Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2022-02-21
Words:
2,775
Chapters:
1/1
Kudos:
50
Bookmarks:
1
Hits:
101

Oh, pero no podemos detener el tiempo

Summary:

Sang-woo, cuando sus huesos se cansaran y poco a poco se volviesen viejos y adoloridos, siempre recordaría ese día porque fue la primera vez que golpeó a alguien con todo su puño, sintiendo cómo se le escapaba la rabia por la nariz, listo para romper un par de dientes o morir en el intento, justo antes de que le regresaran el ataque tan fuerte que sus lentes salieron volando muy lejos de su rostro y creyó que la Tierra había comenzado a girar en sentido opuesto.

O

En el que Sang-woo y Gi-hun forman un club extracurricular y pasan las tardes juntos.

Notes:

Esto fue escrito con mucho cariño y va dedicado a un amigo muy especial. ¡Feliz San Valentín (super super atrasado)! Una disculpa y te mando un fuerte abrazooo.

Work Text:

Sang-woo, cuando sus huesos se cansaran y poco a poco se volviesen viejos y adoloridos, siempre recordaría ese día porque fue la primera vez que golpeó a alguien con todo su puño, sintiendo cómo se le escapaba la rabia por la nariz, listo para romper un par de dientes o morir en el intento, justo antes de que le regresaran el ataque tan fuerte que sus lentes salieron volando muy lejos de su rostro y creyó que la Tierra había comenzado a girar en sentido opuesto.

Después de eso, del escándalo provocado por sus compañeros cercanos y los que jamás le daban ni la hora (aunque quizá ahora lo recordarían y pasaría a la historia como el idiota cuatro ojos que se atrevió a golpear a Deok-su, el sujeto más intimidante de la escuela), una palabra casi desconocida se hizo presente: Expulsado. Jamás, ni en sus pocos sueños de rebeldía adolescente, pensó que le entregarían una nota con aquella blasfemia. Incluso los profesores lucían máscaras de inseguridad, no queriendo desterrarlo del Consejo Estudiantil, pero sabiendo que no tenían otra opción. 

No era el fin del mundo, sin embargo. En el campo seguirían cultivando arroz, la luna mantendría su ciclo y los lobos continuarían aullando.

No era el fin del mundo, se repetía, aunque Gi-hun se comportaba como si en realidad lo fuera.

—¡Sang-woo, perdóname! He arruinado todo tu futuro, toda tu vida. 

—Tú no hiciste nada, Hyung. —Trató de tranquilizarlo, en vano. 

—¿Cómo podré compensártelo? —Actuaba como si no lo hubiese escuchado. Ambos caminaban a casa por el camino lleno de piedras. El sol les regalaba generoso sus últimos rayos de luz, el cielo estaba cubierto por nubes violetas que aparecían en el momento indicado antes del anochecer. En medio de sus lamentos, Gi-hun pareció darse cuenta de algo—. Mierda, tu mamá me va a matar.

Sí, posiblemente les gritaría, los mataría, y luego pediría explicaciones (en ese orden) a ambos, pero era algo en lo que Sang-woo prefería no pensar de momento. 

—Está bien, al menos me dieron la oportunidad de crear un club nuevo para reunir puntos extracurriculares.

Gi-hun se detuvo durante unos segundos, procesando la nueva información y cambiando de ánimos al instante.

—¡Oh, un club! Eso es bueno. —Colocó sus dedos bajo la barbilla, listo para una lluvia de ideas—. ¿Qué tal si hacemos un club de apuestas?

Sang-woo le dio tiempo para que reflexionara su respuesta y se diera cuenta de su error.

Uno, dos, tres segundos y nada pasaba. Silencio entre ellos y el monótono ruido de la calle que le indicaba que su realidad seguía siendo la de siempre.

—Gi-hun, no creo que los profesores aprueben un club de apuestas.

Su mejor amigo hizo un gesto de molestia, abrumado por aquella injusticia. Sang-woo suspiró. A Gi-hun le gustaba apostar y más o menos entendía la diversión de ello, pero Sang-woo tenía un mal presentimiento, como si en algún momento el pasatiempo fuera a convertirse en adicción y eso sellara su destino, dejándolo en la ruina, acabando con su dinero, su familia, incluso su vida. Gi-hun se quejaría de su pesimismo y de que exageraba las cosas, pero si existía la posibilidad de que algo saliera mal (lo cual siempre era así), Sang-woo tenía que tomarla en cuenta.

—Gracias —comentó por primera vez en el día. Había estado demasiado ocupado pidiendo perdón y sintiéndose culpable—. No apruebo que golpearas a Deok-su, pero lo aprecio mucho.

