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Deja las valijas en la cama y saca su celular.
Ya llegué al hotel. Está tentado de agregar un traidores al final del mensaje, pero se contiene. No es culpa de ellos el no haber podido ir. Bueno, sí, pero no del todo.
Supone que Mikasa no planeó que su novio se cayera por las escaleras sobre ella, ni tampoco Eren planeó tropezar al comienzo de las misma. Los dos terminaron con una pierna y brazo rotos, respectivamente.
Si Armin no los conociera bien, capaz pensaría que lo hicieron a propósito, pero sabe que Eren distraído es peligroso y que Mikasa suele ser la primera en evitar que se lastime. Aunque, esta vez, salió mal.
El viaje había sido espontáneo. Vieron el cartel en la calle, lo pensaron dos días, y regresaron a señarlo. Eso había sido hace dos semanas. Armin después descubrió que el lugar era una agencia de viajes para jubilados, lo cual es, como, un detalle extra . No tiene nada de malo eso si vas con tus mejores amigos.
Ahora, si vas solo… Es un poco solitario, ¿entendés? No es como si pudieras conocer gente de tu misma edad.
Como sus nuevos compañeros de habitación.
—¡Buenas, buenas, nene! —saluda la señora—. Ay, ¡sos re joven! ¿Cuántos años tenés?
—Pues-
—Seguro tenés la misma edad que mi nieto —dice ella y mira al hombre que la acompaña—. ¿No te parece que tiene la misma edad que el nene?
—¿Eh? —pregunta el otro, probablemente medio sordo.
—¡Que si no te parece que tiene la misma edad que el nene!
—¿Quién? ¿Qué nene?
—El muchacho este.
—¿¡Eh!?
—¡El muchacho este!
Lo bueno es que es solo una semana. Solo cuatro días y tres noches. Noventaiséis horas. Cinco mil setecientos sesenta minu-
—¡Nene!
—¿Eh?
—Ay, no me digas que vos también sos sordo —ríe la señora—. Que cómo te llamás.
Él sonríe fingiendo que no está sufriendo—. Armin.
Igual, es medio cruel él. Que no esté con sus amigos no significa que no la vaya a pasar bien.
Le va a sacar el mayor jugo a este recorrido. Están en un lugar histórico, el guía- que, debe señalar, es una persona de su edad, está contando la historia detrás de cada cosa que ven.
Armin lo sabe, seguro le contó esta misma historia a docenas de ancianos, capaz le sube el ego hacer estas cosas.
Y él es malo, un hijo de puta según algunos de sus amigos, así que no puede resistirse a ser malo con este guía acostumbrado a clientes mansos y de oídos sordos.
—¿Hace cuánto fue construída esta escultura? —es una pregunta simple, hasta él mismo lo sabe.
—Fue construída en… —correcto—, pero lo curioso es que llegó acá doce años después.
Ah. Eso no lo sabía.
—Mirá vos —sonríe Armin y el guía le devuelve la sonrisa, después se dirige a la siguiente cosa para ver.
Le cae bien.
La excursión es corta, tranquila porque es el primer día y llegaron hace pocas horas. El hotel los recibe con la comida lista, una cena sin sal, ni colesterol, ni nada que pueda matar a una persona mayor a sesentaicinco años.
No está tan mal.
Armin está sentado con sus compañeros de habitación, son simpáticos. La señora habla bastante y él sospecha que el señor no está sordo, solo lo finge para no escuchar a su esposa.
Son alrededor de diez mesas distribuidas en el salón, todos los presentes son de la misma agencia de viajes. Ve al guía también, el único joven, además de él. Está sentado en una mesa con todas señoras y parece incómodo.
No es como si lo esté mirando fijo por alguna razón, es porque está directamente en su línea de visión. Las señoras están medio encima de él, todas le hablan al mismo tiempo, le quieren dar de comer en la boca. Le da gracia y vergüenza ajena, capaz un poco de pena porque el pibe es un empleado, no puede ser grosero con las mujeres aunque ellas sí lo estén siendo.
