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Fandom:
Relationships:
Characters:
Language:
Español
Stats:
Published:
2022-05-21
Words:
1,293
Chapters:
1/1
Kudos:
5
Hits:
68

La respuesta de un pétalo gentil

Summary:

El suave vaivén del viento, inundando el paisaje de pétalos rosados que caen tras un agitado y corto vuelo. Árboles desnudos de ramas rotas, el crugido de la ansiada presencia, el retumbar de un corazón, un poema y un nombre.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

La brisa embestía los cerezos con suavidad, agitando los rosados pétalos y haciéndolos caer lentamente hacia el suave tacto de unas palmas, si tenían suerte. Otros caían al vacío sin gracia para ser olvidados entre las ásperas garras de la hierba, con su color apagado, sucios sin pureza; rotos frente a la llegada del otoño, cuando su hermosura se desvanecía sin remedio, donde la primavera cedía a la frialdad de los cielos y a la escasez de la tierra.

Mientras, la gentileza en persona acariciaba un pequeño corazón. Kazuha se sintió afortunado al ver el pequeño pétalo reposando sobre sus dedos, pensando ya en un nuevo poema que traería consigo un obsequio adecuado para su gran amor.

Últimamente el anhelo agitaba su pecho vehemente, con la fortaleza que solía caracterizarlo insistiéndole una y otra vez que dejara de esconderse junto al temor. En ese momento caminaba tranquilo por los caminos antes rebosantes de viveza, ahora repletos de árboles desnudos y ramas caídas en su intento por alcanzar el cielo, derrotados en el deseo de querer ir más allá. Kazuha, al ver el pequeño cerezo que seguía en pie con algunos colores todavía que ofrecer al viento, no pudo evitar el querer hacerle compañía hasta entonces, y el joven hijo de la naturaleza parecía estarle agradeciendo al dejar caer ese pétalo con forma de corazón sobre sus manos.

Con el pulso acelerado buscó una respuesta en él, encontrando palabras que describieran aquel sentimiento que ahogaba sus mejillas en un eterno e intenso sonrojo.

No fue hasta que un ligero vaivén del viento revolvió con diversión sus cabellos que advirtió esa presencia a sus espaldas.

Con un crugido, sus dedos se hundieron en la tierra seca, buscando frío y alguna manera de calmar aquellas ansias que agotaban su mente por las noches, abrazando su propio cuerpo, pensando y pensando.

Kazuha lo quería.

El corazón le dio un vuelco cuando una caricia se implantó en su hombro, una verdadera delicia para esos ojos que parecían llorosos ante tanto amor que le abordaba el estar tan expuesto y débil ante a su tacto.

Entonces encontró la primera y última palabra que necesitaba:

—Gorou.

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Las semanas avanzaban con una extraña rapidez que no contrastaba con las innumerables horas que kazuha invertía en una búsqueda sin remedio, preguntándole al viento algún lugar en el que pudiera encontrar respuestas. Pero, como si él no quisiera aceptarlo, siempre se dirigía hacia el lado contrario en el que la brisa lo empujaba como un acto de rebeldía.

Él quería descansar, tumbarse en un cálido lecho en donde el olor del mar lo envolviera, con cientos de hojas de arce al alcance de las llemas de sus dedos. También quería calmar el egoísmo que nacía de sus manos, ocupándolas en trenzar su cabello con unas pocas flores dulces enredadas en el. Deseaba arrancarse la venda que cubría la piel dolida y sentir una caricia en la cabeza. Ansiaba cerrar los ojos y poder dormir, tranquilo y seguro.

Kazuha no entendía al viento que, en vez de guiarlo según sus deseos, siempre marcaba una ruta directa a los brazos de Gorou.

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Tal vez él sí entendía y por eso la culpa lo inundaba. Cada vez que el agobio lo arrastraba fuera de la superficie él se alejaba, dejando la Flota Crux, permaneciendo en tierra firme sin visitar a su ajetreado amigo, que seguía aguardando su llegada mientras dirigía al pequeño ejército a su mando.

No fue hasta casi un mes que, sentado bajo ese cerezo, Gorou lo encontró por casualidad sin tener constancia de su presencia en la isla Watatsumi. El general esperaba que, al no recibir visita por parte de Kazuha, este había decidido no desembarcar en el último atraco realizado por órdenes de Beidou.

