Chapter Text
La velocidad lo era todo, ganar el primer lugar era el juego y marcar un nuevo récord era la meta.
Jonathan era el piloto de carreras más famoso del mundo, debido a su corta edad. Para él no existían desventajas en las carreras que competía, pues amaba hacerlo.
Le ayudaba a vivir, a olvidar, a sentirse mejor con sus decisiones. Había dejado la escuela para dedicarse a competir, sin haber llegado a la universidad.
No le importó que su padre se molestara con él, ni que todo mundo le dijera que estaba loco de atar por arriesgar su vida a tan corta edad.
«Veremos quién está loco de atar ahora.»
Probablemente su vida entera hubiera tenido otro rumbo, completamente opuesto al que ahora tenía, pero prefería no pensar en eso. Ni los "hubieras", ni los "quizás", ni los "¿y sí?"... había quedado todo atrás.
El romance ya no le importaba más, o al menos eso quería hacerse pensar. Eran puras cosas estúpidas, ñoñerías para personas sensibles. Poemas, cartas, ¿amor?
«¿Quién necesita eso?»
Hasta la secundaría su vida había sido la del alumno perfecto, el hijo perfecto, el chico perfecto... hasta que eso pasó.
No le gustaba recordarlo, pero era la causa de su presente y su futuro, quien había logrado cambiar su vida entera con sólo aparecerse un día y desaparecer al otro.
—¿Qué tanto piensas?, sal de una buena vez ahí afuera, todos te están esperando. —escuchó a su manager y entrenador personal y decidió acatar sus órdenes.
Les daría un espectáculo de qué hablar.
Amaba los gritos de sus fanáticos, le hacía sentir importante y poderoso. ¿Qué otro chico de 24 años podría decir que una multitud de miles lo aclamaban cada vez sin falta?, tenía el mundo a sus pies y no sentía que fuera suficiente.
El Campeonato Mundial de Fórmula 1 era a lo que cualquier piloto desearía aspirar a llegar. Incluso más que la Copa NASCAR, a la cual ya había ido también... ¡y ganado!
El sol quemaba el asfalto y sabía que dentro de su vehículo sería peor aún, siempre teniendo que cuidar su peso con cada competencia, pues por el simple calor perdía bastante agua.
A Jonathan no le importaba, sólo quería sentirse vivo... después de todo no tenía interés en una vida que no lo satisfacía del todo.
Aunque intentó, e intentó mucho, nunca lo encontró. Trató de olvidarse de él, trató de reemplazarlo, pero nada funcionó... estaba perdido, sentía que le faltaba algo en su vida y ese algo tenía nombre... «Sherwin».
Lamentablemente era todo lo que recordaba, ni su cumpleaños ni su apellido o el más mínimo indicio que le ayudara a encontrarlo. Sólo recordaba sus ojos y sus pecas... «era hermoso», y pudo haber sido suyo.
«Probablemente ya me olvidó y se casó... ¡quizás incluso tiene una mejor vida que yo!»
No podía evitar pensar de esa manera, se sentía derrotado por completo. Tenía que aceptarlo y seguir adelante, hasta que algún día chocase o algo peor le pasara.
Se imaginaba la cara de todos los que en su vida le habían dicho que era una tonta decisión el dedicarse a ser piloto de velocidad, que se mataría haciendo eso.
«Algún día se les hará... malnacidos.»
Pero ese día no sería hoy, de eso estaba seguro. No recibiría ningún "se lo dije" estando en el más allá, ni tendría su foto en las noticias de todos los periódicos anunciando su muerte.
¡No!, ese día aseguraría su puesto en la sesión clasificatoria, terminando como ganador del Gran Premio de Australia, lo cual sólo sería el inicio de su temporada.
Al final del año terminaría ganando el Campeonato como siempre lo hacía, y recibiría una llamada de felicitación de su padre por ser su cuarta victoria consecutiva, ya que no tenía el corazón suficiente para ver a su hijo en primera fila, a pesar de que Jonathan siempre le guardara un asiento digno de reyes.
Quería a su papá, pero no podía dejar de competir por él. Solucionar las cosas con él fue de las pocas decisiones que no se arrepentía de haber tomado.
