo sabía eras tú.
Casi se atragantó al escuchar a Hinata.
―¿Cómo no iba a saberlo yo?
―¡Y yo qué sé! ―gritó Hinata a la defensiva―. ¡Eres un poco lento! Pero, de cualquier manera, que lo supieses no te da derecho a tratarle así.
―¿Qué demonios estás diciendo?
―Si sabes que le gustas no tendrías que haberle besado e irte así, como si te estuvieses riendo de él. ―Kageyama se cruzó de brazos y apretó el gesto, como si le estuviese echando una reprimenda y se estuviese preparando para recibir la respuesta.
Pero Tsukishima no tenía respuesta a eso.
―Kei, ¡¿le besaste?!
Él apenas escuchó a su hermano. Aquello no era lo importante. Aquello era lo de menos. ¿Es que no había escuchado lo mismo que él? ¿Es que a nadie le importaba lo que Kageyama acababa de decir?
―¿Cómo que… cómo que le gusto? ―alcanzó a repetir con un hilo de voz.
Hinata y Kageyama intercambiaron una mirada. Se les había quedado esa mirada perdida de cuando se les escapaban todos los pensamientos de la cabeza.
―Acabas de decir que lo sabías ―le recordó Kageyama. Hinata frunció el ceño.
―¿De qué creías que estábamos hablando?
―De… ―Sintió el sonrojo subirle hasta las orejas―. Da igual. Joder, da igual. ―Se lanzó hacia el cajón de su cómoda y sacó el bulto envuelto en papel de regalo―. Akiteru, tienes que llevarme a su casa ahora mismo.
Su hermano tardó un poco en seguirle el ritmo.
―¿Que te…? No entiendo nada, ¿qué demonios ha pasado?
―¡Da igual! ―volvió a gritarle―. Llévame, ya.
Hinata le lanzó una mirada de arriba abajo y se le estiró la cara en una sonrisa enorme.
―¡Vamos, vamos! ―gritó, y Kageyama, que también parecía no estar ubicado del todo, se encaminó con él hacia la puerta.
―Vosotros no venís ―ladró Tsukishima, pero fue en vano, porque en cuanto Akiteru abrió el coche los dos se lanzaron al asiento de atrás.
Tsukishima se rindió con ellos. Se puso el cinturón con manos temblorosas y se dedicó a ignorar las preguntas que sus tres acompañantes le lanzaban, que se podían resumir en «¿qué narices pensabas?» y «¿qué vas a hacer?». Se quitó las gafas y se apretó el puente de la nariz. Iba a explotarle la cabeza.
Le gustaba a Yamaguchi. Él. Hinata y Kageyama habían propuesto aquel maldito reto porque… ¿Yamaguchi quería besarle? ¿Y todo el equipo lo sabía? El corazón le latía tan fuerte que tapaba las voces incansables de sus compañeros.
Lanzó una mirada de reojo a Akiteru. Había dejado de preguntar, porque al parecer los otros dos le habían dado ya todos los detalles de la situación, y sonreía mientras miraba a la carretera. Tsukishima quiso decirle que parase el coche o que diese media vuelta, pero no le salió la voz. Estaba aterrado. Antes de que consiguiese hablar, el coche se paró y cayó en la cuenta de que ya habían llegado.
Akiteru se volvió para mirarle y le dedicó una sonrisa de ánimo.
―Va a ir muy bien, ya verás.
―No puedo hacerlo.
―¡Claro que sí! ―Akiteru le soltó el cinturón de seguridad―. Venga, ve.
―¡Y más te vale disculparte como es debido! ―le advirtió Hinata, colándose en medio de los asientos delanteros. Kageyama se limitó a asentir y a fulminarle con la mirada otra vez.
Tsukishima salió del coche y creyó que iba a caerse al suelo de lo mucho que le temblaban las piernas. Aun así, atravesó el pequeño jardín delantero con una carrerita que desde fuera debía de verse ridícula y, sin darse a sí mismo tiempo para pensar y echarse atrás, llamó al timbre.
Los segundos que pasaron antes de que la puerta se abriese se le antojaron eternos y pensó en qué diría si era alguna de las madres de Yamaguchi la que abría la puerta. Por suerte, no fue el caso.
