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Tenía que correr.
Cas tenía un mensaje importante para él, tan importante que ni siquiera los sueños de Dean eran un lugar seguro para decirlos.
Condujo lo más rápido que pudo hasta las coordenadas que le recibió el ángel. Las horas en carretera le hicieron imaginar escenarios atroces en los que todos sus planes se veían derrumbados, pero nada lo preparó para escuchar los gritos desde las afueras de la bodega.
Alrededor de media docena de voces proferían gritos, desde llamados de guerra hasta anuncios de agonía. Después de un minuto de sorpresa, Dean finalmente reaccionó y corrió en busca del numero de bodega correcto.
Cuando abrió la puerta un brillo incandescente le robó la visión por unos segundos. Cuando sus ojos volvieron a la normalidad, todo lo que pudo ver fueron manchas de ceniza en forma de alas y sangre aún fresca manando de los cuerpos que, momentos antes, fueron ocupados por ángeles.
El corazón del cazador se ralentizó por un segundo para retomar un frenesí de latidos al siguiente. Entró, con cuchillo en mano, buscando entre los cuerpos restantes de lo que parecía una batalla campal.
Cada trozo de tela caqui o azul marino perdido en los escombros lo hacía perder el aliento. Sin embargo, ninguno era Cas.
No lo fue, ni siquiera cuando encontró el cuerpo que buscaba.
Al ver los ojos de Jimmy Novak, aún sin que él hombre le dijera que Cas abandonó su cuerpo, Dean ya sabía que no era a quien estaba buscando.
Difícilmente tendría respuestas o el mensaje de Cas. De hecho ni siquiera tenía la misma voz que el ángel de los jueves.
Este no era el ser por el que Dean estuvo dispuesto a meterse en medio de una batalla celestial.
Quería gritar por Cas, hasta quedarse sin voz de ser necesario. No podía, tenía trabajo que hacer.
