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Akaashi estaba agotado. Sus manos entumecidas lo notaban tanto o más que los párpados, que caían trémulos una vez tras otra, esperando cerrarse por horas. Su mente le rogaba caer en un sueño profundo del que no despertar en un mínimo de tres días.
Ser hacedor de estrellas no era una tarea sencilla, y mucho menos ligera. Pero se le había encomendado a él, y no podía fallar. Muchísimas personitas de allá abajo necesitaban esa capota de brillos a los que pedir todos los deseos posibles. Debía encargarse de ello, por lo tanto, con todo el cariño y cuidado del mundo.
Una tras otra, las estrellas salían del horno de luz después de amasarlas y espolvorear sobre ellas los azúcares etéreos correspondientes. Los diminutos astros flotaban frente a él, bien hinchaditos y dorados. El algodón dulce que las rodeaba relucía en tonos ocres y amarillos. El aroma crepitante de melaza y caramelo le evocaba un hambre voraz, tanto como para mantenerle despierto. Menos mal que se llevaba siempre una buena merienda al trabajo. La de ese día era especial, sobre todo porque no la había hecho él. El quesito rosado que se fundía por los bordes de los sándwiches de pan de nube estaba delicioso. No era algo que soliera comer, pero las queridas manos que le prepararon el buen tentempié sabían bien de delicias únicas. Casi tanto como sus amadas estrellas dulces.
Akaashi Keiji sonreía cada vez que veía una. El fulgor tornasolado de éstas le recordaba a cierta estela que perseguía su mente entre los tejidos de cada amanecer. Rio para sí mismo mientras amasaba la siguiente tanda.
Elaborar estrellas era una ardua tarea, pero también preciosa. Después de mezclar la harina de pétalos con el agua de manantial y el azúcar en polvo, se pasaba un buen rato amasando y haciendo bolitas que distribuía a lo largo del ancho mármol. Después de hornearlas y dorarlas, llegaba su parte preferida: hilar alrededor de los pastelitos el algodón lumínico en el que se refugiarían los corazones de bizcocho, destinados a colgar más tarde en el vasto azul.
Las estrellas eran dulces. De eso podía dar testimonio, pues en alguna ocasión las había probado, ávido de curiosidad, con la excusa de cerciorarse de su exquisita calidad. Cada noche, los fulgores estrellados se fundían en el campo nocturno en el que titilaban, convirtiéndose en sueño a cumplir. La dulzura que transmitían acababa siendo degustada, claro, pero de otras maneras: en lugar del paladar, la sensación se fundía en el corazón de le soñadore que las elegía como destino. Una vez la persona que deseaba evocaba su sueño en ellas éstas brillaban, alegres, convirtiéndose en deseo a procesar.
Akaashi Keiji era feliz. Su tarea era hermosa y satisfactoria. Los atardeceres pasaban lentos y rápidos a la vez. Sin embargo, ese día todo era un poco más cansado: había tenido que echar horas extra. Y es que las lluvias de estrellas no dejaban tregua: esa noche era especial. Debía preparar los cometas de rosa con antelación junto a la minuciosa elaboración de las estrellitas rutinarias. El polvo estelar, enérgico y diferente a los pastelitos a los que estaba acostumbrado, llenaba el ambiente con su fragancia a flor y chispa traviesa.
Suspiró una vez terminó los últimos bollos de cometa. El resplandor rosáceo iluminaba la cocina con fragmentos de luz que le llenaron el corazón. Una vez acabó, suspiró mientras dejaba el carrito listo en la entrada. Los grandes carruajes, hasta arriba de pastelitos flotantes, esperaban a sus siguientes portadores: los dos jóvenes taciturnos que se encargarían de colocarlas sobre el manto celestial al acaecer la sombra. Para Akaashi, era un momento más especial todavía, pues la cortina nocturna indicaba que él ya había acabado. Sonrió para sus adentros mientras ambos aparecían como un clavo a la misma hora de siempre.
El más bajito saludó con una cabezada mientras los cabellos de oro y carbón se movían con gracia sobre el rostro afilado. La mirada felina le sonrió sin necesidad de más gestos. A su lado, el alto muchacho de cabellos azabache contestó educadamente a su saludo. Los colgadores de estrellas comenzaron a mover con la parsimonia típica los carros a rebosar de estrellas y cometas.
—Recordad que si necesitáis ayuda…
—No te preocupes, Akaashi —le contestó el joven de melena corta—, ya has hecho suficiente.
A pesar de las palabras tranquilizadoras de Kenma, Akaashi no podía evitar sentirse algo mal. Exponer no solo las estrellas sino, además, las revoltosas cometas que debían colocar a la vista de todes, parecía un cometido bastante más duro que el suyo.
—Confía en nosotros, Akaashi-san —le contestó Tobio mientras movía uno de los carritos hacia adelante—, nos apañaremos. Al fin y al cabo, a Kenma le gusta bastante lo de jugar con los cometas, porque son como las borlas esas de…
—¡Shh! —espetó Kenma con el ceño fruncido, cosa que hizo reír a Akaashi. El joven ángel nocturno parecía más felino que ser celestial.
