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No sabía exactamente cómo había llegado allí. Lo último que recordaba fue haberse metido en la cama dándole vueltas a las transacciones realizadas a lo largo de los días que había pasado en aquel país, el cual ni siquiera aparecía en los libros de geografía que había leído de joven.
Pero cuando abrió los ojos ya no se encontraba en su camarote, sino en una estancia de tamaño desproporcionado, con más espacio del que nadie necesitaría nunca: los aposentos del soberano de ese reino que había dejado atrás hacía mucho tiempo. A diferencia de lo que el pueblo podía creer, esa habitación no le resultaba en absoluto desconocida a Lynne, aunque, técnicamente hablando, no era nada de ella.
Los recuerdos que entrañaban esas cuatro paredes no tardaron en acelerar su corazón y el atronador sonido de sus latidos pareció rebotar, haciéndose eco. El silencio era opresor y la ausencia de alguien en específico propició que la sombra de la soledad se agazapara en el corazón de la joven. Un abismo de posibilidades se extendió ante ella y solo se salvó de precipitarse al vacío gracias al susurro metálico de un pomo que abría una puerta a su espalda.
—¿Lynne? ¿Qué haces ahí sola? —La muchacha se giró y observó el rostro de quien más ansiaba ver todos los días desde que comenzó su nueva vida. No dudó ni un instante en lanzarse a sus brazos y él, con un leve atisbo de duda al principio y rodeándola con fuerza después, correspondió la repentina muestra de afecto—. ¿Lynne?
—Príncipe… —Su voz se ahogó contra las ropas ajenas en el momento en el que escondió el rostro contra su torso. El sueño debía haberla desorientado y le había hecho olvidar por un momento que estaba disfrutando de la única luna del año en la que ambos podían estar juntos. La espera hasta su reencuentro siempre se hacía eterna y le hacía dudar sobre si la decisión de mantenerse alejada de él era la correcta, sobre todo cuando las misivas se espaciaban más en el tiempo conforme la distancia aumentaba entre ellos.
—Por si se te olvidaba, hace años que mi título se actualizó a rey. —Se separó un poco, con una sonrisa divertida ante la actitud socarrona de aquel al que no llamaría rey. Le miró a los ojos unos segundos antes de darle un breve beso en los labios.
—Por si se te olvidaba, príncipe, nunca me han importado ese tipo de formalidades.
—No opinarás lo mismo cuando también te llamen de la misma manera. —Lo que debía ser una broma no tardó en generar tensión en el ambiente. El mero hecho de imaginarse a sí misma con una corona sobre la cabeza, convertida en la cara del reino, no le agradaba en absoluto. Sabía que su amor por el actual monarca le había hecho decir que sí, que volvería a reinar con él una vez hubiera cumplido su sueño, pero la incertidumbre ante semejante hecho no se disipaba por muchos años que hubieran pasado desde haber pronunciado aquella promesa.
Sin darse cuenta siquiera, absorta en sus cavilaciones, la realidad se desdibujó ante sus ojos. Su figura se transformó, a una velocidad pasmosa, en la de una mujer algunos años mayor, y la quimera del peso de la corona se convirtió en una realidad. El tacto de las manos de su amado sobre las suyas fue muy repentino, tanto que la trajo de vuelta a la realidad. Cuando miró hacia delante se encontró con el reflejo de una pareja con un gran parecido a ellos, vestidos con la más rica indumentaria. En vez de generarle una gran alegría, la supuesta felicidad de alcanzar el objetivo para el que llevaban años esperando, lo que se formó en su estómago fue, en su lugar, el mayor desasosiego que había sentido en mucho tiempo, diluido solo un poco por la visión de absoluta euforia del rey por estar junto a ella.
Quiso cerrar los ojos con fuerza y acallar sus temores sobre la responsabilidad del puesto que le correspondía ocupar si quería un futuro con la única persona que le había hecho creer en el amor. Sin embargo, en vez de dejarse ahogar por la ansiedad, lo que hizo fue percatarse de que había algo mal en lo que veía. No llegó a entender al instante cuál era el problema, pero algo parecía no encajar.
Al final se dio cuenta de que, una vez más, no recordaba cómo había llegado allí. Entonces, como un relámpago, una certeza se aposentó en sus revueltos pensamientos.
Ah, estoy soñando.
Y así, sin más, todo lo que veía se desmoronó a su alrededor y se volvió a reconstruir a su voluntad. No era la primera vez que le pasaba, ni probablemente sería la última, así que decidió tomar las riendas del mundo onírico.
Así que ahí se encontraba, de nuevo a bordo en su barco, el Sueños de Piedra. Sacudió la cabeza y se movió por la proa, observando a los tripulantes. La embarcación y los lugares a los que esta la transportaba era el lugar al que sí pertenecía. El futuro que había decidido perseguir con todo su ser.
Qué traicionero es el subconsciente, pensó, mirando hacia el mar de su imaginación. Años atrás, estando despierta, había tenido que elegir entre el sueño de su vida, el que la liberaría de todas las ataduras que habían marcado su existencia hasta que escapó del burdel y ese nuevo sueño en el que lo dejaría todo atrás por amor. Nunca había dejado de plantearse si había hecho bien o había errado con aquella elección. Por un lado, sabía que ser mercader y demostrarle al mundo que las mujeres eran más que trozos de carne, que eran capaces de no solo ser dueñas de su vida, sino también de cambiar la historia cruzando los mares hacia continentes aún sin descubrir era lo que siempre había querido en días más oscuros. Por otro, a pesar de que su don de gentes le facilitaban el trabajo, sentía que no estaba mal descansar junto al amor de su vida y que no necesitaba pelear por su lugar en el mundo, que suficiente había tenido ya. No había manera de combinar ambas cosas: quería que sus negocios se establecieran por su propio mérito, no por el título de reina. Tampoco quería vivir en un castillo con todas las comodidades que obtendría exclusivamente por haberse enamorado de un hombre con semejante posición política.
Sabía que pedirle a alguien que la esperara tanto tiempo sin ninguna seguridad era egoísta y arriesgado. Por mucho amor que se profesaran, cabía la posibilidad de que su relación se desgastara con el tiempo, que apareciese una tercera persona que rompiera todos los planes de futuro que habían construido juntos o incluso que uno enfermera y la distancia no permitiera que el otro llegara a tiempo para despedirse.
Apartó todos esos pensamientos y decidió que, ya que era su sueño, dentro de este mandaba ella. Por el rabillo del ojo vio a su prometido acercarse con una sonrisa y ropas humildes, mientras la brisa marina desordenaba sus cabellos. Sin necesidad de palabras, comenzaron a bailar en la cubierta. Sus risas se escucharon cada vez más fuerte y, en algún momento, dejaron de diferenciarse y se perdieron en aquel vasto océano. Continuaron bailando al son de aquella danza sin música, cuya única melodía se componía de carcajadas, sin importar que algún que otro torpe tropiezo interrumpiera el ritmo de la misma.
El sueño que abandonó, sin certeza alguna de que pudiera cumplirse llegado el momento.
El sueño que persiguió, sin saber si podría hacerse un lugar en el mundo de los negocios.
Ambos posibles en ese pequeño rincón de su mente.
Por una noche, Lynne se permitió creer que ambos podían coexistir. Por una noche, Lynne dejó atrás sus temores, sus dudas. Por una noche, Lynne soñó como la niña que no le permitieron ser.
