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—Sensei, ¿estás ahí? —sonó una voz potente en las afueras de la habitación. El llamado suspiró levemente, reconoció su voz, aunque ¿cómo no hacerlo? Sabía que estaba siendo un gallina en esa situación. ¿Qué suceso impedía al gran Kishibe Rohan controlar sus emociones?
Era verano, una semana de vacaciones había sido otorgada al mangaka de pelo verde debido a su duro trabajo y empeño. Era merecido, lo sabía mejor que nadie, incluso mejor que su conocido entrometido, Josuke Higashikata. Y es que estuvo insistiendo desde las anteriores dos semanas para pasar 3 días a su lado. Rohan Kishibe claramente no entendió las intenciones, pero se negaba rotundamente a pasar tanto tiempo con quien aseguraba odiar con su alma entera. Rohan accedió pesadamente a las súplicas del menor, no le quedaba de otra o eso pareció entender.
Ahí comenzó el problema. Él no confiaba en Josuke ni pretendía hacerlo. Sin embargo, para poder meterse en la piscina del hotel que el de pelo azul había pagado para esa noche, debía ponerse el bañador.
Ese maldito y condenado bañador.
Ese bañador que dejaba al descubierto su pecho, sus curvas no deseadas y los golpes que se ocultan en tanta ropa. Rohan tenía tanto que ocultar y nadie parecía saberlo. Las quemaduras que habían quedado como vagos recuerdos tenían el significado de la misma muerte. Recordaba bien a Reimi, a su vecina y mejor amiga de la infancia, ese día calcinada y mutilada. Y el fuego que tocó su piel le perseguía incluso varios años después. No disfrutaba mostrando su cuerpo, el único lienzo en el que no podía borrar los daños una vez pintados. Sin control alguno de su apariencia en sentidos traumáticos, pretendía ignorarse físicamente durante todo el tiempo posible. Tal vez por eso se tachó a sí mismo de asexual por años, sabiendo que no era cierto.
Esos momentos de aquella noche eran diferentes. Josuke continuaba golpeando la puerta con pesadez, como si no hubiera sido oído con el primer golpe. Rohan tomó una camiseta corta que había traído a sus pequeñas vacaciones, y se tapó su imperfección con la prenda. Así es como se sentía más seguro. Así era más atractivo, hermoso y… Perfecto.
Segundos después, abrió la puerta y adoptó su mueca de enfado habitual en cualquier conversación con el de ojos marinos.
—¡Ya estoy, maldito crío! ¡Qué impaciente eres! —se quejó Kishibe, desviando su mirada al instante para no enfrentar los zafiros energéticos que tenía el menor en sus iris.
—¿Eh? —le interrumpió el otro —, ¿por qué no te quitas la camiseta, sensei?
—Notein.
—¿Notein? —repitió Josuke.
—No te incumbe.
El de pelo verde caminó fuera del cuarto mientras hacía oídos sordos a las nuevas quejas del menor. Era tan fácil enfadar al chico, ni siquiera lo intentaba pasados los años. Conocía las reacciones que Higashikata tenía a cada palabra. Se volvió sencillo entender que Josuke no sería una persona pasajera en su vida, no, como una mosca le perseguiría el resto de sus días sin su consentimiento. Sabía a la perfección lo curioso que era el chico, y lo insistente que era hasta en las peleas. Era inevitable fijarse en él, y para Rohan era imposible apreciarlo.
Josuke, sin pensar del todo en las consecuencias de sus acciones, siguió sus instintos predominantes en el mismo instante. Así, calló las palabras del mayor y se apoderó de sus caderas con sus largas manos. Con sencillez le atrajo a su cuerpo, bajando su cabeza de manera que pudieran chocar sus labios con el cuello contrario. El acercamiento provocó una oleada de escalofríos en el mangaka, sumado a una tensión en sus hombros. Josuke acomodó sus manos sobre la cadera desnuda de Rohan, dentro de su camiseta.
