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Ladrón Conejo: Midoriya Izuku

Summary:

¡El Ladrón Conejo ha vuelto a atacar! Shouto Todoroki, policía, tiene la misión de atraparlo y detener su serie de robos de arte. Pero cuando descubre que detrás de la máscara se esconde el amable barista de su cafetería favorita, por el cual ha empezado a sentir cosas, ¿qué hará?

A veces hacer lo correcto es más difícil de lo que parece.

Notes:

Regalo para Vicku, espero te guste :3

Chapter Text

Las sombras y él son uno cuando se desliza entre los pilares del museo, pasando de sala en sala; sus pasos ligeros y veloces no resuenan en las baldosas de mármol. Finalmente llega a la sala, había memorizado el mapa del recinto, recorriendo el camino unos días antes para tener todo listo.

Como había temido, la pintura está protegida por alarmas, los láseres que forman una red roja frente a él son un mero obstáculo, pero no uno tan grande. Izuku sonríe de lado y aprieta el intercomunicador oculto bajo una de las orejas de su máscara.

—Uraraka.

—Ya estoy en ello —contesta, e inmediatamente corta la comunicación.

Sólo tiene que esperar unos cuantos segundos antes de que las luces se apaguen, dejándole el camino despejado. Aun así, no se relaja por completo. De puntitas, se acerca al cuadro y examina si no tiene algún sensor de seguridad adherido para que, al momento de quitarlo, se active. Parece ser que no, así que, lo quita, con mucho cuidado. Aunque no es muy grande, apenas unos 60x40 cm, el marco de oro hace que pese. Suelta un suspiro aliviado cuando lo tiene en sus brazos, que hace un pequeño eco en la sala vacía.

Emprende el camino de regreso, tan sigiloso como antes, atento al menor ruido y ocultándose entre los pilares para evitar las cámaras, aunque Uraraka las hubiera trabado en loop. Es por el cuidado que pone que escucha los pasos corriendo desde el otro lado del pasillo, veloz se pega a la columna, pero apenas lo hace ve que de ambos lados vienen corriendo los guardias. No, no los guardias, ¡la policía! Su respiración se corta cuando ve el cabello rojo y blanco, apenas son unos segundos, pero son los que le cuestan el poder huir sin ser identificado.

—¡Alto! ¡Deténganlo!—gritan cuando emprende la carrera hacia el lado contrario, aunque ahí haya policías también.

Los esquiva aprovechando su velocidad para saltar hacia la pared, dar unos pasos y con una pirueta caer detrás de ellos para seguir corriendo. Se desbalancea un poco por el peso del cuadro, pero se recupera y sigue corriendo, dejándolos sorprendidos.

—¡Tras él! —escucha que gritan.

Lo siguen de cerca. Su corazón palpita a mil por hora y, por primera vez desde que se dedica a robar piezas de arte, teme ser capturado.

—Uravity, dame una vía alterna, rápido.

—¡Usaste mi nombre clave, por fin! —celebra la chica, al tiempo que teclea con velocidad— Da vuelta en la siguiente puerta, luego en la primera a la izquierda y baja al siguiente piso, en la segunda sala hay una ventana, alcanzas a saltar.

—Entendido.

Gira bruscamente para entrar donde le indicaron, los pasos de sus persecutores se oyen cada vez más lejos, pero no reduce su velocidad. Ve la ventana que indica Uraraka, está cerrada y no puede atravesarla con su cuerpo sin dañarse y dañar la pintura. Se muerde los labios y deja la pintura a un lado para abrirla con las herramientas que guarda en una de las bolsas rojas de su cinturón. Al tiempo que escucha el clic del pestillo, escucha también el clic de la pistola. Levanta la cara asustado para ver a uno de los policías, Iida Tenya, apuntándole a unos metros y acercándose despacio.

—Estás atrapado —le dice—, entrégate sin luchar y no te pasará nada.

Iida llama a sus compañeros por la radio, Izuku decide aprovechar que no está prestándole por completo atención y hace un movimiento rápido para abrir la ventana, rueda para agarrar el cuadro y saltar por ella. Pero no se puede ser lo suficientemente veloz cuando te están apuntando, incluso cuando toma por sorpresa al oficial, sabe que cometió un error cuando siente la bala atravesarlo.

Cae al piso sin ningún estilo, lastimándose el tobillo, que se dobla bajo su peso. Reprime el grito de dolor y emprende la carrera cojeando. Pero esta vez lo habían planeado bien, pues ve que hay policías revisando los jardines. Se deja caer detrás de un arbusto, aferrándose el brazo donde la bala lo impactó, chorreaba sangre. Escucha los gritos preocupados de Uraraka en su oído, no lo dejan concentrarse así que apaga el intercomunicador. Un grupo de policías pasan cerca de él. Reconoce la voz de Todoroki, se encoge en sí mismo para tratar de esconderse más.

—Me parece que corrió por allá —dice uno de los oficiales y todos lo siguen, menos Todoroki, que se queda atrás.

—Voy a revisar bien esta área, no se nos escapa esta vez.

