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Jana tiene una buena idea, posiblemente, por primera vez en la vida. Una idea muy de "reunión de secundaria", pero al menos funciona para no dejar morir la fiesta. Porque el alcohol se acaba y pusieron britpop en la bocina. El vaso de Luka es un océano ligero y no parece que vaya a llenarse con nada.
«Siete minutos en el cielo». Sin Nombre y un par de gente aleatoria se une. Luka no está seguro de qué hace ahí. Pero se queda cuando todxs comienzan a sentarse.
—¿Y la parejita del año está bien con todo esto? —pregunta el Colucci con sorna y un ademán, señalando la atmósfera entera.
—Obvio, es sólo un juego —responde Jana, haciéndose la chica simpática, con la sonrisa que combina, los lentes en forma de corazón (muy copados) y el paquete completo. Pero lo besa, para recalcar que Esteban de Puebla es sin lugar a dudas suyo.
Luka apuesta consigo mismo a que uno de los dos terminará celoso.
Es obvio. Y si hay una palabra para definirlos es: predecible. La estrella de pop y el don nadie talentoso. Nauseabundo. Cliché. El cabello de ambos es igual de lindo y hacen que los libros de romance heterosexual de Wattpad adaptados a películas de Netflix suenen originales y hasta interesantes.
Dixon se encuentra a su lado izquierdo, Esteban al noreste (con unos ojos asesinos, que, honestamente, son un poco graciosos en un rostro como el suyo) y un chico precioso vestido de rosa palo cuyo nombre jamás recordará lo observa enfrente.
Todos están a merced de una traviesa botella vacía que gira esa noche.
MJ y Jana son las primeras ganadoras de la velada. Ambas sueltan una risita nerviosa, medio despreocupada, que se pierde en el bullicio de la fiesta. MJ baja la mirada y tomadas de la mano se encierran en un clóset enorme.
Mientras ellas hacen quién sabe qué, el resto permanece reunido en círculo y platican sobre la escuela y ese nuevo chisme sobre la actriz de telenovelas y el cantante que le propuso matrimonio. Un montón de burlas y opiniones que nadie ha pedido. Luka permanece callado, más concentrado en cierto becado que se ha arrancado su disfraz de angelito.
Es decepcionante y al mismo tiempo se veía venir desde el Polo Sur. Y es que al final todos siempre quieren algo, ¿no? ¿Qué pueden ver en un Colucci, que no sea más que una bonita olla de oro al final del arcoíris, o la persona que puede darles las respuestas correctas, un medio para llegar a sus metas?
Se siente como un objeto costoso e inútil (pero lindo) de esos que tanto defienden los consumistas, que podrían comprarlo en las rebajas de verano. ¿Y lo que dijo Esteban con la voz más dulce que pudo inventarse, eso sobre ser amigos? Basura. Una trampa. Un engaño. Tú sabes, apuñálame por la espalda, yo te compro la daga. Pero está bien. Es mejor conocerlo sin su cáscara de niño inocente. Incluso se ve hasta atractivo con sus cejas perfectas casi uniéndose y sus brazos cruzados cual centinela.
Jana regresa sonrojada (Luka se da cuenta de la cantidad de boludeces que puede pensar en siete minutos). MJ sonríe, con esa reciente confianza que ha adquirido junto con su vestido prestado de diseñadora. Todos parecen interrogarlas con la mirada, pero ninguna dice nada. Si se la han pasado hablando de chicos, o si se besaron hasta que se olvidaron de la existencia de Esteban Torres, sólo ellas saben.
El juego continúa, Luka no es seleccionado ni una sola vez y se debate entre tener una suerte de mierda o una buena fortuna. ¿Realmente quiere estar encerrado durante 7 minutos con alguna de estas personas? ¡Por favor! ¿A qué callejón olvidado de un barrio inseguro fueron a quedarse sus estándares?
Pero entonces la botella del destino se detiene, con la boca apuntando al argentino y la otra parte al poblano. Karma, dharma, casualidad, burla de la vida. Luka no sabe cómo llamarlo. Podría ser nada y todo junto al mismo tiempo.
