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Candy Lights

Summary:

Kenma Kozume asiste al Matsuri mágico del pueblo vecino. Allí se encontrará a la persona que le trae de cabecita desde hace tiempo. Una vez juntos, empiezan a explorar el lugar entre puestos de comida y fuegos de artificio, ya bien en el cielo o en sus corazoncitos.

TW// comida.

Notes:

Work Text:

—Ah, ¿Shouyou?

No se lo podía creer. A pesar de verle frente a él, no se lo podía creer.

Hinata estaba allí. El chico intentaba, como podía, pescar uno de los peces de luz artificial que se removían en el agua. Las grandes piscinas del puesto de la feria reflejaban el fluido y, a la vez, denso movimiento de los peces fatuos mientras las risas llenaban el lugar. La pequeña debía ser su hermana, a juzgar por el color de sus cabellos.

—¡Pero si es Kenma!

Oírle pronunciar su nombre era como un regalo. El joven de cabellos a medio teñir se adelantó lentamente, como en un camino henchido de sueños, mientras su sonrisa se ampliaba a medida que se acercaba hasta él. La luz que irradiaba el rostro de Hinata se intensificó al verle acercarse.

—Hola, Shouyou.

Sus murmullos eran agua tímida en un lago que se removía a su propio ritmo, más allá de las leyes naturales. Poco podía hacer frente a eso: cada vez que veía al joven, los labios se le volvían caramelo, incapaces de pronunciar con la misma claridad que de normal. Hinata le otorgaba, sin saberlo, el inmenso poder de la vulnerabilidad.

—¡Qué bien verte, Kenma! —exclamó Hinata una vez estuvieron a pocos metros de distancia—. No pensé que vendrías al final.

Shouyou estaba en lo cierto: no pensaba ir. El gentío iba y venía con sus ruidos y zancos de madera chapoteando en el suelo de piedra y flores. Aquí y allá, las luces arcoiris relampagueaban mientras el tumulto de voces y risas dibujaba tensiones que debía traspasar como telares distribuidos por todo el camino. A Kenma no le gustaba el ruido, ni las luces, ni la música alta, ni las risas estruendosas.

Sin embargo, sí había algo que le gustaba de verdad. Algo por lo que era incluso capaz de soportar todas las molestias posibles a la vez en mitad de la feria estival.

Lo había tomado como una ligera posibilidad. Podía aparecer, y podía ser que no. Era como un cometa espontáneo en mitad de un cielo sin estrellas; algo tan evasivo y casual que hallarlo lo volvía aún más único. Como mínimo, debía intentarlo, se dijo antes de salir de casa.

Se alegraba de haberlo encontrado. Fuera la suerte, la casualidad o los hados, suspiró de alivio con agradecimiento mientras su interior estallaba en carmesíes y dorados.

—¡Has venido en el mejor momento! —pronunció Shouyou con alegría—, ¡mira, ven!

Kenma se asomó con ligera curiosidad —y las orejas bien rojizas— hasta el lugar que señalaba el muchacho. Las estrellas de su mirada seguían tan latentes como siempre. El pecho se estremeció en ese ligero vaivén vertiginoso que sentía cada vez que le tenía cerca. Cada vez que hablaba, se movía o que sus miradas se cruzaban. Cada vez que le sonreía de improvisto. Cada vez que pensaba en él a kilómetros de distancia.

En efecto, Shouyou intentaba pescar un pez mágico. Qué ser tan suertudo, pensó Kenma. Con qué facilidad habría cambiado su puesto con él.

La montaña al frente se engalanaba en un brillo crepuscular que la cubría de rubíes ardientes. La feria de verano era todo un acontecimiento para el pueblo; incluso les vecines venían desde lejos a pasar una noche tan especial. Por aquí y allá, las tiendecitas se distribuían entre telas y chispas a lo largo del ancho paseo. Cada una tenía una función: los yatai, por ejemplo, esos puestos de deliciosa comida que le llamaban a probar cada uno de los suculentos manjares que exponían. El estómago le rugió, traicionándole, a la par que sus mejillas se cubrían de un rubor intenso.

—¿Tienes hambre, Kenma? —le preguntó Hinata, desatendiendo de pronto al pececillo artificial, que se zafó de la caña que estaba a punto de catar. Kenma se removió con inquietud.
—No te preocupes —murmuró por lo bajo—. Disculpa por mole…
—¡Vamos a por algo de comer! —exclamó entonces el chico—. Toma Natsu, pesca tú.

Hinata prestó la caña a su hermanita con cariño justo antes de observarle con chispas en la mirada. Kenma, sin saber ni cómo reaccionar, se limitó a convertirse en un flanecillo emocionado y cohibido mientras aquel rayo de sol hecho persona se acercaba hasta él. Shouyou le tomó del brazo y, junto a una sonrisa resplandeciente, le guió a través de las casetas sin darle apenas tiempo a reaccionar.

—Me alegro mucho de verte, Kenma —le dijo entonces el chico, cuyos cabellos desprendían un aroma familiar, dulzón y tremendamente acogedor. Tanto, que logró despertar en el chico de melena corta una pequeña y dulce sonrisilla. Un gesto que crecía espontáneo y en ocasiones contadas. Sin embargo, Kenma siempre se descubría a sí mismo vertientes enternecidas de dicha sonrisa cada vez que el joven pelirrojo andaba cerca. Asimismo, los suspiros le invadían, le sacudían en un torrente secreto que aprendió a disimular de la mejor manera posible pero que, en ese momento, no quiso evitar.

