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Narancia Ghirga, un infante de 10 años con tez morena, cabello negro y ojos morados, adoraba montar en su bicicleta. La necesitaba en su vida como quien necesita respirar para sobrevivir cada día.
Él desde que nació fue un niño muy activo, muy atlético y con una llama siempre encendida dispuesta a conocer lo que nadie se atrevía a ver. Este pequeño no era de estudiar, sus padres siempre le castigaban al encontrar tan malas notas en el colegio público al que Narancia iba. Él no tenía gran interés en esos asuntos, por muchos profesores particulares que su madre contratase para evadir golpearle al fallar un ejercicio básico.
Su vida no era la mejor, pero la bicicleta era lo que le distraía. Con ella se recorría todas las esquinas posibles en su pueblo, en los cercanos y en aquellos que su espíritu aventurero le permitiera. Lo usaba como vía de escape de los estudios.
Tampoco era de relacionarse. Era cierto que tenía algún que otro amigo, como Guido Mista, ese chico sí que entendía hablar su idioma de locura. Aunque no le tenía tanto afecto pues ese amigo rápidamente cambiaba el tiempo que pudiera prestar a Ghirga para ver a sus otros amigos más intelectuales y maduros. Y el pelinegro se sentía ofendido ante la burbuja en la que la gente le había metido. Era un niño raro, extremadamente idiota y difícil de llevar. Por eso ni siquiera él mismo se llevaba. Sólo dejaba que el viento le guiase al mejor sendero que sus ruedas pudieran tomar.
Todos estos factores seguramente complicaron la primera vez que conoció a ese rubio de ojos verdes y ropa... Dejémosla en llamativa, con agujeros en su camiseta, la corbata muy mal puesta y una actitud arrogante y egoísta. Oh, ¿cómo lo conoció? Pues en un pueblo algo alejado, en una de sus salidas, Narancia estando distraído no notó al rubio frente suyo sin querer. No, no llegó a darle, giró la bicicleta lo suficiente como para salir disparado al césped, no sin antes chocar en un árbol. Pero él no obtuvo las peores heridas; fue su bicicleta quien sufrió más.
La pobre se rompió entera. Y el moreno, enfadado, culpó sin dudar al ojiverde que parecía ni haber notado tal incidente.
—¡Tú, el del libro con agujeros en la camiseta! —le llamó Narancia, sin saber muy bien de qué otra manera referirse. Afortunadamente, llamó su atención y le hizo girarse para verle —. ¡Pídeme disculpas ahora!
—¿Por qué debería? —Su tono de voz era más grave, menos infantil y un poco intimidante, como si perteneciera a un rango más alto que el del moreno. Pero eso no le importó ni un poquito.
—¡Por tu culpa mi bici se ha roto! ¿¡Por qué estabas parado en medio de la carretera como un empanado mental!? ¡Los niños como tú me cabrean mucho!
—¡No tienes derecho a tratarme así, haber esquivado mejor, estúpido! —respondió el rubio con la misma rabia. Después continuó caminando mientras hacía caso omiso a los gritos de Narancia.
Pero terminó escuchándole llorar, y eso le volvió a interesar. Así que se giró, y el moreno se arrodillaba sobre su bicicleta y sollozaba al tratar de arreglar el funcionamiento de ese aparato que nunca pudo entender.
—Te odio, te odio, me has quitado a mi mejor amiga... —murmuraba el de ojos morados, casi tornando éstos en cascadas de agua. El rubio se sintió culpable por segundos.
—Es una bici. ¿Es tan importante?
—Es lo único que me trata bien... —respondió con tristeza, contagiándola sin esfuerzo alguno. Algo en él daba a entender que estaba solo. Y que tal vez exageraba con ese vehículo, pero que no era ningún teatro.
—¿Cómo te llamas, niño?
—Narancia... Narancia Ghirga. ¿Para qué preguntas? ¿Eso va a ayudar a mi bici?
