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La Tienda de Música

Summary:

Beca Mitchell trabaja en una tienda de música y tiene una gran habilidad con todos los instrumentos musicales, mientras que Chloe Beale tiene una gran habilidad en quedarse boquiabierta.

Chapter Text

No creía en los mitos, ni en aquel tan famoso en el que se cuenta que el ser humano es capaz de permanecer admirando algo que le apasiona por largas horas con gran entusiasmo y ensalzamiento; no creía que nada ni nadie pudieran robar su precioso tiempo con tan solo estar presente en su entorno, mas todo volcó a cambios y novedades. Rodaba los ojos cuando leía por las redes sociales a alguien que decía que había estado mirando tal foto durante horas/años puesto que ella sabía que ni había transcurrido un minuto, que era una exageración. Y ella no podía estar sin estar haciendo cosas, salía a correr o llamaba a cualquier ser dispuesto a entretenerla para que ella pudiera mantener su mente ocupada.

Cuando echaba a correr por el barrio, cada vez cambiaba el trayecto para más aventura y emoción y para descubrir nuevos recorridos; sin embargo, dejó de hacerlo cuando una música aún más fuerte que la de sus auriculares le llamó la atención y ella se acercó curiosa a la tienda de donde provenía.

Chloe, asombrada, quitó los auriculares de sus oídos y no se movió de la tienda de música hasta que esa chica no paró de tocar el instrumento para sus clientes. La dependienta, sentada en un taburete, con una guitarra eléctrica casi más grande que ella, mostraba a una familia cómo sonaba la roja y blanca guitarra que iban a comprar, pero Chloe estaba segura que ese instrumento parecía aún más espectacular y apetecible por el modo en el cual la pequeña y morena chica tocaba, era fascinante.

La tienda aparentaba ser pequeña, no obstante, ese efecto ocurría ya que el establecimiento era poco abierto y muy largo, incluso había dos entradas en cada horizontal con grandes cristaleras para la expectación de los instrumentos para la gente de la calle. El señor mayor que atendía el mostrador preguntó a la pelirroja si buscaba algo o si necesitaba ayuda, pero Chloe negó con educación y se dispuso a rodear toda la manzana para poder ver a la chica guitarrista de más cerca en la otra puerta de la tienda.

Cuando llegó, ahora sudando más que antes, tuvo que pararse en seco de nuevo porque la apariencia de la dependienta debía ser contemplada por los ojos azules de Chloe, era preciosa. Ella estaba hablando con los clientes y entregó al chico, de unos doce años, la guitarra; la cara de enamoramiento del niño por su nueva guitarra era igual que la de la pelirroja por la morena. Ese día llegó a casa más contenta y con un trayecto a seguir en su hora de correr.

 

El deporte ejercitado por la motivación que le daba esa peculiar tienda de música, se iba notando en el cuerpo de Chloe y tenía mucha más resistencia que en un pasado; ahora, como dice ella, está preparada para sobrevivir un apocalipsis zombie. Lo más sorprendente era que, cada vez que se acercaba a la tienda, la chica que la tenía loquísima, tocaba un instrumento diferente, siguiendo esa nota de 10 en su habilidad para la música.

Un ejemplo es tal que así: aproximándose, presiona la pausa en su teléfono móvil, cuando normalmente era imposible que algo o alguien le interrumpiera con su música favorita. La dependienta estaba tocando el piano electrónico para una señora mayor, enseñándole los diferentes sonidos que podía producir y tocando melodías de Mozart y Beethoven. Otro día, se encontraba tocando la batería a un tempo impresionadamente rápido y con un ritmo que la pelirroja moría por saber si en la cama era así de energética. En otra ocasión, mostraba a un joven un ukelele, que se adaptaba a su pequeño cuerpo con lo que Chloe no podía dejar de sonreír. Chloe se preguntaba si esta especial chica había nacido prodigia o si la magia, con algún conjuro negro, había hecho efecto en ella.