Los demás guardan silencio. Quizás son testigos de las miradas de molestia que Esteban le dirige a Luka. Quizás perciben que algo no marcha bien. Esteban, por supuesto, podría lucir más feliz en un maldito funeral de un ser querido.
—Bueno, ya fue, giren la botella de nuevo, que el Señorito Heterosexual aquí presente no va a entrar con otro hombre —comenta, mordaz, para disfrazar otra cosa que no piensa admitir.
—Pues yo no tengo ningún problema —responde Esteban, desafiante—, a menos que tú no quieras.
Luka le sonríe de medio lado, tratando de no parecer muy desesperado. Reto aceptado. Y es el primero en levantarse, ganándose la atención del resto.
Y la chica que lo sacó del clóset figurativo lo mete en un clóset físico con el chico más hermoso del planeta.
Aunque dentro se da cuenta de que llamarlo armario es demasiado modesto. Aquí cabe todo Narnia y Luka suprime un comentario del tipo «Apuesto a que este clóset es más grande que tu casa entera». Pero lo que no se ahorra es la mención de su melodrama familiar:
—Perfecto, te la vas a pasar preguntándome de tu madre perdida. Serán oficialmente los siete minutos más aburridos de toda mi existencia.
Luka se recarga en la puerta. Cansado. El cover de Selena Quintanilla ha estado decente. El resto de la fiesta no. Y lo poco que parecía entusiasmarlo, ese espectáculo de toparse "sin querer" con Esteban en cada recoveco, se ha extinguido como los pájaros dodos ahora que sabe sus intenciones reales.
—Está bien, ya no te preguntaré de eso —agrega, en voz baja y a regañadientes—: Por hoy. Pero tampoco sé qué más podríamos hacer.
Luka sonríe sin ganas. Tregua. Todas las constelaciones que hacen falta en el cielo las tiene Esteban en su rostro y cuello. Pero ahora que están en la oscuridad se han apagado. Bien. Es mejor así. De alguna manera le tranquiliza que su cara no sea visible. Su belleza es intoxicante, y eso que Luka está acostumbrado a la gente guapa, de buena genética y buen cirujano, pero Esteban Torres es otra cosa. Sus facciones, sus ojos, dos marchitos claveles, sus finos y mortales labios. Todo él parece irreal, la obra de un pintor desconocido con mucho talento que falleció en el sótano de sus padres sin vender ni un solo cuadro. Y ese moretón desagradable es sólo un recordatorio de que es inmune a las imperfecciones.
Ah, siendo franco, Luka prefería los reclamos por la golpiza antes que las exigencias sobre el paradero de su madre. Lo segundo lo hace sentir el antagonista de una telenovela mexicana (de las malas), lo primero le causaba un poco de culpa, ira hacia La Logia, le carcomía los huesos, sí, pero no era ninguna píldora difícil de tragar.
—Se me ocurren dos o tres cosas. Y todavía mejor si no implican tener que escucharte.
—Bueno, supongo que podemos sentarnos en silencio durante siete minutos. —Esteban está de pie en la otra esquina del clóset. La música se escucha lejana, es una canción que Luka no puede adivinar.
—Claro, podemos, pero eso no era precisamente a lo que me refería —responde, sintiéndose valiente ahora que ha dejado el drama de su mamá de lado. Ausencia de luz también significa ausencia de cobardía.
—¿Entonces?
—Contestame esto, Esteban de Puebla: ¿Alguna vez has besado a un chico?
—No —suelta su respuesta simple, luego de un par de segundos.
«¿Te gustaría?» Es la pregunta que no se formula en voz alta.
Así que el tiempo sigue corriendo y Luka ni siquiera ha encontrado la cuenta.
—¿Tú has besado a un chico? —cuestiona, de nuevo con su voz pequeña, antes de darse cuenta de su propia estupidez—. No, pues sí, ¿verdad?
—Obvio.
—¿Y me besarías a mí? —La pregunta lo toma por sorpresa, sólo durante un instante. Su tono es tranquilo, pero seguro. Luka trata de no tener altas expectativas, de que su corazón no dé un salto muy alto. Es normal experimentar. Ya ha sido un recipiente antes, regalando besos lentos a hombres hetero. No será la primera ni la última vez. Y total, Esteban Torres ya lo está utilizando para obtener algo. Luka Colucci puede ser multiusos. Anhela serlo. Para él.
