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Lágrimas y lágrimas que caen por la acción gravitatoria, saladas y hermosas a los ojos del espectador, con su forma redondeada y perfecta danzan por mis mejillas. Todo se siente tan vacío, tan lleno de nada, tan oscuro. Y en medio del absoluto sufrimiento es majestuoso ver a la luna desde el único hueco donde la luz se cuela por las onduladas cortinas. Me inquieta el hecho de que pensamientos tan tontos son los que me detienen y relajan por algunos segundos, frenando gradualmente el flujo de mis penas.
Me despierto en una realidad diferente, un futuro que dista de los pensamientos sobre la muerte, que me obligan a sentirme decaído cuando ahora no me rodea más que alegría y promesas esperanzadoras. Estoy en una cama caliente, envuelto en los brazos de una mujer hermosa y maravillosa que me ama y me da una razón para seguir respirando. La pregunta es ¿Cuánto tiempo más podrá ser mi respirador?
Ella no sabe que he vuelto a visitar mi antigua casa, ni cuantas veces me he desplomado sobre el suelo por no poder soportar los recuerdos que yacen en ella. La casa en donde crecí, donde día a día iba muriendo un niño y naciendo un monstruo, donde me alimenté de rabia mientras moría de hambre, donde tiritaba de frío noches en las que me hervía la sangre, la casa donde mamá fue asesinada y yo me rompí en mil pedazos.
Hermione me unió con su toque, me pegó como pudo, como yo la dejé reconstruirme; pero sigo siendo una estructura al borde de caer. Ella sigue diciéndome esas palabras, que me fracturan y me deshacen la conciencia ¿Cómo puedo siquiera plantearme la posibilidad de perderme de esto? De dejarlo en segundo plano, opacado por mis malos pensamientos. Pero está esta maldita voz, cuestionándolo todo.
—Todo está bien ahora— me repite, pero yo no lo siento así. —Tú estás aquí— Pero mi mente no. —Calma mi amor— Ojalá pudiera pero es un sentimiento inmanejable.
Yo no estoy bien, no lo he superado, nada de lo que ocurrió dentro de esas cuatro paredes podrá perdonarse ni olvidarse; ninguno de los abrazos que faltaron, ni uno de los golpes que recibí. Y aun así no puedo deshacerme de esa casa.
Cuanta tentación me ha provocado visitarla, deseos profundos de quemarla y destruir todo a mi paso. Me genera el odio más puro y atrae nuevamente a mis ojos un llanto más desconsolado que el de la vez anterior.
Nunca le he dicho nada a mi esposa, pero cuando me mira fijamente, acariciándome el cabello como si fuera lo más importante del mundo, cuando se ve traicionada por sus reflejos, limpiándome lágrimas que aun no están ahí y que jamás llegarán (no en su presencia), sé que lo sabe.
Sé que lo sabe cuando me abraza por la espalda sin decirme nada, cuando el tiempo se detiene a mi alrededor, cuando me encuentro estático, paralizado en las memorias. Ella no me dejará caer, no permitirá que sea seducido por la melancolía, lo sé, siempre logra lo que se propone y yo no seré la excepción.
—Severus, te quedaste pensativo de nuevo. Ven, ya es hora de cenar.
—Ya voy querida.