Jonathan se disculpaba cada vez que regresaba a casa, llevándole un obsequio y un pastel por haberlo hecho pasar un infierno frente al televisor... era su único hijo.
Seguro él deseaba que hubiera continuado con sus estudios, o que terminara dedicándose al béisbol como cuando era pequeño, pero no podía hacer eso. El juego le recordaba a sus años en el Newgate y eso le recordaba al pelirrojo... y su estúpida decisión.
"No creo sentir lo mismo por ti, lo lamento." «Pero qué increíblemente estúpido fue eso, ¿por qué me tuve que hacer el interesante?»
El día que el adolescente de pecas se le confesó, lo había ayudado a levantarse cuando se cayó de ese árbol. Se veía... «lindo».
Y aunque realmente no estaba seguro en ese momento de qué es lo que sentía, sabía que había una pequeña parte de él que quería intentarlo... pero el tiempo no estuvo de su lado, «no fui suficientemente rápido».
Nunca más volvería a ser víctima del tiempo, ser veloz era lo suyo. Lo sabían todos, por eso habían asistido y él no dejaría de acelerar cada vez más.
El circuito no podía ser más fácil para el moreno de uniforme azul, el color que lo caracterizaba siempre. Casco azul, traje azul, vehículo azul, siempre. ¿Su apodo en el mundo de los velocistas?... "Fast", porque era lo único que la gente podía pensar al verlo correr.
Estaba algo orgulloso de sus habilidades, pasándose de engreído de vez en cuando. Pero era mejor que recordarlo a él, al menos entre fiestas y viajes podía distraerse un poco... aunque realmente no fuera lo suyo.
Fue cuando la tercera vuelta concluyó, que dejó de tener el placer de coronarse como el más rápido. No podía escuchar al público mientras manejaba, pero estaba seguro que se habían sorprendido al igual que él.
Un auto rojo intenso se paseaba frente a él, sin ningún interés en dejarlo retomar el primer lugar. Jonathan no entendía, no lo había visto ni cerca. Aunque era su culpa... no solía prestar atención a su competencia, era demasiado confiado.
«¿De dónde saliste?»
Por más que trató, no logró sacarse al auto rojo de enfrente, estaba decidido a dejarlo de segundo, pero Jonathan no iba a permitir eso tan fácilmente.
La velocidad lo empujaba contra su asiento y sentía el sudor correr por su frente, hasta sus cejas. "No dejes que se te suban los humos a la cabeza" era lo que siempre le decían todos sus managers, por más que los cambiara.
Era impulsivo y despreocupado, la vida lo había vuelto así... aunque aún retenía un poco de su anterior ser, uno que no dejaba ver a nadie más que él mismo. Deseaba poder regresar a ser quien era... pero sin él no valía la pena.
Quería volver a ser un "ratón de biblioteca" como lo llamaban en la escuela, un beisbolista de corazón, un caballero educado, un romántico empedernido como antes. Pero al irse aquel chico, se llevó todo lo que le gustaba con él.
Tuvo que dejar de hacer muchas cosas que le gustaban, que lo volvían quien era, por el dolor que le causaba recordarlo... recordar cómo casi fue suyo, pero no lo había logrado.
Sherwin se había mudado sin avisar a nadie, en medio del año escolar, de la noche a la mañana. Sabía que le molestaban en la escuela, debido al incidente de ese día.
«Yo lo pude haber protegido, ¡debí haberlo protegido!»
Aún recordaba vagamente cómo había pasado todo, tan rápido. El mismo día que se le confesó no dejó de pensar en eso, en lo raro que había sido... porque... era un chico.
Intentó dejarlo de lado, no tomarle importancia. Pero cuando se dio cuenta ya estaba interesado de manera involuntaria en él.
Alzaba la oreja cada vez que su nombre era mencionado, cada vez que lo veía en los pasillos se le quedaba mirando de lejos, cuando su grupo tenía educación física se acercaba a la ventana y no podía evitar revisar la puerta en cada clase... o mirar con disimulo cada vez que alguien pelirrojo pasaba cerca de él.