—¿Por qué no te acercás y lo averiguamos?
Y Esteban lo hace, tan obediente que provoca algo en el abdomen de Luka. Se queda a cinco centímetros de él.
—No, no lo haría —contesta, burlón, porque molestarlo en realidad es un pasatiempo bastante divertido y sano, casi que se lo recetó el doctor.
—Imbécil —dice molesto, listo para volver a su rincón. Puede sentir sus ojos de matador dando vueltas, harto del Colucci.
—Bueno, mirá, no suelo besarme con los de tu tribu, pero por ti podría hacer una excepción —agrega con una media sonrisa ciega, y se muerde su labio inferior. Su piel comienza a erizarse. La anticipación de algo que ha estado soñando como un adicto en cada noche púrpura de insomnio.
—No es como que vayas a hacerme un favor, Luka —contraataca, esta vez dándose media vuelta, pero entonces Luka lo agarra de esa horrible chamarra de mezclilla que siempre usa.
—Dale, vení. —Y sin esperar respuesta (porque a Esteban le gusta hacerse el difícil y a Luka le han asesinado su paciencia) lo atrae hasta que sus labios se unen, tan sólo una caricia insegura que vive durante cuatro segundos. Esteban es el que se aleja.
—Besame bien al menos. —Luka demanda y lo toma del cuello con su mano izquierda; la derecha permanece en el hombro de Esteban, lentamente acostumbrándose a la extraña textura de mezclilla barata.
Esteban no es ninguna estatua, aunque por un momento Luka cree que se quedará estático por el resto de sus días. Pero no. Él lo toma de la cintura, casi con enojo mal disimulado, acercándolo todavía más, y sus bocas se abren. La cerveza artesanal se encuentra con el whisky para inventar el cóctel más delicioso, exclusivo y raro de la fiesta. Las rodillas de Luka empiezan a temblar un poquito y su pecho es un peligroso incendio que nadie en esta noche puede apagar.
No se trata de un beso de película romántica que pasará a la historia del cine. Ni siquiera está cerca de saber a amor, (Luka no puede soportar el olor a alcohol que ambos emanan) pero las cosquillas en cada esquina de su cuerpo son una confirmación de que le encanta, de que si Esteban Torres quiere sacar toda su frustración de esa manera, apretando su piel, encajando las uñas para romper la carne, mordiendo sus labios hasta que se bañen en sangre, entonces Luka está bien con eso.
Se separan durante un instante. Esteban lo toma del pecho y lo acorrala contra la pared. Luka puede sentir, inhalar, devorar su respiración. Parece que está a punto de decir algo, sin embargo al final se arrepiente y en cambio baja hasta el cuello de Luka. Besa, succiona, muerde. Un chupetón que aparecerá mañana en la mañana justo arriba de su ostentoso collar.
Le gusta esta naciente agresividad. Le gusta que haya dejado atrás su máscara de hipocresía. Tal vez sí le gusta ser usado si Esteban Torres es el usuario. Tal vez podría enamorarse de esa marca en su garganta, firmada por el becado. Tal vez.
Y, por supuesto, también desea devolverle el favor. Así que lo toma de la cadera, y muerde su cuello justo del lado donde La Logia hizo de las suyas.
—No mames, Luka, no —dice (que le gusta morder, mas no ser mordido) pero es una queja placentera, con esa voz preciosa e irritante que tiene, como si estuviese a punto de atrapar un resfriado. Aunque es curioso porque el que se siente enfermo a punto de caer en cama y fallecer es Luka.
El argentino se detiene, tratando de avisarle a su cuerpo que esto fue un error, que a Esteban no le gusta, que jamás volverá a pasar, que Esteban está con Jana (y que en realidad no hacen una pareja tan terrible).
