Chapter Text
Thomas estaba cansado. La idea de conseguir una herida que lo dejara fuera de la acción se había pasado por su cabeza más que un par de veces, aunque todavía no tenía un plan definido.
Otra granada explotó, las zanjas temblaron. Thomas tomó otro sorbo de su taza de… lo que fuera esa porquería. Al menos estaba caliente.
Solo tendría que aguantar un día más en las trincheras y sería reasignado por un par de semanas al hospital del campamento. Seguiría sin tener un baño caliente y probablemente una cama propia, pero al menos no tendría miedo de quedarse dormido y no despertar por la mañana.
Thomas ayudó a un joven con una herida superficial. El chico pareció bastante decepcionado de que esa herida no lo excusara para su guardia de la noche. Thomas se encogió de hombros.
—Puedes pararte, apuntar con un rifle y presionar un gatillo. Es todo lo que importa.
Thomas vio no solo la decepción en sus ojos, sino la determinación de hacer algo más. Sinceramente, ojalá te funcione, pensó Thomas. Aunque quizá esa determinación en los ojos era más un reflejo de sus intenciones en los ojos del chico. Probablemente lo sabría pronto, si el chico sobrevivía.
Considerando que nadie más parecía necesitar su ayuda y un par de compañeros estaban disponibles, se alejó un poco hacia las letrinas. No era el único que prefería las más alejadas, aunque supusiera una caminata considerable. Había un poco más de privacidad y el olor era disipado por el viento con más facilidad que en las otras. Aunque congelarse el trasero llevaba menos tiempo.
No importaba, Thomas tenía esa energía resultado de saber que su tiempo en las trincheras acababa al menos temporalmente. Como si debajo de todo el cansancio y el dolor, siempre quedaba un último gramo de energía para pasar el último día.
Thomas terminó, se alejó un poco y decidió que todavía tenía algo de tiempo antes de que su capitán pasara revista y los bombardeos comenzaran. Se sentó contra el tronco de un árbol caído, se aseguró de no ser visible desde las trincheras y encendió un cigarrillo.
Había obtenido su última cajetilla de los bolsillos de un hombre que había muerto en sus brazos con el estómago abierto y un ruego en fuerte acento galés de “no me dejes, no me dejes” que todavía escuchaba en la parte de atrás de su cabeza.
Thomas había visto muchos momentos íntimos entre los soldados, aunque no solían pasar de lo platónico. Parecía que en esas circunstancias era fácil formar una amistad tan íntima como un compromiso con los compañeros. Por alguna razón, eso no había ocurrido con él. Las únicas personas que lo querían a su lado eran los moribundos solitarios, que habían aceptado su destino (o no) y preferían su compañía a no tener a nadie cerca que presenciara sus últimas exhalaciones.
En algún punto, después del quinto hombre que había muerto en sus brazos sin remedio, Thomas empezó a preguntarse si ese no era su trabajo en lugar de médico. Escolta de la muerte. Pensó que le pegaba el nombre.
Había identificado a una pareja de verdad y no había podido evitar tenerles envidia (aunque si alguien más los descubría como él lo había hecho, no les envidiaría el destino). Una compañía constante, un cuerpo cálido a su lado en tiempos difíciles, alguien a quien contarle sus pensamientos fatalistas, alguien a quien escuchar. Durante los largos meses en el frente, Thomas solo había conocido a una persona como él. Lo suficientemente desesperado como para que no le importara ser evidente con él (cómo lo había sabido, era un misterio que nunca llegaría a desentrañar), lo suficientemente arriesgado como para acompañarlo por un par de noches no tan silenciosas en las que la muerte se acercaba y ellos aprovecharon esa distracción para acercarse un poco más a la vida; lo suficientemente imprudente como para ofrecerse voluntario para una de esas misiones en las que el futuro del país y una cruz de hierro podían estar en juego.
Thomas nunca supo su nombre, solo su apellido (Ellis) y que su cuerpo seguía en tierra de nadie, probablemente siendo devorado por las aves de carroña que veía recortarse contra el cielo nublado todas las tardes.