—Sensei, quiero verte sin camiseta… —murmuró el más alto, como si tuviera algún derecho de pedirlo. La situación estaba a su favor. Kishibe había dejado de pensar por unos largos segundos. Su grave voz haciendo presión en su sensible cuello había dejado su piel de gallina. Rohan odiaba aquellos momentos donde no se controlaba a sí mismo.
—No, Higashikata —trató de sonar amenazante, aunque las amenazas nunca servían contra el menor.
—¿Por qué no? No he dicho nada sexual, es sólo una camiseta. ¿Por qué no te la quitas?
Rohan bajó su cabeza, tal vez para ocultar su claro sonrojo. Comenzaba a entender por qué Josuke le había invitado al hotel en sus vacaciones. Había una clara tensión sexual entre ambos, desde el primer momento que se conocieron. Y los años pasaron hasta que se hicieron ambos adultos, y esa tensión nunca se fue. Se intensificó como un volcán a punto de explotar. Kishibe lo ignoró o lo intentó, pero se veía que Josuke estaba seguro de lo que era capaz de suceder con el mangaka.
—No me la voy a quitar.
—Dime por qué entonces, Kishibe —advirtió Josuke, recibiendo como respuesta un pequeño espasmo por parte de su sensei. Pocas veces le llamaba por su apellido o nombre, ya que sabía que sería golpeado por éste, pero en esa situación no le importó probar. Para su suerte, ninguna pelea se formó a base de la forma en la que lo llamó.
—No te lo diré, no mereces sa- ¡Josuke! —se interrumpió a sí mismo con un quejido, claramente sin dolor. Las manos que descansaban en su cintura comenzaron un recorrido por sus abdominales algo marcados, mientras a su vez subía la fastidiosa prenda. Rohan forzó contra los brazos del peli azul, mas el menor seguía siendo más fuerte incluso tras tantos años —. ¡Para!
Josuke paró sus manos, y en el camino se mordió el labio inferior debido a la suave textura que tenía el cuerpo del mayor.
—Pararé si me das una explicación. Tampoco es que te quede de otra.
—¿Por qué coño te interesa ahora saber de mí, maldito Higashikata?
—Llevo años —quiso recalcar Josuke —, más de 3 años, esperando que algún evento espontáneo, ya sea verte recién saliendo de la ducha, ya sea verte en una maldita playa o en la piscina de Morioh, de cualquier manera, lograse permitirme ver tu cuerpo. La imaginación ya no me sirve a estas alturas. Necesito saber cómo te ves de verdad, sensei. —Rohan seguía intentando alejar los brazos de Josuke, en un intento de parar lo inevitable. No quería que fuera justamente Josuke el que juzgara el peor dibujo que Rohan tenía.
—Higashikata, lo que quieres ver es una inutilidad. Es repugnante y totalmente estúpido. No puedo creer que seas tan pesado con ese tema.
—No me creas entonces —susurró Josuke antes de clavar sus dientes sobre una zona pequeña en el cuello del mayor. Éste elevó la cabeza involuntariamente, callando el jadeo con sus dientes forzados a tensarse. Josuke subió la camiseta hasta ser capaz de tocar los botones rosados de Rohan. Eran exactamente como los imaginaba, probablemente con una textura más ideal y algo erectos por la estimulación que parecía ser la mordida en el cuello. Higashikata no se detuvo ahí; sus manos recorrieron la espalda del mangaka, y Rohan hizo un quejido más alto cuando Josuke encontró una parte extraña al tacto.
—¿Sensei? ¿Vas a dejarme ver qué es? —Josuke preguntó con tono irónico.
—Vete a la mierda… —espetó el otro, lo cual tomó como un "sí".
Higashikata alejó con calma al de pelo verde, y sacó la camiseta a regañadientes del contrario. Las quemaduras ya sanadas se multiplicaban por su espalda vulgarmente, llegaban hasta la parte frontal la cual Rohan siempre llevaba cubierta. El rojizo con una gama más rosada contrastaba con su piel naturalmente beige claro. El de pelo azul acarició cuidadosamente las marcas, llevándose un bufido por parte del contrario.
