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Parecen bufones, payasos, estúpidos cerdos llenos de mierda, borrachos, una caricatura indigna. No son lobos de mar. No. Parecen putos corderitos.
─Tiene que ser una broma ─susurró Izzy Hands para sí mismo. Estaba sentado sobre una silla de madera astillada; sus manos apretaban los bordes y la cabeza le daba vueltas. No había bebido, pero el espectáculo frente a sus ojos era aún peor que ron mal digerido.
Calicó Jack y Barbanegra (o, en realidad, una pobre versión del capitán) bebían y gritaban en voz alta mientras se tatuaban tonterías en las piernas y en los brazos, tirados en la cubierta como dos perros sarnosos.
─¡Oye, Izzy! ¿No quieres un poco de ponche? ─preguntó Edward.
Él negó con la cabeza, despacio. Nada más. Cuando su capitán se excedía en alcohol una profunda vergüenza ajena le agitaba el estómago. Parecía un adolescente primerizo. Barbanegra se encogió de hombros y siguió bebiendo con su amigo, que reía como un histérico.
Siempre, sin excepción, su capitán acababa igual cuando se juntaba con ese inútil de Jack. Jack. Calicó Jack. Rackham ¿cuántas tripulaciones había perdido? Era tan ridículo que todo lo que hacía parecía… era una mofa, sobre todo cuando cantaba y bailaba alrededor de Barbanegra, revolviéndole los rizos como si tuviera la legitimidad de mancillar al pirata más temido con sus manos asquerosas, como si tuviera un sitio privilegiado junto a él, un cariño distinto. Bueno. Quizá fuera así; quizá, Jack y el capitán sí tenían una relación especial: todos se habían ido a dormir, pero Rackham tenía la capacidad única de arrastrar a Edward hasta el último segundo de la noche. Era como una garrapata o una enfermedad terminal e Izzy no estaba dispuesto a que infectara el barco.
Odiaba que Barbanegra se comportara como un estúpido idiota, y la idea de que Jack pudiera hacer de esa actitud algo permanente le aterrorizaba. Edward era una terrorífica figura legendaria, no un puto crío. Por eso quería que se fuera, por eso no pudo evitar esbozar una mueca de repugnancia cuando Jack se acercó a él tambaleando: de cerca comprobó que estaba horriblemente conservado y verle le daba asco.
─¿Qué pasa, bonito? ¿Vas a vomitar si bebes un poco? ─El aliento de Jack le chocó en la cara y apretó la mandíbula. Le rechinaron las muelas y le ardieron las encías. Nauseabundo. Sus labios parecían gusanos follando.
─Aléjate de mí ─susurró Izzy: le miraba fijamente.
Calicó Jack se rio en su cara y le dio la espalda. Se acercó a Barbanegra, que estaba apoyado en el mástil, y le tiró amorosamente de la barba.
─Oye, Blackie, no me dijiste que tu perra mordía.
Izzy Hands se levantó de un salto y dio dos grandes zancadas hacia los piratas. Jack estaba tan borracho que ni siquiera pudo reaccionar, quizá ni si quiera se dio cuenta de la amenaza, pero Barbanegra se interpuso entre ambos. Izzy se quedó quieto, los dedos en la empuñadura de su espada. El capitán le colocó una mano en el pecho.
─No es necesario, Izzy. Es mi amigo. Sé más amistoso.
─Le apuñalaré amistosamente.
El capitán no se movió, así que Izzy le apartó la mano en un movimiento brusco ─Edward se tambaleó─ y volvió a su silla. No había respeto que profesarle cuando en vez de Barbanegra era… eso.
Izzy desvió la mirada del barco y la dirigió el mar, en busca de un reflejo plateado que no estuviera ebrio y le relajara: el corazón le iba a mil por hora, tenía unas terribles ganas de atravesar el pecho de Calicó Jack y pegar a Barbanegra una bofetada para que volviera a su cauce. Tomó varias respiraciones profundas hasta que una arcada ajena le distrajo. Volvió la mirada y casi sonrió. Jack corría a estribor para echar las tripas por la borda. Bien. Quizá podría irse a dormir ya. O empujarle cuando el capitán no le viera.
Barbanegra se acercó a Calicó Jack y le dio varias palmadas en la espalda mientras se reía como un salvaje y le consolaba. Pero no eran solo palmadas... Barbanegra le acariciaba la espalda de forma casi imperceptible: Izzy, que seguía sus gestos obsesivamente, lo vio y se tensó. Por alguna razón aquello le contagió las ganas de vomitar. Unas manos que despellejaban no podían, no debían proporcionar ese consuelo. Parecía cariñoso. Hasta dónde podría conducir a su capitán el descubrimiento de ese gesto, se preguntaba Izzy, y entonces temblaba. Jack tenía que irse porque no podía permitir que Barbanegra conociera el amor y la amistad por su culpa. Así que resopló demasiado alto, tanto que el capitán le escuchó y le miró directamente, la mano aún apoyada sobre su amigo, y durante un segundo, la náusea de Jack contenida, las olas del mar en silencio, él e Izzy se observaron y contuvieron el aire.