Había aceptado que esa parte que todos los hombres como él parecían tener para identificarse entre sí, parecía estar fundamentalmente rota en él; de manera que, si no lograba ser relevado del servicio en las trincheras de alguna manera u otra, simplemente esperaría a otro valiente apuesto como Ellis quien si pudiera identificarlo como igual.
Dejó que el cigarrillo se consumiera hasta casi quemarse los dedos y tiró la colilla a la tierra antes de pisarla distraído. Definitivamente había sido el mejor cigarrillo de la semana.
Estaba considerando prender otro después de echar un vistazo a su reloj de bolsillo (no podría acabarlo y llegaría con prisas cuando pasaran lista, pero ese definitivamente era el mejor lugar para fumar sin que nadie le pidiera una calada o lo molestara aspirar olores más humanos), cuando escuchó un ruido extraño desde el bosque.
No era como nada que hubiera escuchado antes, la mejor forma de describirlo era como un tipo de succión a gran escala y en ondas, si es que eso tenía sentido.
Thomas guardó la cajetilla en su bolsillo junto al encendedor y miró a su alrededor intentando identificar de dónde venía el sonido que cada vez era más sutil, como un eso que se desvanecía con lentitud.
Cuando por fin escogió un rumbo, se sintió aliviado de que no fuera en dirección a las trincheras.
De nuevo miró su reloj. Calculaba que tendría tres minutos para determinar la amenaza antes de volver para llegar a tiempo a la lista. Empezaba a anochecer y las sombras hacían cada vez más difícil su visión mientras más se adentraba en el bosque.
Decidió dejar de ser lento y cauteloso y se acercó a toda velocidad hacia el sonido, con el rifle en alto y apuntando. Si lograba atrapar a un espía alemán, ya podía despedirse de las trincheras. Si se encontraba con un desertor… no podría culparle, pero tal vez podría conseguir otra cajetilla de cigarrillos o fósforos o algo.
Un joven rubio se encontraba en medio de los árboles, mirándolos de arriba a abajo como si pudieran decirle algo. No parecía haber escuchado a Thomas y tampoco tenía ningún uniforme. Su ropa consistía en un saco de lana verde que podría pertenecer tanto a un lord en un día de golf como a un trabajador con una paga decente y pantalones cafés con un corte que también podría llevar cualquiera. Sus botas parecían de buena calidad, aunque evidentemente no estaban diseñadas para el combate ni para cabalgar. Nada en él le aclaraba de qué lado estaba.
Thomas no había sido precisamente sutil al acercarse. El chico era o increíblemente confiado, o asombrosamente estúpido. O tal vez no estaba revisando los árboles e ignorándolo sino preparando un arma.
Antes de que Thomas pudiera apuntalar y gritarle que se volteara, el chico se giró.
Estaba tan limpio como solo podría estar alguien muy lejos de allí y tenía una sonrisa en la cara que desapareció rápidamente mientras comprendía que Thomas tenía un arma apuntándole.
Sin la menor vacilación el chico levantó el brazo derecho y lo apuntó con el puño, como si él también tuviera un arma.
—Excusez—moi monsieur. Je ne suis pas là pour te faire du mal. S'il vous plaît, dites—moi quel jour nous sommes aujourd'hui et vous n'aurez plus à vous soucier de moi.
A pesar de apuntarlo con su puño, el chico parecía estar disculpándose, además no era alemán. Thomas se relajó un poco. Tal vez era solo un chico que huía de ser reclutado, aunque eso no explicaba su falta de suciedad.
Thomas no era un experto en francés porque al parecer el ejército inglés consideraba que no tendría que hablar francés en Francia. Pero en realidad aquella era la tercera vez en la que se veía en aprietos por no saber más que cinco frases. Intentó con la que pensó que le podría servir.
—Je suis soldat dans l'armée britannique… ehm bonsoir…
El chico esperó un poco y lo miró desconcertado por un momento antes de bajar su brazo y sonreír de nuevo.
—Oh vaya, es un alivio. Mi francés es horroroso y nunca confío en que el traductor no me haga decir una barbaridad —su acento era definitivamente británico, y con seguridad no era de clase alta.