Se sentía tan feliz.

—Yo también, Shouyou —murmuró, observándole de reojo.

La risita del chico lo condujo a través del tumulto y los vistosos yukatas. A través del humo y el polvo. Y, también, a través del millar de emociones que sentía. Como si de un caleidoscopio se tratara, las cosquillas se retorcían en las yemas de sus dedos, en sus ojos, en sus labios. Todo comenzaba en la fuente de luces del pecho, donde nacían los vértigos más agradables que hubiera conocido jamás.

—¡Pero qué bien huele! —dijo Hinata con alegría. Sus ojos cobrizos relampagueaban con avidez y entusiasmo mientras curioseaba un puesto tras otro.

Los distintos aromas que le llegaban le hacían la boca agua: los yakitori brillaban al fuego, desprendiendo un olor tentador. También los oden y los takoyakis llenaban el aire con su perfume sabroso. Ambos se fijaron con especial atención en las jyaga-bata: ese día, la mantequilla con las que habían cubierto generosamente las patatas era violeta. Con tan solo un vistazo —cohibido y gatuno por una parte, chispeante y cítrico por otro—, los dos asintieron a la vez. Una vez tuvieron entre manos sendos platos, llenos hasta arriba de patatas melosas, Kenma y Shouyou prosiguieron por el camino de tierra. Los farolillos sobre sus cabezas se mecían con la brisa del atardecer, haciéndole sonreír un poco más.

—¿Prefieres sentarte, Kenma?

Debió ser fácil para el chico adivinar su poca habilidad para caminar y comer a la vez. Kenma asintió cortadamente antes de que Hinata le condujera hasta un banco apartado del gentío y las miradas, cosa que agradeció profundamente.

La música también sonaba entre ellos, interna y delicada. Todo parecían campanillas al caminar. El aire se cortaba entre el aroma de las glicinias y el crepitante sabor de la patata abrillantada en tonos violáceos.

—Qué bien que hayas venido —murmuró el joven, que se sentaba a su lado con los ojos brillantes—. ¡Te echaba tanto de menos!

El movimiento pausado de sus gestos contrastaba con el frenesí de los pasos que iban y venían como mariposas deslumbradas. Rio por lo bajo, acompasando el rubor de sus mejillas con el tenue rosado de los farolillos.

Él también le había echado mucho, muchísimo de menos. Le devolvió una tímida sonrisa como respuesta a sus carcajadas de sol.

Los chicos comieron en silencio. Al menos, en los primeros bocados. Poco después, Hinata Shouyou comenzó a narrarle todo lo que había estado haciendo antes de su aparición.

—Y entonces… ¡Natsu me pidió que fuéramos! Claro que yo no las tenía todas conmigo, ya sabes que no soy mucho de pescar. Y la pobre aún no se había acabado el choco banana de pétalos, así que me lo tuve que comer a medias con ella. Si no, no nos dejaban entrar en la caseta. ¡Pero no pasa nada, porque…!

Kenma sonrió a la patata crujiente mientras saboreaba el dulce y denso sabor de la mantequilla floral en su paladar.

—Porque tú siempre tienes hambre.
—¡Claro! —exclamó Hinata con miguitas en los labios—. Qué bien me conoces, ¿eh?

Siguió riendo por lo bajo mientras el aroma de la comida le embriagaba. A veces le costaba comer a su lado: o bien el estómago se le cerraba, o le daba vergüenza hacer ruido. Sin embargo, esa noche era plácida. El alboroto no le molestaba tanto como de normal. Hasta resultaba agradable poder oír tanto entusiasmo, risas y pasos por doquier. La gente se divertía, lo pasaban tan bien como él.

Al lado de Shouyou, todo parecía convertirse en un campo repleto de estrellas, idílico y mágico. Tan agradable que hasta él podía acomodarse entre un gentío masivo y reluciente de entusiasmo. La sensación se amoldaba incluso a él.

Estaba a su lado. Con eso, lo tenía todo.

El rastro del dulzor le llamó la atención. Seguía con algo de hambre incluso después de un plato tan sustancioso. Desde luego, los vórtices cálidos del pecho consumían mucha energía. Y eso a él eso no era algo que le sobrase, precisamente.

—¿Te parece si vamos a por algo de postre?

Asintió de buena gana. Cada hueco de su cuerpo se cubría de cosquillas ante las sonrisas honestas del joven pelirrojo, que le sacaba conversaciones sobre los temas más divertidos y familiares. Él le contestaba a todo flojito, entre susurros. La situación le imponía pero, a su vez, le encantaba. Se sentía tan feliz.

Pasaron de nuevo por varios puestos. Esta vez, todo brillaba en azúcares mágicos: por una parte los choco banana, con sus ingeniosas decoraciones, dejaban un rastro de lucecitas comestibles sobre la capa de chocolate. Sonrió al ver los watagashi en sus bolsitas: el algodón dulce que se preparaba con luz directa de la luna dejaba entre la seda de azúcar caminos de plata que, además, estaban deliciosos. Contempló la emoción bullendo en la mirada cobriza del chico con una sonrisa.

—¿Cuál te gusta más, Shouyou?

