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Language:
Español
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Published:
2022-03-10
Words:
2,490
Chapters:
1/1
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25
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25

La visitante de Mystacor

Summary:

El joven aprendiz de hechicero Micah invita a su hermana Castaspella a pasar juntos la tarde libre. Al poco tiempo, Casta se percatará que su hermano no está interesado en pasear por el reino flotante de Mystacor junto a ella. Micah quiere espiar a la intrigante visita que camina junto al hechicero principal.

Work Text:

La isla flotante de Mystacor tenía la forma de un trompo. La mayoría de sus habitantes no sabía desde hacía cuánto flotaba o si había estado unida al suelo Etheriano alguna vez. Lo cierto es que el reino secreto de Mystacor surgió de las cenizas de la derruida ciudad de Arxia, oculta debajo del gigantesco trompo flotante.

Su gente era especial en varios aspectos, pero lo que más destacaba era su magia.

Medicinal, elemental, de combate, ilusiones, o simplemente para facilitar la vida. La gente de Mystacor la utilizaba a diario, como si fuera un peine o un tenedor, nada más que levitando, viajando por espejos o cambiando de forma. Su sabiduría no se detenía ahí: también practicaban la herbología, creaban pociones y mantenían un ojo en la astronomía, dada la importancia mágica del movimiento de las doce lunas que orbitaban Etheria.

Hoy no era un día cualquiera en la isla flotante. Hacía algunas noches el gremio de grandes hechiceros que dirigía el lugar se había encargado de realizar el ritual para mantener otro mes más a la isla oculta y flotando. El eclipse mensual había sucedido. El olor a azúcar quemado de la magia ascendía desde el suelo hacia el cielo, como desprendiéndose lentamente hasta el próximo eclipse: hasta el próximo ritual. Pero, además, una visita había llegado a Mystacor. La visita caminaba junto al hechicero principal del reino, el maestro Norwyn. Parecían discutir asuntos importantes ya que se mantenían alejados de los grandes grupos de aprendices, alejándose hacia la playa. Sí, Mystacor tenía una playa, con olas incluidas.

—¿Qué le mostrarán? —se preguntó una niña con desconfianza.

La niña se llamaba Castaspella y dentro de muchos eclipses mensuales se convertiría en la hechicera principal de Mystacor. Aunque en ese momento, nadie lo sabía ni imaginaba.

Su hermano, unos años mayor, no intentó ocultarse como hacía ella.

—Relájate, hermana. No recibimos muchas visitas, deberías estar contenta —respondió Micah sin sacarle un ojo de encima a la visitante.

Casta se cruzó de brazos, molesta. Detestaba cuando su hermano le decía que tenía que relajarse.

—Podría estar relajándome con mis amigos si no me hubieras arrastrado contigo.

Micah desprendió la mirada de la visitante para volverse hacia su hermana, sorprendido.

—Vaya parece que dejaste de cecear.

A Casta se le complicaba pronunciar las "c" y las "s".

—Sí, mi maestro me estuvo ayudando —comentó orgullosa, aunque volvió a fruncir el ceño—. Pero ese no es el punto, ¿por qué tenemos que seguirla? Me duelen las piernas.

Micah no respondió, volvió sus ojos a la reina y empezó a caminar al ver que la pareja se alejaba.

Castaspella tenía mucha razón en quejarse. Hoy era día libre, el buen clima y el reciente ritual lo convertían en un día mágico, en todo sentido. Ella quería pasar el rato con sus amigos, no con su hermano mayor persiguiendo a una visitante.

Por si fuera poco, prácticamente habían pasado por todos los hermosos lugares a donde quería quedarse Casta. Empezaron por el Lunarium, el templo donde se realizaban los rituales. Luego continuaron por el salón de los hechiceros, escondiéndose detrás de las estatuas de los grandes hechiceros y hechiceras, para que el maestro Norwyn no los descubriera. Incluso bajaron hacia las aguas termales en donde se estaban relajando los amigos de Casta. Fue una suerte que no la vieran, si no ella hubiera tenido que abandonar a su hermano en su extraña travesía. Los pies de Castaspella se quejaron otra vez, quizás las aguas termales no sonaban tan mal.