Ah, así que Gi-hun no era fanático de la violencia a menos que él la empezara. Sang-woo sonrió, casi imperceptible. Su mejilla derecha dolía. La clase de dolor que, sin ser masoquista, podía admitir que le gustaba. Porque el moretón era tan sólo una insignificante cicatriz de La Gran y Efímera Batalla contra Deok-su, un tipo de su salón con cabello peinado hacia atrás que había estado molestando a Gi-hun debido a que su exnovia había mostrado interés en él. (Vamos, como si Gi-hun tuviera la culpa de ser encantador y adorable).

Empezó con burlas genéricas propias de un chico que carecía de ingenio hasta para humillar. Luego esparció un rumor que los adolescentes sin criterio propio compraron entero. Y bueno, Sang-woo era un tipo al que le gustaba darle la espalda a los problemas, pero no a las injusticias. 

Y de esa manera, sin pensarlo mucho, sólo el rostro sonriente de su mejor amigo en su mente, golpeó a Deok-su a la salida. Fuera de la escuela, por supuesto, no era un maldito indisciplinado que había perdido la cabeza. Sin embargo, aun así los directivos con ojos en cada rincón lograron enterarse. Y si servía de consuelo, a Deok-su, gracias a sus múltiples reportes coleccionados, lo suspendieron por tres días. 

Cuando llegaron a casa de Sang-woo, su madre, en efecto, les gritó a ambos. Pero luego de que su furia calmara, comprendió por qué lo había hecho. 

«Me alegra saber que proteges a quienes amas. Nunca dejes de hacerlo», le dijo en la noche, cuando Gi-hun ya había tratado de curar su moretón y se ofreció a darle de comer y cuidarlo como si a Sang-woo lo hubiese arrollado un tren, dejándolo en cama, completamente vendado y sin poder moverse. (¿Y se atrevía a llamarlo exagerado a él? Hipócrita).

Durante la tarde tuvieron la peor sesión de trabajo. Sus opciones para armar un club se reducían a tres: club de juegos de mesa, club de historietas, y club de limpieza. Era una lástima que la mayoría de actividades disfrutables ya estuvieran ocupadas. Y que ninguno de ellos tuviese un talento oculto o las herramientas suficientes como para armar un club de circo, un club de magia, de avistamiento de ovnis o algo de ese estilo.

Los profesores sólo aprobaron una de sus sugerencias: El club de limpieza, y tal como uno esperaría, había resultado un fracaso rotundo. ¿Qué clase de adolescente se apuntaría voluntariamente a limpiar luego del horario escolar?

Pero Sang-woo no estaba molesto. Al contrario. Era mucho mejor así: Gi-hun, él y un par de escobas. No necesitaba más compañía. 

Al comienzo había pensado que él terminaría haciendo la mayor parte del trabajo: Gi-hun no era precisamente la persona más limpia del planeta (ahí estaba su propia habitación para dar fe de ello), sin embargo se sorprendió cuando empezó a limpiar toda la escuela sin quejarse ni una sola vez.

—Yo también lo hubiese hecho por ti, ¿sabes? Me pelearía con el mundo entero para defenderte —comentó mientras terminaba de secar una banca. La escuela estaba casi desierta. Su voz era una mezcla de cariño y orgullo que permaneció en los oídos de Sang-woo por muchísimo tiempo.

—Gi-hun, literalmente ya lo has hecho por mí —respondió. Y era cierto. Gi-hun solía meterse en peleas muy a menudo con cualquiera que molestara a su mejor amigo, especialmente cuando eran más jóvenes y sus compañeros estaban en la edad de burlarse de todo lo existente. En silencio a Sang-woo le gustaba llamarlo su superhéroe personal. 

No volvieron a mencionar el incidente con Deok-su después de eso. Pero algo en la mirada de Gi-hun le indicaba que iba a estarle agradecido durante toda su vida y las siguientes.

Las tardes en el club de limpieza se convirtieron de alguna forma en su parte favorita del día, incluso ganándole el puesto a la clase de matemáticas. Y es que, con miedo a sonar un poco egoísta, admitía que extrañaba a su mejor amigo. 

Gi-hun era un año mayor, lo cual no era la gran cosa. De niños solían pasar todo el tiempo juntos, jugando y perdiéndose en la infinidad del tiempo hasta que sus respectivas madres les gritaban que ya era demasiado noche para estar afuera; sin embargo, estando en grados diferentes, y conforme fueron creciendo y por lo tanto la lista de tareas de Sang-woo (y la lista de amigos de Gi-hun) aumentando, las horas de ocio se convirtieron en simplemente minutos, a pesar de que durante los fines de semana todavía mantenían la promesa de ir al parque.