—Idiota…
—¿Por eso te cubrías? —Rohan soltó una risa sonora.
—Tampoco es tan difícil intuir.
Josuke calló su respuesta bromista, no parecía el mejor momento.
—No lo entiendo, sensei. —El menor volvió a tomar la cintura del chico, pero éste fue rápido y se liberó del agarre y se dio la vuelta para por fin estar cara a cara con el miedo, con la desaprobación.
—Higashikata, esas quemaduras y marcas se me quedarán ahí para el resto de mi vida. Me recordarán lo que ocurrió con Reimi, y no estoy orgulloso de tenerlas. Me duele recordarlo y me duele no poder cambiar las marcas que tengo. No quiero que nadie opine de mi maldito cuerpo, de una tontería imperfecta que no puedo arreglar, por más que lo intente. No puedo cambiar lo que más odio de mí. ¿Estás contento?
Kishibe retenía la rotura en su voz con el ceño fruncido, fingiendo enfado y buscando un tono de regaño. La actuación no era capaz de persuadir sus sentimientos reales, y menos con Josuke.
—No, no estoy contento —replicó el menor —. Como has dicho, se quedan ahí toda tu vida, no puedes cambiarlas, tienes que vivir con ellas. Pero fue algo que pasó y que no cambiará. ¿Por qué odiar el pasado? Yo también tengo marcas. Yo tengo el dolor de no haber salvado a mi abuelo, es un peso que llevo todo el rato. Pero no puedo pasarme la vida culpando mi error porque me pierdo a mí mismo. Mi abuelo no estaría orgulloso de verme odiándome. Reimi no quiere que te odies, ni su familia.
El mangaka odiaba admitir lo correcto que se encontraba Josuke en sus palabras, o peor aún, que ese idiota le había aconsejado mejor que nadie sobre su mayor inseguridad. Rohan giró su cabeza y llevó una mano hacia su cuello, expresamente a la zona antes mordida.
—Sensei —le llamó Josuke.
—¿Qué?
—Me gusta tu cuerpo.
El llamado abrió sus ojos notando un rubor en su rostro. Josuke sabía cómo relajar sus miedos, y era totalmente repudiable, pero no había mejor sentimiento que el creer en un cumplido que es dicho con verdadera sinceridad.
Rohan entendió que la conversación no necesitaba continuar, además de que confiaba involuntariamente en las oraciones que le había dedicado ese chico. Puede que sintiera odio hacia él, pero tocó su corazón de forma inevitable.
El menor tomó las manos del mangaka, frías por el poco calor en el ambiente, y caminó hacia la piscina en frente de ambos chicos. La noche se había vuelto el único público en el baño compartido. Las únicas luces alumbrando a los jóvenes eran los 6 focos por dentro del agua y la misma luna, en estado creciente.
Rohan fue quien dio el primer paso para adentrarse a la tranquila marea. La esperaba más fría a decir verdad. Nadar ayudaría a relajar sus pensamientos, además de que añoraba el tacto del agua. Pensó en la seguridad repentina que tuvo gracias a las acciones del menor. Adoraba ese sentimiento, por lo que decidió hundirse en él. Una vez metió su cintura, giró su cabeza hacia su compañero. Josuke sonrió instantáneamente y entró en contacto con el agua en pocos segundos. Los dos sumergieron sus pectorales y acabaron con el cabello mojado y echado para atrás. Así, retumbaba el sonido de sus piernas empujando el agua y sus respiraciones curiosamente coordinadas.
Nadaron por unos minutos, acogiendo la tranquilidad de la medianoche, después decidieron apoyar sus brazos en unos bordillos que rodeaban la cristalina piscina.
—Sensei… —comenzó Josuke la conversación en un susurro, pues era fácil escuchar al otro en una noche tan silenciosa.
—Dime, Higashikata —respondió un brillante Rohan, con los ojos reflejando las galaxias hechas olas diminutas en el agua que les rodeaba. Josuke quedó prendado, como había quedado años atrás, en una situación mucho menos íntima. Definitivamente se alegraba de haber descubierto ese Kishibe Rohan, tan único y perfecto.
