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De algún modo, Lena se había enterado.
Lena se había enterado de que su hermano le había hecho esa horrible cicatriz y, como esperaba, ese conocimiento la había herido. La había visto encerrarse en su habitación sin poder contener el llanto. Pero en el breve instante en que sus miradas se conectaron antes de que cerrara la puerta, Shin comprendió que lo que había empeorado todo… había sido el hecho de que no se había enterado por él.
Nunca llegó a reunir el valor para contárselo.
Cuando Lena finalmente se conectó al Para-RAID para llamarlo, el hecho de que pudiese notar su voz rasposa y el sentir como sus ojos ardían hizo que Shin deseara correr a su habitación y deshacerse en disculpas. Pero el tono serio y comedido en que habló cuando le pidió visitarla después de la cena le indicó que debía prepararse. La charla no sería agradable.
Ah, estuvo llorando hasta hace muy poco. Fue lo que pensó al ver los hermosos ojos plateados enrojecidos, añadiendo más culpa de la que ya sentía a su corazón.
No obstante, notó que había algo fuera de lugar en la habitación, aunque su mente no pudo identificar de inmediato de qué se trataba.
— Siéntate, por favor, Shin.
El tono de voz de Lena también era extraño. Y no se trataba de la seriedad con la que seguía hablando. Pese a que lo estaba llamando por su apodo, como hacía siempre que la ocasión lo permitía, había algo lejano en ella… como si poco a poco se abriera una brecha entre ellos.
— Yo… hace unos días recibí la orden de regresar a la República de San Magnolia.
Shin sintió como si le hubieran dado una patada en el estómago. El pánico invadió su mente y tuvo que echar mano de toda su fuerza de voluntad para mantener la boca cerrada.
— Me permití ignorarla un rato para poder discutir con la coronel Wenzel mis opciones… – Lena hizo una pausa y tomó aire… antes de que su mirada y su voz adoptaran por completo la frialdad característica que le había ganado el apodo de La Reina Sangrienta – Pero este incidente me ayudó a tomar una decisión: Voy a regresar a San Magnolia. Voy a regresar al lugar al que pertenezco.
La sangre se congeló en las venas de Shin. Su cerebro a duras penas podía procesar las palabras que estaba escuchando. Apenas notó que Lena se suavizaba por un corto momento.
— Aun te amo, Shin. – dijo, y su expresión se contorsionó de dolor – Pero el saber la magnitud de tu dolor… la magnitud de la herida que tu herm… que Shourei Nouzen te causó, me deja claro que el lugar donde debo estar… no es a tu lado. No estoy hecha para esto. En realidad, Kaie, Raiden y todos los que me lo dijeron antes tenían razón, no pertenezco al campo de batalla junto a ustedes.
Sí. Shin lo sabía. Lo supo aquella noche en el Reino Unido, al verla con ese bonito vestido, en ese deslumbrante palacio.
Lena había nacido para vivir una vida pacífica. Merecía vivir sin ninguna preocupación. No debía estar en ese lugar, manchándose de la sangre de ese grupo de monstruos a los que se había empeñado en comandar.
— Hay otros campos de batalla ¿sabes? – continuó ella, dándole una sonrisa superficial y dolorida – Aun hay muchas cosas que corregir dentro de la República y creo que seré más útil ahí. Estaré mejor ahí. Ustedes… tú estás bien aquí. La Federación no es el mundo ideal que desearía para ti pero es mucho mejor que la República, así que…
Cuando Lena puso la transportadora de TP en sus brazos, con el gato maullando tristemente adentro, Shin comprendió de golpe lo que había de extraño en la habitación: no tenía un solo elemento personal, y en su lugar había un par de maletas esperando en una esquina.
Estaba claro que la decisión de Lena estaba tomada, pero aun esperaba que Shin dijera algo. Él bajó la mirada hacia la transportadora mientras buscaba las palabras adecuadas.
A decir verdad, pese a lo mucho que le enorgullecía y reconfortaba tener a Lena luchando a su lado, en el fondo, una parte de él deseaba que volviese a estar tras un muro, a cientos de kilómetros del alcance de la Legión, a salvo y segura.
También sabía que no podían estar juntos. Eran demasiado diferentes. Él era una espada desgastada que se quebraría en cualquier momento, un monstruo que pisaba los cadáveres de enemigos y compañeros para sobrevivir, y se enfrentaba a la muerte cada vez que salía a luchar.
Ella era un verdadero ser humano, uno demasiado bueno y soñador para este mundo cruel, sufría con cada decisión que la obligaba a elegir cuales vidas debía salvar, con cada subordinado que era herido o moría bajo su mando, incluso con cada ofensa que su ya insensible corazón no registraba. Cada acción que Shin tomaba no hacía más que lastimarla.
Era de esperarse, los humanos no estaban hechos para convivir con monstruos.
Dentro de su cabeza, Shin lo comprendía muy bien. Estaba dispuesto a darle la razón y reconocerlo. Debía decirle que también la amaba y por eso mismo no pensaba retenerla.