—¿Sabes por dónde entró la visita? —preguntó Micah a sabiendas de que su hermana estaba fantaseando con pasar el rato en otro lugar.

Castaspella le prestó atención al instante.

—Por donde todo el mundo entra y sale: el montículo volador que se desprende de los Bosques Susurrantes —respondió ella, como si fuera obvio.

Micah rió, y Casta no pudo evitar sonreír, aunque pronto volvió a molestarse.

—¿De qué te ríes?

—No se llama montículo volador.

—¿Cómo lo sabes?

—Por que salí una vez.

—¡¿Saliste?!

Micah asintió.

—¡¿Sin permiso?!

Micah volvió a asentir.

—¿Estás loco? Los de tercer año tienen prohibido salir sin alguien a cargo.

—Volviste a cecear hermana mía. ¿Es que no tienes curiosidad por saber lo que hay afuera?

—Bueno, sí...

—¿Quieres que te lo describa?

—¡Sí!

Su hermano la miró con atención, la sonrisa a punto de escapársele.

—¡No! —dijo Casta girando la cabeza deliberadamente hacia otro lugar.

Micah soltó una carcajada.

—Sé que quieres saberlo, luego te lo cuento. Pero ahora mira la espalda de la visitante.

Casta se volvió hacia la visita. Era alta comparado con el maestro Norwyn, caminaba como si tuviera un hilo que le estirara la cabeza hasta el cielo, con las manos tomadas al frente en una extraña posición. A la joven hechicera le pareció una postura antinatural y forzada, pero entonces descubrió lo que había visto Micah en su espalda.

—Alas.

Micah soltó una risita.

—A lo mejor llegó volando y no en el "montículo mágico".

Casta se acercó y le golpeó el brazo con toda su fuerza. Micah se siguió riendo.

—A veces eres muy tonto —se lamentó Casta—. Ya sé a quién estamos siguiendo, es una reina.

—Una reina —repitió Micah, interesado.

—Sí, mi maestro nos enseñó sobre ella el otro día, se llama...

Casta se frenó, su hermano se había alejado siguiendo a la reina y al maestro Norwyn, dejándola hablando sola. Enfurruñada, corrió detrás de él, haciendo caso omiso al dolor que sentía en la planta de sus pies. Sin embargo, el enojo desapareció de sus rasgos cuando se dio cuenta de que Micah estaba demasiado cerca del maestro Norwyn y la visita. Entonces empezó a correr desesperada por detener a su hermano.

—¡Micah, Micah! —susurró Casta, temiendo que el maestro Norwyn se girara en cualquier instante.

Su hermano hizo caso omiso a las advertencias y se escabulló hasta estar a pocos pasos de la pareja, que empezaba a descender por las escaleras naturales que llevaban a la playa. Repentinamente, Micah alzó las manos como si fuera a elaborar un conjuro. Castaspella se agarró la cabeza mentalmente y aceleró hasta quedar a su lado.

—¿Qué haces? —recuperó más aire—. ¡Te descubrirán!

Su hermano sonrió de manera arrogante.

—Lo sé —le contestó.

Usando dos dedos de cada mano, dibujó dos puntos en el aire, uno a la altura de su cabeza y otro a la altura de su ombligo. Casta no reconoció el hechizo, pero conociendo a su hermano sería magia de ilusión, él adoraba ese tipo de magia. Micah movió la mano de arriba hacia abajo y viceversa, dibujando un círculo color azul en el aire. El sonido de campanillas de la magia se hizo oír; el conjuro se activó. En la espalda de su hermano apareció una grotesca imitación de dos alas doradas estiradas en toda su plenitud. Se notaba que era un hechizo: las plumas no estaban del todo definidas y brillaban demasiado en comparación con la luz cálida de aquella mañana.

—¡Mi reina! —gritó Micah, avisando de su presencia.

La visitante y el Maestro Norwyn se detuvieron a mitad de la escalera de piedra. Los ojos de Norwyn se desorbitaron al ver lo que hacía Micah. El hechicero principal de Mystacor era una cabeza más bajo que la reina, tenía la tez clara y el cabello canoso, con dos cuernos marrones saliéndole prolijamente a cada lado.

