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La primera vez que Uraraka abandonó los Jardines Flotantes por su cuenta y no por un mandato de la Orden, no esperaba que a las afueras del pueblo más cercano, la necesitara con urgencia un ser milenario diferente de un hechicero.
Ni siquiera sabía qué tipo de criatura estaba frente a ella al costado del camino, solo que su cetro le percibía como un ser antiguo, quizá tan longevo como lo sería ella en un futuro, y que necesitaba su ayuda. Parecía agonizante en su palidez extrema, con los ojos hundidos, medio cubiertos por el cabello rubio reseco, quebradizo, al más leve de los toques. También respiraba irregularmente, en agitación perpetua.
Mientras se apresuraba a atenderle con hechizos curativos básicos, se le revelaron una serie de heridas internas que, de seguro, habían sido provocadas por intentos fallidos de una renovación forzada de los órganos. Sus sospechas se confirmaron casi al segundo, cuando Uraraka observó con más cuidado a la criatura y notó que los rasgos ajenos parecían modificarse sutilmente todo el tiempo. O por lo menos lo hizo, hasta que ya no necesitó hacerlo gracias a su ayuda.
Después de varios hechizos curativos de uso universal, el ser mantuvo una apariencia femenina. Aún lucía exhausta, por supuesto, pero la observaba con un brillo peculiar en los ojos amarillos. Uraraka permaneció en silencio frente a ella, mirando como esta se enderezaba contra el árbol junto al cual se había desplomado. Un segundo más tarde, la criatura le sonrió con un atisbo extraño de diversión. Sus caninos afilados llamaron de inmediato la atención de la hechicera.
Sujetó con firmeza el cetro entre sus manos por ello.
Uraraka ya sabía lo que era.
—Eres una vampiresa —declaró entonces, casi un susurro, asombrada a su pesar.
Los vampiros eran una especie de criatura nocturna que se pensaba casi extinta. O muy bien escondida, según su maestro Aizawa. Se habían encontrado un par de ciudades vampíricas subterráneas, arruinadas después de la gran cacería. El resto de entradas a otras ciudades estaban destruidas. Por ello, se los creía a todos muertos, ya que no podían por ningún motivo asomarse a la luz solar. Lo que explicaba por qué este ser estaba aquí por la madrugada… Sin embargo, Uraraka no podía hacerse una idea de cómo había llegado tan lejos desde los acantilados en las costas del sur. Debía estar acompañada, claro, ¿pero por qué la dejarían allí, en medio de un camino repleto de riesgos?
Algo de su inevitable preocupación por los demás debió reflejarse en su rostro, porque la vampiresa, aún exhausta, se las arregló para inclinarse un poco más cerca de ella y le murmuró:
—Ciertamente eres encantadora, hechicera~ —con una diversión casi dulce arrullando su tono de voz.
Uraraka parpadeó seguido en demostración de desconcierto. ¿Aquello había sido una manera de agradecerle? ¿Un cumplido fácil por una atención no solicitada pero si necesaria? Lo esperaba, porque no se quedaría a esperar otra. Existía más de una razón para ser precavida con alguien de la especie vampírica, entre ellas, que tendían a atacar rápidamente si bajabas la guardia y caías en sus encantos.
Una hechicera no podía sufrir ese tipo de desliz, menos por un ataque de compasión momentánea.
Ni siquiera una hechicera enfocada en la curación, como lo era ella.
—Mis hechizos deberán mantener tu fuerza, hasta que consigas alimento. —Uraraka dijo entonces, en lugar de responder al cumplido anterior. Tampoco es que quisiera pensar en el alimento que ella conseguiría, por lo que se puso de pie, ordenándose la falda de su túnica ajustada, antes de asentir con la cabeza en despido—. Que tu camino sea pacífico.
Fue el turno de la expresión ajena en teñirse de desconcierto.
No.
De suspicacia.
—¿No planeas detenerme?
Uraraka negó con la cabeza.
—Mi deber es curar. —Decidió ser sincera.
La vampiresa entrecerró los ojos y se arrastró un poco más cerca de sus piernas, exudando una sensualidad casi antinatural.
—Puedo dañar a otros, ¿no te preocupa?
La hechicera se tomó un momento para cavilar su respuesta y examinar lo que tenía frente a sus ojos. La condición en que había encontrado a este ser: famélica al borde del colapso, en medio de la noche, lejos de cualquier refugio seguro de la luz —ya que era casi un campo abierto más allá de unos cuantos árboles—, lo que le dijo que este ser, en específico, tendría una tendencia a dañar a alguien mucho menor a otros que ella se conocía.