Termina la cena. Sus compañeros de cuarto le caen bien, pero no el hecho de que no pueden dormir en silencio. No es como si hablaran o roncaran, cosa que sí hacen, ya que estamos, pero Armin está acostumbrados a eso. El problema es que duermen con la televisión prendida al máximo de volumen. Es imposible dormir así.
No tiene idea de cuántas horas durmió, pero sospecha que fueron pocas por el ardor de sus ojos.
—¿Todo bien? —es el guía, está en la entrada del comedor, saludando a todos antes del desayuno—. Te ves enfermo.
—No, no, solo dormí como la mierda —Armin ríe apenas y se pasa una mano por la cara.
—Ah, mal ahí, si hay algún problema con la habitación, podemos quejarnos en recepción.
—Está todo bien, mis compañeros son el problema —sonríe apenas y el guía se queda esperando alguna explicación—. Duermen con la tele prendida. Y son sordos.
—¡Ahhh! Sí, es común eso —él ríe apenas—, bueno, si hay algo en lo que pueda ayudar, no dudes en decirme.
Armin sonríe un poquito por compromiso y sigue de largo para desayunar.
Segunda excursión, esta vez en el casco más antiguo de la ciudad. El sueño afecta a Armin, no puede pensar bien sus preguntas.
—¿Y eso qué es? —señala un edificio y el guía lo observa.
—Es… nuevo, ¿creo que fue construído hace tres o cuatro años?
—Ah.
Fue una pregunta boluda. Sigue el paseo y Armin se siente tonto.
Hacen una parada para almorzar y se cruza al guía en la entrada al comedor.
—Media complicada esa pregunta, eh —se le está burlando.
—Sí, uh, parece que sigo dormido —y ahora tiene un poco de hambre, por lo que da un paso, excepto que el guía se pone en el medio.
—Creo que… no recuerdo tu nombre —sonríe y Armin le devuelve la sonrisa.
—Yo tampoco recuerdo el tuyo.
—Ay —suelta una risita—, lo dije como seis veces… Es bueno saber que me prestás atención.
Él bromea y, si Armin no fuera un adulto, no se habría dado cuenta de que le está coqueteando.
Así que, le responde de la misma manera.
—Ahora sí te estoy prestando-
—Permiso —dice un señor. Los dos dan un paso al costado, están ocupando el espacio de entrada.
Pasan dos personas más y los dos se miran. Armin sonríe.
—Me llamo Armin.
—Jean Kirchstein, guía de turismo —estira su mano, fingiendo que es profesional.
—Oh, ¿era presentación completa? —toma su mano—, Armin Arlert, estudiante de Historia del Arte.
—Ahh… eso explica mucho —ríe, pero no lo suelta—. Espero que mis guiadas superen tus expectativas.
—Vas bien —concede él.
En la tarde refresca y Armin agradece estar viajando con un grupo de viejos sin tolerancia al frío, porque prenden la calefacción en la camioneta donde los transportan. Llegan al hotel y todos comienzan a irse a sus habitaciones para descansar antes de la cena. Busca a Jean con la mirada, había estado juntando valor durante todo el día para preguntarle.
—Che, ¿hay alguna posibilidad de que me cambien de habitación? —tiene una expresión de disculpa, ya arrepentido de haber preguntado, pero ríe apenas, tratando de encubrirlo—. No creo que pueda aguantarlo todo el viaje.
—Perdón, pero no hay más habitaciones disponibles —Jean sonríe de la misma forma que el otro.
—Ah, bueno, entiendo. Gracias igual.
Armin se está yendo. Bueno, puede dormir con auriculares.
—Aunque… —la voz de Jean lo detiene. Se gira a mirarlo y se encuentra con una mueca de él—. Tengo una cama extra en mi habitación, pero no sé si sea… ¿inapropiado?
—¡Ah-! ¡No, no! Lo agradecería muchísimo, en realidad —sonríe él.
—Mirá que ronco, eh —Jean le sonríe de vuelta.
