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Bailando pegadito

Summary:

Cinco veces que Keisuke Baji intentó declarársele a Chifuyu Matsuno. Y la vez que Chifuyu Matsuno se le declaró a él.

"—Uy, Baji, qué es esto.
Alza la carta.
—¡Deja eso, imbécil!
—¡No, no, quiero leerla toda! —Y empieza—. «Chifuyu». Ay, ¿no le dices «mi amorcito»? Qué decepcionante.
—«Cariñito» suena mejor —interviene otra voz.
—Mikey, cállate, no sabes nada de romance.
—Vimos cinco películas el fin de semana, Ken-chin. Creo que lo sé todo."

Notes:

Actualización todos los lunes. 6 capítulos.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Capítulo 1.

Summary:

"Cuando está a punto de acudir a Chifuyu se da cuenta de que es un pendejo y que no tiene ningún plan.

Cuando le cuenta a Mitsuya, este vuelve a reírse en su cara y le dice que es un pinche animal.

Le dice también que Chifuyu no necesita ningún ideal del romanticismo ni nada sacado de las páginas del último shojo de moda.

«Sé tú mismo», le dice, «aunque estés frito y seas un orate»."

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

1.

La noche está para un reggaetón lento
De esos que no se bailan hace tiempo

Reggaeton Lento, CNCO


Que Baji se diera cuenta fue culpa de Mitsuya.

«Sólo les falta ir a pedir una hipoteca agarrados de la mano», dijo y de repente se le iluminó el cerebro.

No porque haya algo romántico en ir a pedir una hipoteca agarrados de la mano —que no— o porque Baji piense que algún día él y Chifuyu serán la clase de personas que van a ir a pedir una. Primero tienen que sobrevivir a la secundaria y eso ya se ve difícil como para pedirles que además sobrevivan a la preparatoria y, peor, que consigan entrar a la universidad.

(A veces Mikey bromea y dice que, si alguien lo logrará, serán Baji y Chifuyu; siempre añade, además, que el primero lo hará sólo para que su mamá no llore porque es un bueno para nada y luego procederá a fallar en todas las clases).

Las hipotecas quedan lejos, pues.

Pero Baji entiende que pedir una en pareja significa que estás dispuesto a pasar la vida con la persona con la que lo haces y él está bastante seguro de que le gustaría pasar su vida con Chifuyu; al menos, un pedazo de ella. Están en secundaria y todas las chicas que ha oído dicen que los novios de la secundaria no duran para toda la vida.

Mitsuya, de hecho, hizo una lista.

«Viven en el mismo edificio». Baji respondió que eso no lo habían elegido ellos, simplemente era un lugar barato para vivir, un montón de familias de la secundaria de Baji y Chifuyu vivían allí. Era normal.

«Comparten la comida». Es práctico, más barato. A Baji no le parece nada del otro mundo. Es de pinches animales desperdiciar.

«Van juntos a todos lados, ¡sólo falta que vayan de la mano!». No entiende qué hay de raro en eso. Chifuyu es su vicecomandante: evidentemente van juntos a todas partes y no debería haber nada extraño en eso.

«Baji». Y ese fue el último argumento de Mitsuya. «Chifuyu te seguiría al infierno si le dices que es allí a donde te diriges».

Y bueno, eso es lo que se espera del vicecomandante de la primera división de la Toman, ¿no? Es lógico. Excepto que cuando lo piensa se da cuenta de que Chifuyu no lo hace sólo con los asuntos de la pandilla: lo hace todo el tiempo. Mitsuya tiene razón, seguiría los pasos de Baji hasta el mismísimo inframundo.

Y Baji no sabe exactamente lo que significa eso. Da un poco de miedo, incluso, saber que existe alguien en el mundo con quien quieres ir a todas partes, aunque «todas partes» sea tan solo la playa, aunque «todas partes» termine siendo caminar de la mano hacia ningún lado.

Y, vaya, le gustaría tomar de la mano a Chifuyu. No le importa lo que otros tengan que opinar al respecto.

Seguro que, si tuvieran alguna opinión, si les gritaran desde las motos, si intentaran romperles la madre sólo porque van de la mano, tendrían tiempo de darles ellos más fuerte, demostrarles que la Toman siempre estará por encima de todas las demás pandillas de Tokyo.

Pero se está adelantando: primero necesita que Chifuyu quiera tomarlo de la mano.

Ese es el paso uno.