—Dudo que haber hecho daño a otros te dejara… así —expuso, señalando a la vampiresa con su mano libre.
—Bueno —esta dijo, repentinamente seria—, la persona que me acompañaba no lo aprobaba.
Así que la hechicera podía asumir que, ahora, la vampiresa estaba sola, abandonada a su suerte en un mundo que no dudaría en acabarla. Y, si bien Uraraka no había sido abandonada recientemente, podía entender la parte de estar sola. El cómo era vivir con este sentimiento. La vida de una hechicera tendía a ser solitaria también.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó entonces, decidida a mostrar un mínimo de cordialidad y poner un nombre a esta singular memoria que la perseguiría para siempre.
Los ojos de la vampiresa volvieron a brillar en ese instante y le sonrió, más sutil esta vez.
—Himiko.
—¿Puedo decirte una opinión personal, Himiko? —cuando esta asintió, Uraraka continuó con seriedad—. Creo que no permanecería junto a alguien que me dejaría morir de hambre a la primera oportunidad. Seas lo que seas, vampiresa, es reprochable que alguien te dejase en este estado, de muchas maneras.
Sobre todo cuando hacía menos de cien años, recordó, los vampiros eran una sociedad que aportaba a este mundo un equilibrio mágico que todavía no se lograba restaurar.
Y Himiko debía saberlo mejor que ella.
—Tienes razón —Himiko se volvió a acomodar de espaldas al tronco del árbol, con movimientos menos controlados, lentos, pero visiblemente más tranquila; y su siguiente pregunta se deslizó como miel desde sus labios hasta los oídos de Uraraka—. ¿Cuál es tu nombre, encanto~?
Otra tentación, identificó la hechicera, por sutil que fuera ahora con sus energías al mínimo. Así que simplemente dio un paso atrás, se encogió de hombros y sonrió.
El resto del camino la esperaba.
—Soy una hechicera, nada más.
***
El comedor de la posada estaba casi vacío temprano por la mañana, con todos los viajeros, caminantes y errantes, indispuestos por las borracheras que debieron infligirse a sí mismos la noche anterior. Sin embargo, Uraraka estaba agradecida, ya que por ahora su necesidad de dinero estaba cubierta y permanecería así por bastante tiempo. No más pedidos mágicos extrañamente íntimos, de una urgencia dudosa, o producto de imaginaciones descontroladas de los señores locales. No. Los curanderos también necesitaban obtener sus recompensas.
¿Debería regresar a la corte de los elementales por un tiempo?, pensó por un segundo, antes de dejar ir la idea de volver a permanecer bajo el yugo de un reino. No debía olvidar porque se marchó de allí antes. Por lo que, en su lugar, decidió concentrarse en beber el vino aguado de su copa. Lo que era esperable después de tantos años viajando por el continente, sobraba decir, y giró su rostro al sonido de pasos aproximándose a la única camarera madrugadora.
Contuvo el aliento apenas la extraña, cubierta con una capa oscura, tan negra como el abismo de la noche, la miró de vuelta.
Esos ojos amarillos, casi dorados aun en las sombras, no los había visto desde hacía más de cien años, cuando todavía era una hechicera joven, prematura frente al horrible mundo en su ingenua esperanza. Pero la vampiresa había sobrevivido, contra todo pronóstico.
Tal vez… Uraraka no había estado tan mal con respecto al mundo, después de todo.
—¿Himiko? —dijo, pues preguntar fue inevitable.
La sonrisa pequeña se expandió, a medida que la vampiresa se aproximaba a su mesa, y la vio tomar asiento a su lado sobre la larga banca de madera.
—Y tú eres Ochako —le respondió ella, divertida por hacer notar que, al final, si pudo obtener su primer nombre -algo que permanecía en discreción más veces de las que no-, antes de beber de la copa de Uraraka—. Eres la hechicera encantadora.
El tirón de tentación por la proximidad era más fuerte ahora, por supuesto, coincidiendo con la salud de su cuerpo. Si Uraraka no hubiese sido entrenada en reconocer la presencia de la magia, habría sido su comida en ese mismo instante. Y por alguna razón, una que pensaría más tarde, saber que el primer ser que salvó tenía el poder que siempre le correspondió, la alivió y alegró por partes iguales. Aunque claro, eso no significaba bajar la guardia.
Mucho menos con toda su experiencia acumulada.
—¿Y qué sucedió con ese antiguo compañero de viaje? —preguntó, de nuevo evitando responder al encanto y haciendo memoria con facilidad.
Bendito fuera el uso de la magia.
