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Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationships:
Characters:
Language:
Español
Stats:
Published:
2022-03-23
Words:
1,883
Chapters:
1/1
Kudos:
5
Hits:
63

Cuando no haya nadie

Summary:

Alina y Mal se embarcan en una aventura rumbo a un nuevo mundo, huyendo del Oscuro y dejándolo todo atrás. Esta es mi idea de cómo fue la primera noche para ellos en ese barco...

Malina till the end <3

Work Text:

Nunca antes había estado en un barco, sin contar el esquife de arena construido para cruzar La Sombra. El balanceo del suelo de madera bajo mis pies me resultaba extraño pero a la vez me reconfortaba. Me dejé mecer, contemplando el horizonte agarrada a la robusta baranda que conformaba la borda. El capitán dio un grito anunciando que zarpábamos y yo sentí que se me escapaba el aire que llevaba un rato reteniendo en mi interior.

Ante mi suspiro, Mal respondió rodeándome con un brazo alrededor de mi cintura y mi corazón martilleó en mi pecho.

- Me siento tan extraña - le confesé, apoyando mi cabeza en su hombro. Mi frente se encontró con su barbilla. Notaba su cálido aliento en mi pelo.
- Pronto todo esto quedará atrás - respodió él, besándome la cabeza.

Media sonrisa cruzó mi cara. Notamos el barco empezando a deslizarse, soltando las amarras para salir del puerto con lentitud pero abriéndose paso entre las aguas azules. No le quise decir que no era sólo el hecho de que nos marcháramos de Ravka, el país que había sido nuestro hogar desde que nacimos, lo que me abrumada. No me sentía extraña por ser una fugitiva, algo a lo que me había acostumbrado, ni porque posiblemente hubiera hordas de grishas ahora mismo buscándome.

Aventurarme a vivir en un nuevo país del que desconocía la lengua y las costumbres me preocupaba, no iba a negarlo, pero la cuestión que me hacía sentirme tan fuera de mi misma en ese momento, era en realidad él. Mal. Plantado ahí a mi lado, su cuerpo pegado al mío, su calor irradiando a través de las capas de lana y algodón que ambos llevábamos para camuflarnos con el resto de pasajeros. Le miré y contemplé su perfil maravillada. ¿Cómo podía ser? Después conocerle durante media vida, de desearle en secreto, de susurrar su nombre en mis sueños cada noche. Ahí estaba. Era consciente de que mis problemas no habían hecho más que empezar y que aún nos quedaba un largo camino por delante, lleno de incertidumbre y desafíos que no quería ni imaginar.

Debería estar planteándome mil cosas mucho más importantes como la forma de destruir La Sombra definitivamente, qué haría si alguna vez nos encontrábamos de nuevo con el Segundo Ejército, cómo conseguiría llegar hasta el Rey y hacerle saber que yo no era su enemiga, que el Oscuro había urdido un plan diabólico con el pasar de los años…

Pero en ese momento, cuando nuestro barco partía hacia Novyi Zem, mi cabeza solo contenía un pensamiento. Mal.

- ¿Qué ocurre? - me preguntó, sonriendo y mirándome directamente a los ojos.

Me había quedado embobada, divagando en mis pensamientos y sin apartar la vista de su ceño fruncido, de su nariz, de la forma en que sus labios formaban un surco imposible. Me ruboricé, negando con la cabeza.

- Vamos a ver cómo es el camarote.

No había tenido demasiadas esperanzas en que nuestro pobre pasaje incluyera una estancia íntima y privada, desde luego, pero el contraste con todo a lo que yo había saboreado en el Pequeño Palacio era demasiado grande. Aún así, Mal y yo estábamos acostumbrados a pocas comodidades (Mal más, si contamos mi estancia como grisha en el palacio) y al menos ahora podríamos estar juntos.

