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Ochako se había convertido en una cliente asidua del pub Índigo. El ambiente era muy agradable, la música no estaba muy alta ni muy baja y tenían buenos tragos. Además, las mujeres que acudían al lugar eran muy bonitas.
Como esa chica de pelo rosa y ojos maquillados con un smokey eye muy oscuro, que hacía que se vea sexy. La estaba mirando con tanta intensidad que la chica iba a darse cuenta de su mirada que parecía tener peso propio.
Ella estaba sentada en la barra tomando una caipiriña mientras la observaba charlar con sus amigas. Hasta que la chica atractiva posó sus ojos en la castaña, quien le sonrió con coquetería. La muchacha de pelo rosa la miró incrédula un momento y luego le sonrió de la misma manera.
Sin embargo, ninguna de las dos hizo un movimiento. Cada una siguió en su burbuja, aunque cada tanto se miraban de manera furtiva.
Cuando Ochako había terminado su trago, dejó el vaso sobre la barra, aburrida y con la intensión de irse, dado que parecía que esa noche no sucedería nada. De repente la chica de pelo rosa se levantó de su asiento, le dijo algo a sus amigas y se dirigió a los baños que estaban a la izquierda de la barra.
Al pasar al lado de Ochako le guiñó un ojo sonriendo de lado. La castaña entendió el mensaje y caminó tras ella.
Si les preguntaran como es que habían pasado de mirarse con ganas a besarse con ganas, ninguna podría haber respondido la pregunta.
—Soy Mina —dijo la de pelo rosa.
—Ochako —respondió la de pelo marrón.
Eso era todo lo que recordaban hasta el momento, Mina estaba sentada en una banqueta y Ochako parada entre sus piernas mientras se comían la boca una a la otra.
—¿Querés ir a mi casa? —preguntó Mina. Ochako solo pudo responder con un asentimiento de cabeza.
Cuando llegaron al pequeño departamento Ochako la tomó por las mejillas y la besó con fuerza, pero Mina la separó con delicadeza.
—Esperá. Te invité a venir para que tengamos una pijamada.
—¿Eh? —Ochako la miraba como si de repente le hubiera salido un tercer ojo. Mina comenzó a reír a carcajadas al ver su cara.
—Era mentira. Tendrías que haber visto tu cara —hablaba entre risas. Ochako comenzó a reír con ella, su risa era muy contagiosa—. ¿Arruiné el ambiente? —preguntó una vez que logró calmarse.
—Para nada. Me gustan las mujeres divertidas.
Ambas sonrieron de manera sugerente y volvieron a besarse, esa vez sin interrupciones cómicas. Se dirigieron al cuarto de Mina y se perdieron entre las sábanas y el placer.
