Work Text:
Esa noche Craig Tucker ora arrodillado delante del altar, pidiéndole a Dios que lo perdone por sus pecados. Pidiéndole que lo ayude a redimirse de todo mal cometido. Pidiéndole misericordia bajo el manto oscuro que cubre la parroquia.
El silencio lo rodea, no hay nadie más que él en ese momento; solo rezos asfixiantes. Sus labios se mueven silenciosamente y de forma rápida; sus manos presionan contra su pecho entregándose a la mayor divinidad que lo cuida, porque sabe que ha cometido uno de los peores pecados posibles. Y lo vuelve a recordar cuando oye pisadas serenas caminando detrás suyo.
Lo está observando.
"Santificado sea tu nombre".
Los pasos a pesar de ser pacientes traen consigo la más cruda crueldad mientras se acercan cada vez más a Craig. Pronto se siente una brisa helada. La puerta está cerrada, no hay ningún ventanal abierto, así que sabe perfectamente que solo puede ser una cosa, sin embargo, no mirará atrás. No volverá a enfrentarlo.
"Venga a nosotros tu reino".
Porque cuando lo enfrentó, le trajo la desdicha, abriéndole un camino de pecaminosidad. Lo guió entre un sendero malicioso haciéndole dudar de sí mismo.
El ruido se detiene. Todo vuelve a quedar en total silencio. Una sensación helada se apoya sobre su hombro, las uñas brillantes negras se aferran poco a poco en la tela de su sotana, arrugandola. Craig tiembla bajo el toque indirecto, esos mismos dedos son los que le mostraron una verdad agraciada como también la desdicha. Intenta agarrar la palma, no obstante, esta pone más peso y rudeza en su hombro causándole una incomodidad dolorosa como si fuese a quebrarle los huesos, de hecho, puede jurar oír el quiebre de ellos cuanto más peso lo aplasta.
Al lado de su oreja hay un susurro:
—Ora más fuerte, que tu Dios te escuche.
"Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo".
El aliento cálido lo hace temblar, se encoge en su propio sitio con las piernas entumecidas y las rodillas ardiendo de dolor por estar forzosamente de rodillas ahora. Un par de brazos rodea su cuello, la tela negra del Hábito* es visible ante los ojos de Craig; aquél maldito está manchando una vestimenta pura al usarla, sin embargo, es su propia culpa, porque él le dió la idea de vestirse así hace mucho tiempo, creyendo en mentiras que se convirtieron en falacias*.
El ser detrás suyo sisea: —Pastor*, ¿Por qué no ora? ¿No es usted quien debe guiarnos al camino de "nuestro señor"?
Hay burla en sus palabras, cada oración es escupida con ironía, y Craig odia eso.
Un nuevo quejido escapa de su boca, la lengua de su verdugo rastrillea una de sus mejillas, humedeciendola en saliva caliente que parece quemarle la piel luego de unos segundos. Cierra los ojos con fuerza, volviendo a mantener su postura recta de rodillas con las manos recogidas a la altura de su tórax para volver a rezar, esta vez dando un trago a su propia saliva duramente.
—Danos hoy el pan de cada día.
Perdona nuestras ofensas.
Cómo también perdonamos a los que nos ofenden.
Y no nos dejes caer en la tentación...
Su cuello es forzado a ladearse vulgarmente, un par de dientes filosos sobresalientes rasca la piel sensible, el dolor se expande a través de sus tejidos cuando estos presionan y un sonido de ruptura se oye al hundirse el par de caninos en su piel. Se retuerce mordiendose los labios acallando el rezo, un sabor a metal oxidado le baña el paladar; Craig tiene la boca llena de sangre.
—"No nos dejes caer en la tentación" —repite repite el hombre detrás suyo, relamiéndose la boca ensangrentada —. Pero tú has sucumbido. ¿Por qué siempre eres un maldito cínico e hipócrita, pastor?
—Tweek, basta.
—Sigue, quiero seguir oyendo cómo insultas a tu padre escupiendo tus rezos sucios —el demonio le susurra pareciendo que está apunto de ronronear contra su oreja.
Craig sabe que nunca debió abrirle las puertas al demonio de melena rubia. Sabe que nunca debió escuchar las palabras llenas de falacias que lo hicieron confundir. Sabe que no debió dejarse llevar por una cara lastimosa y vulnerable que se le mostraba; porque bajo ella no existía ni una pizca de misericordia ni pudor, solo delirios que lo llevaban al filo de un hilo.
—Y líbranos del mal.
Cuando dicho verso salió de sus labios, los brazos rodeandolo el cuello por detrás se esfumaron abruptamente. Un tirón en su cabello lo hizo salir de su confusión momentánea, su cabeza echada hacia atrás rudamente, la visión perdida en una neblina de lágrimas esporádicas haciéndole perder el valor.
Frente suyo la cara de su verdugo se presentó. Un par de ojos celestes como el cielo con destellos dorados casi igual al oro lo miraban retadoramente sosteniendo entre los labios una gélida sonrisa titubeante que podría quebrarse tal cual porcelana estampada. Las hebras doradas estaban cubiertas bajo la capa de tela blanca y negra de la cofia que se supone y daba una presencia a su "pureza"; pureza inexistente. Esa imagen era mentira, una fachada que tiempo atrás ambos decidieron en utilizar para que el demonio pudiese quedarse.
—No puedes librarte del mal que tú dejaste entrar.
Tweek estira más, inclinando mucho más la cabeza de Craig hacia atrás, dejando expuesta la piel clara de su cuello con manchas sangrientas provinientes de la herida anterior aún abierta. La manza de Adán se mueve de arriba hacia abajo temblorosa, teniendo una respiración agitada.
—Dios no te oye, no quiere librarte del mal, porque yo sigo aquí.
Las lágrimas caen de los ojos de Craig sin poder contenerse más. Ellas le pican la cara arrastrándose por sus pálidas mejillas moribundas. Tiene miedo de que ambos sean descubiertos, porque es media noche.
En cambio Tweek parece totalmente divertido al ver el rocío salado rodar sobre esa marchita piel. Le encanta verlo llorar y así saber que está ganando, pero también odia verlo de esa forma, porque no quiere ser temido por él.
Ambos están mal. Han perdido la cabeza al tambalearse en el hilo. Un ciervo y un diablillo que cometen una de las peores penas.
—Deja de rezar.
—... Amén.