Le tomó un par de semanas pero por fin lo había aceptado, de mala gana al principio... le gustaba un chico, «uno muy bonito» y tímido... que tenía la sonrisa más hermosa, «¡y su cabello!», apostaba a que olía delicioso y era sedoso.
El día que se había armado de valor para hablar con él, Sherwin no asistió... no tenían amigos en común, por lo que decidió esperar al día siguiente... y el siguiente... y el siguiente, pero nunca regresó.
Estuvo confundido por meses, sin saber la razón de su repentina desaparición... pero tampoco se animó a preguntar por él, temía que los demás se burlaran también. "¿Extrañas a tu novia, Bravo?", lo molestaban sus amigos cuando se fue... siempre respondió con el corazón roto y mentiras.
"¿Ah?, ni me acordaba de él en realidad." «No sé cómo me creían los demás... cada noche me desvelaba por ti.» "Lo siento, ¿cómo es que se llamaba?" «Sherwin... nunca supe tu apellido... ¡ninguno de esos buenos para nada captaba mi indirecta!»
En cuanto llegó a la preparatoria estaba dispuesto a comenzar de nuevo, ¡lo había superado!... o al menos eso creía. Siguió siendo el alumno estrella que siempre fue, pero esta vez más destrampado... quería vivir, experimentar y olvidar.
Dejó de tener novias más rápido de lo que había pensado, todas eran tan... no eran él.
«¿A quién quería engañar?, nunca lo superé... pero no es tan malo, sólo soy ultra patético y no puedo dejar de pensar en el mismo chico desconocido ¡DESDE HACE ONCE AÑOS!»
Decidió ponerse manos a la obra, pero era extremadamente tarde. A quien fuera que le preguntaba, a donde fuera que iba, nadie sabía o recordaba lo suficiente del chico callado y especial. Era como si la tierra se lo hubiera tragado... o estuviera en el programa de protección a testigos.
Las lágrimas comenzaban a mezclarse con el sudor en los ojos de Jonathan, no era tiempo de ponerse a llorar por el pasado, ¡estaba tras el volante! Y ganar es lo que debía hacer, sin importar qué.
Aceleró aún más, sin interesarle que el auto rojo no se moviera. Tendría que hacerle espacio para pasar... o ambos lo lamentarían, más el otro piloto, pues Jonathan no tenía mucho por lo que vivir.
Iban cabeza a cabeza, a centímetros de distancia el uno del otro. Jonathan aullaba como adolescente irresponsable, se sentía vivo otra vez. Eso era lo que buscaba, para eso conducía. No para recordar el pasado y ponerse triste.
«¡De esto estaba hablando, maldita sea!, es hora de acabar con este juego de una buena vez. Tuviste suerte amigo, pero ya se te acabó.»
Desde sus asientos, la multitud coreaba una sola palabra "¡Run!", para el piloto de casco rojo que seguía llevando la delantera, aunque fuera por milímetros. Definitivamente tendrían que revisar el final con fotografía.
Pero en cuanto Jonathan sentía asegurado el primer lugar, alcanzando a dejarlo por detrás, recibió una seña por parte del piloto desconocido, antes de acelerar más aún... lo había dejado comiendo polvo.
—¡Hijo de tu–! —se frustró por no poder continuar la oración, a su padre no le gustaba que fuera grosero.
Varias veces se habían burlado de él por eso... se sentía un adulto hijo de papi.
«¡Chingada madre!»
Si su padre se hubiera quedado en México nada de eso habría pasado, quizás ni siquiera habría nacido. «Pero nooo... ¡el señor Esteban quería ser animador digital!»
Y así, en ese instante nació la leyenda de "Run", el piloto misterioso que salió de la nada y humilló al prodigio moreno con facilidad.
Tenía las manos estrangulando el volante en cuanto la primera clasificatoria acabó. Bajo su casco tenía el ceño fruncido y sus ojos azules, alguna vez serenos en un pasado distante, se encontraban llenos de ira.
Estaba molesto consigo mismo... le había fallado a Sherwin, donde fuera que estuviera. Cada vez que era indeciso, cada vez que alentaba el paso o no imponía un nuevo récord. Sentía que estaba repitiendo el mismo error una y otra vez.