—Soy Pannacotta Fugo... Espero que en unos días no me grites de nuevo, es de mala educación. —Y sin compartir más palabras, "Fugo" tomó los restos de la mejor amiga del pelinegro y se la llevó a quién sabe dónde.
Narancia le siguió, y consiguió convencerle de que le diera suficiente dinero como para volver a su pueblo natal. No recuperó el cuerpo de su bici, sin embargo. Así que lloró por los siguientes días, al igual que a sus padres y a cualquiera cerca suyo. Se sentía tan vacío como la primera vez que recibió un golpe. Y ahora, sin ningún apoyo, sólo le quedaba caminar dando vueltas por la calle en la que vivía.
Uno de esos días tan aburridos y depresivos, reconoció una cara, bueno, una camiseta agujereada que se acercaba poco a poco a él. No iba solo, no le acompañaba gente, sino las almas gemelas de Ghirga. Sí, bicicletas. Había 3, lo cual sorprendió mucho al chico.
—Tú eras el tal Fuga, ¿no?
—Es Fugo, empezamos mal si no recuerdas ni mi nombre.
—Pero tu apellido era de la Pannacota, de eso me acuerdo. ¡Dejemos de hablar de eso! ¿Qué son esas hermosuras?
Fugo suspiró relajado y acercó 2 de las 3 bicicletas a las manos del moreno. Una de ellas era más familiar para Narancia; era la que se le había roto. Y parecía estar totalmente reparada, tan preciosa como siempre. Y la otra era nueva, era mucho más completa que la habitual. El pelinegro se sorprendió mucho al percatarse de lo generosa que era esa acción.
—Parecías muy triste por esa bicicleta, aunque parecía una porquería, tenía casi cada tornillo oxidado, no sé cómo la sigues usando...
—Ve al grano, y no insultes a mi dama.
—Como sea, la he reparado y te la doy de nuevo porque imagino que la llevas usando por mucho tiempo.
—¿Y la nueva bici?
—La vieja es súper oxidada. Mereces una nueva. —La confesión de Fugo hizo reír a Narancia, cuando por dentro quería llorar de la felicidad.
—Vamos, pero no me conoces, ¿por qué me la das? No sabes si mis padres ya me han dado una nueva bicicleta o si ahora me interesan los patinetes...
—Es fácil de notar, llevas una hora sin parar de caminar alrededor de esta calle —se burló con una pequeña diversión Pannacota —. Y susurrabas cosas de que echabas de menos a tu...
—Vale! — le cortó Ghirga —. ¡No hace falta que sigas! ¿Tengo que hacer algo a cambio?
—¿Qué?
—Algo a cambio, ¿qué quieres? ¿Chocolate? ¿Un parque oculto a 2 pueblos de aquí? ¿Un día escapando del colegio? ¡Dime!
Fugo lo pensó por unos segundos o eso pareció. Luego miró los ojos morados de su acompañante, imaginando que el contraste entre el morado y su propio verde lima quedaría realmente bonito.
—Deja una de las bicis en tu casa. Vamos a dar un paseo y me enseñas tu mundo, ¿te apetece?
Fue lo más bonito que alguien nunca dijo al pelinegro. Éste sonrió con una notoria alegría en su rostro, que volvió a contagiarse como una enfermedad al rubio. Aunque, bueno, estar contento no era tan malo al final.
Y así, dos nuevos amigos montaron en sus bicicletas por horas y se perdieron en los ojos del otro, en su alma. Conectaron por un tonto vehículo, pero desde ese accidente se convirtieron en inseparables personas.
Narancia por fin podía compartir sus días con alguien a quien no aguantaba de manera académica, pues Fugo resultó ser demasiado empollón, y Pannacota logró compartir más sentimientos que el aburrimiento gracias a ese moreno que le sacaba de sus casillas la mayoría de las veces.
Pero eran uña y carne cuando empezaban y cuando se cansaban de pedalear.