Himiko colocó los codos sobre la mesa y su mentón delgado en el dorso de sus manos unidas. Entonces soltó una carcajada breve, casi musical, en su evidente diversión y placer.
—Se hizo útil después de que te marchaste~ —confesó, inclinando la cabeza hacia su lado. La travesura se insinuó en el paso de su lengua sobre sus labios—. No volverá.
Bueno.
Ahora entendía el cómo logró sobrevivir tras su partida. Tal compañía miserable debió estar más cerca de Himiko de lo que ella creyó esa vez.
Ojalá todos pudieran pagar justamente por dejar a otros morir de hambre, pensó con un dejo de amargura. Debería volver a replantearse si volvería a asistir a otro monarca en algún momento futuro, pero por ahora, tenía un asunto más apremiante que descifrar.
—¿Cómo me encontraste?
—Soy buena rastreando hechiceras.
Fue una respuesta inmediata y sincera, por lo que podía deducir. Sin ningún encanto oculto para hacerla creer sin pensarlo dos veces.
Bien.
—No muchos como tú pueden hacerlo —declaró.
Era una verdad más que confirmada, por lo menos desde que los usuarios de magia como ella, descubrieron formas para pasar desapercibidos hasta a través del tiempo.
A su lado, Himiko no hizo más que reír por lo bajo, sonrojándose un poco, para la consternación de Uraraka y le murmuró con un afecto líquido, desprendiéndose de sus palabras—: Hago lo que puedo para conseguir lo que quiero. ¿Vas al norte?
Justo en ese momento, la camarera que no escuchó venir dejó un vaso con sidra frente a Himiko.
La hechicera respiró profundo, controlando el sobresalto inesperado, y aprovechó la distracción para recitar un hechizo de protección en su mente, como precaución.
No sería la comida de nadie.
Ni ahora ni nunca.
—Puede que lo haga. No estoy segura de lo que me depare el norte si llego a hacerlo… —dijo Uraraka al final y bebió otro trago de vino—. ¿Y tú?
—Algunas personas con poder me esperan allí —Himiko bebió un trago de su sidra e hizo una mueca de asco—. Buscan a alguien como yo… y mis habilidades.
La hechicera no sabía si estaba más sorprendida porque la vampiresa se hubiese dado a conocer libremente al norte, o si hubiera gente que quisiera a Himiko trabajando bajo sus órdenes en lugar de destruirla por lo que es.
—¿Te busca más de uno?
¿Es seguro?, no preguntó.
La vampiresa se encogió de hombros junto a ella y se acomodó la oscura capa de terciopelo. El vestido amarillo pálido que llevaba debajo, estaba lleno de escondites para guardar armas punzantes, notó de reojo.
—Será difícil escoger con quien quedarme. —Himiko se quejó, con una preocupación genuina, y luego volvió a encontrar la mirada de Uraraka—. Así que te busqué.
Un pequeño escalofrío recorrió su espalda.
Tenía un mal presentimiento.
—¿Necesitas algo de mi? —inquirió, incrédula de que la necesitaran tras un breve encuentro hace tanto tiempo—. Solo nos vimos una vez. ¿Qué podrías obtener de mí?
—Dejaste una gran marca, Ochako~ —La vampiresa le murmuró con una dulzura intensa, aunque no peligrosa, descubrió la hechicera con sus siguientes palabras—: No cualquiera se desvía de su camino para curar a alguien como yo, ¿lo sabes, no?
—No sabía lo que eres —Uraraka puntualizó lo obvio. Luego—: ¿Y cómo sabes que no te habría evitado de haberlo sabido?
—¡Eso no me importa! —Ella rio—. Te convertiste en un encanto cuando te quedaste y me dejaste vivir después de eso.
—Sigues diciéndome “encanto”. ¿Por qué lo haces?
Debía haber una razón para que usara en ella, la palabra con que se nombra a la ejecución mágica de un vampiro.
—Quisiera estar cerca de ti. Ser como tú~ —confesó Himiko, inclinándose aún más cerca de su rostro y uniendo sus manos debajo de la intensidad repentina de todo—. Y yo puedo hacerlo.
La magia de Uraraka, tan reactiva como podía ser, empujó de sí misma fuera del asiento con el cetro en la mano derecha. La otra, tenía un ligero corte en el dorso que empezaba a cerrarse con rapidez.
—¿Qué acabas de hacer?
—Tomar, antes de pedir permiso~ —Himiko le sonrió, sosteniendo los dedos manchados de sangre cerca de sus labios como una ladrona impune, para luego suavizar su expresión, implorando que le creyeran—. No quiero hacerte daño, ¿está bien? ¿Me dejarías probar esto?