—Confío plenamente en ambos —contestó el hacedor de estrellas con una sonrisa segura y amable. Ambos chicos le respondieron con una media sonrisa mientras se alejaban con los pastelitos estelares.
Harían un trabajo excelente, como siempre. Tenía ganas de llegar a casa y contemplar, desde su camita de seda y terciopelo, la increíble lluvia de estrellas que estaba a punto de presenciar el mundo en cuestión de horas. Aunque se viviera rodeade de la magia que se producía entre manos, el mundo podía ser maravilloso cuando se disfrutaba de una creación tan propia y compartida con otras personas tan dedicadas.
Pero esa no era la única razón por la que a Akaashi Keiji, el hacedor de estrellas del reino celestial, le ardía el alma al pensar en el momento de volver a su hogar.
Su refugio no era como el de tantes otres. El espacio, algo reducido —a petición propia—, no se hacía asfixiante gracias a las inmensas paredes de cristal. Las columnas de oro sostenían las sedosas cortinas blanquecinas, que reflejaban la luz de todos los astros que les rodeaban en el pueblo de las estrellas y más allá. Con un pequeño estudio en el que leer, una camita cómoda y una cocina en la que preparar sus propios bagels de azucena y niebla, ya lo tenía todo. Las plantas decoraban la casa con gracilidad, procurándole preciosas vistas a diario mientras se tomaba un té humeante y bien cargado de especias.
Pero lo más impredecible, lo más gratificante y siempre emotivo, solía esperar en la gran puerta de oro trenzado. Y, como otro día más, la sonrisa que le escapó sola al encontrarle allí. Lo mejor del día. Lo mejor de cada día y cada hora.
Él.
—¡Akaashi!
La voz, tan sonora como afectuosa, le rodeó como un vendaval cálido y a rebosar de vida e ilusión. Keiji le saludó con la mano, tímidamente, mientras se acercaba a aquellos ojos de oro y los cabellos en punta que chispeaban todavía por el sol de la tarde.
—Buenas tarde, Bokuto-san.
Su presencia activaba siempre una música desconocida. No sabía de dónde venía pero, cada vez que se lo encontraba, era como si una coral o un piano sonaran a lo lejos. Tan lejos como podía llegar su corazón al abrirse de par en par frente a él.
—Akaashi… ¡Perdóname, por favor! —exclamó entonces Bokuto con un mohín apenado— No he ido a buscarte directamente porque…
—No te preocupes, Bokuto-san —exhaló Keiji en un suspiro irrefrenable—, ya es mucho que vengas ahora. Necesitas descansar tú también.
—No, ¡no es eso! Es que…
Bokuto se movía en el sitio, notablemente nervioso. Entonces Akaashi se percató de algo: ambos brazos se escondían tras la ancha espalda del muchacho, cuyas mejillas andaban algo acaloradas.
—¿Estás bien, Bokuto-san?
—Sí, ¡claro! Gracias por preocuparte, Akaashi… Es que…
A Bokuto Koutarou se le hacía difícil ocultar sus emociones. Era como un libro abierto: cada gesto, mirada o palabra expresaban con la claridad del agua cristalina lo que su corazón exhalaba.
—Vamos adentro, Bokuto-san —Con un suave gesto, Akaashi se llevó al muchacho al interior de su hogar—, comienza a ser tarde y es mejor que nos relajemos.
Seguro que, una vez sentado y a gusto, el joven ángel diurno le transmitiría su pesar. No dudaba de ello. De hecho, aún preocupado, lo esperaba con ligera ilusión. Ser el confidente de alguien tan especial le hacía sentir más válido que cualquier otra cosa del universo. Poder ayudarle y sacarle una sonrisa, aliviando sus temores, le llenaba de una calidez sin igual.
Compartir tiempo con su estrella favorita era la mejor parte de su vida.
Los ojos se le engalanaban en chispas cada vez que le tenía cerca. Su aliento se cortó de pronto al encontrarle de sorpresa como casi cada día. Y es que ningún día esperaba encontrarle. Al menos, al principio. Las visitas se volvieron familiares tras la mera casualidad.
Primero, todo eran preguntas y cordialidades: “¡Hola, Akaashi-kun! ¿Tienes sal perfumada? ¡Se me ha acabado la mía!”. Entre conversación y conversación —en las que le pidió, por favor, que le llamase Akaashi sin más—, Bokuto Koutarou, el celestial diurno de anchos hombros e infinito corazón, comenzó a hacerse un hueco en sus días. Poco a poco, las visitas comenzaron a ser algo más que encuentros casuales. El primer día en que Bokuto realmente pisó su casa, se sintió abrumado. Y, pese a ello, la brisa cálida azotó su rostro con una vehemencia jamás conocida hasta el momento. Era un toque sutil, aromático y certero, como un rayo de sol colándose entre los ventanales. La mirada centelleaba al curiosear entre su colección de tacitas tanto como al morder uno de los pastelitos que tenía hechos ese día. Unos bollos con extra de sirope de rosas.