El joven clavó su mirada sobre él, despertando un escalofrío en su nuca.

—Cualquiera está bien —dijo Hinata, observando su rostro palmo a palmo, lo cual provocó un súbito rubor en Kenma.
—Vale —balbuceó el chico teñido mientras se armaba de valor. Al hacer la señal al tendedero, procuró parecer lo más lanzado posible. No debía fingir con él, claro que no. Pero quería hacerlo. Quería superarse. Cada vez que lo tenía cerca, sentía que podía con todos los retos del mundo.

—Quería, eh… —la voz temblaba mientras la mirada caía ante el hombre—, una bolsita de algodón de azúcar.
—¿Esta?

El tendedero indicó justamente la más bonita: el sirope inflado, de un naranja intenso, contrastaba con el amarillo pálido que se degradaba hacia el fondo de la bolsa. Kenma asintió. Esperaba que fuera del agrado del chico.

—¿Y tú, qué vas a coger?

Shouyou, a su lado, le observaba inquisitivamente con el brillo de los farolillos bañándose en la mirada cobriza con ternura. A esas alturas, Kenma envidiaba hasta a una ráfaga de luz cualquiera.

—Pues —murmuró por lo bajo—, no lo sé, la verdad.
—¿Qué te parece eso de ahí? ¡Fíjate!

Se fijó. Y no solo porque el chico se lo dijera —aunque, claramente, era la mayor de las razones—, sino por los colores y las texturas. Era como un ruido transparente que le llamaba. Una música endulzada que pedía ser escuchada por todes. Kenma sonrió por lo bajo al ver cómo las galaxias de purpurina se removían en el interior de las piruletas de cristal de azúcar.

—¡Señor! —exclamó el pelirrojo mientras se hacía con su bote de algodón mágico—, ¡póngame una de esas! ¡La más bonita que tenga!
—¿Te refieres a la mizu ame, chaval? —le preguntó el hombre. Hinata asintió con énfasis y una sonrisa de oreja a oreja. Kenma, mientras tanto, se dedicaba a observar el rubor en la piel de terciopelo mientras su amigo recogía el dulce.

Kenma esbozó una suave risa por lo bajo al contemplar la galaxia púrpura que se removía dentro del azúcar transparente. La lenta marejada de allá adentro transportaba rastros de chispa que se convertían enseguida en burbujas. Sin embargo, aún era mejor contemplar la expresión de satisfacción y asombro a partes iguales del joven de cabellos mandarina.

—Toma, ¡para ti!
—Gracias —susurró Kenma, sonrojado, mientras Hinata le acercaba la piruleta. Al principio estuvo a punto de protestar pero, al ver la ilusión chisporrotear en esos grandes ojos, se contuvo. A fin de cuentas, él también le había regalado su bolsita de algodón. Estaban igualados.

Enseguida, Hinata le guió de nuevo a través del camino y mucho más allá. Kenma, que salía poco, no había visto demasiadas veces las calles tan engalanadas. Las exclamaciones que se desperdigaban por aquí y allá eran la compañía perfecta para cada luz cálida, cada juego y aroma. Todo se perdía en una espiral festiva mientras el atardecer se derretía al fondo, entre las montañas verdosas de un verano cualquiera.

Salvo que no era algo cualquiera. Cada uno de esos minutos era un tesoro para él. Cada paso entre las piedras era un descubrimiento que su alma recibía entre festines de luz.

—Ven conmigo, Kenma —dijo el chico—, conozco el lugar perfecto para tomarnos esto.

El muchacho de cabellera corta asintió mientras se dejaba llevar por el fulgor anaranjado frente a él. En un momento dado, Shouyou se giró, alzando una mano en su dirección. Le costó unos segundos procesar su intención. Para entonces, el color ya había subido a sus mejillas, instalándose en ellas a sus anchas. Se aferró con timidez a la mano de Hinata, dejando que la turbulencia cosquilleante saturase sus sentidos.

Era la primera vez que los dos se probaban un yukata. Al menos, eso creía: nunca le había visto antes ese atuendo tan bonito. Él, por su parte, había optado por algo más sencillo, gris y funcional. A Shouyou todo solía sentarle bien: desde un traje de etiqueta hasta la ropa más sencilla y ligera de todas. El yukata que vestía era todo un regalo para los ojos: el tono rojizo del traje combinaba a la perfección con el de sus cabellos. Las libélulas del estampado, dibujadas en tonos cálidos, completaban la bella estampa. Parecía sacado de algún cuento popular, como algún príncipe oculto entre sus pueblerinos que quisiera disfrutar de algo tan tradicional y divertido sin tener por ello que descubrirse, queriendo verse como un igual.

Suspiró mientras ideaba su propia historia en mitad de un escenario lo suficientemente mágico de por sí hasta que llegaron a un rincón algo alejado. Tras ellos se apilaban las espaldas de una tienda al lado de otra.

—Es por aquí —musitó entonces el pelirrojo con una media sonrisa de lo más traviesa.
—¿Vamos a perdernos? —preguntó Kenma con una pizca de preocupación por tres de diversión.

Shouyou rio, inundando el aire con su energía de sol eterno.

—Claro que no —exclamó felizmente—, si vivo aquí, ya lo sabes.
—Está bien.

