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La puerta se abrió.
Todos y cada uno de los alumnos voltearon a mirar al recién llegado.
Oh, era él...
Edgar se encontraba parado mirando al suelo, mientras colgaba su muchila como un vago y su bufanda ocultaba la mitad de su rostro...
El profesor se levantó y se le acercó dispuesto a retarlo...
—Señor Cottsweld, ya hemos hablado de esto, si volvía a llegar tarde-...
—Iba a llamar a mis padres, lo sé. No importa.
Habló en voz casi inaudible. Aún así el profesor alcanzó a oír sus palabras.
—¿Cómo que no importa? ¿Por qué siempre llegas tarde a clases? ¿Qué haces? ¿Te drogas, te escapas? Para eso necesito que vengan tus padres, para tratar ese tema y buscar una corrección, no vamos a llegar a nada as-.
—¿Podría callarse?
Tanto el profesor como todos los alumnos guardaron un silencio inminente... Apenas pasaron un par de segundos algunos chicos comenzaron a murmurarse los unos entre los otros, aguantándose la risa...
La vena del hombre mayor se levantó. No dudó en mirar molesto a su clase. Todos guardaron silencio de inmediato.
—Voy a llamar a tus padres ahora mismo.
—Hágalo, a ver si vienen.
Algunos alumnos simplemente no aguantaron la risa y explotaron. Edgar ni siquiera esperó la indicación de su superior para ir a sentarse en completo silencio al lugar más lejano de todos.
Extrañamente hoy le caía bien a todos. Varios alumnos se acercaron a darle palmadas apenas el profesor salió a hacer la llamada de urgencia.
—Me encanta cuando te le pones así al profe.
—A veces eres genial bro.
—Uy, me gustaría que me hablaras de rudo así al oído.
Todos eran unos hipócritas.
Los mismos que le decían que era genial por atacar al profe fueron los mismos que causaron ese problema en primer lugar.
Ellos lo dejaron, lo abandonaron, y permitieron que lo golpearan atrás de la escuela.
Mientras el recibía golpes el profesor pensaba que se estaba drogando con música edgy de fondo. ¿Quién se cree para hacer esas suposiciones?
Edgar no dijo nada y ocultó su rostro entre sus brazos.
—Ugh, ya se puso de amargado de nuevo.
—Vámonos, nunca va a intentar hablarnos.
—Tremendo inadaptado.
¿Por qué la gente lo odiaba tanto?
¿Por qué tenía que estar con ellos desde la primaria mientras todos veían cómo el decaía poco a poco?
Los mismos compañeros de mierda, durante más de 9 años... Siempre haciendo suposiciones tontas.
Claro, se estaba drogando con el olor a adolescente rabioso desatando su enojo con alguien que hizo literalmente nada.
El profesor volvió a entrar mientras miraba al fondo de salón, en dirección a Edgar.
—Te salvaste por hoy. Tus padres no contestan.
Edgar no reaccionó y solo suspiró aliviado.
—Deben de estar decepcionados de tí. Ellos trabajando por darte un futuro y tú malgastándolo así.
Sí, trabajando. Claro que ellos disfrutan de trabajar diario.
—Después hablaré con el director de esto. De momento, comencemos con la clase.
Al menos esas dos horas de palabrería absurda eran su único momento de paz... Se acomodó sobre su escritorio nuevamente y miró por la ventana, al cielo...
Aún tenía un poco de esperanzas de que todo cambiaría, pero poco a poco iba perdiéndolas No sabía que sería de él cuando no haya nada por lo que sentirse esperanzado.
Cerró los ojos lentamente...
Mañana será otro día.
—¡Hoy traje fresas con crema!
—¿Nada más? Casi siempre traes toda la nevera de tu casa...
La chica rió.
—Sí, traje más, pero lo digo porque me encantan las fresas con crema, más cuando las hace mi mamá.
Edgar alzó un poco su bufanda y cubrió más su rostro.
—Pero... Son solo fresas... Partidas... Y con crema encima. No le veo lo especial.
—Lo especial se lo pone mi madre, tontito. Mira, pruébalas, saben deliciosas.
Edgar negó con la cabeza.
—No gracias, no tengo hambre.
—¿Cómo de que no? Para algo está el receso, por qué a esta hora da hambre.
Edgar rió. Su amiga infló las mejillas molesta.
—Anda, solo una probadita. Las hizo mi mamá con mucho amor.
El joven volvió a negar.
—Colette, no insistas.
La chica ignoró su petición y extendió la cuchara hasta la boca de Edgar, exactamente insistiendo.
—Quítate esa bufanda fea y abre la boca.
Apenas su amiga le extendió la cuchara, el joven retrocedió instintivamente y subió aún más su bufanda, llegando hasta a cubrir su nariz.
Esto no se lo tomó bien la albina pues apenas hecho es azotó su tupper con fresas sobre la mesa de la cafetería y se le encimó a su amigo.