—Creo que podré soportarlo —dice con una risita.
Jean vuelve a sonreír y Armin lo imita y están parados en el vestíbulo del hotel todavía, prácticamente solos porque el resto de la gente ya regresó a sus respectivas habitaciones. ¿Qué carajo hacen ahí parados?
—¿Puedo ayudarles? —preguntan desde la recepción y eso es lo que los hace mover los pies.
—¡No, no, gracias! —responde Jean y después gira a Armin—. Entonces… uh, sí, voy a desocupar la otra cama, porque medio como que tiré mis cosas ahí.
Él asiente, el otro lo imita. Se queda un segundo parado y después se gira, en dirección a las escaleras. Armin lo sigue con la mirada, sonriendo apenas y después va al ascensor, a juntar también sus cosas.
Al día siguiente despierta de muy buen humor. Jean ronca, pero no es nada comparado a la televisión gritando el pronóstico climático del día a las cuatro de la mañana. Se levanta y se cambia para ir a desayunar. En medio de todo, le da una mirada de reojo al otro, preguntándose si debería despertarlo o no. Probablemente no, él no dijo nada la otra noche. Se va sin hacer ruido.
Se encuentran en el salón durante el desayuno. Armin está terminando su café, sentado solo, aprovechando que pocos se levantaron todavía. Revisa sus mensajes, les escribe a Eren y a Mikasa, preguntándoles cómo están sus huesos rotos.
—No sabía que eras de levantarte temprano —Jean se sienta frente a él. Tiene un café también y medialunas.
—Lo soy —responde y no sabe cómo continuar la conversación—. Y, uh, ¿qué tenés planeado para hoy?
Jean lo mira un momento, está sorprendido.
—Pues… —una sonrisa comienza a asomarle—, bueno, no sé…
—Para —dice Armin—, para guiar, me refiero.
—¡Oh! Ah, bueno, según el cronograma, hoy toca…
Hoy toca un bosque y un lago. En sí, no suena tan interesante, pero el lago es maravilloso y el bosque está lleno de árboles nacionales. Es una reserva ecológica. Toda la vista es preciosa y Armin no se priva de tomar fotos de todo.
Tampoco se priva en preguntarle de todo a Jean. Tiene que admitir que, a esta altura, es casi una competencia lo que tiene dentro de su cabeza, quién llega más lejos, él, respondiendo todo, o Armin, buscando la pregunta que lo deje sin respuesta.
—¿Y por qué eso es así? —cuestiona él, los ojos de Jean cayendo de inmediato sobre los suyos.
—Muy buena pregunta —dice decidido. Habla un poco más, diciendo algunos datos que son medianamente relevantes, pero no vienen al caso. Quiere despistarlo porque no sabe la respuesta—. ¿Respondí bien?
—Ah, obvio que sí —sonríe Armin, el sentimiento de victoria llenándolo por completo.
El recorrido se reanuda, la sonrisa de él no se borra. Les dan un rato libre, para que recorran y observen por sí mismos, pero lo único que Armin recorre y observa es a Jean, cómo camina, cómo casi tropieza, cómo mira el horizonte por un momento y dice listo, ya vi suficiente .
—Nene —lo llama una señora, con la que había compartido habitación—, vamos a ir a cenar esta noche, venite con nosotros.
—Ay, gracias, pero no creo-
—Dale, che, si el viaje es para pasear —insiste y después lo codea—, eso incluye comer como hijos de puta y escabiar, ¿no, nene?
Ríe más por compromiso que por otra cosa—, bueno… vemos…
Regresan temprano del paseo. Todos se van a sus habitaciones a descansar. Armin y Jean están acostados en su cama, uno leyendo, el otro con la tele en volumen bajo.
Bostezan.
—¡Nene! —el golpe abrupto en la puerta los hace saltar—. ¡Nene, arreglate para ir a cenar, eh!
—¿Qué carajo? —cuestiona Jean en un susurro, incorporándose.
—Es-
—¡ NENE !
