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Español
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Published:
2022-03-27
Words:
3,379
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1/1
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106

𝒾𝓃𝓋𝒾𝑒𝓇𝓃𝑜 ❄

Summary:

Siguiendo la línea de kenhina verano y otoño, ¡llega el invierno con regalitos de por medio~! 🧡💛

Work Text:

 

🎁

¡𝓻𝓮𝓰𝓪𝓵𝓸𝓼 𝓭𝓮 𝓷𝓪𝓿𝓲𝓭𝓪𝓭!

 

Diciembre llegó trayendo consigo su habitual frío. Se sentía en el aire gélido y se veía en los árboles secos, despojados de todo color y alegría, siendo apenas un puñado de ramas laberínticas y confusas.

Hinata lo sentía en su cuerpo; la energía zanganeando y tirando de él para evitar hacer cualquier actividad que significara enfrentarse a la bajada de temperatura. Pero él era tenaz, no se dejaba amedrentar por un frío que se colaba bajo la piel y helaba hasta los huesos. Hinata seguía corriendo, entrenando, montando en bicicleta todos los días.

Aquella era su rutina.

Sabía que era poco habitual permanecer tan activo durante esa época, y por eso cada vez que le preguntaba a Kenma sobre lo que había hecho durante el día y obtenía una respuesta similar a la de la vez anterior, Hinata comprendía. Suspiraba, sin embargo. A veces hasta se le escapaba una risita si el mensaje venía acompañado de algún emoticono. Durante el tiempo que llevaban intercambiando mensajes (y conociéndose), había aprendido a identificar el estado de ánimo de su amigo por la forma en la que escribía.

 

KENMAAA

Oye, Kenmaaaa

Léeme, un momentín~~!!

Solo quiero preguntarte una cosa

He tenido una idea genial, jeje

 

Te estoy leyendo, Shoyo

¿qué idea es esa?

 

¡Vamos a intercambiar regalos de navidad!

…

……

¿????????

Kenma

…………

¡¡Venga!!

Sí, sí

Vale mmm

¿Qué pasa?

No se me da bien hacer regalos, creo.

¡No pasa nada!

Cualquier cosa estará bien, ¿vale~?

 

 

              Cualquier cosa. Cuando dijo aquello, lo cierto era que no había pensado en lo que podía regalarle. Se había dejado llevar por el impulso, porque de pronto, un día, se había hecho a sí mismo una pregunta: ¿qué cara pondría Kenma al recibir un regalo? Y su cabeza ató cabos rápidamente. La navidad estaba cerca, era la excusa perfecta para saciar su curiosidad, además… Tenía tanto que agradecerle a Kenma, estaría bien hacerle un regalo. ¡Claro! Era algo totalmente normal querer regalar cosas a tu amigo.

           El problema era que no tenía ni la menor idea de lo que regalarle. Sabía las cosas que le gustaban a Kenma, pero algo relacionado con los juegos no entraba en su presupuesto. Tampoco pensaba que le hiciera demasiada ilusión algo que tuviera que ver con el vóley. Entonces, ¿qué? Se obligó a pensar y pensar, mientras jugaba solo a dar toques a un balón en el patio de su casa, mientras bajaba la montaña y la volvía a subir, mientras estaba tirado en el suelo de su habitación con la vista fija en el techo. No se le ocurría nada.

―¿Es para tu amigo el cabeza de flan?

Natsu lo miraba con sus redondeados ojos clavados en él, insistente. Lo había pillado concentrado pensando en el regalo de navidad, y en seguida había notado que algo le pasaba. Esa pequeña criatura era demasiado perspicaz, y demasiado curiosa también, porque no se contuvo en presionar hasta que Hinata terminó por soltar prenda.  

―Sé que le gustan los videojuegos, pero de eso ya debe tener a montones. Y el vóley le gusta, pero…

―¡Tiene que tener gatitos!

―¿¡Qué?! ¡¡¿No puedo regalarle un gato a Kenma?!! No parece que le gusten muchos los animales y…

―¡No! ¡Tonto! Digo que el regalo tiene que ser algo con gatitos.

Hinata se quedó un momento en silencio, pensando a toda velocidad.

―Es porque se parece a un gato… ―aclaró ella.

―¡Ya lo sabía! Es solo que aún así no sé que regalarle.