—No seas grosero, te estoy invitando de mi paraíso, ¡no niegues mi amor!
Colette se puso encima suyo, sacándole el aire a su amigo en el momento. Este, molesto, comenzó a empujar a la chica en busca de quitársela de encima... Pero se sentía demasiado débil, no podía siquiera moverla.
Era eso o Colette era realmente fuerte.
La chica casi suelta el rugido de una bestia cuando vio a su amigo queriendo quitarla de encima suyo.
—¡Colette, por favor!
—¿Ya viste lo débil que estás? ¡Debes comer algo!
—¡No, no tengo hambre! ¡Deja de insistir por un demonio!
La banca de aquella mesa de la cafetería comenzó a moverse temblorosamente, lo que hizo a Colette y a Edgar levantarse de golpe pensando que la romperían y quitarían los tornillos que la fijaban al suelo por estar peleando.
Ambos se miraron pasivamente. Con solo conectar sus vistas concordaron en no pelear más por el tema.
La chica volvió a sentarse en su lugar, Edgar aprovecho y se sentó sobre la mesa mientras sacaba su teléfono móvil.
—Vaya escuela de mierda, ¿no? Todo roto y feo, ni las bancas del suelo aguantan estando en el suelo.
Ambos rieron. El chico agachó la mirada nuevamente.
—Al menos oí que el jefe del consejo estudiantil ya consiguió un mucho mejor mobiliario para los de primaria...
—Oh sí, recuerdo haber oído sobre eso. Ese chico nos va a salvar de la miseria.
—Sus eventos no dejan de ser ridículos...
—Pero recolectan mucho dinero... ¿No es eso genial?
Edgar soltó un suspiro.
—No es para tanto. Debe ser el típico engreído de mierda.
Colette sonrió y siguió comiendo de sus fresas.
Pasaron un rato así, mientras Edgar revisaba su teléfono y Colette comía felizmente. Nadie dijo nada más sobre el tema o algún otro, simplemente compartían su tiempo en paz...
Eso, hasta que Colette se atrevió a hablar de nuevo.
—¿Qué ocultas bajo tu bufanda?
El delgado cuerpo del muchacho se tensó de golpe al oír eso...
—¿De qué hablas?
—Llevas rato subiéndote la bufanda, y cuando te ofrecí de mi postre lo hiciste el doble. ¿Qué ocultas?
—... Nada.
La albina miró ingenua a su compañero.
—Si no ocultas nada entonces no te molestará quitarte la bufanda, ¿verdad?
El azabache soltó un quejido molesto y se levantó de golpe dispuesto a marcharse, pero la chica lo detuvo antes de que diera otro paso más. Y vaya que era fácil detenerlo, ni siquiera era lo suficientemente fuerte para pelear.
Solo escuchó un quejido de su parte cuando lo tomó del brazo...
—Muéstrame.
—No quiero, puta madre.
—¡No seas majadero!
—¡Entonces no me obligues!
Colette empezó con otra rabieta y sentó de nuevo a Edgar en la banca de la mesa. El chico se volvió a quejar en molestia mientras la jovencita que ignoró sus quejas, tomó el borde de la tela de la bufanda y se dispuso a bajarla. Su amigo la detuvo de golpe.
—¡YA! Ya... Yo lo hago, no necesitas insistir tanto...
Sus manos se deslizaron lentamente hasta tomar su bufanda y retirarla con temor.
El ambiente se puso tenso, tanto que Colette ni siquiera dijo nada.
Edgar tenía un labio roto y un enorme moretón en su mejilla izquierda.
—¿Quién te golpeó?
El menor desvío la mirada molesto.
—Los amigos de Charlotte.
—¿¡ESA PERRA OTRA VEZ!?
El chico asintió mientras su amiga comenzaba a recoger sus cosas soltando humo de la rabia.
—¿Qué demonio estás haciendo?
—Voy a buscarla y matarla.
—Hey, ustedes dos.
Ambos chicos de dieron un brinco del susto. Edgar volvió a subir su bufanda y Colette sonrió inocente.
—¿Acaso no escucharon la campana? Vayan a sus clases, ya.
Los dos amigos miraron a quien les gritaba desde lejos... Era un chico alto, muy bien vestido y... Con el uniforme especial de los del consejo estudiantil.
Era el joven albino de anteojos que tomó el puesto de jefe en la escuela... Lamentablemente tuvieron la mala suerte de topárselo a él.
—Lo lamento, ya nos vamos.
El chico entrecerró los ojos y no se movió de su lugar hasta que los dos curiosos amigos se levantaron y salieron corriendo a sus respectivas aulas.
—No vuelvan a hacer eso, por favor.
Los dos escucharon antes de perderse por entre los pasillos.
Se despidieron, y ambos separaron sus caminos.
Ahora esperaba otro regaño de su profesor por llegar tarde.