Y cuando por fin va con Mitsuya y le dice «tenías razón», Mitsuya se ríe más alto que nadie y Baji escucha el grito a sus espaldas:

—¡Cuándo no he tenido yo razón!


A veces hay fiestas.

En la secundaria le llaman fiesta a cualquiera reunión a cualquier hora del viernes donde hay alcohol de contrabando y los muchachos de prepa tienen cigarros. El aire huele a alcohol y a humo. Los padres —aquellos que le ponen algo de atención a sus hijos— se quejan de aquellas «fiestas» porque son ruidosas y siempre termina uno peleándose con otro (aunque nunca como las pandillas, porque las pandillas hacen sus reuniones aparte, entre las motos y el olor a escape que desprenden).

Y a veces hay música y Baji ha visto a las chicas bailar a lo lejos, con un montón de muchachos recargados en la pared, mirando el tiempo pasar como idiotas pendejos porque no saben bailar o les da pena.

A veces los que bailan son los de prepa, pero también, según las chicas, son un montón de inútiles.

«Los únicos que valen la pena son los universitarios», ha escuchado decir a algunas; «esos sí saben cosas».

Pero su barrio no es uno que le haya dado muchos universitarios al mundo y, de todos modos, los universitarios no van a las fiestas pendejas de las niñas de secundaria.

Baji también sabe que a veces en las fiestas hay besos.

Cuando un chico lleva el suficiente tiempo cortejando a una chica y han caminado a la escuela juntos un mínimo de cinco veces y ya llaman a lo que sea que son «novios», a veces, entre la música, el olor a alcohol barato, el mal aliento que deja el licor rebajado con refresco —para los que se atreven a probarlo—. Los chicos que quieren besos a veces hacen el esfuerzo por bailar, aunque no les dura más de medio minuto antes de que tomen a la chica por la muñeca y la jalen. Ey, vamos afuera, ven, que quiero ver las estrellas contigo. Nunca cambian demasiado el discurso, porque a casi todas las chicas les gustan —o los chicos creen que les gustan las mismas cosas y las chicas ya están demasiado cansados de sus pendejadas como para si quiera corregirlos porque, después de todo «los novios de la secundaria no son para toda la vida».

La única experiencia que tiene Baji en el romance es la observación.

No la considera una muy buena experiencia. Todos son unos inútiles, al menos en la escuela.

En la pandilla es peor.

Draken tiene más ojos para Mikey que para Emma y ni Emma ni Mikey, fieles a la sangre que comparten, siendo Sano los dos, no tienen ni la más remota idea de ninguna de las dos cosas.

No se sabe si Mikey si quiera piensa en que algún día alguien puede «gustarle», así, como para tomar su mano y no pegarle una patada voladora.

Se habla de peleas y de otras pandillas, nunca nadie quiere enseñarle a otro las estrellas de ninguna parte y Baji no sabe si es bueno o terrible que sólo piensen en motos, puñetazos y patadas y no en frases clichés sacadas del manga shojo de turno que todos —chicas y chicos— pasan de unas manos a las que siguen y lo comentan entre clases o fingen no leer.

Si quiere decirle a Chifuyu: ven, quiero tomar tu mano y caminar contigo, a dónde sea; no tiene ningún ejemplo en el que fijarse.

Tendrá que ingeniárselas solo.


Las ideas de Baji sobre el romanticismo tampoco son muchas.

Ha incendiado carros, golpeado transeúntes que lo miran mal y estrellado un par de motos, pero sospecha que nada de eso tiene que ver con ser novio de alguien y acompañarlo a la escuela y parecer buen muchacho para cenar con los papás del novio.

(Baji no se imagina a ninguna novia, nunca; quizá porque en su mente sólo hay espacio para Chifuyu Matsuno).

Intenta preguntar, pero Mitsuya se ríe en su cara ante la sola sugerencia de que hay un universo en el que Baji puede hacer algo romántico y que están justamente en él. Le dice que no será necesario nada elaborado, si de todos modos él y Chifuyu están a simples pasos del altar y es por pura formalidad: para Mitsuya son una vieja pareja casada.

Draken le dice que le preguntará a las chicas del burdel, pero Baji ni siquiera espera una respuesta: lo que sea que esté pasando en el burdel es tan sólo una transacción económica, romance de mentiras, para que un montón de perdedores pendejos puedan sentir que le importan a alguien por un rato.