Thomas se sintió aliviado, aunque no sabía si se debía al acento del chico o a esa sonrisa.
—¿qué hace aquí? ¿A qué unidad pertenece? ¡¿Por qué no lleva uniforme?!
Las preguntas salieron como órdenes. Thomas se había relajado un poco, pero se estaba concentrando en ver más allá de una cara bonita y confrontar cada vez más incongruencias. Sin uniforme, sin placas, limpio, sin pistola, hablaba francés, pero tenía acento de trabajador inglés, ojos con brillo y llenos de vida.
—Oh vaya, lo siento amigo, veo que te he puesto en una situación complicada.
—¿Complicada? ¡Estamos en medio de la maldita guerra y tiene pinta de ser un desertor!
La sonrisa se borró de la cara del chico. Parecía nervioso.
—Una guerra, por supuesto. Eso explica el uniforme y el arma. ¿Primera o segunda guerra mundial? Evidentemente no es la... Ehm...
Thomas no supo si esa pregunta iba dirigida a él, o si el chico solo estaba murmurando para sí mismo. Si bien aquella era “la gran guerra”, Thomas recordaba haber leído algunos periódicos en los que se discutía que aquella era una “guerra mundial”. Pero el chico había dicho…
—¡La segunda qué! ¿Cómo podría haber una segunda guerra así? ¡Esto ya es tan malo como puede llegar a ser!
—Vale, primera entonces —la sonrisa del chico era extremadamente forzada ahora—. Creo que leí un periódico, ya sabes, acerca de que esta es la primera guerra mundial y eso.
Thomas no podía estar en desacuerdo, él también había leído algo similar.
—Pero dijiste algo sobre una segunda.
—Una segunda… ¿una segunda qué? ¿de qué estamos hablando?
—De la guerra.
—Cierto. Lo que quería decir es que espero que nunca lleguemos a tener una segunda. Eso sería un desastre. Aunque no tanto como tener un tercer Reich, espero, de lo contrario sería un desperdicio.
A Thomas le daba vueltas la cabeza. El chico estaba intentando desviar su atención, ¿de qué? Cierto, de la segunda guerra mundial.
—No sé qué es un Reich, pero me lo vas a explicar tan pronto como me expliques qué es eso de una segunda guerra mundial y me digas de dónde vienes.
El chico se había comenzado a relajar lo suficiente como para apoyarse contra el árbol más cercano, más resignado que asustado.
—Una segunda guerra mundial es con toda seguridad, algo que a nadie le gustaría vivir. Y yo vengo de Inglaterra.
Thomas sintió la ira bullir en su interior. No permitiría que ese chiquillo jugara con él de esa manera. Se acercó a él y apuntó a la cabeza. El chico no parecía realmente asustado.
—Dime el nombre del primer ministro —Thomas ni siquiera sabía por qué le estaba preguntado eso al chico, solo que se sentiría más seguro de alguna manera si él respondía correctamente—. ¡Ahora!
El chico realmente parecía confundido.
—Si, el primer ministro, por supuesto. Ya mismo te lo digo, solo tengo que ya sabes… regar un árbol un momento y cuando regrese te lo digo.
—quieto —le ordenó Thomas—. El nombre del primer ministro. Ahora. Mismo.
—Vale, vale. Me recuerdas en qué mes estamos, por favor. Veo que es invierno así que tal vez enero o diciembre de mil novecientos dieciiii….
Alargó la palabra como si realmente no supiera cómo continuar.
—¿No sabes qué año es?
Parecía culpable, los ojos azules y vivaces apenas brillaban y poco tenía que ver con ello el hecho de que ya hubiera anochecido.
—Sé que es entre 1915 y 1918. Me di un golpe en la cabeza y he estado confundido desde entonces.
Thomas aprovechó los últimos rayos de sol que reflejaban las nubes, y miró su reloj.
Más le valía no volver.
—¿Y eso en que cambia el hecho de que no sepas el nombre del primer ministro?
—Oh, porque si es antes de diciembre del 16 puede ser un primer ministro diferente.