Kenma confió en el chico, al que siguió entonces a través de matorrales cada vez más profundos. El césped se convirtió en arbustos y éstos, en árboles. La música de la feria se alejaba entre la oscuridad. Las suelas de madera no estaban hechas para la montaña, pero siguió caminando tras los pasos del muchacho sin importar qué.

Finalmente llegaron a un hueco sin árboles desde donde la luna, que ya asomaba su cara de plata, irradiaba su luz sobre el césped oscuro. Hinata se adelantó entre saltos hasta sentarse en la hierba.

—¡Kenma!

El chico le llamaba mientras tanteaba el suelo con una mano. Kenma asintió, acercándose hasta sentarse a su lado de buen grado. Una vez en calma, el joven de cabellos dorados se relajó un poco más. Si hubiera tenido que definir con colores cómo se sentía —algo que solía hacer consigo mismo—, no habría sido capaz. Era como una mezcla de arco iris emborronados entre sí. Los nervios le habían hecho coger la piruleta con tanta tensión y emoción que, al liberarla sobre el regazo, los dedos le temblaron ligeramente por unos segundos.

Shouyou estaba precioso a la luz de las estrellas. Aunque el blanco no era un color muy suyo, el joven era capaz de convertirlo en parte de él. Las mejillas sonrojadas por el ánimo constante resplandecían aún más en esa suavidad aterciopelada que tanto le representaba. Embelesado frente a la preciosa escena frente a él, se dejó llevar un poco más por la calma que reinaba en el ambiente.

—¿Por qué libélulas, Shouyou?
—¿Eh? —exclamó el pelirrojo, confuso—. Ah, ¡esto!

El joven se señaló la tela del yukata con una sonrisa esplendorosa ante la que Kenma se estremeció ligeramente mientras asentía, cohibido.

—Pues verás —comenzó entonces a explicar Hinata—, es por una cosa que me dijo el novio de un amigo.

Dio gracias al Kenma de minutos antes por haberse sentado así como a la oscuridad de la pronta noche por ocultar el temblor súbito al escuchar esa palabra.

—¿Q-qué te dijo? —balbuceó, apartando la mirada hacia un lado.
—Que las libélulas significan muchas cosas. Mi amigo, al principio, dijo que eran bonitas sin más. Que no tenía por qué darle tantas vueltas. ¡Pero es que yo quería estar guapo! ¿Tú me entiendes, verdad? Y no podía conformarme con lo que fuera. Entonces Akaashi vino con una prenda roja y yo pensé “anda mira, ¡me va a coser algo, qué majo!”. Pero Akaashi no sabe coser, creo. Aunque Bokuto-san tampoco… ¡Pero bueno! El caso es que…

Kenma no ocultaba su risa. No podía. Cada una de sus expresiones eran tan adorables que acabó rindiéndose a la pura ensoñación de oírle hablar. Le habría escuchado durante tantas horas que habría perdido hasta la cuenta.

—El caso es —dijo entonces Hinata con el ceño fruncido, más que concentrado—, que Akaashi me dejó su antiguo yukata. Entonces me lo explicó. Así, con esa seriedad tan graciosa que tiene. Bueno, no le conoces, ¡pero él es así! Un día te lo presento. Lo que me dijo fue que las libélulas representan la victoria. Y eso me gustó mucho, Kenma, muchísimo.

Kenma le escuchaba, concentrado, mientras el pelirrojo se emocionaba por momentos al explicarse, gesticulando ampliamente.

—¿Y qué pasó entonces? —murmuró con interés.
—Ah, pues… Me dijo que las libélulas siempre miran hacia adelante, no pueden mirar atrás. Y que eso era algo muy importante. Creo que…

La mirada de Hinata solía burbujear con brillitos entusiasmados. A veces resplandecían de curiosidad, otras de asombro. Pero, a veces, la fortaleza más recóndita de Shouyou se hacía presente. Ahí estaba de nuevo, exhibiéndose en todo su esplendor. La determinación cobraba forma y sentido en los iris de citrino que Kenma contemplaba, completamente hechizado, mientras alzaba las cejas con expectación.

—Creo que ahora lo sé, Kenma. Yo también quiero mirar adelante. Porque ahora mismo solo soy yo, Hinata Shouyou, un aprendiz de mago veinteañero. Pero, ¿qué seré mañana? Como aún no puedo saber eso… ¡Lo que quiero es seguir mirando adelante siempre! ¡Como ahora a la luna, o a ti!

Sobresaltado, Kenma se encogió en el sitio cuando el chico giró el rostro directamente hasta él. Sonreía. Y era puro. El oro se fundía en el aire mientras esas pestañas se dirigían a él. Los ojos, el rostro y todo él. Se fundió en el abrazo antes incluso de comprenderlo. El chico le rodeó con sus fuertes brazos mientras temblaba como un flanecillo, haciendo honor al sobrenombre que le pusieron debido a los colores de su cabello.

Al separarse, Kenma conoció la luz más trémula y tierna en los ojos del chico. Le sonrió justo antes de bajar la vista, sobrecogido. Sintió la mirada de Hinata sobre él unos segundos de más justo antes de que éste volviera a girar la mirada hacia el cielo.

—Están a punto de empezar —esbozó el chico, risueño y nostálgico a partes iguales—, ¿te apetece comerte ya las chuches?