“¿Lo has traído tú?”, le dijo el joven ese día. “Sí —le contestó él—, del jardín especial del caballero Oikawa”. Recordó la manera en que Bokuto abrió los ojos como platos. “¡A mí no me permite entrar aún!”, se quejó. Akaashi rio tiernamente al descubrir la arruguita en la frente por el mohín entristecido del chico. “Ya te dejará, ya lo verás”.
Ambos tomaron la merienda, tiempo atrás, como si nada más les esperase allá afuera. Como si no fueran, cada uno por su lado, los mayores responsables del tejido lumínico sobre el cielo, ya fuera a horas luminosas o más sedentarias. Bokuto, después de agradecérselo unas veinticinco veces, tomó rumbo a su refugio, dejándole a solas con sus pensamientos. Con las burbujas de su estómago chisporroteando como cientos de luciérnagas a coro. Solo él, su mirada abierta de par en par, y su pecho ardiendo cual incendio privado y fogoso.
Había pasado bastante desde entonces. Los suficientes suspiros y sonrisas, materia del ensueño de sus días desde que el chico llegó a él. Bokuto Koutarou, quién sembraba semillas de sol por el campo fértil de los cielos, se acomodó entonces en el blandito sofá del comedor. Y lo hizo eso, para su asombro —y creciente curiosidad—, sin apartar las manos tras su espalda. Akaashi rio por lo bajo mientras se dirigía hasta la cocina en un confidente silencio.
—¿Te apetece algo especial hoy, Bokuto?
—Ah… ¡Espera, Akaashi!
De un impulso, el fornido chico se levantó, no sin antes dejar el bulto misterioso a buen recaudo bajo una buena pila de cojines.
—¿Qué ocurre? —preguntó el moreno, cautivado por la torpeza y urgencia del chico que se abalanzaba entonces hacia él, alargando ambos brazos sobre sus hombros.
—¡Tú no tienes que trabajar hoy! —exclamó Bokuto, llevándolo de vuelta al sofá—. Hoy no, Akaashi.
—¿Pero qué…?
—Hazme caso, por favor.
Con más curiosidad que preocupación, Akaashi se dejó llevar de vuelta por Bokuto hasta el sofá. Al sentarse y apoyarse de espaldas, recordó de pronto lo agotado que estaba. Tras resoplar, Bokuto asintió con leve gravedad.
—Ves lo que te digo… —Mientras hablaba, Bokuto llevó una mano a sus cabellos oscuros, acariciándolos con delicadeza—. Hoy a descansar. ¡Ya me encargo yo del resto!
—Pero, Bokuto-san… —Preocupado, Akaashi hizo el amago de levantarse. Sin embargo, nada podía rebatir la mirada de súplica con la que el joven le hechizó y convenció al momento—. De acuerdo. ¿Pero sabes dónde están las…?
—Lo sé —le sonrió Bokuto con dulzura—. Sé dónde está todo, no te preocupes. ¡Ah! —al exclamar, Akaashi dio un pequeño respingo en el sofá—, sobre todo, no toques eso de ahí, ¿vale? Porfa. ¿Me lo prometes?
No hacía falta. Akaashi confiaba ciegamente en él. Pero, solo por apagar esa inquietud en el enorme pecho del muchacho, asintió con solemnidad.
—Por supuesto —le contestó en un susurro, embriagado por la luz que tenía frente a él. Bokuto, más relajado, se volvió a la cocina al tiempo en que Akaashi se hacía uno con los mullidos cojines del sofá. No paraba de echar vistazos inquisitivos al bulto que se escondía bajo sus propias almohadas. ¿Qué sería eso que con tanto recelo guardaba el ángel diurno? Bueno, fuera lo que fuera, sería increíble.
Aunque, claramente, no tanto como él.
Al poco, Bokuto trajo con él una bandeja con dos tazas a rebosar de té calentito, que colocó sobre la mesa frente al sofá justo antes de sentarse a su lado.
Akaashi no había conocido muchos ángeles diurnos: por las mañanas se dedicaba a descansar un poco más después de las arduas noches de algodonar los pálpitos de luz que tanto amaba. Aunque sus horarios no coincidían —los ángeles del día y la noche eran trabajadores muy ocupades y ajenes entre elles—, ambos se lo habían montado siempre a la perfección para verse aunque fuera un minuto, convirtiéndose en el mejor de todo el día.
Tras llevar un tiempo conociéndole, se había acostumbrado a él. Al calor que desprendía su cuerpo. Al aroma avainillado de su piel y cabellos. A la suavidad y tersura de sus brazos, su torso y sus pómulos marcados. A la ingenua y hermosa chispa de sus grandes ojos dorados. A sus manos firmes y su sonrisa segura y divertida. A su voz, ronca y profunda. A sus bromas, preguntas y sorpresas. A él.