Mikey le recomienda una cafetería específica donde hacen helados enormes y les ponen banderitas a los helados, no cómo ese otro restaurante donde siempre se les olvida ponerle banderita a su menú infantil. Tras semejante propuesta estúpida, que por supuesto sólo pudo hacer salido de la mente de Mikey, Baji intenta golpearlo para que deje de sugerir estupideces, pero no llega muy lejos cuando el otro —maldito enano con superpoderes para dar patadas voladoras— lo deja tirado en el suelo antes de ofrecerle una mano y decirle muy sinceramente con la sonrisa de un niño pintada en la cara: «deberíamos hacer esto más seguido».

Pah-chin dice: flores o yo qué sé. Baji no se queda para averiguar que es «yo qué sé».

Smiley dice que lo importante es hacer sonreír a la novia. «Le cuentas buenos chistes». Pero Baji no tiene ni idea de algún chiste bueno y todo lo demás que hace en su vida más bien hace llorar a las abuelitas. «Ay, mijito, deja de destrozar los símbolos de los templos pegándole a tus compañeritos de la secundaria». (Porque se sabe que todas las abuelas creen que todos van a la misma secundaria y los enemigos de pandillas rivales son simples «compañeritos»).

Cuando está a punto de acudir a Chifuyu se da cuenta de que es un pendejo y que no tiene ningún plan.

Cuando le cuenta a Mitsuya, este vuelve a reírse en su cara y le dice que es un pinche animal.

Le dice también que Chifuyu no necesita ningún ideal del romanticismo ni nada sacado de las páginas del último shojo de moda.

«Sé tú mismo», le dice, «aunque estés frito y seas un orate».


Ser uno mismo se dice fácil; hacerse ya no tanto.

—Ey, ¿quieres compartir yakisoba? —le ofrece el contenedor a Chifuyu.

Eso, hasta ahí, es normal.

—Bueno. —Chifuyu se encoge de hombros y lo sigue.

—Pensé que podríamos ir a los muelles.

Eso, hasta ahí, sigue siendo normal. Baji siempre va a buscar pelea a cualquier parte donde se reúnan pandilleros y, si le preguntan, la idea de buscar pelea le parece una cita perfecta, de qué me hablas, Mitsuya, cómo que eso no hace la gente normal.

(Y Mitsuya había repetido después de eso: ya vez, te dije que eras un pinche animal).

—Bueno —dice Chifuyu.

Lo ve con curiosidad porque usualmente Baji no presenta sus ideas antes de ejecutarlas. Usualmente antes de que el primer pensamiento pase por su mente ya dio dos puñetazos, tres patadas y por supuesto que se anudó el cabello con una liga que muerde la mitad del tiempo. Chifuyu sólo tiene que ir tras él para asegurarse de que al final del día siga vivo y en condiciones de no hacer llorar a su madre.

—Puedo conducir yo si no quieres llevar la moto —vuelve a sugerir Baji.

(Eso porque ha visto como las chicas persiguen a Draken cuando está de buenas a ver si les da un paseo en la moto y él las ignora a todas sólo para pegarle un zape a Mikey y decirle que después de comer tiene que estar lo suficientemente despierto si quiere que él lo lleve).

—¿Eh? —La confusión de Chifuyu aumenta—. ¿Por qué no querría llevarla?

—¿No sé?

—¿Baji?

—¿Para ahorrar gasolina?

«O ponerme las manos en la cintura, lo que quieras», piensa. Pero no han llegado tan lejos, primero debería averiguar si Chifuyu quiere agarrarlo de la cintura. Ese es el paso uno y su mente ya va como en el dos millones y uno.

—Eh.

Sí, bueno, eso es un buen argumento. No tienen para gastar toda la gasolina que quieran: hay gasolineras de donde los corren si los ven acercarse con motocicletas con marcas de pandillas, aun cuando ellos no usen los uniformes, y tampoco tienen todo el dinero del mundo para eso cuando en sus casas se cuentan los yenes para llegar a fin de mes.

—Bueno. —Chifuyu se encoge de hombros.

Eso a Baji le parece un «suena bien» y así pone el plan —o no-plan— en marcha. Mitsuya dijo «sé tú mismo». Pues bien. Va a ser él mismo y hasta mejor.


Acaban en una de las bodegas abandonadas cerca del muelle para que les de la sombra y nadie los moleste. Baji no necesita que nadie llegue a interrumpirlos en ese momento, porque va a pegarle un puñetazo al primero que se atreva y eso ya les ha conseguido conflictos con pandillas enteras, para el hartazgo de Draken (pero Mikey nunca dice nada que no sea diferente a «la ToMan nunca abandonará a uno de sus miembros»).