Kenma asintió secamente. El rubor de sus mejillas se intensificó cuando vio, satisfecho, la fruición con que el chico separaba los trocitos de nube de melocotón. Qué bien que le gustasen. Él también se dispuso a probar su piruleta.

Las mizu ame de ese año contenían esencia de galaxia. Aunque sabía que cada año cambiaba la cosa, le habría gustado repetir la esencia solar del año anterior. El tono avainillado con esencia cítrica embriagó sus sentidos —y, para qué negarlo, no pudo pensar en otra cosa que no fuera él, si es que era posible dejar de hacerlo—, pero ese año sería diferente. No le gustaban los cambios, pero debía aceptarlos. Por eso mismo, al alzar la piruleta, hundió su mirada en el azul violáceo que se esparcía como humo líquido por dentro del caramelo transparente. Las lucecitas de plata titilaban, jugosas y apetecibles, en el mar galáctico que esperaba ser devorado con fruición. Así habría hecho Shouyou, desde luego: le habría pegado tal mordisco que se habría llevado la mitad directamente a la boca. Pero a él le gustaba tomarse su tiempo. Probó con timidez la superficie, acostumbrando al paladar a la súbita oleada de azúcar.

Qué agradable era, tan suave y cristalina. Pasó la punta de la lengua como hacía su gatito calicó en casa al tomar lechita. Poco a poco hizo un surco en la parte sólida del dulce. Entonces sí que mordió. Al hacerlo, el estallido de sabor inundó su boca, haciéndole estremecer entre la sorpresa y el gusto. El sabor endulzado y ácido a la vez le hizo estremecer.

—¡Kenma, vaya cara has puesto! —exclamó Hinata—. ¿Es que no está rico?

El joven de corta melena llevó su mirada estupefacta y emocionada hasta el pelirrojo, que le observó entonces con una cálida sonrisa.

—Está… —balbuceó mientras pestañeaba nerviosamente, colmado de emoción—. ¡Está riquísimo, Shouyou!

Hinata rio con estrellas en la mirada y en sus mejillas hinchadas. Tenía los labios manchados de azúcar rojizo. Todo él era como una chuchería fresca y rica. Kenma, más calmado al fijarse en el chico, le ofreció un poco de su piruleta. Shouyou asintió con ganas. Al pegar el mordisco, el haz de galaxias se esparció por el aire con un ligero soplo. El crujido fue el prólogo para la maravillosa magia que contuvo entonces el aire a su alrededor. Parte del caramelo se convirtió entonces en una neblina brillante que los rodeó a ambos, evaporándose en el aire.

—Uah… —exclamó el pelirrojo con ojos como platos. Kenma asintió, totalmente de acuerdo.

Era todo un espectáculo, al nivel —o incluso más— que los fuegos artificiales que vendrían a continuación. La fragilidad e intimidad que se creó entre ambos lo obnubiló al completo. La neblina se convirtió en un ramo de chispas sólidas y flotantes; como burbujas luminiscentes que, sobrevolando sus cabezas, les visitaban entre cada sonrisa estupefacta. Hinata Shouyou, emocionado, alargó su mano hasta una de ellas. Al hacerlo, ésta le esquivó. Qué desagradecida. Tener esa suerte y desaprovecharla. De pronto, las odió. ¿Cómo podían hacerles un feo a alguien tan increíble como…?

Pero, entonces, la burbujita se acercó al chico por otro sendero. Uno diferente, tal vez más tímido. Claro. Entonces la comprendió. No siempre era fácil encarar algo tan hermoso. Al rozar al joven, la lucecilla se aventuró hasta los confines que Kenma habría querido conquistar. La burbuja estalló, suave y ligera, contra la mejilla de melocotón de Shouyou, dejando en el aire una estela de caramelo que hizo reír al pelirrojo. Los restos de chuchería volátil se desmenuzaron sobre la redonda y adorable nariz del chico, que rio a carcajadas mientras se rascaba las cosquillas.

Nunca había visto nada más tierno y adorable. Era posible que jamás viera algo parecido en la vida. Procuró atesorar cada segundo en que su vista disfrutase del precioso paisaje. Suspiró mientras un cúmulo enorme de soles inmensos y secretos estallaban en su pecho, devolviéndole las ganas de vivir. Justo después sonrió sin querer ocultar la ternura que sentía tan suya, que llegaba a todas partes del mundo desde su centro.

—Tú lo conseguirás todo con o sin libélulas, Shouyou Hinata.
—¿Eh?

Confuso, Hinata pasó un rato observándole, comprendiendo lo que acababa de escuchar. Kenma supo que el chico lo consiguió al contemplar su sonrisa. Shouyou entornó la mirada, ofreciéndole un suave toque de ternura.

—Qué bonito eres, Kenma.
—¿Qué? —susurró con un hilo de voz seco, girando la vista de golpe.
—Y tienes —dijo el pelirrojo mientras reía por lo bajo— el pelo tan suave. ¿Puedo tocarlo?

Los últimos posos del caramelo cayeron a su alrededor con la gravedad de una pluma. Mientras, Kenma abría los ojos como platos sin creer lo que escuchaba. Asintió, cohibido, mientras el oro de sus iris brillaba de puro vértigo. Shouyou acercó una mano a sus cabellos, llevándose un mechón entre sus dedos con ligereza.

—¿Ves? Lo que yo decía —dijo el chico, satisfecho—. Tan suavito como tú.