Un mes después, la noche estaba fría y nublada, correspondiéndose con el actual comportamiento de Chloe, había sido un día en el cual los pensamientos más sombríos y la tediosa ansiedad la habían atrapado como si fueran seres salvajes secuestrando a indefensos sobrevivientes en una isla perdida, atándolos a un colosal árbol frente a una hoguera, cantando versos que solo podían marear y estremecer a sus víctimas.

Salía de la biblioteca donde había montado un espectáculo con su mejor amiga, Aubrey; pero no un espectáculo bueno sino, como dice la palabra, una escena que salió como el culo para su reputación de niña educada de sobresaliente ante los trabajadores del edificio. Inmovilizada, aguantando no humedecer más sus cielos azules –sus ojos–, no llegaba a poder concentrarse en lo que ponía en el libro de lectura del cual tenía examen próximamente. Lo pagó con la rubia de su mejor amiga dando un gran golpe en la mesa con el libro y expresándole todo lo que nunca se había atrevido a decirle; amargos recuerdos pasados que llamaron a la puerta de Chloe, explotaron.

Con cada paso que daba, cuando parecía que volaba por las ansias de llegar a un sitio sin desasosiego, el día cada vez se hacía más duro y ella buscaba con desesperación algo que despejara su mente y que acarree lejanamente su espíritu más oscuro; para su suerte, la tienda de música estaba cerca de la biblioteca.

El interior del establecimiento estaba oscuro, una sola luz suave se hallaba e, insólitamente, ningún sonido se podía escuchar, ni instrumentos ni música de fondo. Chloe, que se encontraba en la acera del frente de la tienda, mira su reloj y las horas habían pasado de tal modo que ya era tarde para que los comercios siguieran abiertos; sin embargo, parecía que en este seguía habiendo alguien y Chloe, testaruda, no tenía nada mejor que hacer y no quería volver a casa ya que eso significaba ahogarse con sus lágrimas en la ducha, consolándose por su estado desequilibrado de hoy.

La puerta extrañadamente se encontraba abierta de par en par, era la perfecta escena de robo, pensó la pelirroja. Ella miró con fisgoneo todos los detalles de la tienda ya que nunca había entrado realmente y siempre en lo único que se fijaba era en la deslumbrante dependienta. Y por supuesto que no era pequeña la tienda, había incluso una segunda planta llena de diferentes modelos de baterías de percusión además de estanterías con revistas de música a rebosar. Chloe se sentía diminuta y también observada por todos los instrumentos colgados de la pared, o bien, apoyados en soportes firmes en el suelo, como si le hubieran dado vida la noche y la luna.

– Me ha costado identificarte sin tu ropa de deporte - retumba una voz en el interior de la tienda, no se ve a nadie; mas a los pocos segundos, una cabeza asoma desde la pequeña cabina donde los empleados guardaban sus cosas, al lado del mostrador. Si se hubiera tratado de un relato de terror, peligraría la vida de nuestra Chloe; no obstante, exaltada, muda y ruborizada, ésta se encontraba hiperventilando por la aparición de la chica de quien estaba tan obcecada.

La morena quiso saber si fue buena idea presentarse de tal forma después de que varios silenciosos minutos pasaran, tampoco tuvo opción de retener su cuerpo con el repentino impulso puesto que estaba esperando con curiosidad a encontrar el momento perfecto para preguntarle si estaba interesada en algo, desde que vió a la pelirroja deambular por ese entorno.

Nada aconteció y Chloe ya se hallaba excusándose y saliendo por la puerta, sin no antes con la dependienta exclamando que debería de haber cerrado antes: el rostro de la músico quedó indiferente y apático, maldiciéndose por ilusionarse de nuevo en algo que no tenía destino comprometedor, parece ser que nada iba a cambiarle su rutina. Por otro lado, las fuerzas de Chloe no soportaron y sus cielos azules empapados quedaron. Cuando llegó a casa, hizo lo que hubiera hecho de todos modos, parece ser que su destino era acabar el infortunado día sentada en la ducha desahogándose con los chorros de agua.