No obstante, cuando abrió la boca, las palabras que salieron fueron otras.
— La Federación no es mi hogar, no es el lugar al que debo regresar. Ese lugar eres tú, Lena. – dijo – Si tú te vas ¿A dónde regresaré yo?
La sonrisa triste de Lena volvió a golpearlo.
— Shin, ya no estas en el sector 86. Puedes hacer de este tu hogar. Tienes a Frederica, Raiden y los demás… incluso tienes a tu abuelo y el presidente. Además – la triste sonrisa desapareció tras una mueca que intentaba contener el dolor, sin éxito – ¿Cómo podría convertirse en tu hogar alguien en quien no confías?
Fue una estocada para ambos. Lo había sido para ella cuando él no fue capaz de contárselo. Lo era para él ahora que la perdía.
— No te lo conté porque no quería lastimarte. – admitió a medias. Quizá ella tuviera razón después de todo, ya que no era capaz de decirle que también había tenido miedo de que las cosas terminaran de esta manera – Por favor, quédate. ¿Hay algo que pueda…
Lena no le permitió terminar esa pregunta desesperada, dejando claro una vez más la firmeza de su decisión.
Posó sus manos sobre sus mejillas y Shin cerró los ojos intentando grabar en su mente esa calidez que nunca volvería a sentir.
— Te extrañaré, Shin, pero debo irme. – le susurró con su hermosa voz de campana plateada.
— Te extrañaré también, Lena. – Shin no estaba seguro si el sonido había sido emitido lo suficientemente alto para ser escuchado aun a esa corta distancia, su corazón latía de manera demasiado ruidosa mientras luchaba por aceptar esa nueva realidad.
— ¡Shin!
La dulce pero desesperada voz de Lena lo despertó y Shin, aunque agitado, observó su rostro con atención. No había señales de que ella hubiera estado llorando, ni distancia en su mirada, ni dolor o tristeza en su expresión. En cambio, ahora mostraba una sonrisa de alivio.
Aun así, las palabras salieron de su boca antes de que pudiese darse cuenta.
— Por favor no te vayas, Lena.
Ella lo miró desconcertada por un momento, luego volvió a sonreírle mientras acariciaba su mano. Solo entonces Shin se dio cuenta del firme agarre que mantenía sobre su otra muñeca.
— ¿Estabas teniendo una pesadilla? No te preocupes, salgo temprano porque debo entregarle unos papeles al presidente ¿recuerdas? Pero hoy es mi día libre, así que estaré de vuelta antes de que te des cuenta. – le explicó al tiempo que se inclinaba para depositar un corto beso sobre su frente – Ahora, descansa un poco más, por favor.
Claro… la Legión ya no está… Lena decidió quedarse en la Federación… conmigo.
Shin se dio cuenta de que, en efecto, había tenido una pesadilla y se relajó lo suficiente para volver a dormirse mientras Lena acariciaba su cabello con su mano libre, como si conjurara un hechizo sobre él.
Cuando volvió a despertar, Lena había vuelto y estaba sonriendo a su lado.
Cuando Shin volvió a quedarse dormido, a Lena le costó mucho reunir la fuerza de voluntad suficiente para irse. Temía que él volviera a despertar y se asustara por no encontrarla a su lado.
No obstante, no podía simplemente desairar al presidente Zimmerman no presentándose a su reunión programada. Tal vez si le explicase al antiguo tutor legal de Shin la razón por la que quería regresar temprano a casa, este se lo permitiese, ya que aun lo consentía en lo que podía.
Era un descarado uso del nepotismo, pero para ella no había nada más importante que estar al lado de Shin, especialmente cuando él la necesitaba.
A decir verdad, era fácil saber el contenido de la pesadilla que acosaba a Shin de vez en cuando, aun sin necesidad de escuchar ese débil murmullo. Solo había que ver cómo se aferraba a ella mientras hacía una expresión tan dolorosa. Él aun no se animaba a contárselo, y la antigua Lena habría sufrido por ello.
Pero no su yo actual.
La actual Lena conocía lo suficiente a Shinei Nouzen para entender cuan frágil y cobarde era en realidad. Cuanto temía perder la felicidad que había alcanzado tras tanto esfuerzo. Él ya había recorrido un largo camino, pero la profundidad de sus heridas era tal que aun no sanaban del todo. Las pesadillas eran prueba de ello.
Por eso Lena ya no lo presionaba para que hablara con ella. Había decidido esperar el tiempo que fuese necesario hasta que él estuviese listo para dejarla tocar sus mayores traumas.
Después de todo, ahora tenían el resto de sus vidas para ello.
La amenaza de la Legión —la sombra de muerte que se cernía sobre ellos— ya no existía, estaban centrados en construir su futuro… juntos. Sin importar qué.
Por eso, Lena simplemente se apresuró a terminar su reunión con Ernst y volver a casa, al hogar que había elegido. Afortunadamente, Shin aun dormía, y lo hacía con una expresión tan pacífica que la hizo sonreír.
