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Puede ser que Reiner hubiera vuelto. Sí, estaba finalmente en Marley, reuniéndose con su familia, la que tanto le había esperado. Se sentaba en la mesa a comer y conversaban sobre aquellos años en Paradis, que tintaba de tanta tragedia, aún si la verdad más profunda dentro de sus sentimientos era que el verdadero Reiner aún seguía anclado a Paradis.
Era posible que Reiner se encontrara charlando con su prima Gabi y que les comprara un helado a sus amigos, podía decirle a Pieck que era bueno verla después de tantos años, presagiar a Poco el profundo arrepentimiento que sentía por todo lo sucedido con su hermano, o planear con Zeke una estrategia de batalla para cuando esos llamados “demonios de la isla” vinieran de visita, pero la realidad era que Reiner simplemente no se encontraba ahí.
Reiner, espiritualmente, seguía en Paradis, atado a sus amigos, y no se refería únicamente a Annie y al recientemente fallecido Bertholdt. Aquellos años de la legión de recomendación de la isla eran la realidad mental de la que Reiner no se encontraba totalmente hábil de despegarse.
Aún así, esa realidad alterna en la que tanto le gustaba vivir no traía nada de positivo, pues el rubio cargaba en su interior con un profundo pesar; no era capaz de conciliar el sueño, pues el pasado le perseguía. Aquellos primeros días tras llegar a la isla habían supuesto una pesadilla que se repetía constantemente en sus pensamientos, y los graves errores de lo ya ocurrido se presentaban con agresividad en su presente. Tampoco había dejado de pensar en Eren, y temía, pero también ansiaba, su llegada a Marley. Sabía que ocurriría algún día.
Eren se presentaba por las noches en sus sueños más nefastos como una especie de fuerza sobrenatural, y sobre todo psicológica, que buscaba ahondar en todo por lo que sentía arrepentimiento.
Y aún así, era todo lo que Reiner quería, porque probablemente nadie entendería mejor su arrepentimiento que él.
Ya inmerso en su sufrimiento, Reiner reflexiona en las noches más frías sobre dónde y cuándo empezó todo.
Quizá fue cuando Marcel murió, o cuando su padre le gritó poco antes de marchar hacia la isla Paradis, matando así tantas ilusiones. O quizá todo es una consecuencia de su entrada al ejército de Marley. Probablemente todo haya ocurrido porque él había nacido en un principio.
Reiner se queda fijo a esa conclusión, y siempre que tiene insomnio, que suele ser la gran mayoría de las noches, mira la escopeta que está al lado de su cama y se pregunta cuánto tardará en acercarla a su alma, que él siente tan inerte, y apretar el gatillo.
Pero aún así no lo hace, y no es porque Reiner crea que puede encontrar o pedir algún tipo de redención por todo el mal que ha hecho, ya que las personas que han muerto por su culpa jamás volverán y todo el sufrimiento que ha causado jamás será redimido, sino porque siente que si desapareciera del mundo, volvería a fallar a las personas que quiere en el presente. Y es que, cuando mira al rostro de Gabi y Falco, siente que su máxima responsabilidad es hacer que jamás dejen de sonreír.
Aquella fue la conclusión a la que llegó Reiner el día que intentó acabar con su vida. Debía luchar por ellos; permitirles encontrar el futuro que había arruinado a tantos compañeros suyos.
Ya no podía seguir viviendo en Paradis, no sería justo para ellos.
Aún así, Reiner se levantó aquél día con la misma pesadumbre que le rodeaba diariamente. Quizá un tenue rayo de esperanza tenía la intención de iluminar ese pensamiento, pero aún faltaba tanto.
Y por si su situación no fuera ya demasiado deprimente, a las pocas horas apareció un invitado especial.
¿Podría haber acaso otra persona que materializara mejor todos sus errores del pasado? Reiner tenía claro que no.
Eren Jaeger era el chico que encontró y que aceptó como amigo. El más pequeño veía en él a un hermano mayor… Y Reiner intentó ocultar que veía en él a un demonio que debía destruir tarde o temprano, adaptándose a la visión que los compañeros de la legión tenían de él; una completamente contraria a la de la cruel realidad a la que tenía miedo de enfrentarse. Quizás fue ahí cuando realmente empezaron los problemas.
De todas formas, ya las lamentaciones del pasado no servían de nada, así como refugiarse en las fantasías de sus vivencias en Paradis. No le ayudarían de nada ahora, en un presente casi tan oscuro como el futuro que le acechaba. Simplemente debía aceptar que aquella historia que él mismo se montó en su frágil mente sobre sus amigos de la legión ya no era más que una foto que había sido quemada junto con los recuerdos felices del pasado, y la persona que se encontraba delante suya era la encargada de transmitir aquello, pues todas sus acciones, desde su propio nacimiento hasta el último segundo que estuvo en la isla de Paradis habían conducido a… Esto.
A perder a todos sus amigos, y a él mismo en el proceso.