Izzy volvió a dirigir la vista al cielo y al mar. Barbanegra se acercó a él, dejando a Jack colgando de la baranda. La madera crujía bajo sus pies desnudos: cuando bebían, caminaban descalzos para aferrarse mejor a la cubierta.
─¿Te lo has pasado bien, Izzy? ─preguntó casi en un gruñido. Intentaba fingir sobriedad.
─No.
─Joder.
El capitán buscó en el mar el punto que Izzy observaba. Se quedó frente a él unos segundos, quizá varios minutos, tratando de entender qué llamaba la atención de su segundo al mando. Izzy estaba tenso.
─Entonces tenemos que hacer algo para que te diviertas.
Izzy alzó la mirada, las facciones tirantes. Barbanegra era bastante más alto que él; ahora que estaba sentado, la diferencia parecía mayor, una sombra negra en contraste con el polvo lunar de aquella noche, un aura fantasmagórica, tal vez infernal, desde luego legendaria. Otro largo silencio les siguió. La oscuridad y la barba del capitán le inundaban la cara de sombras e Izzy no podía verle los ojos, tampoco la expresión. La incertidumbre agitó sus venas. Barbanegra sacó algo del bolsillo y se inclinó hacia delante, desvelando su rostro al fin.
─¡Un tatuaje!
Izzy dejó escapar una bocanada de aire. La cara de su capitán estaba llena de… ¿ilusión? Ridículo.
─Estoy viejo para más tatuajes.
─Antes te encantaban.
─Ya no.
─Venga, Izzy. Por los viejos tiempos.
─No tengo sitio para más.
─¿Cómo que no? ─Barbanegra dio otro paso hacia él─. Mira ─Le colocó un dedo en la mejilla, hundiéndola hacia dentro levemente, el dedo áspero sobre el hueso, la presión en la carne─. Aquí.
No supo por qué, pero al final aceptó. Con la armónica melodía del vómito de Calicó Jack, el capitán emitió una especie de bufido alegre.
─No me tatúes nada sexual.
Barbanegra emitió una sonora carcajada e Izzy pudo olerle el aliento y la risa.
─Lo intentaré.
Su capitán se relajó y frunció el ceño: concentrado, analizó la mejilla de Izzy para determinar qué debía dibujarse. Se acercaba y se alejaba de su rostro continuamente, le cogía de la barbilla y suavemente le giraba la cabeza para comparar los distintos ángulos. Izzy seguía tenso. No podía soltar la mandíbula. Pensaba, los dedos de Edward en su cara, que nunca, nadie, le había tocado de esa forma. No sabía cuánto tiempo podría soportarlo.
Cuando Barbanegra tomó la decisión colocó la aguja en su pómulo y empezó a trabajar. Estaba tan cerca y tan inclinado sobre él que los mechones grises de su melena caían y rozaban la frente de Izzy, las cejas y los párpados. No tenía ni idea de qué podía estar dibujando, ni si quiera sentía el pinchazo... solo era consciente de las yemas ajenas sujetándole el rostro, un suave sudor frío en la parte inferior de su espalda y los sonidos que hacía el cuero de su capitán al doblarse en las distintas partes de su cuerpo.
Barbanegra terminó, pero no se apartó de él. Le miró fijamente, muy cerca, esperando algo. Edward le miró los ojos, las mejillas y los labios, e Izzy se estremeció, helado. El capitán no parecía la terrible leyenda que surcaba los siete mares: frente a él, una expresión afable y los ojos brillantes, Barbanegra era insultantemente humano y su deseo tembloroso era como el de cualquier otra persona. El capitán se inclinó hacia él, esperando. Esperando algo. Y qué era eso. Esperando más.
Izzy tragó saliva y apretó los dientes y supo la terrible verdad: no podía corresponderle así. Nunca podría acercarse a él como lo hacía Calicó Jack. No podría acariciarle la mejilla ni dejar que él le consolara apoyando la mano en su espalda. No podría tener con él una relación normal. Nunca. Aquello le satisfacía, pero también le aterrorizaba. Sabía que la única manera de hacerle presente en su vida era destruyéndole.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, aunque quizá fuera el calor de su cuerpo evaporándose. Estaba enfadado. Asustado. Barbanegra lo intuía.
─No pasa nada. ─El capitán se inclinó hacia su cuello. Tomó junto a su oreja una respiración profunda e Izzy tembló. Después, se separó unos centímetros de él. Parecía mucho más sereno que hacía un par de minutos y, esa vez, sus palabras no se resbalaron. Su mirada centelleaba de otra forma─. También me gustas cuando tienes miedo.
Izzy sintió un placer extraño, algo como un placer mortífero, letal, el placer de la muerte, del terror. Barbanegra volvió junto a Calicó Jack y él tuvo que abandonar la cubierta. En los pasillos, frente a un espejo, pudo distinguir en su pómulo una cruz en tinta negra, casi una marca territorial. Tenía la mejilla levemente enrojecida: la presionó aún más para comprobar si podía sentir algo de dolor, pero la presencia del capitán le perturbaba tanto, estaba tan inhumanamente hundida en algún lugar profundo y sin nombre, que ya nada externo, jamás, podría hacerle daño.