Aunque no lo supiera, aquello era una pista, algo de lo que tirar. Gatitos, gatitos… Un peluche de gato. No, eso no. ¡Pegatinas! Bueno… Mejor no.

Y si… ¿Algo para el ordenador con un dibujo de gato? Le parecía soso.

Una camiseta… Demasiado.

Una funda para el móvil.

Una taza.

No, no, no. nada de eso le convencía. Agggh.

Dio mil y una vueltas por las calles que estaban repletas de tiendas, paseándose con su bicicleta, como si por ir más rápido fuese a llegar a cada rincón hasta hallar el regalo escondido. Fue así, de pasada y a lo lejos, donde la vio. Una tienda con cientos de colorines que llamó su atención al instante. Sin duda ahí debería de encontrar algo que le sirviera. Dejó la bicicleta fuera y se adentró por un laberinto de colores y formas hacia el interior de una estancia, ni muy grande ni muy pequeña, pero enrevesada y con estantes llenos hasta arriba de un sinfín de objetos que poco tenían que ver unos con otros.

Encontró artículos de papelería de todo tipo: bisutería, postales, artículos de decoración y un montón de cosas, tantas que casi se le olvidó que estaba buscando algo en concreto. Sus ojos viajaron de aquí para allá, siguiendo el camino de colorines sin un rumbo fijo, hasta que por fin dio con lo que estaba buscando.

―¡Te encontré! ―exclamó, quizás un poco alto, porque el dependiente alzó la cabeza y lo miró como si fuera un duendecillo naranja que hubiera venido a perturbar la quietud de su tiendita, más que como un chavalín emocionado por un futuro regalo de navidad.

Hinata sintió un poquito de vergüenza, pero nada en comparación a la ilusión que le hizo encontrar por fin algo que le gustase. De hecho, le parecía ideal. Dentro de una cestita con el resto de parches para la ropa de todo tipo, había algunos de diferentes formas, con el diseño de un gatito blanco y manchitas color caramelo. Eligió de inmediato el que estaba durmiendo hecho una bolita, y se llevó un rato para escoger el siguiente. Dudaba entre el diseño de la cara enfurruñada y otro de un gatito erizado.

Pero eh, un momento: ¡Había un cuervo! ¡Y tenía una matita de pelo naranja! Sintió ganas de chillar de la emoción, y se contuvo a duras penas. Lo cogió de inmediato con manos casi temblorosas y contempló los dos; el gatito recostado, y el cuervito volando. Ah, era tan perfecto… Claro que, ¿qué iba a hacer con ello? Deberían ser puestos sobre ropa, pero darle como regalo solo algo tan pequeñito le parecía demasiado poco, cabía la posibilidad de que Kenma terminase guardándolo todo en un cajón y Hinata no quería eso. Y si le regalaba algo de ropa…

Se quedó uso minutos pensativo delante de la cestita de parches, mirándola fijamente sin llegar a verla, hasta que se le ocurrió la solución. Recordó que Kenma solía pasar mucho frío en invierno, y alguna vez lo había visto estornudar, por lo que estaba casi cien por cien seguro de que se resfriaba a menudo. Por típico fuese en aquellas fechas, regalarle una bufanda y un gorrito que mantuvieran su rostro protegido no le pareció tan mala opción. Además, esos parches quedarían monísimos ahí. Sisisí. Y para el gorrito…

―¡Disculpe! ¿Tiene algo más con este diseño?

El dependiente se incorporó para mirar lo que le estaba enseñando, se quedó pensativo unos segundos y luego señaló uno de los estantes.

¡Eran pines! Eso le vendría genial para el gorrito, así que eligió uno de la cara del gatito enfurruñado y volvió al mostrador con una amplia sonrisa en los labios, feliz por la compra que iba a realizar.

―¡Muchas gracias! Tiene usted una tienda super molona, ¡de verdad!

El chico le devolvió la sonrisa y se despidieron con una inclinación de cabeza. Salió de la tienda lleno de energía y con la sensación de que el día era un poquito más brillante. Bien, bien, bien, ahora solo tendría que buscar la bufanda y el gorro. ¿Qué color le quedaría bien?

―Mmm… ―murmuró para sí mismo, ensimismado, mientras el aire volvía azotar su rostro, despeinándole y enturbiando un poco su visión.

Rojo, podría ser, como el color de su equipo. Arrugó la nariz. Si era honesto consigo mismo, aunque no supiera el motivo, le gustaba ver a Kenma utilizando otros colores además del rojo. Quizás, naranja… Sí, naranja estaría genial, seguro que le daría más calorcito en los días grises.