Y, pese a la familiaridad con que acogía todo eso, el salto al corazón jamás dejaba de hacer acto de presencia cuando le tenía cerca. Justo lo que ocurrió en ese momento, mientras el chico se sentaba a su lado. En un intento de calmarse, Akaashi tomó la taza con ambas manos y una sonrisa en el rostro ensoñado. Aspiró el perfume de la infusión mientras cerraba los ojos. Nunca había sido capaz de confiar tanto en alguien como para tomarse su tiempo en disfrutar del aroma de un rica bebida. Pero con Bokuto, eso era diferente. Todo era diferente junto a él. Incluso la comida tenía mejor sabor. La brisa cálida ya no despeinaba sus cabellos: en su lugar, acariciaba su rostro con cariño. Incluso las estrellas se tornaron diferentes. Más brillantes, más dulces. Les dedicaba más cariño y sonrisas en su elaboración. El mundo brillaba cada noche con más ganas al echar más espíritu a sus creaciones. Incluso Kenma, avispado aunque lo disimulara, se lo había comentado en cierto momento.
Bokuto había reconvertido toda su vida en un escenario donde la magia se colaba por cada rincón hasta cuando no estaba presente.
La bebida besaba sus sentidos con retazos florales. Le evocaba los sueños más relajantes, con praderas coloridas y un sinfín de luciérnagas diurnas. Y eso le hizo cosquillas en la nariz.
—Koutarou —murmuró sin poder ocultar la sonrisa divertida—, ¿de dónde han salido?
—¿El qué?
Akaashi no pudo evitar que la sonrisa se ampliase ante el movimiento nervioso del chico, que agachó la cabeza con una ingenuidad que le enterneció por completo.
—¿Las has traído de la cosecha de hoy?
Koutarou se removió en el sitio con un mohín avergonzado, pero toda intranquilidad se evaporó de su cuerpo cuando Akaashi, en un impulso irrefrenable, se lanzó a abrazarle —no sin antes dejar la taza en la mesa—, acogiéndole con sus pequeños brazos a rebosar de cariño para él. La chispa nerviosa que rodeaba a Bokuto se deshizo al instante, sustituyéndose en un cohibido agradecimiento.
—Sí —admitió sin separarse de él—, son de esta mañana. ¿Te gustan?
—Me encantan.
Bokuto había traído a casa flores frescas del jardín matinal. Ambas bebidas brillaban en sus tazas con toques florales desconocidos, muy lejos de la colección de flores azuladas que dormitaban en su cajón de tés.
—Qué bien —susurró el ángel diurno, dejando que la sinceridad calase sus palabras—. Pues no es lo único que tengo hoy.
—¿Ah, no? —le preguntó Akaashi sin dejar de sonreír. Se separó de él, dejándose hundir en la mirada de oro del chico que, más seguro de sí mismo, asintió sonriente mientras apoyaba las manos en sus finos hombros. Era como mirar directamente hacia el núcleo de un sol despierto y lleno de vida.
Por fin descubriría la sorpresa que el chico había escondido hasta el momento.
O no. Al ladear la cabeza con curiosidad, el joven frente a él rio, fijándose en las tazas. El ángel diurno rebuscó en los bolsillos internos de su capa dorada, bufando con el ceño fruncido al no dar con lo que parecía estar buscando. Akaashi le permitió esos segundos con paciencia y una sonrisa segura, que parecieron tranquilizar al chico. Eso, o también la caricia que se atrevió a pasar por su espalda. Las miradas chocaron en la calma y el asombro. Ésta última pasó a la luz de una sonrisa.
—Tengo que ser más paciente, ya —murmuró Bokuto mientras buscaba con más cuidado—, siempre me lo dices.
Akaashi se aferró con suavidad al codo del chico hasta que éste pareció dar con lo que buscaba.
—¡Aquí lo tengo!
Bokuto sacó una bolsita con actitud triunfante segundos antes de verter su contenido en ambas bebidas. Akaashi comenzó a reír de incredulidad, tapándose la boca con una mano estupefacta.
Bokuto habría traído el sol con él. O, al menos, una parte. El polvo estelar, privado tan solo a las Grandes Almas, se diluía en esos instantes en el fresco té floral, otorgando al humo una nube de oro cuya belleza no podía competir con nada.
Bueno, obviamente con nada que no fuera el ser angelical que, a su lado, reía con tanta alegría como él.
—Pero Bokkun… —dijo sin apartar la mano del rostro—, ¿esto no es ile…?
—Qué va. La ilegalidad es cosa de gente humana. ¡No pasa nada por sustraer un poco!
—Eso espero —murmuró, atribulado de pronto—, no quisiera que por mi culpa…
—¡No es tu culpa! ¿Acaso el polvo de sol no existe para hacer felices a quienes queremos? ¡Y a quién quiero yo más que…!
Ante la mirada atónita de Akaashi, Bokuto se sonrojó, girándose de golpe. El chico se interrumpió a sí mismo mientras apartaba, uno a uno, los cojines que sirvieron de envoltorio a la sorpresa que le había estado guardando.
—Aquí tienes, Akaashi… ¡Espero que te guste!
Toda curiosidad se evaporó al instante en un haz de luces y sonrojos. A pesar de tener, por fin, el regalo frente a él, no podía pensar en nada más que las palabras evasivas de Bokuto.
¿Qué había querido decir con algo así?
Sin embargo, reaccionó rápido ante la mirada, insistente y tierna a partes iguales, de su estimado ángel. Asintió, cohibido, mientras la sonrisilla trémula asomaba de nuevo al acercarse al presente.