Por eso Sang-woo se permitió estar feliz mientras recogía basura y limpiaba las baldosas color crema y las mesas de madera añeja al lado de Gi-hun. Las bromas de su mejor amigo volvían la jornada más llevadera, y el sonido del agua cayendo en una cubeta con detergente, fundido con la risa más hermosa que hubiese oído, lo hacían olvidarse por un segundo del aterrador futuro:

Él pronto tendría que empezar a estudiar (el doble) para su examen de ingreso a la universidad. Gi-hun se encontraba en el último año, lo que significaba… Sang-woo realmente no tenía la certeza de dicha respuesta.

—¿Qué harás cuando te gradúes? —Le preguntó. Ambos estaban dándose la espalda, limpiando mesas en un salón del cuarto piso.

—¡Celebrar! llorar de felicidad, decirle a la escuela que espero jamás verla de nuevo —contestó con su humor cálido y una sonrisa que Sang-woo no podía ver, pero sí sentir.

—Gi-hun, hablo en serio. Tienes que empezar a preocuparte por tu futuro.

—Suenas a mi mamá. —Se quejó. Sang-woo suspiró, sin estar seguro sobre qué decirle. 

Sabía que era imposible, pero los días habían pasado mucho más rápido que en años anteriores. Todo el campo floreció en tres segundos. Aparecieron dos arrugas en la frente de su madre, y la gata de la esquina que Gi-hun acariciaba todos los días tuvo seis crías. Tan sólo faltaban un par de semanas para concluir el ciclo escolar y Sang-woo deseó tener un botón rojo para detener el tiempo.

La buena noticia era que el club de limpieza continuaba siendo sólo de ellos dos. Las tardes continuaban perteneciendo a ellos.

Ese día Gi-hun vestía una gorra hacia atrás. Sus pantalones estaban a punto de romperse en la zona de las rodillas (Sang-woo se preguntaba cómo no se formaron hoyos antes, si le pertenecían al chico que se caía, jugaba, arrastraba a cada segundo).

—Creo que voy a extrañar la escuela. O a mis amigos, mejor dicho. No a las materias, no a los maestros gritándome todo el tiempo. Honestamente jamás sentí que perteneciera a este lugar. —Ambos habían tomado un descanso. Se encontraban en el aula de música, acompañados por instrumentos esperando ser tocados. Gi-hun estaba sentado con la espalda recargada en la pared del pizarrón, Sang-woo tomó lugar a su lado.

—¿Por qué lo dices? —Gi-hun hizo una mueca de burla, como si le hubieran preguntado algo bastante obvio.

—Pienso que la escuela no es para todos. Nos exigen demasiado, nos obligan a memorizar esto, aquello, a estudiar de sol a sol… ¿Y todo para qué? —Su mirada estaba perdida en la ventana que filtraba la luz dorada, con un tronco canoso como paisaje principal. Eran pocas las veces que veía a su amigo tan serio, hablando con la nostalgia propia de una persona de 80 años.

—¿Para tener un buen futuro?

Gi-hun le regaló una media sonrisa.

—¿Un buen futuro? ¿Hablas de un lugar asegurado en una compañía exitosa, con una jornada laboral eterna, pero un salario agradable, más que suficiente para mantener una familia y poner a mamá feliz? —Era una pregunta retórica, así que Sang-woo no contestó—. Yo no quiero eso.

Se quedaron en silencio durante unos minutos, Sang-woo de vez en cuando lo observaba de reojo, hasta que Gi-hun pareció recuperar su papel de "mejor amigo alegre 24/7".

—Pero estoy orgulloso de ti, Sang-woo. De cómo te esfuerzas, de toda tu inteligencia. Estoy seguro de que llegarás lejos. —Le dijo revolviendo su cabello con afecto, dejando una sensación de electricidad en su cuerpo.

La verdad era que Sang-woo se había convertido en un mar contaminado de inseguridades. Por supuesto que siempre trataba de dar lo mejor de sí, pero temía que lo mejor de él no fuera suficiente.

—¿Y qué si no llego lejos? —preguntó, sonando más molesto de lo que esperaba, lo que provocó que se cuestionara cuánto tiempo había estado guardando esa incertidumbre en los rincones de su garganta y mente.