—Y es por eso que quieres descartar el año. Sabes los nombres de las personas, pero no sabes el año. Tienes la misma información que yo acerca de los primeros ministros, así que si te diste un golpe en la cabeza no fue hace mucho, pero la verdad es que no estás confundido. Simplemente te falta información.
Un suspiro resonó en medio del bosque, acompañado por el primer disparo lejano de la noche.
—Joder —murmuró el chico.
—Si, joder —lo apoyó Thomas—. ¿Cuál es tu nombre?
El chico estiró su mano y Thomas decidió finalmente dejar de apuntarle, aunque no soltó el rifle.
—Jimmy. Es decir, James, pero todos me llaman Jimmy.
A Thomas le extrañó que no se hiciera llamar por su apellido, o si era algún tipo extraño de soldado, por su rango. Pero sinceramente en ese punto ni siquiera le molestaba.
—Dime Jimmy, ¿por qué me hablaste en francés al inicio? Este es un campamento inglés, muy pocos hablan francés en millas a la redonda. No tenías que hacer ese esfuerzo.
Jimmy parecía haberse dado por vencido con algo, porque simplemente estaba recostado respondiendo sus preguntas.
—Sabía que estaba en Francia, lo lógico es que me encontraría con personas que hablaran francés.
—Así que sabías el lugar, pero no el año.
—Podrías expresarlo de esa manera, pero yo no lo haría. Eso sería bastante extraño.
Un sonido como de campanas los interrumpió. Al parecer eso era lo que estaba esperando Jimmy, que se levantó como un resorte y corrió detrás de un árbol.
Thomas lo siguió con sigilo.
El rostro de Jimmy, que apenas parecía estar definido entre las sombras desde que lo había encontrado, ahora se iluminaba con una suave luz azul de origen incierto. A Thomas le tomó un momento procesar la belleza del chico bajo esa nueva luz, antes de entender que precisamente esa luz no tenía ningún sentido. La emitía lo que parecía un pedazo de vidrio, que a su vez mostraba de manera imposible líneas y líneas de escritura, como si en lugar de leer un libro de lado a lado, las palabras fueran luz y el vidrio las transmitiera rodando sin cesar.
Thomas intentó conciliar su deseo por ver más atentamente al chico, con su necesidad de saber que era aquel artefacto y desentrañar esa extraña situación. Su responsabilidad de presentarse a lista era solo un pensamiento lejano.
Y como Jimmy no parecía estar ocultando deliberadamente el vidrio, Thomas decidió tomar la ruta fácil.
—¿Qué es eso? —pregunto.
Jimmy levantó la vista hacia él y frunció el ceño. El azul de la luz se reflejaba en sus ojos, haciéndolo aún más llamativo. Como si Thomas necesitara otra razón para no despegar los ojos de él.
—Un panel.
Thomas esperó por una continuación, pero nunca llegó. Los únicos paneles que conocía eran los de las abejas (¿o eran panales?), y no creía que tuvieran algo que ver con eso.
Finalmente, después de beber lo suficiente del rostro concentrado de Jimmy y de comprender que no obtendría respuestas por las buenas, Thomas decidió volver a su táctica anterior.
—Tengo responsabilidades en las trincheras y no quiero perder más el tiempo contigo —Jimmy levantó la vista y apenas pareció molesto al darse cuenta de que Thomas le apuntaba de nuevo con el rifle—. Podría justificar mi ausencia llevándote, y no sé qué podrían encontrar sobre ti, pero te aseguro que encontrarán algo y no tendré problemas por esto, si es que no me dan una recompensa.
Jimmy resopló, como si hubiera escuchado un chiste particularmente malo.
—Si tú lo dices.
—Ahora, o me das una razón para lo que sea que estés haciendo, o no dudaré en pegarte un tiro en la pantorrilla y llevarte a rastras con el comandante.
Apuntó a la pierna más vulnerable de Jimmy para demostrar su punto.
Jimmy pareció pensarlo un momento. Alumbró la cara de Thomas con una linterna que parecía estar pegada a su reloj de muñeca y luego deslizó la luz por todo su cuerpo, como si lo estuviera examinando para tomar una decisión.