—¡UN MOMENTO! —devuelve en un grito también. Jean suelta una risa y se tira de espaldas. Armin se dirige a la puerta y abre—. No sé si…
Quiere decir que no tiene nada de ganas y que está a un parpadeo de dormirse.
—Pero, ¡dale, che! Pareciera que vos tenés setenta y yo, quince —reprende la señora.
—Pero tengo vein-
—En diez, vuelvo a buscarte- y vos —se asoma por el hombro de Armin—. Vos.
—¿Yo? —Jean se pone un dedo en el pecho, la risa todavía cosquilleando en la garganta.
—A vos también te quiero abajo en diez, ¿ cucharon ? —concluye la señora y se va.
Armin cierra despacio la puerta, totalmente resignado a que va a tener que ir.
—No sabía que habías venido con tu mamá —comenta Jean.
—No es mi… —dice con una mueca hasta que ve que lo está jodiendo—. Andá…
Jean vuelve a cagarse de risa. Armin regresa y se tira de cara en su cama.
—Dale, las señoras esperan —dice el otro, levantándose y quitándose la remera.
Armin gira en la cama y lo observa apenas. Está de espaldas mientras revisa su bolso, en el suelo, al pie de su cama, en busca de algo para ponerse. Delinea su columna, cada vértebra resaltando bajo su piel canela y diciéndole estás mirando fijo. Desvía los ojos veloz, pero es por poco tiempo, porque regresa. Ahora, Jean está sentado en el suelo, inspeccionando su ropa, dándole muchísima más importancia de la necesaria a esa salida.
Está inclinado hacia delante, encorvado. Los rollitos de la piel juntándose y ocultando los abdominales que Armin está casi seguro de que tiene. Es decir, no estaría mal que los tuviera.
Jean se endereza, seguro porque encontró una camiseta. Mientras se la pone, Armin vuelve a observar su estómago, que no tiene abdominales, tiene pancita, probablemente de borracho, pero no puede decir que lo decepciona el descubrimiento.
Está re bueno.
—¿Te vas a cambiar? —Jean voltea a él y Armin cierra los ojos casi al mismo tiempo—. ¿Te dormiste?
—No —responde y después gira sobre su espalda—. ¿Debería cambiarme? Estoy bien así.
—Obvio que sí —devuelve el otro y Armin no está seguro de si es sarcasmo o no. Lo mira y Jean desvía su cabeza rápido, poco disimulado. ¿Lo estaba ojeando?
Se levanta de la cama, se estira y observa su ropa.
Nah, está bien así.
—¿Cómo me veo?
Armin voltea a ver al otro. Es ridículo lo bien que se ve, siendo que tiene ropa común. Pantalón y sweater oscuro, zapatillas blancas. Debe ser el outfit más común y cliché que ha visto en su vida, pero, en Jean, es-
—Decente —responde apenas, inseguro de si algún cumplido sería raro.
—Ay, esperaba que me dijeras que estoy precioso o algo —bromea Jean.
—¿O algo? —devuelve, buscando en su propio bolso otro buzo para ponerse.
—Ajá —afirma. Lo oye sentarse en su cama—. Como, ay, Dios, no puedo creer que comparto habitación con el guía más fachero del mundo.
Armin lo mira con una mueca de risa y Jean le sonríe, dándole pie a que lo repita.
—Sos medio vanidoso vos, ¿no? —dice sin perder el tinte de risa en la voz mientras se quita el buzo y la remera que tiene puesta.
—Nah, solo cuando estoy jodiendo… Y cuando no, también, no te voy a mentir —suelta una risa.
Cuando bajan, la señora parece ansiosa. Dice ¡ al fin! y todos salen. Está el esposo sordo de ella y otras mujeres más, que no pierden un segundo en elogiar a Jean, en decirle lo bien que se ve y lo mejor que se vería en un cuadrito colgado en sus habitaciones. Él solo ríe apenas y agradece las palabras pero, en cuanto encuentra oportunidad, se aleja de ellas, caminando atrás del grupo con Armin.