Yamaguchi apareció al otro lado envuelto en una bata y en zapatillas, y en cuanto le vio puso la cara de quien tiene una aparición ante sí. Tsukishima le había visto con su atuendo de estar por casa infinidad de veces y le gustaba verle así porque ese era el aspecto que tenía cuando pasaban la tarde juntos en su casa viendo películas y comiendo patatas de bolsa. Era el aspecto que tenían cuando se quedaban solos y Yamaguchi se relajaba y se metía con él y se reía, el aspecto que tenía cuando se acurrucaba con su manta y le compartía secretos.
Ahora, en la puerta, no estaba relajado. Estaba más tenso que nunca, con los hombros enderezados y los labios apretados con fuerza. Le ardían las mejillas.
―Tsukki, ¿qué…?
―He sido un imbécil.
Tsukishima se odió por no ser capaz de contenerse y pensar antes de hablar. Debería haberle saludado, ¿no? Pero había bastado con volver a oírle decir su nombre, aquel «Tsukki» que parecía encajar tan bien en su voz, para empezar a hacer estupideces de nuevo.
Su amigo levantó una ceja, pero intuyó algo parecido a una sonrisa en su expresión.
―Sí, lo has sido.
―Y quiero pedirte perdón, Yamaguchi ―se lanzó a hablar de nuevo Tsukishima―. Me porté fatal contigo, pero yo creía que… ―Calló un momento, masticando sus palabras. ¿Cómo de claro debía ser? ¿Debía soltarlo tal cual? En realidad, no tenía más pruebas de que su amigo le correspondiese que las palabras de Kageyama y… ¿desde cuándo se fiaba él del tonto ese? Pero, por otro lado, ya no tenía nada que perder. Se lo había callado durante mucho tiempo por miedo a que estropease su amistad con Yamaguchi, pero eso ya lo había hecho. Era ahora o nunca―. Yamaguchi lo que quiero decir es que me… ¿qué estás mirando, por dios?
Tsukishima se volvió, incapaz de seguir el hilo de sus propias palabras mientras notaba como la mirada de Yamaguchi se escurría más allá de su hombro constantemente. Se encontró a Akiteru, Hinata y Kageyama fuera del coche, inclinados sobre la verja de la entrada, y sintió ganas de echarles a patadas. Estaba a punto de gritarles que se fuesen, pero Hinata se le adelantó:
―¡Dilo de una vez!
Buscó la mirada de Akiteru casi sin darse cuenta y se lo encontró con esa misma sonrisa del coche. Tal vez Hinata y Kageyama sí se estuviesen riendo un poco de él, pero la expresión de su hermano no era de burla. Tsukki tragó saliva y se volvió de nuevo hacia Yamaguchi, haciendo un esfuerzo titánico por ignorar los tres pares de ojos que se le clavaban en la espalda. Cogió aire, se obligó a mirar a Yamaguchi a los ojos (y notó que él también se obligaba a sostenerle la mirada) y empezó a hablar a toda prisa.
―Sé que crees que te besé para reírme de ti, como si ese beso fuese importante para ti y para mí no, pero no… no lo hice por eso. Es más bien todo lo contrario. Te besé porque quería besarte y estaba muy enfadado porque a todos parecía hacerle mucha gracia y creía que para ti no era más que un juego y… quería que me diese igual y me porté como un estúpido, porque no me da igual, Yamaguchi. Me importa mucho.
Yamaguchi parecía estar esperando a que acabase de hablar para soltar el aire que había estado aguantando y desviar la mirada a todas partes. Tenía las mejillas coloradas y titubea sin llegar a decir nada y a Tsukki le cosquillearon los dedos de los nervios. Quería que dijese algo, cualquier cosa. Quería escucharle hablar, tener una excusa para mirarle los ojos y la boca y todas las pequeñas marquitas de su cara. Quería abrazarle hasta que dejase de temblar y, con suerte, hasta que él mismo dejase de temblar también.