El olfato reaccionó antes que la vista. El resto de sentidos se dispararon justo después al contemplar la maravilla que reposaba en su sofá.
—Bokuto…
—¿Te gusta?
La pregunta del chico se hilaba en inseguridades. Akaashi, con una mano justo en el corazón, asintió.
—Es… Esto es…
—Son del jardín, sí —murmuró Bokuto, removiéndose en el sitio con inocencia—, la he estado haciendo durante una semana.
—¿¡Una sem… !?
Era una manta floral. Las diminutas piezas de pétalo y pistilo se trenzaban entre ellas, formando un vasto y minúsculo jardincillo con el que poder taparse en los días de brisa fresca. El aroma de la mezcla era embriagador: cada tono dulce se compaginaba a la perfección entre sí.
Con las lágrimas a punto de brotar de los ojos azulados, Akaashi no se reprimió más. De un ágil gesto, el hacedor de estrellas se lanzó en volandas a sus brazos, acomodándose en él. Era su refugio preferido, donde nada daba miedo. Bokuto le abrazó con el mismo entusiasmo.
—Me alegra que te haya gustado —susurró el peliblanco a su oreja.
—Es… —balbuceó mientras apoyaba la frente sobre el hombro del chico— Es maravillosa. Es increíble. Es…
Akaashi se alejó unos centímetros. Lo justo para tener frente a frente al ángel que iluminaba sus días.
—Eres genial, Bokuto-san.
Koutarou llevó entonces una mano a sus cabellos azabache, acariciándolos con cariño mientras fijaba su mirar de oro sobre él.
—Nunca te había visto tan efusivo, Akaashi.
—Es una de mis facetas —exclamó el moreno con una amplia sonrisa—. Una de tantas que quiero que conozcas. Es que quiero… ¡Quiero que las conozcas todas, Bokkun!
Bokuto no paraba de reír con la mirada atónita, persiguiendo sus gestos. Él también le perseguía. En cada roce, cada mirada. Cada vistazo furtivo a los hermosos labios que tanto le hacían sentir cada vez que se curvaban en una sonrisa honesta.
Quería sentirle cerca, tanto como para no echar de menos su calidez en ningún momento.
—Venga, Akaashi —dijo entonces Bokuto, recobrando la energía que le caracterizaba—, vamos a disfrutarla.
Qué cómodo le parecía de pronto el sofá. Qué ideal era su casa, tan amplia y luminosa incluso cuando la noche ya soplaba su rumor de sombra por aquí y allá. Se acomodó hacia atrás con un suspiro mientras el chico los cubría a ambos con la mantita de flores diminutas. Qué cálido era. Se habría quedado por siempre así, pegado a él. Disfrutando de su aroma, de su cercanía. De la manera en que las manos de ambos se acercaban, tímidamente, hasta dar con la otra. El remolino de lucecitas se removió en el pecho cuando Bokuto entrelazó los dedos con los suyos.
Era tan suavito. Tan maravilloso.
—¿De dónde las has sacado, Bokkun? —susurró, cohibido, procurando que la voz no se rompiera ante la emoción que lo embargaba—. Son muy chiquitinas, no estoy acostumbrado a verlas así.
—¡Ay, sí! Es que son del microjardín de Asahi-san. Las tenía un poco apartadas del resto pero es que cuando las vi… tuve la idea en seguida. ¡He estado cuidándolas durante una semana! Y luego la otra ha sido cosa de ir trenzando y…
—¿Dos semanas?
Akaashi miró al ángel con los ojos abiertos de par en par sin dar crédito a lo que oía.
—¡Sí! —exclamó Bokuto con orgullo—. ¡No he parado de cuidarlas y darles lucecita para que se pusieran contentas!
—Pero —balbuceó Akaashi tragando saliva—, Bokkun…
—No te preocupes, Akaashi —Al dedicarle una sonrisa comprensiva, supo que era casi como si le estuviera leyendo la mente—. ¡Tengo a mi querido pupilo encargándose de plantar las semillas del sol cada mañana!
—Oh… Ya veo —más tranquilo, Akaashi le sonrió con algo más de seguridad—. Y eso que pensabas que no te miraba cuando le enseñabas.
—Tenías razón, Akaashito. Como siempre.
El escalofrío de ternura recorrió su espalda, floreciendo en rubores por sendas mejillas. Se removió intentando disimular ante las palabras de su amado ángel solar.
—Deberías presentarle a los colgadores de estrellas, Bokkun —murmuró con voz temblorosa—. Creo que se llevarían muy bien.
—¡Ah, es verdad! —exclamó Koutarou— Ya me ha hablado alguna vez de ambos. ¡Siempre que se cruza con alguno se pasa la mañana entera hablándome de ellos! Que si “vaya pelo tan bonito tiene el más alto” o “qué ojos tan dorados y dulcitos tiene el bajito”. Creo… —al acercarse para susurrarle, como si de un secreto se tratase, Akaashi aprovechó la cercanía para aproximarse un poquito más él también— que le gustan los dos, pero no se lo digas a ellos, ¡por favor!