—Creí que te gustaban los cumplidos —bromea él.
—Pues, me gustan más cuando vienen de personas que no tienen más del triple de mi edad —responde.
—¿Triple? —eso lo preocupa un poco. Ríe apenas y lo mira—. ¿Cuántos años tenés?
—¿Cuántos querés que tenga? —bromea y suelta una risa—. Tengo veintisiete- todavía tengo tiempo de entrar al club .
Armin suelta una risa.
—Yo veinticinco.
—Ah, entonces a vos te triplican la edad —señala.
—Eso parece.
Llegan a un restaurante.
—Señor guía —llama una señora a Jean—, siéntese acá.
Dice y las otras señoras sueltan una risita.
—Ah, gracias, pero está muy fuerte la calefacción de ese lado —declina y se siente frente a Armin.
—Mejor así, estás muy emponchado, nene —agrega otra y todas rompen en risas.
Jean ríe por compromiso y cuando voltea al otro, está aguantándose la risa.
—Ey, estoy sufriendo por acá —se queja en voz baja.
—Yo solo estoy viendo una gran oportunidad acá —devuelve él y recibe una mirada curiosa—, capaz te terminan invitando tragos.
—Ay, Dios… —Jean se tapa la cara mientras ríe.
La pasan bien durante la cena, las señoras son divertidas, medias desubicadas con Jean, pero divertido al final. Piden una botella de vino y después otra cuando están terminando de comer. Las señoras se ponen cada vez más ruidosas y comienzan a poner incómodo a Jean. Armin ya perdió la cuenta de cuántas veces el otro lo miró haciendo gesto de vergüenza.
—Che, ¿querés que nos vayamos? —murmura Armin después de una broma subida de tono. Ya le da pena cómo sufre el otro.
—Uy, dale, podemos seguir en la habitación —devuelve él y se aclara la garganta sin esperar respuesta—. Bueno… nos vamos a ir yendo…
—¿Ya? —cuestiona la ex-compañera de Armin—, ¡la noche es joven, nene!
—Es que Armin tiene sueño —miente—, tenemos una llave sola y se duerme muy profundo él.
Pagan su parte, se despiden rápido y se encaminan de vuelta al hotel.
—¿Cerveza o vino? —pregunta Jean cuando pasan por delante de un kiosco.
—Ah- sorprendeme —responde el otro, desprevenido. Lo espera afuera.
Jean sale con una botella en una bolsa de papel y caminan rápido. Es una noche fría, algo normal del invierno.
Llegan a la habitación, Jean deja la botella en la mesita de luz, se saca la campera y se saca el calzado con los pies, pateándolos a un rincón.
—¿Tu cama o mi cama? —pregunta para sentarse.
—Como quieras —dice Armin, quitándose la campera.
—No sos alguien a quien le guste tomar decisiones, ¿no? —ríe Jean, sentándose en la suya.
Armin ríe apenas. Se saca el sweater y después el buzo, luego el calzado. Se sienta junto a Jean.
—¿Qué compraste?
—Vino, lo único que tenían- ¿no es raro que no tengan cerveza? Es como, lo más común.
—¿Supongo? —se encoge de hombros—, no suelo comprar alcohol en kioscos.
—¿No tomás mucho? —pregunta mientras le saca la tapa.
—Planeo bien mi día y lo compro junto con la cena —ríe apenas.
—Ahh, así que sos organizado —da un trago a la botella y se la pasa—, tenés pinta.
—¿De organizado? —hace una mueca divertida—, creí que sin los anteojos, la gente dejaría de asumirlo.
—¿Usabas anteojos? —ríe.
—¿A qué viene esa risa? —lo mira con una ceja elevada, pero Jean se encoge de hombros—. Dale, decime.
—Vos sos muy curioso, ¿no? —ríe él, esquivando el tema—, preguntás mucho.
—Obvio —devuelve y da un trago a la botella—, me gusta saber todo de todo.