Nuestra cama se encontraba en un rincón apartado en el interior del barco, donde compartiríamos habitación con otros cinco pasajeros. La privacidad era un lujo que no nos podíamos permitir y que en este caso se traducía en unas sábanas colgadas del techo al suelo que hacian las veces de pared. Todas las camas tenían sus propias paredes-sábanas. Dentro olía a madera y humedad, pero no resultaba tan agobiante como habría imaginado. Por los pequeños ventanucos redondos de la pared entraba una tenue luz.

Pronto anochecería, por lo que no había nadie más en el camarote en ese momento. Todo el mundo se dirigía hacia el comedor a recibir su ración de cena. Me dejé caer en la cama, extendiendo los brazos de lado a lado hasta que mis muñecas quedaron suspendidas en el aire. No era muy grande, pero cabíamos los dos y el colchón no era demasiado incómodo.

- Tendremos que dormir un poco apretados - comenté, como quien no quiere la cosa, mirándole con una sonrisa revoloteando en mis labios.

Mal me lanzó una mirada rápida mientras rebuscaba en su mochila. Podía ver cómo luchaba por no sonreír, por mantener la seriedad y hacerse el duro para no caer en la provocación.

- ¿Prefieres que duerma en el suelo? - me respondió alzando las cejas.
- No.
- Pues dormiremos apretados entonces.

Cenamos con el resto de pasajeros, disfrutando por primera vez, después de tanto tiempo, de un ambiente distendido, con gente hablando, alborotando e incluso cantando a nuestro alrededor. De vez en cuando, cruzábamos miradas con Kaz, Inej y Jesper, intercambábamos inclinaciones de cabeza o medias sonrisas, pero nunca una palabra. Mal y yo discutimos en voz baja la posibilidad de cambiar nuestros nombres, pero a ninguno de los dos nos gustó demasiado la idea de borrar también esa parte de nuestra identidad.

En algún momento, uno de los comensales había sacado un banyo y unas notas rasgadas llenaron el interior del comedor. La gente estaba pidiendo botellas de kvas y vasos. Un joven de unos trece años puso dos vasos delante nuestra.

- No, no hemos pedido nada - repuse yo. No teníamos tantos recursos para pagar extras como el lcohol en nuestro trayecto.

Pero el chico se encogió de hombros, como aburrido de mi comentario: “Es tradición en la primera noche”. Y sin más se dio la vuelta. Inmediatamente una mujer a la que habíamos visto sirviendo las raciones de la cena nos llenó los vasos. Mal cogió el suyo y lo levantó hacia mí. Yo le imité.

- Por el futuro - brindé.
- Por nuestro futuro - respondió él, guiñandome un ojo antes de beberse la mitad de su vaso de golpe.

Aquel brindis me levantó el ánimo bastante. No era muy aficionada al kvas, no era mi bebida favorita, pero decidí dejarme llevar por nuestra nueva situación y pronto me sentí transportada a los días en los que ambos compartíamos mesa y vivencias en el servicio militar. Mal empezaba a hacer nuevos amigos y tenía mil historias que contarme siempre. Yo me iba integrando poco a poco con los cartógrafos, estrechando lazos con Alexei y descubriendo que dibujar y cartografiar mapas, como tantas otras cosas en mi vida, no era algo en lo que destacase. Pero era algo que disfrutaba.

- ¿Qué piensas? - oí que me pregunta Mal. No sé en qué momento había conseguido otra jarra de kvas y estaba vertiendo más licor en mi vaso. Intenté persuadirle, pero me chistó con los labios - Solo por hoy. Ambos lo necesitamos.

Era cierto. Después de las tensiones de los últimos días, un poco de distracción no se sentía nada mal.

- ¿No nos harán pagar esto?
-Me ofreceré a limpiar los suelos o a pescar durante el trayecto - respondió quitándole importancia al asunto.

La seguridad que era capaz de mostrar hasta en las peores situaciones me provocaba envidia y la vez me contagiaba. Claro que sí, pensé con un subidón de emoción contenida. Yo también puedo ser útil. Bebí mi vaso de un trago, cosa de la que me arrepentí rápidamente. Era mucho más amargo de lo que recordaba. Mi cara provocó una fuerte carcajada en Mal.