En lugar de responder, aún sorprendida por su propia falta de cautela, Uraraka preguntó:
—¿No es demasiado poco para alimentarte?
—No es para eso —aclaró la vampiresa—. Aunque saborearte será una bendición muy bienvenida.
—¿Entonces para qué?
—Necesito respuestas —explicó con indiferencia aparente, mirando sus dedos—. Has viajado… ¿cuánto, por este mundo? ¿Unos cien años?
—Mucho más que eso.
—Supongo que todo el tiempo que yo no podía salir a la luz. Me pregunto cuántos años tendrías al conocerme… —Himiko reflexiona en voz alta, observando de nuevo a la hechicera desde su asiento—. Pero eso no es importante. Lo que sí me interesa, es que ahora algo inminente se acerca. Algo grande y poderoso. Debes haberlo sentido.
—Por supuesto, soy una hechicera —dijo. Ese era otro asunto al cual Uraraka no quería darle una segunda vuelta ahora mismo.
Aún quedaba tiempo para ella.
—Las cosas cambiarán en el mundo, Ochako.
Uraraka se afirmó en su cetro, sintiéndose impotente por las restricciones que le dio la Orden para enfrentarse justamente a este tema.
La aterradora posibilidad de una guerra.
—Quiero saber como aportaré a ese cambio —Himiko continuó, ensimismada—. ¿Cómo escoger mi lugar?
De pronto, la envidia por la libertad de elección casi la abruma.
¿Cómo sería no tener nada más que perder, exceptuando a ti mismo?
Uraraka quería eso más que nunca, pero al no encontrarlo, había seguido aplazando su pensamiento sobre los pros y contras de ir en oposición, o en favor, de la Orden mágica a la que pertenecía; escabulléndose entre posadas y tabernas, escondiéndose en trabajos ajenos a la verdad de la realeza. Pero escabullirse no le había servido mucho, ¿no era así?
Lo serio de la realidad del continente, la había alcanzado de la mano del primer ser que pudo salvar en su camino en solitario: Himiko, quien seguía esperando una respuesta de su parte.
—¿Y cómo te servirá mi sangre para eso? —Preguntó al final, con más dureza de la necesaria—. Podrías solo preguntar y ver si mi respuesta te ayuda a decidir.
—No servirá. —La vampiresa espetó, sus ojos oscurecidos—. Todos tenemos… nubosidades —dudó un segundo—, penumbras en la mente cuando se responde a una hipótesis planteada. Tu lo sabes… Necesito verlo, sentirlo por mí misma, ¿lo entiendes verdad?
La hechicera se tragó la amargura que la recorría por ser obligada a considerar esto ahora.
—¿Y cómo planeas hacer eso?
—Convirtiéndome en ti.
Una idea absurda.
—¿Qué? No, no puedes. No siendo tú —enfatizó, repitiendo en su cabeza cada habilidad perteneciente a los vampiros.
Pero luego, cayó en la cuenta de un detalle que había dejado pasar como una tonta y abrió los ojos inmensos. No era de noche, esta vez, cuando Himiko apareció en la posada.
Que los antiguos la ayudaran.
—¿Eres un híbrido?
La emoción por ser nuevamente reconocida se reflejó en la expresión satisfecha de la vampiresa y en sus imposibles mejillas sonrojadas de placer. Así que no, por lo que había dicho, no se trataba solo de un vampiro, sino de una vampiresa-metamorfa, si era capaz de cambiar su apariencia externa, hacerla óptima para viajar a la luz.
¿Pero… podía cambiar de acuerdo a la sangre que bebía, y no solo el tacto?
Por supuesto, concluyó, de ahí provenían las heridas internas que había encontrado hacía tanto tiempo. Debió aparentar ser alguien más para sobrevivir en su viaje desde el sur.
La maravilla la estaba abrumando, una emoción indescriptible comenzaba a llenarla.
No se habían visto híbridos desde hacía tanto…
—Entonces… ¿me dejarás hacerlo, Ochako~? —Himiko volvió a preguntar, son su sonrisa anhelante, deseando su aceptación.
Si sus acciones pasadas habían derivado en aquella situación… Una petición originada en la convergencia de su vergonzosa cobardía, frente la valentía de aquella a quien permitió vivir en su singularidad… Entonces, al menos, le permitirá obtener la respuesta fácil que a la misma Uraraka se le estaba negando.
No obstante, más que ceder, convertiría esto en un intercambio equilibrado.
—Si me permites estar presente, si.
Después de todo, Uraraka también tenía dudas que responder.