Por otra parte, era la primera vez que Casta veía a aquella reina en persona. Era la mujer más hermosa que había conocido, pero algo en su porte recto y demasiado armonioso despertaba desconfianza en la joven hechicera. Por algún motivo, la reina no le caía del todo bien; le parecía increíble, eso sí.

—Tú eres Micah, ¿verdad? —preguntó la voz grave del maestro Norwyn quien tenía el ceño bien fruncido y arrugado—. Uno de los aprendices de Light Spinner

Micah estaba encantado de que el hechicero supremo lo hubiera reconocido.

—Así es, maestro Norwyn.

—¿Tu maestra te enseñó ese... hechizo?

Micah desapareció las alas, dándose cuenta de que había metido la pata.

—No, maestro, lo aprendí yo solo.

El hechicero principal no dejó de fruncir el ceño, evidentemente no le creía.

—Hablaré con tu maestra, Micah. Lo que acabas de hacer es una falta de respeto muy...

—Tranquilo, Norwyn —dijo la reina hablando por primera vez.

Tenía una voz dulce y sonreía hacia Micah. Casta soltó una buena cantidad de aire que no recordaba haber estado conteniendo: al menos ella se había tomado bien el espectáculo de su hermano. Agradecía que no se hubieran fijado en ella, los ojos marrones y el cabello oscuro evidenciarían el parentesco entre ambos hermanos, quizás dándole problemas a ella en el futuro.

Casta se movió a un costado para observar a la reina pero su hermano también se movió, como si tuviera ojos en la espalda y la ocultó de la vista del maestro Norwyn.

—Tienes potencial, jovencito, nunca vi unas alas tan... brillantes.

Micah sonrió, rascándose la nuca nerviosamente.

—Gracias, mi reina, viniendo de alguien que ve alas a diario es un gran cumplido.

La sonrisa de la reina perdió algo de brillo.

—Oh no, hace tiempo que no veo otras alas.

Casta dejó de moverse y sintió pena por la mujer, era una reina pero se la escuchaba solitaria.

—Quizás podría conjurar algunas para usted —ofreció Micah.

La reina volvió a sonreír y luego se giró hacia el maestro Norwyn.

—¿No te había dicho que nos estaban siguiendo?

Él suspiró.

—Sí, Ángela, lo hiciste.

La reina saludó con un asentimiento a Casta y le sonrió a Micah. Luego se giró y siguió bajando la escalera de piedra natural. El maestro Norwyn dedicó un último ceño fruncido a Micah.

—Nunca había visto a la reina Ángela sonreír, tienes suerte de que se lo haya tomado bien, 'aprendiz'.

Casta no entendió por qué el hechicero principal había hecho énfasis en la palabra aprendiz, pero se quedó más tranquila cuando desapareció por la escalera.

Había algo en lo que Casta sí coincidía con el hechicero:

—El maestro Norwyn tiene razón, en la ilusión que nos mostraron cuando aprendimos sobre ella, la reina no sonreía.

—¿La conocías? —preguntó Micah distraídamente, todavía observando a la reina caminar por la playa hablando con el hechicero.

—Todo el mundo la conoce: es Ángela, la reina inmortal de Luna Brillante. Estoy segura que la conoces, no entiendo por qué me arrastraste contigo si lo que querías era seguirla por todo Mystacor para hacerle una tonta broma de magia de ilusión.

Micah se giró y empezó a caminar lentamente, manteniendo un ojo en la visitante de la playa.

—Te gusta o algo así, ¿verdad? —atacó Casta.

Su hermano le prestó atención, sonriendo divertido.

—No, hermanita. Hacía tiempo que no recibíamos una visita del exterior. Tiene alas en la espalda y se la pasó hablando con el maestro Norwyn, se veía importante y quería conocerla.

En ese momento, Castaspella recordó el ceño fruncido de Norwyn: "Hablaré con tu maestra, Micah."

—¿Crees que tu maestra esté en problemas? —consultó Casta recordando las palabras del hechicero.

Ella admiraba a la maestra de Micah, así que si tenía problemas atacaría a su hermano con buena magia de combate.

