Work Text:
Tras ingresar a su departamento y cerrar la puerta detrás de ella; Akemi Homura tomó una decisión: se desharía de todas aquellas pertenencias que tuvieran algo que ver con su obsesión por Madoka.
Ató su larga melena en una coleta y se puso manos a la obra. Empezaría por el lugar más incriminatorio: su habitación. Mientras caminaba hacia allá, recogió unas bragas de Madoka que descansaban en el suelo del pasillo. Sólo ella sabía si estaban limpias o no.
Al entrar a su cuarto, Homura pudo vislumbrar lo primero que retiraría de aquellas paredes. Sí, eso que las adornaba y que, si su crush llegara a ver, se espantaría dramáticamente.
Se trataba de fotos de Madoka. Miles de ellas, adheridas a los muros con cuidadosa y enfermiza precisión.
Sin detenerse, despegó, una por una, cada foto —la mayoría tomadas sin que la muchacha lo supiera o lo autorizara— que poblara las paredes de su cuarto. Y no solo las quitó de allí, también arrancó las que adornaban algunos de sus objetos personales, como su escritorio y el armario. Había, incluso, una foto de su crush en un adorable traje de baño rosa de dos piezas y con volantes adherida a la puerta del baño.
En el techo podía observarse una última foto de una Madoka sonrojada y avergonzada, comiendo un helado cuyas gotas chorreantes manchaban sus manos y su linda carita en el área de las mejillas, dándole un aspecto algo... provocativo; al menos, para Homura.
Apoyándose en una silla para alcanzar el cielorraso, la retiró con todo el dolor de su alma. Era una de sus favoritas y la última que solía ver por las noches, cuando se acostaba y miraba el techo durante un buen rato. Tanto las bragas, como las fotos fueron a parar en una caja de cartón que colocó junto a la puerta del cuarto; la cual había cerrado con llave desde antes.
Uno de los lemas de Homura era «siempre estar segura». Aun estando sola en aquel apartamento —su apartamento, suyo, de su propiedad—, no confiaba ni en su propia sombra. No podía descuidarse para nada.
Selló la caja lo más cuidadosamente posible; la pelinegra era indudablemente minuciosa, consiguiendo que fuera casi imposible de abrir. Caminó hasta su cama y tomó la muñeca inflable con la que había descargado su lívido tantas veces y que era la viva imagen de la pelirrosa. Miró largamente el objeto para después sacarle el aire y guardarlo.
«Menos mal que esta cosa no habla», pensó Homura. «No me gustaría que Madoka se enterara de todo lo que tengo pensado hacerle... algún día».
Hizo lo mismo con una almohada de buen tamaño que tenía la imagen de Madoka pintada en ella. Pero a ésta no la desinfló, después de todo, no podía desinflarse. Cerrando la puerta con llave y cerciorándose de no ser vista por sus entrometidos vecinos, corrió, tan rápido como pudo, a la parte baja del edificio con la almohada oculta en una bolsa.
Una vez hubo llegado a su destino, la metió a lavar rápidamente. Aún tenía tiempo, sin embargo, no quería desaprovechar ni un sólo segundo.
Tras volver con la almohada bien limpia, fresca y oliendo delicioso, Homura procedió a guardarla en una bolsa de plástico, sellándola tan bien como lo hiciera con lo demás.
Bien empaquetada, fue a parar encima de la caja que estaba cerca de la puerta. Dando un largo suspiro de satisfacción, Homura apreció como su habitación estaba casi lista. Por supuesto, aún faltaba más. Las cosas tangibles no eran las único de lo que debía deshacerse.
Tomó asiento en su escritorio y navegó por la memoria de su computadora, tenía que encontrar "eso" de inmediato. Tardó unos minutos en quitar las barreras de seguridad que ella misma había puesto, atravesando todo tipo de trampas informáticas, abriendo y revisando carpetas, ubicó al fin todos aquellos archivos que contenían cualquier cosa relacionada con Madoka, los cuales no eran pocos.
