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Faithless

Summary:

Cada noche, cuando ya se había puesto el camisón, Lady Maria se echaba el rosario al cuello y soñaba que cualquier día Dios la ahorcaría con ello mientras dormía.

Notes:

mira no sé literalmente he dicho fuck el canon y he hecho lo q me ha dado la gana

religious lady maria bc I said so

Work Text:

Lady Maria nunca se había considerado creyente. Tampoco le había dedicado más atención de la necesaria a la idea de que, desde las alturas, había una figura divina velando por ellos. La vida, para ella, era pragmática: rezar no iba a hacer que sobrevivieras una noche ni pondría pan en tu mesa a la mañana siguiente. Quizás fue su educación en Cainhurst, nobles altivos demasiado obsesionados consigo mismo como para concebir una presencia superior a ellos; a lo mejor el culpable fue su estancia en Byrgenwerth, donde solo la ciencia importaba - incluso por encima de las vidas humanas. Quién sabe, quizás era su propio cinismo el que le impedía creer en una figura divina benevolente que la quisiera como a su propia hija, protegiéndola de la crueldad de un mundo sin sentido. Aquella ciudad le había enseñado que no había merced para nadie.

Si Dios existía, para Maria estaba muerto. Seguramente las bestias se hubieran comido su corazón latiente aún caliente.

Sin embargo, desde lo ocurrido en la Aldea Pesquera, Lady Maria deseaba con todas su fuerzas estar equivocada. Luchaba contra sí misma para pensar que aquel Dios sí existía y, de este modo, tener a alguien a quien culpar y en quien volcar sus pecados. Quería señalarle con el dedo y, con los dientes apretados por la rabia, espetarle que Él había permitido que aquello ocurriera. Quizás así volvería a dormir por las noches.

Gascoigne le habló del Padre Misericordioso cuando Maria comenzó a trabajar en el Pabellón de Investigación. Fue ella quien le buscó, habiendo llegado a sus oídos gracias a algunos pacientes que aquel Cazador, antes de este infierno, era un hombre de fe. Le pidió que le hablara de sus creencias, del Dios al que le profesaba devoción, el idioma con el que se dirigía a él y si este alguna vez respondía a sus plegarias. 

Durante meses, ya fuese mediante cartas o en reuniones presenciales, ambos Cazadores dialogaban. Gascoigne hablaba de su creencia, del hogar donde residía Dios —Iglesia, lo llamó—. Maria no podía evitar hacer un mohín comparándola con aquella que ella conocía: la Iglesia de la Sanación, aunque esta, en vez de ser la residencia de Dios, era la de los horrores. También le contó que el hijo de su dios se reencarnó para sacrificarse en nuestro nombre y por nuestros pecados y que algún día volvería para emitir su Juicio Final. Además, le enseñó a rezar y las oraciones, el nombre de Dios en diferentes idiomas y cómo rezar un rosario para hablar con él. Pero hubo algo que nunca llegó a responderle y ella tampoco tuvo corazón para preguntarle: si alguien realmente escuchaba sus ruegos.

Lady Maria predicaba lo aprendido entre los pacientes del Pabellón de Investigación con la esperanza de que la fe pudiese aliviarles de algún modo. Sabía que era inútil, que aquellas palabras jamás escaparían de las cuatro paredes que los mantenían encerrados a todos —ella incluida—, pero con cuánta esperanza murmuraban aquellos rezos… ¿Cómo podía arrebatarles eso también? 

Cuando Gascoigne tuvo a su primera hija, poco a poco perdieron el contacto. Él abandonó del todo su fe para poder aceptar la realidad a la que debía enfrentarse para mantener a salvo a su familia, y ella decidió respetar sus deseos. ¿Cómo puedes mantener la cordura si, como hombre de fe, eres consciente de que Dios te ha abandonado?

Así que pasaba sus días recorriendo los pasillos del Pabellón, inundados por alaridos de dolor, rezos inútiles y un amasijo de voces coreando su nombre. Los pacientes cada día eran engendros más aberrantes, y ella no era si no cómplice de este pecado, por mucho que quisiera limpiarse la sangre de las manos. Quizás no era la persona que accionaba la guillotina, pero sí quien la afilaba. ¿En qué se diferenciaba ella del Coro? Estaba en sus manos parar aquella absurdez.

Pero no lo hizo.

La conciencia era un peso que la arrastraba hasta el fondo del océano. Los chapoteos de los pacientes le recordaba a la Aldea Pesquera, y entre lágrimas y gritos, se daba cuenta de que estaba volviendo a soñar despierta con sus crímenes. Estaba de vuelta en Yharnam, ya no tenía la Rakuyo consigo, ya ni siquiera cazaba. Aquella Lady Maria estaba muerta en el pozo, junto con su espada. Ella ya no era así. Ella no era una asesina. Dios había expiado sus pecados porque le rezaba hasta desgarrarse las cuerdas vocales, y tenía callos en los dedos de acariciar las cuentas del rosario. El crucifijo había perdido el color metálico original que tenía.

Cada noche, cuando ya se había puesto el camisón, se echaba el rosario al cuello y soñaba que cualquier día Dios la ahorcaría con ello mientras dormía.

Nunca le preguntó a Gascoigne que opinaba su Dios sobre la gente que se suicidaba. Había escuchado que era el peor de los pecados, ¿pero que era uno más comparado a todos los crímenes que había cometido antaño?

Decidió de qué forma iba a marcharse de este mundo. Subió a la Torre Astral, su único refugio desde que regresó a Yharnam tras el genocidio cometido, y se llenó una copa de vino. La foto con sus compañeros del Taller descansaba en la mesilla. Sentía sus miradas clavadas en ella, juzgándola como jueces y sentenciándola a los abismos del infierno. Sonrió, con cierta tristeza, y se llevó la copa a los labios. El vino sabía ligeramente dulce, una despedida apropiada. Miró una última vez al cielo desde el jardín de girasoles, consolándose pensando que alguien ahí arriba se condolería de su llanto e iba a cambiarlo todo. Quizás Dios sí existía y, tras haber observado su sufrimiento durante tantas noches, le daría descanso a su alma por fin.

Sentada en su silla, sacó la daga y se la aproximó al cuello, notando la congelada hoja de acero contra su piel. Pese a haber sesgado tantísimas vidas con facilidad, no conocía lo difícil que le resultaba arrebatarse la suya propia.

El crucifijo de su rosario se tiñó de color carmín. 

Dios había emitido su Juicio Final.