—Sus alas me dieron curiosidad, con ellas podría volar a donde quisiera —continuó Micah, sin contestar la pregunta de Casta—. Además, si dices que es inmortal, me debe llevar unos cuantos años.

Se quedaron unos segundos en silencio, mientras regresaban hacia el centro de la isla flotante. Los pies de Casta volvieron a imponer sus quejas.

—Sigo sin entender por qué me necesitabas. Podría estar con mis amigos —lo reprendió Castaspella cruzándose de brazos.

Él le acarició el cabello sin mirarla.

—Pensé que el maestro Norwyn se daría cuenta, así que te pedí que vinieras para tener una coartada. Nadie quiso acompañarme.

Por suerte, la pequeña hechicera no escuchó la segunda parte.

—¿Coarta-qué?

—Algo para convencer al otro de que está equivocado, me lo enseñó mi maestra —explicó Micah, luego realizó un conjuro y alrededor de él apareció una pobre imitación de lo que podría ser el maestro Norwyn—. "Veo que estás con tu hermana, Micah. Sigue caminando, estamos hablando de cosas de grandes".

Castaspella contuvo una risa.

—No es bueno burlarse del hechicero principal —dijo mientras la ilusión desaparecía—. Además, ¿no puedes hacer otra cosa aparte de magia de ilusión?

Micah dejó de lanzar miradas a la playa, que ya estaba muy lejos y miró a su hermana enarcando las cejas, a modo de pregunta silenciosa.

—Magia de combate, eso sí que es divertido —afirmó Casta.

—Espero nunca tener que usarla —dijo Micah.

—¿Por qué?

Una nueva voz, condescendiente y seca se hizo oír:

—Porque eso significaría tener que usar la magia para combatir a los hordianos, los actuales hostigadores de Etheria.

—¡Light Spinner! —saludó Micah—. Qué alegría verte.

Castaspella no podría decir lo mismo, no porque no lo sintiera, sino porque admiraba tanto a la maestra de Micah que se quedaba muda cada vez que la veía. Se decía que iba a ser la próxima gran hechicera de Mystacor. A Casta le encantaría poder recibir clases de ella, pero sabía que no podía elegir a sus maestros.

Light Spinner era una mujer alta y de gestos medidos como los de la reina Ángela. Tenía los ojos verdes, las orejas puntiagudas, la tez cenicienta y el cabello oscuro y largo. Vestía un sobretodo que intercalaba rojos con dorados. En el centro de su pecho lucía orgullosa una insignia en forma de cruz que marcaba su pertenencia al gremio de hechiceros.

—¿Qué haces aquí, Micah? —sus ojos verdes repararon en Casta; enarcó una ceja— ¿Y con tu hermana? ¿No deberían estar disfrutando su día libre?

—Veníamos de hablar con la reina Ángela y el maestro Norwyn —contó Micah con una sonrisa—.

Si a la maestra hechicera le sorprendió que hubieran hablado con el maestro Norwyn y con la reina de Luna Brillante, ella no lo demostró.

Micah continuó:

—Por cierto, Light Spinner, creo que el maestro Norwyn piensa que tú me enseñaste a hacer magia de ilusión. No me dio tiempo de decirle que sólo me enseñas cosas aburridas por culpa del gremio de hechiceros.

La maestra hechicera enarcó una ceja.

—Hiciste bien en cuidar tu bocota, aprendiz —aseveró Light Spinner.

Micah le sacó la lengua y su maestra no devolvió el gesto, probablemente porque tenía un pañuelo color cereza tapándole la boca.

Se despidieron y avanzaron hasta llegar a donde habían empezado. Allí los amigos de Casta finalmente la encontraron y se la llevaron a un lugar donde un estudiante de quinto año estaba haciendo burbujas gigantescas en las que podías meterte a flotar.

Cuando saludó a su hermano, vio que este seguía mirando hacia donde se encontraba la playa, a pesar de que no se veía nada desde esta distancia. Sin embargo, pronto se concentró en lo divertido.

¿Y qué era lo divertido? Pues que la magia permitía flotar en una isla que ya estaba flotando.