—Ni una palabra.
Enternecido por completo, Akaashi Keiji rio sin dejar de hundirse en la mirada de sol que todo lo iluminaba. A su vez, las manos de los dos seres celestiales conversaban por lo bajo en su propio universo de suaves caricias. Casi imperceptibles, los caminos del deseo más puro se recorrían entre las yemas de sus dedos, que no perdían ni un segundo de tiempo en mimar con delicadeza la piel del otro. Se sentía más unido que nunca a él. Además, la mantita era increíble: su frescura y colores resultaban de lo más apacible. El aroma de las prímulas y minúsculas florecitas hechizaba su humilde morada con los toques más violáceos y feéricos posibles.
Akaashi era feliz. Muy feliz.
—Has debido de estar muy ocupado, ¿verdad?
En ese momento no había espacio para el cansancio que lo había atribulado horas antes. De pronto, sintió el peso del agotamiento en su cuerpo. Asintió con sinceridad.
—Ha sido una tarde movidita —admitió—, pero nada que no pueda sobrellevar. Los cometas son tan bonitos…
—¡Y ya deben de estar a punto de aflorar!
—¿Dónde has aprendido esa palabra, Bokuto-san?
Bokuto bajó la mirada tímidamente. Sin embargo, no había máscaras posibles para Keiji. Bajo el rubor, el hacedor de estrellas adivinó la chispita del orgullo que cubrió la mirada de oro del chico. Aprovechó para acercarse, un poquito más aún, hasta él.
—Es bonita, ¿verdad? —esbozó Bokuto—. Se la oí decir a Asahi-san el otro día mientras hablaba con el amo de llaves.
—Ah, ¿Sugawara?
—Sí, el nuevo. ¡Tiene un pelo súper bonito, eh! Es todo plateado y brilla un montón.
—Pero no más que el tuyo.
Akaashi le sonrió con amabilidad —y una chispita divertida en su mirada—, recibiendo con alegría la sonrisa más amplia del chico a su lado.
—Ven, Akaashi.
Bokuto se indicó entonces el hombro con la barbilla. Akaashi asintió, sintiendo cómo el mundo se le abría en arco iris. Se apoyó con suavidad sobre el chico. Bokuto olía a refugio. Exhalaba la seguridad propia de un hogar. Así, echado sobre él, se relajó mientras las manos de ambos se afianzaban más entre sí.
—Ya empiezan.
—¿Los escuchas?
Bokuto asintió. Para ese entonces, el joven ángel ya había rodeado a Akashi con el brazo, abrazándole por la espalda. No sería el hacedor de estrellas quién se quejase de uno solo de los gestos del ángel solar. Más bien al contrario: suspiró de felicidad mientras se hundía más y más en el ensueño de su cercanía.
—Qué bonito debe ser escucharlos —murmuró Akaashi, cerrando los ojos mientras se apoyaba sobre el pecho de Bokuto.
—Sí —le contestó Koutarou mientras acariciaba sus cabellos oscuros con la mano libre—, la verdad es que suenan a fiesta, a alegría. Los has hecho perfectos.
—¿Eso crees? —Akaashi, sonriente y seguro como nunca, llevó la otra mano hasta el rostro de Koutarou.
—Eso creo —susurró Koutarou, frotando ligeramente su mejilla contra los cabellos azabache.
—Entonces —susurró Akaashi, cerrando los ojos—, todo es perfecto.
Era cierto: ya llegaban. Los cometas que con tanto esmero y cariño preparó unas horas antes comenzaron su viaje por los cielos que les rodeaban. Kenma y Tobio los hicieron despegar con la misma gracia que aquellos cohetes que se creaban allá abajo. Entre el jardín de lucecitas titilantes, los resplandores rojizos centellearon en el cielo, dejando el rastro fogoso de los deseos más impulsivos, vivaces y sedientos.
Bokuto podía escuchar la música de aquellos astros de bizcocho y chispa. Esperaba que fueran de su agrado: había pensado en él mientras preparaba todos y cada uno de ellos. Akaashi, por otro lado, podía sentir su aroma acercarse: el azúcar quemado y la fuerte fragancia de rosas ocuparon el ambiente, mezclándose con el sutil perfume de las florecillas de la manta que los tapaba a ambos.
—¿Estás cómodo?
Akaashi asintió sin moverse apenas; no quería molestar al chico. No quería moverse ni un poco. Estaba tan cerca que podía escuchar los latidos del ángel en su pecho. Eran algo arrítmicos: parecía emocionado. Eso aceleró su propio pulso a la par que una sonrisa se dibujaba en el suave rostro. Ni por un momento apartó la mano de su ancho rostro.
—¿Y tú, Bokkun? —susurró— ¿Estás bien?
—No podría estar mejor, Akaashi.
Keiji rio por lo bajo, sorprendido.
—¿Y eso?
Pero Bokuto no escuchó su pregunta. La mirada de oro se abrió de par en par hacia arriba. Keiji, que no le quitaba la vista de encima, vislumbró entonces un leve reflejo rojizo en los ojos del chico.