—Uhm. Este es un buen yakisoba —comenta Chifuyu cuando se sientan en el piso y tiene la oportunidad de probarlo.

—De mis favoritos.

—Apuesto a que tienes un ranking de todos los lugares en los que los has probado.

—Quizá.

—Podrías darme un tour, ¿sabes? —sugiere Chifuyu—. A veces no sé dónde los compras.

Baji frunce el ceño.

—Literalmente vas conmigo a todos lados, idiota.

A todos. Ya lo dijo Mitsuya: «Baji, no es necesario que vayas con Chifuyu al baño, no va a salir un monstruo a morderle el pito». A lo que él, después de amenazar con golpearlo había respondido: «nunca se puede estar seguro, pinche pendejo». Mitsuya siempre se invita a hacer observaciones que nunca nadie pidió sobre la naturaleza de su relación con Chifuyu.

—¿A todos…?

Y entonces se queda pensando.

Están en el mismo salón, comparten bento todos los días. Chifuyu lo ayuda en algunas materias en las que entiende algo más que en promedio y a cambio Baji le ha enseñado a pelear como él. Vuelven caminando juntos porque viven en el mismo edificio y van a las reuniones de la Toman juntos —cuando Mikey no hace que Baji se quede en casa, a ver si así deja de provocar peleas internas— porque qué sentido tendría ir separados. Chifuyu pasa el tiempo en su casa y hasta se comporta como un tipo decente cerca de su mamá. Sí, tía; no, tía; claro que le ayudo, tía. Y su madre lo aprueba, aunque sea «de esos revoltosos rubios de bote».

—Ah, pues sí.

—Ah, pues sí —remeda Baji.

—Digo, pensé que a la mejor te escabullías a algún lado sin mí.

—Chifuyu, estamos pegados por la cadera.

—¿En serio?

—Mitsuya lo dice.

—Mitsuya dice muchas cosas, Baji-san.

—Tsk.

En efecto, Mitsuya dice muchas cosas. Es un chismoso de primera. (Alguien una vez le dijo que seguramente había aprendido el gusto por el chisme en el grupo de costura porque las mujeres eran incapaces de guardar un secreto y se contaban todo y Mitsuya sólo los vio muy serio antes de decirles «les voy a partir la madre» y procedió a hacerlo; cuando le preguntaron al respecto simplemente dijo que era muy arrogante creer que los chicos sabían guardar secretos cuando las pandillas eran un océano de testosterona y nueve de cada diez peleas las causaba alguien abriendo la boca de más y la décima era culpa de que alguien había mirado feo a Baji).

—Aunque creo que esta vez puede tener razón —dice Chifuyu—, vamos juntos a todas partes. Podemos no hacerlo…

—¿Por qué querría no hacerlo, imbécil?

—No sé, a la mejor podría ser que nos hartáramos del otro. Ehm. Podría. No sé.

Baji se inclina hacia adelante.

—¿Sugieres que te podrías hartar de mí?

Y la cara de Chifuyu es un poema después de eso (Baji supone que la expresión de «tu cara es un poema» tiene que ver con que la mitad de los poemas son jodidamente incomprensibles porque la primera vez que los lee nunca entiende qué le quieren transmitir y la segunda vez se lamenta que no sean entes a los que pueda golpear en la cara; así pues: que las caras que son un poema evocan la confusión de todos alrededor porque tienen tantos sentimientos mezclados que nadie puede distinguir aunque sea uno).

—N-n…

Y antes de que Chifuyu pueda responder.

—Tsk, ya sé que no. Si tengo una personalidad fabulosa.

A lo que Chifuyu cambia la cara-poema por una expresión de hartazgo e incredulidad.

—Claro que sí, señor Personalidad Fabulosa.

—¡Ey! ¡No puede juzgarme!

—¡No sabes resolver nada si no le das un golpe primero a alguien! ¡Dime cómo eso es personalidad fabulosa!

—¡Sabes dar los mismos golpes que yo!

—¡Al menos intento hablar primero!

—Tsk. Claro que sí, sr. Al Menos Intento Hablar Primero. Claro que sí. Por eso la semana pasada intentaste darle una patada voladora a un idiota de prepa.

—No lo intenté, lo hice, Baji-san. Estaba siendo un idiota.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Pero Chifuyu no es invencible. Le gusta eso de él. Reconoce sus límites: algo que Baji es absolutamente basura para hacer. Es un estratega antes que un bruto y por eso se complementan también. Chifuyu sabe exactamente cómo usar la fuerza de Baji.