Si hubiera podido definirlo de alguna manera, habría sido como convertirse en un bug de alguno de sus videojuegos preferidos. Al mismo tiempo, la calidez que afloraba en su pecho se amplió notablemente, como una flor de vainilla que abriera sus pétalos ante un sol deslumbrante. Le hacía sentir tan vivo, tan dichoso, que no quería perderse ni un instante de la magia que se creaba a cada segundo.

—Siempre me animas tanto —escuchó entonces decir al chico con una sonrisa de girasol. Kenma se encogió en el sitio mientras el rubor le suspiraba en las orejas con un débil toque rosado. Lo que Kenma no habría esperado jamás fue la cercanía. La suavidad sobre su mejilla, tan esponjosa que le provocó escalofríos. El aroma dulce y terso, que se imprimió de pronto sobre su piel.

Shouyou besó su mejilla con ternura, permitiéndose todo el tiempo del mundo en dicha empresa. Todo el que Kenma, sobrecogido, le ofreció con tanto asombro como fervor en su pecho.

La magia de cada encuentro era como una mariposa que se posaba sobre sus cabellos, ofreciéndole el mundo en una sonrisa. Pero esa noche, todo era más único y especial. Se sentía diferente. Shouyou Hinata, cuya aura resplandecía siempre entre mil chispas brillantes, se encontraba más afable que de costumbre. Era como explorar una senda más íntima del chico al que creía conocer tanto. Y Kenma, desde luego, se abría de par en par a recibir cada minúscula migaja que le muchacho le entregase.

—Y estás muy guapo, además —murmuró el joven al alejarse de él—. ¿Quieres encender ya las bengalas, Kenma?

Tragó saliva mientras procesaba una frase tras otra, intentando digerir una de ellas en especial. Atribulado, asintió mientras el pelirrojo sacaba la varilla de entre los pliegues del yukata. Le imitó torpemente sin dejar de mirarle.

Él sí que estaba guapo. Y no solo ese día. Siempre lo estaba.

Una vez tuvieron ambas bengalas a mano, Kenma ideó el hechizo de fuego que las prendió. Hinata lo contemplaba todo con chiribitas en la mirada.

—Tú también puedes hacerlo ya, ¿verdad? —le preguntó entonces.
—¡Ah! —dijo Shouyou, sobresaltado, mientras soltaba una risita sin dejar de observar el hechizo azulado que relampagueaba en su mano—. Sí, claro. Pero es que…
—¿Sí? —murmuró Kenma al ver cómo el pelirrojo se removía con curiosa timidez.
—Es que me gusta ver cómo lo haces tú.

La llama respondía en parte a sus emociones, por lo cual, al escuchar eso, el fuego cobró una magnitud tan innecesaria como indecorosa.

—Yo… —balbuceó Kenma, cada vez más nervioso—. No es que lo haga mejor que nadie o algo así.
—¡No es por eso! Es que —Shouyou se acercó unos milímetros hasta la luz flotante que sostenía en la palma de su mano— es tan especial. Lo haces con mucho cuidado y cariño. ¡Así de bonita es!
—¿Ah, sí?

Nunca creyó hacerlo de ese modo. Simplemente, pensaba que era lo correcto. Sí era cierto que bastante gente trataba la magia con algo de repudio, incluso con cierta superioridad. La magia no era propiedad de la humanidad. Solo era un canal, una amiga. Tratarla con respeto le parecía lo más lógico.

—Me alegra que te guste —contestó con un hilo de voz.
—Me gusta mucho.

Para entonces, los iris cobrizos de Hinata no se fijaban en el fuego. Ni siquiera en las bengalas que, una vez comenzaron a arder, chispearon en una lluvia de estrellitas multicolor (en las manos de Hinata, los fueguitos se volvían del color de la miel y las natillas. En las de Kenma, adquirían tonos de citrino y mandarina). Los ojos de Hinata se fijaban directamente en él. Kenma, que tampoco prestaba demasiada atención a las varillas chisporroteantes, sostuvo su mirada sobre él unos instantes antes de bajarla de nuevo, cohibido.

Los dos pegaron un brinco al oír el sonido de los cohetes en el cielo. Al momento, rieron con timidez.

—¡A ver cómo son este año! —exclamó Shouyou con emoción. Kenma asintió, conmovido. La expectación se entremezclaba con la candidez que producían las chispas de atardecer que flotaban frente a él.

Primero empezaron los pequeños. Los que tan solo presentaban el espectáculo. Eran tímidos y pequeños. Tras el “pum” inicial, dejaban una densa humareda que servía de pantalla para los siguientes fogonazos, cubriendo el cielo despejado de manchas neblinosas y coloridas.

—Vamos a unirlas, Kenma.
—¿Seguro?
—¡Dicen que da buena suerte!

Kenma no necesitaba pedir mucha más suerte de la que tenía en ese momento. Pese a todo, acercó con una sonrisa de emoción su varilla a la de Hinata. La diminuta fogata se tornó entonces vívida y preciosa. Las chispas de oro y mandarina se reconocían entre sí. En un futuro, tras graduarse en la escuela de hechicería local, esperaba poder escuchar la voz del fuego. En esos instantes no le hacía falta dicha maestría: podría haber jurado escuchar las risitas de cada chispa al abrazarse entre sí.

