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Yusaku había tardado varios años en volver a confiar en su vecino.
En todo ese tiempo, había olvidado lo bien que se podía sentir al ser tocado, dado lo que había experimentado.
"Las manos no deberían existir para hacer daño", le había dicho Ryoken.
Había empezado con algo sencillo, una caricia en la cara, para hacerle saber que no era una amenaza.
Cuanto más tiempo pasaba, más tocaban esas manos tan suaves zonas de la piel que Yusaku había excluido de cualquiera, incluso de sí mismo.
Envuelto en una sábana blanca, con los ojos semicerrados y el corazón ligero, Yusaku sintió el contacto de los dedos de Ryoken en su cuello.
Era hermoso.
Todo era maravillosamente hermoso.