—Mmm.

Me gusta cuando pones a los idiotas en su lugar, quiere decir, pero no abre la boca, porque no sabe si es correcto, todavía. Pero de que le gusta, le gusta.

—Estás más tranquilo de lo habitual —comenta Chifuyu. Cuántas veces no le ha tocado llegar tarde con Mikey y Draken con un Baji que tiene sangre ajena en los nudillos y poner excusas como «Baji se detuvo a pelear con unos tipos que lo miraron mal». Chifuyu frunce el ceño, analizando la expresión de Baji—. ¿En qué demonios estás pensando?

—Tsk. ¿Qué no eras tú el que decía que entendía a la perfección cómo funcionaba mi cerebro, Matsuno-kun?

El apellido y el honorífico son adrede. Hace años que Chifuyu no es otra cosa que «Chifuyu».

—A veces es… curioso… —Hay un brillo en su mirada que Baji no ha visto antes y descubre que incluso eso le gusta—. Cuando estás más tranquilo. Puedes parecer hasta melancólico, si lo intentas. No es tan fácil predecir el tren de tus pensamientos así.

—Mmm.

—¿Entonces?

—Cosas —dice Baji.

Agarrarte la mano, aproximarme, casi pegar mis labios a los tuyos, aunque eso sea ir muy rápido.

—¿Has bailado alguna vez?

La expresión de Chifuyu se vuelve más confusa aún. Cara-poema, porque Baji percibe que hay más cosas bajo la confusión.

—Eh. Creo. No me invitan a muchas fiestas.

Chifuyu no llama la atención. Es la mano derecha de Baji, uno de los hombres más importantes de la Toman y a la gente se le olvida con facilidad. Se ve enclenque, pequeño, diferente, no todos los ajenos a Toman le creen que sea subcapitán. No es hasta que amenaza a alguien con los puños que los idiotas suelen recordarlo de golpe.

Tiene el cabello pintado en toda la parte de arriba, allí donde no se ha hecho undercut. Pajizo y maltratado si uno se acerca lo suficiente, como cualquier cabello que esté decolorado tan claro y vea el tinte tan seguido.

—¿Quieres intentarlo?

Chifuyu alza los ojos de sorpresa.

—¿Tú has bailado?

—No.

Y Chifuyu se ríe.

—¡¿Cómo planeas hacerlo entonces?!

—No más.

—¿No más?

—No más.

—Bien.

Chifuyu asiente, deja los palillos en el contenedor de yakisoba y mira a Baji, expectante. Lo hace de una manera en la que Baji se siente responsable de pararse en ese momento, y ofrecerle la mano como lo hacen en las películas viejas en blanco y negro que a veces su madre ve en la tele de segunda mano que tiene en la cocina.

Chifuyu curva los labios y todavía parece confundido, pero hay diversión en sus ojos y Baji descubre en ese momento que daría todo por mantener ese brillo de alegría en sus pupilas. Toma su mano y se pone en pie.

—¿Y ahora?

—No sé —admite Baji.

Pero tiene su mano en la suya y no quiere soltarla nunca. Necesita encontrar la manera de decirle eso.

—¿Improvisamos? —sugiere Chifuyu.

—Lo he visto —murmura. En la tele. En películas japonesas o extranjeras. En las fiestas a las que no va, de lejos—. Parece como una pelea.

—¿Una pelea?

O no. Pero Baji lo piensa así.

—Lo hacen más de cerca.

Y la mano que no está usando para agarrar la de Chifuyu se dirige a su cinturón y lo jala; Baji no sabe si el gesto es ridículo o no se parece a lo que imagina, pero se siente adulto, diferente, romántico y a Chifuyu lo hace reír, así que está bien.

—¿Qué quieres bailar, Baji-san?

—No…, no lo sé.

—No tenemos música.

Necesitarían un estéreo, un disco. Algo.

—Puedo tararear —sugiere Baji, aunque cada que canta algo destroza las canciones y, según las palabras de su abuelo, hace llorar a los ángeles. Y eso hace que Chifuyu suelte otra carcajada y después alce la mirada para verlo muy serio.

—O puedo tararear yo.

Chifuyu tiene mejor voz. Baji lo sabe.

Y empieza bajito primero, apenas se sienten las vibraciones en su voz. Baji no sabe lo que está escuchando, no reconoce ninguna canción. Pero no suena mal. Podría perderse en ella.