—Ya están aquí.
Koutarou parecía especialmente feliz ante la presencia de los cometas que, en ese momento, comenzaban a cruzar el cielo sobre ellos. El techo de cristal reflejaba el curso crepitante de cada uno de ellos. Cada sensación estelar cubría su microcosmos en un hálito mágico que se extendía más allá del aire y el cristal. Sin embargo, nada se podía comparar al fuego que ardía en el centro de su pecho ante las caricias clandestinas que seguían meciéndose en el secreto y el cariño bajo la mantita. La amplia y cálida mano de Bokuto acogía las suyas con tímida delicadeza, arrancándole los suspiros más internos.
La corteza carmesí de los astros impulsivos se deshacía en chispas. Se le hizo la boca agua al recordar el sabor del bollo recién horneado. Los deseos que se cumplieran esa noche serían inolvidables. Cada cometa podía contener en ellos más de mil deseos. Incluso desde el primer segundo de su carrera, ya iban preñados de sueños. Su colas iba reflejando cada sonrisa cubierta de esperanza.
A pesar de lo increíble que resultaba siempre el espectáculo, jamás se había parado a disfrutarlo. No como esa vez. De pronto, la belleza del momento lo inundaba todo. Comenzaba a entender, poco a poco, la magia que residía en esos instantes.
Y, pese a las maravillas que observaba por encima de sus cabezas, nada era comparable a las emociones de su pecho inquieto ante la calidez de su piel, la dulzura de sus caricias y la suavidad de sus mejillas.
—¿No pedirás un deseo, Akaashi?
Keiji, cuya mano seguía ahuecada en el robusto rostro del joven, jugó con dos dedos sobre el marcado pómulo de éste.
—No me hace falta —Al erguirse, el chico a su lado alzó las pobladas cejas con asombro mientras Akaashi, sin dejar de sonreír, se fundía de ternura al reflejarse en tal ingenuidad—. Todo lo que necesito está justo aquí.
—¿Ah, sí?
Akaashi, después de asentir lentamente, se aproximó hasta el ángel un poco más, dejando que el azul y el oro se encontrasen en la ternura más vulnerable.
—¿Tú tienes algún deseo, Koutarou? —le preguntó entonces con una sonrisa cohibida.
—Yo… —El ángel se removió, pero no deshizo la conexión de sus miradas ni por un segundo—. Es posible.
—¿Sí? —le preguntó Akaashi— ¿Cuál es?
Bokuto, cuyas mejillas ardían —podía dar fe de ello al no dejar de acariciarlas—, se aproximó hasta su rostro. Tanto, que sus narices se rozaron unos instantes. Akaashi, aún preso de la conmoción, no pudo evitar frotar su nariz con la del chico, haciéndole reír. Al apartarse unos centímetros, Bokuto llevó también su mano hasta el rostro ruborizado del hacedor de estrellas. Deshaciéndose de amor, observó al chico con el corazón a punto de explotar de alegría. De ilusión y dulzura.
—Bokkun…
—Keiji.
El moreno abrió los ojos como platos. Jamás antes le había llamado por su nombre.
—¿Sí? —balbuceó. Los nervios se entremezclaban con tanta intensidad como los colores que se desprendían por todo el cielo.
Los fuegos de artificio, como pura materia de sueños, iluminaban los cabellos blanquinegros del joven que plantaba semillas de luz por doquier. No solo en el campo celestial matutino: su propio corazón se hallaba irradiado por su fuego, por sus sonrisas. Por cada gesto entusiasmado, cada saludo diario. Por cada visita, cada abrazo. Cada suspiro al verle aparecer por allí de sorpresa.
—¿Querrías ayudarme a cumplir mi deseo? —susurró entonces Bokuto.
—¿Yo?
—Sí.
Akaashi podía sentir el calor de sus palabras directamente sobre los labios. Al observarlos detenidamente, el corazón se propulsó a velocidades que desconocía. Eran tan suaves y redonditos. Tan apetecibles.
—Haré lo que quieras —respondió en un arrebato. Bokuto se limitó a reír por lo bajo. Estaba tan cerca. Quería besar sus suaves mejillas. Quería sentir sobre los labios cada milímetro de su piel. El aroma del joven lo embriagaba. Lo emborrachaba de vida y sentimientos.
—Solo tienes que cerrar los ojos —murmuró Koutarou.
—¿Ah, sí? —contestó, entre divertido y expectante— ¿Solo eso?
Bokuto asintió con seguridad. Confió. Confiaría en él cada día. Le habría confiado su vida misma si se lo hubiera propuesto.
Lo último que vio Akaashi Keiji antes de cerrar los párpados fueron los reflejos rojizos que se esparcían por todas partes, protegiéndoles. Acunándoles en el vasto y, a su vez, diminuto espacio que los acogía en su plenitud. Y sus cabellos. Y sus ojos. Y su sonrisa de azúcar.
Y entonces, sintió. Notó las cosquillas cuando Bokuto ahuecó la palma de su mano —que había permanecido hasta el momento bajo la manta— en su barbilla, posando los dedos sobre su pómulo. Sintió el brazo del chico acercándole más hasta él. Notó el choque de sus cuerpos al desafiar al aire, dejándolo escaso de fluidez.