―¿Querías besarme? ―acabó diciendo Yamaguchi con un hilillo de voz. Era curiosidad genuina, sorpresa incluso, como si realmente temiese no haber escuchado bien. Tsukishima podría haber respondido que no y él lo habría aceptado, pero ya habían llegado demasiado lejos como para echarse atrás ahora.
―Me gustas, Yamaguchi.
―Oh.
―Te he traído tu regalo de Navidad ―siguió Tsukki, tendiéndoselo. No tenía muy claro por que lo decía justo en aquel momento. Supuso que era su forma de darle una vía de escape a Yamaguchi, un cambio de tema fácil por si él no quería decirle aquello que Tsukki se moría por escuchar.
―Yo no tengo nada para ti. ―Una mueca culpable le cruzó el rostro y dudó antes de aceptar el regalo y despegar el celo con cuidado. Yamaguchi era la clase de persona que no rompía el papel al abrir los regalos y a Tsukishima le parecía algo muy tierno.
Sacó el jersey y lo desdobló entre las manos, una sonrisa asomando a su boca. Le encantaba verle sonreír. Le encantaba verle recorrer los dibujos de las ranitas con las puntas de los dedos.
―Vaya, yo… ―titubeó de nuevo Yamaguchi―. Gracias. ¿Cómo sabías que…?
―Lo dijiste un día de camino a casa.
Yamaguchi sonrió más.
―No creía que me estuvieses prestando atención ―dijo, no sin cierta vergüenza en la voz. Ahora, al menos, le miraba a los ojos, y Tsukishima, aunque seguía hecho un manojo de nervios, acabó sonriendo también al notar esa calidez que siempre acompañaba a su amigo.
―Siempre lo hago ―confesó, y entonces fue él el que no fue capaz de sostener la mirada. Soltó una risa un poco triste y suspiró―. A veces creo que no sé pensar en otra cosa.
Yamaguchi se mordió el labio inferior para evitar que le creciese aun más la sonrisa y esa expresión en medio de su cara colorada hizo que Tsukishima sintiese el corazón dar botes por anticipado. Era bueno, ¿no? No podía no serlo.
―¿Quieres pasar?
―Sí ―respondió él de inmediato.
―¡No! ―sonaron tres voces a sus espaldas.
―¡Yamaguchi! ―le reprochó Hinata, pero el aludido se limitó a responder con una risotada y a tirar del brazo de Tsukishima para hacerle pasar.
La puerta se cerró tras ellos y el más alto se quedó plantado en el recibidor, sin saber qué hacer. Miró a Yamaguchi, que seguía riéndose por lo bajo mientras extendía el jersey de ranitas delante de sí.
Alzó la vista hacia su amigo y sonrió tanto que casi se le cerraron los ojos.
―Entonces… ¿te gusto?
Había bajado un poco la cabeza, como si quisiese enterrarse en sus hombros, pero seguía con los ojos levantados en su dirección y a Tsukishima le bailaron las rodillas. Anda que si le gustaba. Diría incluso que más que eso, pero todavía no estaba dispuesto a admitirlo. No se fiaba en absoluto de que no se le quebrase la voz de los nervios al responder, así que se limitó a asentir con la cabeza.
El otro se le acercó con actitud casi burlona. Le había echado tanto de menos, a él y a esa extraña confianza que parecía llenarle cuando estaban los dos solos.
Yamaguchi le pasó el jersey de ranitas por encima de los hombros y agarró una manga a cada lado de su cuello. Estaba tan cerca que Tsukishima podía hasta olerle, y olía a casa.
―Ven aquí ―susurró Yamaguchi, dando un tirón suave al jersey para inclinarle hacia él. Tsukki no necesitó más.
Esta vez, sus labios se encontraron con cuidado. Un roce suave primero, una invitación a seguir adelante. Una mano sobre la mejilla de Yamaguchi y la otra un poco un poco más abajo, recorriéndole el contorno de la mandíbula y perdiéndose en su pelo. No había prisa ni rabia por ninguna parte. Eran simplemente ellos, como siempre. El uno inclinado sobre el otro, pero como siempre. La misma complicidad, el mismo jugueteo burlón, la misma calidez. Tsukki le pellizcó el labio con los dientes con cuidado y Yamaguchi tiró más de las mangas del jersey para acercarle más a sí.