Esa tarde llegó a casa con una bolsa que contenía una bufanda y un gorrito a juego, los dos parches y el pin. Cuando su hermana fue corriendo a intentar ver el interior de la bolsa, su resistencia duró apenas dos segundos, porque en seguida se la arrebató para evaluar todo y darle el visto bueno.

―¡Es muy lindo!

―¡¿VERDAD?!

―¿Y cómo vas a coserlo? ¿Sabes coser?

―Pues… Oh.

Por supuesto que no sabía. Era un minúsculo detalle que se le había escapado.

―MAMÁAAA.

Escuchó la respuesta de su madre desde algún lugar de la casa y corrió, siguiendo el eco de su voz hasta dar con ella, que estaba en su propia habitación.

―Porfavorporfavor. ¡Enséñame a coser! ―le suplicó, haciendo una inclinación con la que podría haber rozado la cabeza contra el suelo de habérselo propuesto.

Escuchó la risa de su madre, que ya estaba más que acostumbrada a aquellas conductas inesperadas de su parte. Por supuesto que estuvo más que dispuesta a ayudarle.

De todos modos, tuvo que explicarle la situación, ambos sentados en el salón bajo la atenta mirada de la más pequeña de la casa, que balanceaba los pies desde la silla donde estaba sentada y escuchaba con atención, aunque ya conociera la historia de antemano, razón por la cual se permitió añadir los comentarios aclarativos que consideraba necesarios.

―Al hermanito le gusta mucho su amigo cabeza de flan y por eso estaba tan agobiado.

―¡Natsu! ―exclamó Hinata.

En realidad, no había dicho ninguna mentira. La frase era correcta en todos los sentidos: le gustaba mucho Kenma.

Su madre se limitó a asentir ante los detalles de la situación, comprensiva y paciente, hasta que terminó de explicar y enseñarle todo lo que había comprado. Se pusieron manos a la obra en seguida. Pasaron aquella tarde de domingo, a pocos días de navidad, les tres poniendo su mejor empeño en que Hinata consiguiera pegar los parches a la bufanda de manera exitosa. El resultado, después de horas de continuo ensayo y error, no fue el más deseado. Hinata, sin embargo, observó como había quedado la bufanda con aquellos dos dibujitos y se sentía profundamente orgulloso y emocionado. Su madre y su hermana también estaban muy contentas y compartieron su alegría durante la cena.

 

KENMA

Estoy cansadísimo

¡¡¡Pero supersupersuper contento!!!

Hola Shoyo

me alegro mucho

¿Qué ha pasado?

Es un secreto, ya lo verás jejejeje

…me da… miedo.

 

 

 

Se vieron un par de días después de Navidad porque volvieron a organizar un entrenamiento común. En cuanto vio la cara de Kenma, supo que su amigo no estaba para nada de acuerdo con aquello, lo habitual en él. Hacía frío, deberían disfrutar de algunos días de vacaciones, no había necesidad de salir de casa y hacer ejercicio. Su expresión parecía estar diciendo todo aquello a la vez. Hinata se acercó a él, dejando escapar una risita, y pronunció su nombre con una exclamación, como de costumbre, que provocó que Kenma se sobresaltara y encogiera los hombros. Sin embargo, tras ese momento de sorpresa, la expresión de sus ojos se suavizó,

―Hace un montón que no nos vemos, jo. Pero mucho ¿verdad Kenma?

―Un par de meses…

―¡Mucho!

Kenma no dijo nada, pero por su mirada parecía estar de acuerdo, o así lo interpretó Hinata. En seguida se enfrascaron en una conversación, como siempre Hinata más proactivo que Kenma, pero aquella dinámica entre ellos era de lo más natural. Como de costumbre, cuando empezaron a hablar, a su alrededor pareció que el mundo dejase de existir. Todavía estaban esperando a que llegasen algunos del equipo y andaban preparando el gimnasio, por lo que no era necesario que todos se dedicasen a aquella tarea.

―He traído tu regalo de navidad, ¿lo has traído también?

―Pues… Se me ha olvidado.

―¡¿Qué?! Pero si te lo recordé anoche, Kenma…

―Es broma, lo he traído.