—Entonces llega hasta donde puedas, hasta donde te sientas feliz. Yo estaré a tu lado. Y podremos simplemente tomarnos un minuto y acostarnos debajo de un árbol. —La forma en la que hablaba, como si no fuera la gran cosa, con la delicadeza de una hoja cayendo en el más dulce de los otoños, como jurando que todo estaría bien sin importar qué, lo tranquilizó. 

En la noche, antes de dormir, con las grietas del techo y unas expectativas enormes sobre él, volvería a pensar en los mil y un caminos que podrían ser no favorables, pero no ahora. Ahora estaba con Seong Gi-hun. 

Y estar con Seong Gi-hun, para él, era un sinónimo de paz. A pesar del caos de su mejor amigo, a pesar de los problemas en los que solían meterse. A pesar de las raspaduras luego de una caída de bicicleta, de la angustia y las tristezas que a veces compartían, al final su corazón, su cerebro, las puntas de los dedos, todo su ser, se transformaba en automático en paz.

—Está bien no saber lo que quieres, Hyung. O no aspirar a lo mismo que todos. —Sang-woo miró hacia abajo y se limpió las manos sudorosas en su camiseta. No era muy bueno con las llamadas «palabras de aliento», pero deseaba que su amigo se sintiera acompañado, que supiera que aquí, en el principio de los tiempos y en el fin del mundo, siempre contaría con su apoyo. 

Gi-hun le sonrió, sincero como sólo él podía. Una sonrisa que poseía desde pequeño y causaba inevitablemente un efecto efervescente en el estómago de Sang-woo.

—Sang-woo.

—¿Sí?

Ahora fue el turno de Gi-hun de esquivar la mirada, contemplando las baldosas que brillaban gracias a su exhaustivo trabajo de limpieza. Tomó una bocanada de aire antes de continuar:

—No tengo idea de mi futuro. Sé que debería, que todo el mundo espera algo de mí, espera algo de todos. "Tienes que ser alguien en la vida", conozco el discurso de memoria —recitó, medio cansado, aunque con un toque de burla—. Pero la verdad es que yo no estoy seguro de nada. Sólo de que me gustas, desde hace tiempo. Y te quiero a ti en mi futuro, de eso sí estoy seguro. 

Sang-woo pensó que se había intoxicado con el detergente y el cloro. O que, en efecto, había entrado a una dimensión alterna donde la hambruna no existía, el agua era infinita, los sueños más estúpidos se cumplían y su gran amor de infancia/adolescencia/posible adultez le era correspondido, y pronto lo regresarían a su devastador universo real porque lo bueno nunca duraba. Esa era la única explicación lógica. 

Sin embargo, la mano de Gi-hun, tibia y de alguna manera suave a pesar de estar manipulando constantemente sustancias químicas, apenas rozando sus dedos, borró esa idea de inmediato. 

Los ojos de Gi-hun eran un par de estrellas a la espera de que algo ocurriera. Pero las palabras no parecían querer salir del pecho de Cho Sang-woo.

Así que se acercó, tímido e inexperto. Gi-hun observó sus labios, leyéndole la mente y acabando con la distancia. Fue la segunda vez que Sang-woo sintió que el mundo comenzaba a girar en sentido opuesto.

Pero ahora era diferente. Le mareaba de una forma placentera. Era su primer beso, el salón olía a cereza artificial cortesía del limpiador multiusos. La boca de Gi-hun resultó ser como cada centímetro de su bendita existencia: abrasadora, dulce, sabía a vida. 

Y si antes había querido un botón para detener el tiempo, ahora necesitaba uno para repetir momentos. Una y otra y otra vez hasta que la realidad se rompiese. 

Se separaron con una pequeña carcajada por parte de Gi-hun. No de burla, sino de felicidad.

Aquella tarde Gi-hun rio tanto que terminó contagiando a Sang-woo. Y el beso y su risa y las cosquillas que sintió las empacaría Sang-woo en su maleta el día en que se marchara a la universidad, así como también las llevaría en su bolsillo durante el resto de su biografía.

Pero aún faltaban meses y muchos árboles por florecer para llegar a eso. Sang-woo trató de no preocuparse (demasiado) por el mañana. No cuando tenía a Gi-hun tomando de su mano, haciéndose ambos una promesa silenciosa. Que el porvenir era incierto, que la economía un desastre, que si el mes entrante llegaban los aliens y una guerra comenzase, bueno, no importaba, al final siempre se encontrarían el uno al otro. 

Y que si Sang-woo caía, que si ambos fracasaban, que si Gi-hun se perdía en el camino de la vida, ¡qué más daba! Ahí, en una cándida sonrisa, en un hombro amigo, en labios cómplices e inocentes, ambos tendrían algo especial que podrían llamar hogar.