Introdujo una memoria USB al CPU y copió: fotos de Madoka —ya sea durmiendo, jugando, comiendo y hasta bañándose. En éstas últimas su habilidad para detener el tiempo había sido más que útil para fotografiar a su linda novia; videos de Madoka caminando, corriendo, bailando o saltando; y audios de Madoka —en ellos la pelirrosa conversaba, opinaba, cantaba y reía. Por supuesto, a Homura lo que más le interesaba era escuchar su linda vocecita, ésa que tanto le encantaba y que algún día esperaba escuchar, fuerte y claro, gimiendo su nombre frente todo lo que ella le haría cuando fuera el momento—.
No dejó archivo de Madoka sin copiar, todo lo pasó al USB. Al terminar, despegó la memoria y procedió a borrar de la computadora, incluso de la nube, todo aquello que antes copiara tan diligentemente. No podía quedar nada incriminatorio, nada de nada.
Tras acabar con su habitación, Homura escrutó el resto del departamento de principio a fin. Encontró un vestido de Madoka junto con unas zapatillas, prendas que fueron tomadas sin permiso por la pelinegra y que no tenía pensado devolver hasta que Madoka se casara con ella... algún día.
El pequeño frasco repleto de cabellos rosas que guardaba en su alacena fue a parar al mismo cofre donde guardara también el pendrive. Tras casi dos horas de búsqueda y limpieza exhaustiva, Akemi Homura podía decir que, por fin, el apartamento estaba limpio.
Caminó hasta su habitación, se cambió de ropa y entró a la ducha. El agua caliente cayendo encima de su cuerpo acabó por llevarse todo el estrés y la ansiedad que tenía encima. Debía relajarse si no quería arruinarlo.
Cuando estuvo limpia, tranquila y relajada, se preparó un té de manzana, caminó al recibidor, tomó asiento en el amplio y cómodo sofá de cuero negro y se dispuso a degustarlo.
Mientras consumía el caliente brebaje, el cual estaba más que delicioso, Homura comenzó a recordar el motivo de sus recientes acciones.
Resulta que su novia, Kaname Madoka, cayó en cuenta de que nunca había visitado a la pelinegra; ni siquiera sabía la dirección exacta de su vivienda. En alguna otra ocasión, Homura habría evitado el tema a toda costa, zafándose del interés de su novia y continuando con sus vidas como si nada. El problema era que, justamente en esta ocasión, Madoka se había empecinado tanto en querer hacerle una visita a su hogar que, al final, tuvo que aceptar; aunque fuera a regañadientes.
Le dijo que estaba bien y que pasaría buscándola por el centro comercial a las nueve de la mañana del día siguiente, que era domingo. Esta conversación había tenido lugar hacía tan sólo unas horas, mucho antes de que Homura realizara tan exhaustiva y minuciosa limpieza en su apartamento.
Frunció el ceño al recordar que ella no acostumbraba a beber té de manzana los sábados, sino los domingos. Lo consideraba una especie de analgésico para aliviar un poco el estrés que el estudio, y la vida del japonés en general, le provocaban. Ahora lo tomaba para eliminar los últimos vestigios de ansiedad que le había despertado el tener que dejar todo limpio para cuando su Madoka llegara a conocer su departamento al día siguiente.
Mientras daba un último sorbo al recipiente de blanca, pulida y bien cuidada porcelana, un pensamiento invadió su mente, consiguiendo que sonriera maliciosamente. Su mirada violácea fue oscureciéndose más y más.
Ahora que lo pensaba mejor, podría sacarle provecho a esa situación y no sería su culpa si algo pasara. Después de todo, quien tuvo la brillante idea de venir fue su novia, no ella. Así que... no podría decir nada al respecto.
Ella sola, Kaname Madoka, había decidido meterse, de forma insistente, en la boca del lobo.