—¿Te gustaría salir de esta guerra y no volver nunca más? —preguntó el chico como si hablara del clima.
A Thomas le pareció una pregunta absurda por la obviedad de la respuesta en cualquier soldado con un rango no mayor a sargento.
—¿Y a quién no?
—Necesito tu nombre completo y año de nacimiento —dijo Jimmy. Parecía decidido.
Thomas lo miró confundido. Él era quien estaba pidiendo información y quién tenía un rifle apuntando.
—Me parece que no has entendido, yo soy quien tiene la ventaja aquí. Necesito que me pruebes que no eres un espía, de lo contrario no dudaré en apretar el gatillo…
—Si, sí. Me volarás la pierna, ¡boom! Me llevarás a rastras con alguno de esos imbéciles condecorados que no aguantarían una noche en las trincheras. Puedo darte dos respuestas, una te conviene más que la otra. Pero para saber qué hacer, necesito tu nombre y año de nacimiento. O la fecha completa, si puedes. Solo será un minuto
Thomas pensó por un momento. Se solía considerar una persona racional, pero los ojos interrogantes del chico estaban tomando lo mejor de esa parte de su cerebro y echando por la borda toda su lógica y racionalidad. Era absurdo, Jimmy no estaba sonriendo en ese momento. Solamente esperaba.
—De acuerdo. Thomas Barrow. 1891. Manchester, por si eso sirve de algo.
Jimmy asintió y se puso a trabajar en su "panel". El vidrio cambiaba a toda velocidad.
En un momento le pareció ver algo parecido a una foto suya, pero pasó tan rápido que Thomas no pudo verificarlo.
Jimmy murmuraba para sí cosas como "bien, bien", "oh, vaya" y "nada mal, hummm" todo el tiempo.
Después de lo que pareció una eternidad (probablemente no más de cinco minutos), Jimmy levantó la vista del vidrio con una sonrisa.
—Buenas noticias para ti. Excelentes, de hecho.
—¿De qué hablas, Jimmy?
Él se le acercó y le pasó una mano por los hombros como si fuera su mejor amigo. El corazón de Thomas se saltó un latido y no pudo articular más palabras en busca de una explicación.
—Puedo llevarte conmigo. Tu archivo tiene solo nueve puntos críticos, lo que es una suerte porque el límite suele ser diez antes de tener que pedir una autorización que no puedo pedir.
La boca de Thomas estaba seca. ¿Qué era eso de llevarlo con él?
—Ir… contigo…
Jimmy sonrió de nuevo.
—Exactamente. No más guerra y no más amenazas de ir a prisión, no más trabajo en el servicio ni monarquía. Solo tenemos que ocultarnos hasta el amanecer, cuando pueda cargar y reparar mi dispositivo de salto. Entonces nos iremos.
Thomas estaba muy confundido, pero que le dispararan si eso no sonaba jodidamente tentador.
—¿Quién eres, Jimmy?
—Jimmy Kent a tu servicio —el chico hizo una pequeña reverencia que Thomas no hubiera notado de estar más lejos.
Y aunque eso algo de información, y Thomas agradeció la oscuridad porque podía sentir sus mejillas calientes, todavía no era lo que necesitaba. Requería de otro tipo de respuestas y ya tenía una teoría al respecto.
—¿Conoces a H. G. Wells, Jimmy Kent?
—Por supuesto, fue un autor de ciencia ficción.
Y ahí estaba. Thomas empezaba a pensar que el chico no pensaba mucho antes de hablar.
—No, no lo fue. Es un autor de novelas de ficción, aunque probablemente ahora tenga un puesto en un cuartel de Londres o algo así. El caso es, Jimmy, que me parece que, si te pregunto, me podrías decir la fecha de defunción del señor Wells. Como si tuvieras una máquina como la de su libro.
Jimmy resopló exasperado, como si estuviera decepcionado de algo. Probablemente de él mismo.