Tenía que ser más veloz, de lo contrario no era digno de siquiera... «quererlo de vuelta».
Dio un golpe al volante y se quitó el casco por fin. Estaba asándose ahí adentro, pero no era para nada comparable con lo que lo atormentaba en ese momento.
Su equipo de pits lo desesperaba, por lo general no solía quedarse cerca de ellos cuando acababan las carreras. "¿Botella de agua?", "¿Toalla?", "¿Cambio de guantes?"... eran demasiado intrusivos.
Sabía que era su trabajo, pero deseaba en verdad que sólo se concentraran en el carro y no le prestaran atención alguna a él.
Sintió una mirada a sus espaldas, encontrándose con aquel piloto rojo de casco rojo y auto rojo. ¿Acaso intentaba hacer lo mismo que él?, ganar fácil reconocimiento por medio de un único color fue idea de su primer manager.
Pero la razón de que hubiera escogido azul era algo que sólo él sabía. Fue una de las únicas cosas que logró saber y memorizar del chico que le robó el corazón, «el azul era su color favorito».
«¿Qué tanto miras?, ¿se te perdió algo, presumido?»
No podía ver su rostro tras el casco rojo, ¿acaso no tenía calor?, pero la manera en que dejó de mirarlo lo enfureció. Lo había observado de pies a cabeza con desdén, antes de darse la vuelta y seguir con su camino.
Jonathan sintió una vena saltar en su cabeza, ¡¿pero quién se creía?! Cuando su manager quiso decirle algo ya era demasiado tarde... se encontraba en camino al piloto descarado.
Escuchaba a su representante y equipo detrás, gritándole que regresara "¿Qué crees que estás haciendo?, ¡vuelve aquí Jonathan!" Pero no podía detenerse, estaba perdido.
Nadie se atravesaba en su andar, ni siquiera los pits del piloto rojo, que se detenían y chocaban entre sí con tal de no meterse en su camino, pues parecía que se lo llevaban los mil demonios.
Los camarógrafos y entrevistadores de distintos noticieros llegaron rápido, querían sacarle la dignidad que le quedaba, haciendo las preguntas más desconsideradas de todas. "¿Fast, qué se siente dejar de ser el más rápido?", "¿conoces quién es el piloto misterioso?, ¿tienen cuentas pendientes entre ustedes?", "¿podemos esperar un primer lugar en la carrera de mañana, o seguirás teniendo problemas?", "¿crees que esto represente un obstáculo para tu racha?, ¿estás perdiendo el toque?"
«Auch, de donde vengo se saluda primero, ¡fuera del camino!... ¿a dónde se fue?»
Al ser rodeado por los micrófonos y cámaras, tuvo dificultad en localizar al supuesto "Run". Detestaba a los paparazzi, ¿qué no tenían vida propia?
—¡Hey! —llamó la atención del hombre de rojo, quien lo miró por un segundo, antes de regresar a lo suyo.
Jonathan se molestó más con eso, ¿no era suficiente haberle fallado a Sherwin?, ahora tenía un montón de canallas humillándolo más y al responsable ignorándolo.
—¿A dónde crees que vas? ¡Te estoy hablando!
El susodicho no se inmutó para nada, ni se retiró el casco o sus guantes, dejando la escena como si nada. Pero Jonathan no iba a quedarse así, tenía demasiado enojo embotellado, necesitaba dejarlo salir.
Los flashes y micrófonos que lo rodeaban lo mareaban, le recordaban lo malo de sus decisiones, lo mucho que detestaba esa parte de su trabajo.
Lo suyo era manejar a velocidades descabelladas y disfrutar a la muerte cercana, que lo hacía sentir vivo, no todo lo que venía con eso. La falta de privacidad, las personas falsas... se dio cuenta que no quería ser una celebridad, no le gustaba a pesar de que intentara.
En sus fanáticos veía al pelirrojo animándolo. Sabía que tenía un problema, una obsesión... había ido al psicólogo, había tenido terapia... pero simplemente no podía olvidarlo. Todos le decían lo mismo "el primer amor es difícil de olvidar", pero para él era imposible.