(Bueno, ya tiene otra razón para decir que le gusta Chifuyu).

Pero de repente, la música se detiene.

—¿Baji-san?

—¿Eh?

—Tienes que bailar —dice Chifuyu. Alza la cabeza y clava sus ojos en él—. Si yo canto, tú tienes que llevarme.

—¿Cómo?

—¿No dijiste que te parecía una pelea?

Y la música vuele a empezar. Baji sigue sin reconocer nada que suene en la radio de moda, pero no importa, porque es la canción de Chifuyu y puede intentar seguir el ritmo mientras lo tiene así, pegadito a él, con la piel tan cerca. De repente, parece que no es necesario nada. Podría inclinarse y rozar los labios de Chifuyu y él comprendería.

Y no hay nada que Baji desee más en el mundo.

Afuera ya no tarda en ponerse el sol. Es la primera vez que Baji siente la necesidad de bailar hasta el amanecer.

La canción sigue y sigue y sigue y probablemente no sea ninguna composición que sonará en los grandes teatros o en arenas, pero es la canción de Chifuyu. Quizá es sólo un popurrí rarísimo de cualquier canción que puede recordar en ese momento.

—¿Baji-san? —pregunta, entre un tarareo y el siguiente.

—¿Eh?

—¿Por qué querías venir aquí? —pregunta Chifuyu—. Conmigo.

—Nada más.

Porque mi cerebro está convencido de que quiere pasar contigo el resto de su vida.

—¿Nada más?

—Nada más.

—Mmm.

—¿Te gustaría otra razón?

Las mejillas de Chifuyu se ven más rosas que de costumbre. Acostumbrado a observarlo, Baji también conoce todas y cada una de las expresiones de Chifuyu; conoce también el color natural de sus mejillas y no es aquel rosado que parece rubor, como si hubiera algo que lo avergonzara.

—No sé —dice—, me gusta bailar aunque no sepa bien.

Baji sonríe a medias.

—A mí también.

—Bien.

Baji se queda viéndolo otra vez y está a punto de decirlo. «Chifuyu, me gustas. No como amigo. Sino. Me gustas gustas».

Pero el sonido de las motos los interrumpe. Motos desconocidas, que no han escuchado nunca.

—¿Qué demonios…?

La bodega no tiene puertas y tampoco es propiedad privada. Cualquiera puede entrar y salir. Así que cuando aparecen idiotas que se ven mayores con chaquetas de pandilleros y los ven, todo termina. Empiezan a silbar de manera burlona, mascullan unas cuantas palabras por lo bajo.

Chifuyu suelta a Baji en el momento en que los escucha.

—Mmm. Qué lástima, me la estaba pasando bien —murmura.

—Eh, ¡por eso dicen que los de la Toman no saben pelear!

—Si bailan como niñas.

Y a Baji lo último le da furia. Primero porque es mentira: las chicas bailan mucho mejor que él y Chifuyu, esos pendejos podrían aprender algo de ellas; segundo, porque siente que hay allí una duda de su valor, de lo que son, como si ser «niña» fuera algo débil.

—Chifuyu. —Baji se truena los dedos y busca la liga que siempre lleva consigo en las bolsas de sus pantalones.

—¿Ajá?

La liga entre los dientes mientras se recoge el cabello.

—¿Mitad y mitad? —sugiere.

—Perfecto.

Chifuyu se truena el cuello.

Y Baji se recoge el cabello en una coleta y esos idiotas están a punto de descubrir que pelear es también como un baile en el que ellos acaban en el suelo, noqueados por ser unos pendejos.

—¡Gana quien termine primero! —grita, adelantándose a Chifuyu.

Y Chifuyu, detrás de él, sonríe. También por eso le gusta. Ese rostro que tiene antes de la pelea, esa expresión, esa determinación. Sabe que, incluso si el mundo les da la espalda, él y Chifuyu estarán allí para darle un puñetazo.

Notes:

1) Los japoneses son mucho más mindful del espacio personal de lo que lo serán en este fic. Me tomé un poco la libertad de hacer eso.

2) Elegí mantener algunos honoríficos porque creo que suenan bien y le dan cierto sabor a algunos diálogos. No lo hago con todos mis fics de animu, pero para Tokyo Revengers parece adecuado.

3) Este será un fic feliz, hermoso, perfecto, adorable, no pasarán cosas feas, todo es antes del canon, no necesitamos llorar más. Seis capítulos, nada más.