—¿No crees que es esto lo que necesitabas? —Rohan tenía dos puntos para interpretar. Necesitaba nadar, silencio sepulcral por unos minutos, además de compañía que fuera capaz de mínimamente disfrutar. Pero lo que más necesitaba era la seguridad en él, en quién era, en su belleza y gracia; necesitaba unos ojos llenos de seguridad que pudieran verle hermoso aún mostrando sus mayores defectos. Había encontrado ambas situaciones en el momento idóneo.
—Sí, lo necesitaba —respondió sin saber de cuál de las dos necesidades hablaba —. Tú también necesitabas esto, por lo que he entendido.
—¿Tiempo con sensei? Siempre lo he necesitado —volvió a murmurar, dejando sus brazos dentro del agua nuevamente y nadando hasta donde se encontraban los escalones de la salida.
Rohan le siguió, pero ninguno de los dos salió del calor que daba la piscina. En cambio, solamente se sentaron en aquellas extensas escaleras, capaces de tener tumbado a cualquiera. Las manos de ambos, arrugadas por el efecto del agua, se encontraron en un momento de despiste. Fueron entrelazadas sin necesidad de palabras. Kishibe no supo la razón por la que quería más de su menor aquella noche.
—¿Está bien si te llamo por tu nombre, sensei? —preguntó íntimamente Josuke. El receptor quiso negarse al segundo, pero la mirada que recibió le llevó al mismo Edén.
—Sólo esta noche, Josuke.
Y Rohan juró que estaba bajo una droga repentina, porque su cuerpo actuó por su cuenta con lo que vino después. Josuke susurró deseosamente su nombre, "Rohan". Volvió a nombrarlo con su mano tomando posesión de su cadera, "Rohan…". Lo nombró en el más delicado de los susurros, chocando las sílabas en los labios del mangaka. "Rohan…".
Un beso húmedo se formó como la nueva corriente en el agua de la piscina. El chasquido entre sus lenguas se volvió el sonido principal del área. Los dedos expertos del mayor se enredaron en el largo cabello del que disponía Josuke, y así pudo atraerlo para profundizar sus acciones, mientras se encargaba de callar sus leves gemidos en la boca del contrario. El menor se dedicó a descubrir cada porción de cada músculo que tenía su amado, logrando espasmos en el camino.
El calor invadió a ambos cuerpos, los cuales se aferraron sin siquiera controlarlo. Los movimientos de pelvis que Rohan hacía dejaron de ser lentos, al contrario, mostraban frenesí, lujuria y cordura pendiente de un hilo. Aunque no necesitaban la cordura en aquellos momentos, estaban fuera de sí. La ansia apoderó sus cuerpos y nubló sus mentes, liberando el anhelo sexual que comenzó años atrás.
En una pausa del potente beso donde Kishibe buscó respirar, un jadeo inintencionadamente alto salió de él, ya que los dedos del menor habían acariciado el miembro erecto del mangaka. Josuke atacó su cuello, sabiendo lo sensible que sería al tacto, y aprovechó para dejar besos, lamidas, mordidas y marcas pequeñas que no debían durar más de 5 días (en caso de que Rohan odiase el recuerdo de aquella noche). Kishibe no se quedó atrás, sorprendentemente; él rozó la longitud contraria por encima de la tela del bañador con su pie, lo que provocó un gimoteo por parte del menor, acompañado de otros más a medida que Rohan continuaba la labor.
Los gemidos cálidos de ambos armonizaban creando una sinfonía perfecta e indicada para aquel preciso instante. En un abrir y cerrar de ojos, las prendas dejaron de incordiar en la unión. Los labios se juntaron, desesperados y llenos de un carnoso deseo. Higashikata dudó por unos segundos sobre la idea de penetración, por lo que Kishibe, al notarlo, cortó el beso y observó los instintos explotados de Josuke en su rostro. Parecía un depredador dispuesto a atacar, pero Josuke nunca le haría daño. Estaba seguro de aquello.
—Josuke… —le llamó en un tono demandante pero sensual —, ¿qué haces absorto en tus pensamientos?