Fue inesperado, por supuesto, pues no la esperaban tan pronto para la recarga de suministros, pero la capitana supo cómo excusarse gracias a la escasez de alimentos que azotaba a los habitantes de la isla. Kokomi lo recibió con lágrimas de agradecimiento y Gorou sintió que también podría haber llorado de felicidad si el samurái errante hubiera estado ahí, a su lado.

Pero al verlo tan pacífico después de tanto tiempo, con la ligera brisa salina apuntando hacia él, lo hizo sentir dichado.

Su presencia explicaba la numerosa cantidad de soldados del shogunato que no había podido alcanzar sobrepasar sus fronteras, Gorou casi rio ante eso.

Porque Kazuha, aún sintiéndose tan confuso y perdido, nunca dejaba de liderar un camino seguro para los demás, y eso lo volvía loco.

—Gorou —dijo, posando su mano vendada sobre la del general en su hombro y girando la cabeza en su encuentro.

—Hola, Kazuha.

El chico de cabello blanco cerró los ojos complacido, entregándose a las caricias que terminaron por desarmar su ya despeinada trenza, dejando que cayera onduladamente para ocultar su cuello.

El viento habló de nuevo, y Kazuha entre los brazos de Gorou soltó una risa.

—Mi general —llamó, alejándose un poco de su amado para ofrecerle el pequeño pétalo con forma de corazón que sus manos poseían, resguardándolo del aire—. Acepta este obsequio como disculpa por mi gran atrevimiento.

El de pelo castaño sonrió con un eterno cariño, tomando con delicadeza el dorso lastimado de Kazuha y posándola entre caricias sobre su regazo.

—Todo lo que quieras darme lo recibiré como el más grande regalo que alguien pudiera jamás darme, aunque no hay necesidad de disculparse.

—¿De verdad? —preguntó, ocultando la mitad de su rostro en el haori. Luego, por instinto, sacudió la cabeza para intentar eliminar todo rastro de vergüenza—. ¿No estás molesto?

El general sacó un broche de su bolsillo. Este combinaba con Kazuha a la perfección, simbolizando el auge del otoño que se aproximaba con el entierro de las flores, la libertad de las hojas muertas en su caída o su vuelo sin fin en compañía de los vendavales más fuertes.

—Sí, porque es tuyo —dijo en un susurro, colocando la hoja de arce disecada y embalsamada en la cintura del samurái, acariciando la tela carmín con la llema de los dedos—. Además, no encuentro un motivo para estar molesto. Tu cuerpo es libre, Kazuha, y eso es lo que más me gusta de ti, aunque me gustaría que aprendieras a sacar tu mente de la deriva y la dejaras descansar un poco.

Gorou escuchó un sollozo, estrechando mucho más al hombre entre sus prendas para mantenerlo cálido.

—No tienes porqué preocuparte tanto, déjate ser —notó un asentimiento y el llanto cesó.

La noche comenzaba a caer con los párpados de Kazuha imitándola, casi queriendo ceder a su silenciosa propuesta.

Después de una leve sacudida para despertarse, confesó:

—Te adoro, Gorou.

Él le correspondió con un beso en la mejilla.

—Ahora descansa, tu sueño está seguro conmigo.

A partir de entonces, Kazuha le enseñó a Gorou el arte de la naturaleza, mostrándole que hay otras formas de disfrutarla además de apreciarla desde sus propios ojos. Aprendió con tacto áspero y suave, sabores deliciosos que se podían saborear desde los labios de Kazuha e infinitud de sonidos que podían albergar los distintos ritmos de un corazón.

Al acabar la guerra, ambos observaron la grandeza del mundo, recorriendo mares, océanos y valles llenos de nuevas sensaciones.

Con la melodía de una flauta, Gorou dijo:

—Quiero ir a casa.

Kazuha separó los labios del instrumento y, con los ojos cerrados, contestó:

—¿Y a qué esperas para hacerlo?

Con un permiso que no necesitaba, Gorou se echó como muchas otras veces sobre el regazo del samurái, tarareando la canción con una calma propia de la brisa que siempre parecía rodear a Kazuha, sonriendo con la alegría propia de un niño.

Y por último, mirando con ojos brillantes aquellas orbes rojizas, escucharía una de sus palabras favoritas.

—Bienvenido.

Notes:

El boceto inicial tenía un final demasiado apresurado y cursi, así que decidí cambiarlo jeje.