Sintió el torbellino en el estómago. El calor en el pecho. Los latidos desbordantes de su corazón a punto de saltar lejos.
Los labios, redondos y apetecibles, sobre los suyos. Unos labios de cereza que rozaban lo onírico. Que le regalaban su primer beso mientras las estrellas jugaban a palidecer frente a la luz incandescente de su presencia. Bokuto lo rodeó con ambos brazos mientras él, aun tímido e incrédulo, pasó los suyos sobre sus anchos hombros.
El cosquilleo en los labios siguió incluso cuando Bokuto se alejó de él. No mucho por suerte; tan solo lo justo para que sus miradas se encontrasen en la efervescencia de emociones. Las palabras sobraban: una sonrisa por ambas partes bastaron para volver al caudal de melaza de sus besos. Esta vez, los saboreó más. Era tan lento y pausado. Tan mágico. Cada roce le procuraba vértigos indescriptibles y un hambre insaciable.
Lo que comenzó como algo tímido se tornó pura pasión a medida que se adentraban en los labios del otro con mayor profundidad. No tardaron mucho en caer sobre el sofá, presos de la sed del contrario. Bokuto pasó los labios hasta su cuello, donde dejó un rastro imborrable de besitos que se solapaban sobre su piel febril, que exigía más y más contacto en cada uno de ellos. Akaashi se mordió el labio mientras enredaba los cabellos blanquinegros entre sus dedos. Poco tardó Bokuto en volver a sus labios, ávidos de su fuego lento y entregado. Akaashi se sentía flotar entre sus brazos. El joven ángel, que se estiraba sobre él, no dejaba ni un rincón de su rostro sin besar. Ni un ápice de sus cabellos, mejillas ni cuello sin acariciar. Todo se convirtió en un haz de fuegos dorados, de temblor y de emoción, que se prestaba al cariño y la sinceridad en cada beso, cada sonrisa y cada suspiro.
Las estrellas, allá arriba, relucían más que nunca. Eran dulces, tan tiernas y apetecibles como la miel de sus labios y la esponjosidad de sus mejillas. Cuando Akaashi se despegó de sus labios, lo hizo lentamente. Atesorando cada segundo en que nada les pudiera separar. Pero, aunque le costase separarse de él, algo en su interior le pedía ser expresado.
—Se nota que esparces semillas por el cielo, Koutarou.
Bokuto, cuya mirada ardía en fogonazos más ardientes que todos los que refulgían allá arriba, le sonrió con una chispa que se debatía entre ingenuidad y travesura.
—¿Y eso?
—Porque… —al suspirar, Koutarou rozó los labios con los suyos unas milésimas de segundo, justo para volver a dejarle hablar débilmente—. Porque las has sembrado todas en mí.
El té ya no humeaba. El oro en polvo se había evaporado entre ambos, creando un halo que aún dotaba de más magia la escena, si es que era posible.
—¿Por eso te has convertido en un sol, mi Keiji?
Tras besar su oreja y dejar un mechón blanquinegro tras ésta, Akaashi le sonrió.
—Será que pretendo imitarte sin querer, mi Bokkun.
Bokuto hundió su rostro sobre el hombro del moreno. Podía sentir el rubor de las mejillas rozando su cuello. Ambos se dejaban llevar en el afecto y la suavidad aunque la timidez los apocase de vez en cuando.
—Quédate hoy, Bokkun —rogó entonces Akaashi en un soplo de voz.
—¿Me dejas? —murmuró el chico, aún acurrucado entre sus brazos y el rostro oculto a su lado.
—Y tanto —susurró Akaashi con más seguridad que nunca.
—Entonces me quedaré —dijo Bokuto, levantando el rostro hasta colocarlo sobre el suyo—. Me quedaré todas las veces que me lo pidas.
—Puedes quedarte cada día de mi vida, si quieres.
La mirada de oro centelleó. Koutarou, embargado de emoción, se aferró a su camisa blanca mientras el labio le temblaba ligeramente.
—¿Eso te haría feliz?
—Tú eres mi felicidad, Bokkun.
Los ojos dorados se anegaron en lágrimas. Unas lágrimas emocionadas que Akaashi procuró secar con todo el cuidado y amor posibles. Las mejillas se colmaron de los besos que el hacedor de estrellas posaba sin descanso por todo el rostro de Bokuto.
El beso levitó unos segundos en la atmósfera de su deseo antes de convertirse en una trémula realidad. Una vez los suspiros de ambos se entrelazaron, sus labios no se volvieron a separar durante horas. El hacedor de estrellas y su ángel solar se fundieron en un beso tras otro. Largos y suaves, los abrazos y las caricias les acompañaron en un sueño noctámbulo tan ansiado como merecido. Así, entre los brazos del amor de su vida, Akaashi Keiji observó cómo allá arriba, entre fuegos y caramelo, los cometas le entregaban la misma dulzura que él les proporcionó.
Un dulce anhelo convertido, al fin, en una increíble realidad.