Y entonces el poblano, al que le fascina llevarle la contraria al universo y confundir muchachos rubios, lo besa de nuevo. Esta vez más tranquilo, delicado. Obsceno. Las costillas de Luka se le encogen, y no puede evitar despeinarlo, para igualar sus cabellos y terminar de borrarle la apariencia de chico bueno. Entierra sus dedos en la jungla castaña y sedosa, creando caos a su paso. Porque las cosas desordenadas siempre son mejores. A Esteban se le escapa un pequeño gemido traicionero.
Y Luka, hasta ahora, no había pensado demasiado en el nombre del juego. Pero quizá es cierto que el paraíso se encuentra en el armario de la enorme casa de una niña rica mexicana.
Ahí, claustrofóbico, nebuloso, al lado de abrigos Gucci que nadie se ha puesto en años, es donde Esteban Torres le permite besarlo.
Afuera suena la inconfundible voz de Brian Molko, Luka no está seguro de qué canción, pero de repente, con la lengua de Esteban recorriendo su boca y el calor de sus manos pianistas en su pecho, tocando justo en el lugar en el que el corazón de Luka hace boom-boom-boom, todas las letras de Placebo empiezan a cobrar sentido.
—Me gustás más así. —Logra decir Luka entre besos.
—¿Así cómo? —pregunta Esteban con un nuevo tono complaciente y Luka se permite flamearse y posteriormente derretirse en todo su ser.
—Sin máscaras. —Estas son las palabras no-mágicas que logran que Esteban se separe (aunque no mucho).
—No estaba mintiendo. Cuando dije que eras bienvenido, y que podía ser tu amigo. Y que eres muy talentoso.
—Por favor —contesta Luka, alargando la «o», con ese tono incrédulo de «no me jodas».
Y antes de que puedan reanudar (un trueque de saliva lasciva. O su conversación sobre qué sí es cierto de Esteban Torres y cuál es su top 7 de secretos), la escandalosa alarma machacadora de tímpanos que Jana ha puesto, suena, parecido a las trompetas del apocalipsis. 420 segundos han pasado. En cualquier instante abrirán la puerta. Y Esteban, poblano atrevido vestido todo de mezclilla, le da el beso más fugaz. Y Luka desea, por un microsegundo, que continúe el beso, que alguien los descubra, que empiece el drama y los gritos y el fin del mundo, que ha visto 1,000 Maneras de Morir y, la verdad, no estaría tan mal perecer en los labios de Esteban.
Jana es la que abre el clóset y Esteban regresa a sus brazos, como un niño perdido al que acaban de salvar de la peor de las torturas.
Luka sonríe, cruel. Y se empeña en odiarlo. En tratar de no pensar demasiado en cómo se siente Esteban Torres y cuánto tiempo lleva buscando a su madre. Que si está confundido, o dolido, ¡Qué importa! Es más fácil imaginarlo como un encantador recipiente que besa demasiado bien y sabe dónde tocarlo. Un besador sin emociones ni pasado.
Las miradas de todos están encima del cabello de ambos, notan sus respiraciones agitadas casi coordinadas. Esteban sólo gira la botella de nuevo para desviar la atención. (Y si esto fuera un problema de matemáticas, o de física, ¿A qué velocidad tendría que girar la botella, en qué grado detenerse, y qué probabilidad existiría de que le toque a ambos encerrarse de nuevo y devorarse a besos, qué tan jodida o des-jodida está la suerte de Luka Colucci?).
Y mientras las personas siguen haciendo lo que sea en el clóset, Luka odia a Esteban. Cuando Jana besa en la mejilla a su novio, dejando un poco de su labial carmín-frambuesa, Luka odia a Esteban. Después de que el poblanito huye de su mirada, más interesado en el resto de la galaxia, Luka odia a Esteban.
Pero lo que Luka ama es la forma en la que Esteban frunce el ceño cuando la botella ordena que el argentino y chico guapo de rosa #1 entren al clóset. Ahí sí que mantiene la vista fija y es casi una amenaza. Luka lo ignora.
—Estuve esperando toda la noche por esto. Eres muy lindo.
Y lo que Luka más odia es que, luego de un montón de palabras bonitas (el pibe es bastante cursi y tiene alma frustrada de poeta), e incluso con la larga lengua del desconocido casi metida hasta su garganta, en lo único en lo que puede pensar es en Esteban.