El menor bufó en respuesta, pensó al instante en la suerte que tenía de ver tal Dios griego en sus brazos, a punto de caer rendido al placer.
—No quiero hacerte daño, Rohan… —pronunció con honestidad. Sus labios besaron más dulcemente las marcas que repartió por el cuello contrario. Marcas llenas de amor, de respeto y de orgullo. El llamado rió armoniosamente, era tal y como lo había pensado.
—No lo harás, solamente no pares ahora.
Fue la oración clave para hacer desaparecer cualquier inseguridad en la mente de ambos jóvenes.
Josuke acostó a su amado Rohan sobre la escalera menos dolorosa para su delicada espalda; y la visión de un tumbado peli verde desnudo, con el rostro rosado y los labios hinchados, además de las piernas abiertas esperando a su dominación fue la mejor imagen nunca vista y presenciada en toda su vida. Se encargó de tomar lugar en medio de sus muslos, piel contra piel, unión cubierta con el sonido del agua todavía presente. Josuke trazó un camino de marcas no dañinas empezando por su cuello y terminando sobre su nueva parte favorita: sus muslos marcados.
El menor sabía que Kishibe solía entrenar bastante y mantenerse en buena forma, aparte de comer saludable y mantener un buen horario de sueño. No imaginaba los frutos que daba tanta buena salud, y esos eran su levemente fornida silueta con sus muslos en forma y sus impresionantes movimientos de cadera, en forma de provocación, o tal vez anhelo.
Josuke en sorpresa del otro dio una lamida lenta al falo contrario, logrando un gimoteo por parte del mangaka. Después chupó la punta de éste, con la tonta comparación a cualquier helado. Luego continuó con toda la longitud, volviendo loco a su amante entre jadeos y corrientes eléctricas. Mantuvo sus provocaciones a la misma vez que la mano de Kishibe despeinaba sus mojados mechones, en estado de éxtasis.
—Para, Josuke… —pronunció entre quejidos Kishibe, con un apretón en su cabello. Él obedeció, mirando fijamente al hermoso hombre que tenía tumbado —, no aguanto más… —Y Higashikata podía confirmarlo con la agitada respiración que tenía su chico. Por mucho que deseaba provocar su primer orgasmo en aquella noche, apartó sus deseos y decidió centrarse en aquello que daría placer en ambos cuerpos.
El agua chapoteando alrededor calló los fuertes gemidos de Kishibe que sonaron como eco en la sala al introducir poco a poco los dedos finos en la entrada del peli verde. Era cierto que provocaba incomodidad al principio, pero Rohan, cerca del límite del gozo, tenía dificultad en diferenciar el dolor del placer. ¿Acaso estaba en celo cual animal? Porque nunca se había sentido tan sumiso y exasperado.
Josuke no era virgen, sin embargo era la primera vez que realizaba el acto con un hombre. Comprendía lo diferente que eran las anatomías masculinas y femeninas, y ambos los encontraba lujuriosos. Con el calor esparcido en todo su cuerpo y una mirada de lince chocando con su mangaka, sacó los 3 dedos húmedos y los sustituyó con la punta de su miembro, la cual se adaptó sin problemas al pequeño agujero del chico. Kishibe tensó sus hombros, con sorpresa. Sus uñas algo largas amenazaron con clavarse en los brazos del menor, y mordió su labio inferior con esperanza de calmar sus aullidos.
—Dime si quieres que pare, Rohan —pidió el peli azul en aquella voz ronca de satisfacción. El llamado se sorprendió considerablemente, ¿cómo es que su Josuke había crecido tanto? Ya no era el adolescente inmaduro que perseguía sus pasos mediante peleas. Era un adulto, como él, un adulto musculoso y decidido, hecho y derecho como se solía decir. Había crecido tan lentamente que el cambio sofocó al artista en un sólo segundo.
—No pares —repitió el peli verde, y agradeció que todos durmieran en ese apasionante hotel. Los vulgares sonidos no saldrían de la sala con piscina en la que se encontraban, las paredes retenían cualquier eco. Era el mejor momento para dar paso al alivio.