El mohín en sus labios se relajó. Advirtió en los ojos de Kenma un brillito muy particular que solo centelleaba cuando intentaba bromear. Hinata lo tenía registrado en su memoria, hasta que no miraba sus ojos no podía saber con certeza lo que pasaba por la mente del rubio. Esos ojos ambarinos jamás engañaban. Kenma, que solía escoger las palabras adecuadas y evitaba decir de más, era incapaz de disimular el brillo en sus ojos. Hinata no sabría decir con exactitud qué era lo que escondía esa mirada, la clase de magia que contenía para expresar emociones como él lo hacía, era algo que se le escapaba. Por eso, siempre que podía, lo miraba a los ojos.

―Toma ―dijo, sin más.

Hinata se quedó mirando el regalo que le tendía, antes de cogerlo y empezar a abrirlo con la emoción refulgiendo por cada poro de su piel. Sus manitas rasgaban el papel con inquietud, y cuando por fin reveló lo que había debajo, sus ojos se abrieron como platos.

―¡¡Pero Kenma!! Esto es… ¿Demasiado?

Claro, porque aquello costaba un dinero y se suponía que era un detalle. Pero lo de Kenma era más que un detalle. Hinata miró la caja de una Nintendo Switch, luego a Kenma, y repitió la acción varias veces, atónito. El chico frente a él de pronto parecía avergonzado, pero supo adivinar en su expresión cierto orgullo contenido. Una mezcla entre azorado y contento que le hizo preguntarse como era capaz de contener dos emociones tan dispares en un cuerpo tan pequeñito.

―Así podemos jugar de vez en cuando a algo, aunque estemos lejos. Si quieres.

Claro, no había pensado en ello. Se le había escapado ese detalle tan importante. Kenma le había regalado aquello porque quería pasar más tiempo con él de algún modo. Quería compartir con Hinata algo que le gustaba mucho, y aquella era la manera más accesible por el momento. Comprenderlo le hizo sentir una oleada de calor subiendo por su pecho, siendo la fuerza propulsora que lo condujo directo a su amigo.

―A-auch.

Kenma no se quejó por el repentino ataque que había sido el abrazo, sino porque cuando Hinata lo estrujó con fuerza, le clavó sin querer un pico de la caja que seguía sosteniendo en una de sus manos.

―¡Muchas gracias Kenma! Luego tienes que decirme qué juego necesito para que juguemos los dos, ¿vale?

Su voz quedó ahogada en el cuello de su amigo, mientras algunos mechones rubios le provocaban un grato cosquilleo. Lo primero que pensó fue que olía genial y se estaba muy calentito ahí. Al rozar la piel de su cuello, también se percató de que estaba tan suave que su instinto le llevó a frotar la nariz contra esa zona, del mismo modo en el que se dejaba caer sobre su almohada por las noches después de un día de mucha actividad. Le pareció el mejor sitio del mundo para descansar. Igual que cuando se despertaba por la mañana con energía renovada, al retirarse de su cuello, una vitalidad imparable corría por sus venas. Notó entonces unos delicados dedos que, medio escondidos en la manga de una sudadera, soltaron el sutil agarre que habían ejercido en su cintura. Embriagado por tantas sensaciones agradables no se había percatado hasta ese momento del gesto, pero le hizo sonreír al instante.

―No es nada…

―¡Es muchísimo! Mi regalo no es así de chulo, lo siento ―murmuró el final de la frase, afligido.

―Seguro que es genial, ¿me lo enseñas? ―Kenma también hablaba en un murmullo pero infinitamente más suave y cálido, y el final también fue casi inaudible cuando añadió―; Tengo ganas de verlo.

―¡Claro! Toma.

Le entregó la bolsa donde había metido sus regalos, envueltos por un único papel de regalo de colorines. No le tembló la mano al entregárselo, pero de fuera por la forma en la que su pecho comenzó a agitase, debería de haber pasado.

Hinata lo miró con atención, sin perder detalle de como las ágiles manos de su amigo desenvolvían el papel de regalo de un modo muy diferente a como él había hecho con anterioridad. Porque había rasgado el papel sin preocupación, pero Kenma trataba de abrirlo con el menor daño posible, despegando los extremos en primer lugar, y rasgando las partes clave para abrirlo sin desperfectos, lo cual era un proceso más largo que le hizo perder un poquito la paciencia. Hinata lo miraba con expresión de estar insistiendo. Vengavenga.

―Oh.

Por fin se desveló el color naranja de la bufanda.