—Si, me atrapaste. Por eso tuve que… pedir prestado el dispositivo de salto. Sinceramente, tenían razón en no darme la autorización, soy malísimo en esto si un soldado de la primera guerra mundial pudo ver a través de mí.
El corazón de Thomas estaba a punto de desbocarse y no solo por la presencia de Jimmy. El chico básicamente le había confirmado que era del futuro y que habría una segunda guerra mundial. Además, ¿había dicho algo de que no había monarquía ni servicio de donde él venía?
Pero necesitaba comprobarlo. Por lo que él sabía, esta podría ser una estratagema muy elaborada por parte de un espía para engatusar a quien lo atraparan. La opción lógica sería disparar de vuelta en lugar de crear una historia sobre el futuro… pero todos decían que los alemanes estaban locos.
—Se donde podemos ocultarnos para pasar la noche —Thomas realmente no tenía idea de un escondite, pero no dudaba que encontraría uno—. Pero necesito pruebas. Muéstrame quien gana, cómo y cuándo. También quiero ver lo que encontraste sobre mí en ese panal.
Jimmy parecía estar pensándoselo a juzgar por el silencio reflexivo de su lado. Thomas no se atrevió a romperlo.
Había anochecido particularmente rápido. Se escuchaban disparos y explosiones a lo lejos, además de insectos y ranas más cerca. Cuando dirigía su mirada al cielo, Thomas podía vislumbrar destellos de explosiones cuyo sonido llegaba a ellos con bastante retraso.
—Si podemos ver destellos de luz, mejor no correr riesgos con la luz de ese panal tuyo, ven conmigo.
—Panel —corrigió Jimmy, pero lo siguió de todas maneras.
Los guio a lo que parecía un claro, lleno de arbustos. Thomas se sentó en el suelo frío y le indicó a Jimmy que hiciera lo mismo.
Entonces el chico sacó el panel.
—Te mostraré acerca de la guerra. Luego iremos al lugar seguro y te mostraré lo que encontré sobre ti.
—De acuerdo —acordó Thomas, aunque Jimmy no había preguntado.
Entonces supo que faltaban casi dos años para que terminara. En teoría serían los vencedores, pero realmente ningún bando con tantas bajas podría considerarse verdaderamente victorioso. Después de un cuarto de hora, Thomas había aprendido lo suficiente de cómo deslizarse por el panel por más información, así que se lo arrebató de las manos a Jimmy antes de que este pudiera reaccionar.
Al chico pareció no importarle sus búsquedas sobre la batalla del Somme y la revolución rusa que tendría lugar pronto y dejaría a los británicos y franceses aún más solos contra los alemanes. Pero cuando encontró una breve referencia a la segunda guerra mundial, Thomas no dudó en seleccionarla, y entonces Jimmy decidió que había tenido suficiente.
—Eso es todo. No más panel para ti —lo tomó de entre sus manos y Thomas estaba tan sorprendido por lo poco que pudo ver sobre la segunda guerra, que no tuvo fuerzas para mantener el panel mientras Jimmy se lo quitaba.
—Oh Dios, no estaré cerca de los cincuenta cuando empiece la siguiente. Seguramente me convocarán de nuevo. No puedo más, Jimmy, no podría.
—Es por eso que vienes conmigo. Aunque probablemente haremos otras paradas antes. Ahora, llévame a donde podamos pasar la noche.
Deambularon hasta que Thomas encontró al azar una formación rocosa que daba la impresión de ser una cueva en miniatura. Era lo suficientemente grande para los dos, aunque lo ideal sería que siempre se montara guardia. Después de todo, ahora Thomas era un desertor.
—Anda, duerme primero. Hay bastante que asimilar y debes estar cansado.
Thomas tomó la oferta, pero sobre todo porque Jimmy le pasó una manta delgada que de alguna manera si cumplía con la función de detener el frío exterior.
Estaba demasiado cansado, emocional e intelectualmente. Solo esperaba que Jimmy cumpliera su palabra y lo dejara ver su propia información por la mañana.
Con el ruido del viento y las detonaciones lejanas, y sintiendo a Jimmy apoyado contra la piedra a su lado, Thomas cayó dormido.