—Ah, qué pena que es curiosidad genuina la que tenés en mis guiadas y no… —Jean ríe para sí mismo. Se reclina en la pared, apoyando sus brazos en sus piernas y lo mira, sonriendo de costado—. Es agradable ver a alguien que se interesa de verdad.
—Vos lo hacés muy interesante —dice, también con una sonrisa.
Es este el momento en que Armin se pregunta porqué pasó toda la secundaria estudiando y no aprendiendo a chamuyar.
—A veces, hay gente que ni bola me da.
—Mal ahí.
—Re sí, siento que hablo con las paredes.
—Yo te escucho, está bueno lo que decís.
—Ay, basta —Jean ríe avergonzando, tanto que sus mejillas se ponen rojas, aunque tal vez ya lo estaban de antes por el alcohol—, si seguís así, voy a tener que besarte… Seguí-
Eso le arranca una risa a Armin.
—No sos para nada sutil, eh.
—Creo que en ningún momento te demostré lo contrario —lo observa con ojos cansados y moviendo las cejas.
Este podría ser el momento en que Armin lo besa. Están solos, Jean le dio demasiados pies para hacerlo, pero su cuerpo no se mueve. Le gusta y es más que claro que a él también.
—En fin —prefiere la tangente—, me gusta mucho cómo guias.
—Contame más —responde Jean, de verdad interesado en lo que dirá.
La botella está por la mitad. No tiene idea de qué hora es, pero le hace caso. Le dice cada pequeño detalle que lo atrajo a él, que le hizo casi olvidarse del lugar que estaba visitando para fijar sus ojos en el otro.
Queda poco vino cuando Jean suspira cansado.
—Dios… qué cosas, ¿no? —lo dice en un tono como si fuera un chiste, aunque Armin no lo caza—, seguiste hablando, supongo que ahora tendré que besarte.
Se arrodilla en la cama, en dirección al otro, demostrando lo decidido que está.
—A menos que no quieras —ofrece, dándole más realidad a la situación y presentando una pequeña y escasa duda en la cabeza de Armin, a pesar de que él tiene igual o más ganas de que lo bese.
Abre su boca, pero ningún sonido sale. Entonces, niega. Después se da cuenta de que es un gesto confuso, así que, para afirmar lo predispuesto que está, las ganas que tiene , se acerca un poco al otro.
Jean sonríe, el aire sale por su nariz y después sujeta el rostro ajeno, llevándolo hacia él. Es suave y tierno, le acaricia los labios apenas, tanteando la sensación.
Armin quiere acercarse más, pero no puede. El beso termina, pero se aferra a los brazos del otro para que no se aleje tanto. Se arrodilla él también y vuelve a besarlo, pero dura poco porque le duelen las piernas.
—La puta madre —susurra irritado porque siente que no encuentra la posición correcta.
Siguen probando cómo ponerse- con besos de por medio, hasta que terminan acostados, la opción más lógica pero, por alguna razón, la que más esquivaban. Jean abraza su cuello y Armin tiene su brazo por debajo del otro, le acaricia la espalda. Jean acaricia su rostro, lo delinea con los dedos, le toca las mejillas, el cuello, va a su nariz y la pellizca.
—Qué carajo —susurra Armin contra su boca, separándose apenas para mirarlo, pero el otro no da respuesta, vuelve a buscar su boca.
Jean es juguetón y no en el sentido sexy de la palabra. Le pellizca apenas el rostro, se separa cada dos por tres esperando a que él se estire más para buscarlo, le sopla dentro de la boca.
—Okay- —dice Armin cuando le sopla por tercera vez—, evidentemente, alguien no sabe besar como adulto .
—Oh, por supuesto que sí —responde. Lo besa apenas y lo vuelve a mirar—, pero no quiero.
Busca su boca y Armin se aleja. Jean lo mira con una ceja elevada y se vuelve a acercar, pero el otro se aleja.
—Ah, ¿ahora jugamos así? —murmura él, robándole una risa. Se incorpora apenas en la cama, apresándolo debajo de él—. Ahora no podés alejarme la cara.