Las explosiones se sucedieron una tras otra en el manto estrellado que había oscurecido a esas alturas. Poco a poco, las figuras serpenteantes del cielo tomaban forma. Caballitos de mar, kanjis de fortuna e incluso formas de dango coloridos decoraban el aire en un estallido de luz y color sin igual. Sin embargo, para Kenma, poco importaba todo eso. Cerca de él tenía algo mejor. Alguien maravilloso que amenizaba la velada con sus exclamaciones emocionadas ante cada nueva figura. Kenma reía por lo bajo al verle disfrutar de ese modo. Fijó su vista unos instantes sobre las bengalas, que estaban a punto de terminar su breve concierto de chispas y borboteo.

La luz fluía en ellas imitando las que llevaba por dentro, vibrando entre el calorcito agradable y el letargo en el que parecía sumirse como si nunca quisieran dejar de arder.

—Kenma.
—¿Sí?

La luz de los vistosos fuegos se reflejaban en los ojos que le observaban. Kenma ladeó la cabeza con curiosidad.

—¿Pedirás un deseo? —le preguntó el pelirrojo.
—Ah —musitó, sorprendido—, ¿hay que hacer eso? No lo sabía.
—¡No! —exclamó el chico alegremente—. Me lo acabo de inventar. Pero sería chulo, ¿no?

El joven de melena dorada asintió con una risa floja.

—Me gusta la idea.
—¡Genial! Pues venga —le animó Hinata—. Corre, piensa algo. Yo también lo haré.

Shouyou cerró los ojos con fuerza, concentrado. Kenma rio al verle. Él no necesitaba pensar demasiado. Suspiró sin despegar la mirada del chico, cuya expresión de concentración se relajó de pronto, sustituyéndose por una sonrisa misteriosa.

—Ya lo tengo —dijo entonces Shouyou, observando con ilusión los fuegos de ahí arriba. En ese momento, eran como fuentes de color que teñían el mundo con su fuego arcoiris.

Su deseo era algo prácticamente imposible de conseguir. Pero, aunque solo fuera por jugar, le siguió la corriente. Se estremeció tan solo de pensarlo. El suave melocotón de sus labios debía saber a chuchería. A todas las cosas tiernas y bonitas del mundo. A su lado, incluso la magia más benévola e impresionante palidecía.

—¿Qué hay que hacer para que se cumpla, Shouyou?

Hinata no giró la cabeza en su dirección, pero Kenma supo que la sonrisa que se dibujó en su rostro iba solo para él.

—Confiar —dijo Hinata con seguridad.
—De acuerdo.

Kenma giró entonces la mirada al cielo, el telar nocturno sobre el que se imprimían los más bellos juegos de ruido y luz crepitantes. Él mismo era parte de ese cielo. Sintió suyas esas chispas: pasaban por su pecho a la velocidad de la luz, floreciendo en su interior hasta llenar de sonrisas cada milímetro de su ser.

Tanto Shouyou como él bajaron sus bengalas una vez consumidas. Éstas, sin embargo, fueron tan sólo el preámbulo de un fuego invisible e incapaz de apagarse en él. Kenma estaba tan feliz. Acababa de comer cosas riquísimas —aún podía saborear el dulce de galaxia estampado en sus labios—, había paseado y, en ese momento, contemplaba cosas preciosas una tras otra mientras descansaba sobre un césped suave y amable.

Qué pelo tan bonito tenía. Era como el fulgor sedoso de un océano de zumito. Daban ganas de enredar los dedos entre esos rizos y hundir el rostro en ellos para aspirar su aroma frutal. La enérgica melodía de su voz aún resonaba en los oídos aunque no hablase. La presencia del joven lo cubría todo, como si el aura se le expandiera hasta cubrir el mundo entero. Por no hablar de sus rasgos, tan redondos y blanditos. Cada contorno parecía estar hecho para ser besado y acariciado. A él, desde luego, ganas no le faltaban. Y las manos. Tan pequeñas y gráciles como una pluma, pero llenas de vida. Si hubiera querido, Hinata Shouyou podría haber conquistado el universo con un mero saludo efusivo.

Eso fue, al menos, lo único que le hizo falta a él para caer rendido desde el primer día.

Kenma se apoyaba en el césped con las manos abiertas, sintiendo las cosquillas de la hierba entre sus dedos. Pronto, el joven descubrió que había más maneras de sentir dichas cosquillas en la piel y, también, en mitad del estómago. La oscuridad del lugar ocultó el cómo el meñique de Shouyou, que se estiraba a su lado, se acercaba hasta el suyo.

El chico se estremeció como un gatito asustado, pero no era miedo lo que sentía. Al contrario: las emociones calentitas abrumaban su corazón como una nube de caramelo. Aunque cohibido, Kenma se atrevió a acercar sus dedos un poco más hasta él hasta cubrir su mano por completo. Aquello hizo sonreír a Shouyou, que sonrió con dulzura sin apartar la vista de los fuegos artificiales. A esas alturas, Kenma ya no necesitaba contemplar espectáculo alguno: con observar a la personita de su lado ya lo tenía todo.

—Qué bonito —musitó el pelirrojo. Las fresas y cerezas que estallaban en el cielo se reflejaban en sus ojos, haciendo sonreír a Kenma.
—Y que lo digas.