 

Sorprendentemente, al siguiente día, Chloe pudo volver a sentir que su cuerpo dejaba a los pulmones hacer el tan necesario ejercicio de respiración, incluso ella se iba parando para notar cómo lo realizaba en ciertas ocasiones, empezó a ser consciente de que nunca nadie se limita a observar cómo sus organismos laboran y que la verdad es que en ocasiones la mejor solución es detenerse y comprobar que sigues vivo y que lo estás haciendo bien.

Empezó a ser consciente de que no es una máquina y que no puede huir de sus problemas manteniendo la mente ocupada en cualquier otra cosa, que su felicidad no puede ser lograda solo si está haciendo cosas, también es posible estar despreocupada mientras estás simplemente tumbada en la cama.

El único pensamiento no bienvenido era el sentimiento de culpabilidad, la dependienta debió de creer que Chloe estaba loca por el sorprendente encuentro y no podía dejar a la morena con ese incómodo y abochornado recuerdo para que sea un tema de conversación para cuando sus amigos en un bar le digan de rememorar la situación más extravagante que le haya sucedido; no obstante, Chloe no se sentía avergonzada puesto que era demasiado orgullosa, incluso no podía olvidar esa frase de “me ha costado identificarte sin tu ropa de deporte” que le hacía saber que no era la única que era consciente de la situación.

El examen que tenía de aquel libro de lectura –el cual estampó contra la mesa en la biblioteca– no salió bien del todo, aunque eso no fue motivo para quitarle las ganas tan características de la pelirroja de comerse el mundo, además tenía asumido que la literatura rusa no era su fuerte.

Al salir de ese examen disponía del recreo y se dirigió a la biblioteca de la universidad para abrir su portátil con el objetivo de buscar en Google el nombre de la tienda de música ya tan nombrada, con la esperanza casi inverosímil de que el número de la dependienta cañón estuviera en la página.

Mientras tanto, una chica muy alta y con una camiseta demasiado ajustada entregaba a todo ser que se adentraba en la biblioteca unos folletos sobre un festival de música, lo cual llamó la atención de Chloe.

– Gracias - dice cuando recoge uno de los folletos y la chica tan alta le sonríe - oh Dios, ¡seguro que ella va! - exclama en voz alta para sí y esta chica cambia su expresión a confusa y sigue la entrega de folletos.

 

El escenario de la tienda de música pasó a ser el festival para el siguiente objetivo de Chloe de conquistar a esa chica, o al menos, conocerla y descubrir qué pócima ha ingerido para ser tan brillante en la música. Cómo no, arrastrará a Aubrey, con quien ya había arreglado las cosas.

POV’s BECA

No llevaba consigo las llaves de casa y al llegar, tras una tarde plúmbea en la tienda de música, no podía hacer nada más que sentarse al pie de la puerta.

En la pieza de la escalera había una pequeña ventana en la que podía mirar las estrellas y la luna. Esperando a la vuelta de su padre, quedó ausente, ensimismada entre la oscuridad: la lucecita temporizada se apagó dejando solas a Beca y a la luna.

La curiosidad que tenía por esa chica no resultó positiva y esa esperada chispa, sin más, no resultó.

Acabó en una cama ajena, tratando de coger el sueño, sintiéndose indefensa. Su padre no llegaba a casa, lo más probable es que se hubiera quedado con una de las muchas chicas que conocía, y la vecina ofreció una mano a la morena.

Lo único que podía hacer era pulsar al play y que las ondas de la música recorrieran los cables hasta la cabeza del auricular a su oído. Las ondas eran pesadas, la guitarra retumbaba lo más grave posible una vez cada un minuto, no había voz alguna y los golpes a los bombos eran fatigados y regulares. La batería siempre controlará el latido del corazón de Beca.

La única motivación era el festival de música al que iba a atender su banda.