Cuando se separaron, Yamaguchi no desenredó sus manos del jersey y Tsukki dejó la suya en la mejilla del otro, que le dio un apretón contra su hombro con los ojos cerrados, entregándose a la caricia. Cuando volvieron a mirarse la sonrisilla se les convirtió en una risa, y Yamaguchi no tardó en lanzarse a abrazarle. Tsukishima le apretó y enterró la cabeza en su pelo.
―Por qué no lo hiciste así desde el principio, tonto ―susurró Yamaguchi. Notar su respiración en el cuello hizo que Tsukki se estremeciera.
―Lo siento.
El otro negó con la cabeza, riendo, y le abrazó con más fuerza. Tsukki pensó que podría pasarse la vida así y, cuando Yamaguchi le dio un besito en el cuello, deseó que así fuese.
―No te lo he dicho, pero tú también me gustas ―susurró su amigo junto a su oreja. Rio un poco―. Por si no había quedado claro.
Tsukishima soltó una carcajada. El otro se puso de puntillas y le rozó la punta de la nariz con la suya y a él se le cortó hasta la risa. No podía despegar la vista de sus labios y, cuando se inclinó para volver a besarle, sonó el timbre. Yamaguchi intentó alejarse para ir a abrir, pero Tsukki tiró suavemente de su cintura para evitarlo.
―Que esperen.
Y Yamaguchi pareció ceder, pero el timbre volvió a sonar.
―¡Tsukishima! ―gritó Hinata al otro lado de la puerta―. ¡Tu hermano ha dejado todo encendido en la cocina!
Oh, mierda.
Los dos se lanzaron a la puerta y Tsukishima vio a su hermano ya subido al coche, intentando arrancarlo y fallando dos veces por los nervios. Se giró rápidamente para despedirse de Yamaguchi, pero él ya estaba corriendo hacia el coche, con su bata y sus zapatillas. Subió atrás, con Hinata y Kageyama, y en cuanto Tsukki cerró su puerta, su hermano arrancó el coche.
Condujeron de vuelta a toda prisa, dejaron el coche mal aparcado y corrieron hacia la puerta. Notaron el olor a comida quemada antes incluso de abrir y Tsukishima supo que se quedaría pegado a la casa durante días, pero por suerte no había pasado nada más.
Akiteru apagó todo y abrió las ventanas para dejar salir el humo de la cocina, maldiciendo por lo bajo por las ollas que se le habrían echado a perder.
―¿Cómo has podido ser tan tonto como para dejar el fuego encendido?
―Haz el favor de callar, Kei ―refunfuñó su hermano, sacudiendo la mano delante de su cara para aclarar el aire―. Que si salimos con tanta prisa fue por tu culpa.
―¿Tanta prisa tenías, Kei?
Tsukki se estremeció al notar la voz de Yamaguchi de repente tan cerca de él y se volvió para mirarle con las mejillas coloradas. Solo le llamaba Kei cuando quería tomarle el pelo, y su gesto (barbilla alta y sonrisa de medio lado) lo dejaba bien claro.
Yamaguchi notó cómo le miraba la boca y su expresión cambió un poco, y Tsukki recordó la noche de la fiesta de Navidad. Había pensado que, si Yamaguchi se lo hubiese pedido, le habría besado delante de todos y no le habría importado nada. Ahora, en aquella cocina apestosa y llena de humo, se lo estaba pidiendo, incluso sin palabras.
Así que le agarró de la bata y tiró de él hacia sí, deteniéndose solo un instante con sus frentes pegadas antes de volver a besar su boca. Yamaguchi le envolvió el cuello con los brazos, sonriendo contra su beso, y a Tsukishima fue lo único que le importó. Le daba igual el humo, el olor, la risita de su hermano, los alaridos de Hinata y Kageyama. Le daba igual que le viesen, que se enterase todo el mundo, si hacía falta. Le daban igual incluso las dudas que le habían apretado la garganta durante las últimas dos semanas.
Estaba besando a Yamaguchi. Yamaguchi le estaba besando a él. Todo lo demás daba igual.