Josuke entró por completo y con cautela en el otro, acompañando el momento con jadeos y besos distraídos en sus labios. Rohan tomaba bocanadas grandes de aire, cegado por la oleada de placer que llevaba sintiendo por un buen rato. El menor esperó a la adaptación del peli verde, comprendía lo doloroso que debía ser ese ingreso. Los siguientes minutos fueron protagonizados por besos suaves, amorosos, muestras de todo aquello que prometían no experimentar. Sus respiraciones hechas una melodía carecían de defectos. Rohan mordió y succionó los labios del peli azul, abrumado por las atenciones físicas que recibía. Los escalofríos se habían vuelto constantes tras su espalda. Dejó de importarle el mantenimiento de su pulcra imagen; necesitaba desesperadamente ser tomado en todo su esplendor por quien tenía las mismas necesidades.
Kishibe bailó contra la piel del otro, indicando cuánto quería continuar las oleadas placenteras. Josuke no se tomó más tiempo y empujó su extremidad profundamente en el cuerpo de su amante. Las olas en la piscina ganaron sincronización rápidamente con las embestidas del menor. Era una danza improvisada que daba sus frutos expresados en gimoteos y súplicas. Josuke buscó formas de incentivar el éxtasis, como llevando una de las piernas del chico por encima de su hombro; Kishibe arqueó su espalda en clara respuesta. También funcionaban las succiones por su enrojecido cuello, que provocaba arañazos más fuertes por la espalda del menor. Rohan en un impulso mordió el lóbulo de una de sus orejas, liberando ahí un gemido entre los muchos que sofocaban el ambiente. Josuke jadeó fuertemente por el estímulo, fue un sonido perfecto así como era Rohan.
Se volvió una guerra de estímulos donde ambos juraban tocar el cielo entre el agotamiento y el frenesí del momento. De esa manera, el orgasmo más grande de su vida chocó a Rohan, obligándolo a subir la cabeza con sus ojos cerrados y gemir el nombre del contrario en un arrebato. La imagen fue suficiente para provocar el final simultáneo del peli azul, susurrando el nombre de su amado como copia. Ambos recibieron una oleada inmensa de emociones en pocos segundos, y justo después un cansancio igual de grande los azotó, dándose cuenta de la poca fuerza que poseían en sus cuerpos tras tal acto. El cuerpo del mangaka temblaba entre los espasmos de la reacción, mientras que las manos de Josuke apretaban sin pensarlo las caderas del mayor. Jadeaban intensamente, Rohan retenía las lágrimas placenteras que quedaban por sus ojos y el contrario apoyaba sus brazos temblando en el suelo. Josuke observó el rostro descompuesto de su chico, con sus fornidos muslos presionando en su propia cintura. Era complicado creer lo que acababa de ocurrir, aunque eso no era de importancia.
Josuke, ignorando el sudor y otros fluidos que rodeaban ambos cuerpos, envolvió a su amado en un abrazo fuerte, seguro y protector. Podía notar el desbocado corazón de Rohan chocar con el suyo, también apresurado. Ninguno era capaz de formular una sola palabra, sólo querían disfrutar la conexión que eran incapaces de romper.
Rohan susurraba el nombre contrario, no había ningún motivo en especial, solamente quería obligarse a recordar que ese nombre era el nombre de aquel chico que tanto odiaba, ese chico que había provocado la mejor sensación que tuvo en todos sus años de vida. El chico llamado mantuvo silencio, con la cabeza probablemente en las nubes, pero apretando sin miedo el cuerpo del mangaka.
Kishibe se fijó involuntariamente en un río pequeño de sangre detrás del hombro de Josuke. Fue ahí cuando vio que no se controló ni un poco; los arañazos en la espalda del menor contenían un poco de sangre en algunas líneas horizontales e irregulares. Los arañazos en el momento de éxtasis, recordó Rohan. Se preocupó al instante.
—Te he hecho sangre… —dijo con la voz ronca chocando en el oído del chico.