De inmediato, Hinata se fijó en sus ojos, de nuevo queriendo sumergirse en el rango de emociones que mostraba a través de ellos. Kenma estaba sonriendo, de manera casi imperceptible con sus labios, pero sí con la mirada. Sus ojos se entrecerraron ligeramente a la par que la comisura de sus labios se fruncía.

Miró primero la bufanda y luego el gorrito, prestándole atención al pin del gatito que llevaba enganchado.

―¡Pero mira bien la bufanda hombre! ―exclamó Hinata, sin poder contenerse.

Kenma estiró la bufanda y entonces se percató de los dos parches que estaban colocados a cada extremo. Sus ojitos se abrieron por la sorpresa. Al parecer, debía de notarse mucho que esos parches originalmente no estaban ahí, que había sido idea de Hinata el colocarlos, y llegando a esa conclusión con rapidez, en seguida alzó la mirada hacia Hinata.

Ahora sí, estaba sonriendo con todo su ser.

―Muchas gracias, Shoyo. Me encanta.

―¡Son como tú y yo!

―Lo sé.

Hinata estaba a punto de dar saltos de la emoción cuando escuchó la risita de Kenma escapando sin freno de su interior. Hacer reír a Kenma era una experiencia a otro nivel que Hinata había apreciado de primera mano.

―Además, me parece que pasas un poco de frío siempre, y te resfrías con facilidad. Pensé que podrías necesitar algo suave y agradable que te proteja cuando estés fuera. ¡Así puedes salir bien calentito y sentirte cómodo! ―Las palabras se le escaparon de carrerilla, porque estaba nervioso y rebosante de energía.

Kenma asintió, conforme.

―Es una idea genial.

Al verlo ahí, sosteniendo el regalo contra su pecho, se le ocurrió algo. Dejó la bolsa con su propio regalo en el suelo y le quitó de las manos la bufanda, para colocarla alrededor del cuello de un contrariado Kenma que solo hizo un movimiento involuntario de apartarse, pero que luego se quedó quieto en el sitio y le dejó hacer. Luego le arrebató también el gorro y lo encajó sobre su cabecita de flan. Quedó perfecto así, bien envuelto por la mullida bufanda y con el gorrito cubriéndole hasta las orejas. Era una imagen adorable, pensó. Lo pensó muy fuerte, casi a gritos. Se encontró a sí mismo con las palmas de ambas manos aplastando las mejillas ajenas y entonces pensó un poco más allá. Sus pensamientos cruzaron una línea. Fue cuestión de unos segundos los que tardó en reaccionar y apartarse, disimulando entre nerviosas carcajadas. Aunque Kenma no era capaz de oír sus pensamientos.

―¿Qué me dices? ¿Estás calentito así?

Hinata no pudo ver sus orejas enrojecidas por el calor, pero las imaginó solo por la vergüenza que se reflejaba en su rostro de rasgos felinos. Kenma evitaba su mirada en ese momento y solo murmuraba algo que sonó a un sí, gracias. Algo así le pareció, pero tampoco podía asegurarlo porque realmente Kenma parecía estar muerto de la vergüenza.

―¡EH! ¿Por qué nosotros no tenemos regalos?

Aquello fue el colmo. Cuando los demás comenzaron a arremolinarse alrededor de ellos, atraídos por la apariencia de Kenma y la curiosidad, Hinata apreció como Kenma hizo su mejor intento de huir. No le dejaron.

―¡No es justo! ¿Por qué te ha regalado una Nintendo?

―Kyanmaaaaa ¿es que no somos tus amigos también?

―Hinata, has cosido tú eso ¿verdad? Jajaja.

El alboroto de carcajadas y gritos acabó ahuyentando a Kenma. Hinata vio como se escurría entre el espacio de dos cuerpos para huir lo más lejos posible y, de tener oportunidad, seguro que huiría fuera del gimnasio.

―¡Pero de qué vais! ¡Ni se os ocurra tocar mi regalo que es mío! ¡EH!

No le hicieron mucho caso.

 

 

     A la mañana siguiente, Hinata recibió una foto:  apenas unos ojillos entrecerrados, sonrientes y tímidos,

asomando por una bufanda roja y con algunos mechones de flequillo rubio aplastados a cada lado de su rostro

por un gorrito también del mismo color. Nada tenía que ver su expresión con la del gatito enfurruñado del gorrito.