Izuku contiene la respiración y desea fundirse con el arbusto. Su brazo punza dolorosamente en el lugar donde le dio la bala y le arden los ojos por el sudor bajo la máscara. Si lo atrapan ahora, duda poder correr en ese estado, estaría perdido. Y como si sus temores hubieran llamado al oficial, en ese momento Todoroki camina hacia él. Rodea el arbusto y lo encuentra. El pánico le sube por la garganta al verlo frente a él, con la pistola en mano. Lo mira a los ojos, aterrado, por lo que parece una eternidad. El policía traga saliva y guarda la pistola, se pone en cuclillas a su lado.

—¿Estás herido?

A Izuku le sorprende el tono de preocupación en su voz. Asiente. El corazón le late en la garganta y en el brazo herido, nunca ha sentido tanto miedo y no sólo porque lo atraparan. ¿Por qué tiene que ser él?

Las manos de Todoroki se dirigen a su rostro, Izuku cierra los ojos, resignado a que se la quite, revelando su identidad. Se pregunta cuál sería la cara del oficial al descubrir que es él. No sabe qué sería peor, que lo reconociera o que no. Pero no ocurre. Las manos se detienen a unos centímetros, temblorosas; las retira y se pone de pie. Le lanza una mirada extraña a Izuku y se va.

—Por acá no está —escucha que les decía a sus compañeros.

Izuku respira por fin, pues no se había dado cuenta de que contenía la respiración.

Se queda un rato más ahí, no se atreve a moverse hasta que se va la policía. Después de un rato, en el que el frío del pasto húmedo le ha calado los huesos e incluso se ha acostumbrado al dolor de la herida, finalmente se para, hace una mueca por el dolor del tobillo y renqueando, cargando con la pintura con el brazo que no había sido herido, camina hasta la guarida.

Uraraka está ahí, mirando la pantalla y buscando con desesperación alguna información. Cuando escucha la puerta abrirse se gira violentamente y al verlo se para, casi corriendo hacia él.

—Me estaba muriendo de la ansiedad. ¡¿Por qué apagaste el comunicador?! —lo regaña—. Pensé que te habían capturado o matado.

Izuku deja el cuadro en la pared y se saca la máscara, dejándose caer, agotado, en el piso. Uraraka para su regañina y corre a sostenerlo. No se había percatado de sus heridas y ahora que lo hace está más asustada. Lo guía al sillón y corre por el botiquín, menos mal que sabe sacar balas.


No hay parte que no le duela del cuerpo al día siguiente, pero debe ir a trabajar. El aroma de café lo reconforta y Kaminari, su compañero de turno, no hace muchas preguntas sobre su ligera cojera y su brazo vendado, incluso se ofrece a hacerse cargo de preparar las bebidas mientras que él atiende, es más fácil y no requiere que esté moviéndose de un lado a otro.

Lo que Izuku estuvo esperando toda la mañana ocurre. El hombre de cabello y ojos de dos colores y uniforme se acerca a la barra. Se ve cansado, con profundas ojeras que enmarcan sus preciosos ojos, pero igual le sonríe a Izuku, el cual se siente muy inquieto.

—¿Qué te pasó? —señala su brazo.

—Me caí de las escaleras y me clavé un fierro que habían dejado ahí —miente, usando la misma excusa que dio a Kaminari antes. La intensidad de la mirada de Todoroki lo pone nervioso, como si estuviera tratando de saber la verdad.

—Te vacunaste de tétanos, espero.

—Sí, por supuesto —miente de nuevo—. ¿Lo mismo de siempre, Todoroki-san? —Cambia de tema, ansioso.

—Anoche volvió a robar el Ladrón Conejo, ¿supiste? —comenta el oficial, aparentemente de manera casual y toma uno de los batidores de madera del mostrador, dándole vueltas con sus manos.

—Ah, ¿sí?

—Se nos escapó de nuevo —afirma Todoroki—. Iida le disparó, pero no pudimos encontrarlo.

—¡¿Le disparó?! —Kaminari no puede evitar escuchar la conversación y su curiosidad es demasiado grande, así que interviene. Izuku agradece mentalmente su interrupción.

—Pero en los hospitales no han curado heridas de balas ni tampoco hallamos su cuerpo, así que supongo no le dio muy duro —contesta Todoroki mirando fijamente a Izuku, poniéndolo nervioso—. Sí, lo mismo de siempre, gracias Midoriya —agrega.

Una vez que Todoroki se marcha, Izuku suelta un suspiro aliviado. Hubo un momento, durante la conversación en el que había jurado que el policía le iba a decir que sabía que era él y que incluso lo iba a arrestrar, pero no fue así. Kaminari sonríe pícaramente alzando las cejas de arriba abajo y le guiña el ojo a Izuku.

—Creo que también le gustas —afirma, provocando que Izuku se sonroje—, deberías decirle la próxima vez que venga por café. Podrías escribírselo en su vaso, o algo así.

—Es más complicado que gustarle o no —es todo lo que pudo contestar, sintiendo el remolino de emociones en su estómago y pecho. «Él piensa que sólo soy el torpe barista Izuku Midoriya, no sabe que soy el Ladrón Conejo».

Incluso si Kaminari tuviera razón, lo suyo con Todoroki no podía ser. Nunca. Por más que Izuku estuviera enamorado.