Quería su vida de vuelta, quería una segunda oportunidad... regresar al pasado y hacer las cosas bien, corresponder al pelirrojo y escoger la felicidad.
Con trabajo persiguió al piloto de rojo, hasta llegar a una bodega de refacciones, perdiendo a las cámaras en el camino.
«Benditos letreros de sólo personal autorizado.»
Era oscuro y húmedo ahí dentro, sentía que estaban como a 40 grados. ¿Quién en su sano juicio iría allí?, pobres pits... «genial, ahora me siento mal por ellos».
Revisando entre los anaqueles de refacciones se llevó el susto de su vida al escuchar la puerta robusta cerrarse a sus espaldas y encontrarse con la alta silueta roja en medio de la oscuridad, con sólo una lámpara encendida sobre su casco.
De repente la sangre se le heló y su corazón dejó de latir con ira... había visto esa escena varias veces ya en películas, estaba seguro que en cualquier momento sacaría un cuchillo de algún lado y lo comenzaría a apuñalar.
«Oh por Dios en verdad voy a morir aquí... qué horror.»
En verdad su vida era un asco después de todo, faltaba más que su muerte igual lo fuera. En una bodega húmeda y sucia, donde nadie lo encontraría hasta después de días de búsqueda... «pero qué patético y triste suena eso».
En vista de que su cuerpo no respondía, pues se había quedado paralizado frente a su asesino de color rojo, decidió cerrar sus ojos y aceptar su destino. Quizás en su siguiente vida tendría más suerte, sería más listo y mucho más rápido en tomar decisiones.
Todos esos años, todas esas noches en desvelo... todos los días que pasó de mal humor, sacándole canas verdes a su padre. Y todo lo que quería era probar un poco... un poco de ese amor que nunca llegó.
Se imaginaba cómo sería su vida en otra dimensión... se sabría de memoria la cuenta de todas sus pequitas, habría aprendido todos sus gustos e intereses... no lo dejaría solo nunca y lo abrazaría en las noches de tormenta.
Comenzó a llorar al pensar en él... este era su fin y no había logrado nada, estaba frustrado con su vida. No lo encontró, no lo superó... había fracasado.
«Perdóname Sherwin... perdóname papá, no quise ser un ingrato.»
El hecho de que esas fueran las únicas personas importantes en su vida lo deprimió aún más, había gastado tanto tiempo persiguiendo un recuerdo que no logró formar una vida normal como cualquier adolescente o joven.
Ni siquiera Sunny seguía en contacto con él... también eso había sido culpa suya, «lo siento Sunny... gracias por consolarme cuando más lo necesitaba». Era su mejor amigo y la había dejado de lado... también la quería de vuelta, ¡quería su vida de vuelta!
Sus ojos azules estaban llenos de lágrimas y reflejaban lo vulnerable que se encontraba en ese momento. Sólo le quedaba esperar a saber quién era su asesino, si es que tenía tanta suerte.
En cuanto se removió el casco aquel piloto vestido de rojo, Jonathan sintió un sudor frío recorrer todo su cuerpo y el aliento salir de sus pulmones.
No era posible, estaba soñando... ¿lo estaba?, ¡tenía que estarlo!, seguro era otra pesadilla... «no, ¡no otra vez!».
—S-sh... Sher... ¿Sherwin?... —titubeó con un nudo en la garganta, recibiendo una sonrisa tímida como respuesta.
Era real... ¡era real!, no podía creerlo. Más lágrimas comenzaron a salir de sus enrojecidos ojos y comenzó a temblar como si estuviera en la tundra.
—¡E-eres tú! —fue lo último que alcanzó a decir, antes de sentirse ligero y débil.
Todo se volvía borroso y silencioso a su alrededor... apenas escuchaba una voz a lo lejos, llamando por él, "¡Jonathan!".
«Sherwin...»
Cayó inconsciente ahí mismo, pensando que había muerto, pero simplemente se le había bajado la presión. Ni siquiera sintió el tremendo golpe que se dio en la cabeza al caer, sólo podía ver manchas rojizas y anaranjadas.
Continuará...