Me sentí bien, por primera vez en semanas.

La vuelta al camarote la hice despacio, con miedo a tropezar con el balanceo del barco, caerme y hacer el ridículo delante de la gente. Delante de Mal. Nuestras constituciones no era nada parecidas. Tres vasos de kvas eran como agua para él, mientras que para mi eran… Bueno, tres vasos de kvas.

Por el ruido de ronquidos leves supuse que solo había una persona ya dormida en su cama, en la esquina opuesta a la nuestra, así que aproveché para desvestirme mientras Mal esperaba al otro lado de la sábana. Me quité el abrigo, la chaqueta de lana y me desabroché la falda, dejándola caer y quedándome sólo con la camisa de algodón. Me deslicé rápidamente bajo las mantas. Mal encendió la mecha de una literna que colgaba de la pared en nuestro cabecero y se quitó varias capas de ropa hasta quedarse con una camisa y unos pantalones.

Luego sacó el revolver que llevaba colgado a la cintura y lo metió bajo la almohada. Aquel gesto me puso nerviosa. No debía olvidar cuál era nuestra situación; no estábamos fuera de peligro aún.

Mal y yo ya habíamos dormido juntos antes. Los días en los que recorríamos los bosques en busca del ciervo de Morozawa nos acurrucábamos juntos bajo las mantas por la noche. Pero el frío, la incomodidad del suelo y el inminente peligro al que nos enfrentabamos hacían que no disfrutásemos especialmente esa cercania. Sin embargo, compartir un lecho era algo muy diferente para ambos. Mal pareció dudar un momento.

- ¿Seguro que no te importa que…?

Antes de que hubiera terminado la frase me incorporé y le agarré la mano, tirando de él para que se tumbase a mi lado. Echó las mantas encima de los dos y me rodeó con los brazos. Le oí lanzar un fuerte suspiro, soltando parte de la tensión. En ese momento agradecí el efecto sedador del alcohol en mis venas. Quise decir algo, pero me sentía nerviosa y no creía que fuera a ser coherente con mis palabras. Tenía demasiadas cosas en la cabeza.

- Alina - me llamó en voz baja.

Yo giré el rostro, apoyada en la almohada a pocos centímetros de él. Notaba el calor que emanaba de su cuerpo rozándome la piel como si me acercara a una llama. Su mirada me perforó. Bajo las mantas, su mano estaba posada sobre mi muñeca y me acariciaba con el pulgar la cara interna del brazo. Sentía mi pulso tan acelerado que estaba segura de que él debía sentirlo también, palpitando bajo su tacto. También él parecia buscar las palabras; casi podía oir su mente elaborando frases.

Pero ninguno de los dos necesitábamos decir nada más, comprendí. Cubrí la distancia que había entre nosotros y nuestros labios se encontraron.

Supe que nunca olvidaría esta sensación. Mal me respondió intensificando el beso, rodeándome aún más fuertemente con sus brazos. Cuando nos separamos, ambos respiramos profundamente. No pude evitar reirme, enterrando la cara en la almohada mientras él me acariciaba el pelo, sonriendo de oreja a oreja. Me parecía imposible sentir tanta felicidad.

Le acaricié la cara, perfilando la línea de su mandíbula, contemplando mi propio deseo reflejado en sus ojos.

En ese momento, la puerta del camarote se abrió de golpe y un alboroto de personas entrando nos sobresaltó. Su cuerpo se tensó, incorporándose levemente. Su mano voló debajo de la almohada, pero solo eran nuestros compañeros de estancia, los otros pasajeros con los que compartiríamos camarote durante los siguientes días hasta desembarcar.

Me mordí el labio, tratando de decidir si el hecho de que hubiera más gente allí me tranquilizaba o me incordiaba. Elegí un término medio. Quería estar con Mal, pero podía esperar. Mal apagó la linterna y se recostó de nuevo, volviendo a rodearme.

- Cuando no haya nadie - le susurré, a modo de promesa.
- Cuando no haya nadie… - repitió él, besándome la frente antes de caer profundamente dormido.