—Está bien —Higashikata besó su cuello con ternura —, así tengo marcas tuyas, Rohan.
El peli azul acarició con más cuidado las quemaduras sanadas que Rohan tenía en la espalda. Aquellas que tanto daño le habían hecho pasados los años. Acto seguido, el artista rodeó el cuello contrario con sus brazos para así acomodarse encima suyo. El miembro de Josuke dejó de invadir la piel contraria, provocando un quejido pero más comodidad. Rohan se quedó sentado en su regazo, mordiendo su propio labio con una leve vergüenza subiendo por sus orejas.
Kishibe, incluso con la vergüenza y el cansancio, sonrió honestamente y aumentó la cercanía, encantado por las caricias. Tal vez esas marcas le harían daño el resto de su vida, pero aprendió que hay caricias que curan cualquier rotura.
—Rohan, ¿estás bien? —habló Josuke sin necesidad de cortar el momento de cursilería. La intimidad del abrazo que el chico daba le estaba sorprendiendo.
—¿Desde hace cuánto te gusto, Josuke? —preguntó el otro, distrayendo su vergüenza en las caricias sobre la nuca del peli azul.
—No me gustas, Rohan. Estoy enamorado de ti.
El mayor rió para no hacer caso a las mariposas depositadas repentinamente en su estómago.
—De acuerdo, romántico, ¿hace cuánto estás enamorado de mí?
—Pues… —Josuke elevó su cabeza y repitió la risa que había hecho Kishibe —, hace años perdí la cuenta. Puede que me hubiese enamorado antes, pero estuve ciego para verlo hasta tiempo después. Lo que sé es que me sigo sintiendo igual cada día, a cada hora, a cada minuto… Como ahora.
Kishibe escuchaba sus palabras sin inmutarse. El agua detrás suyo se había relajado, al igual que su cerebro se había centrado. Estaba consciente de lo que había hecho, y estaba todavía más consciente de que repetiría lo hecho si la ocasión se plantara delante suyo.
—¿Tú me sigues odiando? —cuestionó Josuke en una pregunta vacía.
—Dudo del desprecio que juraba tener…
Esta vez fue Josuke quien se asombró más que nunca. El tono calmado y terso aseguró la verdad en sus palabras. Por muy imposible que fuera creerlo, Rohan había confesado sus verdaderos sentimientos. Solamente dijo que no le odiaba, cierto; pero dentro suyo Kishibe se percató de que le gustaba ese idiota. ¿Cuándo empezó a cambiar el odio? ¿Acaso existió en algún momento? Tenía dudas que nunca serían respondidas.
—Rohan — El llamado saltó un poco en su postura, pues dejó de escuchar el exterior —, ¿qué haces absorto en tus pensamientos?
Fue la misma pregunta que el artista le hizo cuando no tenía que pensar en la razón por la que quería besarle. Simplemente lo hacía, sin miedo alguno. Y ahora, cualquier movimiento en falso podría romper el puro corazón de oro que Josuke poseía. No perdonaría cometer un acto tan cruel. No quería dañar los sentimientos del menor, por primera vez en su vida.
—Ya eres un hombre y entenderás mi posición. No somos complementarios como pareja. No podemos pasar un día sin pelear. No podemos estar juntos.
Josuke vio las intenciones bajo esas razones. Rohan también sentía algo por él, algo tan intenso y tenue que le asustaba más que cualquier herida. Esa debía ser su mayor inseguridad. El miedo de amar.
—¿No podemos estar juntos? ¿Acaso lo hemos intentado? No veo que hayamos peleado hoy. Claro que podemos funcionar. Sólo hace falta intentarlo… Esta noche —contestó con más tranquilidad Higashikata.
La luna brilló con más intensidad, ellos vieron la oportunidad dentro de la esperanza. El mangaka cedió, tardando poco en hacerlo.
Kishibe fue quien juntó sus labios en un beso romántico, Josuke fue quien volvió a estimular a su amado durante toda la noche, en su cuarto privado en aquel hotel.
Rohan necesitaba esas vacaciones.