La risita rizada y fresca de Shouyou fue como una melodía chispeante en mitad del silencio. No ahogó más suspiros; no lo haría más.

La mano redondita se escabulló bajo la suya, alzándose más rápidamente de lo que su vista y sentidos alcanzaban.

—¿Cumplirías mi deseo si te lo pidiera, Kenma?
—¿Qué? —musitó, algo confuso. Para cuando las manos suaves rodearon su rostro, el rubio ya era una manzana ruborizada. Shouyou rio mientras fijaba su vista sobre él.
—Eres el único que puede hacerlo, de hecho.

Kenma abrió mucho los ojos. Tanto, que habría jurado que cada milímetro del rostro que tanto adoraba brillaba como pocas veces. ¿Sería cosa suya? A lo mejor era…

La cercanía súbita no le dejó reaccionar al inicio. Solo pudo sentir: el vértigo en su pecho, la calidez de su piel. El aroma de sus preciosos cabellos.

La suavidad y ternura de los labios de Shouyou sobre los suyos, que le convirtieron en un cometa de emociones que se saturaban entre ellas. Pero nada importó: ni los latidos desenfrenados, ni el temblor de su cuerpo ante la sorpresa. Solo importaba la realidad del momento.

Él también tenía un sueño que cumplir. Se acercó hasta él como quién traspasaba un portal de ensueño. Kenma temblaba, pero también flotaba. Quería darlo todo de sí mismo; entregarle todo cuánto pudiera. Había soñado tanto con ese momento. A la hora de la verdad, sin embargo, el vendaval de sensaciones lo dejó en blanco. Era tan suave, tan dorado. Las manos temblorosas se guiaron solas en la nocturnidad, acaeciendo sobre los hombros del chico, que enseguida se ahuecaron con más cariño y énfasis en su rostro ovalado, besándole con más ganas. Kenma, que jamás antes había hecho algo tal, se estremeció de pies a cabeza mientras sentía la pasión pero, también, el cuidado de Shouyou entre beso y beso.

Al separarse de él, lentamente, el chico sonreía como nunca. El fulgor de su mirada se debatía en dulzura con el brillo de los labios que acababan de cumplir dos sueños en uno. Kenma, incapaz de pronunciar palabra, se dejó llevar por el instinto hasta él. A sus brazos, acogedores y entregados, que le correspondían con la misma vivacidad.

Se refugió entre los brazos de Shouyou mientras los ojos felinos se abrían de par en par, derritiéndose al comprender que acababan de besarse. La sonrisa se ensanchó a la par que las mejillas se le encendieron. También las orejas ardían, y más que hicieron cuando el pelirrojo, en un alarde de inocencia, pasó la pequeña nariz por una de ellas, jugando con su timidez como nunca antes hizo. Kenma, cohibido pero feliz, rio por lo bajo mientras se aferraba más a él. Quería besarle de nuevo. Una vez tras otra. Con suerte, hasta la infinidad del tiempo. Pero, por el momento, se deleitaba en descubrir la magia oculta de Shouyou, cobijado en su seno mientras el chico acariciaba con delicadeza los mechones teñidos de su cabeza.

Ahí, en la mejor noche de su vida —que esperaba que no fuera la última—, Shouyou se alejó despacio, acariciando sus mejillas mientras le sonreía con la dulzura de mil soles cubiertos de miel. Tras dejarle sin fuerzas con dicho gesto, volvió a besarle de nuevo. Kenma cerró los ojos despacio, dejándose mecer el alma en cada roce entre sus labios. Alzó los brazos hasta apoyarse de nuevo en los hombros del chico, que se aferró a su cintura para atraerlo más hacia él.

Se separaron sin acabar de despegarse entre ambos. Se miraban. Sonreían con la sencillez de una mirada que ya no sabía qué más existía a su alrededor. Tan solo el uno frente al otro conformaban una realidad de chispas, fuegos de artificio y caramelos que se convertían en besos en la mejilla, en la frente, en el cuello. En caricias que repasaban los mechones teñidos de uno y los rizos incontrolables del otro. En palabras alentadoras y llenas de vida que pasaban de sus oídos a su corazón. En afirmaciones y sonrisas íntimas que le entregaba, a falta de palabras que le permitieran expresar todo cuánto su corazón albergaba por el joven de corazón de sol. Esperaba que sus humildes mimos de plata fueran merecedores de alguien tan maravilloso.

—¿Se ha cumplido tu sueño, Shouyou? —preguntó, aun temiendo una negativa.
—Por mil —respondió Shouyou mientras acariciaba sus mejillas ruborizadas—. ¿Y el tuyo?

Kenma asintió mientras su sonrisa se ensanchaba y los ojos de oro se entrecerraban en la candidez que solo Shouyou era capaz de despertarle. Ambos suspiraron y, entre risas inquietas y plenas de luz, volvieron a fundirse en un abrazo que entrelazó sus latidos y destinos.

Ahí lejos, en el cielo, algo más brilló. Ni uno ni otro pudieron comprobar aquel hecho, inseparables el uno del otro. Pero cuando la estrella pasó en mitad del cielo, soplando su estela de arco iris, algo sonrió en el curso inamovible de las cosas, esparciendo la misma felicidad que sintió Kenma al apoyarse sobre el hombro de la persona a la que más quería en el mundo que, a su vez, se apoyaba sobre él sin querer soltarle jamás.