—Ah, qué proactivo, ¿tenés eso en tu currículum?
—Obviamente, ¿querés verlo? —Armin ríe, pero Jean no se lo muestra, solo sigue besándolo, mordiendo su boca y después dejando un camino de saliva por su cuello, arrancándole suspiros.
No saben cuándo se quedan dormidos, pero sí cuándo despiertan.
Cuando golpean la puerta.
—¡Señor guía! —es una señora—, ¿está bien? Ya casi termina el desayuno.
—¡S-Sí! —responde exaltado y Armin lo codea medio dormido—, me quedé dormido, nomás… ¡En cinco, bajo!
Jean bosteza y se estira, después voltea a Armin, que sigue hecho un bollo en el rincón. Le acaricia apenas el rostro, quitando algunos cabellos de ahí.
—¡Arriba, che! —dice después y sacude toda la cama, levantándose de un salto, recibiendo el gruñido del otro—. ¿Te agarró la cruda? No te bancás nada.
Ríe y Armin lo mira apenas, con ojos rojos.
—¿Qué? —pone los brazos en jarra—, ¿querés matarme con la mirada ?
—Con mi manos, en realidad —masculla y se empieza a levantar también.
Siguen con la ropa del día anterior. Jean se mete primero a duchar y después Armin.
Cuando llegan al comedor, el desayuno ya terminó y todos están subiendo al micro, la última excursión del viaje. Van al centro de la ciudad, la trampa de turistas con souvenirs a precios exagerados y puestos de comida también caros.
—¿Le vas a comprar algo a alguien? —pregunta Jean, saliendo de la nada. Están en una de esas tiendas de recuerdos.
—A mis amigos —asiente—, iban a venir también, pero no pudieron.
—¿Qué clase de persona se perdería este, ah, maravilloso viaje? —bromea.
—Se rompieron huesos —responde y Jean lo mira, esperando el remate—, de verdad, una pierna para una, un brazo para el otro.
—¿Fue algún tipo de excusa rebuscada para no venir? —ríe.
—Ojalá, pero de verdad. Yo mismo tuve que llevarlos a la guardia.
Charlan más, de cosas banales, mientras siguen caminando por la tienda. La hora libre termina, todos son llevados a un restaurante de renombre para merendar.
A Jean le resulta imposible alejar sus ojos de Armin, pero estuvo así desde el primer día, desde la primera pregunta que le hizo. Fue irritante al principio porque creyó que solo lo hacía por molestar. Resultó que no.
Ahora disfruta las preguntas de él- excepto cuando son preguntas de mierda , un intento en vano de tratar de dejarlo en ridículo. Como ahora.
—Sé lo que estás tratando de hacer —dice cuando se sientan a tomar algo.
—¿Qué? —tiene el descaro de fingir que no se dio cuenta—, solo estoy demostrando interés.
—Estás demostrando ser un poquito hijo de puta —Armin ríe.
—Ah, ¿ahora te molesta? —sigue bromeando. Jean no llega a responder, porque algunas señoras se les unen en la mesa—. Disculpen, voy al baño.
Dice y se levanta.
—Yo también, pidan mientras —agrega él y sigue al otro.
Lo alcanza a mitad de camino y siguen en silencio hasta entrar al baño, una habitación pequeña con dos lavabos y dos cubículos, vacíos en ese momento.
Armin entra primero, pero Jean lo sigue de cerca, casi le pisa los talones. Se da vuelta y él aprovecha para inclinarse, buscando su boca. Lleva horas queriendo hacer eso.
Pone una mano en la cintura ajena, la otra la usa para apoyarse en el lavabo, donde Armin también está inclinado, buscando algo del equilibrio que está perdiendo porque Jean está encima, cerca, pegado , evitando que se forme cualquier milímetro de distancia entre ambos.
Armin acaricia su cuello y su cabello, pero sus manos terminan en sus hombros, donde hacen presión y lo alejan.
—Yo de verdad quería ir al baño —dice.
—Ay, ¿no era una indirecta? —ríe Jean, un poquito avergonzado—, bueno, igual tampoco te vi sufrir tanto, eh.
—Andá a la mesa —lo echa, pero sus risas hacen que pierda autoridad en la voz.
Esta vez, Armin es el que es despertado con golpes en la puerta. Duda por un segundo de si de verdad lo escuchó, pero vuelve a enterrar su rostro en la espalda de Jean cuando no se repite.
—¿Señor guía? —vuelven a golpear—, hay una emergencia.
—Che —Armin lo mueve apenas—, te llaman.
Jean gruñe apenas.
—¿ Señor guía?
—Dale, boludo —lo sacude más fuerte y el otro se incorpora, mirándolo sobre su hombro—, te están llamando, en la puerta.
—Ughh… —se levanta pesado, los brazos de Armin que lo abrazaban caen en la cama. Camina arrastrando los pies y abre la puerta—. ¿Qué pasa?
Lo que pasa es que una persona está descompuesta, lo cual no es tan grave en sí, pero siendo que están a tres mil kilómetros de su hogar, a pocas horas de regresar a la ciudad y esta persona tiene más de sesenta años, es medio grave.
Están sentados en la recepción, esperando la ambulancia. Armin bosteza por quinta vez y Jean lo mira.
—No es necesario que te quedes —dice—, volvé a dormir.
—No, no, está bien, además- si estoy despierto ahora, voy a poder dormir en el viaje y se sentirá más rápido el regreso.
—¿No te gusta viajar en micro? —el otro hace una mueca—. ¿Por?
—Me aburro —ríe.
Pasa una hora. La ambulancia no llega.
—Veo, veo… —dice Jean.
—¿Qué ves? —devuelve sin interés con su cabeza apoyada en el hombro del otro.
—Una cosa maravil- ay, gracias a Dios, llegó la puta ambulancia —se levanta veloz de su asiento y Armin casi se cae.
Van a la habitación de la persona, los paramédicos le revisan, le dan una inyección y se despiden.
—Huh, creí que ayudarían más.
—Me siento para el orto —se queja la otra persona.
—También dejaron algo para dormir —señala Armin y los mira—, ¿lo guardamos para el viaje?
—Suena bien.
Pocas horas después, ya están a bordo del micro, de regreso a la ciudad. Jean le agradece a todos por haber elegido viajar con él y que espera que la hayan pasado bien.
—Y si no la pasaron bien, se cagan —murmura cuando se sienta junto a Armin.
—Yo la pasé bien —dice.
—Vos no contás, me esforcé porque la pases bien —ríe y acaricia su mano.
Armin sonríe también y entrelaza sus dedos.
El viaje es veloz, casi no siente las veinte horas de viaje porque se la pasa durmiendo. Cuando están llegando a la ciudad, ya está bastante despierto. Jean está con su celular, su cabeza todavía reposando en su hombro. La gente comienza a bajar, el micro los va a dejando en sus paradas.
—¿Cuál es tu parada? —pregunta Armin, viendo que cada vez se acercan más a la de él.
—Ah, la última —lo mira apenas—, ¿la tuya?
—Creo que la siguiente.
—Uff, ¿vivís en el centro?
—Sí —ríe él—, ¿tiene algo de malo?
—Yo vivo a las afueras —devuelve. Se incorpora en el asiento—, estaba pensando… Fue bastante divertido esto…
—Pienso lo mismo —sonríe mirándolo, pero sus ojos no están en la mirada ajena.
—¿Te gustaría conocer mi casa el finde? —propone Jean. Armin nota de lejos la fachada relajada que oculta los nervios.
—Es medio lejos… —frunce la nariz—, y te acabo de conocer.
—Podrías quedarte todo el finde y el lunes te llevo —insiste y después se pasa una mano por el cabello, como si fuera un galán de novela—, aunque no lo creas, hasta tengo auto.
Armin suelta una risa.
—Suena genial.
